ISSN 2692-3912

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En mi recuerdo está el maldito fútbol

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Allí, ¡donde lo lees!: “Maldito”. Desde mis seis años, veo a ese pobre niño, que era yo, queriendo ser invitado a jugar. Dos capitanes del barrio apropiándose del material humano. “Dame a Luis”, decía uno. “Dame a Daniel”, decía el otro, y así, nombrándonos uno a uno, iban juntado a los once jugadores que cada uno de ellos elegía. En ese concierto, que parecía más una subasta de bestias, el último elemento del ganado que llamaban como propiedad del equipo era yo, que a mis seis años no entendía aún de qué iba la cosa.

Cuando me dijeron que me quedara sentado “de reserva” miré cómo jugaban, y aún no me quedaba claro el juego. Había veinte que corrían detrás de una pelota deseando dominarla. Cuando me hicieron entrar, después de alguna fractura de tobillo de alguno, me integré “al grupo” (que yo veía) sin saber que eran dos grupos y que era sólo a “un” arco al que había que tirar. Luego del segundo gol que logré hacer, escuché gritos de protesta que cómo era posible que hiciera dos autogoles…(concepto nuevo para mí). La verdad, nadie me había dicho en qué dirección debía hacerlo. Con este inicio, el ritual vespertino de elegir jugadores, siempre terminó con que yo era el último elemento a elegir.

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Más tarde, ya a mis diez años, aprendí que ‘había que’ ser fan de algún club específico. Y será por las lecturas de La Araucana de Don Alonso de Ercilla, o porque aquel equipo ya era 11 veces campeón de Chile, que -como mis hermanos- nos inclinamos por ser tifosos del Colo-Colo. Colo- Colo sonaba heroico, épico, y era el nombre de un mapuche luchador contra los conquistadores. Cada vez que podía, en mi nuevo rol de espectador del juego futbolídtico televisado, me sentaba frente al televisor solamente cuando jugaba el Colo-Colo. Yo que ya no había pisado nunca más una cancha de fútbol, de pronto, me veía gritando y saltando en el sofá cuando mi equipo se enfrentaba al Santiago Wanderes o a la Universidad de Chile. Una de las figuras más emblemáticas del fútbol chileno y específicamente colocolino que recuerde, es la de Carlos Caszely. Un jugador que parecía llevado por fuerzas que no son de este mundo. Sorteaba a todo el equipo contrario con el balón entre sus pies e infaltablemente llegaba al arco contrario. De la misma manera me entusiamaba la figura de Elias Figueroa en su período colocolino. No sólo porque fuera casi mi vecino en la ciudad de Villa Alemana sino porque era lo que se llama un caballero del fútbol. Un muchacho que venció el asma y la polio y terminó yéndose a jugar a Brasil, Al Internacional de Porto Alegre, donde fue capitán de equipo logrando llevarlo a primera división. Eso sucedió en una tarde de iluminación divina, dijeron los comentaristas. El gol de Figueroa desde su posición de ‘defensa’ fue iluminado por la apertura de una nube que filtró el sol de la tarde iluminando la azaña de Figueroa en el preciso momento en que éste hacía el gol, con lo cual aquel gol fue recordado como *el gol iluminado’. Ese mismo año Figueroa obtuvo la nominación como el mejor jugador de América. Recojo de esta experiencia con este deporte, en aquel entonces, primero que nada una extraña dictadura masculina integrada en lo que se supone que es una esencia de la virilidad: si eras hombre, te ‘tenía que’ gustar el fútbol—y es extraño pues en la intimidad de mi ser, viendo en la televisión ciertos partidos donde jugaban equipos que despertaban en mi una energía identitaria, lograba entusiasmarme al paroxismo, al punto de extrañarme al verme gritando o saltando en el sofá. Y es así como a mi rechazo inicial y principial al fútbol, por su carácter dictatorial de que era un deporte que ‘tenía que’ gustarme por el hecho de ser hombre, apreciaba, a posteriori, de manera íntima ante mi televisor, y nunca pública, esa magia energética que producía la identidad con el equipo. La misma que detestaba cuando los hinchas reventaban en expresiones violentas en el estadio. Admiraba en la épica del fútbol los valores de la habilidad, de la inteligencia y sobre todo de la caballerosidad que, en mi opinión son carácteríticas de lo heroico y que puedo ver en Carlos Casely, en Elías Figueroa, jugadores entrañables de aquellos años, y en mi patria actual de adopción, Dinamarca, también reconozco en los hermanos Laudrup, o, en Francia, en un Zinedine Zidan.

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Un deporte de grupo -como el fútbol- agrega al peso físico de tener que hacer un buen partido, un saber jugar *con* los otros y ‘contra’ otros al mismo tiempo. El peso de la crítica de los tuyos, la burla de los otros y del público (si tienes un mal día) o la envidia de los tuyos y la rabia/odio de los adversarios si tu día es bueno. Será por eso que me fui a deportes individuales como la gimnasia en aparatos, donde mi prestación dependía de mí y de mi estado físico en un ritual entre mi mente y mi cuerpo. Un valor de destreza y de saber reaccionar con el cuerpo en la vida cotidicana, cuando es necesario o urgente. Lo mismo fue con la esgrima: jugar a atacarse con el adversario. Diría mejor: jugar ‘seriamente‘ a atacarse con el adversario. De allí surge una lucha ceremonial, una agresión ritualizada que me enseñó de manera metafórica o análoga, a responder verbalmente promptus con la frase certera a quien pretendiera agredirme verbalmente, respondía de la misma forma que un ataque frontal y sorpresivo, en tercera posición: rodilla en tierra y florete en el pecho del adversario. (Luego, claro, nos saludábamos caballerosamente y nos íbamos a casa) Fue así como este deporte me dió la ‘potencialidad’ en la espera de la retaguardia. Mi afabilidad intelectual y humanista -que muchos podrían confundir con debilidad- podría, por eso mismo, verse atacada físicamente. Allí al atacante lo esperaría un saber argumental y corporal.

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Claudio Cifuentes-Aldunate es chileno de nacimiento y danés de adopción. Doctorado en literatura hispanoamericana por la Universidad de Friburgo, Suiza, con un doctorado sobre Mario Vargas Llosa publicado en Odense University Press i 1983, con el título Conversación en la Catedral, Poética de un Fracaso. Desde 1981 es profesor titular de Literaturas iberoamericanas en el Instituto de Ciencias de la Cultura de la Syddansk Universitet, Dinamarca.
En su vida académica ha tenido un interés central por la semiótica y el análisis literario y cinematográfico. Una parte de su investigación se centra en la escenificación de la verdad en la textualidad. Ha sido profesor invitado durante diez años en la Universidad de Aquisgrán, Alemania y ha sido miembro de LEIA (Laboratorio de estudios italiano-ibéricos e iberoamericanos) de la Universidad de Caen, Francia, donde se ha ocupado del micro-relato y de la literalización de la ciudad en poesía y prosa. Su último proyecto versa sobre el sentido del silencio en la cultura en general y en la literatura en particular. En el ámbito de la creación, ha incursionado anteriormente en el relato y la poesía en diversas revistas literarias como NOK (Noter og kommentarer) donde publicó Poesías junto a dos otros autores y en la revista Aurora Boreal donde ha contribuido con los relatos ‘Encuentro’, ‘De migraciones y exilios’,’ Quebrantos’ y el poema ‘La lista’.

El Maracanazo

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En definitiva, el fútbol es tan solo un juego, un juego como la vida. Lo importante es tener fe y no rendirse.

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Cada historia de la magia del fútbol debería comenzar con el “Maracanazo”. Sin duda, la más dramática, que comprueba la certeza de que, en el fútbol como en la vida, todo es posible. Y que aun en la situación más irremediable la esperanza sigue viva, hasta que el árbitro o Dios no hayan dado el último pitido.

La fecha es 16 de julio; el año, 1950; el lugar, Río de Janeiro; y con más precisión todavía: el Estadio de Maracaná. Fue el día de la inauguración oficial del estadio más grande del mundo, siempre memorable porque por primera y última vez en la historia del fútbol un partido había atraído a casi doscientos mil espectadores. Era, además, la final de la cuarta Copa del Mundo entre Brasil y mi Uruguay (luego explicaré por qué).

Pues como cada historia, esta también tiene su prehistoria. Los orígenes del fútbol se remontan lejos en el pasado. Ya en la época anterior a Cristo, en China se practicaba un juego similar al fútbol que se llamaba cuju. En el siglo XIV, el monarca Eduardo III de Inglaterra prohibió mediante decreto a los soldados jugar al balompié porque los apartaba de ocupaciones mucho más nobles como la esgrima y el tiro con arco. Sin embargo, tres centurias más tarde, por las calles de Florencia, Siena, París, Londres y otras ciudades europeas, tropeles de hombres emprendían una lucha sangrienta detrás de una esfera de vejiga porcina que se asemejaba al balón actual. ¿Las reglas? Había una sola: los dos extremos de la calle eran los arcos, y la meta consistía en que uno de los equipos, con el pie, la mano, la cabeza u otra parte del cuerpo, la arrastrara hasta allí y ganara el partido. Estaba permitido todo: golpes, empujones, patadas, una bacanal medieval absoluta que horrorizaba a los pobres moradores de aquella calle porque el juego a veces se prolongaba durante muchísimas horas.

Sin embargo, el fútbol moderno surgió apenas en el siglo XIX. Su patria oficial se considera Inglaterra, donde en 1857 fue creado el primer club futbolístico: el Sheffield. Allí se organizó el primer torneo de la Copa de la Asociación Inglesa, se elaboraron las primeras reglas y se jugó el primer partido internacional entre Inglaterra y Escocia.

A finales del siglo XIX, principios del XX, a raíz de la implacable explotación laboral en las primeras minas y fábricas del Viejo Continente, más de cien millones de europeos emigraron a la Tierra prometida, en este caso Estados Unidos, y una parte de ellos también a América del Sur. Así el fútbol se trasladó a aquel rincón del mundo, hallando allí un terreno muy fértil para prosperar con brillo y fuerza inconcebibles para Europa. El suelo era benigno porque América Latina es una auténtica congregación babilónica de etnias, lenguas y culturas. Aquí concurren África, Europa y la genuina, bárbara, singular y gran América indígena. En esa mezcla insólita de seres humanos brotaron y prosperaron diversos fenómenos culturales y sociales, entre los que destaca, con certeza, el fútbol.

Los latinoamericanos son gente apasionada. Muy pronto el fútbol se convertiría en su obsesión principal. Cada país, Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Perú, se había contagiado por la magia de ese gran juego. Surgían clubes, torneos y copas. Se jugaban partidos con representantes de allende el océano. Despuntaba uno de los prodigios sociales más peculiares del siglo XX: el futbolístico. Los partidos atraían a decenas de miles de personas que al menos durante una hora y media se olvidaban del sufrimiento, de la pobreza, del dolor, de los problemas domésticos y laborales. Se identificaban con “sus” clubes; soñaban, lloraban, sufrían y ascendían a las puertas del Edén con cada gol marcado, con cada gol perdido, con cada derrota y con cada victoria. A lo largo de la semana, comentaban lo que había pasado, preparándose para el sábado siguiente cuando iba a ser el próximo partido de sus equipos favoritos: otra vez, durante una hora y media, estarían en otra dimensión.

El juego llegó también al pequeño y singular Uruguay, tan enigmático para América Latina. Mi Uruguay. En este diminuto país, con apenas tres millones de habitantes, el único sin representantes indígenas locales (los charrúas fueron prácticamente exterminados en el primer tercio del siglo XIX) y en el que los africanos son escasos, parecía que todo se desarrollaba según las normas y los modelos europeos. Sobrepoblado de inmigrantes italianos, españoles y alemanes, fue el primero en la región que autorizó el voto femenino y el segundo a escala mundial que introdujo la educación básica gratuita, en 1877. Se sentía orgulloso con su pureza ecológica, con la independencia que había adquirido en la guerra contra Brasil y con ser un tanto tedioso en comparación con el colorido de América Latina… Ah, sí, y también con el fútbol. Por lo visto, este es su único vínculo real con el continente donde está ubicado. De lo contrario, el Uruguay podría circunscribirse, con toda tranquilidad, en el centro de Europa: en algún lugar entre Austria, Chequia y Suiza. Pero el fútbol, ay, el fútbol, dejará siempre su huella latinoamericana en él y hará que todo el mundo hable de él con respeto. Mi Uruguay, luego diré por qué, es el país más pequeño que ha sido dos veces campeón mundial de fútbol; fue además bicampeón olímpico y quince veces campeón de Sudamérica, batiendo otro récord, más que Argentina y Brasil. Sus símbolos, los clubes Peñarol y Nacional, fueron portadores en total de ocho Copas Libertadores y seis Copas Intercontinentales. Según la Federación Internacional de Historia del Fútbol y Estadística, Peñarol es el club que ocupa el primer lugar en América del Sur durante el siglo XX. Es suficiente para un país con tan solo tres millones de habitantes, ¿no?

De hecho, a principios del siglo XX, el fútbol se desarrollaba con un ritmo frenético. Después de los primeros partidos y campeonatos nacionales e internacionales, con toda naturalidad se fue formando la idea del Mundial. El primer campeonato se celebró en 1930. Como anfitrión fue elegido mi Uruguay (anda, que ya diré por qué), puesto que había impresionado al mundo con sus dos títulos olímpicos consecutivos. Como es de esperar, al tener en cuenta la distribución de las fuerzas en aquel momento, el Uruguay llegó a ser también el primer campeón del mundo. Siguieron otros dos certámenes que ganó Italia; luego llegaron las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que Europa se desembarazaba entre los escombros de su destrucción total, de la sangre que aún no había terminado de borrarse y de los indelebles recuerdos, durante décadas, de los horrores de la guerra, el mundo ansiaba que la vida volviese a comenzar. En 1948 Londres celebró los XIV Juegos Olímpicos estivales; para 1950 fue anunciado el cuarto Mundial de Fútbol. Brasil fue elegido anfitrión porque no había sido afectado por las acciones bélicas. Entretanto, el fútbol se fue convirtiendo en la gran pasión de los fogosos brasileños: más que la samba, la capoeira, Copacabana, el Carnaval de Río. El fútbol estaba por encima de todo y en 1950 los brasileños se preparaban para organizar el campeonato más suntuoso y exitoso que jamás se había visto. Las preparaciones duraron más de un año. Como si todo el país, desde el más rico hasta el más pobre, desde los petimetres del centro de São Paulo hasta los mendigos de las favelas de Río de Janeiro y los indígenas de la selva del Amazonas viviesen con la idea del torneo y ayudara con lo que podía. Pero dejando aparte los grandiosos esfuerzos de la organización y el espectáculo, todos esperaban algo más: que Brasil fuese campeón mundial. Y Brasil iba a ser campeón mundial. Ya había transitado por el grupo preliminar como si fuera un desfile, con dos victorias y un empate de 2-2 con Suiza. El periódico británico, The Telegraph salió con un artículo que decía: “No hay fuerza que pueda detener a los virtuosos brasileños extraterrestres”.

De ahí en adelante comenzaron la magia y muchas más cosas que sucederían por primera y por última vez en la historia del fútbol. Nunca más la cifra de los participantes sería el nefasto número trece, pues en vísperas del campeonato, por falta de recursos, tres equipos se negaron a participar. Nunca más habría fase eliminatoria, ni cuartos de final, ni semifinales: solo un grupo final de cuatro equipos. Allí figuraban, por supuesto, Brasil, además de España, Suecia y mi tan pequeñito pero orgulloso Uruguay. Las dos primeras rondas del grupo legitimaron solo la superioridad abrumadora de los cariocas. Brasil arrasó a Suecia con un 7-1 y a España con un 6-1. Al mismo tiempo Uruguay, al pie de la letra, apenas había hipado con un empate 2-2 con España. En el minuto setenta y siete del partido frente a Suecia perdía con 1-2, privándose en realidad de todo, solo para volver al juego con dos goles al final y ganar con un sufrido 3-2.

Así se llegó al último partido de la cuarta Copa del Mundo: la peculiar final entre Brasil y Uruguay. Teniendo en cuenta sus dos victorias y el golaveraje de 13-2, Brasil sería campeón mundial también con empate, pero ¿quién estaba pensando en empatar? La cuestión era con cuánto le iban a ganar al Uruguay: ¿con 6, con 7, con un 8 a 0?

Y llegó el 16 de julio en Río de Janeiro, en el Estadio de Maracaná. Desde la madrugada, miles de personas que habían conseguido el sagrado trocito de papel llamado entrada se arrastraban hacia el estadio. Sucedió algo también que jamás volvería a pasar: en el Estadio de Maracaná, que aún no había terminado de construirse, se reunieron ciento noventa y nueve mil novecientos ochenta y cuatro espectadores. La fiesta estaba a punto de comenzar. En Río de Janeiro fueron elevadas dieciocho tribunas especiales de samba, siendo la más alta la que estaba frente al Ayuntamiento, donde los nuevos campeones mundiales iban a mostrar la copa a la multitud milenaria. Jules Rimet, el presidente de la FIFA, memorizaba su discurso de clausura en portugués para felicitar al nuevo campeón mundial en su lengua nativa, aunque en Uruguay, por supuesto, se habla español. Ante el Maracaná habían aparcado dieciocho Cadillacs sin estrenar, y abajo, en el lugar de la matrícula, figuraba el nombre de un futbolista brasileño frente al cual decía “campeón mundial”. El día del partido, el periódico local más importante salió con un artículo de fondo con el título “Brasil ganó, Brasil es campeón mundial. La copa está en casa … Y eso apenas unas horas antes de que el árbitro principal hubiera dado el primer pitido.

¿Qué se estaría desatando en los corazones y en las almas de los uruguayos en aquel momento? Nunca lo sabremos. Tal vez una mezcla de orgullo, firmeza y ansias de ganar, que irrumpirían al cabo de unas horas. En efecto, tenían un entrenador extraordinario, Juan López Fontana, quien llegó a ser entrenador por casualidad. En un principio formaba parte del equipo de entrenadores como… facultativo. No entendía mucho de fútbol, pero sabía algo importante: siendo antiguo estudiante de Medicina, conocía muy bien la psicología y dio varios pasos insólitos. Primero escondió al equipo de la locura obsesiva que se había apoderado de la ciudad, guardándolo en los vestuarios del estadio seis horas antes de que empezara el encuentro. Luego descargó una pila de periódicos en el rincón y dijo:

—Oigan, muchachos, está claro que esos cabrones nos van a ganar; no hay duda de que serán campeones mundiales, pero ¿cómo es posible que se burlen así de nosotros y que digan que ganaron antes de que el partido haya empezado? ¿Cómo es posible que nos descarten con tanta soberbia? ¿Cómo creen que debemos responder?

Salió hacia adelante Obdulio Varela, el capitán, y orinó con tranquilidad sobre los periódicos apilados. Después colocó su mano en la parte izquierda, por debajo del escudo del Uruguay, donde latía su corazón, y respondió de forma muy simple:

—Vamos a morir, pero defenderemos el honor del Uruguay— fíjense que ni siquiera había mencionado la palabra “victoria”. Pero cuando eres orgulloso de espíritu, tu honor vale mucho más que cualquier copa, premio y estímulo material.

Eran ya casi las 18.00 horas. Bajo el alarido ensordecedor de la multitud, los veintidós jugadores salieron al terreno. Los brasileños, seguros de sí mismos, risueños, con aplomo; los Urus, orgullosos y decididos a todo. Ahora, viendo los archivos de las imágenes al comienzo del partido, en ningún rostro uruguayo traslucía el miedo, por muy extraño que parezca. ¿Será que de veras no sentían ningún miedo? Brasil había arrasado todo a su paso. En aquella caldera hirviente habría apenas un centenar de uruguayos entre doscientos mil aficionados brasileños. Eran los caballos negros absolutos, totalmente solos entre la multitud exaltada. Según los especialistas, los medios de comunicación y los factores futbolísticos responsables estaban condenados del todo. Sin embargo, no había tiempo para pensar: el árbitro George Ryder dio el pitido inicial y un pie con calcetín negro llevó la pelota hacia adelante. La final había comenzado. El primer tiempo transcurrió con la presión aplastante de los cariocas. Sus ataques se sucedían uno tras otro, como las mareas ascendentes en las playas infinitas de Copacabana. El estadio se había vuelto loco, saboreando el espectáculo de goles de A Canarinha. Pero los Urus eran como una pared: se doblaban, se agachaban hasta el suelo, pero no se rendían. Aprovechaban cada oportunidad para atacar, jugaban con tranquilidad, con aplomo, y en ningún momento retrocedieron a defensa cerrada.

¿Qué estaba sucediendo en aquel momento en Montevideo? Nubes plisadas, negras y grises, se asomaban sobre la ciudad; desde el océano soplaba un viento ligero, lloviznaba un poco. Cincuenta mil uruguayos se habían reunido en la Plaza de la Independencia, en pleno centro, con la radio al oído, escuchando con el alma en vilo lo que pasaba en Río. ¿Acaso alguien esperaba un milagro? Era muy poco probable. Más bien tenían la esperanza de que los Urus no quedarían en ridículo y que no perderían con muchos goles. Pero, a fin de cuentas…

Еn el Maracaná, la primera mitad terminó 0-0. En la plana mayor de los cariocas se encendió una luz roja: ya tenían que estar por delante con varios goles. Aunque el juego les iba a pedir de boca y las graderías estaban contentas, el gol era solo cuestión de tiempo. Faltaban otros cuarenta y cinco minutos para llenar la malla de la Celeste. Todo estaba bajo control.

Ni siquiera habían pasado dos minutos del segundo tiempo y Friaça, en uno de los múltiples ataques de Brasil, asestó un fuerte disparo diagonal desde el área penal. Roque Gastón Máspoli, el legendario portero uruguayo, despejó el balón, pero volvió Friaça, quien con un disparo preciso lo dirigió hacia portería. Uno cero para Brasil. Gol, gooooooooooooooooool, gooooooooooooooooooooooooooooooool, como les gustaba gritar a los comentadores brasileños. Las graderías estaban en pleno éxtasis, la gente se abrazaba y lloraba de alegría, personas desconocidas se besaban y la locura se había adueñado de grandes y pequeños.

¿Qué pasó entonces en Montevideo? El cielo se desgarraba en relámpagos, la lluvia se intensificaba y un suspiro de pesar que provenía de cincuenta mil personas resonaba en la Plaza de la Independencia. Nadie lo reconocía, pero todos, en lo más recóndito de su alma, esperaban un milagro. ¿Y ahora qué? Ahora solo les quedaba contar los goles en la puerta de Máspoli.

Pero volvamos al Maracaná. El balón de la puerta de la Celeste fue sacado por Juan Alberto “Pepe” Schiaffino, su mejor jugador, con un rostro pálido y demacrado. Lo llevó con lentitud al centro, lo puso en el punto central y se levantó. Ante él había solo dos caminos: hacia el Uruguay y hacia la eternidad. Ambos eran igual de dulces… Y los brasileños, en pleno delirio, seguían atacando. El público quería más goles, el público quería fiesta. Todos atacaban: delanteros, centrocampistas, zagueros. Todos querían meter más goles, el público quería fiesta. Todos querían formar parte de la historia. Se olvidaban de las instrucciones tácticas de que les bastaba ganar con un solo gol. Los cariocas impetuosos estaban en las alas de la inspiración. Cada uno quería que la multitud de doscientas mil personas gritara su nombre como máximo goleador. Disparaban desde cualquier posición, tejían sus combinaciones mágicas. Y los uruguayos eran como un puño: iban a caer, pero de pie. Montevideo estaba apaciguado, irreconocible. ¿Y la esperanza? La esperanza se paseaba engreída, mojada y desnuda en algún lugar cercano a Colonia del Sacramento, dispuesta a disolverse en cualquier momento en la lluvia que seguía cayendo. Los Urus iban apaciguando poco a poco el juego. No se percibía ningún pánico. En aquel momento de infarto, Obdulio Varela tomó el partido en sus manos y dirigió con destreza a sus jugadores para que no se desplomaran. Asumieron el ímpetu inicial del entusiasmo, lo domaron como a un animal salvaje en el circo y lo adormecieron con su serenidad. Luego miraban con más frecuencia hacia adelante. Transcurría el minuto sesenta y seis cuando, desde la izquierda, Morán se adelantaba y penetró sin que nadie lo obstaculizara, como en broma, en la defensa brasileña que estaba dispersa. Lo cierto es que todos esos pobres cariocas atacaban, todos querían inscribirse en aquel partido memorable con el que ganarían la primera copa mundial. Morán puso el balón ante el área brasileña. De ahí lo recogió Schiaffino, delgado y esbelto como un príncipe medieval, que es su apodo, y emprendió un baile elegante con él. Los uruguayos dicen que inventaron el tango, y no los argentinos, y por lo visto en aquel momento todos estaban dispuestos a creerles. Schiaffino bailó casi un minuto con el balón en torno a dos defensores brasileño. Pero me voy a callar y les dejaré en manos de Carlos Velázquez, el comentarista uruguayo más famoso de todos los tiempos:

—Queridos amigos, queridos compatriotas: Obdulio despejó el nuevo ataque de los cariocas siguiendo un pase rápido hacia Morán. Ante Morán hay mucho espacio vacío, se adelanta, diez, veinte metros, está absolutamente solo. Pepe Schiaffino sale hacia adelante, Morán le ofrece el balón. Ante Pepe hay solo dos defensores brasileños, lo bloquean. Vamos, Pepe. Inventa algo, Pepe, por favor. Pepeeee, por favor. Intenta un regate por la derecha, sin éxito; intenta otro regate por la izquierda: está bloqueado. Un movimiento brusco hacia adelante; su figura delgada se cuela como una sombra, como un fantasma entre los dos; un tiro calculado hacia arriba, hacia la izquierda. Barbosa se desloma y…

Ahahahahahahahahahahahahahahahahahah,

Dios, noooooooooo,

Dios, sííííííí.

La pelota entró en la puerta.

Dioooooooos. uno…, uno…, uno a uno.

Pepe Schiaffino.

Queridos amigos: Pepe Schiaffino marcó.

Uruguay empata 1-1.

En aquel Montevideo que hace poco se había sofocado ocurrió un milagro: la ciudad estalló. En el aire volaban aparatos de radio, enseres domésticos, paraguas, niños pequeños. Montevideo y Uruguay, aquel trocito en el mapa, estaban ante un delirio. Incluso había escampado.

Sí, aun con empate los brasileños iban a ser campeones mundiales, pero el plomo ya había llenado sus pies. Se movían como sombras; el miedo escamoteaba sus grandiosas almas: ¿y si, a pesar de todo, algo salía mal? Seguían atacando, pero de su aplomo y de su samba anterior no había quedado ni rastro. El estadio también estaba presintiendo algo. Les apoyaban, pero el miedo ya había encogido sus corazones. Después del gol de Schiaffino, los once jugadores con las camisetas azul celeste se desconectaron del mundo exterior. No pensaban en en su rival ni en los doscientos mil espectadores. Solo les importaba no quedar mal, que, aunque cayeran, caerían de pie, que tras el Río de la Plata les esperaban sus amigos y sus familiares. Pasara lo que pasara hasta el final, ya eran unos héroes. En definitiva, el fútbol es tan solo un juego, un juego como la vida. Lo importante es tener fe y no rendirse.

Transcurría el minuto setenta y nueve. Por el extremo derecho, el atacante uruguayo, Alcides Ghiggia, el único futbolista de aquel memorable partido que todavía está vivo, ya con ochenta y seis años de edad, recibió el balón. El reloj marcaba las 19:29 horas. Alcides tomó la pelota y recordó las palabras de Jaime Moreno, quien fue su primer entrenador: “Alcides, si ves un espacio vacío ante ti, corre como si el diablo te persiguiera y dispara.” Alcides corría y corría, hasta que llegó a la esquina del área del penalti. En aquel momento, Pepe Schiaffino se coló como una sombra. Moacir Barbosa, el arquero de los cariocas, tuvo un presentimiento de lo que seguiría y dio un paso a un lado para recibir el pase que esperaba. Pero Alcides sentía el aliento del diablo a sus espaldas. No miró hacia el área, ni hacia sus compañeros, ni hacia el guardameta. Sin levantar la cabeza, asestó un tiro agudo. El balón pasó por la diagonal corta, entre el arquero perplejo y el poster, enredándose en la malla.

2-1 para Uruguay.

Uruguay es campeón mundial.

El Maracanazo.

 

Lo demás forma parte de la historia, de la estadística seca y de los periodistas patéticos. En los diez minutos restantes los brasileños atacaban, pero sin resultado. Montevideo se había sosegado; todos tenían esperanza, pero nadie concebía el milagro. Había, por supuesto, también champán y una alocada fiesta latinoamericana, gente ebria de alegría, pero sobre todo había orgullo. Un orgullo de la fuerza del espíritu y de lo imposible. Incluso había escampado. A lo lejos, en el horizonte, sobre el océano, entre cuatro líneas horizontales de color azul celeste, salió el sol radiante.

Último disparo de los cariocas. Minuto noventa y uno, decimotercer segundo. Roque Gastón Máspoli boxeó y mientras estaba todavía en el aire sonó el último pitido del árbitro. En el terreno se produjo un alboroto; todos andaban como despistados, en varias direcciones, sin saber qué hacer. Y Maracaná guardaba un extraño silencio. Es muy poco probable poder imaginarlo: doscientas mil personas y un silencio sepulcral. Solo se oían sollozos, gemidos y un llanto arrastrado. Si se le puede dar crédito a la estadística brasileña, en el estadio se suicidaron ocho personas, incluidas las que fallecieron antes de tiempo por infarto, y en el país hubo decenas de muertos. Varios años después, Jules Rimet, el presidente de la FIFA, recordaría lo siguiente: “De pronto me encontré ante un mar de personas que se movían en caos, a empujones. No hubo ceremonia, ni clausura, ni discursos. El presidente de la Federación brasileña sollozaba como un niño pequeño. En un instante, divisé al capitán uruguayo, le di unas palmadas en el hombro y le metí la copa en sus manos, como de escondidas. Nada más.”

Moacir Barbosa, el portero brasileño, resultó longevo porque después de aquel partido fue desdeñado hasta el final de sus días. Por desgracia. No le vendían nada en las tiendas, no le atendían en los restaurantes ni en los bares. Por la calle, cuando la gente lo reconocía, miraba para otro lado. Transcurridos treinta años de aquella final, recordaba la manera en que una anciana, en la cafetería de su barrio, le dijo a su nietecito que por casualidad se había parado frente a su mesa: “No hables con él. Ese fue quien sepultó a Brasil.”

 

Hay otra historia que no sé si es cierta, pero me gustaría que lo fuera. Mientras esperaban su vuelo en el aeropuerto, los jugadores uruguayos, cansados y felices, observaban el mar de dolor en el que se había hundido Río. Entonces Obdulio, el capitán, dijo:

—Si supiera que íbamos a provocar semejante dolor y tristeza, yo mismo me habría metido un autogol.

Pero Montevideo ya esperaba a sus héroes.

 

Y ahora llegó el momento de explicar la razón de mi Uruguay.

El año es 1983; el lugar, Bulgaria: un domingo socialista, caluroso, bastante aburrido e impersonal, en el barrio obrero capitalino de Mladost[1]. Por la televisión daban Vsyaka Nedelya, Siempre en Domingo, el programa más emblemático de aquella época. Yo era un chiquillo de diez años, al que habían castigado por alguna razón, y no me habían dejado salir a jugar afuera, por eso estaba dando vueltas en torno al televisor esperaba el nuevo episodio de La Pantera Rosa. Un poco antes de mi filme salió el intercambio internacional de materiales audiovisuales. Justo aquí recuerdo con claridad a Michmana[2], quien con su típico timbre de voz anunció: “Allende el océano, acaba de terminar un campeonato más en Sudamérica. En la final, el Uruguay le ganó a Brasil y obtuvo su decimotercer título continental, resucitando así el milagroso recuerdo del Maracanazo”.

La combinación Uruguay, milagro, Maracaná encendió de inmediato mi curiosidad infantil y empecé a atiborrar a mi padre con preguntas, pero a un secretario del Partido Comunista, con ciertas desviaciones heterodoxas, nada podía apartarle de las interrogaciones de Kevork[3]. Sin embargo, varios días después, mi padre apareció con un regalo. Reconozco que fue el regalo más espectacular que recibí en mi infancia: Cautivado por la Diosa Dorada,[4] de Antón Antónov-Tónich[5], un libro dedicado a los campeonatos mundiales de fútbol. Aún recuerdo cómo le arrebaté aquel libro, temblando de emoción, corrí hacia la cocina y junto a la ventana, a la luz, lo abrí al instante en El Maracanazo. Lo leí de golpe y entendí que mi vida, para siempre, estaría vinculada con el Uruguay.

A lo largo de esos cuarenta años he vivido un sinfín de experiencias con los Urus. Cuánto llanto inconsolable. Cuánta búsqueda de información escasa en los años sin Internet. Cuántos kilómetros recorridos en los días más bárbaramente calurosos junto al mar para adquirir uno de los dos ejemplares de Naroden Sport[6] que le correspondían al quiosco donde descansábamos con mis padres cerca de Varna[7]. Cuántas noches sin dormir. Y cuánta alegría que me embriagaba en los momentos de nuestras grandes victorias. El Mundial de 2010 lo viví con plenitud y entusiasmo. Veía cada partido de los Urus de pie, al borde de la emoción más extrema. Lo vivía como si estuviera en el terreno de juego, jugando cada instante mágico del Mundial con Celeste y Diego Forlán, su líder. Y siempre será así. Yo y Uruguay… Mi Uruguay.

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Versión de Milena Marínkova

  1. N. del T.: El significado del nombre de este barrio en búlgaro es ‘juventud’.

  2. N. del T.: Nikolay Kolev – Michmana es el periodista emblemático búlgaro que gritó “¡Dios es búlgaro!” después del gol de Emil Kostadinov contra Francia cuando Bulgaria se clasificó para el Mundial de Fútbol de 1994 en EE. UU.

  3. N. del T.: Kevork Kevorkyan es un renombrado periodista y publicista búlgaro de origen armenio que dirigió durante muchos años Vsyaka Nedelya.

  4. N. del T.: En búlgaro, el título es “V plen na Zlatnata boginya”.

  5. N. del T.: Escritor, periodista y guionista búlgaro que editó durante varios años el periódico humorístico Starshel [Abejón].

  6. N. del T.: ‘Deporte Popular’.

  7. N. del T.: Es la tercera ciudad más grande de Bulgaria, en la parte norte de la costa del Mar Negro de Bulgaria.


Georgi Bardarov
Es catedrático, científico y escritor búlgaro, director de la filial de la Universidad de Sofía San Clemente de Ohrid en Burgas. Durante varios años dirigió el Departamento de Geografía Socioeconómica. Es especialista en demografía y conflictos etnorreligiosos, autor de “Sobre la quinta rakía o qué bella es la vida”, el cuento búlgaro más leído en internet, con más de 500.000 lecturas, y de las novelas Yo sigo contando los días, Absolvo te y Adagio para María. Ha recibido el Premio de Literatura de la Unión Europea, el Gran Premio de Literatura Ivan Vazov y la Flor de la Editorial Helicon

Cultural Analysis: A Study of Gloria Anzaldúa’s Bor-derlands/La Frontera

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A boundary is not that at which something stops but, as the Greek recognized, the boundary is that from which something begins its presencing.

Heidegger (in Bhabha 1994: 1)

Far from fading into historical irrelevance as predicted by F. Fukuyama (1992), borders have re-emerged as volatile symbols of crisis, control and contestation – no longer merely lines of demarcation, but fault lines in what S. Huntington reframed as a civilizational struggle, where immigration is cast not as a social phenomenon, but as a threat of quasi-military proportions (in Nevins, 2001: 138). From the militarized enforcement of immigration policies and the proliferation of surveillance technologies (cf. De Genova, 2002), to the production of illegality (Koser, 2000), and the ongoing humanitarian catastrophes – at sea (Mazloum, 2019), in detention centers (Hesawi, 2019) and in camps (Fleifel, 2012) -, the border is routinely framed in public discourse through narratives of threat (cf. Stolcke, 1995), legality (cf. Anderson, 2014), and national identity (cf. Malkki, 1992). Yet representations in the public domain rarely account for the so-called border spectacle where the state performs its sovereignty through highly visi-ble enforcement actions, while concealing how immigration law itself produces “illegality” as a racialized condition; one that creates and sustains a vulnerable and thus “cheap” reserve of labour (De Genova, 2002: 436, 440; Block, 2014). Neither does it account for the emotional, linguistic, and embodied dimensions of border life, which reflect a ‘homological relationship between colonisation and immigration’ (Saada, 2000: 32) where both processes interlock within broader systems of domination and cultural imposition, shaping the everyday realities of those who live in-between, carrying the border in their tongues, skin, memories, and identi-ties.

To approach these lived realities arguably requires a situated perspective; one that resists nu-merical abstractions to focus instead on the stories and intimate geographies of those who in-habit the interstices between nation and self, legality and illegality, visibility and invisibility, inclusion and exclusion, mobility and containment (cf. Jackson, 2002 and 2013). In this vein, I will turn my focus to the border and the people who inhabit the borderlands.

“… the boundary is that from which something begins its presencing”, this paper will conceptualise the border not as an end, but as a liminal space1; a threshold where new subjectivities, languages and forms of resistance come into being. It is within this space of ambiguity and emergence, that the notion of borderlands begins to resonate not merely as a geopolitical demarcation, but as a lived condition and a mode of being and becoming. The borderland is not simply drawn on maps; it is carved into bodies, spoken through hybrid languages, and experienced in profound psychological registers (Mignolo, 2005).

To be clear, this is not only a theoretical premise, but a poetic and lived one. Approaching the border as a threshold – as a space of emergence, contradiction, and affect – I turn to Gloria Anzaldúa’s Borderlands/La Frontera (1987); a literary manifestation that offers a vocabulary of code-switching to convey the lived experiences of a migrant and a “border woman” (8) who inhabit the in-between. I engage this text not only for its canonical status within Chicana/o2 and feminist thought (Lugones, 1992), but for its critique of methodological nationalism3 together with its capacity to render visible the often concealed emotional, linguistic, and embodied dimensions of border life. Informed and inspired by the reflections above, I will engage with theory of subjectification through a decolonial feminist framework to explore the research question:

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How does Gloria Anzaldúa’s use of hybrid literary forms – combining poetry, autobiography, and theory – construct a new mestiza consciousness in the borderlands that resists both the empirical framing of migration and the erasure of embodied, linguistic, and affective border subjectivities?

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Borderlands/La Frontera not as a historical document – though it does contain history -, but as a situated social praxis that both explores and reveals intimate orientations of body and mind in a fractured tempo-spatial dimension characteristic of the borderland, I intend to trace how Anzaldúa’s aesthetic experimentation performs a mode of resistant subjectification. This involves drawing connections across our course literature and beyond, examining how language, genre, and embodiment work as means of self-making in contexts of migration, marginality, and epistemic violence.

 

Literature in Social Sciences

By presenting a preliminary reflection on the use of poetry and creative writing within scholarly research into the field of migration, I hope to accommodate an interdisciplinary approach that recognizes literature as a critical lens to explore the borderland experience(s) beyond so-called factual or testimonial accounts, emphasizing its political and ethical role in reshaping narratives of visibility and invisibility.

In line with this proposal, P. White suggests that: “creative or imaginative literature has a power to reflect complex and ambiguous realities that make it a far more plausible representation of human feelings and understanding than many of the artefacts used by academic re-searchers”. (in Pourjafari and Vahidpour, 2014: 688). From this perspective, literature does not simply reflect the world. Rather than striving to present a more “authentic” depiction of social reality, literature opens a fictional and affective space where the politics of representation, memory, and belonging can be reimagined, offering a page from which to delve into the complexities of migration that often lie beyond the scope of “factual” narratives (Burges, 2020).

Turning to L. Malkki (2015), the rethinking of literature within social sciences requires us to reflect critically on the imagination and recognise fiction as a valid form of knowledge production, rather than disciplining it into empirical frameworks. This entanglement of imagination and reality is captured by G. Deleuze, who writes: “a real voyage, by itself, lacks the force necessary to be reflected in the imagination; the imaginary voyage, by itself, does not have the force, as Proust says, to be verified in the real… the imaginary and the real must be, rather, like two juxtaposable or superimposable parts of a single trajectory, two faces that ceaselessly interchange with one another, a mobile mirror” (in Malkki, 2015: 16). Succinctly, this mobile mirror foregrounds the inseparability of imagined and lived experiences, offering a compelling framework for understanding literary narratives of e.g. diaspora or exile, not as derivative accounts of migration, but as complex epistemological venues where the real and the imaginary continually inform one another.

Theorising the politics of aesthetics, J. Rancière (2006) critically extends the argument by asserting that the aesthetic is not confined to matters of style or beauty; rather, it is fundamentally political in its capacity to redistribute the sensible4, reshaping what is perceived, felt, and thought to be sayable or knowable in each social order. Fiction thus becomes a space where the unseen and unsaid can emerge, allowing for the articulation of precarious or marginalized experiences that may otherwise elude empirical capture.

Building on these insights, I argue that C. Gallien is right saying that migrant literature: “cannot be studied out of its material context, while at the same time… cannot be reduced to it” (Burge, 2020: 11). By attending to metaphor, voice, and narrative structure, scholars can trace how literature stages encounters with alterity, ambiguity, and resistance – elements often flattened in positivist or purely testimonial accounts – and thereby reveal the political and aesthetic work such texts perform.

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Analysis

To contextualise the analysis, I begin with an introduction to the book: Borderlands/La Fron-tera. Hereafter, the analysis will unfold across three interrelated headings: 1) Border(land) as Metaphor and Materiality, 2) Mestizaje as In-Betweenness and Resistance, and 3) Writing Selves Across Borders, all supported by quotes and insights from the book.

 

Borderlands/La Frontera

Gloria Anzaldúa’s Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987), explores the Chicana/o and Latina/o experience in the Texas-U.S. Southwest/Mexican borderland. The book disrupts the linearity of conventional discourse by unfolding a polyphonic, multiform voice that weaves together text, image, memory, myth, poetry, and theory. Its structure resists a uniform narrative or a centralized authorial I, creatively shifting perspectives and pronouns to perform the com-plex interlocking oppressions and solidarities of intersectional identities (cf. Poem: that dark shining thing 187-189). This creates a constellation of voices – intimate, collective, ancestral – that move across and blurs the lines between literary genres, fusing autobiography with fiction, poetry with essay, academic reflection with spiritual invocation.

Divided in two interconnected parts: first, a series of seven thematic essays that explore identity, culture, language, and resistance; and second, a collection of poems that not only echoes, but expands and complicates the ideas laid out in the prose. This translates into a dialogue between analytical reflection and poetic expression; a mosaic of texts that “spill over the boundaries” (78), dissolving rigid interpretations and inviting the readers into a space where meaning is constantly negotiated and transformed. What follows is an analysis of the border not merely as a geographical delimiter but as a site of epistemic struggle, embodied resistance, and cultural re-signification; a space where metaphor and materiality coalesce to challenge dominant narratives of nationhood, belonging, and normativity.

 

Border(land) as Metaphor and Materiality

The first essay, Homeland, establishes the Indigenous peoples historical and spiritual claim to the U.S.-Mexico borderlands: “This land was Mexican once, was Indian always, and is. And will be again” (13). By positioning the land as sacred and stolen, Anzaldúa reframes the border as: “una herida abierta5 where the Third World grates against the first and bleeds” (13). This framing resonates with W. Mignolo’s (2005: 34) theorization of the colonial wound, which he defines as a historical and ongoing consequence of colonialism, manifested through a racializing hegemonic discourse. In this light, Anzaldúa’s herida abierta is not just a personal or cultural metaphor. It is a geopolitical inscription of coloniality on the body and land of those who live in-between and beyond borders.

The border is a place of both convergence and rupture, conflict and creativity: “The borderland”, she writes, “is a vague and undetermined place created by the emotional residue of an unnatural boundary… in a constant state of transition” (1987: 3). In a poetic voice, Anzaldúa captures the phenomenological experience of inhabiting the borderland:

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A soul between two worlds, three, four,

my head buzzes with contradiction.

I am northerned6 by all the voices

speaking to me at once. (88) [my

translation]

.

It is this shifting, unstable terrain that grounds the work of Anzaldúa: a space where subjectivities are fractured and reassembled, where languages coexist in tension, and where identity becomes a practice of navigating contradiction and ambivalence.

“the prohibited and forbitten… in short, those who cross over, pass over, or go through the confines of the ‘normal’” (14). In accordance with Z. Bauman (1995: 12), Anzaldúa defines the border dwellers in contrasts to the normative authority, serving as its necessary mirror and Other. The “normal” is not a neutral category, but rather a socially constructed positionality aligned with whiteness, heteronormativity and bodily ableness. This positionality is upheld through systems of power that depend on exclusion and control of the Other (cf. Poem: That Dark Shinning Thing, 187-189).

“White, Mexican, Indian” (32). She challenges the heteropatriarchal order that governs each culture, exposing how they all silence, punish, and exile those who refuse to conform: “Nothing in my culture approved of me. Había agarrado malos pasos. Something was ‘wrong’ with me. Estaba más allá de la tradición” (26)7. This critique is further contextualised and developed in her later reflections (89, 94) and in the poem Yo no fui, fue Teté (151).

This social disciplining operates through what R. Segato terms the pedagogies of cruelty (2018: 11): systems of violence that teach through fear, humiliation and internalised oppression how to enforce gender norms and uphold male dominance. In extension, Nevins (2001: 143) argues that: the discourse of border control functions by pitting the disadvantaged against those in even worse conditions, deflecting attention from the powerful agents and institutions responsible. As a coloured, lesbian, migrant woman, Anzaldúa offers a multifaceted critique of the borderlands, not only as a space of asymmetrical power relations but as a lived experience where intersecting identities – gender, sexuality and race – shape unique forms of oppression and resistance (cf. Valentine, 2007).

Within this schema, “normality” functions as a racial- and sexualised regulatory ideal that dis-ciplines bodies and delimits both the horizons of intelligibility and the possibilities of move-ment (cf. Graw and Samuli, 2012: 14-15). This produces a paradox that, as S. Turner observes in the context of the camp, renders certain bodies “simultaneously depoliticised and hyper-politicised” (2015: 145). Much like the principle of superposition in quantum computing – where a qubit exists in multiple states simultaneously until observed – marginalized bodies in the borderlands are often invisible in terms of rights, representation and institutional recognition, and yet hypervisible as targets of surveillance, regulation and control. Anzaldúa capture this in her writing: “I am visible – see this Indian face – yet I am invisible. I both blind them with my beak nose and am their blind spot” (97).

To elaborate the argument, S. Ahmed argues that whiteness operates not simply as a racial identity but: “[as] an ongoing and unfinished history, which orientates bodies in specific directions, affecting how they ‘take up’ space, and what they ‘can do’” (2007, 149). Whiteness, as an extension of the colonial legacy, becomes an invisible infrastructure that governs who be-longs, who moves freely, and who is rendered excessive or out of place (cf. M. Douglas, 1966). That said, Anzaldúa does not narrate these crossings from the perspective of the centre looking outward; rather, she writes from the border, from within and beyond the margin. In this sense, the margin is not per se a space of lack or exile. It is a generative and constitutive site where histories of pre-Colombian warfare and pilgrimage (40-43) intersects with colonisation and ill use by five countries (101), new migrations (20-22; 128-130), the appropriation of by dispossession (16-17; 142-143), and ongoing struggles for self-determination (98).

Returning to the metaphor – border as wound –, Anzaldúa enacts what A. Mountz advocates: “to locate the struggle of power and productions of difference at the scale of the body in order to address a broader debate about the power of the nation-state” (2004: 323). By foreground-ing the embodied experiences of the border dwellers, Anzaldúa offers an affective lens through which to understand differential experiences that are often obscured at other scales (Ibid: 341). Herewith, literary analysis may be employed to reveal what is otherwise hidden in discourse, as literature fundamentally engages with subjective experiences and expressions (Burge, 2020). In this context, the metaphor functions not as a mere abstraction but a technology of survival: “In the reconstructing the traumas behind the images, I make ‘sense’ of them, and once they have ‘meaning’ they are changed, transformed. It is then that writing heals me” (81). Body and word co-constitute one another: the metaphor emerges from lived experiences and returns to the body to make sense of it.

This perspective engages critically with F. Fanon’s framing of the colonial wound as a site of imposed objectification: “For the native”, he writes, “objectivity is always against him” (in Malkki, 1996: 384). The colonial subject is denied the legitimacy of voice or narrative; only physical suffering is granted the status of “truth”. This reflects the dehumanizing logic of colonialism, where “objectivity” is instrumentalised to render the native knowable only through tangible suffering; suffering that is extractable and commodifiable under necropolitical regimes (cf. Mbembe, 2003; Ahmad, 2008).

The repetition of the wound becomes uncanny (cf. Bandak, 2018), reflecting a temporal suspension in which the past persists and future precarity looms. In line with Derrida’s hauntology (in Bandak, 2018: 202), Anzaldúa’s narrative inhabits a space of spectral return, where memory and identity are haunted by histories of colonization, migration, and cultural genocide, and where the future is shadowed by the repetition of structural violences.

Borderlands/La Frontera reframes the wound not as static trauma but as a transformative site. The wound be-comes a generative locus through which identity is fractured, renegotiated, and reassembled in new, nonbinary forms resonating with A. Young’s insight that “recurrent trauma produces transformation rather than summation” (in Bandak, 2018: 199).

Against this backdrop, Anzaldúa reclaims authority over the wound, refusing to let grief serve as a static symbol of victimhood; passive and decontextualized. Instead, she reconceives it as a site of epistemological agency and introspection. The wound in her work becomes recursive and affectively charged; not simply endured as in Feldman’s (2015) analysis of humanitarian suffering, but actively worked through (cf. Poem: Sus Plumas el Viento, 121-124). Herewith, she rejects the Anglo-American epistemologies that seek to fix the subject in pain and silence, advancing instead a methodology of healing that is simultaneously intellectual, spiritual, and political.

To elaborate, Anzaldúa evokes pre-Columbian symbols and cosmology to challenge the Cartesian split between mind and body, invoking the “animal soul” (35): a state of being rooted in intuition, body, and ancestral memory. This deeper consciousness underpins la facultad: “An instant ‘sensing’” (48) that bypasses conscious thought and allows one to identify truth in the unseen or the unspeakable. This may be interpreted as “a survival tactic that people caught between the worlds, unknowingly cultivate” (48), but it also signals “a shift in perception” that opens the “soul (Self)” (49) to new ways of knowing.

Coatlicue, the Aztec earth goddess who embodies both creation and destruction, this state of being represents a liminal space that disrupts binary thinking and creates the conditions for a new consciousness to emerge: the mestiza consciousness. As a shift in perception, it resonates with Rancière’s concept of dissensus (2010), understood as a rupture in the distribution of the sensible that unsettles dominant configurations of the (in)visible and the (un)say-able. Often triggered by trauma, shame and cultural alienation, entering the Coatlicue State forces people to confront suppressed parts of themselves, including internalised oppression (48). Writing and speaking metaphors, Anzaldúa uses la facultad to enter the Coatlicue State, where knowing is felt before it is named (48). By situating the border in the wounded body through metaphor, the text offers an epistemology of the border that collapses distinctions between dis-course and materiality. Herewith, Anzaldúa does not transcend the historical wound but inhab-its it, pragmatically engaging the epistemic violence Fanon diagnoses, yet insisting that within the wound, new meaning, new bodies, and new texts can be written into being.

To expand the argument, this collapse also challenges nationalist frameworks that seek to impose fixed boundaries on human experience. An anti-nationalist stance exemplified in the poem: La Curandera (193-197), which confronts the violent imposition of state borders through the refusal to recognize these as a meaningful divider in death:

    .

The Border Patrol came

found el Sobrino dead.

We’ll take the body back to the other side,

they said.

No, said Dávila, I’ll bury him here. Under

the ground it doesn’t matter

which side of the border you’re in (193)

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Succinctly, the poem enacts a spiritual becoming inseparable from an ancestral claim to land that predates nationalist territorial divisions. By burying the dead here, Dávila asserts a pro-found connection to the land that rejects the legitimacy of Anglo-American authority. This gesture epitomises a decolonial perspective rooted in place, memory, and enduring Indigenous presences, disrupting the imperial logic of possession and exclusion. In this, the poem echoes Anzaldúa’s vision and aligns well with Mignolo’s concept of border epistemology (2005: 41): a perspective from which to analyse the colonial difference and challenge the universalising claims of Western knowledge systems. Specifically, border epistemology confronts what Mignolo identifies as theo-politics and ego-politics of knowledge, which respectively privilege the Christian and Cartesian modes of thinking. Against these paradigms, Anzaldúa affirms a deeper ancestral and ecological unity:

    .

Suspended in fluid sky

I, eagle fetus, live serpent

feathers growing out of my skin

the buffeting wind

the rock walls rearing up

the earth (149)

.

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Mestizaje as In-Betweenness and resistance

To appreciate the progressiveness in Anzaldúa’ new mestizaje, I will begin this section contextualizing the concepts: mestiza/o, mestizaje and chicana/o. Occupying a complex and contested space in the intersection between race, culture and identity, the term mestizo traditionally refers to individuals of mixed Indigenous and European descent. Dating back to the 16th century, the term mestizo was part of a broader system of racial classification designed to reinforce social hierarchies and maintain colonial control (Katzew, 2004).

The verb mestizaje – literally meaning “mixing” – has been central to Latin American national imaginaries, particularly in Mexico, where it was institutionalized as a unifying ideology post-Revolution in early 20th century. Advocates like J. Vasconcelos, author of La Raza Cósmica (1925), envisioned the creation of a fifth race through the mixing of all ethnic groups, arguing that racial homogenization would dismantle existing hierarchies and reduce conflict and dis-crimination by truly unifying the Mexican populace. This biologically deterministic framing has since been challenged and re-interpreted as a cultural and political identity (Doremus, 2001); nevertheless, critics such as P. Wade (2005) argue that state sanctioned programs negate Indigenous, African and other minority identities in the name of a hegemonic national identity. Turning to Anzaldúa, Chicana/o identity emerges as both a response to and a reworking of mestizaje. Chicana/o thought reclaims the mestiza/o condition not as a diluted identity, but as a space of resistance, ambiguity, and potential transformation: “The new mestiza copes by de-veloping a tolerance for contradictions, a tolerance for ambiguity. She learns to be an Indian in Mexican culture, to be Mexican from an Anglo point of view. She learns to juggle cultures” (90).

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The new mestiza becomes a subject who negotiates multiple cultural, linguistic, and epistemic worlds, embodying what Anzaldúa calls a mestiza consciousness. This new consciousness neither seeks assimilation under a Social Darwinist paradigm of white supremacy nor accepts the homogenising narratives propagated by nationalist ideologies to resolve contradictions. In-stead, the new consciousness lives within the contradictions transforming fragmentation into a source of power and defiance: “Being Mexican is a state of soul – not one of mind, not one of citizenship. Neither eagle nor serpent, but both. And like the ocean, neither animal respects border” (73).

Defining mestizaje as both a lived experience and a decolonial strategy, grounded in the tensions and generative possibilities of liminal existence, Anzaldúa embraces the open-ended process of identity formation. This vision epitomises Mignolo’s idea of complementary dualism (2005: 23), which rejects Hegelian dialectical oppositions in favour of relational, co-constitutive ways of knowing and being. By recognising protean identities, this framework contests the enduring colonial matrix of power; a structure that, as Mignolo observes, no longer depends on traditional conquest but instead operates through biopolitical governance, debt economies and global surveillance regimes (2005: 33).

In this context, Anzaldúa’s mestizo and borderland thinking aligns closely with the diasporic frameworks conceptualised by J. Clifford (1994) and S. Hall (2003), who respectively speak of diasporas as identification rather than identity, and as a narrative strategy that employs storytelling practices to articulate selfhood along routes of movement and histories of rupture. Yet, as R. Jenkins reminds us, such subjective constructions of identity must also contend with the social dimension: self-identification alone is never sufficient to constitute a viable identity; rather, identities are always formed through a dialectic between self-perception and external recognition (in Peteet, 2005: 150).

Building on this insight, J. Peteet (2005) explores this dynamic in her analysis of Palestinian national identity, where systemic violence arguably functions as a rite of passage into belonging, revealing how recognition is often forged through struggle and exclusion. Though the geopolitical contexts differ, a similar dynamic seems to operate at the U.S.–Mexico border, where the chicana/o identity is shaped not only through cultural narratives, but also through the violent regime that polices the borderland: (cf. Poems: In the fields, la migra, 13; To live in the Borderlands means you, 213-214).

In this context, the notion of mestizaje can be understood through the Foucauldian theory of subjectification, where identity is not only self-fashioned but also produced through power re-lations that operate via disciplinary and biopolitical regimes (in Ong, 1996: 737). Through a dual process of being made and becoming a subject, Anzaldúa’s new mestiza reveals how borderland identities escape fixed categorisation, which will be discussed further below.

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Writing Selves Across Borders

Across the pages, Anzaldúa explores language and writing as discursive instruments for the shaping and expressing of the new mestiza consciousness. Renouncing colonial “linguistic terrorism” (69), the texts affirm the political and personal significance of linguistic hybridity and code-switching. Language in the Borderlands is not only a means of expression but a space of belonging: “language is a homeland closer than the Southwest” (66). Insisting on the deep entanglement of voice and selfhood, Anzaldúa continues: “Ethnic identity is twin skin to linguistic identity – I am my language” (70).

If language roots the self in place, writing sets it in motion. Through genre-crossing and code-switching, the act of writing is an exercise in the imagination, an embodied performance, in which the personal becomes political, and the political, world-making: “it feels like I’m creating my own face, my own heart – a Nahuatl concept. My soul makes itself through the creative act. It is constantly remaking and giving birth to itself through my body… it is always a path/state to something else” (85).

Elsewhere, Anzaldúa invokes writing as a shamanistic act, a ritual of metamorphosis that alters “the storyteller and the listener into something or someone else” (78). This enactment of selves through a reciprocal process of creative writing and reading resonates with Rancière’s concept of the emancipated spectator (2009)8, but to appreciate the significance of this imaginative process, P. Riceur’s (1994) reflections on the phenomenology of action seem particularly useful. Riceur suggests that the imagination serves as “a mediating space of a common ‘fantasy’” where one rehearses symbolic forms of agency and tests the contours of the “I can” (ibid: 126-127). Since symbolic forms are socially and culturally constituted, imagination inherently pos-sesses an intersubjective dimension of agency; herewith, the I can is not a fixed capacity but a shared horizon of potentiality. Succinctly, Riceur’s reflections anticipate the intersubjective dynamics in Anzaldúa’s work, suggesting that subjectification through writing is not a solitary act but an imaginative negotiation performed within relational, social worlds9. This is well captured in the poem by León-Portilla, cited in Anzaldúa:

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Those who are looking (reading),

Those who tell (or refer to what they read).

Those who noisily turn the pages of the

codices.

Those who hold in their power

the black and red ink (wisdom)

and the painted (images),

they lead us, they guide us,

They show us the way. (83) [my translation]

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This imaginative terrain becomes the very site where Anzaldúa – as a queer Chicana writer – contests imposed silences and speaks from the wound, while also inspiring others (cf. Lugones, 1992). It is not merely that writing gives voice to identity; it gives form and body to the struggle of becoming: “I write in red. Ink… Daily, I battle the silence and the red. Daily, I take my throat in my hands and squeeze until the cries pour out, my larynx and soul sore from the constant struggle” (83).

This process is visceral, rooted in the body and in the Earth. As Anzaldúa writes: “This is the sacrifice that the act of creation requires, a blood sacrifice. For only through the body, through the pulling of flesh, can the human soul be transformed. And for the images, words, stories to have this transformative power, they must arise from the human body – flesh and bone – and from the Earth’s body – stone, sky, liquid, soil” (86–87). In this vision, writing becomes a potential path to healing and revelation, a sacred labour of becoming that bridges the inner and outer worlds.

 

Conclusion

As a final comment, G. Spivak’s (1985) question – Can the Subaltern Speak? – reminds us that the power to narrate one’s own reality is inherently political. Anzaldúa takes up this challenge not by speaking for the subaltern, but by enacting a new mestiza consciousness through hybrid literary form. Through her integration of poetry, autobiography, and theory, she refuses to be ventriloquized by dominant, empiricist epistemologies that reduce migrant lives to data and borders to lines on a map. Instead, she cultivates a polyvocal, fragmented narrative that opens space for insurgent enunciation, where language, body, and land co-produce new, nonbinary modes of being and belonging in the borderland

Rather than claiming representative authority or imposing a totalizing mestiza identity, Anzaldúa embraces metonymy (cf. Souza, 2019: 102), allowing her writing to stand with rather than in place of others. By foregrounding the affective, linguistic, and embodied dimensions of border subjectivity, I argue that Anzaldúa enacts a contingent mestizaje that amplifies the voices of border dwellers: the prohibited and the forbidden. This aligns with Souza’s (2019: 102) reading of Spivak, which posits that a subaltern choir must operate as a heterogeneous collective to genuinely represent the Other, one that resists essentialist identities and instead actively forms through ongoing, performative engagement.

As the analysis shows, Anzaldúa collapses binary categories of oppressor/oppressed and subject/object. Through her creative shifts in pronounce, she is simultaneously the beast and the one hunted by it: “I remember hating him/me/they who pushed me” (188).

Borderlands/La Frontera is thus more than text; it is epistemological praxis: a situated, subaltern epistemology that enacts the cognitive and affective complexity of migration, queerness, and border subjectivity. Her metaphors – like the wound – are not symbolic despite materiality, but rather because of it: they emerge from, and return to, embodied and spatial conditions.

This is why phenomenological experiences are necessary to challenge the hegemonic discourse of realist reductionism, in which border subjectivity becomes knowable only by cutting through the stories to extract the facts. Such reductionism enacts an active process of dehistoricization; one that silences lived experiences and serves as a project of depoliticization. Against this, Anzaldúa insists that imagination, affect, and storytelling are not deviations from truth but integral to how subjects live and know in the borderlands. Through her work, she challenges us to recognize that the imaginary and the real are not opposites but, as Deleuze wrote: two faces that ceaselessly interchange with one another, a mobile mirror through which new forms of political and poetic knowledge emerge..

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Endnotes

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1 L. Richter (2016) critiques the concept of liminality and proposes limbo as an alternative term to highlight the fixity and dead-endedness experienced by migrants in prolonged states of suspension. While liminality traditionally refers to a temporal, ritualistic rite of passage, I use liminal space to emphasize a physical and/or metaphorical zone characterized by ongoing spatial and existential in-betweenness. Unlike limbo, which stresses stasis and impasse, liminal space as I use it foregrounds spatiality, coexistence, and continuous instability as conditions of transformation.

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2 Chicana/o, identifier for people of Mexican descent born in the United States. The term came into popular use by Mexican Americans as a symbol of pride during the Chicano Movement of the 1960s (Encyclopedia Britannica, 2025). Anzaldúa links its emergence to political and literary milestones, noting: “Chicanos did not know we were a people until 1965 when Cesar Chavez and the farmworkers united and ‘I am Joaquín’ was published” (74), highlighting literature’s formative role in collective identity.

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3 Refers to the tendency in social science research to treat the nation-state as the natural unit of analysis, thereby overlooking transnational processes and global interconnections (Castles, 2010; Levitt et al. 2004).

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4 The theory of Jacques Rancière is based on a concept :“le partage du sensible” [the distribution or partition of the sensible], which he de-fines in The Politics of Aesthetics (2006: 12) “I call the distribution of the sensible the system of self-evident facts of sense perception that simultaneously discloses the existence of something in common and the delimitations that define the respective parts and positions within it”. This concept refers to the implicit rules that determine what is visible, sayable, and thinkable in a given social order, thus shaping both aesthetic experience and political possibility.

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5 An open wound

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6 Northerned is a literal translation from the Spanish norteada, which carries a double meaning: it can denote being geographically directed toward the North, but also disoriented or confused (RAE). In Anzaldúa’s context, it signifies both the pull of the U.S. as a hegemonic center and the psychic dislocation experienced by border dwellers caught between conflicting cultural, linguistic, and ideological forces.

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7 I had taken the wrong path & I was outside of tradition

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8 The Emancipated Spectator explores how spectatorship can shift from passive reception to active engagement, enabling intellectual and political emancipation through critical interpretation. In this way, spectatorship becomes a transformative process for both the observer and the observed.

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9 M. Jackson’s (2013) presents a similar account of speech and action among the Kuranko of Sierra Leone, where identity is forged intersubjectively, not in solitude but through encounter.

 

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Ørne Trygve Voetmann/span> nació en Dinamarca en 1991. Con dos títulos universitarios de Grado –uno en Relaciones Internacionales y Geografía Humana, de la Universidad de Roskilde (2019); y otro en Lengua y Cultura del Mundo Hispanohablante, de la Universidad de Copenhague (2024)– Voetmann actualmente acaba de defender su tesis de Máster, la cual tiene como base un estudio de campo sobre los migrantes venezolanos en Colombia.

Conversación con David Toscana. La violencia, la memoria y los supervivientes en el Ejército ciego. Una novela mexicana sobre Bulgaria.

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El Ejercito Ciego (Premio Alfaguara 2026) / The Blind Army Paperback - Picture 1 of 1

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Conversación con David Toscana

La violencia, la memoria y los supervivientes en el Ejército ciego

Una novela mexicana sobre Bulgaria

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Fue una gran coincidencia que El ejército ciego, con la que el narrador mexicano David Toscana se hizo acreedor del Premio Alfaguara de Novela 2026, se tradujera al búlgaro y se publicara justamente en una de las fechas más importantes del calendario nacional, el homenaje a los hermanos San Cirilo y San Metodio, fundadores del alfabeto glagolítico, de la educación y de la cultura del país y de las letras eslavas.

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[@Daniel Mordinzki]

Desislava Ántova, traductora de El ejército ciego, dijo que “es increíble que un autor mexicano haya podido escribir un libro tan búlgaro y, al mismo tiempo, tan universal. Tengo en mis manos uno de los regalos más bonitos para Bulgaria: aquella historia que desconocemos, pero que podría haber sido, al margen de la tragedia archisabida de las fuentes históricas; aquella Bulgaria, hace más de diez siglos, sobre la cual resulta que David Toscana ha leído mucho más que algunos de nosotros. Busquen, lean y regalen este libro.” El proceso de la traducción de esta novela es singular y merece ser narrado.

Después de que Toscana obtuvo ese importante reconocimiento, durante una conversación que sostuve con Antonio Moreno (Universidad de Texas—Permian Basin), escritor y ensayista, profesor visitante en la Universidad de Sofía a finales de noviembre de 2025, me sugirió que se tradujese al búlgaro la novela de Toscana. A través de mis contactos con traductores y editoriales en Bulgaria, supe que una famosa periodista había hecho la traducción en un santiamén, con la ayuda de las nuevas tecnologías (IA), suscitando así un debate ético acerca de la escritura y la traducción de textos literarios. Se lo comenté al profesor Moreno, quien inmediatamente alertó al escritor David Toscana. El propio Toscana intervino para que la traducción quedara en manos de quien pudiera hacerle verdadera justicia al texto, y fue así como Ántova asumió la responsabilidad de trasladar la novela al búlgaro. Una buena traducción garantiza el éxito de cualquier texto, especialmente cuando se trata de la buena literatura.

[Tapa de la novela en la edición búlgara de El ejército ciego]

David Toscana es autor de varias novelas y de un libro de relatos: Las bicicletas (1992), Estación Tula (1995), Santa María del Circo (1998), Duelo por Miguel Pruneda (2002), El último lector (2005), El ejército iluminado (2006), Los puentes de Königsberg (2009), La ciudad que el diablo se llevó (2012), Evangelia (2016), Olegaroy (2017), El peso de vivir en la tierra (2022). Su novela más reciente, El ejército ciego, fue inspirada en uno de los sucesos más dramáticos de la historia de Bulgaria: la batalla de Clidio (Klyuch), conocida también como la batalla de Belasica, llevada a cabo entre el Primer Imperio búlgaro y el Imperio bizantino, que marcó el final del Primer Estado búlgaro y la pérdida de su independencia. La terminó en Bulgaria en octubre de 2025, y se centró en un aspecto muy contundente: “¿Qué ocurre cuando una sociedad no sabe qué hacer con quienes han sobrevivido a la violencia?” (Rosa Sánchez de la Vega, “La abundancia de imágenes está empobreciendo nuestra mirada”, entrevista con David Toscana, 4 de abril de 2026). Toscana eligió que la presentación de El ejército ciego en Europa se llevara a cabo en Plovdiv durante la tercera edición del Festival Leterapopuli 2026, que se celebró del 17 al 22 de mayo.

El 7 de mayo de 2026, fungí como intérprete en la entrevista que el novelista mexicano sostuvo para la cadena Euronews Bulgaria. Después de la entrevista, Toscana y su esposa, Sara, visitaron la universidad. Allí sostuvieron encuentros con profesores y estudiantes de la carrera de Filología Hispánica ante quienes hablaron de la novela recién traducida.

En este contexto se desarrolló la entrevista que presento a continuación, a petición de Daria Karapetkova, la directora del Centro Cultural de la Universidad de Sofía, ampliada con una pregunta especial para los lectores de habla hispana. Fue publicada el 13 de mayo en Literaturen Vestnik, la gaceta literaria más prestigiosa de Bulgaria, bajo la supervisión de Amelia Licheva, poetisa y Decana de la Facultad de Filologías Eslavas. Para formular mis preguntas, consulté a Tatiana Pánteva, profesora de literatura española, y a Antonio Moreno.

El Ejercito Ciego (Premio Alfaguara 2026) / The Blind Army Paperback - Picture 1 of 1
[Tapa de la edición en español de El ejército ciego, galardonada con el Premio Alfaguara de Novela 2026]

M. M.: ¿Cómo se enteró Ud. de la historia del ejército ciego del zar Samuel?

D. T.: Fue hace muchos años, cerca de veinte, en un compendio de historia llamado The Story of Civilization. Desde entonces me interesé en la suerte de los ciegos. Los historiadores no hablaban de lo que ocurrió con ellos después de la muerte del zar Samuel, y entonces pensé en novelarlo; pero tardé mucho en saber cómo se contaba esa novela. Pude hacerlo cuando decidí alejarme del realismo y crear algo más parecido a una leyenda. Más tarde, en 2024, cuando ya la estaba escribiendo, la Biblioteca Nacional de España exhibió muchas páginas ilustradas del Skylitzes Matritensis.

M. M.: ¿Qué paralelos se pueden establecer con acontecimientos históricos similares en México y América Latina?

D. T.: Por supuesto durante la conquista hubo muchos actos crueles y formas de tortura, pero no tengo noticia de que se empleara el castigo de cegar. En otra forma de lisiar a los prisioneros, se sabe que Juan de Oñate les amputó el pie derecho a veinticuatro indígenas, y la mano derecha a un número indeterminado. De manera alegórica, la novela ha tenido lecturas en Latinoamérica que hablan del poder y la rebeldía, de la violencia y la resistencia. Pero cada lector establece esta relación según su experiencia. Lectores nicaragüenses me hacen comentarios que tienen relación con el presente; argentinos piensan en la dictadura del pasado; los chilenos recuerdan la represión de 2019 en la que cientos de manifestantes perdieron uno o los dos ojos; muchos piensan en las guerras de hoy.

M. M.: ¿Qué reto supuso para Ud. la barrera lingüística mientras consultaba las fuentes para su novela? ¿Hizo alguna investigación en Bulgaria?

D. T.: Antes que en búlgaro, las fuentes de estas historias están en griego. Leí, sobre todo, traducciones al inglés y algunas al español. Mi primer libro sobre el tema fue A History of the First Bulgarian Empire de Steven Runciman. Por supuesto leí a Skylitzes, a León el Diácono, Miguel Pselo, Miguel Ataliates. Con la trampa de los traductores en línea pude conocer historiadores como Zlatarski o Nikolov, y la maravillosa trilogía de Dimitar Talev sobre el zar Samuel. Un libro importante fue Voices of Medieval Bulgaria, de Kiril Petkov. También leí a muchos historiadores que no se ocupan de Bulgaria, pero sí del año mil. Visité Sofía y sus museos, y tomé muchas botellas de mavrud. Al final, no escribí una novela histórica, sino algo más cercano a la fantasía.

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M.M.: En la pintura Las lanzas (La rendición de Breda) de Diego de Velázquez, que inmortaliza la victoria española sobre los holandeses durante la Guerra de los Ochenta Años, el general Ambrosio Spínola recibe las llaves de la ciudad de Justino de Nassau con un gesto magnánimo de respeto y nobleza. ¿Cómo contrasta ese gesto con el de Basilio II Matabúlgaros?

D. T.: Klyuch no fue una rendición, sino una derrota. La actitud de Basilio II tras la rendición la veríamos en su desfile triunfal tres años después. Basilio tenía la crueldad del hombre religioso. Desde Heródoto podemos leer distintas actitudes del victorioso frente al derrotado, y Montaigne habla también de este tema. Que yo sepa, nunca se encontraron en persona Samuel y Basilio, pero su pregunta me hace pensar en algo: ¿sería posible que un dramaturgo búlgaro escribiera ese encuentro imaginario para el teatro? Quizás un encuentro cuando ya ambos están muertos.

M. M.: Si pensamos en otro gran escritor, José Saramago, ¿cómo concibe Ud. el tema de la ceguera en su novela?

D. T.: En la novela de Saramago, la ceguera es una desgracia; crea caos, conflicto, aunque también hay gestos de solidaridad. Yo quise transformarla en un pilar de la dignidad humana. La idea de la ceguera acompañada de dignidad, y hasta superioridad, está también en la novela de Ismaíl Kadaré, El firmán de la ceguera. Mientras escribía, descubrí que la literatura es un arte para “ciegos”, pues no vemos lo que leemos o escuchamos, sino que debemos percibirlo, imaginarlo, entenderlo, interpretarlo, recordarlo.

M. M.: ¿Qué mensaje moral desea transmitir Ud. a través de su narración a los jóvenes en Bulgaria?

D. T.: Cuando escribo, más que nada, quiero hacer literatura; crear belleza, alcanzar aquello que los griegos llamaban “sublime”. Para esto, más allá de las palabras, necesito historias, personajes, ideas. Sé que, sin buscar un mensaje, éste aparece por añadidura. Así, sin haber pensado en un mensaje, prefiero citar una nota que acaba de aparecer en la prensa mexicana, que lo dice mejor que yo: “El ejército ciego representa un gran homenaje a aquellos que luchan contra la adversidad, a los que no se dejan vencer, a los que se levantan después de la caída, a los que se niegan a ser víctimas de su destino.”

M. M.: Los escritores mexicanos suelen abordar en sus obras temas relacionados con su identidad nacional. ¿Qué es lo que atrae a un escritor cuando sitúa sus historias fuera de su país?

D. T.: Los escritores mexicanos y de todos los países tienden a escribir sobre su entorno; pero siempre hay obras que salen de la geografía nacional. Ya los escritores del Crack, como Jorge Volpi e Ignacio Padilla habían caminado por esa senda. Vicente Herrasti, con La muerte del filósofo, se va a la Grecia antigua. Pedro Ángel Palou novela a Pablo de Tarso en El impostor. Y los ejemplos son más. En mi caso, tengo otras dos novelas situadas fuera de México: La ciudad que el diablo se llevó, en la Varsovia de 1945; y Evangelia, que ocurre hace dos mil años en Jerusalén. ¿Qué es lo que atrae? Una historia que trasciende el tiempo y la geografía; una historia universal. Y quince mil soldados ciegos pueden ser tan universales como tres hombres en la cruz.

 


Milena Marínkova nació en Madrid, España, y transcurrió su infancia en Cuba y Colombia, donde su padre fue embajador. Empezó su carrera como traductora e intérprete en 1992. A lo largo de su trayectoria profesional ha traducido diversas películas y series televisivas españolas, mexicanas, venezolanas, argentinas y colombianas. Forma parte de la Asociación de Intérpretes y Traductores [Association of Interpreters & Translators (AIT)], una organización que vela por la equidad y las normas en materia de traducción e interpretación en Bulgaria. Es profesora asociada en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Sofía—San Clemente de Ohrid.

La subversión del male gaze: El hombre como objeto de deseo en La mala educación y La ley del deseo

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La subversión del male gaze:

El hombre como objeto de deseo en La mala educación y La ley del deseo

Introducción

El cine nace para el espectador, ya que la manera en que reproduce y perpetúa la mirada constituye el corazón de su creación. Tradicionalmente, esta mirada se ha estructurado de forma que refuerza una percepción de género binaria, donde la mujer aparece como complemento del personaje masculino y su cuerpo como espectáculo erótico. Tal fenómeno se inscribe en la lógica del male gaze (Mulvey, 1999), que presupone un sujeto activo masculino y un objeto pasivo femenino. En este contexto, la filmografía de Pedro Almodóvar resulta relevante, pues ofrece una alternativa al gaze tradicional. Aunque otorga gran protagonismo a las mujeres, sus personajes masculinos destacan por su diversidad y complejidad, alejándose de los estereotipos hegemónicos. Almodóvar les atribuye cualidades tradicionalmente reservadas a las mujeres: ser objeto de deseo y funcionar como espectáculo erótico. Pese a su menor presencia cuantitativa, los hombres resultan igualmente significativos, ya que desestabilizan las categorías binarias de representación de género, abriendo espacio para nuevas formas de masculinidad (Durán Manso, 2023, pp. 54-55). En sus películas coexisten la heterosexualidad, la homosexualidad y la transexualidad, no como problema o anomalía, sino como parte de identidades complejas (Jiménez, 2025). Además, la exposición erótica del cuerpo masculino subraya su potencia como objeto de deseo (Manso, 2023). En este marco, el presente trabajo se propone investigar de qué manera la representación de los personajes masculinos como objetos de deseo en La ley del deseo (1987) y La mala educación (2004) subvierte las estructuras binarias en el cine y genera formas de performatividad más fluidas y ambiguas en torno al género. Se analizará cómo Almodóvar desafía la representación binaria dominante a través de un estilo heterogéneo y fragmentado del género y de la sexualidad, articulado mediante la deslocalización de elementos visuales y sonoros, así como de estructuras narrativas complejas. A partir de la teoría de Foucault, se examinará cómo el director rompe con las normas del cine al poner en escena una sexualidad guiada por el deseo y no por categorías binarias o prescripciones sociales. Se analizará cómo Almodóvar deconstruye el sistema del male gaze mediante representaciones de la desnudez masculina homosexual y elementos metacinematográficos. Además, se analizará cómo las películas cuestionan la matriz heterosexual y la heterosexualización del deseo (Butler, 2007), proponiendo una concepción performativa del género que permite entender su obra no únicamente como una inversión del male gaze, sino como una subversión del propio marco binario que lo sostiene.

Objeto del análisis

En este trabajo se ha optado por analizar únicamente dos películas de Pedro Almodóvar, ya que permite profundizar con mayor precisión en la representación de los personajes masculinos como objetos de deseo y en la construcción de identidades de género más fluidas. La elección de La ley del deseo se justifica por su carácter especialmente transgresor dentro del contexto de los años ochenta, una década marcada por la ebullición cultural de la Movida madrileña y por una apertura progresiva hacia narrativas subversivas en torno al género y la sexualidad. La mala educación, aunque aparece en una etapa posterior de la trayectoria del director, retoma de manera igualmente provocadora cuestiones relacionadas con el deseo homosexual y la fluidez de género. Las películas tienen muchas similitudes temáticas en forma de la homosexualidad en el centro de la trama y una representación y expresión de género ambigua y fluida. (Jiménez, 2025) A lo largo de su filmografía, Almodóvar ha cuestionado las representaciones binarias del cine mainstream mediante estrategias diversas. No obstante, para los fines de esta investigación, resulta metodológicamente más pertinente acotar el corpus a dos películas especialmente significativas, en lugar de abarcar toda su obra, lo que derivaría en un análisis superficial y, en cambio, permite articular un estudio más profundo y matizado sobre cómo estas películas subvierten el male gaze y proponen modelos alternativos de performatividad de género y deseo.

Teoría: la norma binaria y el male gaze

Según Foucault, a lo largo de la historia, la sociedad ha elaborado un conjunto de procedimientos discursivos destinados a producir y legitimar una verdad sobre el sexo (Foucault,1978, p. 57), refiriendo en este contexto tanto a la dimensión biológica como a la sexualidad. Por un lado, en las sociedades occidentales, se desarrolla una práctica de scientia sexualis, entendida como un sistema social que concibe el placer en relación con una ley absoluta de lo permitido y lo prohibido (Foucault, 1978, pp. 57-58). Este discurso se desarrolló desde el siglo XVIII hasta la actualidad y conllevó una institucionalización del sexo que, a través de distintos rituales y mecanismos de examen en la sociedad, ha impuesta la necesidad de definir la sexualidad. Esto ha producido una tendencia a analizar, administrar y clasificar el sexo (Foucault, 1978, p. 20). Por otro lado, en sociedades griegas y romanas, se desarrolla una práctica de ars erótica, lo cual es un sistema social que, al contrario, no concibe el placer en relación con una ley absoluta de lo permitido y lo prohibido ni con un modo de empleo. Más bien, se entiende como una práctica que se acumula como experiencia y que, ante todo, implica una reflexión de la práctica sexual en sí misma, de modo que esta se expresa desde dentro, amplificando su propio efecto (Foucault, 1978, p. 57).

Según Butler, Foucault parte de la premisa de que la categoría de sexo (masculino/femenino) opera como una red reguladora, dispersa pero coherente, que organiza tanto los cuerpos como los discursos que los producen. (Butler, 2007, p. 25). Destaca que este proyecto de Foucault se inserta en una lógica más amplia: desde el siglo XIX, las sociedades occidentales han insistido en un discurso normativo sobre la sexualidad, inscrito en lo que Butler denomina la matriz heterosexual, lo cual es una construcción cultural que regula las posibilidades de identidad y deseo. Dentro de esta matriz, solo se consideran “inteligibles” aquellas identidades en las que el género se deriva directamente del sexo, y en las que las prácticas del deseo se derivan, a su vez, del sexo y del género (Butler, 2007, pp. 23–24). Esta matriz normativa establece el género como una relación binaria de lo masculino y lo femenino cuya coherencia se garantiza mediante la práctica de una heterosexualización del deseo. Así, se genera e interioriza la idea de que existe un orden natural entre sexo, género y deseo cuya estabilidad parece evidente pero que es, en realidad, culturalmente producido (Butler, 2007, p. 31). Como consecuencia, se restringen las posibilidades de existencia sexuada, ya que el sistema se sostiene en oposiciones rígidas que excluyen otras configuraciones posibles. En otras palabras, esta lógica presupone que el deseo expresa el género y que el género, a su vez, expresa el sexo (Butler, 2007, p. 23). Frente a ello, Butler argumenta que la distinción entre sexo y género cuestiona la supuesta naturalidad de esa coherencia; distinguir ambos conceptos permite pensar que el género no es una esencia interior, sino una construcción abierta a la interpretación cultural. Más aún, Butler subraya que el género no es algo que se sea, sino algo que se hace: es performativo. Está constituido por la repetición estilizada de actos corporales que producen la apariencia de una identidad estable. Por lo tanto, aquello que suele interpretarse como una cualidad interna del sujeto es, según Butler, el efecto de prácticas corporales reguladas socialmente que generan la ilusión de una esencia previa (Butler, 2007, p. xv, p. 8).

En continuidad con el pensamiento de Butler, Mulvey recurre al psicoanálisis para analizar cómo el cine reproduce una interpretación heterosexual y socialmente establecida de la diferencia sexual. Esta interpretación regula las imágenes, los modos del gaze erótico y la lógica del espectáculo.

(Mulvey, 1999, p. 833). Según Mulvey, el cine tradicional ofrece una serie de placeres posibles, y en este contexto identifica el instinto psicoanalítico de scopophilia(voyerismo), que refiere a la satisfacción de mirar; un instinto sexual, en el que el acto de mirar constituye en sí mismo una fuente de placer, y configura un gaze dominante que convierte a otras personas en objetos (Mulvey, 1999, pp. 835-36). La satisfacción de mirar está, según Mulvey, dividida en un papel de hombre/activo y otro de mujer/pasiva. El male gaze, que practica el hombre, es dominante, voyerista y sádico y proyecta su fantasía sobre el objeto pasivo, que tradicionalmente es el personaje femenino, estilizado en consecuencia; ella tiene un papel exhibicionista con intención de crear un impacto visual y erótica, lo cual es una cualidad que Mulvey denomina la condición de ser mirada (to-be-looked-at-ness) (Mulvey, 1999). En el cine tradicional la mujer es el objeto sexual que no tiene otro propósito para la trama que servir como distracción o espectáculo para el placer del espectador. Por contrario, el hombre tiene un gaze activo, además de características completas y poderosas, y por efecto, “(…) no tiene características del objeto erótico” ni “(…) puede llevar la carga de la objetivación sexual” (Mulvey, 1999, pp. 837-38). Además, Mulvey destaca cómo las películas de Hollywood, desde que la mayor parte del cine mainstream tiene su influencia, conseguían suceso a través de su hábil y satisfactoria manipulación del placer visual, codificando el erotismo en la lengua del orden patriarcal dominante. Por lo tanto, Mulvey señala cómo no hay que solo reconstruir una nueva forma de placer o un desplacer intelectualizado, sino negar completamente la facilidad y plenitud de la película narrativa de ficción, y así, concebir una nueva lengua del deseo (Mulvey: 1999, p. 835).

Basándose en este argumento, la teoría de Mulvey presenta ciertas limitaciones, pues su división de los roles cinematográficos en masculino/activo y femenino/pasivo se asienta en una lógica marcadamente binaria. Esta simplificación resulta comprensible si se considera que su propuesta surge como crítica al sistema social y cinematográfico que ha configurado el male gaze dominante. Sin embargo, dicho marco resulta restrictivo para el objetivo de este trabajo, que es examinar de qué manera Almodóvar subvierte precisamente ese sistema binario de género. En consecuencia, el eje del análisis se sitúa en analizar cómo Almodóvar desestabiliza los roles de género tradicionalmente binarios en el cine, proceso que deconstruye la lógica del male gaze. Para ello, se recurrirá al análisis psicoanalítico de Mulvey antes mencionado. Desde esta perspectiva, el análisis busca mostrar cómo el hombre en ambas películas se convierte en objeto de deseo y, en contra de la proclamación de Mulvey, puede “llevar la carga de la objetivación sexual” (Mulvey, 1999, p. 838). Asimismo, se examina cómo Almodóvar desafía las expectativas convencionales del placer cinematográfico y construye una propia ley del deseo, en la que las posiciones de sujeto y objeto se tornan móviles, intercambiables y no binarias.

En las películas La ley del deseo y La mala educación Almodóvar introduce personajes masculinos que tienen deseos fuera de las normas del cine tradicional, según lo ha definido Mulvey. Siguiendo a Foucault, puede observarse que el arte cinematográfico de Almodóvar se inscribe más claramente en el sistema social de la ars erótica que en el de la scientia sexualis. Ello se debe a que la representación y la performatividad de género en su filmografía se alejan de los códigos normativos del cine dominante. Almodóvar cuestiona la clasificación binaria de los roles de género habituales en las producciones mainstream al privilegiar una representación de la sexualidad anclada en el deseo mismo, y no en categorías predeterminadas basadas en un sistema binario de género.

Asimismo, se recurrirá a Butler y a sus reflexiones sobre la matriz heterosexual y la heterosexualización del deseo para analizar cómo Almodóvar, en ambas películas, cuestiona las concepciones tradicionales sobre quién puede constituirse en objeto de deseo en el cine. Se analizará cómo el deseo homosexual es un tema central en ambas películas, y cómo el gaze dominante y sexualizado sobre el hombre desestabiliza la supuesta coherencia natural y normativa entre sexo, género y deseo. También se incorporará su teoría de la performatividad, que concibe el género no como una esencia o identidad estable, sino como un conjunto de prácticas repetidas. Es fundamental subrayar esta perspectiva en el presente trabajo, ya que permite examinar la representación y la performatividad de género en las obras de Almodóvar, y así comprender el género como una actuación corporal, y no como una identidad fija y predeterminada.

En las páginas siguientes se desarrollará, como mencionado, un análisis temático de dos películas de Pedro Almodóvar, centrado en la representación y la performatividad de género. Metodológicamente se fundamenta en la articulación entre conceptos de análisis fílmico y perspectivas de género. A través de una lectura detallada de los elementos visuales y sonoros, la puesta en cámara y el montaje se examina cómo se construyen y representan las identidades de género en las dos películas. El enfoque es comparativo, ya que los recursos cinematográficos se ponen en relación para identificar similitudes y diferencias en la representación del género. Asimismo, el marco teórico se basa en conceptos como el male gaze y la performatividad, lo que permite situar las estrategias estéticas dentro de un contexto cultural más amplio. Esta aproximación posibilita una comprensión matizada de la manera en que el cine de Almodóvar refleja y, al mismo tiempo, cuestiona las convenciones hegemónicas sobre el género. La ley del deseo fue la primera obra que el director realizó de manera independiente a través de su productora El Deseo, y también la primera en su filmografía en mostrar explícitamente relaciones homosexuales entre hombres. Por su parte, La mala educación retoma esta temática, situando nuevamente una relación homosexual en el núcleo narrativo de la historia (Garcia, 2019). Ambas películas constituyen ejemplos paradigmáticos del modo en que Almodóvar configura a los personajes masculinos como objetos de deseo, colocando la homosexualidad en el centro de su propuesta filmografía.

De la deslocalización a la desestabilización

Para analizar cómo Almodóvar cuestiona las estructuras de género binarias, tradicionalmente presentes en el cine, resulta en primer lugar pertinente examinar el modo en que emplea los elementos visuales y sonoros como formas de expresión de dicho cuestionamiento. Se empleará el male gaze, además del scopophilia(voyerismo), y se analizará cómo la matriz heterosexual y la performatividad resultan relevantes para entender la desestabilización de los roles de género binarios. Para ello, se incluirá una escena clave de La ley del deseo: la secuencia inicial en la que un joven representa un acto de autoerotismo. Se examinará aquí el empleo del sonido y de la imagen y su papel en la construcción y representación del género. Posteriormente, se comparará esta secuencia con una escena central de La mala educación, concretamente el momento en que Enrique lee por primera vez el guion de Ignacio, La visita, y se analizará igualmente el tratamiento del sonido y la imagen. A partir de esta escena, y de la escena donde se revela que las secuencias vistas pertenecen a la película de Enrique, se considerará además el papel que desempeña la estructura narrativa dentro del filme.

En la escena inicial (01:35-05:46) de La ley del deseo un hombre joven está actuando en una escena autoerótica en una localización no establecida, mientras que se oye una voz masculina en off, que lo guía en sus movimientos sensuales. Primeramente, esta voz parece poseer el male gaze, ya que tiene la posición del sujeto activo que practica la scopophilia; está convirtiendo al hombre joven en objeto pasivo para procurarse placer, quien está estilizado en consecuencia, así ocupando la denominada condición de ser mirada, y el papel exhibicionista. Según Smith (1997) la película produce una redefinición de las sexualidades en dos maneras: primero al proponer un desplazamiento de las categorías binarias del papel del espectador sexuado, y segundo, al proponer que en el plano técnico este desplazamiento se realiza a través de una deslocalización e inconmensurabilidad entre diálogo e imagen (Smith, 1997, pp.179-80). La escena parece inicialmente desarrollarse en un espacio privado donde la voz procede de otra parte de la habitación, reforzando la impresión de que el joven ocupa el papel pasivo y obediente. Sin embargo, esta lectura se modifica cuando el montaje corta a un hombre mayor en otra localización no especificada (04:23), sentado y dictando mientras observa la escena, lo que revela que está realizando un doblaje de lo que se sugiere que es una película. Poco después se muestra a un segundo hombre mayor repitiendo la frase “fóllame” ante un micrófono (04:30), indicando que ambos participan en la creación sonora de la secuencia. Este giro altera la posición del gaze dominante: aunque los dos hombres parecen asumirlo inicialmente, su visible excitación posteriormente en la escena (04:35) los coloca también en una situación de vulnerabilidad y los convierte, al igual que el joven, en objetos de espectáculo erótico para el espectador. La inestabilidad espacial y la ausencia de un punto de referencia claro generan aquí una sensación de desorientación que afecta directamente a la ubicación del gaze. El montaje alterna personajes y espacios de manera fragmentada, provocando una deslocalización entre imagen y sonido que dificulta identificar de forma estable quién posee y ejerce el male gaze, y abre así un espacio de ambigüedad perceptiva. De este modo, en el plano técnico Almodóvar desestabiliza no sólo la estructura lineal convencional del cine, sino también la lógica jerárquica que organiza la posesión del gaze, evidenciando que las relaciones de poder vinculadas al gaze son construidas y no naturales ni fijas. Así, la escena desestabiliza el male gaze y simultáneamente, cabe sostener, la matriz heterosexual, ya que la incoherencia entre sonido e imagen genera una ruptura en la coherencia normativa esperada en el cine, lo que puede interpretarse como un cuestionamiento de la lógica que dicha matriz presupone entre sexo, género y deseo, evidenciando que la heterosexualización del deseo, así como el male gaze dentro de la película, es una construcción. Se establece así una conexión directa entre la deslocalización técnica (sonido/imagen) y la desestabilización tanto de la matriz heterosexual como de la performatividad binaria del género.

Otro ejemplo del impacto de una deslocalización entre sonido e imagen se encuentra en La mala educación, en la secuencia en que Enrique lee por primera vez el guion, La visita (07:50 – 17:50), escrito por su antiguo compañero de colegio y primer amor, Ignacio, quien ha reaparecido en su vida con esta historia sobre la infancia compartida en una escuela católica, y los abusos que ambos sufrieron a manos del padre Manolo. Además, conviene destacar otro elemento técnico, que se revela igualmente central y determinante para la trama y la expresividad de la película: su estructura narrativa. En primer lugar, puede observarse una deslocalización entre sonido e imagen, en parte similar a la de La ley del deseo. La narración en off de Enrique al leer La visita comienza siendo

extradiegética; posteriormente pasa a integrarse parcialmente con las imágenes presentadas y, finalmente, se desvanece mientras la acción continúa en el plano visual y con el sonido diegético. Este proceso genera una transición diegética compleja, acompañada de un efecto de deslocalización sonora. No obstante, la relación entre sonido e imagen funciona aquí de manera más dinámica que contradictoria: la deslocalización buscada no reside tanto en el desfase perceptivo como en la disonancia narrativa que produce una oscilación entre lo visual y lo auditivo. Así, en la secuencia en el que Enrique lee La visita por primera vez configura una frontera difusa entre presente, pasado, realidad y ficción. Aunque el espectador ve a Enrique leyendo un guion, sabe simultáneamente que la historia que narra se basa en la infancia compartida por ambos compañeros, lo que dificulta situar con claridad el tiempo y el nivel de realidad en que se inscribe cada secuencia. Las transiciones entre presente y pasado, así como entre realidad y ficción, están mínimamente explicitadas, y esta fragmentación narrativa atraviesa toda la película, desempeñando un papel estructural en la construcción de la trama. El alcance completo de estos planos narrativos se revela en la escena que muestra cómo el set de rodaje de La visita, dirigido por Enrique, ha estado presente desde el principio de la película, de modo que lo que parecían ser flashbacks de la vida real de los personajes resulta ser, en realidad, material procedente de la filmación misma (1:11:30). Sánchez (2014) destaca cómo la película despliega un tratamiento de la cronología que desestabiliza cualquier estructura lineal y construye laberintos narrativos. Según el autor, la forma narrativa de La mala educación funciona como una mise en abyme: un dispositivo en el que una historia contiene otra historia, y en el que las fronteras entre ficción y realidad quedan progresivamente difusas. En este caso, las distintas capas narrativas: el relato del presente, los recuerdos del pasado, la película La visita escrita por Ignacio y luego filmada por Enrique, así como las reinterpretaciones de este guion realizadas por Juan se entrelazan y se reflejan mutuamente, hasta conformar un bucle en el que cada nivel reescribe a los demás (Sánchez, 2014, pp. 217-218). En consecuencia, las imágenes que el espectador mira remiten simultáneamente a varios planos de significación, ya que son parte de la película que estamos viendo, pero también de la película que Enrique está rodando, del texto que Ignacio escribió en su juventud, y de las actuaciones de Juan, que interpreta diferentes versiones de sí mismo y de Ignacio. Esta estructura de mise en abyme no solo genera una hibridación entre realidad y ficción, sino que disuelve la posibilidad de asignar un significado único, estable o definitivo a cada narración. Esta desestabilización formal puede leerse, a su vez, como un correlato estético de la hibridación de los roles de género y de las sexualidades en la película, ya que la fragmentación narrativa crea una frontera difusa entre presente y pasado, así como entre lo real y lo representado, haciendo visible el carácter construido y performativo tanto de las identidades de los personajes como de sus prácticas de deseo. Dicho de otro modo, la mise en abyme narrativa actúa como una metáfora de la performatividad del propio filme: así como la película contiene otras películas, las identidades contienen otras identidades, y se actualizan mediante actos reiterados que nunca coinciden plenamente con un “yo” esencial. Esta lectura se refuerza con la construcción del personaje de Juan, quien encarna de manera paradigmática esta lógica performativa. La multiplicidad de nombres y roles que adopta: Juan en su vida cotidiana, Ángel como nombre artístico, Ignacio como suplantación de la identidad de su hermano, y Zahara como protagonista transexual de La visita, evidenciando la ausencia de una identidad estable y así la performatividad del género. Cada una de estas identidades no es la expresión de una esencia interior fija, sino un conjunto de actos performativos que Juan interpreta y modifica según el contexto, reflejando así la concepción de género como una fabricación reiterada más que como una esencia. De este modo, tanto la fragmentación temporal y narrativa como el juego de espejos entre los distintos niveles ficticios producen una representación de género no como categorías binarias o naturalizadas, sino como un fenómeno constitutivamente inestable, múltiple y producido en y por la actuación. La estructura narrativa de mise en abyme no solo sirve como técnica estética, sino que opera como un comentario crítico sobre los mecanismos sociales que intentan fijar y normalizar las identidades de género, mostrando cómo estas, al igual que la propia estructura del filme, son siempre construidas y abiertas para reescritura.

A partir de este análisis, se puede concluir que Almodóvar desestabiliza los roles de género binarios, tradicionalmente presentes en el cine, mediante la deslocalización de diversos elementos visuales, sonoros y técnicos, como el sonido, la imagen y el montaje, así como del tiempo narrativo, la estructura temporal y la hibridación entre realidad y ficción. Estos elementos actúan de manera activa, ya que influyen en el desarrollo de la narración al entrar en tensión entre sí, generando así una trama inestable y ambigua, en la que puede resultar difícil para el espectador percibir una estructura clara. En La ley del deseo Almodóvar juega con la estructura normativa del male gaze, creando una fluidez en la percepción de los roles de género, además de una ambigüedad en la cuestión de quién puede poseerlo, evidenciando que la lógica del propio sistema es construida y no natural ni fija. Una fluidez y ambigüedad también se presentan en La mala educación a través de una narrativa fragmentada e interminable de mise en abyme, jugando aquí con la percepción de tiempo y realidad, lo cual puede interpretarse como una manifestación de la performatividad de género: las identidades y sexualidades de los personajes no son binarias ni esenciales, sino fluidas, fragmentadas y constituidas por actos performativos reiterados.

Una nueva perspectiva: el hombre como objeto de deseo

Basándose en esta conclusión se analizará con mayor detalle cómo la fluidez en la atribución del gaze activo y pasivo abre nuevas posibilidades para la performatividad de lo masculino. En particular, se analizará cómo la colocación estratégica de la cámara, los primeros planos íntimos y las perspectivas cambiantes son portadores de significado para la representación del hombre como objeto de deseo en ambas películas. Se incluirá la escena en la piscina entre Enrique y Juan (este último fingiendo ser Ignacio) de La mala educación (49:37-51:39) para analizar los recursos técnicos empleados en la representación del hombre como objeto erótico. Además se incluirá la escena de Pablo y Juan en la cama de La ley del deseo para analizar qué efecto tiene la perspectiva elegida, además de otros recursos visuales y sonoros en la percepción del espectador del hombre.

La escena de La mala educación en la que Enrique y Juan se bañan en la piscina (49:37-51:39) constituye un ejemplo paradigmático de cómo Almodóvar representa el cuerpo masculino como espectáculo erótico y exhibicionista, transformándolo en objeto de deseo. La secuencia despliega una marcada expresión homosexual. En un primer momento, Enrique asume el male gaze y, por lo cual, el rol de sujeto portador de un gaze activo, de carácter sádico y fetichista (49:42). En esta parte de la escena se manifiesta la práctica de la scopophilia, pues Enrique convierte a Juan en objeto pasivo de su deseo. Por el contrario, Juan adopta la posición exhibicionista y funciona como espectáculo erótico, lo cual se evidencia en los encuadres pausados y en los planos que se detienen en distintas partes de su cuerpo. Como espectadores, contemplamos a Juan desde la perspectiva de Enrique; es decir, la cámara nos sitúa en el gaze homosexual de este último, otorgándonos su posición activa y dominante (49:36). La cámara reproduce el gaze de Enrique mediante recursos como el contrapicado, que subraya la diferencia espacial entre ambos: Enrique dentro de la piscina y Juan en el borde. Algo semejante ocurre cuando Juan salta al agua: la cámara, desde la perspectiva de Enrique, introduce un efecto de slow motion (50:00) que permite observar el cuerpo de Juan en detalle y refuerza su condición de espectáculo erótico, generando una atmósfera íntima y sexual. Otro ejemplo se encuentra en los momentos en que Enrique observa intensamente a Juan (49:37 y 51:08). En ambas ocasiones, la cámara ofrece planos cerrados de la zona genital de Juan, acompañados de primeros planos de Enrique, cuyo gaze se construye como sádico, fetichista y dominante. No obstante, aunque inicialmente Enrique parece monopolizar el gaze del sujeto, la cámara también lo convierte en objeto de deseo. Esto se aprecia en los planos que enfatizan partes de su cuerpo desnudo, como el encuadre de sus glúteos (50:13-50:19), filmados desde atrás. Dicho recurso lo coloca en una posición vulnerable y pasiva, lo que evidencia que los roles del gaze no son fijos, sino intercambiables. Además, la escena evidencia cómo la homosexualidad es el tema central de la trama, y no es retratado en manera cómica o caricaturizada, sino sensual y dramática, lo cual los encuadres pausados, el efecto de slow-motion y el contrapicado pone de manifiesto. Efectivamente, esta escena constituye otro ejemplo de cómo Almodóvar cuestiona la matriz heterosexual y, con ello, la supuesta heterosexualización del deseo. En este aspecto, Espinosa (2017, p. 119) destaca cómo las películas de Almodóvar reproducen modelos teatrales, que comparten una sensibilidad homosexual, lo cual se basa en una dramaturgia en torno al deseo, que se distancia de la forma de representación heterosexual. Sin embargo, destaca que esto no implica que los personajes en las escenas necesariamente se identifiquen como homosexuales, sino más bien que tienen ciertos rasgos, sean explícitos o latentes, que marcan lo que denomina un carácter queer. A partir de este análisis se evidencia con mayor claridad cómo Almodóvar busca desestabilizar las categorías fijas y binarias de género y sexualidad, en la medida en que las orientaciones sexuales de los personajes, aunque sean percibidas como fuera de la norma, carecen de relevancia para su desarrollo narrativo, a diferencia de lo que suele ocurrir en el cine tradicional. Según Espinosa, la inspiración de Almodóvar proviene del teatro queer, que tiene como una de sus características fundamentales la exhibición del cuerpo masculino desnudo y su conversión en objeto de deseo. Se trata de una ruptura con la tendencia heteronormativa que tradicionalmente ha reservado este tratamiento para el cuerpo femenino (Espinosa, 2017, p. 119). Así, la escena en la piscina entre Juan y Enrique constituye un ejemplo paradigmático de cómo Almodóvar incorpora esta característica en su cine.

Otro ejemplo de esta incorporación se encuentra en La ley del deseo; en la escena donde Pablo y Juan están en la cama (13:53-14:03). Se aprecian a los dos hombres acostados en la cama, ambos desnudos, contemplados desde un plano cenital. Ambos aparecen igualmente desnudos, lo que los sitúa en una posición de equivalencia como objetos de deseo para el espectador. Este efecto se intensifica gracias al ángulo elegido, que los presenta en un mismo plano y en condiciones de igualdad. Ambos están entrelazados en un abrazo que evoca la composición de un cuadro. El cuerpo masculino ocupa el centro de la escena y se presenta también como una obra de arte, produciendo así una estetización del cuerpo masculino, que en el cine tradicional suele recaer sobre el femenino, pero que aquí se convierte en espectáculo erótico y asume la función exhibicionista. Una vez más, el gaze del espectador se articula a través de un deseo homosexual, y como subraya Espinosa, se trata de una enunciación queer que es asumida sin miedos. (Espinosa, 2017, p. 125), rompiendo así con la coherencia natural entre sexo, género y deseo y la heterosexualización del deseo al crear una representación de género más fluida y menos articulada y explicada. Además, en esta escena se evidencia una marcada vulnerabilidad: en primer lugar, por el hecho de que ambos personajes aparecen desnudos; en segundo lugar, porque el plano cenital los reduce visualmente, acentuando su fragilidad. A ello se suma la música de fondo, la canción francesa Ne me quitte pas, de tono romántico y desesperado, que subraya la historia de amor imperfecta y trágica entre Pablo y Juan: Pablo desea a Juan, quien no lo corresponde de la misma manera. Esta construcción supone una ruptura con el papel masculino dentro del sistema del male gaze, que tradicionalmente lo presenta como completo y poderoso. Aquí, sin embargo, se observa cómo los personajes masculinos también pueden ser

incompletos y frágiles.

Este análisis evidencia que el empleo por parte de Almodóvar de una colocación estratégica de la cámara, de primeros planos íntimos y de perspectivas cambiantes construye una representación del hombre como objeto de deseo. Esta representación contribuye a subvertir el sistema clásico de sujeto que mira y objeto mirado, al permitir que los personajes masculinos desplieguen formas de performatividad de género más matizadas, en tanto espectáculo erótico y figura exhibicionista. Tal dinámica se evidencia en la escena de La mala educación donde ambos hombres se convierten en cuerpos expuestos y deseados, revelando así nuevas configuraciones del male gaze. Asimismo, los personajes masculinos encarnan, como se evidencia en la escena de La ley del deseo, rasgos menos idealizados y completos, que se manifiestan en la manera en que los dos hombres son representados desnudos y en un abrazo frágil, exponiendo la dimensión afectiva y vulnerable que atraviesa su relación. La centralización del deseo homosexual de manera explícita en ambas escenas por parte de Almodóvar genera una representación de género menos articulada, lo que refuerza su cuestionamiento de la matriz heterosexual y del proceso de heterosexualización del deseo, desestabilizando aún más el sistema del male gaze.

Desnudez y deconstrucción del male gaze

En continuidad con el análisis anterior, esta sección se centra en examinar cómo dicha representación del hombre como objeto de deseo posibilita una deconstrucción del sistema fílmico del male gaze. Para ello, se retoma el análisis de la escena inicial de La ley del deseo (01:35-05:46), para añadir un informe núcleo en el análisis de Smith, que se considera relevante para un mayor análisis e interpretación del efecto de una representación explícita de la homosexualidad. Asimismo, se analizará la escena de amor entre el padre Manolo (aquí Sr. Berenguer) y Juan en La mala educación (1:23:23–1:24:40), poniendo énfasis en la manera en que el male gaze y, más concretamente, la conciencia de su presencia, opera dentro de la secuencia mediante la alternancia entre la técnica de cámara fija y la cámara en mano. A partir de ambas películas se considera qué impacto tiene la desnudez masculina homosexual en la configuración del male gaze.

Como mencionado en el análisis de arriba, Smith sostiene que La ley del deseo produce, mediante la deslocalización e inconmensurabilidad entre diálogo e imagen, un desplazamiento de las categorías binarias que estructuran el papel del espectador sexuado. En este sentido, resulta pertinente considerar el informe central del autor, basado en los datos del British Board of Film Classification, que ilustran cómo un público heterosexual reacciona ante la representación de la homosexualidad y la desnudez masculina. Dichos resultados muestran que la desnudez, en abstracto, no fue percibida como problemática. Sin embargo, la exposición del cuerpo masculino y, aún más, la representación de un beso homosexual generó un rechazo intenso (Smith, 1997, p. 178). Este rechazo no se limita a la desnudez en sí, sino que revela la amenaza que supone para la matriz heterosexual, sustentada en la coherencia binaria entre sexo, género y deseo. La escena inicial de La ley del deseo (01:35–05:46), en la que un joven participa en una práctica autoerótica explícita, constituye una provocación directa a dicha concepción binaria. Al representar la desnudez masculina en un contexto homosexual y pornográfico, Almodóvar desestabiliza la posición cómoda y voyerista del espectador, obligándolo a confrontar aquello que excede las expectativas normativas del deseo. Los elementos pornográficos explícitos tensionan, además, la frontera entre lo artístico y lo pornográfico, invitando a reconsiderar los límites de la representación legítima en el cine. Más aún, la secuencia en la que aparecen los dos hombres mayores (04:35) no solo evidencia una subversión del male gaze, sino también una inversión en la lógica tradicional de la pornografía: allí donde el joven sería reducido al objeto del placer voyerista, la manipulación de imagen y sonido convierte al espectador en objeto paralizado del gaze del Otro (Smith, 1997, p. 190). En este sentido, la desnudez masculina homosexual, utilizada como recurso estético, resulta fundamental para la estrategia de Almodóvar, ya que mediante ella deconstruye el male gaze al situar al hombre como objeto de deseo y quebrar la hegemonía heterosexual del cine tradicional. El efecto es una redistribución más fluida de los roles, que dejan de estar fijados a un género específico y abren la posibilidad de un sistema de deseo plural y dinámico

En La mala educación se observa también una deconstrucción del male gaze en la escena de amor entre el Sr. Berenguer y Juan (1:23:23-1:24:40). En este caso, Almodóvar introduce un elemento metacinematográfico: el uso de una cámara de vídeo por parte de ambos personajes para filmarse mutuamente. El gaze dominante, de carácter voyerista y sádico, se desplaza de uno a otro, generando una dinámica de poder fluctuante. Al inicio, Juan toma la cámara y comienza a filmar a Berenguer mientras se acuestan (1:23:26), dándole instrucciones para que se quite la camisa. De este modo, Juan asume el papel dominante del sujeto que ejerce el male gaze voyerista, sádico y fetichista, obteniendo placer tanto del gaze como de la dominación. La escena se abre con una cámara fija en plano entero (1:23:23), que posteriormente se aproxima a los dos hombres en el sofá mediante un plano cercano (1:23:34). Cuando Juan manipula la cámara, el registro cambia a cámara en mano (1:23:35), mostrando a Berenguer desde su perspectiva. El uso del plano cenital refuerza la vulnerabilidad de Berenguer, quien aparece más pequeño, visiblemente excitado y expuesto. Así, el espectador experimenta la escena desde el gaze dominante de Juan, mientras Berenguer ocupa la posición de objeto sumiso y pasivo. No obstante, esta perspectiva no permanece fija, ya que dentro de poco la cámara vuelve a una posición estable y Berenguer toma el dispositivo, comenzando a filmar a Juan de manera análoga (1:23:55). El registro retorna a cámara en mano y ahora es Juan quien aparece bajo el gaze de Berenguer, convertido en objeto y espectáculo erótico. De este modo, el rol del sujeto dominante y el male gaze cambia de un lado al otro. Almodóvar introduce así un recurso metacinematográfico mediante la presencia explícita de la cámara, que funciona simultáneamente como objeto diegético dentro de la narración y como dispositivo cinematográfico visible para el espectador. Las perspectivas y posiciones de poder se alternan con tal rapidez que resulta imposible establecer una clasificación estable de quién ejerce el male gaze. En última instancia, esta oscilación genera una hibridación entre el universo ficticio y su construcción fílmica, subrayando la artificialidad del male gaze y conduciendo a su deconstrucción.

En compañía de la desnudez masculina y de la representación homosexual, tanto en esta escena como en la escena inicial de La ley del deseo y las otras escenas de amor homosexual en ambas películas, la deconstrucción del male gaze emprendida por Almodóvar rompe con la heterosexualización del deseo al cuestionar la coherencia naturalizada entre sexo, género y deseo sobre la que se sustenta la matriz heterosexual. Estas escenas constituyen, además, ejemplos de cómo ambas películas se inscriben en la tradición de la ars erótica, en la medida en que la representación del joven en la secuencia inicial de La ley del deseo y la de Juan y Sr. Berenguer en La mala educación trascienden las categorías binarias que estructuran el sistema y las convenciones del cine. No se plantea aquí la necesidad de clasificar las sexualidades representadas en términos de lo normativo o lo subversivo; más bien se trata de una producción de placer en sí misma, articulada a través de un gaze deconstruido mediante recursos visuales y la puesta en escena del cuerpo. Las técnicas cinematográficas que emplea Almodóvar buscan intensificar una experiencia erótica generada en el propio acto de mirar, libre de los roles de género binarios. De este modo, la homosexualidad no aparece como una exageración estereotípica ni como una parodia de sí misma, sino como una dimensión situada al mismo nivel que cualquier otra dentro del universo fílmico. No se presenta como algo que deba ser justificado o explicado, sino como un matiz más en la construcción de personajes complejos, y además como uno de los conflictos menores dentro del melodramático universo de Almodóvar. Al deconstruir el acto tradicional de mirar en el cine, las películas logran explorar el deseo en sí mismo, construyendo una realidad fílmica en la que las escenas sexuales explícitas entre hombres pueden existir con la misma naturalidad con la que el cine mainstream representa escenas centradas en el amor heterosexual. En definitiva, se trata de una exploración y representación del deseo como tal, liberado de los sistemas, reglas y categorías binarias rígidas que suelen determinar la articulación de las películas bajo la lógica del male gaze.

El análisis evidencia que Almodóvar, mediante recursos estéticos y técnicos como la desnudez masculina homosexual, la alternancia entre cámara fija y cámara en mano y la presencia metacinematográfica de la cámara expone la lógica del male gaze para, en última instancia, deconstruir su estructura binaria. Esta representación del cuerpo masculino junto con la inversión de roles en la lógica pornográfica tradicional, como se observa en la escena inicial de La ley del deseo, desplaza al espectador de su posición cómoda y voyerista, convirtiéndolo en objeto paralizado. Los datos de Smith confirman que la incomodidad del público heterosexual no proviene de la desnudez en sí, sino de la exposición del cuerpo masculino y la homosexualidad explícita, lo que subraya el carácter provocador de estas escenas. Asimismo, la escena de amor en La mala educación revela la alternancia de los roles de sujeto y objeto, mostrando que las posiciones de dominación y sumisión no son fijas ni ligadas a un género específico. Ambas películas conciben el placer como un espacio de exploración más allá de categorías normativas, donde la homosexualidad se integra orgánicamente en el universo de Almodóvar, al mismo nivel que cualquier otra dimensión del deseo, construyendo una realidad fílmica libre de las estructuras binarias de la matriz heterosexual.

Conclusión

Se puede concluir que las representaciones de los hombres en ambas películas no solo cuestionan, sino que subvierten las normas y expectativas habituales sobre cómo el hombre puede aparecer en la pantalla. Esta subversión se articula mediante una deslocalización de elementos técnicos y narrativos. Localizaciones no establecidas y voces en off producen una inestabilidad espacial y la ausencia de un punto de referencia claro en la escena inicial de La ley del deseo, que altera la posición del male gaze y desestabiliza la lógica del sistema propio, revelando sus relaciones de poder como construidas y no naturales, en sintonía con la desestabilización de la matriz heterosexual. La mise en abyme en La mala educación rompe la linealidad y difumina los límites entre presente, pasado, realidad y ficción, como correlato estético de la desestabilización de una percepción de género “lineal”; la estructura visibiliza identidades y prácticas de deseo como construcciones performativas. Además, la fluidez entre gaze activo y pasivo abre nuevas posibilidades para la performatividad de lo masculino: el uso estratégico de la cámara, los primeros planos íntimos y las perspectivas cambiantes construyen al hombre como objeto de deseo. Escenas como la piscina entre Juan y Enrique, o el abrazo desnudo entre Pablo y Juan, exhiben cuerpos vulnerables y menos idealizados. Con la homosexualidad en el centro, ambas películas conciben el placer como un espacio de exploración más allá de categorías normativas, generando una representación de género ambigua y fluida. Por último, la alternancia entre técnicas de cámara, junto con la presencia metacinematográfica, expone la construcción del male gaze y conduce a su deconstrucción al invertir la lógica pornográfica tradicional y desplazar al espectador de su posición cómoda y voyerista. Los datos de Smith muestran que la incomodidad no proviene de la desnudez, sino de la representación del cuerpo masculino y la homosexualidad explícita. Así, Almodóvar deconstruye el male gaze y crea su propia ley del deseo, explorando un deseo libre de estructuras binarias.

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Anna Due Petersson Estudia Lenguaje y Cultura Españolas y Latinoamericanas en la Universidad de Copenhague, con un especial enfoque en los estudios de género. Ha cursado, además, en la Universidad de Almería.

La hermandad de los tarugos

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Sentado en la tribuna sur se escucha el canto de los hinchas. Saltos. Gritos. Trompetas. No hace falta el viejo del radio, un locutor que pronuncia mil palabras por minuto. El graderío pinta el rojo, el azul. Banderas, fuegos artificiales. El equipo entró. Aplausos. En cada partido un señor, calvo, rubio, bajito, de ojos achinados, siempre uniformado con el número tres, su camisola roja pinta tres lunas sobre el nombre del equipo, las estrellas sobre el logotipo es asunto del Barcelona F.C., del Toluca o de las Chivas. Se le conoce como Léxico. Nunca ha dicho su nombre. Dice que le gusta sentarse aquí porque está a dos metros de la línea de banda. No quisiera ser el lineman, mucho menos el árbitro. Léxico podría acompañar a Belano y Lima al desierto de Sonora, ¿Qué es un referí estafermo? ¿Qué es tocapito carcunda? ¿Qué es una trencilla petimetre? Sabe gritar. A veces corre junto con el juez de línea y le va diciendo cosas. Ganamos dos a cero. Léxico calló. La multitud se desvaneció después del juego. El silencio reinó.

  Después de los partidos, terminaba con muchas ilusiones, cultivar mi vocabulario, ser arquero de algún equipo y memorizar la enciclopedia de la historia del fútbol que mi madre había comprado. Las noches heladas del altiplano guatemalteco las pasábamos leyendo al lado de mis hermanos. Durante el día, salíamos al jardín a practicar atajadas vistas en las fotografías de aquella enciclopedia. Casi me quiebro la columna intentando hacer el escorpión de Rene Higuita.

  El fútbol fue la puerta de entrada a la historia universal, me mostró que no solo de pan vivirá el hombre sino de toda partida de soccer. Pasaron muchos mundiales y la bola de la vida siguió girando a veces con chanfle, otras al arco, los malos días al travesaño. Tuve ilusiones de ver a mi selección en el mundial. Algunos sueños son imposibles, sin embargo, recuerdo el famoso ¡Aztecazo! Lloré con México y celebré con los ticos. Aún veo Medfor anotando el dos a uno y años más tarde siendo campeón con mi equipo, se volvió un héroe en Costa Rica y se consolidó en Quetzaltenango.

  Un arquero siempre tiene un equipo. Jugué por todo el altiplano, algunos deportivos mejores que otros. Cabrones F.C. Un pelotazo mandó el esférico fuera del campo y los turné terminaron al comenzar la universidad. Los intereses eran otros. Fiestas. Intertextualidades. Vanas discusiones. Visitas al cine, al teatro, a las pretendientes. Sin embargo, como un hijo prodigo apareció un entusiasta por el balompié. Armando Ramos, costeño, medio alto, moreno con bigote de Cantinflas, su lema era vive al máximo hasta morir. Tocaba las bolas muy bien. Estaba en búsqueda de un Jorge Campos para el equipo de la facultad. Sin pensarlo acepté la oferta. La paga era muy buena: alegría, hermandad y chelas al terminar el partido.

  Bastaron dos encuentros futboleros, de Ramos pasó a Broncas. Un día, si no es por mis reflejos de gato, casi me ensartaban unos tarugos en la espalda, luego de abrazar de pechito la pelota en el césped, el contrincante salto tan alto como pudo, encogió las rodillas y al momento de extenderlas dirigía sus chimpunes Adidas a mi cuerpo, logré ver de reojo y rodé unos dos metros. Solo vi el dolor de la derrota enterrándose en la grama. Armando Broncas pegó un grito, levantó la mano pidiendo tarjeta, insulto al referí y dejó la delantera para encontrar al tipo en el medio campo, lo recibió con un puñetazo y comenzó una trifulca. Aquel día dejé de ser pacifista para ser solidario. Jugué un par de torneos más con el equipo, nos coronamos campeones y yo, el menos vencido.

  Las letras me vencieron, me retiré del fútbol. Vivía angustiado pensando que los arqueros terminaban como Camus, enterrados en algún barranco. Continué yendo al estadio, Léxico continuaba asistiendo, pero su cabello de plata lo hacía guardar silencio. Ahora soy idealista decía, mis contemporáneos se reían, él les respondía, el búho de la minerva solo emprende su vuelo al anochecer, chamacos pendejos. Salíamos del estadio, una goleada épica. Fue un sábado como ese cuando recibí una llamada al regresar a casa. Armando Broncas estaba internado en estado crítico.

  Como de costumbre, había ido a jugar su chamusca de sábado. Al terminar el partido, un amigo le pidió que le ayudará a buscar el coche de su padre. Había sido robado y la policía no hacía más que un reporte. Armando practicaba también el motocross, lo llevó en la moto a ver si encontraban el automóvil. Sin resultados decidieron dar un último vistazo en las afueras de su ciudad, Coatepeque. La milpa, el café silbaban al pasar. Fue en la entrada para el rio Naranjo que vieron un carro parqueado. Ese era, no había duda. El valor de Armando se puede comparar con la imprudencia, aproximó la motocicleta a la puerta del piloto para ver si su mirada conseguía traspasar el polarizado, sin conseguirlo, en un acto de supuesto heroísmo abrió la puerta. Había alguien en el carro, apuntando con una pistola. Sonó el balazo. Armando cayó inmediatamente a la grama junto con la moto. El supuesto amigo se escabulló entre la milpa. Sonaban plomazos, se acabaron las balas, el amigo anónimo se quedó tirado entre las siembras, escuchó el carro yéndose y llamó a la ambulancia.

  Cuando supimos que de esa no se salvaría. El equipo de la facultad fue a darle una última despedida. Llegamos tarde. Él ya en la caja, con los ojos cerrados, de tacuche negro, la garganta suturada. Entonces comprendí la ruta del plomazo. El llanto, el juego de cartas, los chistes de los velorios, la sopita de los funerales, la caminata al cementerio, la caja entrando al hoyo, un Ave María y en homenaje, los del equipo nos abrazamos de hombros y cantamos:

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no vale nada la vida,

la vida no vale nada,

comienza siempre llorando

y así llorando se acaba,

por eso es que, en este mundo,

la vida no vale nada…

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Guararema, São Paulo, febrero de 2026

 


Luis Enrique Morales es un aforista, escritor y columnista nacido en Quetzaltenango, Guatemala, en 1989. Reside en Suecia desde el 2012. Estudió filosofía y pedagogía en la Universidad de Estocolmo, licenciándose en 2018. Ha hecho su debut con su libro: Aforismos y otras mentiras (2020) publicado por Simon Editor en Jönköping, Suecia. Seguido de Aforismos de noviembre (2021) por Editorial Rötter de Estocolmo. Actualmente es columnista en la revista gAZeta de Guatemala y está preparando algunas traducciones de la aforística clásica sueca.

El adiós a mi vuvuzela

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El adiós a mi vuvuzela

El fútbol es la única religión que no tiene ateos

Eduardo Galeano

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Tenía yo 13 años y el curso escolar había terminado. Los días se abrían ante mí como escaparates cargados de tesoros a los que podía yo acceder según mi antojo. Recuerdo que la tarde del 21 de junio regresé temprano a casa pues la televisión, aquel fabuloso invento en blanco y negro que cada noche nos engatusaba con baratijas de diferente naturaleza, iba a retransmitir en directo un partido de fútbol que acabaría adquiriendo, para la afición española, la dimensión de legendario. Se trataba de un duelo final para hacerse con la Copa de Europa. España se enfrentaba a la rocosa y mítica selección de la Unión Soviética encabezada por los mortíferos Voronin, Ponedelnik e Ivanov y defendida por el flamante balón de oro, Yashin, el mejor portero del mundo. Era la primera ocasión en 44 años que España superaba la fase preliminar de grupos para meterse en una final. En casa, mis padres, mi hermano Gabriel, un año mayor que yo, mi hermano José Carlos, con siete años, y yo, vivimos la primera parte, trepidante, con una embriagadora mezcla de entusiasmo, temor y desconfianza. En el minuto 84, con 1 – 1 en el marcador, ocurrió el milagro. Chus Pereda, delantero del Barcelona, recibe en la derecha un servicio de Suárez e infringe al defensor Mudrik, de forma magistral, lo que él mismo definiría como un “rabo de vaca”: carrera fulminante hacia la línea de córner, parada súbita que desorienta al perseguidor y envío de balón al corazón del área. El cuero, que vuela a media altura, alcanza la demarcación del héroe del partido. Es el delantero del Zaragoza, Marcelino, quien en un escorzo inverosímil conecta un cabezazo seco proyectando la bola bajo los tres palos. “La araña negra”, como era conocido el guardameta ruso, inerme y sin capacidad de reacción, hinca la rodilla derecha en el centro del portal y estira el brazo izquierdo hacia el obús que acaba de perforar su portería. El sunami de adrenalina que recorre el país de norte a sur y de este a oeste penetra en nuestra casa y sube desde los pies a la cabeza por cada uno de los cuerpos que estamos ante el televisor. Todavía hoy me resulta fácil recrear el gusto ácido e hilarante de aquel chispazo de genio, fortuna y determinación.

         En Europa, igual que en el continente sur de América, en África y, crecientemente, en Asía, el fútbol ha alcanzado una dimensión sagrada. Hemos otorgado a sus figuras la condición de divinidades dignas de veneración. Numerosos intelectuales, filósofos, sociólogos, escritores y artistas han interpretado este deporte como una miniatura del mundo, un pequeño mundo con sus fronteras y sus reglas en el que, como le gustaba interpretar a Borges, juegan las mismísimas fuerzas en tensión que determinan la existencia humana. Destino y azar, esfuerzo y mérito. Cada partido es un laberinto en el que se cruza la imprevisibilidad y la fortuna, el orden y el caos. A menudo leemos o escuchamos que el fútbol es mucho más que un deporte. Por poco que tiremos de este hilo podremos encontrarnos, como representación de un mosaico social cuyas numerosas piezas albergan las excrecencias, los arrebatos, las frustraciones y aflicciones de las turbas, que este pasatiempo es la cueva de un AIí Babá colectivo donde se cuecen negocios globales que alimentan a una panoplia de sociedades anónimas, de inversores y especuladores, de turbios medios audiovisuales que propulsan una pantagruélica mercadotecnia en continua expansión.

       Sin embargo, todo eso estaba muy lejos del niño de 13 años que vio y disfrutó de aquel partido. Ajeno a cualquier dimensión extradeportiva, aquel pequeño hizo suyas, sintió como suyas, sin salir del rectángulo de juego, cada una de las jugadas maestras que condujeron al triunfo. Y aprendió que el deporte podía ofrecerle no solo el gozo y el privilegio de rememorar y recrear gestas inverosímiles, proezas improbables sino de establecer relaciones metafóricas. Organización, método, dominio y control, atrevimiento, valentía, determinación… fortuna. Pero, también y en mayor media, paciencia, resignación, temple.

        Cuarenta y seis años tuvieron que pasar para que aquella hazaña culminase logrando España su primera y (hasta el momento) única copa del mundo. El tiempo, esa “sustancia suave y pesada que parece que ha sido imaginada”, en palabras de Borges, es capaz de abrir ante nosotros episodios inauditos.

       En uno de ellos, en la década de los noventa, se sitúa Emily Klerk. Acabábamos de llegar a Austin. Yo, mi esposa y nuestras dos hijas buscábamos una casa en alguna zona residencial. Queríamos acceso a una middle y a una high school de calidad. Emily fue una de las realtors que nos atendió. Gestionaba Lady Bird Homes y nos prometió que en 48 horas podría ofrecernos alguna opción adecuada a nuestros intereses. Y así fue. Antes de cumplirse el plazo nos llevó a una hermosa casa situada en Balcones Hills, al noroeste de la ciudad. Era amplia, hermosa y estaba guarecida por cedros y robles centenarios que sesteaban en una callecita tranquila y apacible, Crowncrest Drive. Disponía de un frondoso jardín trasero habitado, como pudimos pronto comprobar, por unos bichitos, unos insectos mágicos, luciérnagas, que en el crepúsculo nos visitaban iluminando a su antojo distintos rincones de aquel pequeño vergel. Emily no era texana. Había nacido en Sudáfrica y acababa de enviudar. Vivía a pocas cuadras y tenía un hijo que asistía a O. Henry Middle School y que, como nuestra hija menor, pronto pasaría a Anderson High. Con el tiempo acabamos reuniéndonos los fines de semana, esporádicamente, en su casa o en la nuestra. Había, en casa de Emily, dos trompetas largas, multicolores, que adornaban la pared del salón principal. Son, nos dijo, vuvuzelas. Una variedad de trompeta de origen zulú hechas con estaño a mano. No es fácil sacarles sonido. Recrean el barrito del elefante. Durante dos cursos académicos afianzamos nuestra relación pues nuestros hijos compartieron un tutor, Mr. Grover, de origen indio. Era un señor mayor, ingeniero, que había nacido en la zona meridional de la India, en Bangalore. Ciertamente era un tipo peculiar. Exquisito en sus modales y siempre bien vestido. Le encantaba aprovechar cualquier suceso, por minúsculo que este fuere o pareciere, para deslizarse en la dimensión ética que, según nos explicaba con delectación, debía aplicarse a todo. Su esposa y él habían emigrado a EE.UU. muy jóvenes y ahora que el tiempo había pasado sufrían en sus carnes el más cruel de los milagros: la ilusión de la vida. Porque la vida, amigos, sucede en un suspiro, solía repetir. Procedían de Nueva Orleans donde habían criado a una única hija y si se habían trasladado a Austin era porque ella estudiaba en la universidad y sentían la necesidad de custodiarla hasta que se independice definitivamente. Algunos fines de semana nos acompañaba y nos recitaba versos de Tagore. Huele raro, repetían insistentemente nuestros adolescentes cuando se marchaba. Un día el Sr. Grover se ofreció a prepararnos alguno de sus platos preferidos. Fue el principio de una serie regalos en forma de sabrosos bocados… Samosas, chaats, pakoras, tikka masala, lamb biriyani, aderezados siempre con arroz basmati, curry Madras y naan. Fue entonces cuando nuestros adolescentes se percataron que, en realidad, el particular aroma que desprendía su tutor era a especias. Mr. Grover olía a una combinación de cúrcuma y comino, de cilantro o cardamomo, de hinojos o azafrán. Nada le gustaba más a aquel aperitivo andante que comprobar cómo, al final de las comidas, apilábamos nuestros platos limpios y relamidos en el lavaplatos. Mi corazón va a romperse de orgullo, repetía complacido.

        Creo que fue en el 2000 cuando Emily dejó Austin para regresar a Sudáfrica. Pocos años después, también nosotros volvimos a España. En el 2008, en Viena, España, con una selección de jugadores jóvenes, volvió a hacerse con una Copa de Europa al derrotar a la selección de Alemania. Como en 1964, la península vibró con una eclosión de patriotismo futbolístico. Fue un sentimiento nacional que logró lo que a muchos nos parecía impensable: por todo el territorio patrio, en calles y balcones, hondeó con orgullo el emblema nacional como si, despojada de antiguas connotaciones “ultraderechistas”, la bandera proyectara una imagen nueva, joven, moderna e integradora de España. Tal vez yo mismo, impulsado por aquel ímpetu, me puse en contacto con la FIFA para intentar hacerme con entradas para la final del mundial que iba a celebrarse en Sudáfrica, dos años más tarde. El proceso de adquisición era arduo. Tenías que apuntarte en un sorteo que culminaría un año antes del evento y, caso de resultar afortunado, la compra (solo cuatro entradas por aspirante) se llevaría a cabo en un plazo limitado de tiempo. Para mi sorpresa, en el primer trimestre de 2009 recibí un mensaje confirmando que había sido afortunado en el sorteo y que podía proceder a la adquisición de los salvoconductos para la final. Llamé a mi hermano Gabriel y a mi hermano José Carlos y les pregunté si querían estar conmigo y con Clara, mi esposa, en el Soccer City, en Johannesburgo, el 11 de julio del año siguiente. Podemos tener entradas para asistir al final de la copa del mundo. La respuesta, estentórea, en ambos casos, fue un por supuesto que precisaría de un generoso puñado de signos exclamativos. Seis meses antes del evento, ya con las entradas en nuestras manos, intentamos reservar hotel, pero habíamos llegado tarde. Nada, absolutamente nada (dentro de unos márgenes razonables) estaba disponible. Entonces me acordé de Emily y le escribí un email. Había ya pasado una década desde la última vez que supimos el uno del otro y cualquier cosa era posible. Para mi sorpresa, de forma puntual e inmediata, Emily me respondió. Con cordialidad y generosidad me confirmó que sí vivía en Johannesburgo y que tenía una hermosa casa, muy segura (very safe, escrito así bold and italic). Le llenaría de júbilo que confirmásemos nuestra llegada. Adjuntaba una foto en la que se veía su mansión circundada por cuatro increíbles baobabs, algunos árboles marula, un buen número de limoneros y jacarandás y, en un extremo del terreno, una casa de huéspedes.

        ¡Ay –escribió- qué alegría, Clara, Enrique, queridos! Habíamos conseguido entradas para asistir a la final de aquel mundial, pero la idea de que España pudiera llegar al último duelo no nos pasó por la cabeza. No es que pensar en ello nos resultara improbable, es que estábamos convencidos de que era absolutamente descabellado. El partido inaugural se celebró en Soccer City de Johannesburgo, el 11 de junio y fue un partido especial, diferente. En él, como sucedería luego en todos y cada uno de los partidos de la competición, un sonido nuevo, que materializaba el espíritu de África, inundó el espacio intangible de las ondas etéreas que transmitían la competición inundando el globo terráqueo con el barrito de unas trompetas desconocidas llamadas vuvuzelas. En aquel partido inaugural se enfrentaron la selección anfitriona, Sudáfrica, y el tricolor, México con un resultado final de empate,1 – 1. Hoy, aquel encuentro ha adquirido una relevancia inusitada por varias coincidencias: en el inminente Mundial 2026 vuelven a enfrentarse las selecciones de aquel partido inaugural, y lo harán, además, en la misma fecha, 11 de junio. Pero la carambola es más contundente. En el estadio azteca (México D.F.) estará al frente del once mexicano Javier Aguirre, el mismo director técnico de la escuadra mexicana de aquel Mundial del 2010.

       Pero volvamos por un momento a aquellas fechas en las que España consiguió su primera (y, por ahora, única) copa del mundo. En su primer partido, el 17 de junio, España fue derrotada por Suiza. Luego se recuperó venciendo a Honduras, Chile, Portugal y Paraguay, pero como suele suceder el camino de la victoria está empedrado de sufrimiento. El día que volábamos hacia Johannesburgo, el 7 de julio, se celebraba la semifinal. La roja debía enfrentarse, como había sucedido dos años antes, al equipo teutón. No supimos el resultado hasta que, entrada la noche, nuestro avión tomó tierra en el aeropuerto O.R. Tambo. Hubimos de aguardar a la madrugada para, junto a Emily y su hijo, disfrutar en diferido de la victoria. Frente al televisor degustamos una generosa selección de cervezas y vinos blancos “vivaces” (vivacious, es el término que usó Emily y que hicimos nuestro en las correrías que habríamos de llevar a cabo antes de regresar a casa), populares en Sudáfrica. En el minuto 73 del replay, cuando El Tiburón Carles Puyol sentenció al equipo alemán con un mortífero testarazo, un enorme cubo apilaba un sinfín de botellines vacíos de Castle Lager y Hansa Pilsener. Sus efluvios potenciaron el impacto de la bola que había atravesado la portería alemana y en la madrugada nuestra euforia (que tumbó el cubo y los botellines) estalló como un bramido perforando el silencio de la noche llegando hasta los mismísimos confines de Soweto.

       Antes de irnos a nuestra guest house, Emily nos propuso que la acompañásemos al día siguiente a una celebración religiosa. Quería que viviésemos algo auténtico y que conociésemos su congregación, la Zion Christian Church (ZCC), a la que dedicaba tiempo y energía. Como nuestros rostros reflejaban incredulidad nos juró que no nos arrepentiríamos. Sería cuestión de un par de horas y, además, recorreríamos lugares clave de la ciudad inaccesibles para nosotros. Podréis ser partícipes del fervor con el que la nación arcoíris acoge la inminente final. Con vuestros propios ojos veréis, prometió, una eclosión de camisetas rojas junto a las camisetas amarillas de nuestros “bafana, bafana” (muchachos en zulú). Ni una camiseta naranja sobre la piel de un afrikáner. Tendremos venganza, sentenció con un guiño aquella mujer descendiente de holandeses. Al día siguiente, muy temprano, un minibús cargado de pasajeros muy risueños serpenteó por las calles de la ciudad recogiendo nuevos viajeros que nos saludaban estentóreamente cuando éramos presentados por Emily. Fuera ya del área metropolitana, el minibús aparcó junto a un hangar cubierto por un cobertizo de latón circundado por pequeños asentamientos hechos de chapa y madera. En el interior del recinto filas de mujeres y niños se alineaban buscando sitio en mesas alargadas rodeadas de sillas de madera. En todas ellas, en una de las esquinas, se amontonaba una pila de platos, vasos y cubiertos desechables. El bullicio era extraordinario. Dos altavoces reproducían cánticos religiosos que eran coreados por las mujeres. No había hombres. Solo madres, abuelas y pequeños. Negros. Algunos miembros de la congregación (solamente conté cuatro varones) iban llevando a las mesas unas enormes ollas con un caldo humeante salpicado de legumbres y pedazos de carne. Olía muy bien. Otros miembros de la congregación distribuían bolsas con ropas, calzado y alimentos no perecederos. Las madres iban y venían, intercambiando a conveniencia prendas y alimentos. Al terminar de comer, las mujeres se levantaron e hicieron corros bailando y entonando cantos en sus lenguas natales.

        El día 11 de julio marchamos hacia al Soccer City. Los alrededores y la entrada eran una fiesta. Una hora antes de que se iniciase el duelo entramos en el recinto. Recuerdo que al subir las escaleras y recorrer los largos pasillos que bordean el estadio no pude por menos que evocar las admoniciones de Juvenal (Sátira X); “Hace ya tiempo que el pueblo ha dejado de vender sus votos y ha abandonado sus preocupaciones. Aquel que antes otorgaba, magistraturas y legiones, ahora se contiene y solo desea dos cosas: pan y circo” y de Plinio el Joven (Epístola IX, 6) quien identificaba el foso con un imán alienador que desata los fanatismos más apoteósicos: “No es la velocidad o la destreza lo que los cautiva… es el color lo que los aturde”. Afortunadamente la dimensión lúdica del bípedo juicioso e inteligente a la que pertenecemos es poderosa y apenas unos instantes después, al entrar en aquel coso erizado por la indescriptible algarabía de cien mil vuvuzelas, volví a ser el niño de 13 años en el cual toda veleidad metafísica se disuelve como un azucarillo en el agua.

        Hoy, dieciséis años más tarde (ay, vida … río que me arrastra, tigre que me destruye, fuego que me consume) en el ocaso del crepúsculo, he vuelto a escuchar aquel barrito y he sentido las vibraciones de mi vuvuzela que, cual susurro de Hermes, me exhorta para que calce mis sandalias aladas y me cubra con mi gorro de viajero. ¡Atrévete, festeja el próximo 11 de junio el segundo y tal vez último duelo inaugural en un mundial! ¡México y Sudáfrica te llaman!

        Aunque es condición del siervo, para sobrevivir y navegar en las procelosas aguas de su cautiverio, refutar la materialidad de sus cadenas, aunque es fácil y conveniente, en este oasis de simulación en el que nos hallamos inmersos, mantener nuestros días alejados de los actos de infamia y deshonra, a veces, la realidad, contundente y obtusa, nos golpea. Justo cuando iba a concluir esta modesta y deshilachada crónica los mendaces y los desalmados que nos gobiernan han dado rienda suelta a la brutalidad de su despotismo. Han decidido que el Mal Supremo, que es inminente e irrefrenable según sus proclamas y dictados, nos amenaza a todos. Que, para protegernos, para defendernos del infierno de la iniquidad (que anida siempre en los otros, en los que no se avienen) ellos, salvadores nuestros, salvaguardarán el orden moral apretando el botón del exterminio y de la guerra. Su medicina, sus bombas de exterminio, el fuego de su ira va a ser, es, el agua bendita que nos salva a todos de la hecatombe. Poco importa que alrededor, alrededor de todo y todos, huela a carne abrasada, a vidas calcinadas. Ellos escriben la Historia y ellos se asegurarán de que, tras la supervivencia de los elegidos, la mayoría mansa y silenciosa olvide la cizaña arrasada, la fumigación y el exterminio de los infectados, el holocausto de los apestados. Ellos, que dictaminan con magnanimidad si nuestros refugios imaginarios son seguros y apropiados, volverán a presidir los palcos de honor del pan y el circo.

 


Enrique Contreras Martínez. Español (malagueño).

Licenciado en Filología Inglesa y Doctor en Filología Española. Ha sido profesor de inglés en centros públicos de enseñanza secundaria. 1988 – 2020 residente en EE.UU. (California y Texas) donde participó activamente en la enseñanza, divulgación y promoción del español. Director de la revista De par en par, publicación con materiales didácticos para la enseñanza del español en Estados Unidos. Asesor lingüístico de la Embajada de España en California y Texas. Profesor adjunto en UTPB (University of Texas of the Permian Basin).
Free-lance articulista en periódicos españoles y estadounidenses. Colaborador de la revista de poesía Litoral y Sapos y culebras, entre otras. En 2018 Ediciones Eón publicó en México Poemas a Clara. Pendiente de publicación una antología de su obra poética Todos los días son pájaros.

La pelota

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La pelota

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La pelota corre y bota

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Un escritor amigo mio, conociendo que amo el fútbol y todavía juego al baloncesto, me ha invitado a que escriba unas líneas sobre cuál es mi punto de vista –como artista plástico y poeta a ratos–sobre la práctica del deporte. Antonio Moreno, que es profesor e investigador en la Universidad de Tejas, no es sólo un inteligente escritor, brillante y erudito –hombre de muchas lecturas, decían nuestros abuelos– sino además una persona sencilla al trato, muy activo y a mi parecer optimista. Optimista desde luego tiene que ser para haberme invitado a esta tarea, pues la verdad no sé cómo rematarla sin que nuestra amistad se resienta y de rebote –y digo remate y rebote pues de pelotas se trata– acabe con su optimismo y confianza en que ganemos el partido.

  Pero conviene –esperanzado lector– que aclare desde el comienzo que en realidad no amo el deporte. Obvio que considero necesario practicarlo, de igual modo que considero saludable tomar vitaminas con el desayuno; pero lo cierto es que practicar un deporte más bien me aburre. Lo que de verdad me gusta es jugar a un juego, ya sea fútbol o baloncesto… y de paso practicar un deporte. Imaginar un pase y competir por la victoria, se gane o se pierda, eso si que me apasiona y divierte, como a cualquier chaval de cualquier país de la Tierra. Cuando juegas con un balón, que corre vuela y bota libre, la disciplina y las obligaciones inherentes del deporte no son sino regalos que el juego mismo nos hace por añadidura.

También conviene que le aclare que no encontrará en estas líneas, un pretencioso estudio que desarrolle las semejanzas entre el fútbol y el baloncesto con el arte de la arquitectura… estudio que, por ejemplo, establezca la evidente similitud que guarda la red móvil de verticales, horizontales, diagonales y parábolas, que se dan durante un partido, con algunas de las estructuras triangulares que a menudo son utilizadas en la construcción de edificios. Tampoco debe esperar encontrar aquí un análisis que ensalce las propiedades físicas de la protagonista de esta historia, la humilde pelota. Análisis que, por ejemplo, alabe con elocuencia ampulosa su poder inmanente de rotación sobre su propio eje… o el de rotación orbital, semejante al de las elípticas planetarias que descubrió Johannes Kepler. No no debe esperar encontrar aquí ninguno de estos pedantes razonamientos, ni tampoco una sesuda explicación de cómo y por qué –si coloco allí a un agresivo delantero centro, aquí un creativo medio de enganche y más allá a un incisivo lateral… allá a un pivot alto como una torre, allá un ala de ataque preciso como un águila y allí a un base elástico como un malabarista– estaré creando las condiciones necesarias para que sea posible establecer un campo de pases y asociaciones; táctica cuyo dibujo, en la pizarra del entrenador, asemejará a las constelaciones de La cruz del Sur, o de Orión, o de Casiopea… o a la de cualquier otra. No, no debe esperar encontrar aquí sublimes pensamientos, ni que le sermonee desde lo alto de un púlpito revelándole la evidente espiritualidad presente en ambos juegos. Seria tarea vana el que tratase de explicarle, por ejemplo, el misticismo implícito en las declaraciones del gran Zinedine Zidane antes de jugar aquella final en la que empalmó la volea que fue es y será sin duda el arquetipo platónico de todos los goles. Recuerdo aún sus palabras, esto dijo la víspera de la batalla: «Encontraré la energía interior para ganar este partido» … Y llegado el momento combó su cuerpo tenso como un arco y disparó la flecha de un zurdazo que atravesó el ángulo de la escuadra y la esfera se clavó en el corazón del tiempo. Sería igualmente vano que le recordase el modo en que describió Michael Jordan –el hombre que saltaba abría las alas y quedaba suspendido en el aire– su percepción de la realidad al marcar, en el último segundo, la canasta que daría la victoria a su equipo: «De pronto todo fue más lento, vi el momento, sentí el momento…fui el momento». Sí, seria tarea vana el explicar lo inexplicable. Por último no espere aquí un discurso panegírico loando el fútbol y el baloncesto como Bellas Artes y desconfíe de los jugadores que presumen de ser artistas y de los artistas y poetas que se inspiran en estos deportes para realizar sus obras y poemas… y en relación con ello me viene a la mente el caso de aquel delantero que cada vez que abría la boca presumía de elegante -para mí cursi- y de artista exhibiendo un balón en la mano reverencialmente, mientras a la par despotricaba de aquellos sacrílegos compañeros que tenían el mal gusto de marcar un gol de un simple punterazo en vez de con el empeine… o el de aquel desconocido e inspirado poeta que escribiendo unos versos tales como Redondo ocupa el centro o Zigzagea Zizou creia haber escrito unos haikus comparables a los de Matsuo Basho. Es más, para dejar este argumento finiquitado y sin respuesta posible que lo rebata sacrificaré mi ego y les citaré el excelso poema que yo mismo escribí a la edad de trece o catorce años, poema que en un arrebato de inspiración compuse y dedique, como venganza, a un compañero de clase que me torturaba tirándome la cartera con los libros al barro. Así decía aquella joya literaria: La pelota bota / El amigo tiene una bota / La bota da a la pelota / La pelota bota / Cuando el amigo chuta se le nota / Pues su bastez es remota / La pelota bota / El amigo tiene una bota / La bota da a la pelota / La pelota bota… «Nada más que argumentar para que no mezclemos arte y deporte, señor Juez».

No, me temo que no encontrará aquí, defraudado lector, meditados razonamientos que argumenten las bondades del fútbol y el baloncesto. Sin embargo, espero que algo compensará su frustración mi estrategia, porque le revelaré el secreto del poder que tiene la pelota y que a todos nos hipnotiza. Abriré su percepción, apelando a a su intuición e inteligencia emocional, con un experimento imaginario similar a los Gedankenexperimenten –discúlpeme el atrevimiento de la comparación– con que Albert Einstein revolucionó nuestra noción newtoniana del tiempo y del espacio. Este es el experimento: Imagine que coloca un pesado cubo de hormigón en el centro de una ancha playa y lleva hasta allí a su hijo y a su perro. Imagine que le da ahora una patada al cubo y observa –si no se ha roto el pie en el empeño– sus comportamientos con atención, ¿cómo cree que reaccionarán? El niño quizás llore asustado porque su papá se ha hecho daño, el chucho quizás lo olfatee y orine en una esquina…mas nada especial que resaltar ¿no es cierto? Ahora imagine que cambia el cubo por una pelota y también le da una patada, al tiempo que observa con atención a su hijo y a su perro. ¿Qué cree que harán ambos y qué cree que harían cualquier perro y cualquier niño de cualquier país del mundo? ¿Acaso no ladrará el perro excitado y la perseguirá para morderla?, ¿acaso no reira el niño excitado y abriendo sus brazos querrá atraparla?, ¿acaso no correrán y darán brincos de contento?

Sí, ciertamente es una verdad de Perogrullo. Pero, aunque defraude a aquellos que esperaban algo más sofisticado de mi ingenio, ese es según mi parecer el secreto del poder de la pelota que hipnotiza al mundo: se mueve, es libre, está viva… ruedasaltavuela.

 


 

José Ignacio Díaz de Rábago Villar nace el 20 de septiembre de 1950 en Madrid. Estudia filología hispánica y artes plásticas. Reside en Copenhague desde 1978. Artista de formación humanística, gana en 1985 el primer premio de poesía en el certamen convocado por el Instituto Español de Emigración. Ha publicado con anterioridad los libros “Poemas del instante”, “Molinos de papel y viento” y ”Humaredas”. Pintor y escultor, son característicos de su trabajo los proyectos e instalaciones de gran formato. Sirva de ejemplo la serie de montajes titulada “La Biblioteca de Babel”, en la que utilizando el libro como soporte, ocupa los espacios principales de las bibliotecas públicas. Ha realizado numerosas exposiciones y proyectos, de entre los que cabe destacar los siguientes: Galería Hastings. New York, 1981 / Leifsgade 22. Copenhague, 1985 / De Vonk. Amsterdam, 1987 / Museo de Bellas Artes. Málaga, 1987 / KUA. Copenhague, 1988 / Museo de Brandts Klaedefabrik. Odense, 1989 / Overgaden. Copenhague, 1991 / Galería Anselmo Alvarez. Madrid, 1992 /Avantiere VII. Aachen, 1992 / Capitalidad Cultural. Copenhague, 1996 / Museo San Telmo. San Sebastián, 1996 / Galería Diana Marquardt. París, 1997 / Biblioteca Estatal. Estocolmo, 1998 /Instituto Cervantes. París, 1999 / Biblioteca Central. Copenhague, 2000 / Biblioteca Central. Malmö, 2001 / Georg Sverdrups Hus. Oslo, 2003 / Colegio de Arquitectos. Madrid, 2004 / Universidad de California. Berkeley, 2005 / CCE. Montevideo, 2008 / Fundación Pablo Atchugarry. Manantiales, 2008 / Museo Barjola. Gijón, 2009 / San Gregorio de Polanco. Tacuarembó, 2010 / CBA. Madrid, 2013 / Rambla 24. Punta del Este, 2016 / Biblioteca Universitaria.
Málaga, 2018 / Centro Espronceda. Barcelona, 2019.

Creciente fe en la poesía de Gustavo Ruiz Pascacio

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Creciente fe en la poesía de Gustavo Ruiz Pascacio

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Gustavo Ruiz Pascacio publicó su primer libro en 1994 y lo tituló Cualquier día del siglo.[1] Para Jesús Morales Bermúdez, en sus Aproximaciones a la poesía y la narrativa de Chiapas, se trataba de “un poemario de no fácil comprensión aunque desbordante en voluntad, en voz” (1997: 85). Vio en él una “expresión firme […] la voz de quien se sabe poeta, de quien se quiere poeta, ordenador y hacedor de palabras, de universos, de destinos” (1987: 85); alguien cuya apuesta está en otras realidades y no en las inmediatas. Para construir esas otras realidades, Ruiz Pascacio se vale, por igual, como lo ha anotado Ignacio Ruiz-Pérez, de los espacios cotidianos.

Han transcurrido treinta años desde la publicación del primer libro de Gustavo, quien habría de entregar, en el año 2000, El equilibrista y otros actos de fe; en 2001, El amplio broquel de la melancolía, con el que obtuvo el premio estatal de poesía Rodulfo Figueroa; Escenarios y destinos, en 2008.[2] En 2014, No viene la primavera en las líneas de mi mano. Y en 2020, Cuaderno de Innsbruck. Con esta producción poética se constata lo que entrevió Jesús Morales Bermúdez, en 1997: una expresión firme en manos de un hacedor de universos, de destinos, quien se da el gusto de oscilar entre lo que posee y lo que le ha sido vedado pero que está dispuesto a conquistar. Se presenta como alguien que descubre que “no viene la primavera en las líneas de [su] mano” y que no tiene pedigrí pero que su ámbito es la extranjería, protegido por el crepúsculo; cuando busca, lo que encuentra es un perfil marcado por la contienda.

Es un yo poético que sabe cómo se ha ido formando y que es consciente del paso del tiempo: “Le di a este rostro todos los lugares del mundo […] La única calidad de peregrino / que puedo reconocer a mis años / está en algún lugar del tiempo / que nadie conoce” (2014: 13). Le ha sido dado buscar a otros con el fin de reconocerse y entregarse: “Lo que ya viví está contigo” (2014: 20). Y si la asume, la responsabilidad tiene sus límites: “Yo sólo me responsabilizo / de aquellos seis / que brindaron conmigo / en el Carnaval de Oriente / justo después de contarles aquel sueño / donde mi padre pedía / que lo ayudara a salir de su letargo” (2014: 22). Es un yo poético que logra ver lo que ocurre en el exterior: “Estamos construyendo todos / Un manotazo que hierva a la menor provocación” (2014: 24).

¿Esa primera persona del plural a quiénes incluye? ¿Sólo a los seis del brindis en el Carnaval de Oriente? La pregunta es oportuna si se advierte que el yo poético camina sin que alguien se sienta atraído por su voz: “No me escucha el hombre / con aroma a lavanda / que ataja la parada de los móviles / con su fidelidad de usuario / No me escuchan los combatientes de otros tiempos, / porque no reconocen que voy y vengo en esta tierra” (2014: 30).

Ir y venir por esta tierra es lo que hace el yo poético, sabiendo hacia dónde debe dirigir sus energías: “sobre la cuerda en que me mira el equilibrista / Por ti y por siempre libraría otra batalla”. En este “circo tan inmóvil”, hay lugar para que el yo poético sepa que esa cuerda tiene red de protección creada por quienes sí se acercan a él: “Los hombres y las mujeres / que han pronunciado mi nombre / han pronunciado un rito debajo de sus pechos”. “Los hombres y las mujeres / que han pronunciado mi nombre / los cubre la esencia del mundo / Están en el altar y en la mesa / de esta hospitalidad extrema / y en este puño cerrado/ abierto al infinito” (2014: 25, 41, 42).

El título del libro No viene la primavera en las líneas de mi mano incluye una negación que podría hacerlo ir hacia abajo, en picada, sin que el equilibrista se mantenga sobre la cuerda, como sería su propósito. Al leerlo una, dos veces, los treinta y cuatro poemas con los que está formado pueden mostrar que el yo poético ha visto la oscuridad, ha estado en la oscuridad, de ahí su reconocimiento de que hay victorias que sólo ocurren en la noche. Pero también sabe que existe la “hospitalidad extrema” y que lo que se cierra lo puede hacer porque de ahí puede abrirse al infinito.

El yo poético es consciente de lo que le rodea, lo cual no siempre tiene que estar a la vista; es suficiente con que lo sienta. “De lo que yace a mi lado, no lo que atisbo…” (2014: 17) —una construcción rítmica muy cercana a las que prefería Joaquín Vásquez Aguilar—. Con base en este sentir, situado dentro de una oscilación constante, hay que reparar en la luz perceptible en No viene la primavera en las líneas de mi mano, la cual es posible ejemplificar con la parte final del segundo poema, de donde surgió el título del libro: “No viene la primavera / en alguna línea de mi mano / No tengo Monte de Júpiter / para avalar cierta mancia / Estrellas mas han plantado / en estas manos el cielo”.

Están las ausencias, aquellas que no han llegado a formar parte del yo poético: la primavera y el Monte de Júpiter. Y le asiste la ventura. No está solo. Tiene algo más que no está sujeto a la adivinación. Están con él las estrellas; y en sus manos, el cielo. ¿Qué más puede pedir? Triunfa la luz, y el yo poético tiene la posibilidad de identificar de qué está hecho: “despierto sobre el fuego / y sobre el agua de mi ración de Dios” (2014: 31). Un poema sintetiza el momento que está viviendo el poeta, un momento de transición: su propio tránsito, con color y con forma; un poema en el que hay una novedad de colibrí que lo atestigua: “¿Y si no ocurre nada al final del día?” (2014: 37). ¿Con quién está dialogando, con quiénes? ¿A quién le dice lo siguiente?: “He sido lo mordaz del nombre de tu estirpe / Y en esta enorme vertiente de gráficos sin saldo / seré la próxima puerta que abran los dedos de tus sueños” (2014: 44).

Gustavo Ruiz Pascacio es el equilibrista, su fuente, su rito, su cielo abierto; se desplaza con largo aliento en busca de un bosque, para sentarse en otra banca, en un lado distante, y saber de sí y saberse decir que está ahí para disfrutar lo que se le entrega, con lo que hará los poemas, una tonada de jazz, un vibrato, un caudal en el que encontrará sus espíritus. Lo sabe bien: “capítulo de ascensos y caídas, de caídas y ascensos, de ascensos en caída, de caída en ascenso” (2020: 68).

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Selección de poemas

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XIX

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Todos los días he visto el sitio de cada cosa. El cetro con el que anuncian aquello que ha crecido. La insólita superficie sin migajas de por medio. Todos los días me llegan reportes del clima. Termómetro suficiente para saber de mi alma. Mercurio de lo volátil que también es mi causa. Yo, oriundo de lo que falta, de lo que hierve y de lo que cubre esta hipotética lengua peninsular, confieso la vastedad que me acontece, el público escribano que sube a lo más alto de la montaña y baja por el guijarro más humilde del río. Los días pueden constatar lo contrario. Que nada de su vitral he declarado. Que he puesto en boca de nadie el clarinete y el acordeón. Que llevo un mazo de rombos por canciones. Pero prefiero decir que he visto el sitio de cada cosa, porque he viajado sin paranieves, sin pararrayos boreales ni escuderías, hasta el minuto final en que el amor me ha convertido otra vez en fidedigno preceptor de lo ordinario.

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De Cuaderno de Innsbruck

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4

La última verdad es la que duele

No el ámbito exento de coraje

sino la clara sospecha

del rango de la agonía

Lo puedo percibir en esta tarde

en que el Altísimo

ha tendido su red una vez más

Sutil cabriola de principio a fin

es mi respuesta

Quisiera entonces

salir y acometer

de una vez por todas

el avecindado carácter

de esta furia insomne

Pero el calendario

me señala una espera

Es viernes,

y sobre la amplia tarea

que me gobierna,

un mundo se avecina

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33

¿Quiénes son los otros?

A veces me he percatado

que acusan un zumbido inacabable detrás del muro

Supongo que es lo más parecido a la alegría

o un poco de salud en su sitio

No logro percibir algo más nítido

Tal vez esto sea una ecuanimidad intrusa

y no hay otros aguardando la vela del ungido

Pero por si me viese de pronto frente a otros

quiero saber su santo y seña

Si viene con ellos

un destino más siniestro

un hondo más pleno

el robledal de algún crepúsculo

Quiero saber si son los otros

un pulcro corazón que en mí despierta

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De No viene la primavera en las líneas de mi mano

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Cuando en su suelo la ciudad miro

atenazado por tantos siglos de menguante villanía,

no me quisiese empapar de otro recuerdo

que el de tu carne floreciendo en ciertos verbos.

Que por mentira tienen algunos

la extrema convergencia de anidar entre nubes y entre hormigas,

y la costumbre de ser el escondite

del que se le han quebrado las alas.

Por eso siento una máscara de agua

y una magna sequía si no cubro

el material de los siglos con tu cuerpo.

Cuando en su suelo la ciudad miro,

miro también las voces que la abren.

Sólo ha cambiado de dirección el viento, lo saben.

Y por supuesto saben que voy en demasía.

Voy por el surco que ha dejado tu nombre.

Y libre tiene por ascendencia la mirada.

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De Escenarios y destinos

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X

A la mar abierta van las aves del sol;

la pupila niña va; van los remeros trenzando compases.

De la mar abierta vienen los sueños cabalgando;

la horizontal mirada viene, la inacabable cúpula.

En la abierta mar están las manos de los urgidos;

el cortejado tejido está; la rueca siempre y tantas veces más.

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De El equilibrista y otros actos de fe

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Referencias bibliográficas

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Morales Bermúdez, Jesús. Aproximaciones a la poesía y la narrativa de Chiapas. Tuxtla

Gutiérrez: Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, 1997.

Ruiz Pascacio, Gustavo. Escenarios y destinos. Tuxtla Gutiérrez: Consejo Estatal para las

Culturas y las Artes de Chiapas, 2008.

—. No viene la primavera en las líneas de mi mano. México: Gobierno del Estado de

Tabasco, 2013.

—. Cuaderno de Innsbruck. Tuxtla Gutiérrez: Consejo Estatal para las

Culturas y las Artes, 2020.

  1. Una versión de este texto está incluida en el ensayo “Morada y nombre: leer poemas”, que forma parte del libro Tomar la palabra. Algunas expresiones literarias y de cultura popular en el sureste mexicano (Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas/Juan Pablos Editor, 2016).

  2. El título de este ensayo forma parte de un poema de Escenarios y destinos (2008:94).


Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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The Man Who Fed on Moonlight and Whispered with the Stars

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The Man Who Fed on Moonlight and Whispered with the Stars

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Where turquoise waters and soft white sand meet the endless blue sky, some see a paradise for rent. But for others the mixture of lingering shadows of palm trees and the sea breeze carries a faded scent of old Hispañola, where centuries ago, before the arrival of Colón, the Taínos lived in this unspoiled paradise.

Just a short stroll from the shoreline, at the Barcelo Bávaro Palace, tables overflow with extravagant buffets tailored to satisfy semi-sophisticated palates. Bartenders at poolside bars hustle to meet the relentless demand for cold drinks, as waves of tourists arrive by the minute, drawn by the promise of an eternal happy hour. Yet if you don’t speak un poco español, be prepared to wait—perhaps endlessly—in the ever-growing coco-loco lines.

This was the old Barcelo Bávaro—a time when a slow-moving trolley carried sun-kissed guests between the five hotels: the Beach, the Casino, the Golf, the Garden, and the Palace. Back then, between lunch and dinner, lobsters sizzled on the grill by the shore, often served with a generous splash of mamajuana poured by a smiling hand.

Nights bled into mornings as guests stumbled out from la discoteca, their footsteps heavy with Cuba libre and rhythm. At sunrise, they were greeted by Haitian waiters—some of whom had taught them to dance the night before. With easy smiles and steady trays, they offered hangover shots like tiny blessings before the breakfast buffet –It was all part of the ritual, the rhythm of a place that knew how to take care of its wanderers—one that could satisfy even the thirstiest Russian souls.

Just a short walk down from Barcelo Bávaro Beach, something unexpected waited to unfold. Knee-deep in the shallows, on a partially submerged patch of stone—more a mangrove-wrapped rock than a true tidal island—a dead tree stretched its limbs skyward, casting patchy shade over a barefoot man in his sixties. His long silver beard glinted in the sun, and his hair, tangled and sun-bleached, spilled down to his elbows.

He sat beneath the branches with a weathered guitar, strumming softly, eyes lifted toward the fading afternoon light—like someone completely at ease in the world, as if this moment, this sunlight, was enough.

Drawn by his striking presence and warm, welcoming smile, we found ourselves walking toward him almost without thinking. When our eyes finally met, it felt less like an introduction and more like a quiet invitation.

He looked up with a calm, quiet dignity and told us his name was Sasha. Despite the worn clothing and bare feet, there was nothing ordinary about him. He carried himself with a kind of effortless grace—calm, composed, almost regal in his stillness.

Though English was not his language of choice—nor his strength—we quickly found common ground between our native Polish and his Ukrainian. Words came slowly, haltingly, but the meaning passed between us with surprising ease. More was shared through tone, gesture, and intent than grammar ever could manage.

Sasha—or Oleksandr Krynychny, as we would later learn—was the man’s full name. In his worn backpack, wrapped in a faded plastic bag, he carried his most treasured possessions: a handful of documents and some yellowed newspapers.

When Sasha discovered we were from Poland, his eyes brightened with excitement. Without hesitation, he hurried back to his tidal island to fetch a small, weathered notebook. To our amazement, its pages were filled with handwritten notes in more than twenty languages—messages left by visitors from different parts of the globe. Inside were delicate drawings, brief poems, tiny songs, and warm wishes addressed to the man with the long white beard.

As we grew more comfortable with one another, I offered Sasha some American dollars and mentioned I had clothes I could give him. But he gently refused, saying, “Ni, diakuyu, ne potribno.” No, thank you. It’s not necessary.

To our surprise, he elaborated. He didn’t need money or clothes—he had everything he needed beneath his feet: the sea, the sand, the warmth of the sun by day, the moonlight by night, and a tropical paradise to call home.

What he asked for instead was simple—a hamburger and a Coke.

As the tropical heat gave way to a cool ocean breeze, we set out for an evening stroll along the beach—this time carrying two hamburgers and a large Coke for Sasha. The white-bearded man received us with radiant gratitude. In Ukrainian, he invited us back to his little island and carefully hung the food on a low branch of the dead tree, as if placing it before an altar.

Then he reached for his guitar, tuning it slowly, and began to strum a melody of an old Polish folk song—chanting in his own native tongue. Before playing, he handed me his notebook and a pen, gently asking us to leave him a travel note.

I opened it to a random page. There, in faded ink, someone had written:
“Our best wishes to the bearded man who feeds off the Moon and greets everyone with a warm smile.”

When Sasha finished the song, he brushed his long white hair from his face and fixed his gaze on the sun as its last light chased the horizon. Moved by the moment—and by that strange, poetic phrase—I finally asked him about the remark.

Sasha seemed genuinely pleased by our question. With a warm smile, he began with a side story, “When I was in Warsaw, Poland, I was on strike, holding an SOS sign. I had to wash myself in the river or a fountain.” He paused, then added, “I was trying to get Polish citizenship because my mother was Polish.”

Seeing our growing curiosity, he continued: “I even met President Kwaśniewski, but they refused my papers because my father was from Ukraine.” It became clear he was seeking more than answers—he was looking for listeners, perhaps even friends.

As he shared more, we learned he grew up poor and studied agriculture—a “profession from God,” as his father used to say. Sasha believed the KGB had intercepted his father returning from the Second World War, accused him of being a spy, and that he never saw him again.

His stories touched on police and government corruption too. Sasha had come to the Dominican Republic in the summer of 2013, with the help of a Ukrainian developer who arranged his flight. He strongly believed it would be easier to get a US visa from here than from Ukraine.

To our surprise, we furthermore learned that Sasha loved to dwell on life and death, and was a great admirer of American literature. He particularly quoted William Faulkner:
“Our tragedy today is a general and universal physical fear… There are no longer problems of the spirit. There is only the question: When will I be blown up?”

This quote made me ponder on the modern world issues —shaped by the trauma of two World Wars and the looming shadow of nuclear annihilation—these spiritual concerns have been overshadowed by a more immediate, visceral fear, our survival. The question is no longer “What is the meaning of my life?” but “Will I survive tomorrow?” This “universal physical fear” dulls our spiritual imagination. We become consumed with threat and danger, and lose touch with what it means to be fully, inwardly human.

That evening, all these heavy reflections poured out, as if we were the only ears willing to listen to Sasha.

At last, the silver-haired man returned to my earlier question—the one that had lingered in the air since I first read the inscription in his notebook: What does it mean to feed off the Moon and the Sun?

Sasha paused for a moment, as if weighing whether to speak plainly or poetically. Then, with a soft smile and eyes reflecting the dying light of day, he said:

“The sun feeds the body, yes—but more than that, the moon feeds the soul. Sun’s energy isn’t just heat or light. It carries something older than science can explain. Something that sinks into your bones if you let it. You learn to be still… to absorb it, like plants do.”

He lifted his face slightly, feeling the last warm rays on his skin.“But the moon,” he added, his voice lowering, “the moon is different. It doesn’t feed you—it stirs you. It whispers. It reminds you of dreams you thought you’d forgotten. At night, under her light, you don’t feel hunger in the same way, the moon fills you. The moon helps to remembers other kinds of longing… things that have no name.”

For a moment, none of us spoke. The waves rolled in soft and rhythmic, like they were listening too.

“The sun fills you with life,” he said, “but the moon shows you why you’re alive.” He turned toward the horizon, where the last blush of sunset gave way to the deepening blue of night. The stars had begun to scatter overhead, and the moon—bright and pale—rose slowly behind the curve of a cloud.

“Between the two,””he said finally, “there’s no hunger left in me. Because during the day I feed of the sun and during the night I eat the moon”

Some things may have been lost in translation—or perhaps it was just mamajuana speaking. Maybe the white-bearded man was no more than a trick of the light, a fever dream conjured by salt air and sunstroke when we laid and contemplated in the shades of old Hipañola. Or maybe—just maybe—he’s still out there.

Sitting beneath that dead tree, when the tides rise and the moon casts long shadows over Hispaniola.

Waiting,
Singing,
Feeding off the moonlight,

Whispering to the stars,

Collecting notes and telling stories of time long passed.

And when the sun returns, perhaps he vanishes into its glare—along with the stories of those who come here chasing something more: adventure, meaning, or a secret only the sea remembers.


Lukasz D. Pawelek , (Ph.D. Wayne State University) is an Assistant Professor of Spanish and German in the Department of Humanities at University of South Carolina Beaufort. His research interests encompass U.S. Latinx and diasporic literature, literary representations of nostalgia, collective memory and globalization, and the evolving Latinx identity in the United States; secondary field of interested: Post-Wall Ostalgie memoir and film. Pawelek is a co-founder and co-organizer of the annual Gateway to Interdisciplinary Graduate Studies Conference. He established Polyphony Research Group that engages students in undergraduate research, conference presentations and service in the Latinx Community of Lowcountry.