ISSN 2692-3912

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Tres poemas

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Vaikka kirjailija Harry Salmenniemen mukaan moni juttu syntyy hitaasti,  valmistuu ”saatanan kaoottisella” työskentelytavalla kirja lähes vuosittain  – Tammikuussa ilmestynyt runokokoelma oli paluu omalle vahvuusalueelle -  Jyväskylän Ylioppilaslehti

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Tres poemas

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Mi querido vecino.

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Aquí no hay nada que ver.

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Ni siquiera hace falta pavimentar;

uno puede simplemente sentarse,

mirar una vela

y reflejar la oscuridad.

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Me quedé junto al silencio

y la anchura del mundo.

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Me precipitaba

hacia el color

a ciegas.

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Nunca podría decirlo todo.

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El cabello se deslizaba entre los dedos,

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y la ruptura no era quieta como un espejo.

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Sin darme cuenta,

me he transformado.

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Ahora puedo planear

algo difícil,

reluciente y seguro

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y pensar en

un envío de muebles

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Versión de Antonio Moreno

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La poesía del finlandés Harry Salmenniemi se destaca por su minimalismo estético, despojado de toda bisutería iconoclasta y pretenciosa, por una imaginación sensible, infalsificable, y una convicción abstracta del estar solos que, afortunadamente, no evade la realidad, porque aterriza en el terreno de lo humano, de lo elemental, y en lo más simple de lo que eso pueda significar. Escribe también cuento y novela. Salmenniemi nació en 1983 en una ciudad universitaria hacia el norte de Helsinki. Ha ganado varios premios, entre ellos el Kalevi Jäntti por su poemario Texas, Scissors en 2010. Los poemas corresponden a su séptimo poemario, Fever (2022)..

The Light That Witnesses

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Artist Statement by Paquita

I paint in order to chronicle my experience and to capture the passing of time and the changing light. There are moments that reveal themselves to me as a feeling—joy, gentleness, despondency, etc…

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First Coffee(Acrylic on canvas, 16” x 20”)
First Coffee (Acrylic on canvas, 16” x 20”)

Francisca Esteve Barranca (Paquita) painted “First Coffee” (Acrylic on canvas, 16” x 20”) when we were courting, about fifteen years ago. The painting is based on a backpacking trip we took to the Wind River Range of Wyoming. There’s War Bonnet Peak in the background, which marks the continental divide. In the foreground, I am pouring coffee while trout is cooking on the fire. There was trout for breakfast and dinner—we fished to avoid carrying too many freeze-dried meals in our backpacks. As with most of her paintings, she chronicles a moment we’ve shared on our journey. Typical of her work is that she is always there, too, bearing witness. What she chooses to witness about is how any moment her eye lands on becomes illuminated. Note the way the old coffee pot reflects the gold and silver of the light even through the charring from the fire. Narrated by Marlon L. Fick

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Gentleness (Acrylic on canvas, 24” x 20”)

In 2020, Francisca (Paquita) and I traveled to Truchas, New Mexico, where I attended a writer’s workshop. She caught this moment with me and a horse. An art dealer, looking over several of her paintings exclaimed that her paintings could not be commercial as long as she continued to use the same model (i.e., me)—no one knows who I am. But Paquita isn’t interested in doing commercial art, rather, she would prefer to capture something of authentic value. I would hasten to add though, that one of her paintings, a portrait of the 46th US President, now owned by the Ellen Noel Art Museum, was purchased for $7,000 dollars. She is not opposed to selling the works, but this isn’t her primary objective. In every work she undertakes, she is keenly focused on catching the light. Narrated by Marlon L. Fick

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Fall Dreams (Acrylic on canvas, 24” x 20”)
Fall Dreams (Acrylic on canvas, 24” x 20”)

While on a trip to Spain in 2018, I was translating Catalan poetry at my favorite little café in the Plaza de Pi, in Barcelona, and waiting for Paquita (the co-translator) to join me there when I saw this old fellow, surrounded by people and buildings and noise. I snapped his picture with my Nikon. Later Paquita used him as her subject in “Fall Dreams.” Somehow, by magic, she managed to get inside his consciousness just by transforming the landscape around him from summer in a city to autumn in the country. From his white hair down to his swollen ankles, his being expresses our need to rest or to find a moment of peace, particularly important to those of us who are feeling our age. Narrated by Marlon L. Fick

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“Jazz under the Sun” (Acrylic on canvas, 25” x 30”)

Turning again to the same city, Barcelona, Paquita once again found her subject matter on a day we were out walking on the Rambla. It is in this painting where I find her attention to light and shadow most prevalent. If I recall, I was tired and rather hot, wanting only to find a cool place to sit and drink something cold. Paquita wanted only to snap a dozen or so pictures, already conscious that this would be subject matter. As with all trips, there was a lot of walking and looking. This may have been the same day we walked to her old art school, Escuela Massana, a short distance from the Rambla. Now, when I look at this painting, I remember how hot I was, and possibly grumpy, but I also hear the music they’re playing. The thing about her art is that someone will always take something from it because it has been so freely offered.

Narrated by Marlon L. Fick

 


Francisca (Paquita) Esteve was born in 1947 in Valencia and grew up in Barcelona. She trained at Escuela Massana, Art and Design Center in Barcelona, and became an interior designer and a painter, eventually emigrating to Mexico in 1984. She and her husband, the writer and composer Marlon L. Fick, lived in China for a while, and then came to the United States in 2014. After that they moved to Texas in 2018 and currently reside there. One of her paintings hangs in the Ellen Noël Museum.

Sentir la poesía: el posvanguardismo y la experiencia sensorial en la poesía de Nicolás Guillén, Gabriela Mistral y Nicanor Parra

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Sentir la poesía: el posvanguardismo y la experiencia sensorial en la poesía de Nicolás Guillén, Gabriela Mistral y Nicanor Parra

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Los poetas de la vanguardia latinoamericana dejaron de ser “avestruces ante la realidad” como afirmó el escritor polaco Witold Gombrowicz (34). Después de la muerte de Rubén Darío en 1916 emergieron varias tendencias estéticas impulsadas por un “deber moral” que los poetas y artistas admitieron con vehemencia en general, desde la arquitectura, la música y las artes plásticas hasta la novela y la poesía, sin soslayar el contexto político y la postura de romper todo aquello que fuese norma e imposición en la creación artística. En particular, los poetas de vanguardia cambiaron el hermetismo estético onírico y autorreferencial por una poesía con referentes en el mundo real, poniendo atención en los problemas del sujeto y la cultura latinoamericanos que, en buena parte, Darío obvió por interesarse en las perlas de Ormuz y los castillos encantados, y no en el contexto del sujeto marginado. La agenda estética no solo combatió el escapismo literario, sino que también alcanzó a la figura del lector, seducirlo como destinatario extratextual del mensaje y transformarlo en una identidad activa, aunque sin llegar a interpelarlo directamente. Este ensayo analiza cómo el ritmo, la sonoridad, el tono conversacional, la oralidad y el lenguaje coloquial se convirtieron en herramientas para romper las barreras entre la poesía y el lector y permitirle habitar la realidad específica de la voz poética. Mi análisis se divide en tres partes para examinar distintas manifestaciones de la poesía de vanguardia: la llamada poesía de la negritud, la poesía del amor y las pasiones y, por último, el humor y la risa.

I.La poesía de la negritud

Nicolás Guillén (1902 – 1989) transformó la poética latinoamericana, mediante la incorporación de la cultura afrocubana, la reivindicación de la herencia africana en una cultura mestiza, y la participación del lector en la lucha colectiva contra la injusticia. Su poema, “Sensemayá (Canto para matar a una culebra)” ejemplifica la tendencia posvanguardista de mezclar la poesía culta con la popular porque se asemeja un canto anónimo de la tradición africana, con el sello del vanguardismo y el barroco español. Como señala Alberto Julián Pérez, el posvanguardismo mantiene un rasgo predominante del vanguardismo: la metáfora (55). Asimismo, Jacobo Sefamí identifica elementos del barroco español, como la experimentación sonora y el uso de diferentes registros del lenguaje en la poesía latinoamericana del siglo XX (420). En Sensemayá, (1934) se observa las influencias de ambos movimientos se integran con el ritmo, la repetición, y la apelación de la segunda persona para crear una experiencia más profunda para el lector.

Primero, el título del poema, “Sensemayá”, no solo introduce, sino prioriza el uso de palabras de origen africana en el poema, y el subtítulo: “Canto para matar a una culebra” hace alusión a los cantos colectivos y anónimos. En “La poesía de Nicolás Guillén”, Teresita Mauro Castellarín sostiene que la poética de Guillén “recoge y reactualiza” el canto colectivo y anónimo, heredada de las tradiciones africanas y preservada en la cultura cubana (11). Se trata de un canto colectivo y anónimo porque expresa las alegrías y preocupaciones de toda la comunidad, una forma que permite Guillén trascender lo local y “hacerse eco de una problemática común a muchos hombres del continente americano” (11). Como resultado, la voz poética representa la colectividad, y al recitar el poema el lector se incorpora en ella como uno de sus miembros.

“¡Mayombe-bombe-mayombé!”, comienza “Sensemayá”, repitiendo tres veces una jitanjáfora que establece el ritmo y la musicalidad del poema (Guillén 292). Citando a Luis Iñigo Madrial, Mauro Castellarín explica que las jitanjáforas “suelen consistir en voces afronegroides o en topónimos africanos… que otorgan cierto sabor negro al conjunto” (14). En “Sensemayá”, Guillén no solo recurre a este rasgo poético para evocar idiomas africanos, sino también para producir la métrica regular. Además, el consonante bilabial /b/, en el fonema “ombe” de cada jitanjáfora, produce un efecto percusivo que recuerda el golpe de un tambor. Todos estos recursos sumergen el lector en el mundo afrocubano: al pronunciar una lengua ajena, reproducir sonidos musicales, y seguir el ritmo del poema, el lector llega a habitar la comunidad de la voz poética.

Tras involucrar el lector, la segunda estrofa desarrolla la metáfora de la culebra. La voz poética introduce el sujeto del poema “La culebra tiene los ojos de vidrio”, metáfora que se repite tres veces y funciona como la única descripción física del animal (Guillén 292). Tradicionalmente, considerados como “las ventanas al alma”, “ojos de vidrio” podrían entenderse como la falta de un alma o falta de humanidad. Luego, la voz poética advierte que la culebra “camina sin patas” y “se esconde en la yerba” (292). Esto crea la imagen de una presencia insidiosa: una amenaza oculta con atributos antinaturales y poderes que no le corresponde, como “caminar sin patas”. La culebra representa un invasor extranjero que amenaza el pueblo cubano, y su muerte significaría la liberación del pueblo.

El poema fue publicado en West Indies Ltd. (1934), una colección que marcó un cambio en la problemática de Guillén ya que su “denuncia se orienta a señalar la nueva forma de dominación que sufre Cuba” (Mauro Castellarín 16). Cuba se independizó de España en 1902, pero no se liberó del colonialismo por completo. La Constitución de Cuba, incluyó la Enmienda Platt que autorizó a los Estados Unidos a intervenir en los asuntos de la isla como recompensa por su apoyo a independizarse de España. Dado que Mauro Castellarín resalta el impacto de la presencia estadounidense en la poesía de Guillén, y su compromiso a luchar contra la injusticia y hacia la libertad, la culebra de “Sensemayá” la culebra, en mi juicio, representa la presencia estadounidense en Cuba (16 – 17).

Después de explicar el peligro de la culebra, en la cuarta estrofa la voz poética interpela el lector, “¡Tú le das con el hacha, y se muere:/ ¡dale ya!” (293). El uso de imperativos no simplemente invita la participación del lector, sino que le clama a acabar con la culebra. Las exclamaciones también transmiten la urgencia de la situación y el hacha implica una muerte violente y sangrienta. Las instrucciones dirigidas al lector: “No le des con el pie, que te muerde, / no le des con el pie, que se va!” y “Sensemayá, la culebra…/Sensemayá con sus ojos…/Sensemayá con su lengua…/ Sensemayá con su boca”, enfatizan la complejidad del peligro la culebra y la necesidad de acabar con cada parte de su cuerpo para asegurar su muerte (293). Además, los versos que combinan “Sensemayá” con palabras en español crean un sincretismo lingüístico dentro del poema con la combinación de lo africano con lo español.

El clímax viene con la muerte al final “¡Sensemayá, se murió!” (293). El cambio en el tiempo verbal del imperativo al pretérito hace una alusión el tono profético de la poesía africano que Mauro menciona (11) y la creencia posvanguardista en el poder redentor de la poesía (Cárcamo-Huechante y Mazzotti 10). La sensación que este poema provoca en mí es la exaltación: los vocablos nuevos demandan mi atención, la repetición regulaba mi respiración, la metáfora de la culebra traía a mente significados culturales, sentía el peligro, la urgencia, la violencia y al final la victoria colectiva. Creo que ese fue el objetivo de Guillén: provocar una reacción en el lector que le obligara a reconocer de la herencia africana en el Caribe. Admitió que sus versos “les repugnan a muchas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros y del pueblo, cosa le dio mucha alegría porque significaba para él que “espíritus tan puntiagudos no están incluidos en mi temario lírico” (16). Para Guillén, la poesía no era arte por arte, ni neutral, era una herramienta política y debía provocar reacciones fuertes.

II.Poesía del amor y las pasiones

Gabriela Mistral es otro ejemplo de una poeta del posvanguardismo que mezcló la poesía culta con una tradición cultural para conectar con el lector de una forma más profunda. En “Los sonetos de la muerte” Mistral aborda el tema de amor mediante una forma de poesía antigua: el soneto. Sin embargo, rompe con la tradición del amor romántico al presentar el amor de una madre en la ocasión de la muerte de su hijo. Mistral inserta al lector en las experiencias íntimas de cantos maternales y oraciones a Dios. “Los sonetos de la muerte” convierte el duelo privado en una experiencia compartida y lleva al espacio público las tradiciones orales del ámbito doméstico y femenino.

El soneto es una forma muy regulada, los versos endecasílabos y las rimas generan el efecto de una canción, mientras que el contenido de “Los sonetos de la muerte” evoca una canción de cuna. Al igual que en estas canciones, la voz poética se dirige a su hijo en primera persona: “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, /te bajaré a la tierra humilde y soleada” (Mistral 70). Suena como una canción de cuna, ya que sirve la función de calmarle al hijo para que descanse. En “La oralidad como primer elemento de formación de la poética mistraliana”, Ana María Cuneo señala que la propia Mistral reconoce la influencia de las tradiciones orales de su niñez en su poesía, específicamente las canciones de cuna de su madre, citando a Mistral, “En estas canciones tú me nombrabas las cosas de la tierra… como para domiciliar a tu hija en el mundo” (10). Desde esta perspectiva, el soneto puede entenderse como una canción de madre, en el sentido en que Mistral concebía este tipo de canción.

La segunda estrofa respalda esta lectura, comparando el entierro con una madre acostando a su hijo: “Te acostaré en la tierra soleada con una / dulcedumbre de madre para el hijo dormido” (72). Y la voz poética convierte metafóricamente la sepultura en una cuna: “y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna / al recibir tu cuerpo de niño dolorido” (72). Las descripciones, “soleada”, “dulcedumbre”, “suavidades” crean un tono sereno, y al llamarlo, “niño dolorido” infantiliza el hijo y minimiza la muerte. Tradicionalmente, otra función de las canciones de cuna suele ser la afirmación de que todo estará bien, lo que expresa la voz poética cuando jura volver a su lado “¡y después hablaremos por una eternidad!” (72). En mi interpretación, el uso de una canción de cuna rompe las barreras entre el texto y el lector porque la experiencia de escuchar palabras así de una madre es casi universal. La voz poética se dirige a su hijo en segunda persona lo que también convierte el lector en el destinatario del soneto. La voz poética parece mecer el lector con la métrica regular, el tono de consuelo y la promesa del amor eterno de una madre. Al mismo tiempo, el uso de la primera persona, posibilita que el lector se conecta más con la voz poética y experimenta el dolor de una madre en luto.

Sin embargo, la canción de cuna termina abruptamente en los últimos tres versos del poema cuando la voz poética recuenta, “Y yo lo dije al Señor:” (73). La forma vuelve a parecer una oración, pero solo en el sentido de que la voz poética intenta hablar con Dios. El uso de exclamaciones e imperativos cambia el modo y el volumen del poema: “¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales / o le hundes en el largo sueño que sabes dar!” (73). El consuelo y reafirmación de la primera parte se convierte en pánico, ira y un desafío a Dios “¿Qué no sé del amor, que no tuve piedad? / ¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!” (73). Las tradiciones orales la religión católica moldeó la vida de Mistral, como explica Mauro (10). Desde antes de tener memoria, escuchaba la recitación de la Biblia en casa por su hermana, y de su abuela, quien sabía el Antiguo Testamento de memoria, y cuenta Mistral, “me lo hacía repetir con mi media lengua” (10). La inclusión de una especie de oración en el soneto es otro ejemplo del estético posvanguardista de incorporar lo cotidiano con lo culto: la oralidad de lugares domésticos en la forma de un soneto, una forma que requiere alto nivel de literariedad. Lo que hace que este poema provoca una reacción fuerte en el lector es el carácter desafiante de la oración. En lugar de recitar una oración convencional, en el catolicismo de Mistral existen varias oraciones para cada situación, la voz poética habla con Dios como si hablara con otro ser humano: lo tutea, le grita, lo cuestiona y le exige respuestas. La autenticidad de esto resuena con el lector y lo conecta con la voz poética porque entiende que su sufrimiento no se alivia con una oración memorizada. Personalmente, el gran cambio en tono refuerza la conexión que siento con la voz poética porque refleja cómo los padres tenemos que mantener la calma para nuestros hijos, no importa la situación, pero a solas cuando no tenemos que ser fuertes para ellos, es cuando podemos expresar nuestra rabia y desesperación.

III.La poesía irreverente

Esta idea de expresar sentimientos auténticos y cuestionar todo también se figura de forma prominente en la poesía irreverente de Nicanor Parra, otro poeta posvanguardista quien experimentó con el lenguaje coloquial y la irreverencia para cuestionar las normas de la sociedad y rechazar la imagen redentora del poeta. Guillén y Mistral usaron el realismo en su poesía para reconocer, celebrar y preservar tradiciones culturales, en cambio Parra solo representaba el mundo real, “para rebajarlo y negar sus valores” (55). En “La poesía post-vanguardista en Hispanoamérica”, Alberto Julián Pérez explica que esta tendencia de anti-poesía rechaza tanto la decadencia y los excesos del vanguardismo como el compromiso social de posvanguardistas como Pablo Neruda y Carlos Vallejo (53 – 55). Pérez subraya que, al burlarse de los otros movimientos, la poesía irreverente llega a ser la tendencia posvanguardista que más dialoga con las demás y, en consecuencia, la más innovadora (55). El poema, “La montaña rusa” ejemplifica cómo la intertextualidad, el lenguaje cotidiano y soez proporciona una experiencia sensorial para el lector y una invitación a unirse al mundo literario.

En “La montaña rusa”, la voz poética empieza con la declaración que “la poesía fue / el paraíso del tono solemne. / Hasta que vine yo” (Parra 540). Parra reduce la distancia entre el lector y la voz poética al escribir versos cortos, en la primera persona, en un tono conversacional, con lenguaje cotidiano. De igual manera, se puede inferir que la voz poética corresponde a Parra mismo, ya que es la declaración de un poeta que se integró la escena literaria para desestabilizarla o rescatarla del aburrimiento. Parra parodia el recurso literario más típico de la poesía: la metáfora, para introducir su nuevo estético “y me instalé con mi montaña rusa” (540). En esta metáfora revela la influencia del vanguardismo: el uso de metáforas y del posvanguardismo: una máquina moderna como el sujeto.

Como explicó el Dr. José Moreno en su presentación sobre la poesía de Jorge Luis Borges, los posvanguardistas se fascinaban por los avances tecnológicos del siglo XX y centraban su poesía en la cuidad, las máquinas, y la vida urbana. De ahí que la elección de una montaña rusa para representar su poesía pueda entenderse como una parodia de fascinación por la tecnología y la modernidad. Aunque la montaña rusa es una invención impresionante, no cumple ninguna función utilitaria. Según dice Pérez, las poetas de la poesía irreverente “exponen el sin sentido” del mundo moderno y “la inutilidad de una praxis libertadora” de la poesía (55). Una montaña rusa es un vehículo que no va a ninguna parte, no pretende avanzar la humanidad mediante el transporte o la automatización de un trabajo, sino para producir una sensación, una ráfaga de adrenalina con su velocidad vertiginosa y su peligro controlado. Parra desafía la noción posvanguardista, señalada por Pérez, de que la poesía debe tener “un fin práctico”, y demuestra que la poesía existe para sacudir al lector y hacer que se sienta algo, sea bueno o malo, lo importante es una experiencia vívida.

  La segunda estrofa extiende una invitación indiferente al lector a participar en la poesía, “Suban, se les parece” (540). Esta actitud que representa una ruptura con la poesía posvanguardista que buscaba conexión con el lector. Parra no escribe para satisfacer una audiencia, tampoco le importa su reacción, “Claro que no responde si bajan / echando sangre por boca y narices.” (540). Es un rechazo contundente del estético de realismo socialista que caracterizaba otras tendencias que buscaba “proponer en el mundo de ficción algún tipo de solución ideal liberadora a la situación de injusticia que vivía” y desvaloraba las metáforas por ser inaccesible y confusas para el público (Pérez 54). A mi juicio, el nihilismo de Parra resuena más con el lector contemporáneo que una apelación ingenua ya que muchos de nosotros están desilusionados con el mundo. Parra abre la puerta a la poesía para el lector, le ofrece diversión y risa, sin tener que pensar en temas pesados. La poesía de Parra es una experiencia sensorial por la imaginería y descripciones corporales, en mi caso, un suspiro de alivio al sentir que solo es poesía, relájate, déjate divertir por un minuto breve en el mundo moderno lleno de “deshumanización, alienación, y cosificación” (55).

La poesía posvanguardista de la llamada negritud, el amor y la irreverencia son ejemplos de cómo poetas latinoamericanos del siglo XX bajaron de sus torres de marfil para acercar la poesía al público. Integrando la cultura popular, lenguaje cotidiano crearon una poesía destinada a ser leída en voz alta y experimentada por el cuerpo, no solamente el cerebro. Terry Eagleton escribió que la poesía es prueba que el lenguaje “no nos separa de la realidad, sino que nos ofrece un acceso más profundo a ésta” (85). Yo creo que esto se debe a los aspectos formales de la poesía que Eagleton describe en Como leer un poema: como el ritmo, la métrica, la sintaxis entre otros, que nos obligan a hablar y respirar de una manera específica al poema. Leer un poema significa sincronizarse con el poeta en un “juego cruzado e interactivo entre el cuerpo del texto y el cuerpo del sujeto”, como postulan Cáramo-Huechante y Mazzotti, en su presentación “Dislocamientos de la poesía latinoamericana en la escena global” (15).

En la prosa, una novela, por ejemplo, suele relatar una historia al lector, dándole el contexto necesario para entender: el lugar, la trama, la cronología, los motivos o pensamientos de los personajes, etc. La poesía, en cambio, le puede transportar directamente al mundo de la voz poética y dejar que el lector proporcione el contexto según su propia interpretación y experiencias personales. En “Los sonetos de la muerte” me hallo en un entierro, circunstancia bastante común. Sin embargo, la métrica, el tono, y la imaginería me evocan la imagen de una madre cantándole a su hijo para que durmiera, por la última vez. Inmediatamente, conecto con la voz poética porque me recorda a mi propio hijo y cómo le había acostado cuando era bebé. Empiezo a llorar y siento en mi cuerpo la emoción expresada por la voz poética. En contraste, las palabras africanas que empiezan “Sensemayá” me colocan en un mundo ajeno, y mi falta de comprensión me obliga a prestar atención la sonoridad, y la repetición me familiariza con las palabras, cojo el ritmo y las palabras no ya sueñan extrañas, sino como los golpes de un tambor. Después de una estrofa ya soy una observadora sino una participante, balanceándome y marcando la cadencia con los dedos. “La montaña rusa” me sacude, al pensar en la ironía de criticar la poesía con un poema. Me río de la irreverencia, asiento con la cabeza de acuerdo con la voz poética, pero al final hago una mueca de asco al recordar los mareos que las montañas rusas provocan en mí. Eso representa la “inmersión en la especificad del lenguaje” que Cáramo-Huechante y Mazzotti reconoce como parte del proceso de leer un poema (15). Considerando que la poesía el “archivo de las experiencias casi sensoriales perdidas” tenemos en Guillén la experiencia de un canto colectivo en contra de la opresión, Mistral preserva las canciones de la cuna y tradiciones orales del ámbito doméstico y Parra capta el lenguaje, el humor y la desilusión con vida en el siglo XX y XXI.

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Obras citadas

Cárcamo-Huechante, Luis, and José Antonio Mazzotti. “Presentación: Dislocamientos de la poesía latinoamericana en la escena global.” Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, vol. 29, no. 57, 2003, pp. 9-21.

Cuneo, Ana María. “La oralidad como primer elemento de formación de la Poética Mistraliana.” Revista Chilena De Literatura, n.º 41, abril de 2016, pp. 5-13. https://revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/view/39909.

Eagleton, Terry. “En busca de la forma.” Cómo leer un poema. Trad. Mario Jurado. Madrid: Akal, 2007, pp. 81-125.

Gombrowicz, Witold. “Contra los poetas.” Contra los poetas. Buenos Aires: Interzona, 2015, pp. 27-45.

Guillén, Nicolás. “Sensemayá (Canto para matar a una culebra).” Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914–1987), editado por José Olivio Jiménez, Alianza Editorial, 2015, pp. 292-293.

Mauro Castellarín, Teresita. “La Poesía de Nicolás Guillén.” Ensayos: Revista de la Facultad de Educación de Albacete, no. 4, 1990, pp. 9-24. Dialnet, https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2282048.

Mistral, Gabriela. “Los sonetos de la muerte.” Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914–1987), editado por José Olivio Jiménez, Alianza Editorial, 2015, pp. 71-73..

Moreno, José. “Sesión 5.” SPAN-6343.796 20th Century Spanish-American Poetry, University of Texas Permian Basin, 28 de julio 2026. Clase por Zoom.

Parra, Nicanor. “La montaña rusa.” Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (1914–1987), editado por José Olivio Jiménez, Alianza Editorial, 2015, pp. 532.

Pérez, Alberto Julián. “Notas sobre las tendencias de la poesía post-vanguardista en Hispanoamérica.” Hispania, vol. 75, no. 1, 1992, pp. 50- 59.

Sefamí, Jacobo. “Neobarrocos y neomodernistas en la poesía latinoamericana.” Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, coordinado por F. Sevilla y C. Alvar, vol. 3, Castalia, 2000, pp. 420- 427..

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Amy Montoya vive en Austin, Texas con su hijo y tres gatos. Es maestra de matemáticas y estudiante de una maestría en español. Sus pasiones son la literatura latinoamericana y el senderismo.

La permanencia de la poesía latinoamericana a través del tiempo

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La permanencia de la poesía latinoamericana a través del tiempo

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La poesía tiene la capacidad de seguir siendo relevante mucho tiempo después de haber sido escrita. A través de imágenes, símbolos y distintos recursos expresivos, los poetas no solo representan la realidad de su época, sino que también invitan a reflexionar sobre aspectos de la condición humana que siguen presentes en la actualidad. La poesía latinoamericana del siglo XX es un claro ejemplo de ello, ya que aborda temas como la injusticia social, la ruptura con las normas establecidas y las relaciones humanas desde perspectivas innovadoras y críticas. Poemas como “Negro sin nada en tu casa”, de Manuel del Cabral, “La montaña rusa”, de Nicanor Parra, y “Piedra de sol”, de Octavio Paz, muestran que estas preocupaciones continúan vigentes. El propósito de este ensayo es analizar cómo la poesía mantiene su vigencia a través de la denuncia social de la poesía de la negritud, la irreverencia de las vanguardias y la exploración del amor, temas que continúan formando parte de la experiencia humana.

I.La poesía de la negritud

La poesía de la negritud surgió en América Latina como una respuesta a siglos de discriminación y exclusión de las comunidades afrodescendientes. Más que representar costumbres o tradiciones africanas, esta corriente buscó reivindicar la identidad negra y denunciar las desigualdades sociales heredadas del colonialismo. Uno de sus principales representantes fue Nicolás Guillén, quien defendía una poesía comprometida con la realidad de su pueblo. En el prólogo de Sóngoro cosongo (1931), el poeta cubano reconoce que sus versos podían incomodar porque trataban “asuntos de los negros y del pueblo” y afirma que “el espíritu de Cuba es mestizo” (Guillén 2). Esta idea también aparece en “La canción del bongó”, poema publicado en el mismo libro, donde la voz poética afirma que el bongó “convoca al negro y al blanco” y presenta a Cuba como una “tierra, mulata / de africano y español” (Guillén 29). De esta manera, Guillén presenta la identidad cubana como resultado de la presencia de ambas herencias culturales, la africana y la española. Sin embargo, su poesía no se limita a afirmar esa identidad, sino que también denuncia las desigualdades que afectan a la población negra. En “Caña”, la oposición entre “El negro / junto al cañaveral” y “El yanqui / sobre el cañaveral” (Guillén 39) muestra de manera sencilla pero contundente la diferencia entre quien trabaja la tierra y quien ejerce el poder sobre ella. Así, Guillén combina la afirmación de la identidad afrocubana con una crítica a las desigualdades raciales y económicas, utilizando la poesía como instrumento para cuestionar las jerarquías impuestas por la historia.

Esta misma preocupación se manifiesta en “Negro sin nada en tu casa”, de Manuel del Cabral. Desde los primeros versos, el poeta presenta una paradoja profundamente injusta: “Yo te he visto cavar minas de oro / —negro sin tierra—. / Yo te he visto sacar grandes diamantes de la tierra / —negro sin tierra—.” (Del Cabral 386). El yo lírico observa cómo el trabajador negro extrae las mayores riquezas del suelo sin poseer absolutamente nada. La repetición del verso “negro sin tierra” funciona como un estribillo que resume la contradicción central del poema: quien produce la riqueza permanece excluido de ella.

La imagen del sudor constituye otro de los símbolos más poderosos del poema. La voz poética del poema de Manuel del Cabral afirma: “Y siempre tu sudor que no termina de caer en la tierra. / Agua de tu dolor que fertiliza más que el agua de nube.” (Del Cabral 386). El sudor deja de representar únicamente el esfuerzo físico para convertirse en el símbolo del sacrificio acumulado durante generaciones de trabajadores afrodescendientes. Al describir ese sudor como mejor abono que la lluvia, el poeta subraya que la riqueza de la tierra no proviene de la naturaleza por sí sola, sino del trabajo humano que históricamente ha sido explotado y desvalorizado.

Otro contraste importante ocurre cuando la voz poética denuncia que todo ese esfuerzo beneficia únicamente un lado de una relación cruelmente desequilibrada: “Y todo para aquél / que tiene cien corbatas, cuatro coches de lujo, / y no pisa la tierra.” (Del Cabral 386). La oposición entre el trabajador que vive en contacto permanente con la tierra y el propietario que disfruta de la riqueza sin trabajarla evidencia una crítica al sistema económico y social que perpetúa la desigualdad racial. Así, el poema va más allá de la denuncia individual para cuestionar las estructuras de poder que concentran la riqueza en manos de unos pocos mientras condenan a otros a la pobreza.

El último verso de la primera sección resume la crítica del poema: “Sólo cuando la tierra no sea tuya, / será tuya la tierra.”(Del Cabral 386). Esta aparente contradicción revela la ironía de una sociedad en la que quienes dedican su vida a trabajar la tierra nunca llegan a poseerla. La frase expresa el absurdo de un sistema construido sobre la explotación y la injusticia, convirtiéndose en una denuncia que conserva plena vigencia.

En la segunda sección del poema, la denuncia va más allá de explotación material y se desplaza hacia una dimensión más profunda. El hablante sugiere que el trabajador negro ha sido privado incluso del descanso y de la posibilidad de vivir plenamente. La afirmación “Nunca te vi dormido… / No te dejan dormir” (Del Cabral 386) convierte la explotación en una condición permanente que invade todos los aspectos de la existencia. La injusticia ya no consiste únicamente en la pobreza, sino en la negación de la dignidad humana.

La intención de Manuel del Cabral coincide con la concepción de la poesía defendida por Nicolás Guillén. Ambos autores utilizan la palabra poética para dar voz a quienes han sido históricamente marginados y para denunciar las consecuencias del racismo estructural. Aunque “Negro sin nada en tu casa” y Sóngoro cosongo fueron poemas escritos hace más de ochenta años, las desigualdades que denuncian no han desaparecido. En distintos países de América Latina, las poblaciones afrodescendientes continúan registrando mayores índices de pobreza, menor acceso a la educación superior, peores oportunidades laborales y una representación política limitada en comparación con el resto de la población

Asimismo, muchas comunidades afrodescendientes siguen enfrentando procesos de desplazamiento, discriminación y exclusión del acceso a la tierra y a otros recursos económicos. En este contexto, la paradoja planteada por Manuel del Cabral —el trabajador que produce la riqueza sin poder disfrutar de ella— conserva una profunda vigencia, pues recuerda que el bienestar y la acumulación de riqueza de algunos sectores suelen sustentarse en el trabajo de quienes permanecen excluidos de sus beneficios. De este modo, el poema trasciende su momento histórico para hacer reflexionar al lector contemporáneo.

II.La poesía irreverente y antisolemne

La poesía irreverente utiliza el humor, la ironía y la provocación para cuestionar las normas literarias y sociales. En lugar de presentar la poesía como una expresión solemne y elevada, la convierte en un espacio de crítica y reflexión. Dentro de esta corriente, Nicanor Parra ocupa un lugar fundamental con su propuesta de la antipoesía. En “La montaña rusa”, el poeta emplea un lenguaje coloquial, imágenes humorísticas y una actitud desafiante para romper con la solemnidad de la tradición poética. La irreverencia del poema no constituye únicamente un recurso cómico, sino una estrategia mediante la cual Parra transforma la relación entre el poeta, la poesía y el lector. Precisamente esa capacidad de cuestionar las convenciones establecidas explica por qué “La montaña rusa” continúa resultando vigente para los lectores actuales.

La propuesta de Parra puede entenderse dentro de las transformaciones de la poesía posvanguardista latinoamericana. Alberto Julián Pérez explica que, tras las vanguardias históricas, muchos poetas hispanoamericanos reformularon su relación con esa tradición, desarrollando nuevas estrategias de expresión sin abandonar el propósito de acercar el arte a la vida y cuestionar los modelos anteriores (51). La poesía dejó de seguir un único modelo estético y comenzó a desarrollar diversas estrategias para cuestionar las convenciones heredadas. Entre esos autores se encuentra Nicanor Parra, cuya obra representa una reacción tanto contra la poesía tradicional como contra la solemnidad que incluso la propia vanguardia había adquirido.

Leónidas Morales define esta ruptura con mayor precisión al afirmar que la antipoesía de Parra establece un diálogo “contestatario, o mejor, subversivo” (36) frente a los modelos dominantes representados por Huidobro, Neruda y De Rokha. Según Morales, esta transformación afecta tres elementos fundamentales: el sujeto de la enunciación, el lenguaje y la estructura del poema. Estos tres aspectos pueden observarse claramente enLa montaña rusa”, donde Parra no solo critica la tradición poética, sino que construye un poema que contradice deliberadamente sus convenciones.

La primera manifestación de esa subversión aparece en el hablante poético. El poema comienza con una afirmación provocadora: “Durante medio siglo la poesía fue / el paraíso del tonto solemne” (Parra 540). Con esta expresión, Parra desacraliza la imagen tradicional del poeta. La palabra “solemne”, que normalmente se asocia con prestigio y profundidad intelectual, queda unida a “tonto”, produciendo un efecto irónico que ridiculiza la autoridad de la poesía tradicional. El hablante no critica únicamente a ciertos autores, sino una concepción completa de la literatura basada en la seriedad, el prestigio y la superioridad intelectual.

La actitud desafiante continúa cuando el hablante afirma: “Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa” (Parra 540). La exageración de “Hasta que vine yo” parece presentar al poeta como un salvador de la literatura, pero precisamente esa exageración convierte la frase en una parodia. En lugar de presentarse como un profeta o un guía espiritual, el hablante aparece como el encargado de una atracción de feria. De esta manera, Parra reemplaza la imagen tradicional del poeta inspirado por una figura cercana al espectáculo y al entretenimiento, demostrando que la poesía también puede construirse desde el humor y la cotidianeidad.

La segunda ruptura se encuentra en el lenguaje. A diferencia de la poesía solemne, Parra utiliza expresiones sencillas y conversacionales como “Suban, si les parece” (Parra 540). El poema evita el vocabulario elevado y adopta un registro cercano al habla cotidiana. Esta elección confirma la intención de aproximar la poesía a la experiencia común del lector. La sencillez, sin embargo, no implica pobreza expresiva. Al contrario, el contraste entre un lenguaje ordinario y una reflexión sobre la propia poesía produce uno de los efectos más característicos de la antipoesía: demostrar que cualquier forma de hablar puede convertirse en lenguaje poético cuando cumple una función estética y crítica.

La metáfora de la montaña rusa resume el proyecto poético de Parra. Leer poesía deja de ser una actividad contemplativa para convertirse en una experiencia física e impredecible. La montaña rusa simboliza el vértigo, el cambio constante y la pérdida de estabilidad. Del mismo modo, la antipoesía pretende desorientar al lector y obligarlo a abandonar las expectativas tradicionales sobre lo que debe ser un poema. La invitación “Suban, si les parece” convierte al lector en participante activo de esa experiencia y no en un simple observador (Parra 540).

El poema concluye con una imagen de humor negro: “Claro que yo no respondo si bajan / echando sangre por boca y narices” (Parra 540). La exageración resulta claramente absurda, pero cumple una función importante. La violencia grotesca representa el impacto que la antipoesía puede producir sobre quienes esperan encontrar una poesía convencional. El hablante incluso utiliza una expresión propia del lenguaje cotidiano -“yo no respondo”- como si estuviera evitando responsabilizarse después de una atracción peligrosa. Con ello, Parra mezcla el discurso literario con el lenguaje común y reafirma su intención de romper las fronteras entre ambos.

La importancia de la risa en la poesía está en que permite cuestionar aquello que normalmente se acepta sin discusión. En “La montaña rusa”, el humor no disminuye el valor del poema; por el contrario, lo convierte en un instrumento de crítica. Parra demuestra que la poesía no necesita limitarse a temas tradicionalmente considerados profundos, como el amor, la muerte o la existencia. La risa también puede conducir a la reflexión, ya que obliga al lector a observar la realidad desde una perspectiva distinta y a reconocer el carácter artificial de ciertas convenciones literarias. Esa capacidad de cuestionar lo establecido explica la permanencia del poema. Aunque hoy los modelos literarios sean diferentes a los de 1962, los lectores siguen enfrentándose a normas, discursos y autoridades que rara vez ponen en duda. La invitación de Parra a desconfiar de esas certezas continúa siendo una experiencia profundamente actual.

En conclusión, “La montaña rusa” demuestra que el humor puede convertirse en una forma de crítica literaria tan profunda como cualquier reflexión filosófica. Mediante la ironía, el lenguaje coloquial y la metáfora de una atracción mecánica, Parra transforma la poesía en una experiencia que cuestiona las expectativas del lector y rompe con la tradición solemne que había dominado gran parte de la poesía latinoamericana. Sin embargo, la importancia del poema no se limita al momento histórico en que fue escrito. Su verdadera vigencia reside en que invita al lector de cualquier época a desconfiar de las ideas aceptadas, a cuestionar las convenciones y a reconocer que la literatura también puede construirse desde el humor. Más de sesenta años después de su publicación, “La montaña rusa”continúa provocando la misma incomodidad y reflexión, confirmando que la irreverencia sigue siendo una herramienta fundamental para comprender y transformar la realidad.

III.El amor

Si en las secciones anteriores la poesía latinoamericana demostró su atemporalidad mediante la denuncia social y la irreverencia, en “Piedra de sol” de Octavio Paz esa permanencia se manifiesta a través del amor y el erotismo. Más que representar una experiencia sentimental, el poema convierte el amor en una búsqueda de unidad entre el individuo, el otro y el tiempo. Como señala Silvestre Manuel Hernández, “Piedra de sol posee una estructura en espiral cuyo centro es el amor (67). Aunque la antología recoge únicamente fragmentos del poema, estos permiten apreciar cómo el encuentro amoroso transforma la percepción del hablante y reorganiza su relación con el mundo. Esta concepción ayuda a comprender por qué “Piedra de sol” continúa dialogando con el lector contemporáneo.

Una de las razones por las que “Piedra de sol” continúa siendo un poema vigente es que Octavio Paz no presenta el amor únicamente como un sentimiento, sino como una experiencia que transforma la manera en que el ser humano percibe la realidad. Más que describir una historia de amor, el poema intenta representar lo que ocurre en la conciencia cuando el individuo se encuentra con el otro. En este sentido, la experiencia amorosa altera la percepción del tiempo, del espacio y de la propia identidad. Como señala Silvestre Manuel Hernández, el amor constituye el centro de la estructura en espiral del poema, por lo que historia, lenguaje y experiencia humana regresan continuamente a esa vivencia fundamental. Sin embargo, la importancia del amor en “Piedra de sol” no radica únicamente en que organiza el poema, sino en que transforma la manera en que el sujeto comprende el mundo.

Esa transformación se manifiesta, ante todo, en la figura de la mujer. Paz no la presenta únicamente como la persona amada, sino como el puente que permite acceder a una comprensión distinta de la realidad. Desde el primer verso del fragmento, el hablante declara: “voy por tu cuerpo como por el mundo” (Paz 559). El cuerpo femenino deja de ser solamente una imagen erótica para convertirse en una forma de conocimiento. Recorrer el cuerpo de la mujer equivale a recorrer el mundo mismo; el encuentro amoroso modifica la percepción del hablante y le permite descubrir una realidad que antes permanecía oculta. Hernández interpreta esta relación afirmando que el cuerpo femenino articula la alteridad, la historia y el lenguaje (66). La mujer, por tanto, no representa únicamente el objeto del deseo, sino la posibilidad de salir del aislamiento individual y comprender el mundo desde la presencia del otro.

Esa transformación de la percepción explica la vigencia del poema. Aunque hoy existan explicaciones psicológicas y neurobiológicas sobre el enamoramiento, la experiencia subjetiva continúa siendo sorprendentemente similar a la descrita por Paz. El enamorado reorganiza su mundo alrededor de otra persona; el tiempo cotidiano pierde su ritmo habitual, los recuerdos adquieren un nuevo significado y la realidad parece observarse desde una perspectiva distinta. En este sentido, “Piedra de Sol” no permanece actual únicamente porque hable del amor, sino porque describe una experiencia humana que continúa siendo reconocible para lectores de cualquier época. El poema no intenta explicar por qué las personas se enamoran, sino cómo cambia su consciencia cuando eso ocurre.

Esta transformación también modifica la identidad del hablante. A medida que avanza el poema, el recorrido por el cuerpo de la mujer deja de ser únicamente un desplazamiento físico para convertirse en un proceso de pérdida y reconstrucción del propio yo. Al final del pasaje, el hablante afirma: “mi sombra despeñada se destroza, / recojo mis fragmentos uno a uno / y prosigo sin cuerpo, busco a tientas” (Paz 560). El encuentro amoroso no reafirma una identidad estable, sino que la transforma profundamente. El individuo deja de percibirse como un ser aislado y experimenta una forma distinta de comprenderse a sí mismo. Esta representación del amor continúa siendo vigente porque expresa una experiencia emocional que muchos lectores siguen reconociendo en la actualidad.

La relación entre el amor, el tiempo y la permanencia adquiere todavía mayor significado al considerar el título del poema. “Piedra de sol” remite a la Piedra del Sol de la cultura mexica y a una concepción del tiempo vinculada con los ciclos del universo. Como explica María Eugenia Moscoso, su simbología se encuentra relacionada con la piedra monumental que para los mexicas se traducía en su calendario y que puede entenderse como una representación de la fusión del mundo cósmico (144). Esta concepción también se refleja en la estructura misma del poema. Moscoso señala que “Piedra de sol” está compuesto por 584 versos endecasílabos, cifra que corresponde al ciclo de Venus en relación con la Tierra y el Sol, que se completa aproximadamente cada 584 días (143). Paz reproduce ese movimiento cíclico haciendo que los seis versos con los que comienza el poema reaparezcan al final, de manera que principio y fin se encuentran y el poema parece volver a comenzar. La estructura circular no es, por tanto, un elemento accidental, sino que refuerza la concepción del tiempo que atraviesa toda la obra. Esta circularidad también permite comprender mejor la atemporalidad del amor que presenta Paz: las épocas cambian y los individuos desaparecen, pero la experiencia de encontrarse con el otro, perderse en él y reconstruirse vuelve a repetirse. Así, el título “Piedra de sol” conecta el antiguo tiempo cíclico de la cosmología mesoamericana con una experiencia humana que también parece renovarse continuamente.

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Works Cited

Cabral, Manuel del. “Negro sin nada en tu casa.” Antología de la poesía hispanoamericana       contemporánea (1914–1987), edited by José Olivio Jiménez, Alianza Editorial, 2015, pp.    386 – 88.

Guillén, Nicolás. Sóngoro cosongo. Biblioteca Virtual Universal, 2003.

Hernández, Silvestre Manuel. “Historia, tiempo y lenguaje en Piedra de sol.” Fuentes       Humanísticas, vol. 25, no. 46, 2013, pp. 65–78.

Moscoso, M. E. “Piedra de Sol: Un peregrinaje desde el cosmos al hombre – Octavio Paz   (1957)”. Pucara, vol. 1, n.º 23, marzo de 2019, pp. 139-47, https://doi.org/10.18537/puc.23.09

Morales Toro, Leónidas. “Subversión y espectáculo: la antipoesía de Nicanor Parra.” Revista   Chilena de Literatura, no. 91, 2015, pp. 35–50.

Parra, Nicanor. “La montaña rusa”. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea   (1914–1987), edited by José Olivio Jiménez, Alianza Editorial, 2015, p. 532.

Paz, Octavio. “Piedra de sol.” Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea   (1914–  1987), edited by José Olivio Jiménez, Alianza Editorial, 2015, pp. 559 – 64.

Pérez, Alberto Julián. “Notas sobre las tendencias de la poesía post-vanguardista en       Hispanoamérica.” Hispania, vol. 75, no. 1, 1992, pp. 50–59.

 


Juliana Carlson es profesora de español de nivel secundario en Woodcreek High School, en Roseville, California. Nació en Suecia, pero es brasileña de origen y vivió en Río de Janeiro, Brasil, hasta los veinticuatro años. Actualmente cursa una maestría en español en la Universidad de Texas—Permian Basin, donde continúa profundizando sus estudios de lengua y literatura hispánicas.

Una breve crónica sobre el básquet, el rock, el amor juvenil y otras peripecias menos dramáticas

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Una breve crónica sobre el básquet, el rock, el amor juvenil y otras peripecias menos dramáticas

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Era 1959, un 6 de mayo, y se estrenaba el Rock de la Cárcel con Elvis Presley en el cine de Las Américas en la Ciudad de México, entonces Distrito Federal. Evento que, tiempo después, reseñaría el escritor Parmenides García Saldaña, quien describió el caos frenético de una juventud desbordada. Pude asistir a ese emblemático acontecimiento que precisamente en esa fecha cumplía15 años, regalándome una aventura que nunca olvidaré. Aquella frenética juventud, ellas de crinolina y nosotros de copete envaselinado, contagiados por el fanatismo hacia el rock y su indiscutible Rey, desató una tormenta de cerillos encendidos, que pronto se convirtió en papeles, periódicos, camisetas, vasos de cartón, y cualquier objeto inflamable a la mano…Ante la obvia posibilidad de un terrible incendio, y al ritmo tonificante del Rock de la Cárcel, iniciamos una estampida hacia la salida principal, con el pánico a cuestas, temerosos de morir achicharrados en una inmensa fogata con aroma a juventud y colonia Sanborn.

En el amplio lobby de aquella sala de cine, forzando puertas y rompiendo cristales, logramos ver la calle como un paraíso salvador. Con espanto vimos que una veintena de camiones de granaderos, ejército represor macana en mano, iniciaron su despiadada misión. Yo, con la agilidad adquirida como basquetbolista y bailarín de rock, pude sortear macanazos y zancadillas, logrando escapar de aquel ejército de gorilas desalmados, dispuestos a poner orden a punta de cabezas descalabradas y huesos rotos.

Vivía el rock and roll y el basquetbol con igual pasión. Participé en varias presentaciones de rock con mi atuendo fosforescente, imitando la versátil y magnética combinación de Elvis y Chuck Berry. Uno zangoloteando la provocativa pelvis y sacudiendo su copete tieso y rimbombante; el otro con el cuello como resorte y la ágil elasticidad de sus piernas. Ambas imitaciones me permitieron ganar concursos estudiantiles de rock, ritmo que estaba en plena ebullición en esos años.

En el Instituto Patria viví con amplitud ambas pasiones, el rock y el basquetbol. Allí el básquet, entre otros deportes, gozaba del especial aprecio de los jesuitas, como también las clases de Apologética, impartidas por uno de ellos, austero y sabio, de nombre Isaac Malpica.

Pululaban apellidos de esos que con el transcurso de los años llegarían a la cima de la política y el empresariado de alta gama: Larrea, Oseguera, Carriles, Petricioli, Rosada Etchegaray, Palafox, Trouyet Hauss, Elorduy Candiani, entre otros. Todos encaminados a heredar el control del país, algo que se llegó a cumplir con creces. Entre ellos recuerdo el apellido de un muy buen novelista que, sin embargo, descendió a la triste y denigrante encomienda de intelectual orgánico de la desfigurada política del PRIAN: Héctor Aguilar Camín.

 

II

En el trayecto de mi departamento a la parada del camión urbano que me trasladaba a diario al Instituto Patria, siempre pasaba por una majestuosa residencia de pinos y barda alta. En su doble puerta de metal, también alta y muy robusta, como en un sueño, me topaba con una réplica de Alicia en el País de las Maravillas. Era una güerita de cara y piernas atractivas, con su uniforme azul marino y delantal blanco, custodiada por una asistente doméstica uniformada y un perro Collie de gran tamaño, atado a una fina correa de piel.

Pasé durante meses por la acera de enfrente, por aquello de una posible agresión de aquel impredecible can de aristocrática presencia. Me deleitaba de lejos, viendo con discreción aquella escena bucólica y provocativa de mis más nobles deseos: acariciar el pelo de oro de aquella chispeante jovencita y darle un beso en esas mejillas salpicadas de algunas pecas irlandesas, de color rosado juvenil y apetitoso.

Una mañana, después de lavarme los dientes y tomar mi mochila, rumbo a la parada de autobuses de la avenida Mariano Escobedo (yo vivía en la avenida Melchor Ocampo), escribí una una nota: “Me encanta tu belleza. ¿Algún día podré conocerte? Mi teléfono: 142782. Por las tardes estaré pendiente”.

Decidido a todo, tomé el lado de la acera donde ella esperaba el camión de su colegio. Caminé con el sentimiento del conquistador frente a la incertidumbre de aquel intento de conquista. Resuelto y con paso firme extendí mi mano aderezada por una amigable sonrisa, ella extendió la suya, tomó el papel de mi declaración, sonrió también, y me fui elevado a varios metros del piso a tomar mi camión de la ruta Juárez-Loreto, sentí que abordaba una carroza medieval hacia la estratosfera de un castillo encantado.

Ese día me pareció muy largo, esperé toda la tarde su respuesta, hasta que el campaneo del teléfono me pareció una llamada celestial. Fue un inicio feliz, por la timidez de su dulce voz adolescente supe que era algo deseado por ella también. Desde ese momento ella existió para mí: “Mi nombre es María Luisa Arzoz Arenas, dijo, afirmando, tengo 14 años…etc”. Su apellido vasco conjugaba a la perfección con el mío, era sin duda, un buen inicio.

Dejaré en pausa esta historia de amor, sus vicisitudes y logros los narraré en otro momento, por ahora adelanto que ambos aprendimos a besarnos en el bucólico paisaje del Bosque de Chapultepec, a donde nos solíamos escapar con la vigilancia de nuestra cómplice de amoríos clandestinos, la asistente doméstica que nos “echaba aguas” para no ser descubiertos en plena calistenia de amor adolescente.

 

III

Sin recordar cómo y por qué fui nombrado capitán del equipo de básquet, lo bauticé como Mau Mau Gan, en honor de una tribu guerrillera africana de Kenia que luchó contra el colonialismo británico a mediados del siglo XX.

Contagiado por el espíritu combativo de esa tribu, decidí bautizar con ese sugestivo nombre a mi equipo, que en 1959 llegó a conquistar el título de Campeón de Campeones en la liga que enlazaba a los colegios jesuitas de varias partes de México. La final de ese año fue en el Colegio Oriente de Puebla, donde logramos la honrosa presea.

Algo que fue extraordinario, sin duda, se debió a las características de la mayor parte de los integrantes del equipo: como una premonición de lo que sería mi vida a partir de mis años de universidad, se dio, sin proponérmelo, una amalgama entre el básquet y destacados descendientes de muy altos protagonistas de la llamada Alta Cultura, así como destacados miembros del mundo empresarial.

Basta con mencionar los nombres de los miembros de mi equipo. José Vasconcelos García, Vicente “Changuito” García Cabral, Francisco Plancarte García Naranjo, Arturo Ordorica Constantine, Mario Melgar Adalid, Alejandro Martínez Muriel, David Alonzo Corres Zincunegui, todos heroicos miembros del equipo Mau Mau Gang, quienes, con un aguerrido estilo de codazo discreto, patada igual y gritos de combate africano, lograron que nos colocáramos a la cabeza de aquella liga juvenil.

El Changuito, amigo solidario de gran carácter, expropiaba de la cartera de su padre, el Chango García Cabral, gran caricaturista de muy alto nivel, una suma de dinero suficiente para escaparnos dos o tres veces al mes hacia un espacio bucólico conocido como la Hípica Andaluza en Tecamachalco, espacio aún despoblado por aquellos años, lomerio verde esmeralda con sabor a película de caballería del Cid Campeador. Con lo hurtado por el Changuito, con lonche en mano, cabalgábamos tres a cuatro horas en finos albardones, cada quince días.

Estas heroicas jornadas de caballería se terminaron súbitamente el día que fue descubierto nuestro Robin Hood y, como castigo de su clandestina y noble tarea, fue internado en un colegio militar en la ciudad de Kansas, USA. Todo el equipo lo despidió con el corazón arrugado, anhelando que regresara pronto a nuestro equipo, el Mau Mau Gang, y así poder continuar ganando partidos de básquet y cabalgando por aquella antesala del paraíso de aire claro y lomas de verde esmeralda.

31 de Julio 2026

Ciudad Juárez, Chih.

 


Enrique Cortazar estudió una maestría en educación y literatura en la Universidad de Harvard. Hizo estudios en el programa doctoral en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque. Fue promotor cultural y director de museos en Chihuahua y Ciudad Juárez. Ha publicado varios poemarios, entre ellos: Otras cosas y el otoño (Diana, 1978), La vida escribe con mala ortografía (Ediciones de Cultura Popular, 1987), Ventana abierta (UNAM, 1993), Suicidio aplazado (Claves Latinoamericanas, 1994), Variaciones sobre una nostalgia (UNAM, 1998), Crépuscule sur les pavés/Crepúsculo en las calles (Edición bilingüe, Écrites des Forges y Mantis Editores, Quebec, Canadá 2008), Don de la tarde (Mantis Editores, 2014). Algunos de sus poemas han sido publicados en libros de texto de secundaria en Estados Unidos, así como en antologías en Japón, Estados Unidos y España.

Lo que sé de la madre de mi madre

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Paperiporo - Inga Pizāne

Lo que sé de la madre de mi madre

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Murió en marzo.

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De camino a un funeral, se desmayó. La nieve era profunda,

jirones del invierno.

La encontraron al día siguiente.


Le gustaba hacer cajas cosiendo tarjetas de felicitación,

que tenían fotos de flores.

Adoraba las flores.

Tenía un jardín.

No tenía trabajo.

Intentó recomponerse y dejó de emborracharse durante un tiempo.

No había bebido el día de su muerte.

Amaba a otro hombre.


Recuerdo cómo coloreábamos algunos libros

en su casa con mi hermana.

Afuera había una mesa cubierta con un mantel de plástico.


Solo la vi unas pocas veces en mi vida.

Una de esas veces fue en su funeral.

Murió en marzo.

Mi madre lloró mucho. Y yo también,

porque mi madre lloró.

No sabía mucho sobre la muerte,

pero asumí que de ahí no se regresa.

La colocaron junto a mi abuelo,

que había fallecido un año antes.

Ella nació en marzo.

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Versión de Antonio Moreno

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Inga Pizane es poeta, escribe prosa, canciones e hizo estudios en pedagogía. Nació en 1986, en un pueblo al sureste de Letonia, cerca de la frontera con Lituania y Bielorrusia. Ha publicado cuatro poemarios en letón y uno en inglés, Having Never Met (2018), traducido por Jayde Will. Ha sido distinguida con algunos premios y ha participado en varios festivales de literatura. Reside actualmente en Riga.


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Cosmovisión de los deportes

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Los deportes y sus cosmovisiones implícitas

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Cada deporte, de acuerdo con su reglamentación y praxis específicas, conlleva, por así decir, una cosmovisión. Hay deportes que buscan reducir la contingencia y el azar a su mínima expresión, mientras que otros lo integran con cierta naturalidad. Esto significa que hay deportes más platónicos y deportes más nietzscheanos; mientras los primeros buscan, a través de unas circunstancias invariables y un entrenamiento sistemático, unos resultados absolutos, incuestionables, los segundos aceptan que hay contingencias ajenas al deporte en sí que pueden determinar el resultado. En lo que sigue, ejemplificaremos esta hipótesis con cuatro disciplinas diferentes.

     La natación es un ejercicio sumamente racional y matemático, y, por tanto, podría ser la más platónica de entre las disciplinas deportivas. Así, se practica, si nos centramos en la natación tradicional, en piscinas en las que las condiciones de su práctica se han abstraído de cualquier circunstancia que pueda condicionar los resultados. En el mar, en ríos o en lagos, la práctica de la natación está sujeta a corrientes, temperaturas variables, condiciones climáticas adversas o favorables, etc. Una piscina, por contraste, es un espacio platónicamente puro dado que sus dimensiones, la temperatura y calidad del agua, las corcheras, los poyetes de salida, el sistema de cronometraje, etc., todo está sujeto a una reglamentación que debe cumplirse rigurosamente para acoger competiciones. De esta manera, se asegura que ninguna contingencia pueda afectar los resultados. A esta faceta, se añade su aspecto matemático, ya que las distancias clásicas de la natación de competición se ajustan a números que fomentan estrategias basadas en cálculos rigurosos. Así, las distancias de las pruebas (100, 200, 400 metros, etc.) son centenas exactas que favorecen cálculos perfectos (no se trabaja con números primos ni irracionales). Finalmente, los entrenamientos se ajustan a estudios científicos en cuanto a la distancia y el estilo en los que el o la nadadora en cuestión está especializada. Se toma en cuenta una larga serie de factores como las características físicas de la nadadora, su técnica, el calendario de competiciones, los entrenamientos fuera del agua, las estrategias de recuperación, los análisis de grabaciones de vídeo, la gestión del estrés competitivo, etc. Estos y más factores se analizan y sopesan para alcanzar el máximo rendimiento en el momento preciso de la competición para la que se está preparando. De esta forma, se añade un componente científico a este deporte. En suma, podemos concluir que la natación es un deporte que, al menos en teoría, favorece una actitud vital marcada por la planificación cientificista y la mentalidad matemática. Esto no es óbice para que la natación sea un deporte bello en extremo, ya que la perfección de la técnica y del desarrollo de la prueba pueden producir un placer estético sumo en los espectadores (placer seguramente comparable a la contemplación de las proporciones perfectas en el arte clásico).

     El aikido es un arte marcial que también tiene un componente platónico en cuanto que las técnicas que se practican tienen lugar en un espacio ideal, el dojo con su tatami. Los aikidokas van descalzos, visten gi, y las técnicas (waza) se practican en este recinto en el que no hay ningún objeto ni contingencia que pueda interferir con la ejecución de este deporte. Al ser un arte marcial, necesariamente se tiene en cuenta al oponente, pero de una manera reactiva, ya que el aikido no tiene técnicas de ataque, solo de defensa. Este deporte surgió en Japón en las décadas 20 y 30 del siglo XX, y está basado en una filosofía de la armonía y la resolución no violenta de los conflictos. Aunque se fundamenta en otras artes marciales y técnicas de lucha de los samuráis, el aikido solo puede responder a un ataque neutralizando la fuerza que usa el mismo agresor. Hay escuelas de aikido más “realistas” y otras más “idealistas”, en el sentido de que asumen en mayor o menor grado las condiciones concretas de un ataque cuerpo a cuerpo. En cualquiera de los casos, no obstante, las waza están pensadas al mínimo detalle, y generalmente se basan en aceptar un ataque frontal y desviar esa fuerza por medio de un movimiento circular que desestabiliza y neutraliza al agresor. Este arte marcial se fundamenta en un pensamiento de estirpe oriental según el cual todo en el universo está conectado por medio de la energía cósmica ki. Así, según el fundador del aikido, el maestro Morihei Ueshiba, el fin último de las artes marciales (el Budo) es armonizarse con los principios cósmicos: “El Budo no es un medio para derribar al adversario mediante la fuerza o el uso de armas letales. Tampoco se propone conducir al mundo a la destrucción mediante las armas u otros medios ilegítimos. El verdadero Budo requiere ordenar la energía interna del universo, protegiendo la paz del mundo y moldeando y preservando en su forma justa todo lo que existe en la naturaleza.” (Morihei Ueshiba, citado en K. Ueshiba, El espíritu del aikido, 1988). Sería, por tanto, injusto querer caracterizar este deporte con categorías occidentales, pero tiene un componente idealista en el sentido de que hay un espíritu universal que atraviesa todo lo existente; a su vez, este espíritu se manifiesta en la práctica de este arte marcial. El objetivo último de la práctica del aikido es armonizarse con el ki que atraviesa el universo y así contribuir a que el mundo sea más pacífico y benévolo. Es, por tanto, un arte marcial sumamente idealista (también en su sentido filosófico).

     La capoeira es un arte marcial brasileño surgido de una hibridación de culturas africanas, indígenas y europeas, si bien su esencia es principal y eminentemente africana. En sus orígenes era un arte marcial, pero en la actualidad, sin haber perdido su componente de lucha, se ha convertido en una actividad deportiva sobre todo lúdica dado que incluye componentes musicales y de danza. La capoeira no es sólo una lucha, sino una actividad que integra un conjunto de aspectos, entre los cuales se incluyen el canto, la música, la danza y la lucha. La práctica de la capoeira culmina en la roda (rueda), donde los capoeristas forman un corro en el que algunos tocan el berimbao, otros las congas, otros el atabaque, otros el pandero y el resto baten palmas y cantan mientras se turnan para entrar en la roda para simular (a veces se pasa de la simulación a la realidad) un combate entre dos luchadores. Esto significa que la capoeira es un deporte comunitario en gran medida, quizá con origen en danzas rituales. Es también un deporte dialógico, ya que uno simula un ataque, el otro lo esquiva y lanza en respuesta un ataque sorpresa, etc. todo acompañado por el berimbao, las congas y los cantos de los otros participantes de la roda. La competición radica, no en noquear al adversario, sino en mostrar habilidad y astucia superiores, por eso a menudo se ven verdaderas acrobacias en la práctica de este deporte. Cada capoerista busca componer sus movimientos de acuerdo con los de su adversario para así generar un diálogo, un intercambio que a la vez es una performance unitaria. Dado su origen religioso y comunitario, este deporte también ha suscitado reflexiones de índole metafísica: “Algunas veces el Juego parece representar algo mas amplio, como si fuese un teatro en el cual se escenifica el embate de las diferentes personalidades de diferentes individuos -más aún, el choque de diferentes energías que rigen el Juego Mayor. De acuerdo con esta visión, la capoeira es una escuela de sabiduría donde se aprende cómo los seres humanos interactúan en el juego de la vida; y se vislumbra algo (un poco temible) que rige el mundo y el universo.” (Nestor Capoeira, Capoeira, pequeno manual do jogador, 1992). De esta dimensión surge el aspecto nietzscheano de la capoeira, pues en la roda, el capoerista usa la malicia y la simulación para engañar al adversario. Usa, por ejemplo, las acrobacias para desconcertar al contrario, se acerca y aleja sin finalidad aparente solo para aplicar el golpe cuando la oportunidad de dar de lleno sea la mejor. A la vez que la capoeira tiene una faceta profundamente comunitaria, refleja también cómo el individuo puede echar mano de la simulación para triunfar en lo que no deja de ser un combate. En última instancia, no obstante, prevalece la faceta comunitaria dado que todos los integrantes de la roda quedan confirmados como integrantes de la comunidad capoerista y partícipes del espíritu de la misma.

     En comparación, un deporte más puramente nietzscheano sería, por poner un solo ejemplo, el fútbol. Aunque la pericia y el esfuerzo son indispensables en este deporte, el resultado de un partido a menudo depende de factores externos a las virtudes deportivas. Errores arbitrales (incluso en tiempos del VAR) pueden perfectamente determinar el resultado de un partido. La simulación de ser objeto de una falta es una práctica habitual en los partidos profesionales, y tal simulación, si tiene éxito, puede a su vez determinar el resultado. La conocida afirmación “el fútbol es así” expresa precisamente cómo contingencias externas a la habilidad y el trabajo en conjunto pueden ser definitorias para la victoria o derrota. Sin duda, este factor le añade atención mediática al fútbol y coincide con un pensamiento postmoderno de estirpe nietzscheana.


Julio Jensen es profesor titular de literaturas hispánicas en la Universidad de Copenhague. Su trabajo de investigación se centra en la relación entre literatura y filosofía en la producción cultural de los siglos aúreos y XX.


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Dos poemas

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Dos poemas.

                             I
La oración es solo lo que queda
cuando todo está dicho y no hay nada más que decir
Dios es lo que queda cuando todo en lo que uno puede creer
llega a su fin y no hay nada en lo que creer
con heno todavía en el pajar y pan en la mesa
bajo un mantel de lino blanco
Ya he escrito sobre todo esto antes
como otros antes que yo, antes que todos nosotros
pero se acerca el día en que no habrá diferencia
entre decirlo todo en solo un par de palabras
y no decir nada con todas ellas
                          II
La ropa nunca termina de lavarse.
La calefacción nunca queda lista.
Los libros nunca se leen.
La vida nunca se completa.
La vida es como una pelota que hay que atrapar
y golpear continuamente para que no se caiga.
Cuando se repara la cerca por un extremo,
se derrumba por el otro. El tejado gotea,
la puerta de la cocina no cierra, hay grietas en los cimientos,
las rodillas rotas de los pantalones de los niños…
Es imposible abarcarlo todo. Lo maravilloso es
que, en medio de tanto, uno puede percibir
la primavera, tan colmada,
que se proyecta hacia todas las direcciones: hacia las nubes del atardecer,
hacia el canto melodioso del zorzal y hacia cada
gota de rocío en cada brizna de hierba del prado,
hasta donde alcanza la vista, hacia el crepúsculo.

Versión de Antonio Moreno.


Jaan Kaplinski nació y murió en Tartu, Estonia (1941-2021). Fue profesor, filósofo, crítico cultural y, por su trabajo poético, candidato al Premio Nobel de Literatura.


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El undécimo canto

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Elpénor, ¿cómo es que te encuentras en la tierra de las tinieblas?

Odisea, XI, 57

Creo que nunca existió. Entre las ramas,

vimos el gran puerto abandonado.

El muelle de hormigón palidecía y se mecía silenciosamente,

en las sombras sobre las aguas turbias.

Los pilotes del muelle sobresalían entre las olas.

En la llanura, un viento danzante

desviaba un remolino de arena más oscuro

que los restos de barcos destrozados.

El temporal, azotado por mástiles

y enredado en cuerdas, se posaba pesadamente

sobre las algas, los cardos y las dunas.

El calor aleteaba en el horizonte

como una bruja andrajosa. Un muchacho,

tras clavar una balsa con tablas podridas,

flotaba a través del río poco profundo. Parecía

que se habría alegrado de tener compañía.

No vimos a nadie más en la orilla.

Alguien dijo que este lugar,

como muchos otros, le recordaba a Ítaca.

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Estábamos en el corazón del día.

La guerra pasada y el viaje

llenaron nuestras mentes como

una ola llena los pulmones del nadador incauto.

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Bajo nuestros pies crujían conchas, huesos,

rocas llenas de grietas y agujeros. Después descansamos

en la hierba, olvidados de la naturaleza, aunque la naturaleza

nos había olvidado mucho antes.

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Versión de Antonio Moreno

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Tomas Venclova nació en 1937 en Klaipéda, en la costa de Lituania, y se educó en la Universidad de Vilna. Es traductor, profesor, disidente intelectual y poeta de primer orden. El poeta laureado con el Nobel de Literatura de 1980, Czeslaw Milosz, amigo y paisano suyo, profesor en la Universidad de Berkeley, lo invitó a impartir clases en la misma institución, pero terminó recibiendo una oferta del Departamento de Lenguas y Literaturas Eslavas en la Universidad de Yale, de la cual se jubiló hace ya algunos años. Fue amigo de Ana Ajmátova, Joseph Brodsky y Boris Pasternak.


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El fútbol amateur en Ciudad Juárez, una forma de existir, una vida de la patada

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Para hablar de fútbol amateur es necesario precisar cuándo se origina este bello deporte en Ciudad Juárez. El periodista Luis Galván Saucedo, en un artículo publicado en el periódico El Fronterizo, da testimonio de cómo, cuándo y quiénes fueron los pioneros de tan excelso deporte, sin la menor intención de restar méritos a nadie, y solo con el objeto de que las nuevas generaciones y la afición al fútbol soccer conozcan el origen de este deporte, predilecto de muchos, en Ciudad Juárez.

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Procedente de Guadalajara, cantera inagotable de buenos futbolistas, arribó a esta ciudad, allá por 1914, el joyero Enrique Benítez. La arrogancia y los bríos de la juventud, y con la ilusión de abrirse paso en la vida, lo llevaron a instalar un modesto taller de joyería. Los ratos de descanso en el duro trajín diario debían ocuparse en algo, y lógicamente escogió la práctica del fútbol soccer, que es y será siempre el deporte de sus amores. Mandó traer una pelota de su tierra natal allá por 1918, que es cuando se formó y se vio aquí en Juárez el primer equipo de fútbol soccer. Todos eran joyeros, paisanos también, que unidos fraternalmente fueron los que marcaron la pauta que con tanto acierto siguieron después los hermanos Pratts primero y Roberto Azani después. Ahí estaban Mariano García Casillas, Mariano Villalobos, entonces prósperos joyeros de la localidad, los hermanos Rojas, entre otros. La labor en pro del desenvolvimiento de este deporte, desconocido para todos, fue ardua y tesonera, pero esto a Enrique Benítez no le hizo mella.

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Al estilo de Azani, solo que con menos facilidades, seguía la ruta que se había trazado. Así, el joyero Benítez formó varios equipos. Se jugaba con mucho entusiasmo en los campos Cervecería, Tívoli, Bellavista y frente a uno que estaba situado al norte de donde está ahora el Cine Alianza. El “Once Juárez era el mejor: un equipo fraternal parecido al inolvidable Necaxa de los once hermanos. Los choques contra el equipo de D. Enrique Benítez, el hombre que con entusiasmo y apoyo económico impulsó por primera vez en esta ciudad el fútbol soccer, eran los más esperados.

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La niñez está marcada por retos de gran trascendencia en la mente de un niño. Muchos crecemos como los hijos menores de ocho hasta diez o más hermanos, y nuestra aparición en la vida es salir y enfrentar todo lo que se venga. Siendo niños, una de las experiencias más gratas y maravillosas es salir a la calle, al patio, al llano, al lote baldío y a cualquier otro espacio donde uno pudiera moverse y patear un balón, un bote, una piedra, una pelota de esponja, hasta una canica. En mi caso, yo con mis hermanos nos íbamos a jugar cascarita en un pasaje comercial ubicado en la Rafael Velarde entre las calles Ramón Rayón y Francisco Mina, con canicas o un canicón, con una pelota de tenis, hasta que un día quebramos un aparador de vidrio y ahí terminaron nuestras prácticas. Pareciera que patear algo fuera una síntesis liberadora o creadora, el único modo de gastar energía, buscar distracciones y diversión. Hay que entender que muchos de nuestra generación éramos muy humildes, asentados en colonias, barrios o vecindades donde no había lugar para correr. Entonces estos niños, buscando esa práctica liberadora, primero en las retas o el gol para cuando solo eran tres o cinco participantes: uno se ponía de portero y los otros disputaban para meter gol. En mi caso así era, porque éramos cinco hermanos y, claro, se sumaban los primos, que con todos ya formábamos más de un equipo de fútbol. De ahí también surgió mi habilidad para la portería en lo amateur, ya que siendo yo el menor no tenían valor mis preferencias, así que todos al unísono me decían: “tú de portero”..

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El fútbol, considero, es poco más que una forma del subconsciente profundo que fue construyendo en nuestro cerebro infantil un método para resistir la frustración, una manera de higiene mental que nos dotó de fuerza física y psicológica para prepararnos a enfrentar la vida que, en una ciudad fronteriza, se vuelve complicada. Jugar fútbol es una característica instintiva y orgánica que nos predispone a la acción; es percibir el movimiento de una vida hasta sus curvas más leves, y hacerlo tanto en lo individual como en lo colectivo es rellenar el molde de su huella en el paso por el mundo, es una cosmovisión con signos vivos, abrir una minúscula ventana para crear un alma grande que se libere en plenitud mental y física, es indagar en lo celular como vía de acceso a los tejidos que, agrupándose en forma de órganos, buscan cumplir con la misión de ese cuerpo vital en coordinación y dar un juego armónico. En estas “vidas conjeturales” se consigue perfectamente dar el paso de lo anatómico fisiológico y, cuando el observador humano lo mira, lo transforma en literario, poético y narrativo. De ahí el éxito de los programas televisivos, solo que en lo amateur es una experiencia que contiene todos esos ingredientes que dan esa plenitud al hombre que juega fútbol por placer. Esta interpretación que describo, si no me equivoco, son palabras que transferí al fútbol de un poema de Bruno Montano.

La reta callejera era un encuentro de cuatro contra cuatro, o de más miembros, a veces hasta de catorce contra catorce o más. Cualquier momento era bueno para disiparse, horas y horas de día, tarde y noche correteando todos tras una pelota, risas, patadas, puntapiés, crujir de espinillas y huesos, pura felicidad y adrenalina, la felicidad encarnada en ese momento que fortalece el genotipo de la vida dura y a veces cruel de los diferentes barrios bravos de la frontera.

Otro momento importante que nos marcó fueron los partidos de barrio contra barrio. En nuestros tiempos, ir a jugar al parque de la Chaveña, enfrentarnos al de las Moras, o jugar contra la Pandilla los Leos o los Maylons era toda una aventura; cada uno tenía su cancha, la nuestra una calle con unas piedras separadas por doce pasos como porterías. En estas retas sufríamos una metamorfosis kafkiana: de tiernos corderos a verdaderos demonios. Generalmente terminaba en campal, dosis de feroz adrenalina, casi una práctica del fútbol primitivo; eso sí, después del enfrentamiento a recoger heridos y a correr si se ponía feo, o a corretear al rival si nos iba bien. De ahí creció en nosotros un espíritu competitivo y violento; éramos como hordas primitivas y salvajes. Eso, con el tiempo, curtió nuestros cuerpos y fortaleció nuestras mentes, y algunos se convirtieron en líderes, generalmente el mayor o el más hábil para jugar, el héroe para nosotros los más pequeños.

Así como en el barrio la reta o el partido terminaba muchas veces en cruentas peleas, que en ocasiones solo eran intercambio de patadas y trompadas, y guerra azteca porque, según el barrio, se desembocaba en encuentro de pedradas, descalabros, sangre y dolor que quedaban en el ambiente del partido ganado o perdido. Lo curioso, o grave, es que en los campos de fútbol estas campales se magnifican y son terribles y cruentas, y me han tocado algunas que culminaron en drama, sangre y muerte, casi siempre causadas por las porras y la presencia de alcohol y droga. En todas las ligas de la ciudad, antes, durante y después del partido, el consumo principalmente de alcohol y mota está presente; y por supuesto son la minoría, pero existe y es muy común y popular esta práctica. Por eso muchos programas de prevención de la violencia y la delincuencia, de tipo gubernamental y social, fracasan, porque el deporte no inhibe el consumo, lo promueve, y a gran escala.

Toda esta experiencia previa vino a rendir sus frutos en la escuela primaria, donde se fortaleció la práctica de este bello deporte que, sin saberlo, sería el bálsamo donde todo se cura: la enfermedad, la tristeza, el dolor, y donde se olvida por un instante el hambre para después regresar con más fuerza estrujándonos la panza. Fue en la escuela primaria donde empezó, para mí y para muchos, el fútbol amateur. Estando en la Escuela Primaria Miguel Alemán, un maestro muy aficionado al fútbol formó un equipo llamado Deportivo Pancracio. Recuerdo con mucha simpatía que el uniforme que portábamos era un bóxer blanco como short y una camiseta blanca Fruit of the Loom a la que con marcador negro le poníamos el número en la espalda. Ese fue mi primer equipo oficial.

Después, ya con toda la práctica acumulada con mis hermanos, mis primos y el barrio, pasé a otro nivel: las Ligas Infantiles, específicamente una Liga de Fútbol San José, cuyos campos estaban sobre la Avenida López Mateos entre las colonias Melchor Ocampo, antes colonia Hortensias, y el Fraccionamiento San José. El equipo era los Volcánicos, que tuvo muchos campeonatos y una historia llena de palmas y laureles. Ahí destacó un amigo que era el mejor de todos, un Pelé; su nombre, Sergio Enrique Flores Cardiel, mejor conocido como Checho, dotado de una zurda privilegiada, velocidad y regate. Con él aprendí a moverme un poco mejor en el campo. Hasta la fecha sigue jugando fútbol con la misma habilidad, solo que ahora somos sexagenarios.

Con toda esa práctica llegó ya una cascada de juegos en varias ligas de la ciudad, más o menos siguiendo este orden: Liga de Fútbol San José, equipo Volcánicos; Liga de Fútbol Alianza, equipo Deportivo Bayer Múnich, en los campos de la calle Niños Héroes; Liga de Fútbol Margarita Maza de Juárez, equipo Deportivo Chaveña, en los campos Concretos, hoy Eje Vial Juan Gabriel, en la colonia San Antonio; Liga Veteranos, equipo los Billeteros, en los campos Naíca en el Chamizal; Liga Reforma, equipo Cruz Azul, campos diversos: el Seminario, Ingeniería y Arquitectura de la UACJ, los Hípicos, entre otros; la Interligas en los campos de San Lorenzo con el equipo Cruz Azul; Liga Triunfo de la República, campos en San Lorenzo, con el equipo Perú; Liga Juárez con el equipo Nardo, en los campos del ISSSTE frente a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en el PRONAF; Liga Mayor, jugando en el Estadio 20 de Noviembre con el equipo Real Madrid; Liga Latinoamérica, en los campos de la Avenida del Ejército, donde hoy está un Smart en la calle Mesteñas; Liga Juárez, en los campos de Ejército y Plutarco, que destaca porque en ese torneo participaban dos equipos dentro del CERESO, y era toda una odisea jugar ahí bajo la presión de los reclusos, había el CERESO “A” de muy buen nivel y pesaba la localía, sin embargo no importaba dónde estuviéramos, teníamos que ganar.

También participamos en otros torneos representando a la selección de la liga: Juegos Internacionales Juárez/El Paso, Tx., con el equipo de la Prepa Altavista; Copa Presidente con el equipo Altavista; Torneo Intercolonias; Torneo Estatal del IMSS con la Selección de la Liga Margarita Maza de Juárez; Torneo de Barrios, entre muchos otros.

Un aspecto sumamente importante que hay que señalar es que jugar futbol amateur es un deporte de alto rendimiento por que las condiciones en que se juega son campos sin pasto que son de tierra, barro y piedra, algunos incluso muy arenosos lo que exige una excelente condición física. El clima otro factor que pide un rendimiento físico impecable en el invierno en Ciudad Juárez con temperaturas bajo cero con un aire frio que cala hasta los huesos y en el verano un calor seco que desgasta con temperaturas de 40 grados centígrados a cielo abierto en lugares a veces sin sombra ni arboles cerca y en cuaresma con vientos y terregales que limitan la visibilidad y el control del balón y sin embargo los partidos se llevan a cabo sin ningún problema.

Cabe señalar que he jugado en casi todas las ligas de fútbol soccer en un periodo de 1970 a 2025 y en la mayoría de los equipos he sido campeón. He participado en muchos equipos y no recuerdo todos los nombres, pero algunos son inolvidables: los Volcánicos, el Bayer Múnich, la Prepa Altavista, el Deportivo Nardo, el Real Madrid, el Arroyo Colorado, el Deportivo Chaveña, el Cruz Azul, la UACH, el Perú, Deportivo Indios, Hugo Boots, STAUACJ, el San Patricio, Integra, y muchos más que no recuerdo.

En la actualidad el fútbol amateur se ha transformado. Ahora hay campos con césped sintético y campos con pasto natural, y las retas se convirtieron en fut cinco, fut siete y fútbol de salón. Muchos campos de fútbol soccer cuentan hoy con pasto sintético, que tiene sus ventajas pero también sus consecuencias: es malo para las rodillas, y su superficie dura no permitirá jugar hasta nuestra edad, pues provoca muchas lesiones que no auguran un gran futuro para muchos.

El fútbol llena cada espacio de nuestra vida. Recuerdo que algunos amigos académicos lo ponían todo en perspectiva científica; el fútbol es álgebra, el trinomio cuadrado perfecto; es una ciencia física, tiempo, velocidad, distancia; es química, sustancias y fluidos; es filosofía, alegría; es psicología, mente individual y mente social; es comunidad, es liderazgo, es lenguaje. El fútbol es un concepto de totalidad.

Ahora, viendo en retrospectiva a compañeros que desde la infancia siguen jugando fútbol, es algo indescriptible; vivir, sentir, ver el ritual es una atmósfera con una mística, un sentimiento de elevación con una carga de significados y símbolos que tiene nuestra práctica, y que nos hace valorar más este amor fiel, este sentimiento de realización y libertad que nos embarga cada vez que entramos al campo. Para muchos incluso no es solo el partido, sino también la carne asada, el post partido, los comentarios, los reclamos, las felicitaciones y, como expliqué antes, su respectiva cerveza o cervezas después del juego. Hay también mucha irresponsabilidad en esto; hay compañeros que han muerto en el campo, algunos fuman en el medio tiempo, se emborrachan, y sin embargo muchos argumentan, y algunos anhelan, dar fin a su existencia haciendo lo que más les gusta, el fútbol. Este año puedo contar cinco compañeros que murieron, y a pesar de esto muchos afirman que les gustaría morir igual, y no en la cama de un hospital, solos, abandonados, olvidados, sino sintiendo la pasión y el amor por el fútbol.

 


René Nava es actualmente maestro en la Universidad Adela Cornejo y recientemente jubilado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Cuenta con Maestría en Administración con Especialidad en Recursos Humanos y Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la misma universidad. Con una antigüedad de 40 años en el ámbito de la docencia y la vida académica, ha desempeñado diversos cargos, entre los que destacan director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de 2001 a 2005, secretario académico de la misma facultad, coordinador de la carrera de Ciencias de la Comunicación y director del Centro de Investigación, Desarrollo y Habilidades Mediáticas (CIDEHM). Ha escrito varios textos referentes a su perfil docente, entre los que destacan Visión Retrospectiva: Historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales 1959-1979 y Fundamentos de Hegemonía Política Internacional China: 2021.


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