ISSN 2692-3912

THE ROBERT REDFORD HORROR SHOW

 

 

THE ROBERT REDFORD HORROR SHOW

Los instrumentos de la responsabilidad fueron abandonados en beneficio de las primicias no confirmadas

  1. R.R

Llegará el día en que una persona cercana

nos tome por sorpresa, obtenga una foto

y al verla diga: “Perdón, creí que era otro”.

Sería como caer en la cuenta de que a partir

de ese momento no debiera dedicarme

tanto a descubrir los hechos, como supe

hacerlo, porque nadie quiere levantar

entre los suyos una muralla de hostilidad.

“¿Hay variedad en el dinero? ¿Y cuánta

en el hambre?” Un estertor, en principio

aullidos, sonaba como música educada

por el aliento que concluye apenas está

siendo exhalado. Pronto quedó la duda

de que ese alboroto posterior viniese

de una escuela con bandera a media

asta, en honor a cierta república perdida.

De la misma manera que te desconocen,

captan como si nada el rostro de los individuos

que besan monedas en la calle. Son extranjeros

que no pertenecen al reino de sus palabras.

Sin embargo, las echaban al aire y enseguida

las recogen para después pesarlas en la mano,

como los alimentos en el plato de la balanza

de la tienda de ramos generales de la esquina

de 44 y 27, aunque ya no haya cartas

en el buzón ni uvas en la parra; lo mismo

si hubiera comprado macetas elegantes

y plantara en ellas nombres propios

en consignación. Que te hayan reconocido

al pasar, forma parte de una circunstancia

tan pequeña como la sociedad que la contiene.

Me lo dijeron miles de veces: la posibilidad

de escuchar también elige quedarse

con la parte que le toca. Lo demás se disuelve

en vidas muy diferentes, que ni bien toman

contacto con la capa de ozono desaparecen

como burbujas de detergente; así de rápido.

Nada puede decirse, en definitiva, pero

al menos se puede disimular hablando de todo.

De cualquier manera, gracias por interesarse,

gracias por el olvido. Hay en toda cumbre

de poder con el pasado una rabia infinita,

aunque nada se iguala al momento de elegir

uno de los caminos. Si un hombre se detiene

en la calle y me pregunta una dirección,

¿está interrogándome o está perdido?

 

 

DESTINO FINAL: SAN MICHELE

Veniva nel mondo la luce vera, quella che illumina ogni uomo

Fragmento del Evangelio según san Juan

Tomarse un vaporetto desde Fondamenta Nuove

y llegar, en pocos minutos, a la Isla de los Muertos.

Las líneas 41 y 42 también alcanzan a la Isla

de Murano. “En invierno y en verano, / y cerca

y lejos, / mientras viva y más allá”, reza la frase

tallada en piedra caliza, o bien cualquier versión

más pulida hasta encontrarle sentido al relieve.

Y porque la educación “no es llenar un balde,

sino encender un fuego”, donde nunca tuvo

problemas que no haya aliviado una hora

de lectura. “Los peores esperpentos se vuelven

pálidos y sonrosados”, diría Isabelle, mientras

juraba que “si es bueno ser pareja, cuando quieras”;

esa moneda maleable en un mundo sin alternativas,

pero activo, como la infección que lo corroe.

Siempre podemos negar lo que está vivo,

basta con esperar algunos siglos para tener razón,

¿no? Y si bien ella afirma: “Sabes cómo vivir solo;

es tan triste como puedas imaginar”, no advierte

la existencia de culpa si el sentido de la salud

te obliga a ver. Pero los cuatro prismas de única

entidad volumétrica de David Chipperfield,

insisten: “¿cuánto tiempo llevan viviendo solos?”

De todos modos, estás mirando y yo también,

así que tenemos que conocernos, ¿qué dices?

Ahora que están muy amables conmigo,

se han disipado todas las prevenciones

contra mí. El tiempo pasa. Dejemos trabajar

a nuestro amigo y al tiempo. Nada más delicado

y peligroso que la defensa de un inocente,

cuando somos inválidos absolutos del intestino

para abajo. Hablemos de otros órganos, entonces.

Y si sólo queda cerca tuyo una mujer que se reconoce

como pájaro, o un amigo que enloquece, ninguna

cosa más te será permitida. Ni siquiera Dios -dice

Mirabeau- consigue hacer justa una ley retroactiva.

 

 

LOS FANTASMAS

Entonces ahí, las imágenes llegan, es la huelga del fantasma

Gilles Deleuze, en diálogo con Raymond Bellour

Empezaría por el final para contarlo

después, por orden de llegada.

No es sencillo, porque eso queda ahí,

como un regalo envenenado. El problema

es borrar la foto y que se abra el libro,

el que nunca quisiste leer y, sin embargo,

se contó solo y lejos de la asistencia real

de otras manos. La imagen de un niño

que roba el reloj de su padre para convertirlo

de nuevo en sus mismas partes inútiles,

más allá de cualquier reconstrucción,

y para que nadie le eche incienso

a un secreto con comentarios plagados

de tarjetas vírgenes y mudas. ¿Desde

cuándo creés en ese tipo de palabras,

si lo que ocurre es lo que no se puede

anticipar? La existencia de una recámara,

como en las armas de fuego, o de las otras,

que vence al cambio. Parece sencillo,

de una manera poco elegante, aunque no.

“Caminá en el aire, contra tu mejor juicio”,

decías en piedra, en tu lugar de descanso.

El más extraño de los invitados es un parásito

que está fuera de la puerta, pero aún mira

por dentro. Todo se vuelve un gran archivo,

la idea de que aquello sabe cómo vivir

sin mí cuando en verdad pertenece

a la experiencia de la acumulación,

y porque necesito cada vez más cosas

que no me necesitan, amontonadas

y destruyéndose, hasta hacerse cenizas.

 

 

Mario Arteca (La Plata, 1960) ha publicado más de una docena de de libros, entre ellos se cuentan Nevermore, Los poemas de Arno Wolica y Deja un mensaje después del tono.

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