ISSN 2692-3912

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El undécimo canto

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Elpénor, ¿cómo es que te encuentras en la tierra de las tinieblas?

Odisea, XI, 57

Creo que nunca existió. Entre las ramas,

vimos el gran puerto abandonado.

El muelle de hormigón palidecía y se mecía silenciosamente,

en las sombras sobre las aguas turbias.

Los pilotes del muelle sobresalían entre las olas.

En la llanura, un viento danzante

desviaba un remolino de arena más oscuro

que los restos de barcos destrozados.

El temporal, azotado por mástiles

y enredado en cuerdas, se posaba pesadamente

sobre las algas, los cardos y las dunas.

El calor aleteaba en el horizonte

como una bruja andrajosa. Un muchacho,

tras clavar una balsa con tablas podridas,

flotaba a través del río poco profundo. Parecía

que se habría alegrado de tener compañía.

No vimos a nadie más en la orilla.

Alguien dijo que este lugar,

como muchos otros, le recordaba a Ítaca.

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Estábamos en el corazón del día.

La guerra pasada y el viaje

llenaron nuestras mentes como

una ola llena los pulmones del nadador incauto.

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Bajo nuestros pies crujían conchas, huesos,

rocas llenas de grietas y agujeros. Después descansamos

en la hierba, olvidados de la naturaleza, aunque la naturaleza

nos había olvidado mucho antes.

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Versión de Antonio Moreno

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Tomas Venclova nació en 1937 en Klaipéda, en la costa de Lituania, y se educó en la Universidad de Vilna. Es traductor, profesor, disidente intelectual y poeta de primer orden. El poeta laureado con el Nobel de Literatura de 1980, Czeslaw Milosz, amigo y paisano suyo, profesor en la Universidad de Berkeley, lo invitó a impartir clases en la misma institución, pero terminó recibiendo una oferta del Departamento de Lenguas y Literaturas Eslavas en la Universidad de Yale, de la cual se jubiló hace ya algunos años. Fue amigo de Ana Ajmátova, Joseph Brodsky y Boris Pasternak.


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El fútbol amateur en Ciudad Juárez, una forma de existir, una vida de la patada

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Para hablar de fútbol amateur es necesario precisar cuándo se origina este bello deporte en Ciudad Juárez. El periodista Luis Galván Saucedo, en un artículo publicado en el periódico El Fronterizo, da testimonio de cómo, cuándo y quiénes fueron los pioneros de tan excelso deporte, sin la menor intención de restar méritos a nadie, y solo con el objeto de que las nuevas generaciones y la afición al fútbol soccer conozcan el origen de este deporte, predilecto de muchos, en Ciudad Juárez.

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Procedente de Guadalajara, cantera inagotable de buenos futbolistas, arribó a esta ciudad, allá por 1914, el joyero Enrique Benítez. La arrogancia y los bríos de la juventud, y con la ilusión de abrirse paso en la vida, lo llevaron a instalar un modesto taller de joyería. Los ratos de descanso en el duro trajín diario debían ocuparse en algo, y lógicamente escogió la práctica del fútbol soccer, que es y será siempre el deporte de sus amores. Mandó traer una pelota de su tierra natal allá por 1918, que es cuando se formó y se vio aquí en Juárez el primer equipo de fútbol soccer. Todos eran joyeros, paisanos también, que unidos fraternalmente fueron los que marcaron la pauta que con tanto acierto siguieron después los hermanos Pratts primero y Roberto Azani después. Ahí estaban Mariano García Casillas, Mariano Villalobos, entonces prósperos joyeros de la localidad, los hermanos Rojas, entre otros. La labor en pro del desenvolvimiento de este deporte, desconocido para todos, fue ardua y tesonera, pero esto a Enrique Benítez no le hizo mella.

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Al estilo de Azani, solo que con menos facilidades, seguía la ruta que se había trazado. Así, el joyero Benítez formó varios equipos. Se jugaba con mucho entusiasmo en los campos Cervecería, Tívoli, Bellavista y frente a uno que estaba situado al norte de donde está ahora el Cine Alianza. El “Once Juárez era el mejor: un equipo fraternal parecido al inolvidable Necaxa de los once hermanos. Los choques contra el equipo de D. Enrique Benítez, el hombre que con entusiasmo y apoyo económico impulsó por primera vez en esta ciudad el fútbol soccer, eran los más esperados.

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La niñez está marcada por retos de gran trascendencia en la mente de un niño. Muchos crecemos como los hijos menores de ocho hasta diez o más hermanos, y nuestra aparición en la vida es salir y enfrentar todo lo que se venga. Siendo niños, una de las experiencias más gratas y maravillosas es salir a la calle, al patio, al llano, al lote baldío y a cualquier otro espacio donde uno pudiera moverse y patear un balón, un bote, una piedra, una pelota de esponja, hasta una canica. En mi caso, yo con mis hermanos nos íbamos a jugar cascarita en un pasaje comercial ubicado en la Rafael Velarde entre las calles Ramón Rayón y Francisco Mina, con canicas o un canicón, con una pelota de tenis, hasta que un día quebramos un aparador de vidrio y ahí terminaron nuestras prácticas. Pareciera que patear algo fuera una síntesis liberadora o creadora, el único modo de gastar energía, buscar distracciones y diversión. Hay que entender que muchos de nuestra generación éramos muy humildes, asentados en colonias, barrios o vecindades donde no había lugar para correr. Entonces estos niños, buscando esa práctica liberadora, primero en las retas o el gol para cuando solo eran tres o cinco participantes: uno se ponía de portero y los otros disputaban para meter gol. En mi caso así era, porque éramos cinco hermanos y, claro, se sumaban los primos, que con todos ya formábamos más de un equipo de fútbol. De ahí también surgió mi habilidad para la portería en lo amateur, ya que siendo yo el menor no tenían valor mis preferencias, así que todos al unísono me decían: “tú de portero”..

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El fútbol, considero, es poco más que una forma del subconsciente profundo que fue construyendo en nuestro cerebro infantil un método para resistir la frustración, una manera de higiene mental que nos dotó de fuerza física y psicológica para prepararnos a enfrentar la vida que, en una ciudad fronteriza, se vuelve complicada. Jugar fútbol es una característica instintiva y orgánica que nos predispone a la acción; es percibir el movimiento de una vida hasta sus curvas más leves, y hacerlo tanto en lo individual como en lo colectivo es rellenar el molde de su huella en el paso por el mundo, es una cosmovisión con signos vivos, abrir una minúscula ventana para crear un alma grande que se libere en plenitud mental y física, es indagar en lo celular como vía de acceso a los tejidos que, agrupándose en forma de órganos, buscan cumplir con la misión de ese cuerpo vital en coordinación y dar un juego armónico. En estas “vidas conjeturales” se consigue perfectamente dar el paso de lo anatómico fisiológico y, cuando el observador humano lo mira, lo transforma en literario, poético y narrativo. De ahí el éxito de los programas televisivos, solo que en lo amateur es una experiencia que contiene todos esos ingredientes que dan esa plenitud al hombre que juega fútbol por placer. Esta interpretación que describo, si no me equivoco, son palabras que transferí al fútbol de un poema de Bruno Montano.

La reta callejera era un encuentro de cuatro contra cuatro, o de más miembros, a veces hasta de catorce contra catorce o más. Cualquier momento era bueno para disiparse, horas y horas de día, tarde y noche correteando todos tras una pelota, risas, patadas, puntapiés, crujir de espinillas y huesos, pura felicidad y adrenalina, la felicidad encarnada en ese momento que fortalece el genotipo de la vida dura y a veces cruel de los diferentes barrios bravos de la frontera.

Otro momento importante que nos marcó fueron los partidos de barrio contra barrio. En nuestros tiempos, ir a jugar al parque de la Chaveña, enfrentarnos al de las Moras, o jugar contra la Pandilla los Leos o los Maylons era toda una aventura; cada uno tenía su cancha, la nuestra una calle con unas piedras separadas por doce pasos como porterías. En estas retas sufríamos una metamorfosis kafkiana: de tiernos corderos a verdaderos demonios. Generalmente terminaba en campal, dosis de feroz adrenalina, casi una práctica del fútbol primitivo; eso sí, después del enfrentamiento a recoger heridos y a correr si se ponía feo, o a corretear al rival si nos iba bien. De ahí creció en nosotros un espíritu competitivo y violento; éramos como hordas primitivas y salvajes. Eso, con el tiempo, curtió nuestros cuerpos y fortaleció nuestras mentes, y algunos se convirtieron en líderes, generalmente el mayor o el más hábil para jugar, el héroe para nosotros los más pequeños.

Así como en el barrio la reta o el partido terminaba muchas veces en cruentas peleas, que en ocasiones solo eran intercambio de patadas y trompadas, y guerra azteca porque, según el barrio, se desembocaba en encuentro de pedradas, descalabros, sangre y dolor que quedaban en el ambiente del partido ganado o perdido. Lo curioso, o grave, es que en los campos de fútbol estas campales se magnifican y son terribles y cruentas, y me han tocado algunas que culminaron en drama, sangre y muerte, casi siempre causadas por las porras y la presencia de alcohol y droga. En todas las ligas de la ciudad, antes, durante y después del partido, el consumo principalmente de alcohol y mota está presente; y por supuesto son la minoría, pero existe y es muy común y popular esta práctica. Por eso muchos programas de prevención de la violencia y la delincuencia, de tipo gubernamental y social, fracasan, porque el deporte no inhibe el consumo, lo promueve, y a gran escala.

Toda esta experiencia previa vino a rendir sus frutos en la escuela primaria, donde se fortaleció la práctica de este bello deporte que, sin saberlo, sería el bálsamo donde todo se cura: la enfermedad, la tristeza, el dolor, y donde se olvida por un instante el hambre para después regresar con más fuerza estrujándonos la panza. Fue en la escuela primaria donde empezó, para mí y para muchos, el fútbol amateur. Estando en la Escuela Primaria Miguel Alemán, un maestro muy aficionado al fútbol formó un equipo llamado Deportivo Pancracio. Recuerdo con mucha simpatía que el uniforme que portábamos era un bóxer blanco como short y una camiseta blanca Fruit of the Loom a la que con marcador negro le poníamos el número en la espalda. Ese fue mi primer equipo oficial.

Después, ya con toda la práctica acumulada con mis hermanos, mis primos y el barrio, pasé a otro nivel: las Ligas Infantiles, específicamente una Liga de Fútbol San José, cuyos campos estaban sobre la Avenida López Mateos entre las colonias Melchor Ocampo, antes colonia Hortensias, y el Fraccionamiento San José. El equipo era los Volcánicos, que tuvo muchos campeonatos y una historia llena de palmas y laureles. Ahí destacó un amigo que era el mejor de todos, un Pelé; su nombre, Sergio Enrique Flores Cardiel, mejor conocido como Checho, dotado de una zurda privilegiada, velocidad y regate. Con él aprendí a moverme un poco mejor en el campo. Hasta la fecha sigue jugando fútbol con la misma habilidad, solo que ahora somos sexagenarios.

Con toda esa práctica llegó ya una cascada de juegos en varias ligas de la ciudad, más o menos siguiendo este orden: Liga de Fútbol San José, equipo Volcánicos; Liga de Fútbol Alianza, equipo Deportivo Bayer Múnich, en los campos de la calle Niños Héroes; Liga de Fútbol Margarita Maza de Juárez, equipo Deportivo Chaveña, en los campos Concretos, hoy Eje Vial Juan Gabriel, en la colonia San Antonio; Liga Veteranos, equipo los Billeteros, en los campos Naíca en el Chamizal; Liga Reforma, equipo Cruz Azul, campos diversos: el Seminario, Ingeniería y Arquitectura de la UACJ, los Hípicos, entre otros; la Interligas en los campos de San Lorenzo con el equipo Cruz Azul; Liga Triunfo de la República, campos en San Lorenzo, con el equipo Perú; Liga Juárez con el equipo Nardo, en los campos del ISSSTE frente a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en el PRONAF; Liga Mayor, jugando en el Estadio 20 de Noviembre con el equipo Real Madrid; Liga Latinoamérica, en los campos de la Avenida del Ejército, donde hoy está un Smart en la calle Mesteñas; Liga Juárez, en los campos de Ejército y Plutarco, que destaca porque en ese torneo participaban dos equipos dentro del CERESO, y era toda una odisea jugar ahí bajo la presión de los reclusos, había el CERESO “A” de muy buen nivel y pesaba la localía, sin embargo no importaba dónde estuviéramos, teníamos que ganar.

También participamos en otros torneos representando a la selección de la liga: Juegos Internacionales Juárez/El Paso, Tx., con el equipo de la Prepa Altavista; Copa Presidente con el equipo Altavista; Torneo Intercolonias; Torneo Estatal del IMSS con la Selección de la Liga Margarita Maza de Juárez; Torneo de Barrios, entre muchos otros.

Un aspecto sumamente importante que hay que señalar es que jugar futbol amateur es un deporte de alto rendimiento por que las condiciones en que se juega son campos sin pasto que son de tierra, barro y piedra, algunos incluso muy arenosos lo que exige una excelente condición física. El clima otro factor que pide un rendimiento físico impecable en el invierno en Ciudad Juárez con temperaturas bajo cero con un aire frio que cala hasta los huesos y en el verano un calor seco que desgasta con temperaturas de 40 grados centígrados a cielo abierto en lugares a veces sin sombra ni arboles cerca y en cuaresma con vientos y terregales que limitan la visibilidad y el control del balón y sin embargo los partidos se llevan a cabo sin ningún problema.

Cabe señalar que he jugado en casi todas las ligas de fútbol soccer en un periodo de 1970 a 2025 y en la mayoría de los equipos he sido campeón. He participado en muchos equipos y no recuerdo todos los nombres, pero algunos son inolvidables: los Volcánicos, el Bayer Múnich, la Prepa Altavista, el Deportivo Nardo, el Real Madrid, el Arroyo Colorado, el Deportivo Chaveña, el Cruz Azul, la UACH, el Perú, Deportivo Indios, Hugo Boots, STAUACJ, el San Patricio, Integra, y muchos más que no recuerdo.

En la actualidad el fútbol amateur se ha transformado. Ahora hay campos con césped sintético y campos con pasto natural, y las retas se convirtieron en fut cinco, fut siete y fútbol de salón. Muchos campos de fútbol soccer cuentan hoy con pasto sintético, que tiene sus ventajas pero también sus consecuencias: es malo para las rodillas, y su superficie dura no permitirá jugar hasta nuestra edad, pues provoca muchas lesiones que no auguran un gran futuro para muchos.

El fútbol llena cada espacio de nuestra vida. Recuerdo que algunos amigos académicos lo ponían todo en perspectiva científica; el fútbol es álgebra, el trinomio cuadrado perfecto; es una ciencia física, tiempo, velocidad, distancia; es química, sustancias y fluidos; es filosofía, alegría; es psicología, mente individual y mente social; es comunidad, es liderazgo, es lenguaje. El fútbol es un concepto de totalidad.

Ahora, viendo en retrospectiva a compañeros que desde la infancia siguen jugando fútbol, es algo indescriptible; vivir, sentir, ver el ritual es una atmósfera con una mística, un sentimiento de elevación con una carga de significados y símbolos que tiene nuestra práctica, y que nos hace valorar más este amor fiel, este sentimiento de realización y libertad que nos embarga cada vez que entramos al campo. Para muchos incluso no es solo el partido, sino también la carne asada, el post partido, los comentarios, los reclamos, las felicitaciones y, como expliqué antes, su respectiva cerveza o cervezas después del juego. Hay también mucha irresponsabilidad en esto; hay compañeros que han muerto en el campo, algunos fuman en el medio tiempo, se emborrachan, y sin embargo muchos argumentan, y algunos anhelan, dar fin a su existencia haciendo lo que más les gusta, el fútbol. Este año puedo contar cinco compañeros que murieron, y a pesar de esto muchos afirman que les gustaría morir igual, y no en la cama de un hospital, solos, abandonados, olvidados, sino sintiendo la pasión y el amor por el fútbol.

 


René Nava es actualmente maestro en la Universidad Adela Cornejo y recientemente jubilado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Cuenta con Maestría en Administración con Especialidad en Recursos Humanos y Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la misma universidad. Con una antigüedad de 40 años en el ámbito de la docencia y la vida académica, ha desempeñado diversos cargos, entre los que destacan director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de 2001 a 2005, secretario académico de la misma facultad, coordinador de la carrera de Ciencias de la Comunicación y director del Centro de Investigación, Desarrollo y Habilidades Mediáticas (CIDEHM). Ha escrito varios textos referentes a su perfil docente, entre los que destacan Visión Retrospectiva: Historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales 1959-1979 y Fundamentos de Hegemonía Política Internacional China: 2021.


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En la Sierra

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Créditos a @Adriana Ramos Zepeda

En la Sierra, se juega baasquetbol. La cancha está en la escuela. Ahí, en el recreo, la pelota es la protagonista. Hubo un tiempo en que sólo los niños iban tras ella. Ahora, pueden agruparse niñas y niños. La atracción por el deporte se amplía cuando la escuela se abre para la realización de torneos escolares o aquellos que tienen que ver con las festividades tanto oficiales como las de la propia localidad.

  Es el pasatiempo de los jóvenes y de los adultos, quienes se congregan en la cancha por la tarde, luego de las labores del día. Puede ser un 21 o un partido con el tiempo definido por los participantes. Antes, la diversión concluía cuando se ocultaba el sol. Al haberse instalado la luz eléctrica en el poblado, una prioridad fue colocar alrededor de la cancha las lámparas que extendieran la posibilidad de seguir jugando.

  La tarde puede ser también la oportunidad de aceptar la reta que propuso la localidad que está hacia la parte alta de la montaña. Un primer reto, ascender. El segundo, estar en forma para no ser apaleados. El tercero, el descenso, una vez transcurrido el tiempo de juego, en el que no habrá tregua. Aun así, está la alegría, que se acrecienta cuando se trata de un torneo que congrega a más de diez equipos. La animada marcha de los partidos construye un tiempo en el que sólo importa saber la suerte del equipo favorito. Siempre habrá rivalidades, las que se tornan atractivas cuando se enfrentan los locales a equipos venidos del otro lado de la línea o cuando se pasa hacia una localidad del otro lado, con cuyos habitantes siempre se está en contacto, por los lazos de parentesco o por esa dilatada convivencia que no conoce restricción alguna.

  Cuando la señal de televisión cubrió la Sierra, el futbol fue sentando sus reales. Empezó a saberse de aquellos campos a los que se les hacía cumplir con las medidas reglamentarias, a pesar de las laderas o de la línea (líneas más allá de la línea). El futbol se convirtió en un deporte al que se podía acceder por dos vías: primero por medio de la radio, cuando era lo único disponible, y después, a través de la televisión. Se trataba de captar la señal de las justas deportivas de corte internacional. Había que ser pacientes para esperarlas cada cuatro años, memorizar los nombres de los jugadores, emularlos y decirlos en voz alta, mientras se quería mostrar que se tenía cierto dominio del balón.

  El mimetismo alcanzaba tal grado que del apropiarse de los nombres de los jugadores se pasaba a incrustarlos en el ámbito familiar, ya fuera mediante la elección del apelativo para uno de los hijos o como apodo que el niño designaba para sí mismo. Las selecciones de futbol de cuyos jugadores se obtuvieron nombres fueron dos, por lo menos: Brasil y Francia. Si para el niño, el de un jugador; para la niña, el de un equipo, cuya elección era producto de una apuesta entre hermanos.

  Las restricciones producto de la ansiedad económica en el manejo de las transmisiones de los partidos de futbol impedirán que se vuelva a presentar esa cercanía con la afición, que se formó al amparo de la señal de televisión abierta, cuando la calle era la cancha y la portería se hacía con piedras que estaban a la mano y siempre con el riesgo de que la pelota saliera disparada hacia abajo, rumbo al río. En este tiempo, los torneos de futbol son promovidos por ligas municipales; se catalogan según categorías, en las que la infantil tiene un gran éxito, con niños y niñas que se identifican con equipos de las ligas europeas y que quizá sus padres eligieron para ellos, para ellas, un nombre que ya no recuerda aquel jugador de cuando se sabía de los mundiales por medio de una señal de televisión gratuita.

 


Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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Lázara, del refugio a la resurrección, de Mirtha Luz Pérez Robledo *

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Créditos a @Adriana Ramos Zepeda

De la caída, de la imposibilidad de nombrar esa caída, a la resurrección, al reconocimiento de que solo se posee a sí misma, está Lázara, quien se entrega a partir de lo que su corazón ha rescatado: el “amor más tierno” (23). Fue preciso un refugio: un bosque en el que, animal herido, no encontraba consuelo. Su cuerpo mismo impidió que se hundiera aún más. Fue su cuerpo el que la puso en movimiento.

  Un cuerpo que le permitió encontrar no solo la salida del bosque, sino las flores de su infancia: las palabras con las que su madre seguía el juego propuesto por ella. Petrificada, una canción que silbaba un caminante dejó que florecieran las notas que habrían de permitirle salir de la noche oscura que la hacía temblar. La melodía se conectó con ella, se apoderó de ella y la losa que le impedía moverse cedió ante el poder de la canción que la había invadido para trocar el dolor que el destino le había impuesto.

Robledo, Mirtha Luz. Lázara, Heredad, 2025.
Robledo, Mirtha Luz. Lázara, Heredad, 2025.

En ella, la canción que va insistiendo con una palabra: resistir. Resistencia del cuerpo. Y el descubrimiento, luego de salir de sí y encontrarse con otras sombras, de que quien le fue arrebatada habita ahora “en la alegría del cenzontle”, “en los colores de la tarde” (64), en el azul encantado que florece (67). “Una constatación: una estrella brilla para ella; una grieta, una herida en ella. Una revelación: “a través de la herida/ encontramos un mundo” (76). La conciencia de un ciclo: volver cuantas veces sea posible, la conquista de la inmortalidad: el alma que silba, que se hace sílaba, que busca hacerse palabra, es mariposa con las alas rotas y es libélula en una noche, no cualquier noche, una noche de julio con una estrella.

  Es pájara, tortuga, caracola; es trino de los pájaros, es “canción que trajo el viento” (86). Lo ha podido decir: “Las piedras también florecen” (87), un cuento que hay que contarse todos los días (88). Y para poder contarlo, para poder cantar, se requiere “un momento de reposo” (91). Eso: solo un momento. ¿Cuándo conquistar ese momento? Cuando se tenga con uno la capacidad de asombrarse.

  Fue el reposo el que le permitió escuchar las palabras que necesitaba: ‘Florece, mami, yo estoy bien’ (100). La quietud desterró el miedo. Hubo lugar para comprender que el amor “es la divinidad” (101), para saber que “La consigna es cantar” (103). Cantar con una voz de alma salvia, sostenida con aromas: romero, citronela, en un jardín de albahaca y tomentosas. Y ya su alma, momón y menta y mandarina, “alma de hinojo y yerbabuena” (105). Alma que ha vuelto, que trae consigo el relámpago. Es ya “espigas del azul” (109), “araña que teje con los hilos del dolor” (111), “buscadora de palarvas” (115), tzisquirina de pensar “enloquecido” (116): “triunfo del canto sobre el árbol caído” (119), la de la consigna: “Resucitar… Aunque haya que morir mil veces” (121).

  Lázara, libro dividido en siete apartados, lo escribió su autora con el respaldo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC), del Sistema Nacional de Creadores de Artes (Emisión 2023). Fue editado en octubre de 2025 por la Cooperativa del Producción y Servicios Editoriales Heredad.

  El libro se sostiene con referencias simbólicas, la alusión bíblica, doce epígrafes, una explicación no pedida y con las ilustraciones elaboradas por la poeta. Son contundentes los epígrafes, y las ilustraciones, una conversación consigo misma, una invitación más para mirar cómo ha arañado el dolor.

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Referencia:

Robledo, Mirtha Luz. Lázara, Heredad, 2025.

*Texto leído en la presentación de este libro el jueves 5 de marzo de 2026, en la librería La Cosecha, ubicada en la calle Doctor Navarro número 7, El Cerrillo, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

 


Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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Identidad, realidad e ironía en Querida Margot, de Antonio Moreno

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El libro de cuentos Querida Margot, del autor mexicano Antonio Moreno, fue publicado en 2018. Compuesto de trece historias cortas, alude a la ironía de la vida y a los eventos misteriosos que la atraen. Moreno aborda temas de estilo borgeano que rara vez aparecen en la literatura hispana, y lo hace de una manera que invita al lector a reflexionar sobre el sentido profundo de cada historia. Varios cuentos exploran el tema de la identidad y el ser; aquí se analizan tres que se centran en lo que ello significa para los personajes. Moreno nos invita a ser testigos de su mundo y del impacto que sus acciones tienen sobre su propia identidad.

El primer cuento, «La memoria del general está en sus ojos», sigue la vida de un señor general y los eventos que ocurren en una noche en la que asiste a una fiesta en un casino. En esta historia, empieza a narrar la noche en que se encontró a una mujer que, en sus palabras textuales, era “el modelo de la mujer idónea” (18). Muy pronto nos damos cuenta de que el señor empieza a recordar momentos de su vida e incluso una experiencia amorosa que tuvo hace varios años. Algo que duró durante todo el tiempo que estuvo en ese sitio, pero que, en sus palabras, “Otro día más y mi vida habría cambiado” (18). Aunque para él esa relación fue corta y pronto cayó en el olvido, algo que se nota en su personaje: la tendencia a desechar lo que siente que no le sirve o no le da valor a su ser. En la actualidad, vemos un contraste continuo entre el general, ya mayor de edad, y la mujer joven y llena de vida conocida como Julia. A él siempre le han gustado las mujeres y da a entender que anduvo con otras estando casado, algo que su esposa e hijo no pueden saber. El señor general, o Emilio, como se presenta, es alguien que construye su identidad alrededor de lo militar, o por lo menos con eso se valora. También hay que notar que cuando se presenta a Julia, le da un nombre e identidad falsos, lo que implica que le teme a ser descubierto o que quisiera aparentar ser alguien más atractivo. La noche termina con una situación a modo de espejismo: se van juntos a un cuarto de hotel y pasan la noche juntos.

Al día siguiente, él contempla pasar más tiempo con Julia, pero decide marcharse. Al llegar a su motel, recibe una llamada que le cambia la vida: Julia lo busca no como Emilio, sino como el hombre que estuvo con su madre hace años, como su padre. Cae en la cuenta de que la vida le ha jugado una cruel realidad, que sus decisiones han vuelto a reírsele en la cara. Por haber desempeñado el papel de militar, un aspecto de su identidad que lleva años usando como disfraz, aunque ya no se le aplica por su edad, ahora tiene que enfrentarse a la verdad. “Ahora ya, tan viejo y ciego, me es amargo jugar un papel que no me corresponde” (23). Julia lo quiere conocer y él no se lo concede, sabiendo que esto destruirá la identidad falsa que ha construido. Opta por irse y borrar cualquier rastro que permita identificarlo. Su identidad como hombre del ejército continuará persiguiéndolo, no por sus valores sino por lo que hizo hace años, y nada de lo que haga podrá deshacer lo hecho. Como él mismo dice, “el olvido no existe” (23), y mientras fragmentos vivan en su memoria, esa identidad seguirá con vida. Es una ironía que, por querer huir de sus actos, la verdad lo haya alcanzado de todos modos.

En el cuento titulado «Querida Margot», vemos la experiencia transexual de la protagonista y cómo esta contribuye a su identidad. La historia se abre con ella escribiéndole una carta a su hermana Margot, en la que relata historias de su infancia; en una de ellas, ambos jugaban como personajes del género opuesto. El niño llevaba vestido, mientras Margot llevaba su ropa y actuaba como hombre. La mamá hace un comentario: “El vestido le queda mejor al niño que a Margot” (28), lo que provoca que Margot se enoje y vaya a quejarse con su padre, al que se le llama “el dictador de la casa” (28). Aunque no hay mucha información sobre cómo fue el padre, la protagonista da varias indicaciones de que sucedió algo que ella no podrá perdonar. A pesar de que la carta está escrita con un tono de nostalgia, entre líneas notamos que, aun siendo adulta y libre para expresarse, le sigue teniendo una profunda envidia a la identidad de mujer de su hermana: la hermana tiene lo que más quiso desde pequeña. Cerca del final de su carta, la protagonista hace claro que siempre quiso ser idéntica a Margot; tanto, que un día de niño se puso un vestido de terciopelo y usó maquillaje. Al verse en el espejo, cayó en la cuenta de que lo que hacía era una traición contra la verdadera Margot, comenzando así una lucha interna por la identidad femenina en una sociedad hispana cerrada a las transiciones de identidad.

Ella concluye su carta pidiéndole a su hermana que no le guarde rencor, pues simplemente está viviendo su verdad, rompiendo las barreras sociales y las expectativas que suelen existir en las familias hispanas. Este cuento deja clara una cosa: la identidad no es definitiva. A través de sus palabras vemos la batalla de la estructura familiar: el hijo no quiere continuar la línea, pero a la vez tiene un miedo inmenso a su padre, lo que lo lleva a reprimir su verdadera forma de ser. En muchos casos, la mera percepción de homosexualidad o de identidad transexual pone a las personas en situación de riesgo (Reid, 118). Tras varios obstáculos, logra confrontar la realidad de que, para ser su persona auténtica, tendrá que hacer un sacrificio. Somos testigos de su metamorfosis y su transformación de aquel niño de ojos azules y formas finas en la “otra” Margot (Camps).

El tercer y último cuento, «Mirada que perjudica», aborda la realidad de una persona amargada con la vida. En un viaje en autobús, el protagonista contempla el paisaje mientras su mente no produce sino pensamientos negativos. Su realidad empieza poco a poco a enredarse con sus sueños, y una narrativa en tercera persona dicta sus acciones, sus pensamientos y las razones de su carácter. Hay un tono de arrepentimiento que, precisamente por no hacerse explícito, resulta clave para la identidad del personaje. La vida no lo ha tratado bien; trabaja horas extra e incluso los sábados. Durante toda la escena en el autobús, hay otra presencia que transmite una vibra ominosa, algo fuera de lo común. El chofer, que conduce el autobús, le sostiene la mirada de una manera que lo incomoda: “bajas la vista para esquivar el asedio visual” (57). Es también en esta escena donde aparece el elemento que lo perturba: un boleto de lotería, algo tan pequeño e insignificante que no merece una segunda mirada. En un momento impulsivo, tal vez retando al universo, se lo da al chofer diciéndole: “mañana juega, ojalá se saque el premio” (58). La ironía de la vida fue que, al hacer algo que normalmente nunca habría hecho, se perdió un premio enorme. Él no ha cambiado; sigue su rutina pesada y vive ahora con el enojo de haber echado a perder la fortuna que venía para él. Lo único que le queda es revivir la experiencia en sueños, repitiendo el momento una y otra vez.

Aunque el libro cuenta historias con aspectos muy distintos, Moreno presta atención a la identidad mexicana a través de su simbolismo y sus personajes. La identidad es algo muy subjetivo, lo que la deja abierta a la complejidad de la vida y a lo que hace a las personas como son. Cada tema admite una interpretación única, según lo que cada lector considere aplicable. La prosa de Querida Margot se expresa a través de sus palabras, sus frases y su tono. El deseo de entender a los personajes y sus complejidades es profundamente humano y hace que su formato funcione bien. La identidad transexual es un tema de gran impacto por ser algo de lo que casi no se habla, al menos no en la literatura hispana, lo que da vida a situaciones reales y actuales que ocurren en la vida de mucha gente y reconoce el impacto en las comunidades al representar con respeto una experiencia como esa. La literatura hispana en EE. UU. es importante por el hecho de que contiene una “diversidad y riqueza del español… una variante que no es ajena ni inferior, sino una expresión viva de las comunidades hispanohablantes en EE. UU.” (Klauke).

 

Bibliografía.

Camps, Martín. ““Querida Margot” de Antonio Moreno-Montero – Aurora Boreal El Portal Para Los Amantes Del Español.” Auroraboreal.net, 7 June 2018, www.auroraboreal.net/literatura/libros/2672-querida-margot-de-antonio-moreno-montero. Accessed 6 May 2026.

Klauke, Marina L. La Integración De La Literatura Chicana En La Enseñanza Del Español Como Lengua Adicional Hacia La Competencia Cultural y Lingüística En EE. UU, Northern Illinois University, United States — Illinois, 2025. ProQuest, https://www.proquest.com/dissertations-theses/la-integración-de-literatura-chicana-en-enseñanza/docview/3218918010/se-2.

Reid, Graeme. “Lucha Global Por Los Derechos de Las Personas LGBT.” Política Exterior, vol. 28, no. 157, 2014, pp. 118–28. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/43594917. Accessed 6 May 2026.

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Valeria García es estudiante de la Universidad del Pacífico, con especialización en español. Escribió este trabajo para la clase “Escritores Hispanos en Estados Unidos”, impartida por el profesor Martín Camps, en el semestre de primavera de 2026. Valeria se interesa por la representación y voz hispanas en Estados Unidos a través de la literatura y otros medios. El idioma español es su lengua materna, la que le permite conectarse profundamente con su comunidad.

Cuerpos desnudos y desafiantes

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Como artista, nutro mi inspiración en la rica variedad de colores y formas de la naturaleza de Carolina del Norte. La luz de la región es única; por ello, cada estación ofrece nuevas tonalidades. Trabajo con diversos medios, como la acuarela, el pastel y el óleo. Además de pintar las plantas y flores de mi jardín, una de mis pasiones es pintar cuerpos humanos y retratos a la acuarela y al óleo, realizando también obras por encargo. Actualmente cuento con un estudio en Creative Aging Network (https://can-nc.org/), organización sin fines de lucro. En mi cuenta de Instagram fabiola.grossi se puede ver una muestra de mis pinturas y bosquejos. He impartido talleres de acuarela para niños en dos instituciones públicas y he formado parte de la Junta Directiva del Weatherspoon Museum, donde recientemente ofrecí una charla sobre el expresionismo abstracto. Dos de mis composiciones al pastel se encuentran en el MedCenter for Women de Cone Health, en Greensboro, Carolina del Norte. Los desnudos en algodón de grandes dimensiones los pinté en L’Académie de la Grande Chaumière, en París, Francia en abril-julio de 2024.

 


Verónica Grossi estudió arte en Stamford, Connecticut, con la artista estadounidense Dorothy Soltanoff, y en Guadalajara, México, con el artista cubano José Fors. Ha expuesto su obra en galerías de Greensboro y en el City of Raleigh Museum. Recientemente dirigió una serie de poesía latinoamericana traducida para UNICORN PRESS; dos de las portadas de esta colección incluyen sus ilustraciones. Su enfoque artístico se centra en el color, así como en la abstracción y el movimiento dentro de la composición figurativa. También es poeta y escritora; enseña literatura latinoamericana en su contexto transatlántico y europeo en la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro.

Carrera de larga distancia

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Para Fergus O’Leary (1987–2026),

in memoriam. Hijo, padre, esposo,

amigo, católico, militar,

pero, sobre todo, a mí, hermano.

Mi hermano Fergus comenzó a correr campo traviesa en la secundaria, bajo la dirección de un exmarine que dirigía su equipo con el rigor un tanto desatinado por el que es conocido ese cuerpo militar y que de hecho cabía muy bien en el colegio jesuita en el que estudiamos. Entre semana, al acabar las clases, recorrían las calles del barrio Bellaire de Houston, animados y perseguidos por los ladridos del entrenador, pero los sábados viajaban por todo el sudoeste de Texas, dormitando la madrugada hasta que se paraba el bus en algún parqueadero anónimo, se bajaban y se echaban a correr.

Me lo imagino como era entonces – absurdamente joven, pero distinguible ya por su sonrisa pícara y su nariz aguileña – sintiendo con alegría cómo se estiraban y aflojaban los poderosos músculos de sus piernas, olfateando el aire fresco de la mañana y deleitándose en la libertad y el desafío de la carrera de larga distancia. No dudo que sintiera mi hermano la presencia de Dios en aquellas giras, encontrando en el silencio y la simple tarea de seguir avanzando una forma de orar. (En esos días se debatían su vida El Señor y una joven texana de origen italiana e indio americano. Resultado: empate. Mi cuñada se quedó con su cuerpo y Él con su alma. Compartían su corazón, aunque más tarde ambos les tuvieron que ceder una parte a sus tres hijos.) Puede parecer exagerado conectar el deporte con lo divino, pero los juegos olímpicos antiguos se celebraban en honor de Zeus, el rey de los dioses, y en su primera época eran de carácter puramente religioso.

Sin duda, el ideal atlético de los griegos y su entrenamiento en las gymnasía les servía además como entrenamiento para la guerra. Así fue para Fergus, quien al graduarse del colegio ingresó en el ejército britanico, llegando al rango de mayor. Fue una carrera que realizó otro matiz etimológico de la palabra deporte, el destierro, pues lo llevó a Alemania, Afganistán, España, Turquía y de regreso a Colombia – donde vivimos de niños y aprendimos a jugar al fútbol y hablar el español – para formar parte del equipo de la ONU supervisando el desmantelamiento de los arsenales de las FARC tras firmarse el Acuerdo de La Habana en 2016.

Me pregunto ahora si recordara alguna vez, en las montañas de Asia o en los llanos americanos, aquellas mañanas texanas de aire libre y gozo físico y espiritual, y me gustaría hablarlo con él, pero ya no hay manera. Su carrera, como su vida, terminó el 24 de enero de 2026, cuando lo venció el cáncer que le asediaba desde hace por lo menos seis años, pero ante el cual nunca se rindió.

A pesar de su muerte demasiado temprana – tenía apenas 38 años – no dejo de pensar en su vida como una de esas carreras de larga distancia: llena de libertad y desafío. Disfrutó, viajó, trabajó, luchó, leyó, escribió, amó y se dedicó, como él mismo explica en la carta testamentaria dirigida a sus hijos, «a levantarme cada mañana y pasar el día haciendo algo que le es de servicio al prójimo», pues ninguna otra cosa «me ha proporcionado siquiera la mitad de la honda satisfacción y alegría de una vida de servicio»; llena también del impulso a seguir adelante, a pesar de todo.

A pesar, en especial, de la enfermedad que le costó el brazo derecho y le dificultó muchas actividades que le encantaban, que le invadió primero a los pulmones – seguía corriendo incluso cuando había comenzado a sufrir colapsos pulmonares– y luego, a todo ese cuerpo que en la juventud se había desplazado por tantas millas de carretera con tanta facilidad y tanto placer. Ni eso lo pudo detener. Mi hermanito siguió hasta al final y llegó a la meta como el legendario Filípides a Atenas tras cumplir el primer maratón: muerto, pero victorioso.

¿Acaso es posible? ¿Triunfar y fallecer a la vez? ¿Dejarse la vida, pero llevarse los laureles? Difícilmente podemos hablar de la victoria en la vida porque el lenguaje más sencillo nos traiciona: la vida no se puede ganar, porque nos es regalada, y como no hay ni ha habido ser mortal que no la pierda, se tendría que decir que fracasamos todos. Pero las palabras que usamos para describir la realidad tienen tan poco que ver con ella como el informe del periódico dominical con el partido del sábado o como este breve homenaje a mi hermano con el hombre que fue. Sudor, sangre, risa, llanto, júbilo, desespero, triunfo, derrota: todos son cosa de carne y hueso y no se dejan delimitar. Claro que se puede morir victorioso, porque la vida abarca toda posibilidad.

Es más, hay que tener en cuenta que en la vida, como en la carrera de larga distancia, el contrario no es otro – ni el prójimo, ni el suelo, ni la distancia, ni la muerte – sino uno mismo. La victoria no es la del que llegue primero al final, sino del que pueda superar el reto de sí mismo – aquella vocecita insidiosa que pide agua, un descanso, que insiste que no se puede y que no vale la pena el intento – y como dice Kipling (en uno de los poemas favoritos de mi hermano), «fill the unforgiving minute with sixty seconds’ worth of distance run». Es decir, el campeón es el que no echa a perder ni un segundo, a pesar de lo duro que es la carrera, el que no se permite reservas, el que se las gasta todas y se entrega enteramente a seguir adelante, a correr. Fergus, como cualquiera, experimentó el éxito y el fracaso, ganó y perdió, pero como pocos que he conocido, ni vacilaba ni se frenaba y le sacó de sus demasiados pocos años toda la vida que en ellos había. Ganada o perdida la carrera o el partido, el campeón es el que lo deja todo, pero todo en el campo. De aquellos héroes era mi hermanito.

 


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A Long-Distance Race

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For Fergus O’Leary (1987–2026),

in memoriam. Son, father, husband, friend,

catholic and soldier, but above all, to me,

brother.

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My brother, Fergus, started running cross-country in high school, under the direction of a former marine who coached his team with the slightly crazed discipline for which that branch is known and which actually fit in quite well at the Jesuit prep school we attended. During the week, after classes, they would run through Houston’s Bellaire neighbourhood, encouraged and pursued by their coach’s shouts. On Saturdays they travelled all over southwest Texas, sleeping through the early morning until the bus stopped in some anonymous parking lot and they all piled off and began to run.

  I imagine him as he was then – absurdly young, but already recognizable by his roguish smile and his aquiline nose – enjoying the flexing of his powerful leg muscles, sniffing the fresh morning air and delighting in the freedom and challenge of a long distance race. I have no doubt that my brother felt the presence of God on those runs, finding in the silence and the simple task of continuing a form of prayer. (In those days his life was being contested by the Lord and by a young Texan woman of Italian and Native American heritage. The result: a tie. My sister-in-law got his body and the Lord his soul. They shared his heart, although later they each had to cede a part to his three children.) It might seem an exaggeration to connect sport with the divine, but the ancient Olympic Games were celebrated in honor of Zeus, king of the gods, and in their first incarnation were purely religious in character.

No doubt their athletic ideal and training in the gymnasia served to prepare the ancient Greeks for war. It was the same with Fergus, who on finishing school joined the British Army, ascending eventually to the rank of major. His was a career that realized another etymological facet of sport (from the Old French desporter, to carry away) as it took him to Germany, Afghanistan, Spain, Turkey and back to Colombia – where we lived as children and learned to play football and speak Spanish – to form part of the UN team supervising the disarmament of the FARC after the signing of the peace agreement in Havana in 2016.

I wonder now whether, in the mountains of Asia or on the plains of South America, he ever recalled those Texan mornings of fresh air and physical and spiritual joy, and I would love to ask him, but I can’t. His career came to an end along with his life, on the 24th of January, 2026, when he finally succumbed to the cancer that had laid siege to his body for at least six years, but to which he never surrendered.

Despite his too-early death – he was only 38 – his life reminds me of one of those long-distance races: full of freedom and challenge. He enjoyed himself, travelled, worked, fought, read, wrote, loved and dedicated himself, as he explained in a final letter to his children, “to awake every morning and spend my day doing something of service to a fellow human being” for nothing else “has provided me with anywhere near the deep satisfaction and joy as a life of service.” Full, too, of the impulse to keep going, in spite of everything.

In spite, especially, of the illness that cost him his right arm and made it difficult to do so many of the things he loved; that first invaded his lungs – he kept running even when they had started to collapse! – then the whole of that body that in his youth had run down so many miles with such ease and pleasure. Not even that was able to stop him. My little brother kept going until the end, arriving at the finish line as the legendary Pheidippides did in Athens after running the first marathon: dead, but victorious.

Is such a thing even possible? To both perish and prevail? To leave your life, but take with you the victory laurels? It is difficult to speak about victory in life, because the simplest language betrays us: life cannot be won because it is given to us, and as there has never been a mortal being that has not lost it in the end, we must all be counted losers. But the words we use to describe reality have as little to do with it as the report in Sunday’s paper has with Saturday’s match or this brief tribute to my brother with the man he was. Sweat, blood, laughter, tears, joy, despair, victory, defeat – all are things of flesh and bone and cannot be delimited. Of course it is possible to die victorious, because life encompasses every possibility.

What is more, we must bear in mind that in life, as in a long-distance race, the opponent is not some other – neither a person, nor the ground, nor the distance, nor even death – but oneself. Victory belongs not to he who finishes first, but to he who can meet the challenge of himself: the insidious little voice that calls for water, or a rest, or who insists that it’s impossible and that the effort is in vain. Victory belongs to he who can, as Kipling says in one of my brother’s favourite poems, “fill the unforgiving minute with sixty seconds’ worth of distance run”. Which is to say that a champion is he who wastes not a second, no matter how hard the race, he who holds nothing in reserve, who spends every ounce of everything he has and gives himself entirely to running on. Like all of us, Fergus experienced success and failure, he won and he lost, but like few people I have known, he neither hesitated nor held back, and he squeezed from his too-few years every drop of life that was in them. A champion is he who leaves absolutely everything he has in the field or on the pitch, regardless of whether the race or the match be won or lost. My brother was such a champion.


Eamonn O’Leary es de origen irlandés e inglés. Se crió en Colombia y los EE.UU. Ha vivido en los EE.UU., Bulgaria, Alemania e Irlanda. Es profesor de secundaria y estudiante en The University of Texas, Permian Basin.

En mi recuerdo está el maldito fútbol

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Allí, ¡donde lo lees!: “Maldito”. Desde mis seis años, veo a ese pobre niño, que era yo, queriendo ser invitado a jugar. Dos capitanes del barrio apropiándose del material humano. “Dame a Luis”, decía uno. “Dame a Daniel”, decía el otro, y así, nombrándonos uno a uno, iban juntado a los once jugadores que cada uno de ellos elegía. En ese concierto, que parecía más una subasta de bestias, el último elemento del ganado que llamaban como propiedad del equipo era yo, que a mis seis años no entendía aún de qué iba la cosa.

Cuando me dijeron que me quedara sentado “de reserva” miré cómo jugaban, y aún no me quedaba claro el juego. Había veinte que corrían detrás de una pelota deseando dominarla. Cuando me hicieron entrar, después de alguna fractura de tobillo de alguno, me integré “al grupo” (que yo veía) sin saber que eran dos grupos y que era sólo a “un” arco al que había que tirar. Luego del segundo gol que logré hacer, escuché gritos de protesta que cómo era posible que hiciera dos autogoles…(concepto nuevo para mí). La verdad, nadie me había dicho en qué dirección debía hacerlo. Con este inicio, el ritual vespertino de elegir jugadores, siempre terminó con que yo era el último elemento a elegir.

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Más tarde, ya a mis diez años, aprendí que ‘había que’ ser fan de algún club específico. Y será por las lecturas de La Araucana de Don Alonso de Ercilla, o porque aquel equipo ya era 11 veces campeón de Chile, que -como mis hermanos- nos inclinamos por ser tifosos del Colo-Colo. Colo- Colo sonaba heroico, épico, y era el nombre de un mapuche luchador contra los conquistadores. Cada vez que podía, en mi nuevo rol de espectador del juego futbolídtico televisado, me sentaba frente al televisor solamente cuando jugaba el Colo-Colo. Yo que ya no había pisado nunca más una cancha de fútbol, de pronto, me veía gritando y saltando en el sofá cuando mi equipo se enfrentaba al Santiago Wanderes o a la Universidad de Chile. Una de las figuras más emblemáticas del fútbol chileno y específicamente colocolino que recuerde, es la de Carlos Caszely. Un jugador que parecía llevado por fuerzas que no son de este mundo. Sorteaba a todo el equipo contrario con el balón entre sus pies e infaltablemente llegaba al arco contrario. De la misma manera me entusiamaba la figura de Elias Figueroa en su período colocolino. No sólo porque fuera casi mi vecino en la ciudad de Villa Alemana sino porque era lo que se llama un caballero del fútbol. Un muchacho que venció el asma y la polio y terminó yéndose a jugar a Brasil, Al Internacional de Porto Alegre, donde fue capitán de equipo logrando llevarlo a primera división. Eso sucedió en una tarde de iluminación divina, dijeron los comentaristas. El gol de Figueroa desde su posición de ‘defensa’ fue iluminado por la apertura de una nube que filtró el sol de la tarde iluminando la azaña de Figueroa en el preciso momento en que éste hacía el gol, con lo cual aquel gol fue recordado como *el gol iluminado’. Ese mismo año Figueroa obtuvo la nominación como el mejor jugador de América. Recojo de esta experiencia con este deporte, en aquel entonces, primero que nada una extraña dictadura masculina integrada en lo que se supone que es una esencia de la virilidad: si eras hombre, te ‘tenía que’ gustar el fútbol—y es extraño pues en la intimidad de mi ser, viendo en la televisión ciertos partidos donde jugaban equipos que despertaban en mi una energía identitaria, lograba entusiasmarme al paroxismo, al punto de extrañarme al verme gritando o saltando en el sofá. Y es así como a mi rechazo inicial y principial al fútbol, por su carácter dictatorial de que era un deporte que ‘tenía que’ gustarme por el hecho de ser hombre, apreciaba, a posteriori, de manera íntima ante mi televisor, y nunca pública, esa magia energética que producía la identidad con el equipo. La misma que detestaba cuando los hinchas reventaban en expresiones violentas en el estadio. Admiraba en la épica del fútbol los valores de la habilidad, de la inteligencia y sobre todo de la caballerosidad que, en mi opinión son carácteríticas de lo heroico y que puedo ver en Carlos Casely, en Elías Figueroa, jugadores entrañables de aquellos años, y en mi patria actual de adopción, Dinamarca, también reconozco en los hermanos Laudrup, o, en Francia, en un Zinedine Zidan.

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Un deporte de grupo -como el fútbol- agrega al peso físico de tener que hacer un buen partido, un saber jugar *con* los otros y ‘contra’ otros al mismo tiempo. El peso de la crítica de los tuyos, la burla de los otros y del público (si tienes un mal día) o la envidia de los tuyos y la rabia/odio de los adversarios si tu día es bueno. Será por eso que me fui a deportes individuales como la gimnasia en aparatos, donde mi prestación dependía de mí y de mi estado físico en un ritual entre mi mente y mi cuerpo. Un valor de destreza y de saber reaccionar con el cuerpo en la vida cotidicana, cuando es necesario o urgente. Lo mismo fue con la esgrima: jugar a atacarse con el adversario. Diría mejor: jugar ‘seriamente‘ a atacarse con el adversario. De allí surge una lucha ceremonial, una agresión ritualizada que me enseñó de manera metafórica o análoga, a responder verbalmente promptus con la frase certera a quien pretendiera agredirme verbalmente, respondía de la misma forma que un ataque frontal y sorpresivo, en tercera posición: rodilla en tierra y florete en el pecho del adversario. (Luego, claro, nos saludábamos caballerosamente y nos íbamos a casa) Fue así como este deporte me dió la ‘potencialidad’ en la espera de la retaguardia. Mi afabilidad intelectual y humanista -que muchos podrían confundir con debilidad- podría, por eso mismo, verse atacada físicamente. Allí al atacante lo esperaría un saber argumental y corporal.

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Claudio Cifuentes-Aldunate es chileno de nacimiento y danés de adopción. Doctorado en literatura hispanoamericana por la Universidad de Friburgo, Suiza, con un doctorado sobre Mario Vargas Llosa publicado en Odense University Press i 1983, con el título Conversación en la Catedral, Poética de un Fracaso. Desde 1981 es profesor titular de Literaturas iberoamericanas en el Instituto de Ciencias de la Cultura de la Syddansk Universitet, Dinamarca.
En su vida académica ha tenido un interés central por la semiótica y el análisis literario y cinematográfico. Una parte de su investigación se centra en la escenificación de la verdad en la textualidad. Ha sido profesor invitado durante diez años en la Universidad de Aquisgrán, Alemania y ha sido miembro de LEIA (Laboratorio de estudios italiano-ibéricos e iberoamericanos) de la Universidad de Caen, Francia, donde se ha ocupado del micro-relato y de la literalización de la ciudad en poesía y prosa. Su último proyecto versa sobre el sentido del silencio en la cultura en general y en la literatura en particular. En el ámbito de la creación, ha incursionado anteriormente en el relato y la poesía en diversas revistas literarias como NOK (Noter og kommentarer) donde publicó Poesías junto a dos otros autores y en la revista Aurora Boreal donde ha contribuido con los relatos ‘Encuentro’, ‘De migraciones y exilios’,’ Quebrantos’ y el poema ‘La lista’.

El Maracanazo

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En definitiva, el fútbol es tan solo un juego, un juego como la vida. Lo importante es tener fe y no rendirse.

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Cada historia de la magia del fútbol debería comenzar con el “Maracanazo”. Sin duda, la más dramática, que comprueba la certeza de que, en el fútbol como en la vida, todo es posible. Y que aun en la situación más irremediable la esperanza sigue viva, hasta que el árbitro o Dios no hayan dado el último pitido.

La fecha es 16 de julio; el año, 1950; el lugar, Río de Janeiro; y con más precisión todavía: el Estadio de Maracaná. Fue el día de la inauguración oficial del estadio más grande del mundo, siempre memorable porque por primera y última vez en la historia del fútbol un partido había atraído a casi doscientos mil espectadores. Era, además, la final de la cuarta Copa del Mundo entre Brasil y mi Uruguay (luego explicaré por qué).

Pues como cada historia, esta también tiene su prehistoria. Los orígenes del fútbol se remontan lejos en el pasado. Ya en la época anterior a Cristo, en China se practicaba un juego similar al fútbol que se llamaba cuju. En el siglo XIV, el monarca Eduardo III de Inglaterra prohibió mediante decreto a los soldados jugar al balompié porque los apartaba de ocupaciones mucho más nobles como la esgrima y el tiro con arco. Sin embargo, tres centurias más tarde, por las calles de Florencia, Siena, París, Londres y otras ciudades europeas, tropeles de hombres emprendían una lucha sangrienta detrás de una esfera de vejiga porcina que se asemejaba al balón actual. ¿Las reglas? Había una sola: los dos extremos de la calle eran los arcos, y la meta consistía en que uno de los equipos, con el pie, la mano, la cabeza u otra parte del cuerpo, la arrastrara hasta allí y ganara el partido. Estaba permitido todo: golpes, empujones, patadas, una bacanal medieval absoluta que horrorizaba a los pobres moradores de aquella calle porque el juego a veces se prolongaba durante muchísimas horas.

Sin embargo, el fútbol moderno surgió apenas en el siglo XIX. Su patria oficial se considera Inglaterra, donde en 1857 fue creado el primer club futbolístico: el Sheffield. Allí se organizó el primer torneo de la Copa de la Asociación Inglesa, se elaboraron las primeras reglas y se jugó el primer partido internacional entre Inglaterra y Escocia.

A finales del siglo XIX, principios del XX, a raíz de la implacable explotación laboral en las primeras minas y fábricas del Viejo Continente, más de cien millones de europeos emigraron a la Tierra prometida, en este caso Estados Unidos, y una parte de ellos también a América del Sur. Así el fútbol se trasladó a aquel rincón del mundo, hallando allí un terreno muy fértil para prosperar con brillo y fuerza inconcebibles para Europa. El suelo era benigno porque América Latina es una auténtica congregación babilónica de etnias, lenguas y culturas. Aquí concurren África, Europa y la genuina, bárbara, singular y gran América indígena. En esa mezcla insólita de seres humanos brotaron y prosperaron diversos fenómenos culturales y sociales, entre los que destaca, con certeza, el fútbol.

Los latinoamericanos son gente apasionada. Muy pronto el fútbol se convertiría en su obsesión principal. Cada país, Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Perú, se había contagiado por la magia de ese gran juego. Surgían clubes, torneos y copas. Se jugaban partidos con representantes de allende el océano. Despuntaba uno de los prodigios sociales más peculiares del siglo XX: el futbolístico. Los partidos atraían a decenas de miles de personas que al menos durante una hora y media se olvidaban del sufrimiento, de la pobreza, del dolor, de los problemas domésticos y laborales. Se identificaban con “sus” clubes; soñaban, lloraban, sufrían y ascendían a las puertas del Edén con cada gol marcado, con cada gol perdido, con cada derrota y con cada victoria. A lo largo de la semana, comentaban lo que había pasado, preparándose para el sábado siguiente cuando iba a ser el próximo partido de sus equipos favoritos: otra vez, durante una hora y media, estarían en otra dimensión.

El juego llegó también al pequeño y singular Uruguay, tan enigmático para América Latina. Mi Uruguay. En este diminuto país, con apenas tres millones de habitantes, el único sin representantes indígenas locales (los charrúas fueron prácticamente exterminados en el primer tercio del siglo XIX) y en el que los africanos son escasos, parecía que todo se desarrollaba según las normas y los modelos europeos. Sobrepoblado de inmigrantes italianos, españoles y alemanes, fue el primero en la región que autorizó el voto femenino y el segundo a escala mundial que introdujo la educación básica gratuita, en 1877. Se sentía orgulloso con su pureza ecológica, con la independencia que había adquirido en la guerra contra Brasil y con ser un tanto tedioso en comparación con el colorido de América Latina… Ah, sí, y también con el fútbol. Por lo visto, este es su único vínculo real con el continente donde está ubicado. De lo contrario, el Uruguay podría circunscribirse, con toda tranquilidad, en el centro de Europa: en algún lugar entre Austria, Chequia y Suiza. Pero el fútbol, ay, el fútbol, dejará siempre su huella latinoamericana en él y hará que todo el mundo hable de él con respeto. Mi Uruguay, luego diré por qué, es el país más pequeño que ha sido dos veces campeón mundial de fútbol; fue además bicampeón olímpico y quince veces campeón de Sudamérica, batiendo otro récord, más que Argentina y Brasil. Sus símbolos, los clubes Peñarol y Nacional, fueron portadores en total de ocho Copas Libertadores y seis Copas Intercontinentales. Según la Federación Internacional de Historia del Fútbol y Estadística, Peñarol es el club que ocupa el primer lugar en América del Sur durante el siglo XX. Es suficiente para un país con tan solo tres millones de habitantes, ¿no?

De hecho, a principios del siglo XX, el fútbol se desarrollaba con un ritmo frenético. Después de los primeros partidos y campeonatos nacionales e internacionales, con toda naturalidad se fue formando la idea del Mundial. El primer campeonato se celebró en 1930. Como anfitrión fue elegido mi Uruguay (anda, que ya diré por qué), puesto que había impresionado al mundo con sus dos títulos olímpicos consecutivos. Como es de esperar, al tener en cuenta la distribución de las fuerzas en aquel momento, el Uruguay llegó a ser también el primer campeón del mundo. Siguieron otros dos certámenes que ganó Italia; luego llegaron las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que Europa se desembarazaba entre los escombros de su destrucción total, de la sangre que aún no había terminado de borrarse y de los indelebles recuerdos, durante décadas, de los horrores de la guerra, el mundo ansiaba que la vida volviese a comenzar. En 1948 Londres celebró los XIV Juegos Olímpicos estivales; para 1950 fue anunciado el cuarto Mundial de Fútbol. Brasil fue elegido anfitrión porque no había sido afectado por las acciones bélicas. Entretanto, el fútbol se fue convirtiendo en la gran pasión de los fogosos brasileños: más que la samba, la capoeira, Copacabana, el Carnaval de Río. El fútbol estaba por encima de todo y en 1950 los brasileños se preparaban para organizar el campeonato más suntuoso y exitoso que jamás se había visto. Las preparaciones duraron más de un año. Como si todo el país, desde el más rico hasta el más pobre, desde los petimetres del centro de São Paulo hasta los mendigos de las favelas de Río de Janeiro y los indígenas de la selva del Amazonas viviesen con la idea del torneo y ayudara con lo que podía. Pero dejando aparte los grandiosos esfuerzos de la organización y el espectáculo, todos esperaban algo más: que Brasil fuese campeón mundial. Y Brasil iba a ser campeón mundial. Ya había transitado por el grupo preliminar como si fuera un desfile, con dos victorias y un empate de 2-2 con Suiza. El periódico británico, The Telegraph salió con un artículo que decía: “No hay fuerza que pueda detener a los virtuosos brasileños extraterrestres”.

De ahí en adelante comenzaron la magia y muchas más cosas que sucederían por primera y por última vez en la historia del fútbol. Nunca más la cifra de los participantes sería el nefasto número trece, pues en vísperas del campeonato, por falta de recursos, tres equipos se negaron a participar. Nunca más habría fase eliminatoria, ni cuartos de final, ni semifinales: solo un grupo final de cuatro equipos. Allí figuraban, por supuesto, Brasil, además de España, Suecia y mi tan pequeñito pero orgulloso Uruguay. Las dos primeras rondas del grupo legitimaron solo la superioridad abrumadora de los cariocas. Brasil arrasó a Suecia con un 7-1 y a España con un 6-1. Al mismo tiempo Uruguay, al pie de la letra, apenas había hipado con un empate 2-2 con España. En el minuto setenta y siete del partido frente a Suecia perdía con 1-2, privándose en realidad de todo, solo para volver al juego con dos goles al final y ganar con un sufrido 3-2.

Así se llegó al último partido de la cuarta Copa del Mundo: la peculiar final entre Brasil y Uruguay. Teniendo en cuenta sus dos victorias y el golaveraje de 13-2, Brasil sería campeón mundial también con empate, pero ¿quién estaba pensando en empatar? La cuestión era con cuánto le iban a ganar al Uruguay: ¿con 6, con 7, con un 8 a 0?

Y llegó el 16 de julio en Río de Janeiro, en el Estadio de Maracaná. Desde la madrugada, miles de personas que habían conseguido el sagrado trocito de papel llamado entrada se arrastraban hacia el estadio. Sucedió algo también que jamás volvería a pasar: en el Estadio de Maracaná, que aún no había terminado de construirse, se reunieron ciento noventa y nueve mil novecientos ochenta y cuatro espectadores. La fiesta estaba a punto de comenzar. En Río de Janeiro fueron elevadas dieciocho tribunas especiales de samba, siendo la más alta la que estaba frente al Ayuntamiento, donde los nuevos campeones mundiales iban a mostrar la copa a la multitud milenaria. Jules Rimet, el presidente de la FIFA, memorizaba su discurso de clausura en portugués para felicitar al nuevo campeón mundial en su lengua nativa, aunque en Uruguay, por supuesto, se habla español. Ante el Maracaná habían aparcado dieciocho Cadillacs sin estrenar, y abajo, en el lugar de la matrícula, figuraba el nombre de un futbolista brasileño frente al cual decía “campeón mundial”. El día del partido, el periódico local más importante salió con un artículo de fondo con el título “Brasil ganó, Brasil es campeón mundial. La copa está en casa … Y eso apenas unas horas antes de que el árbitro principal hubiera dado el primer pitido.

¿Qué se estaría desatando en los corazones y en las almas de los uruguayos en aquel momento? Nunca lo sabremos. Tal vez una mezcla de orgullo, firmeza y ansias de ganar, que irrumpirían al cabo de unas horas. En efecto, tenían un entrenador extraordinario, Juan López Fontana, quien llegó a ser entrenador por casualidad. En un principio formaba parte del equipo de entrenadores como… facultativo. No entendía mucho de fútbol, pero sabía algo importante: siendo antiguo estudiante de Medicina, conocía muy bien la psicología y dio varios pasos insólitos. Primero escondió al equipo de la locura obsesiva que se había apoderado de la ciudad, guardándolo en los vestuarios del estadio seis horas antes de que empezara el encuentro. Luego descargó una pila de periódicos en el rincón y dijo:

—Oigan, muchachos, está claro que esos cabrones nos van a ganar; no hay duda de que serán campeones mundiales, pero ¿cómo es posible que se burlen así de nosotros y que digan que ganaron antes de que el partido haya empezado? ¿Cómo es posible que nos descarten con tanta soberbia? ¿Cómo creen que debemos responder?

Salió hacia adelante Obdulio Varela, el capitán, y orinó con tranquilidad sobre los periódicos apilados. Después colocó su mano en la parte izquierda, por debajo del escudo del Uruguay, donde latía su corazón, y respondió de forma muy simple:

—Vamos a morir, pero defenderemos el honor del Uruguay— fíjense que ni siquiera había mencionado la palabra “victoria”. Pero cuando eres orgulloso de espíritu, tu honor vale mucho más que cualquier copa, premio y estímulo material.

Eran ya casi las 18.00 horas. Bajo el alarido ensordecedor de la multitud, los veintidós jugadores salieron al terreno. Los brasileños, seguros de sí mismos, risueños, con aplomo; los Urus, orgullosos y decididos a todo. Ahora, viendo los archivos de las imágenes al comienzo del partido, en ningún rostro uruguayo traslucía el miedo, por muy extraño que parezca. ¿Será que de veras no sentían ningún miedo? Brasil había arrasado todo a su paso. En aquella caldera hirviente habría apenas un centenar de uruguayos entre doscientos mil aficionados brasileños. Eran los caballos negros absolutos, totalmente solos entre la multitud exaltada. Según los especialistas, los medios de comunicación y los factores futbolísticos responsables estaban condenados del todo. Sin embargo, no había tiempo para pensar: el árbitro George Ryder dio el pitido inicial y un pie con calcetín negro llevó la pelota hacia adelante. La final había comenzado. El primer tiempo transcurrió con la presión aplastante de los cariocas. Sus ataques se sucedían uno tras otro, como las mareas ascendentes en las playas infinitas de Copacabana. El estadio se había vuelto loco, saboreando el espectáculo de goles de A Canarinha. Pero los Urus eran como una pared: se doblaban, se agachaban hasta el suelo, pero no se rendían. Aprovechaban cada oportunidad para atacar, jugaban con tranquilidad, con aplomo, y en ningún momento retrocedieron a defensa cerrada.

¿Qué estaba sucediendo en aquel momento en Montevideo? Nubes plisadas, negras y grises, se asomaban sobre la ciudad; desde el océano soplaba un viento ligero, lloviznaba un poco. Cincuenta mil uruguayos se habían reunido en la Plaza de la Independencia, en pleno centro, con la radio al oído, escuchando con el alma en vilo lo que pasaba en Río. ¿Acaso alguien esperaba un milagro? Era muy poco probable. Más bien tenían la esperanza de que los Urus no quedarían en ridículo y que no perderían con muchos goles. Pero, a fin de cuentas…

Еn el Maracaná, la primera mitad terminó 0-0. En la plana mayor de los cariocas se encendió una luz roja: ya tenían que estar por delante con varios goles. Aunque el juego les iba a pedir de boca y las graderías estaban contentas, el gol era solo cuestión de tiempo. Faltaban otros cuarenta y cinco minutos para llenar la malla de la Celeste. Todo estaba bajo control.

Ni siquiera habían pasado dos minutos del segundo tiempo y Friaça, en uno de los múltiples ataques de Brasil, asestó un fuerte disparo diagonal desde el área penal. Roque Gastón Máspoli, el legendario portero uruguayo, despejó el balón, pero volvió Friaça, quien con un disparo preciso lo dirigió hacia portería. Uno cero para Brasil. Gol, gooooooooooooooooool, gooooooooooooooooooooooooooooooool, como les gustaba gritar a los comentadores brasileños. Las graderías estaban en pleno éxtasis, la gente se abrazaba y lloraba de alegría, personas desconocidas se besaban y la locura se había adueñado de grandes y pequeños.

¿Qué pasó entonces en Montevideo? El cielo se desgarraba en relámpagos, la lluvia se intensificaba y un suspiro de pesar que provenía de cincuenta mil personas resonaba en la Plaza de la Independencia. Nadie lo reconocía, pero todos, en lo más recóndito de su alma, esperaban un milagro. ¿Y ahora qué? Ahora solo les quedaba contar los goles en la puerta de Máspoli.

Pero volvamos al Maracaná. El balón de la puerta de la Celeste fue sacado por Juan Alberto “Pepe” Schiaffino, su mejor jugador, con un rostro pálido y demacrado. Lo llevó con lentitud al centro, lo puso en el punto central y se levantó. Ante él había solo dos caminos: hacia el Uruguay y hacia la eternidad. Ambos eran igual de dulces… Y los brasileños, en pleno delirio, seguían atacando. El público quería más goles, el público quería fiesta. Todos atacaban: delanteros, centrocampistas, zagueros. Todos querían meter más goles, el público quería fiesta. Todos querían formar parte de la historia. Se olvidaban de las instrucciones tácticas de que les bastaba ganar con un solo gol. Los cariocas impetuosos estaban en las alas de la inspiración. Cada uno quería que la multitud de doscientas mil personas gritara su nombre como máximo goleador. Disparaban desde cualquier posición, tejían sus combinaciones mágicas. Y los uruguayos eran como un puño: iban a caer, pero de pie. Montevideo estaba apaciguado, irreconocible. ¿Y la esperanza? La esperanza se paseaba engreída, mojada y desnuda en algún lugar cercano a Colonia del Sacramento, dispuesta a disolverse en cualquier momento en la lluvia que seguía cayendo. Los Urus iban apaciguando poco a poco el juego. No se percibía ningún pánico. En aquel momento de infarto, Obdulio Varela tomó el partido en sus manos y dirigió con destreza a sus jugadores para que no se desplomaran. Asumieron el ímpetu inicial del entusiasmo, lo domaron como a un animal salvaje en el circo y lo adormecieron con su serenidad. Luego miraban con más frecuencia hacia adelante. Transcurría el minuto sesenta y seis cuando, desde la izquierda, Morán se adelantaba y penetró sin que nadie lo obstaculizara, como en broma, en la defensa brasileña que estaba dispersa. Lo cierto es que todos esos pobres cariocas atacaban, todos querían inscribirse en aquel partido memorable con el que ganarían la primera copa mundial. Morán puso el balón ante el área brasileña. De ahí lo recogió Schiaffino, delgado y esbelto como un príncipe medieval, que es su apodo, y emprendió un baile elegante con él. Los uruguayos dicen que inventaron el tango, y no los argentinos, y por lo visto en aquel momento todos estaban dispuestos a creerles. Schiaffino bailó casi un minuto con el balón en torno a dos defensores brasileño. Pero me voy a callar y les dejaré en manos de Carlos Velázquez, el comentarista uruguayo más famoso de todos los tiempos:

—Queridos amigos, queridos compatriotas: Obdulio despejó el nuevo ataque de los cariocas siguiendo un pase rápido hacia Morán. Ante Morán hay mucho espacio vacío, se adelanta, diez, veinte metros, está absolutamente solo. Pepe Schiaffino sale hacia adelante, Morán le ofrece el balón. Ante Pepe hay solo dos defensores brasileños, lo bloquean. Vamos, Pepe. Inventa algo, Pepe, por favor. Pepeeee, por favor. Intenta un regate por la derecha, sin éxito; intenta otro regate por la izquierda: está bloqueado. Un movimiento brusco hacia adelante; su figura delgada se cuela como una sombra, como un fantasma entre los dos; un tiro calculado hacia arriba, hacia la izquierda. Barbosa se desloma y…

Ahahahahahahahahahahahahahahahahahah,

Dios, noooooooooo,

Dios, sííííííí.

La pelota entró en la puerta.

Dioooooooos. uno…, uno…, uno a uno.

Pepe Schiaffino.

Queridos amigos: Pepe Schiaffino marcó.

Uruguay empata 1-1.

En aquel Montevideo que hace poco se había sofocado ocurrió un milagro: la ciudad estalló. En el aire volaban aparatos de radio, enseres domésticos, paraguas, niños pequeños. Montevideo y Uruguay, aquel trocito en el mapa, estaban ante un delirio. Incluso había escampado.

Sí, aun con empate los brasileños iban a ser campeones mundiales, pero el plomo ya había llenado sus pies. Se movían como sombras; el miedo escamoteaba sus grandiosas almas: ¿y si, a pesar de todo, algo salía mal? Seguían atacando, pero de su aplomo y de su samba anterior no había quedado ni rastro. El estadio también estaba presintiendo algo. Les apoyaban, pero el miedo ya había encogido sus corazones. Después del gol de Schiaffino, los once jugadores con las camisetas azul celeste se desconectaron del mundo exterior. No pensaban en en su rival ni en los doscientos mil espectadores. Solo les importaba no quedar mal, que, aunque cayeran, caerían de pie, que tras el Río de la Plata les esperaban sus amigos y sus familiares. Pasara lo que pasara hasta el final, ya eran unos héroes. En definitiva, el fútbol es tan solo un juego, un juego como la vida. Lo importante es tener fe y no rendirse.

Transcurría el minuto setenta y nueve. Por el extremo derecho, el atacante uruguayo, Alcides Ghiggia, el único futbolista de aquel memorable partido que todavía está vivo, ya con ochenta y seis años de edad, recibió el balón. El reloj marcaba las 19:29 horas. Alcides tomó la pelota y recordó las palabras de Jaime Moreno, quien fue su primer entrenador: “Alcides, si ves un espacio vacío ante ti, corre como si el diablo te persiguiera y dispara.” Alcides corría y corría, hasta que llegó a la esquina del área del penalti. En aquel momento, Pepe Schiaffino se coló como una sombra. Moacir Barbosa, el arquero de los cariocas, tuvo un presentimiento de lo que seguiría y dio un paso a un lado para recibir el pase que esperaba. Pero Alcides sentía el aliento del diablo a sus espaldas. No miró hacia el área, ni hacia sus compañeros, ni hacia el guardameta. Sin levantar la cabeza, asestó un tiro agudo. El balón pasó por la diagonal corta, entre el arquero perplejo y el poster, enredándose en la malla.

2-1 para Uruguay.

Uruguay es campeón mundial.

El Maracanazo.

 

Lo demás forma parte de la historia, de la estadística seca y de los periodistas patéticos. En los diez minutos restantes los brasileños atacaban, pero sin resultado. Montevideo se había sosegado; todos tenían esperanza, pero nadie concebía el milagro. Había, por supuesto, también champán y una alocada fiesta latinoamericana, gente ebria de alegría, pero sobre todo había orgullo. Un orgullo de la fuerza del espíritu y de lo imposible. Incluso había escampado. A lo lejos, en el horizonte, sobre el océano, entre cuatro líneas horizontales de color azul celeste, salió el sol radiante.

Último disparo de los cariocas. Minuto noventa y uno, decimotercer segundo. Roque Gastón Máspoli boxeó y mientras estaba todavía en el aire sonó el último pitido del árbitro. En el terreno se produjo un alboroto; todos andaban como despistados, en varias direcciones, sin saber qué hacer. Y Maracaná guardaba un extraño silencio. Es muy poco probable poder imaginarlo: doscientas mil personas y un silencio sepulcral. Solo se oían sollozos, gemidos y un llanto arrastrado. Si se le puede dar crédito a la estadística brasileña, en el estadio se suicidaron ocho personas, incluidas las que fallecieron antes de tiempo por infarto, y en el país hubo decenas de muertos. Varios años después, Jules Rimet, el presidente de la FIFA, recordaría lo siguiente: “De pronto me encontré ante un mar de personas que se movían en caos, a empujones. No hubo ceremonia, ni clausura, ni discursos. El presidente de la Federación brasileña sollozaba como un niño pequeño. En un instante, divisé al capitán uruguayo, le di unas palmadas en el hombro y le metí la copa en sus manos, como de escondidas. Nada más.”

Moacir Barbosa, el portero brasileño, resultó longevo porque después de aquel partido fue desdeñado hasta el final de sus días. Por desgracia. No le vendían nada en las tiendas, no le atendían en los restaurantes ni en los bares. Por la calle, cuando la gente lo reconocía, miraba para otro lado. Transcurridos treinta años de aquella final, recordaba la manera en que una anciana, en la cafetería de su barrio, le dijo a su nietecito que por casualidad se había parado frente a su mesa: “No hables con él. Ese fue quien sepultó a Brasil.”

 

Hay otra historia que no sé si es cierta, pero me gustaría que lo fuera. Mientras esperaban su vuelo en el aeropuerto, los jugadores uruguayos, cansados y felices, observaban el mar de dolor en el que se había hundido Río. Entonces Obdulio, el capitán, dijo:

—Si supiera que íbamos a provocar semejante dolor y tristeza, yo mismo me habría metido un autogol.

Pero Montevideo ya esperaba a sus héroes.

 

Y ahora llegó el momento de explicar la razón de mi Uruguay.

El año es 1983; el lugar, Bulgaria: un domingo socialista, caluroso, bastante aburrido e impersonal, en el barrio obrero capitalino de Mladost[1]. Por la televisión daban Vsyaka Nedelya, Siempre en Domingo, el programa más emblemático de aquella época. Yo era un chiquillo de diez años, al que habían castigado por alguna razón, y no me habían dejado salir a jugar afuera, por eso estaba dando vueltas en torno al televisor esperaba el nuevo episodio de La Pantera Rosa. Un poco antes de mi filme salió el intercambio internacional de materiales audiovisuales. Justo aquí recuerdo con claridad a Michmana[2], quien con su típico timbre de voz anunció: “Allende el océano, acaba de terminar un campeonato más en Sudamérica. En la final, el Uruguay le ganó a Brasil y obtuvo su decimotercer título continental, resucitando así el milagroso recuerdo del Maracanazo”.

La combinación Uruguay, milagro, Maracaná encendió de inmediato mi curiosidad infantil y empecé a atiborrar a mi padre con preguntas, pero a un secretario del Partido Comunista, con ciertas desviaciones heterodoxas, nada podía apartarle de las interrogaciones de Kevork[3]. Sin embargo, varios días después, mi padre apareció con un regalo. Reconozco que fue el regalo más espectacular que recibí en mi infancia: Cautivado por la Diosa Dorada,[4] de Antón Antónov-Tónich[5], un libro dedicado a los campeonatos mundiales de fútbol. Aún recuerdo cómo le arrebaté aquel libro, temblando de emoción, corrí hacia la cocina y junto a la ventana, a la luz, lo abrí al instante en El Maracanazo. Lo leí de golpe y entendí que mi vida, para siempre, estaría vinculada con el Uruguay.

A lo largo de esos cuarenta años he vivido un sinfín de experiencias con los Urus. Cuánto llanto inconsolable. Cuánta búsqueda de información escasa en los años sin Internet. Cuántos kilómetros recorridos en los días más bárbaramente calurosos junto al mar para adquirir uno de los dos ejemplares de Naroden Sport[6] que le correspondían al quiosco donde descansábamos con mis padres cerca de Varna[7]. Cuántas noches sin dormir. Y cuánta alegría que me embriagaba en los momentos de nuestras grandes victorias. El Mundial de 2010 lo viví con plenitud y entusiasmo. Veía cada partido de los Urus de pie, al borde de la emoción más extrema. Lo vivía como si estuviera en el terreno de juego, jugando cada instante mágico del Mundial con Celeste y Diego Forlán, su líder. Y siempre será así. Yo y Uruguay… Mi Uruguay.

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Versión de Milena Marínkova

  1. N. del T.: El significado del nombre de este barrio en búlgaro es ‘juventud’.

  2. N. del T.: Nikolay Kolev – Michmana es el periodista emblemático búlgaro que gritó “¡Dios es búlgaro!” después del gol de Emil Kostadinov contra Francia cuando Bulgaria se clasificó para el Mundial de Fútbol de 1994 en EE. UU.

  3. N. del T.: Kevork Kevorkyan es un renombrado periodista y publicista búlgaro de origen armenio que dirigió durante muchos años Vsyaka Nedelya.

  4. N. del T.: En búlgaro, el título es “V plen na Zlatnata boginya”.

  5. N. del T.: Escritor, periodista y guionista búlgaro que editó durante varios años el periódico humorístico Starshel [Abejón].

  6. N. del T.: ‘Deporte Popular’.

  7. N. del T.: Es la tercera ciudad más grande de Bulgaria, en la parte norte de la costa del Mar Negro de Bulgaria.


Georgi Bardarov
Es catedrático, científico y escritor búlgaro, director de la filial de la Universidad de Sofía San Clemente de Ohrid en Burgas. Durante varios años dirigió el Departamento de Geografía Socioeconómica. Es especialista en demografía y conflictos etnorreligiosos, autor de “Sobre la quinta rakía o qué bella es la vida”, el cuento búlgaro más leído en internet, con más de 500.000 lecturas, y de las novelas Yo sigo contando los días, Absolvo te y Adagio para María. Ha recibido el Premio de Literatura de la Unión Europea, el Gran Premio de Literatura Ivan Vazov y la Flor de la Editorial Helicon

Cultural Analysis: A Study of Gloria Anzaldúa’s Bor-derlands/La Frontera

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A boundary is not that at which something stops but, as the Greek recognized, the boundary is that from which something begins its presencing.

Heidegger (in Bhabha 1994: 1)

Far from fading into historical irrelevance as predicted by F. Fukuyama (1992), borders have re-emerged as volatile symbols of crisis, control and contestation – no longer merely lines of demarcation, but fault lines in what S. Huntington reframed as a civilizational struggle, where immigration is cast not as a social phenomenon, but as a threat of quasi-military proportions (in Nevins, 2001: 138). From the militarized enforcement of immigration policies and the proliferation of surveillance technologies (cf. De Genova, 2002), to the production of illegality (Koser, 2000), and the ongoing humanitarian catastrophes – at sea (Mazloum, 2019), in detention centers (Hesawi, 2019) and in camps (Fleifel, 2012) -, the border is routinely framed in public discourse through narratives of threat (cf. Stolcke, 1995), legality (cf. Anderson, 2014), and national identity (cf. Malkki, 1992). Yet representations in the public domain rarely account for the so-called border spectacle where the state performs its sovereignty through highly visi-ble enforcement actions, while concealing how immigration law itself produces “illegality” as a racialized condition; one that creates and sustains a vulnerable and thus “cheap” reserve of labour (De Genova, 2002: 436, 440; Block, 2014). Neither does it account for the emotional, linguistic, and embodied dimensions of border life, which reflect a ‘homological relationship between colonisation and immigration’ (Saada, 2000: 32) where both processes interlock within broader systems of domination and cultural imposition, shaping the everyday realities of those who live in-between, carrying the border in their tongues, skin, memories, and identi-ties.

To approach these lived realities arguably requires a situated perspective; one that resists nu-merical abstractions to focus instead on the stories and intimate geographies of those who in-habit the interstices between nation and self, legality and illegality, visibility and invisibility, inclusion and exclusion, mobility and containment (cf. Jackson, 2002 and 2013). In this vein, I will turn my focus to the border and the people who inhabit the borderlands.

“… the boundary is that from which something begins its presencing”, this paper will conceptualise the border not as an end, but as a liminal space1; a threshold where new subjectivities, languages and forms of resistance come into being. It is within this space of ambiguity and emergence, that the notion of borderlands begins to resonate not merely as a geopolitical demarcation, but as a lived condition and a mode of being and becoming. The borderland is not simply drawn on maps; it is carved into bodies, spoken through hybrid languages, and experienced in profound psychological registers (Mignolo, 2005).

To be clear, this is not only a theoretical premise, but a poetic and lived one. Approaching the border as a threshold – as a space of emergence, contradiction, and affect – I turn to Gloria Anzaldúa’s Borderlands/La Frontera (1987); a literary manifestation that offers a vocabulary of code-switching to convey the lived experiences of a migrant and a “border woman” (8) who inhabit the in-between. I engage this text not only for its canonical status within Chicana/o2 and feminist thought (Lugones, 1992), but for its critique of methodological nationalism3 together with its capacity to render visible the often concealed emotional, linguistic, and embodied dimensions of border life. Informed and inspired by the reflections above, I will engage with theory of subjectification through a decolonial feminist framework to explore the research question:

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How does Gloria Anzaldúa’s use of hybrid literary forms – combining poetry, autobiography, and theory – construct a new mestiza consciousness in the borderlands that resists both the empirical framing of migration and the erasure of embodied, linguistic, and affective border subjectivities?

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Borderlands/La Frontera not as a historical document – though it does contain history -, but as a situated social praxis that both explores and reveals intimate orientations of body and mind in a fractured tempo-spatial dimension characteristic of the borderland, I intend to trace how Anzaldúa’s aesthetic experimentation performs a mode of resistant subjectification. This involves drawing connections across our course literature and beyond, examining how language, genre, and embodiment work as means of self-making in contexts of migration, marginality, and epistemic violence.

 

Literature in Social Sciences

By presenting a preliminary reflection on the use of poetry and creative writing within scholarly research into the field of migration, I hope to accommodate an interdisciplinary approach that recognizes literature as a critical lens to explore the borderland experience(s) beyond so-called factual or testimonial accounts, emphasizing its political and ethical role in reshaping narratives of visibility and invisibility.

In line with this proposal, P. White suggests that: “creative or imaginative literature has a power to reflect complex and ambiguous realities that make it a far more plausible representation of human feelings and understanding than many of the artefacts used by academic re-searchers”. (in Pourjafari and Vahidpour, 2014: 688). From this perspective, literature does not simply reflect the world. Rather than striving to present a more “authentic” depiction of social reality, literature opens a fictional and affective space where the politics of representation, memory, and belonging can be reimagined, offering a page from which to delve into the complexities of migration that often lie beyond the scope of “factual” narratives (Burges, 2020).

Turning to L. Malkki (2015), the rethinking of literature within social sciences requires us to reflect critically on the imagination and recognise fiction as a valid form of knowledge production, rather than disciplining it into empirical frameworks. This entanglement of imagination and reality is captured by G. Deleuze, who writes: “a real voyage, by itself, lacks the force necessary to be reflected in the imagination; the imaginary voyage, by itself, does not have the force, as Proust says, to be verified in the real… the imaginary and the real must be, rather, like two juxtaposable or superimposable parts of a single trajectory, two faces that ceaselessly interchange with one another, a mobile mirror” (in Malkki, 2015: 16). Succinctly, this mobile mirror foregrounds the inseparability of imagined and lived experiences, offering a compelling framework for understanding literary narratives of e.g. diaspora or exile, not as derivative accounts of migration, but as complex epistemological venues where the real and the imaginary continually inform one another.

Theorising the politics of aesthetics, J. Rancière (2006) critically extends the argument by asserting that the aesthetic is not confined to matters of style or beauty; rather, it is fundamentally political in its capacity to redistribute the sensible4, reshaping what is perceived, felt, and thought to be sayable or knowable in each social order. Fiction thus becomes a space where the unseen and unsaid can emerge, allowing for the articulation of precarious or marginalized experiences that may otherwise elude empirical capture.

Building on these insights, I argue that C. Gallien is right saying that migrant literature: “cannot be studied out of its material context, while at the same time… cannot be reduced to it” (Burge, 2020: 11). By attending to metaphor, voice, and narrative structure, scholars can trace how literature stages encounters with alterity, ambiguity, and resistance – elements often flattened in positivist or purely testimonial accounts – and thereby reveal the political and aesthetic work such texts perform.

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Analysis

To contextualise the analysis, I begin with an introduction to the book: Borderlands/La Fron-tera. Hereafter, the analysis will unfold across three interrelated headings: 1) Border(land) as Metaphor and Materiality, 2) Mestizaje as In-Betweenness and Resistance, and 3) Writing Selves Across Borders, all supported by quotes and insights from the book.

 

Borderlands/La Frontera

Gloria Anzaldúa’s Borderlands/La Frontera: The New Mestiza (1987), explores the Chicana/o and Latina/o experience in the Texas-U.S. Southwest/Mexican borderland. The book disrupts the linearity of conventional discourse by unfolding a polyphonic, multiform voice that weaves together text, image, memory, myth, poetry, and theory. Its structure resists a uniform narrative or a centralized authorial I, creatively shifting perspectives and pronouns to perform the com-plex interlocking oppressions and solidarities of intersectional identities (cf. Poem: that dark shining thing 187-189). This creates a constellation of voices – intimate, collective, ancestral – that move across and blurs the lines between literary genres, fusing autobiography with fiction, poetry with essay, academic reflection with spiritual invocation.

Divided in two interconnected parts: first, a series of seven thematic essays that explore identity, culture, language, and resistance; and second, a collection of poems that not only echoes, but expands and complicates the ideas laid out in the prose. This translates into a dialogue between analytical reflection and poetic expression; a mosaic of texts that “spill over the boundaries” (78), dissolving rigid interpretations and inviting the readers into a space where meaning is constantly negotiated and transformed. What follows is an analysis of the border not merely as a geographical delimiter but as a site of epistemic struggle, embodied resistance, and cultural re-signification; a space where metaphor and materiality coalesce to challenge dominant narratives of nationhood, belonging, and normativity.

 

Border(land) as Metaphor and Materiality

The first essay, Homeland, establishes the Indigenous peoples historical and spiritual claim to the U.S.-Mexico borderlands: “This land was Mexican once, was Indian always, and is. And will be again” (13). By positioning the land as sacred and stolen, Anzaldúa reframes the border as: “una herida abierta5 where the Third World grates against the first and bleeds” (13). This framing resonates with W. Mignolo’s (2005: 34) theorization of the colonial wound, which he defines as a historical and ongoing consequence of colonialism, manifested through a racializing hegemonic discourse. In this light, Anzaldúa’s herida abierta is not just a personal or cultural metaphor. It is a geopolitical inscription of coloniality on the body and land of those who live in-between and beyond borders.

The border is a place of both convergence and rupture, conflict and creativity: “The borderland”, she writes, “is a vague and undetermined place created by the emotional residue of an unnatural boundary… in a constant state of transition” (1987: 3). In a poetic voice, Anzaldúa captures the phenomenological experience of inhabiting the borderland:

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A soul between two worlds, three, four,

my head buzzes with contradiction.

I am northerned6 by all the voices

speaking to me at once. (88) [my

translation]

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It is this shifting, unstable terrain that grounds the work of Anzaldúa: a space where subjectivities are fractured and reassembled, where languages coexist in tension, and where identity becomes a practice of navigating contradiction and ambivalence.

“the prohibited and forbitten… in short, those who cross over, pass over, or go through the confines of the ‘normal’” (14). In accordance with Z. Bauman (1995: 12), Anzaldúa defines the border dwellers in contrasts to the normative authority, serving as its necessary mirror and Other. The “normal” is not a neutral category, but rather a socially constructed positionality aligned with whiteness, heteronormativity and bodily ableness. This positionality is upheld through systems of power that depend on exclusion and control of the Other (cf. Poem: That Dark Shinning Thing, 187-189).

“White, Mexican, Indian” (32). She challenges the heteropatriarchal order that governs each culture, exposing how they all silence, punish, and exile those who refuse to conform: “Nothing in my culture approved of me. Había agarrado malos pasos. Something was ‘wrong’ with me. Estaba más allá de la tradición” (26)7. This critique is further contextualised and developed in her later reflections (89, 94) and in the poem Yo no fui, fue Teté (151).

This social disciplining operates through what R. Segato terms the pedagogies of cruelty (2018: 11): systems of violence that teach through fear, humiliation and internalised oppression how to enforce gender norms and uphold male dominance. In extension, Nevins (2001: 143) argues that: the discourse of border control functions by pitting the disadvantaged against those in even worse conditions, deflecting attention from the powerful agents and institutions responsible. As a coloured, lesbian, migrant woman, Anzaldúa offers a multifaceted critique of the borderlands, not only as a space of asymmetrical power relations but as a lived experience where intersecting identities – gender, sexuality and race – shape unique forms of oppression and resistance (cf. Valentine, 2007).

Within this schema, “normality” functions as a racial- and sexualised regulatory ideal that dis-ciplines bodies and delimits both the horizons of intelligibility and the possibilities of move-ment (cf. Graw and Samuli, 2012: 14-15). This produces a paradox that, as S. Turner observes in the context of the camp, renders certain bodies “simultaneously depoliticised and hyper-politicised” (2015: 145). Much like the principle of superposition in quantum computing – where a qubit exists in multiple states simultaneously until observed – marginalized bodies in the borderlands are often invisible in terms of rights, representation and institutional recognition, and yet hypervisible as targets of surveillance, regulation and control. Anzaldúa capture this in her writing: “I am visible – see this Indian face – yet I am invisible. I both blind them with my beak nose and am their blind spot” (97).

To elaborate the argument, S. Ahmed argues that whiteness operates not simply as a racial identity but: “[as] an ongoing and unfinished history, which orientates bodies in specific directions, affecting how they ‘take up’ space, and what they ‘can do’” (2007, 149). Whiteness, as an extension of the colonial legacy, becomes an invisible infrastructure that governs who be-longs, who moves freely, and who is rendered excessive or out of place (cf. M. Douglas, 1966). That said, Anzaldúa does not narrate these crossings from the perspective of the centre looking outward; rather, she writes from the border, from within and beyond the margin. In this sense, the margin is not per se a space of lack or exile. It is a generative and constitutive site where histories of pre-Colombian warfare and pilgrimage (40-43) intersects with colonisation and ill use by five countries (101), new migrations (20-22; 128-130), the appropriation of by dispossession (16-17; 142-143), and ongoing struggles for self-determination (98).

Returning to the metaphor – border as wound –, Anzaldúa enacts what A. Mountz advocates: “to locate the struggle of power and productions of difference at the scale of the body in order to address a broader debate about the power of the nation-state” (2004: 323). By foreground-ing the embodied experiences of the border dwellers, Anzaldúa offers an affective lens through which to understand differential experiences that are often obscured at other scales (Ibid: 341). Herewith, literary analysis may be employed to reveal what is otherwise hidden in discourse, as literature fundamentally engages with subjective experiences and expressions (Burge, 2020). In this context, the metaphor functions not as a mere abstraction but a technology of survival: “In the reconstructing the traumas behind the images, I make ‘sense’ of them, and once they have ‘meaning’ they are changed, transformed. It is then that writing heals me” (81). Body and word co-constitute one another: the metaphor emerges from lived experiences and returns to the body to make sense of it.

This perspective engages critically with F. Fanon’s framing of the colonial wound as a site of imposed objectification: “For the native”, he writes, “objectivity is always against him” (in Malkki, 1996: 384). The colonial subject is denied the legitimacy of voice or narrative; only physical suffering is granted the status of “truth”. This reflects the dehumanizing logic of colonialism, where “objectivity” is instrumentalised to render the native knowable only through tangible suffering; suffering that is extractable and commodifiable under necropolitical regimes (cf. Mbembe, 2003; Ahmad, 2008).

The repetition of the wound becomes uncanny (cf. Bandak, 2018), reflecting a temporal suspension in which the past persists and future precarity looms. In line with Derrida’s hauntology (in Bandak, 2018: 202), Anzaldúa’s narrative inhabits a space of spectral return, where memory and identity are haunted by histories of colonization, migration, and cultural genocide, and where the future is shadowed by the repetition of structural violences.

Borderlands/La Frontera reframes the wound not as static trauma but as a transformative site. The wound be-comes a generative locus through which identity is fractured, renegotiated, and reassembled in new, nonbinary forms resonating with A. Young’s insight that “recurrent trauma produces transformation rather than summation” (in Bandak, 2018: 199).

Against this backdrop, Anzaldúa reclaims authority over the wound, refusing to let grief serve as a static symbol of victimhood; passive and decontextualized. Instead, she reconceives it as a site of epistemological agency and introspection. The wound in her work becomes recursive and affectively charged; not simply endured as in Feldman’s (2015) analysis of humanitarian suffering, but actively worked through (cf. Poem: Sus Plumas el Viento, 121-124). Herewith, she rejects the Anglo-American epistemologies that seek to fix the subject in pain and silence, advancing instead a methodology of healing that is simultaneously intellectual, spiritual, and political.

To elaborate, Anzaldúa evokes pre-Columbian symbols and cosmology to challenge the Cartesian split between mind and body, invoking the “animal soul” (35): a state of being rooted in intuition, body, and ancestral memory. This deeper consciousness underpins la facultad: “An instant ‘sensing’” (48) that bypasses conscious thought and allows one to identify truth in the unseen or the unspeakable. This may be interpreted as “a survival tactic that people caught between the worlds, unknowingly cultivate” (48), but it also signals “a shift in perception” that opens the “soul (Self)” (49) to new ways of knowing.

Coatlicue, the Aztec earth goddess who embodies both creation and destruction, this state of being represents a liminal space that disrupts binary thinking and creates the conditions for a new consciousness to emerge: the mestiza consciousness. As a shift in perception, it resonates with Rancière’s concept of dissensus (2010), understood as a rupture in the distribution of the sensible that unsettles dominant configurations of the (in)visible and the (un)say-able. Often triggered by trauma, shame and cultural alienation, entering the Coatlicue State forces people to confront suppressed parts of themselves, including internalised oppression (48). Writing and speaking metaphors, Anzaldúa uses la facultad to enter the Coatlicue State, where knowing is felt before it is named (48). By situating the border in the wounded body through metaphor, the text offers an epistemology of the border that collapses distinctions between dis-course and materiality. Herewith, Anzaldúa does not transcend the historical wound but inhab-its it, pragmatically engaging the epistemic violence Fanon diagnoses, yet insisting that within the wound, new meaning, new bodies, and new texts can be written into being.

To expand the argument, this collapse also challenges nationalist frameworks that seek to impose fixed boundaries on human experience. An anti-nationalist stance exemplified in the poem: La Curandera (193-197), which confronts the violent imposition of state borders through the refusal to recognize these as a meaningful divider in death:

    .

The Border Patrol came

found el Sobrino dead.

We’ll take the body back to the other side,

they said.

No, said Dávila, I’ll bury him here. Under

the ground it doesn’t matter

which side of the border you’re in (193)

.

Succinctly, the poem enacts a spiritual becoming inseparable from an ancestral claim to land that predates nationalist territorial divisions. By burying the dead here, Dávila asserts a pro-found connection to the land that rejects the legitimacy of Anglo-American authority. This gesture epitomises a decolonial perspective rooted in place, memory, and enduring Indigenous presences, disrupting the imperial logic of possession and exclusion. In this, the poem echoes Anzaldúa’s vision and aligns well with Mignolo’s concept of border epistemology (2005: 41): a perspective from which to analyse the colonial difference and challenge the universalising claims of Western knowledge systems. Specifically, border epistemology confronts what Mignolo identifies as theo-politics and ego-politics of knowledge, which respectively privilege the Christian and Cartesian modes of thinking. Against these paradigms, Anzaldúa affirms a deeper ancestral and ecological unity:

    .

Suspended in fluid sky

I, eagle fetus, live serpent

feathers growing out of my skin

the buffeting wind

the rock walls rearing up

the earth (149)

.

.

Mestizaje as In-Betweenness and resistance

To appreciate the progressiveness in Anzaldúa’ new mestizaje, I will begin this section contextualizing the concepts: mestiza/o, mestizaje and chicana/o. Occupying a complex and contested space in the intersection between race, culture and identity, the term mestizo traditionally refers to individuals of mixed Indigenous and European descent. Dating back to the 16th century, the term mestizo was part of a broader system of racial classification designed to reinforce social hierarchies and maintain colonial control (Katzew, 2004).

The verb mestizaje – literally meaning “mixing” – has been central to Latin American national imaginaries, particularly in Mexico, where it was institutionalized as a unifying ideology post-Revolution in early 20th century. Advocates like J. Vasconcelos, author of La Raza Cósmica (1925), envisioned the creation of a fifth race through the mixing of all ethnic groups, arguing that racial homogenization would dismantle existing hierarchies and reduce conflict and dis-crimination by truly unifying the Mexican populace. This biologically deterministic framing has since been challenged and re-interpreted as a cultural and political identity (Doremus, 2001); nevertheless, critics such as P. Wade (2005) argue that state sanctioned programs negate Indigenous, African and other minority identities in the name of a hegemonic national identity. Turning to Anzaldúa, Chicana/o identity emerges as both a response to and a reworking of mestizaje. Chicana/o thought reclaims the mestiza/o condition not as a diluted identity, but as a space of resistance, ambiguity, and potential transformation: “The new mestiza copes by de-veloping a tolerance for contradictions, a tolerance for ambiguity. She learns to be an Indian in Mexican culture, to be Mexican from an Anglo point of view. She learns to juggle cultures” (90).

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The new mestiza becomes a subject who negotiates multiple cultural, linguistic, and epistemic worlds, embodying what Anzaldúa calls a mestiza consciousness. This new consciousness neither seeks assimilation under a Social Darwinist paradigm of white supremacy nor accepts the homogenising narratives propagated by nationalist ideologies to resolve contradictions. In-stead, the new consciousness lives within the contradictions transforming fragmentation into a source of power and defiance: “Being Mexican is a state of soul – not one of mind, not one of citizenship. Neither eagle nor serpent, but both. And like the ocean, neither animal respects border” (73).

Defining mestizaje as both a lived experience and a decolonial strategy, grounded in the tensions and generative possibilities of liminal existence, Anzaldúa embraces the open-ended process of identity formation. This vision epitomises Mignolo’s idea of complementary dualism (2005: 23), which rejects Hegelian dialectical oppositions in favour of relational, co-constitutive ways of knowing and being. By recognising protean identities, this framework contests the enduring colonial matrix of power; a structure that, as Mignolo observes, no longer depends on traditional conquest but instead operates through biopolitical governance, debt economies and global surveillance regimes (2005: 33).

In this context, Anzaldúa’s mestizo and borderland thinking aligns closely with the diasporic frameworks conceptualised by J. Clifford (1994) and S. Hall (2003), who respectively speak of diasporas as identification rather than identity, and as a narrative strategy that employs storytelling practices to articulate selfhood along routes of movement and histories of rupture. Yet, as R. Jenkins reminds us, such subjective constructions of identity must also contend with the social dimension: self-identification alone is never sufficient to constitute a viable identity; rather, identities are always formed through a dialectic between self-perception and external recognition (in Peteet, 2005: 150).

Building on this insight, J. Peteet (2005) explores this dynamic in her analysis of Palestinian national identity, where systemic violence arguably functions as a rite of passage into belonging, revealing how recognition is often forged through struggle and exclusion. Though the geopolitical contexts differ, a similar dynamic seems to operate at the U.S.–Mexico border, where the chicana/o identity is shaped not only through cultural narratives, but also through the violent regime that polices the borderland: (cf. Poems: In the fields, la migra, 13; To live in the Borderlands means you, 213-214).

In this context, the notion of mestizaje can be understood through the Foucauldian theory of subjectification, where identity is not only self-fashioned but also produced through power re-lations that operate via disciplinary and biopolitical regimes (in Ong, 1996: 737). Through a dual process of being made and becoming a subject, Anzaldúa’s new mestiza reveals how borderland identities escape fixed categorisation, which will be discussed further below.

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Writing Selves Across Borders

Across the pages, Anzaldúa explores language and writing as discursive instruments for the shaping and expressing of the new mestiza consciousness. Renouncing colonial “linguistic terrorism” (69), the texts affirm the political and personal significance of linguistic hybridity and code-switching. Language in the Borderlands is not only a means of expression but a space of belonging: “language is a homeland closer than the Southwest” (66). Insisting on the deep entanglement of voice and selfhood, Anzaldúa continues: “Ethnic identity is twin skin to linguistic identity – I am my language” (70).

If language roots the self in place, writing sets it in motion. Through genre-crossing and code-switching, the act of writing is an exercise in the imagination, an embodied performance, in which the personal becomes political, and the political, world-making: “it feels like I’m creating my own face, my own heart – a Nahuatl concept. My soul makes itself through the creative act. It is constantly remaking and giving birth to itself through my body… it is always a path/state to something else” (85).

Elsewhere, Anzaldúa invokes writing as a shamanistic act, a ritual of metamorphosis that alters “the storyteller and the listener into something or someone else” (78). This enactment of selves through a reciprocal process of creative writing and reading resonates with Rancière’s concept of the emancipated spectator (2009)8, but to appreciate the significance of this imaginative process, P. Riceur’s (1994) reflections on the phenomenology of action seem particularly useful. Riceur suggests that the imagination serves as “a mediating space of a common ‘fantasy’” where one rehearses symbolic forms of agency and tests the contours of the “I can” (ibid: 126-127). Since symbolic forms are socially and culturally constituted, imagination inherently pos-sesses an intersubjective dimension of agency; herewith, the I can is not a fixed capacity but a shared horizon of potentiality. Succinctly, Riceur’s reflections anticipate the intersubjective dynamics in Anzaldúa’s work, suggesting that subjectification through writing is not a solitary act but an imaginative negotiation performed within relational, social worlds9. This is well captured in the poem by León-Portilla, cited in Anzaldúa:

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Those who are looking (reading),

Those who tell (or refer to what they read).

Those who noisily turn the pages of the

codices.

Those who hold in their power

the black and red ink (wisdom)

and the painted (images),

they lead us, they guide us,

They show us the way. (83) [my translation]

.

This imaginative terrain becomes the very site where Anzaldúa – as a queer Chicana writer – contests imposed silences and speaks from the wound, while also inspiring others (cf. Lugones, 1992). It is not merely that writing gives voice to identity; it gives form and body to the struggle of becoming: “I write in red. Ink… Daily, I battle the silence and the red. Daily, I take my throat in my hands and squeeze until the cries pour out, my larynx and soul sore from the constant struggle” (83).

This process is visceral, rooted in the body and in the Earth. As Anzaldúa writes: “This is the sacrifice that the act of creation requires, a blood sacrifice. For only through the body, through the pulling of flesh, can the human soul be transformed. And for the images, words, stories to have this transformative power, they must arise from the human body – flesh and bone – and from the Earth’s body – stone, sky, liquid, soil” (86–87). In this vision, writing becomes a potential path to healing and revelation, a sacred labour of becoming that bridges the inner and outer worlds.

 

Conclusion

As a final comment, G. Spivak’s (1985) question – Can the Subaltern Speak? – reminds us that the power to narrate one’s own reality is inherently political. Anzaldúa takes up this challenge not by speaking for the subaltern, but by enacting a new mestiza consciousness through hybrid literary form. Through her integration of poetry, autobiography, and theory, she refuses to be ventriloquized by dominant, empiricist epistemologies that reduce migrant lives to data and borders to lines on a map. Instead, she cultivates a polyvocal, fragmented narrative that opens space for insurgent enunciation, where language, body, and land co-produce new, nonbinary modes of being and belonging in the borderland

Rather than claiming representative authority or imposing a totalizing mestiza identity, Anzaldúa embraces metonymy (cf. Souza, 2019: 102), allowing her writing to stand with rather than in place of others. By foregrounding the affective, linguistic, and embodied dimensions of border subjectivity, I argue that Anzaldúa enacts a contingent mestizaje that amplifies the voices of border dwellers: the prohibited and the forbidden. This aligns with Souza’s (2019: 102) reading of Spivak, which posits that a subaltern choir must operate as a heterogeneous collective to genuinely represent the Other, one that resists essentialist identities and instead actively forms through ongoing, performative engagement.

As the analysis shows, Anzaldúa collapses binary categories of oppressor/oppressed and subject/object. Through her creative shifts in pronounce, she is simultaneously the beast and the one hunted by it: “I remember hating him/me/they who pushed me” (188).

Borderlands/La Frontera is thus more than text; it is epistemological praxis: a situated, subaltern epistemology that enacts the cognitive and affective complexity of migration, queerness, and border subjectivity. Her metaphors – like the wound – are not symbolic despite materiality, but rather because of it: they emerge from, and return to, embodied and spatial conditions.

This is why phenomenological experiences are necessary to challenge the hegemonic discourse of realist reductionism, in which border subjectivity becomes knowable only by cutting through the stories to extract the facts. Such reductionism enacts an active process of dehistoricization; one that silences lived experiences and serves as a project of depoliticization. Against this, Anzaldúa insists that imagination, affect, and storytelling are not deviations from truth but integral to how subjects live and know in the borderlands. Through her work, she challenges us to recognize that the imaginary and the real are not opposites but, as Deleuze wrote: two faces that ceaselessly interchange with one another, a mobile mirror through which new forms of political and poetic knowledge emerge..

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Endnotes

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1 L. Richter (2016) critiques the concept of liminality and proposes limbo as an alternative term to highlight the fixity and dead-endedness experienced by migrants in prolonged states of suspension. While liminality traditionally refers to a temporal, ritualistic rite of passage, I use liminal space to emphasize a physical and/or metaphorical zone characterized by ongoing spatial and existential in-betweenness. Unlike limbo, which stresses stasis and impasse, liminal space as I use it foregrounds spatiality, coexistence, and continuous instability as conditions of transformation.

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2 Chicana/o, identifier for people of Mexican descent born in the United States. The term came into popular use by Mexican Americans as a symbol of pride during the Chicano Movement of the 1960s (Encyclopedia Britannica, 2025). Anzaldúa links its emergence to political and literary milestones, noting: “Chicanos did not know we were a people until 1965 when Cesar Chavez and the farmworkers united and ‘I am Joaquín’ was published” (74), highlighting literature’s formative role in collective identity.

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3 Refers to the tendency in social science research to treat the nation-state as the natural unit of analysis, thereby overlooking transnational processes and global interconnections (Castles, 2010; Levitt et al. 2004).

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4 The theory of Jacques Rancière is based on a concept :“le partage du sensible” [the distribution or partition of the sensible], which he de-fines in The Politics of Aesthetics (2006: 12) “I call the distribution of the sensible the system of self-evident facts of sense perception that simultaneously discloses the existence of something in common and the delimitations that define the respective parts and positions within it”. This concept refers to the implicit rules that determine what is visible, sayable, and thinkable in a given social order, thus shaping both aesthetic experience and political possibility.

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5 An open wound

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6 Northerned is a literal translation from the Spanish norteada, which carries a double meaning: it can denote being geographically directed toward the North, but also disoriented or confused (RAE). In Anzaldúa’s context, it signifies both the pull of the U.S. as a hegemonic center and the psychic dislocation experienced by border dwellers caught between conflicting cultural, linguistic, and ideological forces.

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7 I had taken the wrong path & I was outside of tradition

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8 The Emancipated Spectator explores how spectatorship can shift from passive reception to active engagement, enabling intellectual and political emancipation through critical interpretation. In this way, spectatorship becomes a transformative process for both the observer and the observed.

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9 M. Jackson’s (2013) presents a similar account of speech and action among the Kuranko of Sierra Leone, where identity is forged intersubjectively, not in solitude but through encounter.

 

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Ørne Trygve Voetmann/span> nació en Dinamarca en 1991. Con dos títulos universitarios de Grado –uno en Relaciones Internacionales y Geografía Humana, de la Universidad de Roskilde (2019); y otro en Lengua y Cultura del Mundo Hispanohablante, de la Universidad de Copenhague (2024)– Voetmann actualmente acaba de defender su tesis de Máster, la cual tiene como base un estudio de campo sobre los migrantes venezolanos en Colombia.