ISSN 2692-3912

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Lo que sé de la madre de mi madre

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Paperiporo - Inga Pizāne

Lo que sé de la madre de mi madre

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Murió en marzo.

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De camino a un funeral, se desmayó. La nieve era profunda,

jirones del invierno.

La encontraron al día siguiente.


Le gustaba hacer cajas cosiendo tarjetas de felicitación,

que tenían fotos de flores.

Adoraba las flores.

Tenía un jardín.

No tenía trabajo.

Intentó recomponerse y dejó de emborracharse durante un tiempo.

No había bebido el día de su muerte.

Amaba a otro hombre.


Recuerdo cómo coloreábamos algunos libros

en su casa con mi hermana.

Afuera había una mesa cubierta con un mantel de plástico.


Solo la vi unas pocas veces en mi vida.

Una de esas veces fue en su funeral.

Murió en marzo.

Mi madre lloró mucho. Y yo también,

porque mi madre lloró.

No sabía mucho sobre la muerte,

pero asumí que de ahí no se regresa.

La colocaron junto a mi abuelo,

que había fallecido un año antes.

Ella nació en marzo.

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Versión de Antonio Moreno

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Inga Pizane es poeta, escribe prosa, canciones e hizo estudios en pedagogía. Nació en 1986, en un pueblo al sureste de Letonia, cerca de la frontera con Lituania y Bielorrusia. Ha publicado cuatro poemarios en letón y uno en inglés, Having Never Met (2018), traducido por Jayde Will. Ha sido distinguida con algunos premios y ha participado en varios festivales de literatura. Reside actualmente en Riga.


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Cosmovisión de los deportes

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Los deportes y sus cosmovisiones implícitas

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Cada deporte, de acuerdo con su reglamentación y praxis específicas, conlleva, por así decir, una cosmovisión. Hay deportes que buscan reducir la contingencia y el azar a su mínima expresión, mientras que otros lo integran con cierta naturalidad. Esto significa que hay deportes más platónicos y deportes más nietzscheanos; mientras los primeros buscan, a través de unas circunstancias invariables y un entrenamiento sistemático, unos resultados absolutos, incuestionables, los segundos aceptan que hay contingencias ajenas al deporte en sí que pueden determinar el resultado. En lo que sigue, ejemplificaremos esta hipótesis con cuatro disciplinas diferentes.

     La natación es un ejercicio sumamente racional y matemático, y, por tanto, podría ser la más platónica de entre las disciplinas deportivas. Así, se practica, si nos centramos en la natación tradicional, en piscinas en las que las condiciones de su práctica se han abstraído de cualquier circunstancia que pueda condicionar los resultados. En el mar, en ríos o en lagos, la práctica de la natación está sujeta a corrientes, temperaturas variables, condiciones climáticas adversas o favorables, etc. Una piscina, por contraste, es un espacio platónicamente puro dado que sus dimensiones, la temperatura y calidad del agua, las corcheras, los poyetes de salida, el sistema de cronometraje, etc., todo está sujeto a una reglamentación que debe cumplirse rigurosamente para acoger competiciones. De esta manera, se asegura que ninguna contingencia pueda afectar los resultados. A esta faceta, se añade su aspecto matemático, ya que las distancias clásicas de la natación de competición se ajustan a números que fomentan estrategias basadas en cálculos rigurosos. Así, las distancias de las pruebas (100, 200, 400 metros, etc.) son centenas exactas que favorecen cálculos perfectos (no se trabaja con números primos ni irracionales). Finalmente, los entrenamientos se ajustan a estudios científicos en cuanto a la distancia y el estilo en los que el o la nadadora en cuestión está especializada. Se toma en cuenta una larga serie de factores como las características físicas de la nadadora, su técnica, el calendario de competiciones, los entrenamientos fuera del agua, las estrategias de recuperación, los análisis de grabaciones de vídeo, la gestión del estrés competitivo, etc. Estos y más factores se analizan y sopesan para alcanzar el máximo rendimiento en el momento preciso de la competición para la que se está preparando. De esta forma, se añade un componente científico a este deporte. En suma, podemos concluir que la natación es un deporte que, al menos en teoría, favorece una actitud vital marcada por la planificación cientificista y la mentalidad matemática. Esto no es óbice para que la natación sea un deporte bello en extremo, ya que la perfección de la técnica y del desarrollo de la prueba pueden producir un placer estético sumo en los espectadores (placer seguramente comparable a la contemplación de las proporciones perfectas en el arte clásico).

     El aikido es un arte marcial que también tiene un componente platónico en cuanto que las técnicas que se practican tienen lugar en un espacio ideal, el dojo con su tatami. Los aikidokas van descalzos, visten gi, y las técnicas (waza) se practican en este recinto en el que no hay ningún objeto ni contingencia que pueda interferir con la ejecución de este deporte. Al ser un arte marcial, necesariamente se tiene en cuenta al oponente, pero de una manera reactiva, ya que el aikido no tiene técnicas de ataque, solo de defensa. Este deporte surgió en Japón en las décadas 20 y 30 del siglo XX, y está basado en una filosofía de la armonía y la resolución no violenta de los conflictos. Aunque se fundamenta en otras artes marciales y técnicas de lucha de los samuráis, el aikido solo puede responder a un ataque neutralizando la fuerza que usa el mismo agresor. Hay escuelas de aikido más “realistas” y otras más “idealistas”, en el sentido de que asumen en mayor o menor grado las condiciones concretas de un ataque cuerpo a cuerpo. En cualquiera de los casos, no obstante, las waza están pensadas al mínimo detalle, y generalmente se basan en aceptar un ataque frontal y desviar esa fuerza por medio de un movimiento circular que desestabiliza y neutraliza al agresor. Este arte marcial se fundamenta en un pensamiento de estirpe oriental según el cual todo en el universo está conectado por medio de la energía cósmica ki. Así, según el fundador del aikido, el maestro Morihei Ueshiba, el fin último de las artes marciales (el Budo) es armonizarse con los principios cósmicos: “El Budo no es un medio para derribar al adversario mediante la fuerza o el uso de armas letales. Tampoco se propone conducir al mundo a la destrucción mediante las armas u otros medios ilegítimos. El verdadero Budo requiere ordenar la energía interna del universo, protegiendo la paz del mundo y moldeando y preservando en su forma justa todo lo que existe en la naturaleza.” (Morihei Ueshiba, citado en K. Ueshiba, El espíritu del aikido, 1988). Sería, por tanto, injusto querer caracterizar este deporte con categorías occidentales, pero tiene un componente idealista en el sentido de que hay un espíritu universal que atraviesa todo lo existente; a su vez, este espíritu se manifiesta en la práctica de este arte marcial. El objetivo último de la práctica del aikido es armonizarse con el ki que atraviesa el universo y así contribuir a que el mundo sea más pacífico y benévolo. Es, por tanto, un arte marcial sumamente idealista (también en su sentido filosófico).

     La capoeira es un arte marcial brasileño surgido de una hibridación de culturas africanas, indígenas y europeas, si bien su esencia es principal y eminentemente africana. En sus orígenes era un arte marcial, pero en la actualidad, sin haber perdido su componente de lucha, se ha convertido en una actividad deportiva sobre todo lúdica dado que incluye componentes musicales y de danza. La capoeira no es sólo una lucha, sino una actividad que integra un conjunto de aspectos, entre los cuales se incluyen el canto, la música, la danza y la lucha. La práctica de la capoeira culmina en la roda (rueda), donde los capoeristas forman un corro en el que algunos tocan el berimbao, otros las congas, otros el atabaque, otros el pandero y el resto baten palmas y cantan mientras se turnan para entrar en la roda para simular (a veces se pasa de la simulación a la realidad) un combate entre dos luchadores. Esto significa que la capoeira es un deporte comunitario en gran medida, quizá con origen en danzas rituales. Es también un deporte dialógico, ya que uno simula un ataque, el otro lo esquiva y lanza en respuesta un ataque sorpresa, etc. todo acompañado por el berimbao, las congas y los cantos de los otros participantes de la roda. La competición radica, no en noquear al adversario, sino en mostrar habilidad y astucia superiores, por eso a menudo se ven verdaderas acrobacias en la práctica de este deporte. Cada capoerista busca componer sus movimientos de acuerdo con los de su adversario para así generar un diálogo, un intercambio que a la vez es una performance unitaria. Dado su origen religioso y comunitario, este deporte también ha suscitado reflexiones de índole metafísica: “Algunas veces el Juego parece representar algo mas amplio, como si fuese un teatro en el cual se escenifica el embate de las diferentes personalidades de diferentes individuos -más aún, el choque de diferentes energías que rigen el Juego Mayor. De acuerdo con esta visión, la capoeira es una escuela de sabiduría donde se aprende cómo los seres humanos interactúan en el juego de la vida; y se vislumbra algo (un poco temible) que rige el mundo y el universo.” (Nestor Capoeira, Capoeira, pequeno manual do jogador, 1992). De esta dimensión surge el aspecto nietzscheano de la capoeira, pues en la roda, el capoerista usa la malicia y la simulación para engañar al adversario. Usa, por ejemplo, las acrobacias para desconcertar al contrario, se acerca y aleja sin finalidad aparente solo para aplicar el golpe cuando la oportunidad de dar de lleno sea la mejor. A la vez que la capoeira tiene una faceta profundamente comunitaria, refleja también cómo el individuo puede echar mano de la simulación para triunfar en lo que no deja de ser un combate. En última instancia, no obstante, prevalece la faceta comunitaria dado que todos los integrantes de la roda quedan confirmados como integrantes de la comunidad capoerista y partícipes del espíritu de la misma.

     En comparación, un deporte más puramente nietzscheano sería, por poner un solo ejemplo, el fútbol. Aunque la pericia y el esfuerzo son indispensables en este deporte, el resultado de un partido a menudo depende de factores externos a las virtudes deportivas. Errores arbitrales (incluso en tiempos del VAR) pueden perfectamente determinar el resultado de un partido. La simulación de ser objeto de una falta es una práctica habitual en los partidos profesionales, y tal simulación, si tiene éxito, puede a su vez determinar el resultado. La conocida afirmación “el fútbol es así” expresa precisamente cómo contingencias externas a la habilidad y el trabajo en conjunto pueden ser definitorias para la victoria o derrota. Sin duda, este factor le añade atención mediática al fútbol y coincide con un pensamiento postmoderno de estirpe nietzscheana.


Julio Jensen es profesor titular de literaturas hispánicas en la Universidad de Copenhague. Su trabajo de investigación se centra en la relación entre literatura y filosofía en la producción cultural de los siglos aúreos y XX.


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Dos poemas

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Dos poemas.

                             I
La oración es solo lo que queda
cuando todo está dicho y no hay nada más que decir
Dios es lo que queda cuando todo en lo que uno puede creer
llega a su fin y no hay nada en lo que creer
con heno todavía en el pajar y pan en la mesa
bajo un mantel de lino blanco
Ya he escrito sobre todo esto antes
como otros antes que yo, antes que todos nosotros
pero se acerca el día en que no habrá diferencia
entre decirlo todo en solo un par de palabras
y no decir nada con todas ellas
                          II
La ropa nunca termina de lavarse.
La calefacción nunca queda lista.
Los libros nunca se leen.
La vida nunca se completa.
La vida es como una pelota que hay que atrapar
y golpear continuamente para que no se caiga.
Cuando se repara la cerca por un extremo,
se derrumba por el otro. El tejado gotea,
la puerta de la cocina no cierra, hay grietas en los cimientos,
las rodillas rotas de los pantalones de los niños…
Es imposible abarcarlo todo. Lo maravilloso es
que, en medio de tanto, uno puede percibir
la primavera, tan colmada,
que se proyecta hacia todas las direcciones: hacia las nubes del atardecer,
hacia el canto melodioso del zorzal y hacia cada
gota de rocío en cada brizna de hierba del prado,
hasta donde alcanza la vista, hacia el crepúsculo.

Versión de Antonio Moreno.


Jaan Kaplinski nació y murió en Tartu, Estonia (1941-2021). Fue profesor, filósofo, crítico cultural y, por su trabajo poético, candidato al Premio Nobel de Literatura.


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El undécimo canto

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Elpénor, ¿cómo es que te encuentras en la tierra de las tinieblas?

Odisea, XI, 57

Creo que nunca existió. Entre las ramas,

vimos el gran puerto abandonado.

El muelle de hormigón palidecía y se mecía silenciosamente,

en las sombras sobre las aguas turbias.

Los pilotes del muelle sobresalían entre las olas.

En la llanura, un viento danzante

desviaba un remolino de arena más oscuro

que los restos de barcos destrozados.

El temporal, azotado por mástiles

y enredado en cuerdas, se posaba pesadamente

sobre las algas, los cardos y las dunas.

El calor aleteaba en el horizonte

como una bruja andrajosa. Un muchacho,

tras clavar una balsa con tablas podridas,

flotaba a través del río poco profundo. Parecía

que se habría alegrado de tener compañía.

No vimos a nadie más en la orilla.

Alguien dijo que este lugar,

como muchos otros, le recordaba a Ítaca.

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Estábamos en el corazón del día.

La guerra pasada y el viaje

llenaron nuestras mentes como

una ola llena los pulmones del nadador incauto.

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Bajo nuestros pies crujían conchas, huesos,

rocas llenas de grietas y agujeros. Después descansamos

en la hierba, olvidados de la naturaleza, aunque la naturaleza

nos había olvidado mucho antes.

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Versión de Antonio Moreno

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Tomas Venclova nació en 1937 en Klaipéda, en la costa de Lituania, y se educó en la Universidad de Vilna. Es traductor, profesor, disidente intelectual y poeta de primer orden. El poeta laureado con el Nobel de Literatura de 1980, Czeslaw Milosz, amigo y paisano suyo, profesor en la Universidad de Berkeley, lo invitó a impartir clases en la misma institución, pero terminó recibiendo una oferta del Departamento de Lenguas y Literaturas Eslavas en la Universidad de Yale, de la cual se jubiló hace ya algunos años. Fue amigo de Ana Ajmátova, Joseph Brodsky y Boris Pasternak.


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El fútbol amateur en Ciudad Juárez, una forma de existir, una vida de la patada

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Para hablar de fútbol amateur es necesario precisar cuándo se origina este bello deporte en Ciudad Juárez. El periodista Luis Galván Saucedo, en un artículo publicado en el periódico El Fronterizo, da testimonio de cómo, cuándo y quiénes fueron los pioneros de tan excelso deporte, sin la menor intención de restar méritos a nadie, y solo con el objeto de que las nuevas generaciones y la afición al fútbol soccer conozcan el origen de este deporte, predilecto de muchos, en Ciudad Juárez.

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Procedente de Guadalajara, cantera inagotable de buenos futbolistas, arribó a esta ciudad, allá por 1914, el joyero Enrique Benítez. La arrogancia y los bríos de la juventud, y con la ilusión de abrirse paso en la vida, lo llevaron a instalar un modesto taller de joyería. Los ratos de descanso en el duro trajín diario debían ocuparse en algo, y lógicamente escogió la práctica del fútbol soccer, que es y será siempre el deporte de sus amores. Mandó traer una pelota de su tierra natal allá por 1918, que es cuando se formó y se vio aquí en Juárez el primer equipo de fútbol soccer. Todos eran joyeros, paisanos también, que unidos fraternalmente fueron los que marcaron la pauta que con tanto acierto siguieron después los hermanos Pratts primero y Roberto Azani después. Ahí estaban Mariano García Casillas, Mariano Villalobos, entonces prósperos joyeros de la localidad, los hermanos Rojas, entre otros. La labor en pro del desenvolvimiento de este deporte, desconocido para todos, fue ardua y tesonera, pero esto a Enrique Benítez no le hizo mella.

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Al estilo de Azani, solo que con menos facilidades, seguía la ruta que se había trazado. Así, el joyero Benítez formó varios equipos. Se jugaba con mucho entusiasmo en los campos Cervecería, Tívoli, Bellavista y frente a uno que estaba situado al norte de donde está ahora el Cine Alianza. El “Once Juárez era el mejor: un equipo fraternal parecido al inolvidable Necaxa de los once hermanos. Los choques contra el equipo de D. Enrique Benítez, el hombre que con entusiasmo y apoyo económico impulsó por primera vez en esta ciudad el fútbol soccer, eran los más esperados.

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La niñez está marcada por retos de gran trascendencia en la mente de un niño. Muchos crecemos como los hijos menores de ocho hasta diez o más hermanos, y nuestra aparición en la vida es salir y enfrentar todo lo que se venga. Siendo niños, una de las experiencias más gratas y maravillosas es salir a la calle, al patio, al llano, al lote baldío y a cualquier otro espacio donde uno pudiera moverse y patear un balón, un bote, una piedra, una pelota de esponja, hasta una canica. En mi caso, yo con mis hermanos nos íbamos a jugar cascarita en un pasaje comercial ubicado en la Rafael Velarde entre las calles Ramón Rayón y Francisco Mina, con canicas o un canicón, con una pelota de tenis, hasta que un día quebramos un aparador de vidrio y ahí terminaron nuestras prácticas. Pareciera que patear algo fuera una síntesis liberadora o creadora, el único modo de gastar energía, buscar distracciones y diversión. Hay que entender que muchos de nuestra generación éramos muy humildes, asentados en colonias, barrios o vecindades donde no había lugar para correr. Entonces estos niños, buscando esa práctica liberadora, primero en las retas o el gol para cuando solo eran tres o cinco participantes: uno se ponía de portero y los otros disputaban para meter gol. En mi caso así era, porque éramos cinco hermanos y, claro, se sumaban los primos, que con todos ya formábamos más de un equipo de fútbol. De ahí también surgió mi habilidad para la portería en lo amateur, ya que siendo yo el menor no tenían valor mis preferencias, así que todos al unísono me decían: “tú de portero”..

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El fútbol, considero, es poco más que una forma del subconsciente profundo que fue construyendo en nuestro cerebro infantil un método para resistir la frustración, una manera de higiene mental que nos dotó de fuerza física y psicológica para prepararnos a enfrentar la vida que, en una ciudad fronteriza, se vuelve complicada. Jugar fútbol es una característica instintiva y orgánica que nos predispone a la acción; es percibir el movimiento de una vida hasta sus curvas más leves, y hacerlo tanto en lo individual como en lo colectivo es rellenar el molde de su huella en el paso por el mundo, es una cosmovisión con signos vivos, abrir una minúscula ventana para crear un alma grande que se libere en plenitud mental y física, es indagar en lo celular como vía de acceso a los tejidos que, agrupándose en forma de órganos, buscan cumplir con la misión de ese cuerpo vital en coordinación y dar un juego armónico. En estas “vidas conjeturales” se consigue perfectamente dar el paso de lo anatómico fisiológico y, cuando el observador humano lo mira, lo transforma en literario, poético y narrativo. De ahí el éxito de los programas televisivos, solo que en lo amateur es una experiencia que contiene todos esos ingredientes que dan esa plenitud al hombre que juega fútbol por placer. Esta interpretación que describo, si no me equivoco, son palabras que transferí al fútbol de un poema de Bruno Montano.

La reta callejera era un encuentro de cuatro contra cuatro, o de más miembros, a veces hasta de catorce contra catorce o más. Cualquier momento era bueno para disiparse, horas y horas de día, tarde y noche correteando todos tras una pelota, risas, patadas, puntapiés, crujir de espinillas y huesos, pura felicidad y adrenalina, la felicidad encarnada en ese momento que fortalece el genotipo de la vida dura y a veces cruel de los diferentes barrios bravos de la frontera.

Otro momento importante que nos marcó fueron los partidos de barrio contra barrio. En nuestros tiempos, ir a jugar al parque de la Chaveña, enfrentarnos al de las Moras, o jugar contra la Pandilla los Leos o los Maylons era toda una aventura; cada uno tenía su cancha, la nuestra una calle con unas piedras separadas por doce pasos como porterías. En estas retas sufríamos una metamorfosis kafkiana: de tiernos corderos a verdaderos demonios. Generalmente terminaba en campal, dosis de feroz adrenalina, casi una práctica del fútbol primitivo; eso sí, después del enfrentamiento a recoger heridos y a correr si se ponía feo, o a corretear al rival si nos iba bien. De ahí creció en nosotros un espíritu competitivo y violento; éramos como hordas primitivas y salvajes. Eso, con el tiempo, curtió nuestros cuerpos y fortaleció nuestras mentes, y algunos se convirtieron en líderes, generalmente el mayor o el más hábil para jugar, el héroe para nosotros los más pequeños.

Así como en el barrio la reta o el partido terminaba muchas veces en cruentas peleas, que en ocasiones solo eran intercambio de patadas y trompadas, y guerra azteca porque, según el barrio, se desembocaba en encuentro de pedradas, descalabros, sangre y dolor que quedaban en el ambiente del partido ganado o perdido. Lo curioso, o grave, es que en los campos de fútbol estas campales se magnifican y son terribles y cruentas, y me han tocado algunas que culminaron en drama, sangre y muerte, casi siempre causadas por las porras y la presencia de alcohol y droga. En todas las ligas de la ciudad, antes, durante y después del partido, el consumo principalmente de alcohol y mota está presente; y por supuesto son la minoría, pero existe y es muy común y popular esta práctica. Por eso muchos programas de prevención de la violencia y la delincuencia, de tipo gubernamental y social, fracasan, porque el deporte no inhibe el consumo, lo promueve, y a gran escala.

Toda esta experiencia previa vino a rendir sus frutos en la escuela primaria, donde se fortaleció la práctica de este bello deporte que, sin saberlo, sería el bálsamo donde todo se cura: la enfermedad, la tristeza, el dolor, y donde se olvida por un instante el hambre para después regresar con más fuerza estrujándonos la panza. Fue en la escuela primaria donde empezó, para mí y para muchos, el fútbol amateur. Estando en la Escuela Primaria Miguel Alemán, un maestro muy aficionado al fútbol formó un equipo llamado Deportivo Pancracio. Recuerdo con mucha simpatía que el uniforme que portábamos era un bóxer blanco como short y una camiseta blanca Fruit of the Loom a la que con marcador negro le poníamos el número en la espalda. Ese fue mi primer equipo oficial.

Después, ya con toda la práctica acumulada con mis hermanos, mis primos y el barrio, pasé a otro nivel: las Ligas Infantiles, específicamente una Liga de Fútbol San José, cuyos campos estaban sobre la Avenida López Mateos entre las colonias Melchor Ocampo, antes colonia Hortensias, y el Fraccionamiento San José. El equipo era los Volcánicos, que tuvo muchos campeonatos y una historia llena de palmas y laureles. Ahí destacó un amigo que era el mejor de todos, un Pelé; su nombre, Sergio Enrique Flores Cardiel, mejor conocido como Checho, dotado de una zurda privilegiada, velocidad y regate. Con él aprendí a moverme un poco mejor en el campo. Hasta la fecha sigue jugando fútbol con la misma habilidad, solo que ahora somos sexagenarios.

Con toda esa práctica llegó ya una cascada de juegos en varias ligas de la ciudad, más o menos siguiendo este orden: Liga de Fútbol San José, equipo Volcánicos; Liga de Fútbol Alianza, equipo Deportivo Bayer Múnich, en los campos de la calle Niños Héroes; Liga de Fútbol Margarita Maza de Juárez, equipo Deportivo Chaveña, en los campos Concretos, hoy Eje Vial Juan Gabriel, en la colonia San Antonio; Liga Veteranos, equipo los Billeteros, en los campos Naíca en el Chamizal; Liga Reforma, equipo Cruz Azul, campos diversos: el Seminario, Ingeniería y Arquitectura de la UACJ, los Hípicos, entre otros; la Interligas en los campos de San Lorenzo con el equipo Cruz Azul; Liga Triunfo de la República, campos en San Lorenzo, con el equipo Perú; Liga Juárez con el equipo Nardo, en los campos del ISSSTE frente a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en el PRONAF; Liga Mayor, jugando en el Estadio 20 de Noviembre con el equipo Real Madrid; Liga Latinoamérica, en los campos de la Avenida del Ejército, donde hoy está un Smart en la calle Mesteñas; Liga Juárez, en los campos de Ejército y Plutarco, que destaca porque en ese torneo participaban dos equipos dentro del CERESO, y era toda una odisea jugar ahí bajo la presión de los reclusos, había el CERESO “A” de muy buen nivel y pesaba la localía, sin embargo no importaba dónde estuviéramos, teníamos que ganar.

También participamos en otros torneos representando a la selección de la liga: Juegos Internacionales Juárez/El Paso, Tx., con el equipo de la Prepa Altavista; Copa Presidente con el equipo Altavista; Torneo Intercolonias; Torneo Estatal del IMSS con la Selección de la Liga Margarita Maza de Juárez; Torneo de Barrios, entre muchos otros.

Un aspecto sumamente importante que hay que señalar es que jugar futbol amateur es un deporte de alto rendimiento por que las condiciones en que se juega son campos sin pasto que son de tierra, barro y piedra, algunos incluso muy arenosos lo que exige una excelente condición física. El clima otro factor que pide un rendimiento físico impecable en el invierno en Ciudad Juárez con temperaturas bajo cero con un aire frio que cala hasta los huesos y en el verano un calor seco que desgasta con temperaturas de 40 grados centígrados a cielo abierto en lugares a veces sin sombra ni arboles cerca y en cuaresma con vientos y terregales que limitan la visibilidad y el control del balón y sin embargo los partidos se llevan a cabo sin ningún problema.

Cabe señalar que he jugado en casi todas las ligas de fútbol soccer en un periodo de 1970 a 2025 y en la mayoría de los equipos he sido campeón. He participado en muchos equipos y no recuerdo todos los nombres, pero algunos son inolvidables: los Volcánicos, el Bayer Múnich, la Prepa Altavista, el Deportivo Nardo, el Real Madrid, el Arroyo Colorado, el Deportivo Chaveña, el Cruz Azul, la UACH, el Perú, Deportivo Indios, Hugo Boots, STAUACJ, el San Patricio, Integra, y muchos más que no recuerdo.

En la actualidad el fútbol amateur se ha transformado. Ahora hay campos con césped sintético y campos con pasto natural, y las retas se convirtieron en fut cinco, fut siete y fútbol de salón. Muchos campos de fútbol soccer cuentan hoy con pasto sintético, que tiene sus ventajas pero también sus consecuencias: es malo para las rodillas, y su superficie dura no permitirá jugar hasta nuestra edad, pues provoca muchas lesiones que no auguran un gran futuro para muchos.

El fútbol llena cada espacio de nuestra vida. Recuerdo que algunos amigos académicos lo ponían todo en perspectiva científica; el fútbol es álgebra, el trinomio cuadrado perfecto; es una ciencia física, tiempo, velocidad, distancia; es química, sustancias y fluidos; es filosofía, alegría; es psicología, mente individual y mente social; es comunidad, es liderazgo, es lenguaje. El fútbol es un concepto de totalidad.

Ahora, viendo en retrospectiva a compañeros que desde la infancia siguen jugando fútbol, es algo indescriptible; vivir, sentir, ver el ritual es una atmósfera con una mística, un sentimiento de elevación con una carga de significados y símbolos que tiene nuestra práctica, y que nos hace valorar más este amor fiel, este sentimiento de realización y libertad que nos embarga cada vez que entramos al campo. Para muchos incluso no es solo el partido, sino también la carne asada, el post partido, los comentarios, los reclamos, las felicitaciones y, como expliqué antes, su respectiva cerveza o cervezas después del juego. Hay también mucha irresponsabilidad en esto; hay compañeros que han muerto en el campo, algunos fuman en el medio tiempo, se emborrachan, y sin embargo muchos argumentan, y algunos anhelan, dar fin a su existencia haciendo lo que más les gusta, el fútbol. Este año puedo contar cinco compañeros que murieron, y a pesar de esto muchos afirman que les gustaría morir igual, y no en la cama de un hospital, solos, abandonados, olvidados, sino sintiendo la pasión y el amor por el fútbol.

 


René Nava es actualmente maestro en la Universidad Adela Cornejo y recientemente jubilado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Cuenta con Maestría en Administración con Especialidad en Recursos Humanos y Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la misma universidad. Con una antigüedad de 40 años en el ámbito de la docencia y la vida académica, ha desempeñado diversos cargos, entre los que destacan director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de 2001 a 2005, secretario académico de la misma facultad, coordinador de la carrera de Ciencias de la Comunicación y director del Centro de Investigación, Desarrollo y Habilidades Mediáticas (CIDEHM). Ha escrito varios textos referentes a su perfil docente, entre los que destacan Visión Retrospectiva: Historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales 1959-1979 y Fundamentos de Hegemonía Política Internacional China: 2021.


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En la Sierra

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Créditos a @Adriana Ramos Zepeda

En la Sierra, se juega basquetbol. La cancha está en la escuela. Ahí, en el recreo, la pelota es la protagonista. Hubo un tiempo en que sólo los niños iban tras ella. Ahora, pueden agruparse niñas y niños. La atracción por el deporte se amplía cuando la escuela se abre para la realización de torneos escolares o aquellos que tienen que ver con las festividades tanto oficiales como las de la propia localidad.

  Es el pasatiempo de los jóvenes y de los adultos, quienes se congregan en la cancha por la tarde, luego de las labores del día. Puede ser un 21 o un partido con el tiempo definido por los participantes. Antes, la diversión concluía cuando se ocultaba el sol. Al haberse instalado la luz eléctrica en el poblado, una prioridad fue colocar alrededor de la cancha las lámparas que extendieran la posibilidad de seguir jugando.

  La tarde puede ser también la oportunidad de aceptar la reta que propuso la localidad que está hacia la parte alta de la montaña. Un primer reto, ascender. El segundo, estar en forma para no ser apaleados. El tercero, el descenso, una vez transcurrido el tiempo de juego, en el que no habrá tregua. Aun así, está la alegría, que se acrecienta cuando se trata de un torneo que congrega a más de diez equipos. La animada marcha de los partidos construye un tiempo en el que sólo importa saber la suerte del equipo favorito. Siempre habrá rivalidades, las que se tornan atractivas cuando se enfrentan los locales a equipos venidos del otro lado de la línea o cuando se pasa hacia una localidad del otro lado, con cuyos habitantes siempre se está en contacto, por los lazos de parentesco o por esa dilatada convivencia que no conoce restricción alguna.

  Cuando la señal de televisión cubrió la Sierra, el futbol fue sentando sus reales. Empezó a saberse de aquellos campos a los que se les hacía cumplir con las medidas reglamentarias, a pesar de las laderas o de la línea (líneas más allá de la línea). El futbol se convirtió en un deporte al que se podía acceder por dos vías: primero por medio de la radio, cuando era lo único disponible, y después, a través de la televisión. Se trataba de captar la señal de las justas deportivas de corte internacional. Había que ser pacientes para esperarlas cada cuatro años, memorizar los nombres de los jugadores, emularlos y decirlos en voz alta, mientras se quería mostrar que se tenía cierto dominio del balón.

  El mimetismo alcanzaba tal grado que del apropiarse de los nombres de los jugadores se pasaba a incrustarlos en el ámbito familiar, ya fuera mediante la elección del apelativo para uno de los hijos o como apodo que el niño designaba para sí mismo. Las selecciones de futbol de cuyos jugadores se obtuvieron nombres fueron dos, por lo menos: Brasil y Francia. Si para el niño, el de un jugador; para la niña, el de un equipo, cuya elección era producto de una apuesta entre hermanos.

  Las restricciones producto de la ansiedad económica en el manejo de las transmisiones de los partidos de futbol impedirán que se vuelva a presentar esa cercanía con la afición, que se formó al amparo de la señal de televisión abierta, cuando la calle era la cancha y la portería se hacía con piedras que estaban a la mano y siempre con el riesgo de que la pelota saliera disparada hacia abajo, rumbo al río. En este tiempo, los torneos de futbol son promovidos por ligas municipales; se catalogan según categorías, en las que la infantil tiene un gran éxito, con niños y niñas que se identifican con equipos de las ligas europeas y que quizá sus padres eligieron para ellos, para ellas, un nombre que ya no recuerda aquel jugador de cuando se sabía de los mundiales por medio de una señal de televisión gratuita.

 


Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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Lázara, del refugio a la resurrección, de Mirtha Luz Pérez Robledo *

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Créditos a @Adriana Ramos Zepeda

De la caída, de la imposibilidad de nombrar esa caída, a la resurrección, al reconocimiento de que solo se posee a sí misma, está Lázara, quien se entrega a partir de lo que su corazón ha rescatado: el “amor más tierno” (23). Fue preciso un refugio: un bosque en el que, animal herido, no encontraba consuelo. Su cuerpo mismo impidió que se hundiera aún más. Fue su cuerpo el que la puso en movimiento.

  Un cuerpo que le permitió encontrar no solo la salida del bosque, sino las flores de su infancia: las palabras con las que su madre seguía el juego propuesto por ella. Petrificada, una canción que silbaba un caminante dejó que florecieran las notas que habrían de permitirle salir de la noche oscura que la hacía temblar. La melodía se conectó con ella, se apoderó de ella y la losa que le impedía moverse cedió ante el poder de la canción que la había invadido para trocar el dolor que el destino le había impuesto.

Robledo, Mirtha Luz. Lázara, Heredad, 2025.
Robledo, Mirtha Luz. Lázara, Heredad, 2025.

En ella, la canción que va insistiendo con una palabra: resistir. Resistencia del cuerpo. Y el descubrimiento, luego de salir de sí y encontrarse con otras sombras, de que quien le fue arrebatada habita ahora “en la alegría del cenzontle”, “en los colores de la tarde” (64), en el azul encantado que florece (67). “Una constatación: una estrella brilla para ella; una grieta, una herida en ella. Una revelación: “a través de la herida/ encontramos un mundo” (76). La conciencia de un ciclo: volver cuantas veces sea posible, la conquista de la inmortalidad: el alma que silba, que se hace sílaba, que busca hacerse palabra, es mariposa con las alas rotas y es libélula en una noche, no cualquier noche, una noche de julio con una estrella.

  Es pájara, tortuga, caracola; es trino de los pájaros, es “canción que trajo el viento” (86). Lo ha podido decir: “Las piedras también florecen” (87), un cuento que hay que contarse todos los días (88). Y para poder contarlo, para poder cantar, se requiere “un momento de reposo” (91). Eso: solo un momento. ¿Cuándo conquistar ese momento? Cuando se tenga con uno la capacidad de asombrarse.

  Fue el reposo el que le permitió escuchar las palabras que necesitaba: ‘Florece, mami, yo estoy bien’ (100). La quietud desterró el miedo. Hubo lugar para comprender que el amor “es la divinidad” (101), para saber que “La consigna es cantar” (103). Cantar con una voz de alma salvia, sostenida con aromas: romero, citronela, en un jardín de albahaca y tomentosas. Y ya su alma, momón y menta y mandarina, “alma de hinojo y yerbabuena” (105). Alma que ha vuelto, que trae consigo el relámpago. Es ya “espigas del azul” (109), “araña que teje con los hilos del dolor” (111), “buscadora de palarvas” (115), tzisquirina de pensar “enloquecido” (116): “triunfo del canto sobre el árbol caído” (119), la de la consigna: “Resucitar… Aunque haya que morir mil veces” (121).

  Lázara, libro dividido en siete apartados, lo escribió su autora con el respaldo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC), del Sistema Nacional de Creadores de Artes (Emisión 2023). Fue editado en octubre de 2025 por la Cooperativa del Producción y Servicios Editoriales Heredad.

  El libro se sostiene con referencias simbólicas, la alusión bíblica, doce epígrafes, una explicación no pedida y con las ilustraciones elaboradas por la poeta. Son contundentes los epígrafes, y las ilustraciones, una conversación consigo misma, una invitación más para mirar cómo ha arañado el dolor.

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Referencia:

Robledo, Mirtha Luz. Lázara, Heredad, 2025.

*Texto leído en la presentación de este libro el jueves 5 de marzo de 2026, en la librería La Cosecha, ubicada en la calle Doctor Navarro número 7, El Cerrillo, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

 


Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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Identidad, realidad e ironía en Querida Margot, de Antonio Moreno

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El libro de cuentos Querida Margot, del autor mexicano Antonio Moreno, fue publicado en 2018. Compuesto de trece historias cortas, alude a la ironía de la vida y a los eventos misteriosos que la atraen. Moreno aborda temas de estilo borgeano que rara vez aparecen en la literatura hispana, y lo hace de una manera que invita al lector a reflexionar sobre el sentido profundo de cada historia. Varios cuentos exploran el tema de la identidad y el ser; aquí se analizan tres que se centran en lo que ello significa para los personajes. Moreno nos invita a ser testigos de su mundo y del impacto que sus acciones tienen sobre su propia identidad.

El primer cuento, «La memoria del general está en sus ojos», sigue la vida de un señor general y los eventos que ocurren en una noche en la que asiste a una fiesta en un casino. En esta historia, empieza a narrar la noche en que se encontró a una mujer que, en sus palabras textuales, era “el modelo de la mujer idónea” (18). Muy pronto nos damos cuenta de que el señor empieza a recordar momentos de su vida e incluso una experiencia amorosa que tuvo hace varios años. Algo que duró durante todo el tiempo que estuvo en ese sitio, pero que, en sus palabras, “Otro día más y mi vida habría cambiado” (18). Aunque para él esa relación fue corta y pronto cayó en el olvido, algo que se nota en su personaje: la tendencia a desechar lo que siente que no le sirve o no le da valor a su ser. En la actualidad, vemos un contraste continuo entre el general, ya mayor de edad, y la mujer joven y llena de vida conocida como Julia. A él siempre le han gustado las mujeres y da a entender que anduvo con otras estando casado, algo que su esposa e hijo no pueden saber. El señor general, o Emilio, como se presenta, es alguien que construye su identidad alrededor de lo militar, o por lo menos con eso se valora. También hay que notar que cuando se presenta a Julia, le da un nombre e identidad falsos, lo que implica que le teme a ser descubierto o que quisiera aparentar ser alguien más atractivo. La noche termina con una situación a modo de espejismo: se van juntos a un cuarto de hotel y pasan la noche juntos.

Al día siguiente, él contempla pasar más tiempo con Julia, pero decide marcharse. Al llegar a su motel, recibe una llamada que le cambia la vida: Julia lo busca no como Emilio, sino como el hombre que estuvo con su madre hace años, como su padre. Cae en la cuenta de que la vida le ha jugado una cruel realidad, que sus decisiones han vuelto a reírsele en la cara. Por haber desempeñado el papel de militar, un aspecto de su identidad que lleva años usando como disfraz, aunque ya no se le aplica por su edad, ahora tiene que enfrentarse a la verdad. “Ahora ya, tan viejo y ciego, me es amargo jugar un papel que no me corresponde” (23). Julia lo quiere conocer y él no se lo concede, sabiendo que esto destruirá la identidad falsa que ha construido. Opta por irse y borrar cualquier rastro que permita identificarlo. Su identidad como hombre del ejército continuará persiguiéndolo, no por sus valores sino por lo que hizo hace años, y nada de lo que haga podrá deshacer lo hecho. Como él mismo dice, “el olvido no existe” (23), y mientras fragmentos vivan en su memoria, esa identidad seguirá con vida. Es una ironía que, por querer huir de sus actos, la verdad lo haya alcanzado de todos modos.

En el cuento titulado «Querida Margot», vemos la experiencia transexual de la protagonista y cómo esta contribuye a su identidad. La historia se abre con ella escribiéndole una carta a su hermana Margot, en la que relata historias de su infancia; en una de ellas, ambos jugaban como personajes del género opuesto. El niño llevaba vestido, mientras Margot llevaba su ropa y actuaba como hombre. La mamá hace un comentario: “El vestido le queda mejor al niño que a Margot” (28), lo que provoca que Margot se enoje y vaya a quejarse con su padre, al que se le llama “el dictador de la casa” (28). Aunque no hay mucha información sobre cómo fue el padre, la protagonista da varias indicaciones de que sucedió algo que ella no podrá perdonar. A pesar de que la carta está escrita con un tono de nostalgia, entre líneas notamos que, aun siendo adulta y libre para expresarse, le sigue teniendo una profunda envidia a la identidad de mujer de su hermana: la hermana tiene lo que más quiso desde pequeña. Cerca del final de su carta, la protagonista hace claro que siempre quiso ser idéntica a Margot; tanto, que un día de niño se puso un vestido de terciopelo y usó maquillaje. Al verse en el espejo, cayó en la cuenta de que lo que hacía era una traición contra la verdadera Margot, comenzando así una lucha interna por la identidad femenina en una sociedad hispana cerrada a las transiciones de identidad.

Ella concluye su carta pidiéndole a su hermana que no le guarde rencor, pues simplemente está viviendo su verdad, rompiendo las barreras sociales y las expectativas que suelen existir en las familias hispanas. Este cuento deja clara una cosa: la identidad no es definitiva. A través de sus palabras vemos la batalla de la estructura familiar: el hijo no quiere continuar la línea, pero a la vez tiene un miedo inmenso a su padre, lo que lo lleva a reprimir su verdadera forma de ser. En muchos casos, la mera percepción de homosexualidad o de identidad transexual pone a las personas en situación de riesgo (Reid, 118). Tras varios obstáculos, logra confrontar la realidad de que, para ser su persona auténtica, tendrá que hacer un sacrificio. Somos testigos de su metamorfosis y su transformación de aquel niño de ojos azules y formas finas en la “otra” Margot (Camps).

El tercer y último cuento, «Mirada que perjudica», aborda la realidad de una persona amargada con la vida. En un viaje en autobús, el protagonista contempla el paisaje mientras su mente no produce sino pensamientos negativos. Su realidad empieza poco a poco a enredarse con sus sueños, y una narrativa en tercera persona dicta sus acciones, sus pensamientos y las razones de su carácter. Hay un tono de arrepentimiento que, precisamente por no hacerse explícito, resulta clave para la identidad del personaje. La vida no lo ha tratado bien; trabaja horas extra e incluso los sábados. Durante toda la escena en el autobús, hay otra presencia que transmite una vibra ominosa, algo fuera de lo común. El chofer, que conduce el autobús, le sostiene la mirada de una manera que lo incomoda: “bajas la vista para esquivar el asedio visual” (57). Es también en esta escena donde aparece el elemento que lo perturba: un boleto de lotería, algo tan pequeño e insignificante que no merece una segunda mirada. En un momento impulsivo, tal vez retando al universo, se lo da al chofer diciéndole: “mañana juega, ojalá se saque el premio” (58). La ironía de la vida fue que, al hacer algo que normalmente nunca habría hecho, se perdió un premio enorme. Él no ha cambiado; sigue su rutina pesada y vive ahora con el enojo de haber echado a perder la fortuna que venía para él. Lo único que le queda es revivir la experiencia en sueños, repitiendo el momento una y otra vez.

Aunque el libro cuenta historias con aspectos muy distintos, Moreno presta atención a la identidad mexicana a través de su simbolismo y sus personajes. La identidad es algo muy subjetivo, lo que la deja abierta a la complejidad de la vida y a lo que hace a las personas como son. Cada tema admite una interpretación única, según lo que cada lector considere aplicable. La prosa de Querida Margot se expresa a través de sus palabras, sus frases y su tono. El deseo de entender a los personajes y sus complejidades es profundamente humano y hace que su formato funcione bien. La identidad transexual es un tema de gran impacto por ser algo de lo que casi no se habla, al menos no en la literatura hispana, lo que da vida a situaciones reales y actuales que ocurren en la vida de mucha gente y reconoce el impacto en las comunidades al representar con respeto una experiencia como esa. La literatura hispana en EE. UU. es importante por el hecho de que contiene una “diversidad y riqueza del español… una variante que no es ajena ni inferior, sino una expresión viva de las comunidades hispanohablantes en EE. UU.” (Klauke).

 

Bibliografía.

Camps, Martín. ““Querida Margot” de Antonio Moreno-Montero – Aurora Boreal El Portal Para Los Amantes Del Español.” Auroraboreal.net, 7 June 2018, www.auroraboreal.net/literatura/libros/2672-querida-margot-de-antonio-moreno-montero. Accessed 6 May 2026.

Klauke, Marina L. La Integración De La Literatura Chicana En La Enseñanza Del Español Como Lengua Adicional Hacia La Competencia Cultural y Lingüística En EE. UU, Northern Illinois University, United States — Illinois, 2025. ProQuest, https://www.proquest.com/dissertations-theses/la-integración-de-literatura-chicana-en-enseñanza/docview/3218918010/se-2.

Reid, Graeme. “Lucha Global Por Los Derechos de Las Personas LGBT.” Política Exterior, vol. 28, no. 157, 2014, pp. 118–28. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/43594917. Accessed 6 May 2026.

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Valeria García es estudiante de la Universidad del Pacífico, con especialización en español. Escribió este trabajo para la clase “Escritores Hispanos en Estados Unidos”, impartida por el profesor Martín Camps, en el semestre de primavera de 2026. Valeria se interesa por la representación y voz hispanas en Estados Unidos a través de la literatura y otros medios. El idioma español es su lengua materna, la que le permite conectarse profundamente con su comunidad.

Cuerpos desnudos y desafiantes

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Como artista, nutro mi inspiración en la rica variedad de colores y formas de la naturaleza de Carolina del Norte. La luz de la región es única; por ello, cada estación ofrece nuevas tonalidades. Trabajo con diversos medios, como la acuarela, el pastel y el óleo. Además de pintar las plantas y flores de mi jardín, una de mis pasiones es pintar cuerpos humanos y retratos a la acuarela y al óleo, realizando también obras por encargo. Actualmente cuento con un estudio en Creative Aging Network (https://can-nc.org/), organización sin fines de lucro. En mi cuenta de Instagram fabiola.grossi se puede ver una muestra de mis pinturas y bosquejos. He impartido talleres de acuarela para niños en dos instituciones públicas y he formado parte de la Junta Directiva del Weatherspoon Museum, donde recientemente ofrecí una charla sobre el expresionismo abstracto. Dos de mis composiciones al pastel se encuentran en el MedCenter for Women de Cone Health, en Greensboro, Carolina del Norte. Los desnudos en algodón de grandes dimensiones los pinté en L’Académie de la Grande Chaumière, en París, Francia en abril-julio de 2024.

 


Verónica Grossi estudió arte en Stamford, Connecticut, con la artista estadounidense Dorothy Soltanoff, y en Guadalajara, México, con el artista cubano José Fors. Ha expuesto su obra en galerías de Greensboro y en el City of Raleigh Museum. Recientemente dirigió una serie de poesía latinoamericana traducida para UNICORN PRESS; dos de las portadas de esta colección incluyen sus ilustraciones. Su enfoque artístico se centra en el color, así como en la abstracción y el movimiento dentro de la composición figurativa. También es poeta y escritora; enseña literatura latinoamericana en su contexto transatlántico y europeo en la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro.

Carrera de larga distancia

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Para Fergus O’Leary (1987–2026),

in memoriam. Hijo, padre, esposo,

amigo, católico, militar,

pero, sobre todo, a mí, hermano.

Mi hermano Fergus comenzó a correr campo traviesa en la secundaria, bajo la dirección de un exmarine que dirigía su equipo con el rigor un tanto desatinado por el que es conocido ese cuerpo militar y que de hecho cabía muy bien en el colegio jesuita en el que estudiamos. Entre semana, al acabar las clases, recorrían las calles del barrio Bellaire de Houston, animados y perseguidos por los ladridos del entrenador, pero los sábados viajaban por todo el sudoeste de Texas, dormitando la madrugada hasta que se paraba el bus en algún parqueadero anónimo, se bajaban y se echaban a correr.

Me lo imagino como era entonces – absurdamente joven, pero distinguible ya por su sonrisa pícara y su nariz aguileña – sintiendo con alegría cómo se estiraban y aflojaban los poderosos músculos de sus piernas, olfateando el aire fresco de la mañana y deleitándose en la libertad y el desafío de la carrera de larga distancia. No dudo que sintiera mi hermano la presencia de Dios en aquellas giras, encontrando en el silencio y la simple tarea de seguir avanzando una forma de orar. (En esos días se debatían su vida El Señor y una joven texana de origen italiana e indio americano. Resultado: empate. Mi cuñada se quedó con su cuerpo y Él con su alma. Compartían su corazón, aunque más tarde ambos les tuvieron que ceder una parte a sus tres hijos.) Puede parecer exagerado conectar el deporte con lo divino, pero los juegos olímpicos antiguos se celebraban en honor de Zeus, el rey de los dioses, y en su primera época eran de carácter puramente religioso.

Sin duda, el ideal atlético de los griegos y su entrenamiento en las gymnasía les servía además como entrenamiento para la guerra. Así fue para Fergus, quien al graduarse del colegio ingresó en el ejército britanico, llegando al rango de mayor. Fue una carrera que realizó otro matiz etimológico de la palabra deporte, el destierro, pues lo llevó a Alemania, Afganistán, España, Turquía y de regreso a Colombia – donde vivimos de niños y aprendimos a jugar al fútbol y hablar el español – para formar parte del equipo de la ONU supervisando el desmantelamiento de los arsenales de las FARC tras firmarse el Acuerdo de La Habana en 2016.

Me pregunto ahora si recordara alguna vez, en las montañas de Asia o en los llanos americanos, aquellas mañanas texanas de aire libre y gozo físico y espiritual, y me gustaría hablarlo con él, pero ya no hay manera. Su carrera, como su vida, terminó el 24 de enero de 2026, cuando lo venció el cáncer que le asediaba desde hace por lo menos seis años, pero ante el cual nunca se rindió.

A pesar de su muerte demasiado temprana – tenía apenas 38 años – no dejo de pensar en su vida como una de esas carreras de larga distancia: llena de libertad y desafío. Disfrutó, viajó, trabajó, luchó, leyó, escribió, amó y se dedicó, como él mismo explica en la carta testamentaria dirigida a sus hijos, «a levantarme cada mañana y pasar el día haciendo algo que le es de servicio al prójimo», pues ninguna otra cosa «me ha proporcionado siquiera la mitad de la honda satisfacción y alegría de una vida de servicio»; llena también del impulso a seguir adelante, a pesar de todo.

A pesar, en especial, de la enfermedad que le costó el brazo derecho y le dificultó muchas actividades que le encantaban, que le invadió primero a los pulmones – seguía corriendo incluso cuando había comenzado a sufrir colapsos pulmonares– y luego, a todo ese cuerpo que en la juventud se había desplazado por tantas millas de carretera con tanta facilidad y tanto placer. Ni eso lo pudo detener. Mi hermanito siguió hasta al final y llegó a la meta como el legendario Filípides a Atenas tras cumplir el primer maratón: muerto, pero victorioso.

¿Acaso es posible? ¿Triunfar y fallecer a la vez? ¿Dejarse la vida, pero llevarse los laureles? Difícilmente podemos hablar de la victoria en la vida porque el lenguaje más sencillo nos traiciona: la vida no se puede ganar, porque nos es regalada, y como no hay ni ha habido ser mortal que no la pierda, se tendría que decir que fracasamos todos. Pero las palabras que usamos para describir la realidad tienen tan poco que ver con ella como el informe del periódico dominical con el partido del sábado o como este breve homenaje a mi hermano con el hombre que fue. Sudor, sangre, risa, llanto, júbilo, desespero, triunfo, derrota: todos son cosa de carne y hueso y no se dejan delimitar. Claro que se puede morir victorioso, porque la vida abarca toda posibilidad.

Es más, hay que tener en cuenta que en la vida, como en la carrera de larga distancia, el contrario no es otro – ni el prójimo, ni el suelo, ni la distancia, ni la muerte – sino uno mismo. La victoria no es la del que llegue primero al final, sino del que pueda superar el reto de sí mismo – aquella vocecita insidiosa que pide agua, un descanso, que insiste que no se puede y que no vale la pena el intento – y como dice Kipling (en uno de los poemas favoritos de mi hermano), «fill the unforgiving minute with sixty seconds’ worth of distance run». Es decir, el campeón es el que no echa a perder ni un segundo, a pesar de lo duro que es la carrera, el que no se permite reservas, el que se las gasta todas y se entrega enteramente a seguir adelante, a correr. Fergus, como cualquiera, experimentó el éxito y el fracaso, ganó y perdió, pero como pocos que he conocido, ni vacilaba ni se frenaba y le sacó de sus demasiados pocos años toda la vida que en ellos había. Ganada o perdida la carrera o el partido, el campeón es el que lo deja todo, pero todo en el campo. De aquellos héroes era mi hermanito.

 


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A Long-Distance Race

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For Fergus O’Leary (1987–2026),

in memoriam. Son, father, husband, friend,

catholic and soldier, but above all, to me,

brother.

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My brother, Fergus, started running cross-country in high school, under the direction of a former marine who coached his team with the slightly crazed discipline for which that branch is known and which actually fit in quite well at the Jesuit prep school we attended. During the week, after classes, they would run through Houston’s Bellaire neighbourhood, encouraged and pursued by their coach’s shouts. On Saturdays they travelled all over southwest Texas, sleeping through the early morning until the bus stopped in some anonymous parking lot and they all piled off and began to run.

  I imagine him as he was then – absurdly young, but already recognizable by his roguish smile and his aquiline nose – enjoying the flexing of his powerful leg muscles, sniffing the fresh morning air and delighting in the freedom and challenge of a long distance race. I have no doubt that my brother felt the presence of God on those runs, finding in the silence and the simple task of continuing a form of prayer. (In those days his life was being contested by the Lord and by a young Texan woman of Italian and Native American heritage. The result: a tie. My sister-in-law got his body and the Lord his soul. They shared his heart, although later they each had to cede a part to his three children.) It might seem an exaggeration to connect sport with the divine, but the ancient Olympic Games were celebrated in honor of Zeus, king of the gods, and in their first incarnation were purely religious in character.

No doubt their athletic ideal and training in the gymnasia served to prepare the ancient Greeks for war. It was the same with Fergus, who on finishing school joined the British Army, ascending eventually to the rank of major. His was a career that realized another etymological facet of sport (from the Old French desporter, to carry away) as it took him to Germany, Afghanistan, Spain, Turkey and back to Colombia – where we lived as children and learned to play football and speak Spanish – to form part of the UN team supervising the disarmament of the FARC after the signing of the peace agreement in Havana in 2016.

I wonder now whether, in the mountains of Asia or on the plains of South America, he ever recalled those Texan mornings of fresh air and physical and spiritual joy, and I would love to ask him, but I can’t. His career came to an end along with his life, on the 24th of January, 2026, when he finally succumbed to the cancer that had laid siege to his body for at least six years, but to which he never surrendered.

Despite his too-early death – he was only 38 – his life reminds me of one of those long-distance races: full of freedom and challenge. He enjoyed himself, travelled, worked, fought, read, wrote, loved and dedicated himself, as he explained in a final letter to his children, “to awake every morning and spend my day doing something of service to a fellow human being” for nothing else “has provided me with anywhere near the deep satisfaction and joy as a life of service.” Full, too, of the impulse to keep going, in spite of everything.

In spite, especially, of the illness that cost him his right arm and made it difficult to do so many of the things he loved; that first invaded his lungs – he kept running even when they had started to collapse! – then the whole of that body that in his youth had run down so many miles with such ease and pleasure. Not even that was able to stop him. My little brother kept going until the end, arriving at the finish line as the legendary Pheidippides did in Athens after running the first marathon: dead, but victorious.

Is such a thing even possible? To both perish and prevail? To leave your life, but take with you the victory laurels? It is difficult to speak about victory in life, because the simplest language betrays us: life cannot be won because it is given to us, and as there has never been a mortal being that has not lost it in the end, we must all be counted losers. But the words we use to describe reality have as little to do with it as the report in Sunday’s paper has with Saturday’s match or this brief tribute to my brother with the man he was. Sweat, blood, laughter, tears, joy, despair, victory, defeat – all are things of flesh and bone and cannot be delimited. Of course it is possible to die victorious, because life encompasses every possibility.

What is more, we must bear in mind that in life, as in a long-distance race, the opponent is not some other – neither a person, nor the ground, nor the distance, nor even death – but oneself. Victory belongs not to he who finishes first, but to he who can meet the challenge of himself: the insidious little voice that calls for water, or a rest, or who insists that it’s impossible and that the effort is in vain. Victory belongs to he who can, as Kipling says in one of my brother’s favourite poems, “fill the unforgiving minute with sixty seconds’ worth of distance run”. Which is to say that a champion is he who wastes not a second, no matter how hard the race, he who holds nothing in reserve, who spends every ounce of everything he has and gives himself entirely to running on. Like all of us, Fergus experienced success and failure, he won and he lost, but like few people I have known, he neither hesitated nor held back, and he squeezed from his too-few years every drop of life that was in them. A champion is he who leaves absolutely everything he has in the field or on the pitch, regardless of whether the race or the match be won or lost. My brother was such a champion.


Eamonn O’Leary es de origen irlandés e inglés. Se crió en Colombia y los EE.UU. Ha vivido en los EE.UU., Bulgaria, Alemania e Irlanda. Es profesor de secundaria y estudiante en The University of Texas, Permian Basin.