ISSN 2692-3912

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A Palestina

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A Palestina

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(Aquí, sobre esta arena,

te dejo este poema

Imperfecto

como tu destino)

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Palestina

Yo te escribo

Con mis letras

Y te repito:

Pa

Les

Tina,

Pales

Tina,

Palestina.

.

Que nadie se olvide de ti

Que tu llanto

palestino,

que tu sangre palestina

y tus piedras

palestinas

No queden en el suelo

del olvido.

Que nadie se olvide

De tu tierra

De tu madre,

De tu padre

De tus hermanos

De tus hijos muertos.

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Que tu dolor no sea

una épica

que quede en la lástima

de los textos.

Que tu dolor viviente sea una prueba

De que no habrá

Que no ha habido

Total exterminio.

(tu llanto aún se escucha)

Estás allí.

Con tu rabia hablando

a la nuestra.

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Que sepas que en el mundo

Hay ojos que miran

impotentes.

Son los ojos de quienes

No podemos actuar.

Lejos del poder

(tristemente lejos)

solo podemos,

esculpir

en el papel

(y gritar,

al Viento),

tu nombre

siempre presente

siempre existente

.

Palestina y sus olivos

Palestina del aceite

Palestina del llanto.

Palestina

yo te nombro

Y te repito

en el grito:

¡Palestina!

¡Palestina!

¡Palestina!

Y tú, así,

en mi,

en nosotros sigues

Existiendo.

 

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Claudio Cifuentes-Aldunate es chileno de nacimiento y danés de adopción. Doctorado en literatura hispanoamericana por la Universidad de Friburgo, Suiza, con un doctorado sobre Mario Vargas Llosa publicado en Odense University Press i 1983, con el título Conversación en la Catedral, Poética de un Fracaso. Desde 1981 es profesor titular de Literaturas iberoamericanas en el Instituto de Ciencias de la Cultura de la Syddansk Universitet, Dinamarca.
En su vida académica ha tenido un interés central por la semiótica y el análisis literario y cinematográfico. Una parte de su investigación se centra en la escenificación de la verdad en la textualidad. Ha sido profesor invitado durante diez años en la Universidad de Aquisgrán, Alemania y ha sido miembro de LEIA (Laboratorio de estudios italiano-ibéricos e iberoamericanos) de la Universidad de Caen, Francia, donde se ha ocupado del micro-relato y de la literalización de la ciudad en poesía y prosa. Su último proyecto versa sobre el sentido del silencio en la cultura en general y en la literatura en particular. En el ámbito de la creación, ha incursionado anteriormente en el relato y la poesía en diversas revistas literarias como NOK (Noter og kommentarer) donde publicó Poesías junto a dos otros autores y en la revista Aurora Boreal donde ha contribuido con los relatos ‘Encuentro’, ‘De migraciones y exilios’,’ Quebrantos’ y el poema ‘La lista’.

La amistad como motor cultural: Enrique Cortazar y su trabajo de promoción de las letras en el norte

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La amistad como motor cultural: Enrique Cortazar y su trabajo de promoción de las letras en el norte

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Inventario de lugares propicios para la amistad (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022) de Enrique Cortazar (Chihuahua, 1944) es un libro que reúne las memorias de sus encuentros con personajes notables de la cultura mexicana. El libro se compone de estupendas anécdotas del trabajo de un promotor cultural, poeta y profesor en el norte de México, que como dice Elena Poniatowska en el prólogo: “Enrique Cortazar tiene la sabiduría del corazón, todo ha sabido hacerlo con una naturalidad principesca” (15). Tiene razón la autora de La noche de Tlatelolco, en tanto que Cortazar se conduce con tacto diplomático y una afabilidad que inspira confianza. Me permito relatar la siguiente anécdota.

Tuve el privilegio de conocer a Enrique Cortazar en 1999 cuando recibí una mención honorífica en poesía en el premio Pellicer-Frost con unos poemas que después formarían parte de mi primer libro Desierto sol (2003) que sería después publicado en el estado de Chihuahua. En ese tiempo estudiaba el programa de Creación literaria en la Universidad de Texas en El Paso. La distinción del accésit me indujo a pensar de que había en mí un poeta en formación en las calles de un Ciudad Juárez a finales de los 90, una ciudad cuyos contrastes me animaban a escribir y encontraba la pólvora creativa en sus belicosos atardeceres, en la ruteras que eran mi modo de transporte y mi bicicleta con la que hacía el trasiego fronterizo y llegaba a la cima de mi pequeña ciudad tibetana de UTEP donde me refugiaba en la biblioteca que acomodaba en sus ventanas el Río Grande/Bravo y el barrio de Anapra.

Recuerdo que Enrique Cortazar era una persona que agendaba a Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis para lecturas de su obra que nutrieron la vida cultural de Ciudad Juárez. Así que me sentía honrado de su atención durante la recepción del premio en un evento bien organizado en el museo del INBA donde hubo un recital de arpa y claro, lectura de poesía, ambigú de rigor, y la distribución de los cheques del premio que me cayó de perlas como estudiante graduado. Recuerdo también que Cortazar me invitó al programa de televisión “Esta noche” con Natalia Baeza donde la conductora me entrevistó con las mismas preguntas que yo me planteé y se las escribí a la asistente antes de salir a cámara. Esa misma noche estaba un séquito de chicas de un concurso de belleza con las que nos arremolinamos detrás de las cámaras. Enrique Cortazar fue muy amable y me llevó de regreso a mi casa que estaba por Futurama, desde la lejanía (de ese entonces) del canal 44. Hasta allí mi anécdota. Ahora hablemos del libro.

El primero de los autores corresponde a Carlos Fuentes (1928-2012). Debo decir que la primera vez que conocí a Fuentes fue gracias al evento organizado por Cortazar en el café-librería Clips en Ciudad Juárez en 1999. Recuerdo a Fuentes subir las escaleras al segundo piso como un campeón de atletismo, con su mano derecha en el hombro y un dedo como gancho de su saco. En su anecdotario, Cortazar completa la figura del intelectual público al rescatar sus momentos humanos, compartir la mesa con vinos Vega Sicilia, resolver los problemas típicos de un anfitrión. Por ejemplo, relata un aventón al hotel durante una nevada en Chihuahua en un bocho que requería un empujoncito que le dieron Fuentes, Enrique Servín y Cortazar y llegaron a la zona de trabajadoras del placer donde “dos fortachones travestis a ritmo de taconazo” (21) les dieron el empujón que los aventó a su destino. Poniatowska escribe en su prólogo que Fuentes estaba feliz de ir a ver a Cortazar al norte “porque lo devolvía a la realidad al tratarlo como a un hermano y no como una diva” (15). Allí reside parte de la capacidad de convocatoria de Cortazar, los autores no iban “a un evento público” sino a visitar a su amigo. Sabían que encontrarían pláticas inteligentes, talento y la hospitalidad de alguien muy cercano.

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Inventario de lugares propicios para la amistad - Libros de Universidades
Inventario de lugares propicios para la amistad – Libros de Universidades

El siguiente personaje, es nada menos que Octavio Paz (1914-1998) a quien conoce como docente durante sus estudios posgraduados en Harvard. Cortazar refiere el rigor y la “mecha corta” de las clases de Paz que expresa sin reservas sus afectos y desafectos literarios. Dice Cortazar que cuenta “con veinte horas de cassettes con su voz y diálogos” (69) un hallazgo interesante para los estudiosos sobre Paz y relata que escribía poemas de Blas de Otero, José Hierro y otros poetas de la España convulsionada en el pizarrón antes de las clases y ante el descontento de Paz. Una anécdota que muestra el carácter humano del Premio Nobel de 1990, es cuando Cortazar se encontraba enfermo y faltó a algunas de las clases y Octavio fue directamente a su apartamento para preguntar por su salud y a traerle fruta, panecillos y café, un acto de solidaridad que marcó su amistad.

De José Emilio Pacheco (1939-2014) refiere que antes de una cena formal en Albuquerque, Nuevo México, el autor de Las batallas en el desierto le pidió que lo llevara primero a un Burger King antes de las cortesías de la cena que le impedirían cenar con calma. También relata una ocasión cuando Cortazar fue a buscarle unos sobrecitos de Sal de Uvas para la indigestión y lo encontró charlando en la banqueta con un “viene, viene”. Rememora de algunos problemas técnicos con la ropa, por ejemplo, cuando Pacheco quiso comprobar que si te muerdes la lengua no te pican las hormigas (como dice el cuento de Rulfo) y al agacharse en un hormiguero se le rompieron los pantalones y hubo que ir a buscarle un cambio de ropa; o en Chihuahua cuando después de unos deliciosos helados de Santa Isabel se le ensució la camisa y tuvieron que conseguirle otra de emergencia y ese día departió sobre la poesía modernista vestido de vaquero.

Con respecto a José Luis Cuevas (1934-2017) recuenta varias anécdotas divertidas, por ejemplo, el pintor refiere de sus amoríos: “la mayor parte han sido amantes platónicas, pues a todas me las he echado al plato” (121) o la emergencia suscitada cuando una asistente del museo pensó que el calor de Juárez había dañado algunas obras en el museo y resultaron ser manchas que el mismo pinto había puesto exprofeso como recurso expresionista.

Cortazar, como estudiante en la Universidad de Nuevo México, conoció a Ángel González (1925-2008) autor del poema “Inventario de lugares propicios al amor” (ergo el título del libro) donde dictaba cátedra con pasión y conocimiento profundo de la tradición de poetas clásicos desde San Juan de la Cruz a Gil de Biedma. El poeta y profesor González ofreció a Cortazar, en un acto de amistad solidaria, un préstamo monetario para solventar una crisis económica. González se decía partidario “de una vida corta placentera y no de una larga vida sosa, al tiempo que bebo un whisky, enciendo un cigarro y como quesos, butifarras y demás delicias insanas” (157) y decía, tal vez con sobrada razón, que las reuniones sociales en la universidad se podían sobrevivir con tres frases de cajón: “I can’t believe it!, That’s incredible! y Oh my god!” (160).

De Carlos Monsiváis (1938-2010) a quien apodaban “Porsiváis” debido a que no era seguro que llegara a las múltiples invitaciones que le extendían para presentarse. Monsiváis respondía humorosamente a preguntas ocurrentes de periodistas y público, por ejemplo, ante un ¿dónde publicas? él autor de Los rituales del caos respondía: “En Reader’s Digest y en Lágrimas y Risas, serie que acabo de inaugurar en México” (175). Monsiváis se entretenía con las crónicas de sociales que catalogaba en su archivo de lo insólito. Relata Cortazar que Monsiváis, siempre sardónico, comentó que tenía una pesadilla recurrente donde le pedían “un prólogo y texto de contraportada para el directorio telefónico de la Ciudad de México” (183).

Estas son algunas muestras del maravilloso anecdotario que nos regala Enrique Cortazar. Y, como si esto no fuera suficiente, el libro posee unas magníficas fotografías a color de su álbum personal. Allí podemos ver la nutrida asistencia a los eventos, la cercanía amistosa de los autores mencionados apiñados en un sillón de sala, con los autores mencionados, y otros, como con Paco Ignacio Taibo I, Eduardo del Río (Rius), Carlos Montemayor, Alejandro Aura, que no comentamos aquí para invitar a los lectores a sentarse en esa mesa de conversación y charla a la que nos invita Enrique Cortazar, donde casi podemos saborear el vino Vega Sicilia y el olor de su tabaco London Dock que salía de su emblemática pipa.

Las fotografías son un complemento excelente al libro mestizo que Antonio Moreno, en su epílogo describe como “alentados por la afección, el respeto y elaborados de una mezcla que se ajusta bien para el caso, entre el perfil biográfico, el retrato y la necrológica” (272). También es un documento gráfico donde accedemos a los espacios privados de los autores, sus bibliotecas personales, los mementos (un tambo tarahumara con un dibujo de Cuevas y coloreado por Paulina, la hija de Cortazar). Ángel González tocando la guitarra y cocinando en su casa con un sombrero de chef, bardas de promoción a un homenaje a Tin-tan, y una carta nunca publicada dirigida al entonces gobernador electo Francisco Barrio Terrazas en apoyo al trabajo de Cortazar para que continuara como promotor cultural y firmada por los intelectuales más importantes de la época. Cortazar decidió no publicar la carta a sugerencia de Carlos Montemayor para evitar presionar al nuevo gobernador y “dejar que las aguas tomen solas su nivel” (246).

Tennessee Williams decía que: “Life is partly what we make it, and partly what it is made by the friends we choose”. Para Cortazar “la amistad es un sendero de ecos que perduran en la eternidad” (257) y este libro es un directorio afectuoso de una generación de artistas e intelectuales que marcaron una época en México y recoge el testimonio de un promotor cultural en el norte que con bonhomía y talento logró poner el margen al centro y de una manera sutil ayudó a varios autores a poner a Ciudad Juárez en el mapa y desarticular aquella frase de Vasconcelos de su libro La Tormenta: “Donde termina el guiso y empieza a comerse la carne asada, comienza la barbarie”. Este libro es un verdadero festín de anécdotas “bárbaras” (en el sentido de magníficas) que no decepcionará a los lectores.

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Martín Camps es profesor de la University of the Pacific en Stockton, California, donde es también Director de Estudios Latinoamericanos. Sus dos últimas ediciones de ensayos son La sonrisa afilada: Enrique Serna ante la crítica (UNAM, 2017) y Transpacific Literary and Cultural Connections: Latin American Influence over Asia (Palgrave, 2020). También ha publicado cinco libros de poesía, entre los que se encuentran Extinción de los atardeceres y Los días baldíos. También es autor de la novela Horas de oficina.

Hacedores, hacedoras, sobre el libro Desde el arte popular de Chiapas, de Jesús Morales Bermúdez

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Hacedores, hacedoras, sobre el libro Desde el arte popular de Chiapas, de Jesús Morales Bermúdez

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El predicador, quien me encontró con el libro en las manos, me pidió que le explicara sobre qué trataba lo que estaba leyendo: Desde el arte popular de Chiapas (2024), de Jesús Morales Bermúdez. Joven, como de veinte años, hizo la pregunta sin dejar de sonreír. Sin levantarme de la silla en la que estaba, les expliqué a él y a su acompañante, un señor como de setenta años, que el autor exponía cómo está en la naturaleza del ser humano hacer cosas; en ese mismo ser está el impulso de expresarse a través de lo que crea en comunión con la tierra, con la naturaleza, la persona explora su sensibilidad. Y, como al hablar les mostraba las fotos que son parte del libro, el joven de inmediato dijo: “Es sobre artesanías”. “Está más allá de esa denominación”. No dudé en expresarme de esa manera. Se trata de ver al ser humano como un hacedor. “Ah, entonces es sobre los pueblos”. Una vez más, insistí: El autor no buscaba mostrar unos signos de identidad, sino dar cuenta de la creatividad de las personas.

Jesús Morales Bermúdez colocó frente a sí objetos en los que leyó concepciones del mundo: mundos tramados de manera intuitiva con el auxilio de “mitos, ritos, poemas”, con una clara postura: “Aparte de humanizarnos con las manos, nos humanizamos también con la palabra” (11). Consciente de que su apuesta no tendería a lo exhaustivo, se mostró partidario del fragmento, de lo multiforme, en el entendido de que la entidad federativa de referencia, Chiapas, al ser parte del ritmo impuesto por la modernidad, ha sido presa también de lo fragmentario. Fue consciente, por igual, de que los objetos que han figurado mundos están expuestos ahora a los ritmos comerciales; no muchas veces, su construcción responde a las exigencias de los consumidores o se ven amenazados por la intrusión de otros, en los que resulta visible su carácter mercantil. Indicar situaciones relacionadas con el mercado tiene el propósito de ser consciente de algo que no debe pasar inadvertido: “Todo cambia. No necesariamente a nuestro gusto o expectativa” (12). Desde el arte popular de Chiapas es la manera en que Jesús Morales Bermúdez ha leído objetos que, de otra manera, podrían resultar cosas hacinadas, sin historias, sin que movieran alguna fibra sensible; la de él está en este libro, con cierta nostalgia.

DESDE EL ARTE POPULAR DE CHIAPAS - Librería Universitaria UNICACH
DESDE EL ARTE POPULAR DE CHIAPAS – Librería Universitaria UNICACH

  Mediante un mito lacandón, Jesús Morales Bermúdez hizo referencia a la creación del mundo; así como ese, hay otros. Lo sabe el autor. Y fue del Hacedor de donde le llegó al ser humano modelar el barro, el ímpetu para valerse de los bejucos y de todo bien de la naturaleza con tal de convertirse en creador de “artificios y artefactos”. Nada puede ser comprendido sin haber derivado que hubo un principio en el que el mundo adquirió su forma y en donde el barro, el maíz, el árbol y la casa son el sustento de las formas en que se figuran los universos creados.

  Los artefactos analizados en el libro fueron producto de una labor especializada, circunscrita por determinado ritual, como de un ritual se precisa cuando se hace la casa. Hay que buscar protegerse de todo aquello que resulta amenazante, y donde se habita debe ser “recinto del bienestar”. Y, si por alguna razón se cae en las garras de algo que desconcierta la existencia, habrá que recurrir a quienes saben extirpar toda señal que la perturbe. Como está en el Hacedor, en los hacedores/creadores, tomar a los seres humanos como motivo de juego, lo que resulta saludable es invocarlo, invocarlos, para que sus jugarretas se ahuyenten; el hecho de apelar al Hacedor, a los hacedores, advierte Jesús Morales Bermúdez, es una manera de reconocer “la interconexión de los mundos” (27). Y en esos mundos la Luna, las sombras, los sueños, los espacios, los tiempos, la floritura de las mujeres, las manos en acción.

  De lo que se trata, al final de cuentas, es de jugarse la vida, “propulsarla”, como, con Gastón Bachelard, sugiere Jesús Morales Bermúdez. Ser hacedores, hacedoras: “Las ollas y la cerámica de barro”, “Los petates. “Las damajuanas”, “El metate”, “Los hombres” en la naturaleza, “Las hijas del señor de la tierra”, “El señor de las redes”, “Las jícaras y los juguetes”, “El templo”, “El mundo subterráneo”, “La arquitectura”, el ámbar. Hacer, nacer: de eso se trata.

  Desde el arte popular de Chiapas es un elogio de la sombra, en recuerdo de las sombras de Pascal Quignard y Junichiro Tanizaki, puntualiza Morales Bermúdez; es un merodear con agrado por estos mundos del hacer que, si se les define como parte de algo, eso es otra cosa. Morales Bermúdez ha dialogado con objetos que, con las prisas de ahora, pasan inadvertidos. Ha entregado un fragmento de su universo, que bien ha resguardado en su casa.

Sí, el joven predicador dijo: “A ver qué otro día hablamos de la Biblia”, y se retiraron él y su acompañante.

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Referencia:

Morales Bermúdez, Jesús. Desde el arte popular de Chiapas. Cesmeca-Unicach, 2024.

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Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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El Zarco

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La diferencia étnica en El Zarco y el pensamiento de nación

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En el siglo XIX, Ignacio Manuel Altamirano escribió la novela El Zarco; el conjunto de historias que se entrecruzan evoca la reflexión de clases sociales a través de la “raza”, evidenciando las diferencias raciales que existían en el México de finales siglo. El simple hecho de que el título de la obra se llame El Zarco hace alusión a la diferencia racial; El zarco, palabra de origen árabe, remite a una persona de ojos claros azules (Real Academia Española). Este ensayo se distingue por las numerosas descripciones físicas de los protagonistas con el propósito de enfatizar el contraste social y racial entre los personajes. El análisis e interpretación se enfocará en el modo en que la novela emplea el color de piel para manifestar las tensiones étnicas y cómo se utiliza este mensaje estético para la creación de una alegoría nacional.

La representación física del personaje El zarco encarna un sistema de valores. Es descrito como un “blanco” con “…sus ojos de ese azul claro…” expresan el atractivo hacía lo europeo (Altamirano 29). Al contrario, a Nicolás se le describe como “ese indio horrible”; él representa lo nativo (Altamirano 11). La voz narrativa describe a Manuela, la protagonista, como “morena, tono suave, criolla, sin confundirse con el indio”. Sus rasgos reflejan el mestizaje. Este triángulo racial entre el blanco, el mestizo y el nativo marcará la historia. El contraste racial y la manera en que la voz narrativa lo destaca en la obra evidencia la fragmentación social de México en el siglo XIX. El europeo, el zarco en este caso, está asociado con el poder, pero también con la corrupción. El zarco es un bandido de la banda de los plateados y se aprovecha del progreso que han realizado los pueblos mexicanos, asaltando a todos aquellos que se han integrado y han tenido éxito. Nicolás representa la integración y la subordinación del pueblo a seguir las líneas establecidas por la alegoría nacional. Esto se aprecia cuando Nicolás es salvado por su pueblo cuando se lo llevan preso y todo el pueblo cree que es una injusticia y deciden intervenir para que no sea injustamente ejecutado. Manuela, la chica criolla, retrata seducción por lo perverso y la fascinación por lo extranjero. Ella se enamora de El zarco sabiendo que es un bandido y que mata gente para conseguir sus botines. Esta atracción era un veneno para la creación de una identidad nacional ya que ella estaba atraída por lo prohibido, por el contrario del ciudadano ideal, Nicolás.

La novela fue diseñada para apoyar la formación de modelo de nación, y evidencia el contraste entre el extranjero y el autóctono, representados por el Zarco y por Nicolás. Ellos manifiestan dos modelos de nación distintos; uno que enfoca su mirada en Europa, y el otro que reivindica la formación de una nueva nación nacional. Nicolás, el héroe y representante de la alegoría nacional, acaba derrotando al zarco, el bandido corrupto, el europeo. Él encarna la alegoría nacional porque acaba demostrando que un hombre honrado sigue las reglas prevaleciendo sobre lo corrupto. La figura de Nicolás acaba por encima de El zarco cuando es alabado por todos en el pueblo como una persona honesta y trabajadora y acaba casándose con Pilar. Esto insinúa que el futuro del país está bajo control de los locales y no de los extranjeros que imponen sus formas. La victoria de Nicolás es la muestra del éxito de la ciudad letrada de Ángel Rama porque se ve que el pueblo ha aceptado los mensajes directos e indirectos a través de los escritores y los políticos. Se han asimilado. El personaje de Nicolás también exhibe el proceso de blanqueamiento que sufrió la sociedad nativa hacía un mestizaje. Nicolás es la clara imagen de una representación de progreso de ideales nacionales y de futuro.

En El Zarco, Altamirano usa el contraste racial entre la sociedad como símbolo de la tensión nacional que existía en esa época. En la obra se ven representados el racismo entre los personajes y el constante desprecio hacía los indios. El zarco, en el premonitorio encuentro con el búho antes de la fuga con Manuela, llega a decir, “Esto no le da miedo más que a los indios, …. Yo soy blanco y güero… a mí no me hace nada”. Esta frase demuestra el sentimiento de la supremacía racial (Altamirano 33). El triunfo de Nicolás sobre El zarco da pie al empoderamiento del mestizaje. Nicolás es el auténtico héroe de la obra, convirtiéndose en un símbolo patrio y modelo a seguir. El éxito del proyecto de alegoría nacional es evidente al exhibir como los verdaderos héroes son representados por los personajes de clase mestiza y los que evidencian una asimilación por el proyecto de la nación.

 

Referencias

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Altamirano, Ignacio Manuel. El Zarco. 1901.Modern Edition: Middletown: Independently. Published, 2025.

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n.a. “Zarco” Real Academia Española [RAE], 2001.

 


Jorge Caballero is originally from Madrid, Spain and currently serves as a High School Spanish Language and Culture Instructor at Gray Stone Day School in the piedmont of NC. He enjoys sharing his love of Spanish with students and has found creative ways to effectively advance pedagogical standards while simultaneously fostering an enriching and fun, culture-infused classroom atmosphere. Jorge enjoys spending time in nature rock climbing, table-top gaming and traveling back to Spain with his family to reconnect with his roots. Finally, Jorge is pursuing his master’s degree in Spanish at the University of Texas Permian Basin.

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Estrabismo literario

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El estrabismo literario, de Luis Vicente de Aguinaga. Reseña sobre Desviación Vertical disociada

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Luis Vicente de Aguinaga, ganador del Premio Nacional de poesía Ramón López Velarde 2021 por su libro Desviación Vertical disociada, profundiza temáticas de poemarios anteriores, en esta ocasión, ajusta tuercas de la estructura, lenguaje y temáticas. El poemario explora lo efímero, la fugacidad, el hombre frente al espejo, el cuerpo como carne en desintegración, el autoconocimiento físico, todo ello envuelto en brevedad y juegos lingüístico bien logrados. Aguinaga altera verso y prosa, regalando al lector un exquisito estrabismo literario dividido en siete secciones: cuatro de poesía en verso libre y tres de prosa que evocan a Rimbaud, Baudelaire, Pessoa, Schwob, Juarroz o Cernuda.

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Poemario Desviación Vertical Disociada: un DVD de ahora y nunca - Gaceta CUSUR

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Una nube de humo recorre cada página del libro, desvaneciéndose con la lectura para dejar el brillo de la plata. Detonaciones pirotécnicas en cada verso, la palabra justa decora el recorrido sonoro de un rio de vocablos. La erudición es como el Nevado de Colima: erupciona en el momento menos esperado. El humor es una ola lista dispuesta a arrastrar al despistado al fondo del mar. Juarroz se esconde tras una letra y se frota las manos mientras José Agustín le guiñe el ojo. Ironías sutiles. Intertextualidades no aptas para principiantes, la libertad del poemario avanza como una muchacha en verano, libre de toda vestimenta convencional:

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«Apenas esto

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Yo quería estar desnudo: ser

apenas este cuerpo, el mío

y luego no ser mío,

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que mis manos fueran

dos manos y mi piel

una piel, y el borde

del mentón fuera eso mismo,

y la espalda y las nalgas fueran eso

sin ser mías,

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que yo tuviera que subir

hasta mis ojos para verme,

llegar hasta mi lengua,

extenderme hasta mis dedos

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y que yo tuviera que subir

hasta mis ojos para verme,

llegar hasta mi lengua,

extenderme hasta mis dedos

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y que luego girara la cabeza

para mirar mis hombros al alzarlos

en señal de ignorancia.»

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Cada verso, frase o palabra trasluce la autenticidad del autor, como un lobo que aúlla en una colina de nieve bajo la luna llena, pone alerta a los lectores. La fuerza de un Canis lupus puede ser comparada con la precisión de Aguinaga, quién obsequia un refinado humor en píldoras atómicas:

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«La luz de la mañana es aguda; la del medio día, esdrújula; la del atardecer, grave.»

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«Lo peor es más que suficiente.»

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«Nunca es tarde para envejecer.»

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Ya en el Templo de Apolo, el oráculo de Delfos exigía conocerse a sí mismo. Aguinaga, en la sección titulada Conocimiento, desarrolla prosa poética sobre su cuerpo. Con un lenguaje condensado, bello, sugerente, con originalidad y perspectiva única, se detiene en aquellos lugares pocos explorados por quienes han desgastado su vida frente al espejo:

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«CONOZCO mis testículos. Están hechos de suposiciones y creencias. Parecen resguardados por mis muslos, por el vello del pubis. Por la piel gruesa y acanalada del escroto, pero en verdad están abandonados a su suerte. Yo nunca ni en pleno deliro, los compararía con huevos, pero ya es imposible desarticular esa metáfora…»

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La cadencia natural de los versos fluye como las aves del cielo. La libertad métrica no distorsiona la sonoridad ni la fluidez. La originalidad del alternar verso y prosa se encuentra poco en la literatura, solo en autores de alto calibre como Pessoa, pues ellos tienen la agudeza de hacer mezclas mágicas que retumban en el corazón y en la mente de los lectores.

Desviación Vertical disociada es un ejercicio de lucidez literaria pues equilibra profundidad y belleza, calibrando su riqueza temática y estilística en cada una de sus páginas; definitivamente es un texto que reclama una lectura cuidadosa por el uso de recursos literarios, lingüísticos y temáticas variadas.


Luis Enrique Morales es un aforista, escritor y columnista nacido en Quetzaltenango, Guatemala, en 1989. Reside en Suecia desde el 2012. Estudió filosofía y pedagogía en la Universidad de Estocolmo, licenciándose en 2018. Ha hecho su debut con su libro: Aforismos y otras mentiras (2020) publicado por Simon Editor en Jönköping, Suecia. Seguido de Aforismos de noviembre (2021) por Editorial Rötter de Estocolmo. Actualmente es columnista en la revista gAZeta de Guatemala y está preparando algunas traducciones de la aforística clásica sueca.

Lazos de sangre

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Lazos de sangre: la amistad, elemento estructural en la novela policiaca

de Francisco García Pavón y Alicia Giménez Bartlett

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De cómo inicia una amistad en torno a un cadáver…

Sí, nada une más a dos personas que un crimen… al menos en la literatura. Es por eso que la narrativa policiaca nos ha presentado en sus tramas, desde sus orígenes, la importancia de la amistad, no solo como elemento esencial en las relaciones de los personajes, sino también como un recurso necesario, por una parte, para el análisis crítico de la sociedad que muchos de quienes cultivan el género llevan a cabo. Por otra, y esto es un recurso narratológico esencial para la estructura del texto, porque gracias a la existencia de esos ayudantes, subordinados, amigos del investigador, es que se nos explican los sesudos y en muchas ocasiones intrincados ejercicios mentales que lleva a cabo el encargado de esclarecer el delito. Y esto no es poca cosa.

Si nos atenemos a la popular tesis de que el género policiaco, hijo de la revolución industrial y del romanticismo, nace con la publicación, en el mes de abril de 1841, del relato “Los crímenes de la calle Morgue”[1], autoría del estadounidense Edgar Allan Poe, publicado por la revista Graham’s Magazine, de Filadelfia (Silvermann, 171), queda claro que esta primera historia de detectives, además de contener todos los elementos que se constituirán en característicos del género​, también presenta la amistad entre el investigador y un personaje quien será el narrador de la historia criminal. Poe inicia su relato con una disertación de varias páginas en las que el narrador habla sobre el tema de la investigación lógica y analítica:

Las características mentales calificadas como analíticas son, en sí mismas, muy poco susceptibles de análisis… así como el hombre fuerte se regocija con su capacidad física realizando ejercicios que hacen entrar en acción a sus músculos, así disfruta el analista con todas aquellas actividades morales que “desenredan” o “desenmarañan”. (Poe, 5)

Luego de su extensa exposición, se aclara, para que no quede duda, que el relato que presenta se fundamenta en todo lo que anteriormente ha expuesto. (Poe, 8) A continuación, el cuento comienza cuando el narrador protagonista introduce al detective: “Residiendo en París… conocí a un tal Monsieur C. Auguste Dupin” (Poe, 8). Desde ese momento y partiendo de la amistad entre ambos personajes, se va desenvolver una trama en la que el crimen aparentemente irresoluble, el primer caso de “habitación cerrada”, va a ser resuelto con un método analítico que Dupin explicará, paso por paso, a su amigo el narrador, y éste, a su vez, será responsable de transmitirlo a los asombrados lectores que normalmente no utilizamos nuestras “características mentales analíticas”, mucho menos para resolver un homicidio.

Tras la huella de Dupin vino Sherlock Holmes, ahora sí con un amigo con nombre, el Dr. John H. Watson. Porque si Auguste Dupin es el antecedente del detective por antonomasia, su amigo anónimo es el precursor de muchos amigos y asistentes de detectives posteriores: desde los célebres y ya clásicos capitán Arthur Hastings, inseparable del soberbio detective Hercules Poirot, fruto de la prolífica mente de Agatha Christie, hasta los posmodernos detectives medievales Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, el joven monje franciscano quien, cumpliendo con la función de amigo-asistente que nace con del género, narra la investigación que Umberto Eco lleva a cabo en El nombre de la rosa (1980).

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En España, los amigos son para comer, beber y resolver homicidios…

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A diferencia de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, la novela policiaca española no tiene una larga tradición literaria en ninguna de sus dos vertientes: el relato de enigma y el relato negro (Valles, 141), aunque las técnicas narrativas que son propias del género si han ejercido una gran influencia en numerosos autores hispanos. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX y sobre todo en las tres décadas más recientes, el auge del género ha dado algunas de las obras más sobresalientes de la narrativa y, sobre todo, novelas con gran éxito de ventas.

En España, en las primeras décadas del siglo, no hubo actividad creadora del género digna de mención, pero sí se dio un auge de la traducción de novelas policiacas, principalmente de obras inglesas, francesas y estadounidenses. Así se propició la formación de un público lector para estas narrativas y también la proliferación de editoriales, casi siempre de ediciones baratas, que ponían al alcance de la mano de todo tipo de público las aventuras de policías y detectives. Este florecimiento editorial, junto con el auge del cine en la década de los veinte, sirvió de escuela para los escritores españoles, quienes se atreverían a escribir sus primeros textos casi siempre con seudónimos extranjeros.

Al advenimiento de la dictadura franquista (1939-1975) el cine sigue siendo una influencia fundamental. Los relatos policiacos de este período siguen el modelo de la novela de enigma, situando la acción en países extranjeros y en muchas ocasiones, imitando claramente a personajes famosos del género. La novela negra estadounidense, que no es muy traducida en el país, no tiene mayor influencia en los creadores, que prefieren producir obras que tengan mayor éxito en el mercado local. Por otra parte, en las colecciones populares publicadas por diversas editoriales en la década de los cuarenta, se presentaron muchas obras escritas por autores españoles, quienes, pese su calidad literaria, usaron seudónimo para firmar su obra, en parte para seguir la tradición del género y en parte por el menosprecio con que la crítica literaria miraba al género.

Es al mediar el siglo XX cuando la situación cambia y la novela policía en España inicia su búsqueda propia. Como señala Valles:

… el inicio de una escritura autóctona de relatos policíacos más firme y asentada tiene lugar a fines de los años 50 y en la década siguiente, después de la edición de El inocente (1953) de Mario Lacruz, con autores como Lacruz, Pedrolo, Salvador o García Pavón que ya firman con su nombre, ubican la acción en España y aportan un mayor esmero y sello personal a la escritura de sus textos. (Valles, 145)

En este nacimiento, ocupa un lugar fundamental el trabajo de Francisco García Pavón. Como señala Jesús Egido, “Sería imposible comprender la narrativa policíaca española de calidad sin la serie que sobre el policía Plinio escribió entre 1953 y 1985 Francisco García Pavón”. Fue tanta su influencia en el desarrollo de un género policiaco nativo, que definitivamente es incompresible el olvido en que ha caído su obra en el presente siglo.

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Dos amigos recorren la llanura manchega deshaciendo entuertos

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La fuerza de la narrativa policiaca que desarrolla Francisco García Pavón radica principalmente en su quijotesco detective, el cual, aunque manchego por los cuatro costados, es descendiente literario de la raigambre de los grandes detectives clásicos y a sus amigos-asistentes (Holmes y Watson, Poirot y Hastings). No en vano siempre está acompañado de su amigo, el investigador criminal aficionado don Lotario:

Pero ¿quién es Plinio? Abofeteando todos los clichés del género –preferentemente ambientado en grandes ciudades y protagonizado por tipos duros siempre al borde de la ley–, García Pavón, gran admirador del comisario Maigret de Georges Simenon, elige como detective al jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso (Ciudad Real), Manuel González, alias Plinio, y le pone como ayudante a un veterinario, don Lotario, ocioso por culpa de la mecanización del campo, donde el tractor ha relegado a las caballerías. (Egido)

En el ciclo de relatos cuyo protagonista es el jefe de la policía Manuel González, mejor conocido como Plinio, él y su fiel amigo don Lotario, son un recurso paródico que rinde homenaje al genial Cervantes, gracias al cual la novela policiaca se amalgama con un costumbrismo español de fines del siglo XX. Para lograrlo, García Pavón utiliza una estructura narrativa que se sustenta en el humor, para que el relato de una intriga criminal, que es el eje vertebrador de la trama, se convierta en una profunda crítica social, política y cultural de la España de su tiempo. Y, además, siguiendo la escuela cervantina, este Quijote rural del siglo XX y su inseparable Sancho, en sus largas conversaciones, convierten a la ficción en una reflexión universal sobre la condición humana, el sentido de la vida, el deber moral, en un debate existencial que aliviana su peso filosófico gracias a un cuidadoso manejo del lenguaje y el humor.

Plinio y Lotario, amigos y pareja investigadora, abordan siempre los misterios y problemas, algunos triviales, otros no tanto, que encierran los pequeños crímenes propios de un pequeño pueblo provinciano que vive los últimos momentos de la larga dictadura franquista, la cual, arropada y apoyada por la iglesia católica, apartó a España de los cambios que el mundo occidental vivió en el crucial período posterior a la II Guerra Mundial. Historias de Plinio (1968), El rapto de las Sabinas (1969), Las hermanas coloradas (1970), Nuevas historias de Plinio (1972), El último sábado (1974), son algunos de los títulos en los cuales las aventuras de Plinio y Lotario logran darle dimensión universal al microcosmos de Tomelloso, pueblo de la provincia de Ciudad Real en la comunidad autónoma de Castilla- La Mancha, la tierra natal de García Pavón.

En 1969, Las hermanas coloradas obtuvo el Premio Nadal, que en aquellos años tenía un enorme prestigio. La novela es una alegoría, cargada de simbolismo, en la que el novelista se lamenta, no solo de la pérdida de un liberalismo republicano, que pudo haber liberado a los españoles del oscurantismo en que les tenía sometidos la iglesia aliada con la burguesía y la aristocracia, sino que, de una manera dramática, cargada de ironía, presenta el peso que carga la sociedad de los fantasmas de la Guerra Civil, una guerra que terminó, pero cuyas secuelas se seguían arrastrando. La trama hace viajar a Plinio y don Lotario a Madrid, para que ayuden a la Dirección General de Seguridad con un caso poco trascendente pero complicado: dos gemelas pelirrojas (las hermanas coloradas), solteras que hacía mucho habían dejado atrás la juventud, huérfanas de un notario, y que vivieron en su infancia en Tomelloso, han desaparecido y no hay ninguna pista sobre su paradero.

La búsqueda de las hermanas en un entorno que no les es familiar ni a Plinio ni a Lotario, se convierte, gracias al humor, en una crítica a la sociedad de la capital, frente a la vida que se lleva en el pueblo. Pero, sobre todo:

las heridas que la Guerra Civil ha dejado en los vencidos se convierten en el núcleo central del relato: «España está llena de muertos en vida», hace decir García Pavón a uno de sus personajes. Muertos en vida como las hermanas coloradas, que guardan en su casa una galería de fantasmas representados por maniquíes con las caras de sus seres queridos, entre ellos aquel joven republicano que enamoró a una de las gemelas y desapareció tras el golpe militar. O el funcionario que, tras firmarse la paz y en espera de destino, ansía la jubilación oculto en la azotea de un ministerio, fabricando marcos para cuadros mientras su secretaria tricota a máquina prendas de punto. (Egido)

En este trasiego en el que el policía provinciano y su eterno asistente recorren las calles de Madrid, la amistad que une a ambos personajes permite al novelista reflexionar sobre el sentido de la vida frente a la realidad que están viviendo:

Manuel, debo estar un poco viejo- dijo de pronto el veterinario.
¿Por qué?
Porque desde hace algún tiempo siempre me estoy preguntando cuál es el secreto de la vida –dijo con voz opaca-. Debe ser que la muerte me ronda…

Plinio se pasó la mano por las cejas y luego de breve silencio, dijo con voz sentenciosa:

Eso no es señal de vejez sino de cordura. (García Pavón, 41)

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El revolver el pasado de las hermanas, se convierte en un revolver el pasado de España. Plinio y Lotario así lo entienden, pues enfrentan de golpe una herida que no se ha cerrado, sino que está presente, y es la causa de un desencanto y un abatimiento social que se hace presente en la resolución del caso, que nos revela la desolación de unos personajes a los que la guerra civil ha convertido en zombis sin alma.

Además de reflexionar, los amigos también se permiten criticar abiertamente a una dictadura con sus sueños de grandeza, que ha impedido el desarrollo del país; lo hacen con un castizo sentido del humor que les permite reír en vez de llorar. Así, cuando Plinio y Lotario quedan pasmados ante la remodelación de la tradicional Plaza del Sol madrileña, su juicio es demoledor:

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Lo que es feo es ese oso que han puesto ahí, en el centro. Chaparrote y escaldao. Cuando los concejales se ponen artistas es pa temerles –siguió don Lotario- . Tú lo sabes mejor que yo. En la decoración de las ciudades no deberían intervenir los políticos, que en general son bastos o van a lo suyo… Cuidao con el oso de la puñeta, qué calamidad… (García Pavón, 63)

Y unos diálogos más adelante, ahora sí, sin ningún toque de humor, Plinio continúa a dos voces con su amigo, y pasa de criticar la destrucción de Madrid a la destrucción intelectual de la España franquista:

Dicen que los españoles son amigos de las cosas antiguas. Mentira pura. Aquí no se tiene instinto de lo viejo nada más que en materia de ideas que en eso sí somos más antiguos que Matusalén, pero lo viejo, bonito y valioso nadie lo entiende. (García Pavón, 63-64)

La relación entre los dos amigos muestra, a lo largo de una investigación infructuosa en la que los fracasos se suceden uno tras otro, que la función de don Lotario es esencial en el mecanismo que por años han forjado para resolver los crímenes: el veterinario es el contrapeso del temperamento del policía: su amistad le permite reírse del Jefe de Policía que es incapaz de soportar el más mínimo fracaso. En estas situaciones, el humor es el arma que ubica a Plinio para que actúe con la cabeza serena:

Pero bueno Manuel, ya estás otra vez con tus pesimismos famosos. Cuando no te salen las cosas tan rápidas como tú quieres, la rabieta y cataplum, todo a tierra.
Qué rabietas ni que cuernos, si es que aquí no hay nada que hacer. No ve usted qué familia. A las jilipollas esas a lo mejor les dio el telele extravagante de irse a la India a curar leprosos y nos estamos aquí tocando el violín hasta el siglo futuro.                   …………………………

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A Manuel, que me troncho. Que solo tienes gracia de verdad cuando te cabreas….

Don Lotario se reía tanto y con tales aspavientos, que algunos transeúntes lo miraban con gusto. (García Pavón, 195-196)

El triste destino de las hermanas coloradas toca las fibras más sensibles de quienes desentrañaron su caso. Unidos por los años de actividad detectivesca, Plinio y Lotario están curtidos en observar las miserias humanas. Pero cada crimen, cada delito resuelto, deja su huella en ellos. Frente a la desolación existencial que con el paso de los años enfrentan no solo sus personajes, sino todo ser humano, García Pavón deja uno de los más emotivos textos que explican los fuertes lazos que unen a los dos amigos, en una relación que hace posible trascender la trama policiaca para convertirse en una profunda reflexión sobre la amistad:

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Plinio nunca se tuvo lástima. Ni lástima ni admiración. Un día se lo preguntó don Lotario: “Manuel, ¿tú no te das lástima algunas veces?” “Ni me doy lástima ni gusto –le respondió- . Me recibo con naturalidad. Sé que me tengo que dejar. Hago en la vida lo que quise hacer. Ni más ni menos… ¿Y usted don Lotario, se tiene lástima?” “Tampoco hermano, y gracias a ti. Hay dos clases de personas: las que para aguantar la vida necesitan algo. Como tú. Y los que necesitan a alguien. Como yo” “Y quién le dice que yo no lo necesito a usted” “ya lo sé Manuel, pero de otro modo. Yo te necesito como todo. Tú me necesitas como mirón que no falla. Tú gozas enseñándome tu razón. Yo, contigo y con tu razón, porque si tu razón fuese otra, de igual modo sería tu pareja.” (García Pavón, 207-208)

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La detective solitaria hace un amigo.

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En 1996 con la publicación de Ritos de muerte, escrita por Alicia Giménez Bartlett, hace su aparición la inspectora Petra Delicado, la ruda, inteligente, tozuda y solitaria investigadora que dará una cara femenina y una mirada feminista a la novela policiaca española. Personaje complejo, como el oxímoron de su nombre, es sensible e idealista y al mismo tiempo dura y firme en sus ideas y convicciones, siempre dispuesta a enfrentarse a todo lo que considera injusto. Sarcástica, con un humor que linda lo negro, no se adapta a los esquemas sociales, es una compañía difícil, se ha casado tres veces y no quiere tener hijos. Su espíritu independiente le ha llevado a vivir sola y eso misma la ha aislado socialmente. Y pese a todo, a lo largo de 12 novelas, Petra ha hecho un amigo fiel que le soporta, le comprende y sigue el paso que ella le marca en las investigaciones criminales: su subalterno, Fermín Garzón.

Desde su entrada al mundo de la ficción y a lo largo de una serie de novelas que ha tenido un enorme éxito dentro y fuera de España, Petra Delicado se presenta como una subversión del género. Frente a la novela tradicional de una sociedad heteropatriarcal, en la cual la hegemonía masculina impera en el universo policiaco, Petra rompe con los esquemas establecidos, luchando por hacerse valer en un mundo que hostil que pretende dominarla. Por eso, es también una representación de la misma lucha que hoy en día llevan cabo todas las mujeres del mundo en todos los ámbitos. Y un elemento fundamental en dicha posible subversión es que Petra tiene un subalterno, Fermín Garzón, un hombre mayor que ella, a quien en principio no le hace mucha gracia estar bajo las órdenes de una mujer. Las ideas conservadoras de Garzón chocarán constantemente, en las primeras investigaciones que llevan a cabo, con las de su jefa directa. Sin embargo, a medida que los personajes evolucionan en la serie de novelas, el roce entre ambos cambia hasta que, sin perder ambos su personalidad propia, los dos van sutilmente entendiendo las posturas del otro, su manera de pensar. Así, al ver los descarados avances de un juez de un caso hacia Petra, Fermín le advierte:

No tiene gracia la broma. Ese vejestorio siempre está coqueteando con usted.
¿Y qué tiene eso de malo?
Pues nada, solo que usted suele decir que detesta a los tipos que se sienten obligados a coquetear en cuanto ven a una mujer. (Giménez Bartlett, Serpientes, 24)

Esa actitud por parte del viejo policía español machista y conservador hace a Petra darse cuenta del cambio en su relación con su subordinado y del cambio de pensamiento y actitud que ha ocurrido en Fermín: “Mis días de asueto me habían hecho olvidar que contaba con una conciencia alternativa. ¿Realmente mis presupuestos feministas habían calado tan hondo en el subinspector? (Giménez Bartlett, Serpientes, 24).

Para conseguir la subversión que pretende, Giménez Bartlett sigue el esquema del género. El espacio en que se mueven Petra y Fermín es la ciudad de Barcelona, una urbe con grandes contrastes socioeconómicos y con conflictos político culturales no resueltos; un espacio que le permite a la autora hacer un crítico retrato social en el que el espacio urbano se entreteje con el elemento humano, creando un lienzo moral parecido al que realizó Vázquez Montalbán en su serie del detective Pepe Carvalho. Otro elemento del género, la amistad que une a la pareja de investigadores, le da pie a la novelista para introducir una serie de reflexiones sobre la vida, la muerte, la violencia y la sociedad en que los personajes están viviendo. Para apoyar esta intención, señala Bados:

las estrategias retardatorias, propias de la novela policíaca, encajan perfectamente en el tono verídico y realista que se quiere imprimir al relato. De este modo a los lectores se les informa puntualmente de datos que atañen exclusivamente a la vida personal de los investigadores: Garzón está viudo y tiene un hijo médico en Estados Unidos, vive en una pensión y se siente molesto en Barcelona donde todo el mundo habla catalán. Representa el lado opuesto de Petra, porque siempre encuentra una explicación sociológica a los crímenes y a la violencia, lo cual ayuda a la inspectora a contrastar las pesquisas realizadas con su visión más analítica y deductiva del contexto criminal. (Bados)

Como señala López, “en general, la relación entre los dos policías será un reflejo de las características que los enmarcan como adultos” (120). Los unen el humor, la ironía, la absoluta implicación en los casos, el afán de justicia y la defensa de la libertad y de los derechos. Como pareja en el trabajo, la diferencia fundamental será el eterno pesimismo de Petra, el cual es equilibrado, como contrapunto, por el castizo optimismo de Fermín. Es en esta convivencia de aparentes opuestos que en el fondo tienen mucho en común, que florece la amistad. La relación jefe-subalterno no es un obstáculo para que la convivencia de años transforme el lazo laboral en algo más fuerte e íntimo.

La amistad es también el vehículo para que Giménez Bartlett introduzca, junto con fuertes cambios en la vida de sus protagonistas, una mirada a aspectos de la vida íntima de ambos, que se convierte en una reflexión universal sobre la cotidianeidad de los seres humanas. En El silencio de los claustros (2009) octava novela de la serie, tanto Petra como Fermín se han casado y ambos observan al otro en su nueva vida y se asombran de los cambios que ven. Así, en medio de una investigación, Petra se burla de Garzón y le espeta: “Bueno, hablando sobre lo que han comportado nuestros matrimonios, debo decirle que antes, después del fin de semana nunca tenía usted un aspecto tan saludable” (Giménez Bartlett, Silencio, 34). Garzón, por su parte, será quien escuche y conteste con su habitual sabiduría práctica cargada de sorna, las quejas de Petra sobre su tercer matrimonio que la ha convertido de golpe a ella, la mujer independiente, en madrastra de tres hijos jóvenes y en la compañera de un hombre que la ama, aunque esto no le compense la pérdida de su libertad.

En su largo recorrido por los caminos del crimen, la quijotesca pareja sufre el choque entre sus ideales y la realidad. Su amistad es la que les salva del desánimo o el desencanto. Cada día, Petra y Fermín se apoyan mutuamente, entre jarras de cerveza, ironías y discusiones, para tratar de encontrarle un sentido a sus vidas en medio de una realidad dolorosa y agobiante. Al final, como Petra descubrirá

La paz no está localizada en ningún lugar: ni en el monasterio ni en el burdel, sino en el tesoro valiosísimo de un carácter equilibrado, aunque eso signifique renunciar a la genialidad o la pasión, a la excelencia. (Giménez Bartlett, Silencio, 450)

Por fortuna para la dura y solitaria Petra, mientras su subalterno y amigo Fermín Garzón este a su lado, trabajando juntos impulsados por el ideal de justicia que les mueve, tendrá algunos momentos de paz.

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No es necesaria, pero como conclusión…

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En la novela policiaca española, el detective es y seguirá siendo el protagonista absoluto. Pero cuando se presenta acompañado de un asistente, subalterno o compañero y entre ambos se desarrolla una relación de amistad, la personalidad de cada uno de ellos se enriquece; como personajes trascienden, dado que, en el ejercicio dialectico de contraposición y complementación que desarrollan, permite la introspección, la crítica, la ironía, la reflexión y la empatía de los lectores, que son los elementos que enriquecen al relato policiaco contemporáneo. Y, es que finalmente, como en la literatura, eso es la amistad, una relación que nos contrapone y nos complementa.

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Referencias

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Bados Ciria, C. (31 de octubre de 2008). “Novela policiaca (V). La serie Petra Delicado de Alicia Giménez Barlett”. Rinconete. Centro Virtual Cervantes. https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/octubre_08/31102008_01.htm

Egido, J. (1º. De octubre de 2006). “Los orígenes del policiaco español. Plinio. Casos célebres”. Revista de Libros. https://www.revistadelibros.com/plinio-casos-celebres-de-francisco-garcia-pavon/

Garcia Pavón, F. (1969). Las hermanas coloradas. Barcelona: Destino

Giménez Bartlett, A. (2009). El silencio de los claustros. Barcelona: Destino.

—. (2006). Serpientes en el paraíso. Barcelona: Planeta.

López Martínez, E.I. (2020). “La pareja protagonista en la nueva novela policiaca de Alicia Giménez Bartlett y Lorenzo Vila”. Cuadernos de Investigación Filológica, 47 (115-139). https://www.researchgate.net/publication/342959246_La_pareja_protagonista_en_la_nueva_novela_policiaca_de_Alicia_Gimenez_Bartlett_y_Lorenzo_Silva

Poe, E.A. (1973). Historias extraordinarias. Barcelona: Bruguera.

Silverman, Kenneth (1991). Edgar A. Poe: Mournful and Never-ending Remembrance. Nueva York: Harper Perennial.

Valles Calatrava, J.R. (2002). “Los primeros pasos de la novela criminal española (1900-1975)”. Iberoamericana. América Latina-España-Portugal. Vol. 2 Núm. 7 (2002) Dossier. https://journals.iai.spk-berlin.de/index.php/iberoamericana/article/view/566

  1. “The murders in the rue Morgue” (título original). También conocido en español como “Los asesinatos de la calle Morgue” o “Los asesinatos de la Rue Morgue”.

 


César Antonio Sotelo Gutiérrez es doctor en Filología Hispánica (Universitat de Barcelona), Master of Arts (University of Texas at El Paso) y Licenciado en Letras Españolas (Universidad Autónoma de Chihuahua). Trabajo crítico publicado en: Teatro Mexicano Reciente, Nueve poetas malogrados del Romanticismo Español, Gregorio Torres Quintero. Enseñanza e Historia, Nada es lo que parece. Estudios sobre la novela mexicana, 2000-2009, La sonrisa afilada. Enrique Serna ante la crítica y en artículos en revistas como Plural, Los Universitarios, La Palabra y el Hombre, Revista de la México y Revista de Literatura Mexicana Contemporánea entre otras. Autor de los textos dramáticos: La voz del corazón, El son del corazón, El palpitar de una canción, Réquiem a Federico Chopin, La feria y Van pasando mujeres, Mujeres al alba, Sinatra…la voz y Lucas Lucatero. Fundador y director de la Compañía Teatral Escena Seis 14. Académico Titular en la Licenciatura en Letras Españolas y en la Maestría en Investigación Humanística de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Miembro del Consejo Editorial de la RLMC y de la Revista Metamorfósis y Miembro del Consejo Asesor de Agradecidas Señas. A Journal of Literature, Culture & Critical Essays.

Carta de Robert Louis Stevenson a Sidney Colvin

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Federico Leguizamón leyendo

 

 

Carta de Robert Louis Stevenson a Sidney Colvin

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My Dear Sidney Colvin

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The journey which this little book is to describe was very agreeable and fortunate for me. After an uncouth beginning, I had the best of luck to de end. But we are all travelers in what John Bunyan calls the wilderness of this world, — all, too, travelers with a donkey; and the best that we find in our travels is an honest friend. He is a fortunate voyager who finds many. We travel, indeed, to find them. They are the end and the reward of life. They keep us worthy of ourselves; and when we are alone, we are only nearer to the absent.

Every book is, in an intimate sense, a circular letter to the friends of him who writes it. They alone take his meanings; they find private message, assurances of love, and expressions of gratitude dropped for them in every corner. The public is but a generous patron who defrays the postage. Yet, though the letter is directed to all, we have an old and kindly custom of addressing it on the outside to one. Of what shall a man be proud, if he is not proud of his friends? And so, my dear Sidney Colvin, it is with pride that I sing myself affectionately yours, R.L.S.

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Imagen del libro: TRAVELS WITH A DONKEY IN THE CEVENNES

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Mi querido Sidney Colvin

El viaje con este pequeño libro describe cuan agradecido y afortunado soy. Después de un duro comienzo, tuve la mejor de las suertes al final. Pero todos somos viajeros que John Bunyan llama los salvajes de este mundo, — todos, también, viajeros con un burro. Y lo mejor es encontrarnos en nuestro viaje con este honesto amigo. Él es el afortunado viajero que muchos buscan. Nosotros viajamos, de hecho, para encontrarlos. Ellos son el final y la recompensa de la vida, ellos sacan lo mejor de nosotros, y cuando estamos solos, solo pensamos en su ausencia.

Todo libro es, en un sentido íntimo, una carta que circula, enviada a los amigos de quien fue escrita. Solo ellos entienden ese propósito. Ellos encuentran los mensajes privados, promesas de amor y expresiones de gratitud hacia ellos salpicadas por todos los rincones. El público es un generoso patrón que paga el mensaje. De hecho, aunque la carta es enviada a todos, tenemos un viejo y tierno destinatario afuera. ¿De qué tipo de hombre nos enorgullecemos, si él no está orgulloso de sus amigos? Y entonces, mi querido Sídney Colvin, es el orgullo que yo siento que firmo sinceramente suyo, R.L.S.

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Stevenson, Robert Louis. Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Book Inc, Signature Classics, n.d.

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Nota del traductor: Existen traducciones de cartas de Stevenson en español, pero desconozco si esta carta que encontré en un libro sin fecha de impresión haya sido traducida. El libro cuenta un prólogo, nota editorial, cuya única fecha que aparece es 1886; es de tapa dura, en inglés, y lo compré en la zona de la vieja terminal de ómnibus.

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Otra nota del traductor: Página 105. Este libro recopila Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1886) y Travels with a Donkey in the Cévennes (1879).

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Federico Leguizamón. Nació en 1982 en San Salvador de Jujuy, Argentina. Ha publicado libros de relatos: La suma del bárbaro, Cuando llegó la brigada amanecía en el barrio; y libros de poemas como: The sounds of la galaxia, y Cantos del desierto y la montaña, entre otros. En la actualidad colabora en la revista: bazaramericano.com

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Reseña sobre Perspectiva descendente, Luis Vicente de Aguinaga

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Reseña sobre Perspectiva descendente, Luis Vicente de Aguinaga

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En Desviación vertical disociada, libro con el que Luis Vicente obtuvo en 2021 el Premio Ramón López Velarde, el poeta va hacia sí mismo, una de sus formas de situarse en el espacio: “Yo quería estar desnudo: ser / apenas este cuerpo, el mío, / y luego no ser mío, / que yo tuviera que subir / hasta mis ojos para verme”. Un desdoblarse, un desprenderse. Traerlo ahora aquí, en esa pretensión, da pie para observar su Perspectiva descendente.

  ¿Dónde está el ser del poeta para que pretenda ascender y así poder verse? En el corazón, quizá, como lo expresó Gilberto Owen. La perspectiva a la que se asiste en el libro reciente de Luis Vicente de Aguinaga es la que, en lugar de extenderse hacia el valle para, como escribió Jorge Luis Borges en el poema “Coronel Suárez”, mirar “el paciente planeta que perdura”, el poeta tenderá su vista hacia otro lado, no distante de él, de quienes lo rodean, de lo que se rodea: habrá de ser descendente, un ser “incompleto, sin par, descabalado”.

  Esta óptica declinante tiene la marca de la desviación vertical disociada sobre la que ha escrito el poeta de Aguinaga, la que le da la oportunidad de saber que las cosas no tienen la pretendida unidad, consistencia, como pareciera a simple vista. Se trata de una visión marcada por un tiempo dado, cuando la noche no está más y el día aún no asoma: un encuadre dado por los versos de Borges que son el epígrafe del libro. Es un tiempo que puede ser leído como el de la escritura de los poemas o como el de los poemas mismos.

  Ese tiempo que puede ser el de los poemas se ilustra en el primero de esta Perspectiva descendente. Esa luz que asoma, la que se hace dentro del ojo, es la constatación de que aún no se concluye, de que algo seguirá existiendo. A pesar de las inconsistencias, de las pérdidas, puede haber algo más: otro amor, que es el mismo; otra palabra, que quizá es la misma. En ese trance en el que la noche deja su propia luz y la mañana se hace esperar, lo que se revela es un cuerpo, el otro, no el del poeta que busca estar fuera de sí: es ese otro cuerpo el que le da al poeta el argumento para conectar la vida apreciada en ese instante y la que se empieza a delinear por medio de la “estridencia de los pájaros”. Hay alguien que espera en ese otro lado que el perfume también tiene.

  Si la mañana tiene un tiempo para cumplirse, para hacerse evidente, quien espera ha estado ahí con una súplica: no desea que se le abandone. Y eso que está del otro lado, con esa plegaria, es “un dios caído, manco y desdentado”. Ese llamado está dirigido a un nosotros: lo que habrá de llegar será ese dios suplicante.

  Catorce poemas forman esta perspectiva que va hacia el fondo de un yo que se enfrenta a sí mismo, contra toda convención, un choque provocado por algo que vino de arriba, no la protección, imposible en un dios suplicante, sino por la lluvia de verano, la que mostró eso que no se quería: reconocimiento dado por medio del reflejo, con la lluvia que todo lo descubre. Una lluvia que puede en un momento resultar atemporal; no lo es, siempre ha estado también en un tiempo al que no se le asocia.

  Los poemas son una conversación: del poeta consigo mismo, del poeta con quien se descubre los hombros, con “El hombre del búho”, con las verduras, con las legumbres, con aquello que de tan evidente pasa inadvertido para todos; por ello, aquí está el poeta, que algo sabe y que, sobre todo, reconoce lo que ignora y se pregunta por aquello que permanecerá: “ese calor de palabras inaudibles”.

  Hay que asomarse a esta perspectiva que nos ofrece el poeta, quien nos hace partícipes de su hablar en tiempo pasado con su cuerpo. Este hablar está acompañado de dos versiones, en inglés y francés, de su óptica. El poemario se expresa también en estas lenguas que son propias de esta edad, la del poeta.

 


Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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A capella

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A capella

La oficina, atiborrada de quietud a la hora de la comida, permitió que Vito escuchara la quebradiza voz de Polo, de la que pudo entresacar la melodía del aria de Handel.

Lascia ch’io pianga   (Déjame llorar

mia cruda sorte  mi cruda suerte

e che sospiri    y que suspire por

la libertà.     la libertad.)

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Se detuvo en seco a la entrada del cubículo de su compañero de trabajo, quien, con los ojos cerrados, perdido en el universo de sus auriculares, continuaba cantando, sin haberse percatado de la presencia de Vito. Este, sin pensarlo, unió su voz a la de Polo.

Al llegar a un punto en que el aria requería emitir una nota altísima, Polo, sorprendido, se dio cuenta de que Vito le acompañaba. Giró en su silla y se puso de pie, sin dejar de cantar, mirando a Polo fijamente a los ojos —cual bailaora de flamenco— y, sin vacilar, los dos improvisados sopranos llegaron juntos al melancólico final de la melodía.

Fue amor a la primera oída.

Después de un efusivo abrazo y las caravanas de rigor ante un invisible público en la también invisible Scala de Milán, Polo propuso:

—¡Patanela!

—¿Qué es eso?

—Tu nomás déjate querer…

Contentos, pero a la vez desgastados por la emoción del descubrimiento y el esfuerzo de sus diafragmas, caminaron las dos cuadras que separaban el departamento de tecnología informática —donde laboraban— del modesto restaurante que preparaba los mejores chiles en nogada de Guadalajara en septiembre: Patanela.

Mientras comían, Polo explicó que su padre, Fernando Rodríguez, era profesor de canto en la Universidad de Guadalajara. La ópera fue el telón de fondo de su niñez. Animado por su padre, estudió canto, pero lo abandonó al rendirse ante la abrumadora evidencia de que no era para él: en eventos familiares le pedían que cantara para amenizar. Lo hacía de buena gana, pero, casi siempre, se le escapaba al menos un terrible gallo que provocaba la risa de los presentes. En vano se obsesionó tratando de controlar el resquebrajamiento de su voz. Aunque fue triste dejar el canto, al cambiar su meta artística por otra, digamos, virtual —computación—, la depresión que sentía por su problema desapareció. De vez en cuando cantaba, como en esta ocasión en que Vito lo había descubierto: in fraganti.

Vito a su vez contó que nació y creció en Baggiovara, un pueblo perdido en el norte de Italia, no muy lejos de la ciudad de Bolonia. Su padre, Giovanni Costa, ingeniero mecánico, era fanático de la ópera. Vito empezó a escuchar ópera desde que era un blastocisto en el vientre de su madre, Martina. Lo mismo pasó con su hermana menor, Constanza. Vito se cansó de la ópera. Empezó a escuchar diferentes grupos de rock, entre otros: Metallica, The Who, The Beatles. Esto no contrarió a su padre, quien al final declaraba: la musica è musica. Estudió informática en la Università di Bologna. Giros inesperados de la vida —mujeres— lo trasplantaron a Zapopan. La ópera le recordaba los días de irresponsabilidad de su niñez en los que jugaba al calcio con sus amigos en la calle. Por eso le había sido tan grato descubrir a Polo cantando el aria ante el público invisible de su cubículo.

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Sus compañeros de trabajo los bautizaron como “Los Carusos”, ya que —de forma espontánea— cantaban arias en la cola del café o en el puesto de tamales de Doña Chaga, ubicado cerca de la entrada de la empresa en la que trabajaban. El común denominador de la ópera provocó que entre Los Carusos germinara una intensa camaradería. Cuando el tiempo lo permitía, iban a la casa de Polo —donde vivía con sus padres—, ya que en ella había una abundante colección de música de ópera en discos de vinilo. Se sentaban en un sillón del estudio, cerveza en mano, en un estado de zen con los sonidos que la aguja del brazo de la tornamesa enviaba a los amplificadores de la exquisita consola Telefunken que el profe Fernando pudo comprarle a un inmigrante alemán que necesitaba dinero para regresar a su tierra.

En ocasiones escuchaban rock o una que otra canción, desde Juan Gabriel hasta Paquita la del barrio, incluso reguetón, por no dejar, como bocadillos de jengibre encurtido para limpiar el paladar entre bocados de sushi operístico. Si se hacía tarde, Vito se quedaba a dormir en el sillón de la sala; otras veces, Polo lo llevaba a su casa en el “Ferrari”, un carro que en realidad era un Renault R4 que parecía un zapato de bebé, de los que llamaban “gelatineras” en Guadalajara. El auto, casi de juguete, estaba en buenas condiciones por los cuidados extremos del profe Fernando al primer coche que se había podido comprar. El vehículo le quedaba a la medida a Polo, quien era delgado, moreno, de cabello rizado y bajo de estatura, como bailarín de ballet.

Si se presentaba una ópera u opereta en el Teatro Degollado, Polo y Vito invitaban a sus respectivas parejas a cenar para después dirigirse —ensardinados en el “Ferrari”— a disfrutar del bel canto. Durante la ópera Madama Butterfly, de Puccini, los cuatro se quedaron dormidos al carecer del aguante de Cio-Cio-San, la trágica protagonista, quien espera en vela toda la noche a que al Teniente Pinkerton —recién llegado de Estados Unidos— por fin le diera la maldita gana de ir a visitarla para conocer al niño que le había fabricado a ella años atrás. Dejaron sola a Cio-Cio-San, parada, mirando con ansia hacia la bahía, acompañada de su hijito —quien se duerme al instante— y de un coro a boca cerrada, Coro a bocca chiusa, un murmullo, que —tras una cena en la que todos se habían atracado de birria— constituyó la combinación ideal para caer en una inconsciencia fulminante.

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Vito fue reclutado de inmediato para la visita a Bolonia, poco después incluyeron a Polo, ya que él era el que se encargaba de supervisar el sistema de codificación, coordinado con el departamento de contabilidad, para el cobro de servicios a los diferentes clientes de la organización. Los Carusos no podían estar más contentos. Polo, quién solo había salido de México para ir a El Paso, Texas, a la boda de un compañero de la universidad, iba a viajar medio mundo para conocer el terruño de Vito.

Durante el vuelo trasatlántico, Polo, algo mortificado, confesó:

—Vito.

—Sí, dime.

—Sabes que te tengo buena fe y pienso que a estas alturas nos tenemos una gran confianza.

—Sí, podemos hablar de todo.

—Es que te quiero decir algo, y estoy casi seguro de que no lo vas a tomar a mal.

—Dime nomás, forza su!

—Ya ves que te llamamos Vito. Pero ese no es tu nombre, ¿cierto?

—Así es, me llamo Enzo.

—Y, según entiendo, te llaman Vito porque, de alguna manera tu seguridad y forma de expresarte, así como tu origen, les recuerda a Vito Corleone, El Padrino.

—Sí, eso me han dicho.

—Pero eso es puro cuento —Polo bajó la mirada.

—¿Cuento? —Vito enarcó las cejas.

—Lo que pasa es que, como estás alto, delgado y un poco narigón, y, para ser franco, tienes piernas de araña patona, te llaman Vito debido a Vitola, que fue una actriz cómica mexicana larguirucha y narigona muy popular en los años cincuenta del siglo pasado.

—¿Me parezco a ella?

—Pues sí, tienes un ligero aire de Vitola.

—Polo, eres un encanto —se rio Vito—. ¡Yo ya sabía eso!

—¿En serio? —Polo se enderezó en su asiento.

—Sí, una vez estaba en el baño, en el trono, y López y Landa hablaban de mí mientras orinaban. Noté que me decían “Vitolo”, cosa que no me sonó a Vito Corleone. Después de buscar en línea, me di cuenta del origen de mi apodo. El otro día en el centro, vi mi reflejo en un aparador y comencé a reírme, porque sí que me parezco a Vitola.

—Y yo que me sentía tan jodido llamándote Vito. Bueno, ¡qué alivio! —resopló Polo—. Entonces, ¿no te molesta que te llamen así?

—Al contrario, me siento aceptado y adoptado por México.

—¡Pinche Vito! Vamos a tener que celebrar la puntada con un buen vino.

—Gracias por decírmelo, güey, eres el primero que me ha dicho la verdad. Como decía tu fallecido abuelito, Chabelo, ¡órale, cuate!

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Esa Boloñesa noche del sábado 23 de junio, una oncena de mexicanos provenientes de Guadalajara hablaban con un entusiasmo desbordado en el vestíbulo del hotel tras haber pasado el día aprendiendo estrategias de informática. La efusividad del grupo asombraba incluso a los italianos —¡!— que pasaban rumbo a los elevadores.

Tras la agotadora jornada, el líder del equipo, uno de los directivos de la empresa de Guadalajara, les dio la sorpresa de que, al día siguiente, todo estaba arreglado para visitar Florencia —a menos de dos horas de Bolonia— con la idea ir de disfrutar de la famosa celebración de San Juan Bautista, con toda la cosa: desfile, la final de calcio storico (una mezcla de fútbol, rugby y lucha libre) y fuegos artificiales.

—Va a haber mucha gente —advirtió y añadió—: como Acapulco en semana santa. Pero será una experiencia única, ¡una chulada!

Solo Polo parecía no estar tan entusiasmado como los demás. Landa le preguntó:

—Entonces, ¿qué vas a hacer, Carusillo?

—Para ser sincero, me fascinaría ir a Florencia. Pero Vito quedó de venir pasar por mí en la mañana para ir a conocer a su familia en Baggiovaro —suspiró—. Quiero y no quiero dejarlo plantado.

—Pues le podrías inventar algo, ¿no?

—No sé, no se me hace justo. Estoy casi seguro de que ya le ha dicho a su familia que voy a visitarlos mañana y, pues, es mi Pavarotti desnutrido. Ni modo. Total, en una de esas volteretas imprevistas, tal vez pueda venir en otra ocasión, al cabo que ya me sé el camino.

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A la mañana siguiente, mientras los tapatíos esperaban frente al hotel el transporte que los llevaría a Florencia. Vito llegó en un Fiat verde claro para recoger a Polo. En cuanto salió del pequeño vehículo, casi quitándoselo como un saco, lo primero que dijo fue:

  —¡Este es mi Ferrari! —y se soltó una carcajada.

  Algunos que conocían el Ferrari del papá de Polo también rieron.

  La pesadumbre de Polo —se iba a perder el viaje a Florencia— se expresó de súbito con una aria de Leoncavallo, excelente para el caso:

  Ridi pagliaccio,    (Ríe payaso

sul tuo amore infranto!  de tu amor destrozado)

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Y Vito de inmediato unió la voz a la de su amico.

Cantaron sin parar mientras hacían caravanas de despedida para subir al auto y alejarse entre el aplauso de quienes pronto partirían a Florencia.

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Una hora más tarde, cruzaron la reja para entrar a la propiedad de los Giovanni y Martina, los padres de Vito, quienes los recibieron en la cocina, donde Doña Martina —atareada— le dio a Polo una calurosa bienvenida, con un beso bien plantado en cada mejilla. La doña los conminó a salir al jardín en el que —idílicamente, como en película europea— había dispuesta una gran mesa a la sombra de dos generosos robles. En ella estaban ya sentados parientes y amigos.

Zozo! —exclamaban todos al saludar y abrazar a Vito al ir presentando a Polo alrededor de la mesa.

Polo, maravillado, quedó envuelto en el parloteo de los presentes. «Parecen mexicanos», pensó. Cuando hubo oportunidad, le preguntó a Vito, el por qué lo llamaban Zozo.

—Es como Polo, para Leopoldo: Zozo para Enzo.

—Pues a me suena a zonzo, que, la verdad, de repente tienes tus momentos —se rio Polo.

—Zonza, tu abuelita —reviró Vito—. ¿Quieres vino? —ofreció y gritó hacia la cocina—: Constanza, la bottiglia, per favore!

Una joven de piel aceitunada se acercó a ellos con una botella de vino tinto en las manos.

—Mi hermana, Constanza —dijo Vito, mientras servía el vino en los vasos.

Piacere —respondió Constanza sonriente, ofreciendo su mano a la vez que adelantaba su rostro hacia el de Polo.

—Mucho gusto —atinó a decir Polo al estrechar su mano, sorprendido con el dulzor de esos ojos negros de los que emanaba una sencillez indescifrable.

El corazón del tapatío empezó a proyectar en su mente escenas de amor, compromiso, matrimonio, senectud y muerte con Constanza y él como protagonistas. Pero, las luces de su teatro personal se encendieron de súbito cuando apareció Roberto —enorme, de cabello dorado y ojos de un tono idéntico a las aguas de la gruta de Capri—, el prometido de Constanza, para saludar a Vito y conocer a Polo. «¡Eres un bestia, Polo!», pensó. «Claro que Constanza iba a tener novio, no te iba a estar esperando a que llegaras hoy, ¡güey!».

—Roberto se dedica a cultivar trigo —alcanzó a escuchar Polo de los labios de Vito, mientras estrechaba la callosa mano del inesperado Adonis—. Él y Constanza se conocen desde que iban al jardín de niños.

Polo sonrió con cortesía y se guardó en lo más recóndito de su pecho las ganas de despachar a Roberto a Plutón:

Piacere.

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Doña Martina se lució con la comida, lo más notable para Polo fueron los tortellini en caldo —típicos de la región— y un cordero asado que por un rato hizo que traicionara su fiel amor a la birria y a las tortas ahogadas de Guadalajara.

A pesar de todo, Polo se animó a platicar con Constanza y Roberto mediante señas, inglés y un híbrido de español-italiano. Ella era maestra en una escuela Montessori y había aprendido inglés en Londres mediante una beca Erasmus. A su vez, Polo, trató de explicar cómo la ópera había generado una fuerte complicidad entre Vito y él.

—¿Vito? —preguntó Constanza.

—Ah, io “explicare” —se aventuró a decir Polo.

—¿Explicare? Che cosa significa?

—Perdón, explain, explain!

Spegiare!

  Y le contó, como pudo, el asunto de Vito, Don Corleone y Vitola. Comprobó que su relato no fue tan malo cuando ella y Roberto se empezaron a reír.

Durante la sobremesa, mientras disfrutaban de los postres —pinza bolognesa y cannoli— llegó Don Pietro, el padrino de Zozo, hombre de unos setenta años con una elegancia y dignidad a cuestas que a todos imbuía de respeto.

  Giovanni le había avisado a Don Pietro que su ahijado iba a estar de visita el domingo y que iba a enviar Vito a saludarlo antes de que este regresara a México. A lo que Don Pietro respondió que prefería pasar a la casa de los Costa, así también recogería algunos de los famosos cannoli de Martina para llevárselos a Bianca, su esposa enferma.

  Inesperadamente, Don Pietro y Polo, con la ayuda de Vito y Constanza, entablaron una sabrosa conversación.

  —¿Conoces a Benito Juárez? —indagó Don Pietro.

  —Por supuesto, fue el primer presidente indio de México: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

  —¿Sabías que el papá de Benito Mussolini lo nombró así en honor a Juárez?

  —¿Qué? No, ni idea. ¿En serio? —se sorprendió Polo—. ¡Qué irónico!

  Como a eso de las cuatro de la tarde, Don Pietro y Polo se echaron hacia atrás en los respaldos de sus sillas, exhaustos de hablar de mariachis, charros, El ladrón de bicicletas, Marcello Mastroianni y Sofía Loren, Don Camilo y Peppone, la ópera, Raffaella Carrá y, por supuesto, de sus frustraciones futbolísticas: Don Pietro con el Bologna FC y el penal fallido de Baggio; Polo con El Atlas y la maldición del “no era penal” del México contra Holanda.

  Complacido, Don Pietro tomó el paquete de cannoli que le había preparado Doña Martina y procedió a retirarse.

  —Molto piacere —se despidió de Polo con un discreto abrazo.

  Vito acompañó a su padrino al auto y al regresar, le comentó a su padre:

  —Don Pietro sugirió que Polo y yo andassimo a fare un giro.

  Giovanni no pudo evitar levantar las cejas y acertó a contestar:

  —No es mala idea, pero tienen que irse ya, para que no se les haga tarde.

  Vito y Polo comenzaron a despedirse. Para consolarse, ya que nunca más la volvería a ver, Polo se guardó en el corazón los últimos dos besos de Constanza y trató de imprimir en su ser el ligero abrazo que se dieron antes de partir.

  Al arrancar el Fiat, a Polo le llamó la atención que Vito se dirigiera por un rumbo diferente por el que habían llegado a la casa de los Costa. Tal vez se trataba del giro que Vito le había comentado a su padre.

  —¿Por aquí también podemos volver a Bolonia? —preguntó Polo.

  —No, tranquilo.

  —¿Maranello? —inquirió Polo, al ver que Vito salía de la carretera hacia el destino que indicaba el letrero que acababa de leer—. ¿Y eso con qué se come?

  —Tu nomás déjate querer… —contestó Vito sonriente, su mirada, enigmática.

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Todos llegaron al hotel al dar la medianoche. Los que habían ido a la fiesta de Florencia venían muy alegres, tanto por la experiencia como por la ingestión del alcohol de rigor durante la celebración.

  —¿Cómo te fue con Vito? —le preguntó Landa a Polo mientras caminaban por el vestíbulo del hotel.

  —Bastante bien, fue una experiencia extremadamente italiana, su familia se portó muy bien conmigo.

  —Nosotros nos lo pasamos a toda madre. Había muchísima gente y un ambientazo. El partido de calcio estuvo brutal, muy entretenido y los fuegos artificiales fueron la cereza en el pastel. Había un montón de chicas guapísimas, no solo italianas, sino turistas de todas partes, aunque no me animé a “echarle los perros” a ninguna. ¿Así que nomás fuiste a comer con la familia de Vito?

  —Pues sí. Qué bueno que les fue bien en Florencia, me da gusto por ustedes. Después de comer fuimos a dar la vuelta en el “Ferrari” de Vito y el tiempo se pasó volando, de tal forma que fue hasta las once que emprendimos el regreso.

  —Así que, ¿nomás se fueron a vagar en el Fiat de Vito?

  —“Ferrari”, por favor —dijo Polo, con un dejo de broma injertado de misterio.

  —Ah, qué Polito —bostezó Landa—. Tá bueno, pues: Ferrari. Buenas noches.

  Tras esto, Landa entró a su habitación. Unas puertas más allá, Polo entró a la suya. Se recostó en la cama un momento con las manos entrelazadas bajo la nuca, incrédulo, pocas veces se había sentido tan feliz.

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Con los años, Constanza había domado la cocina en la que esa tarde de sábado se afanaba en medio del aroma de tortellini en caldo —uno de los platillos favoritos de Polo— que invadía todos los rincones de la modesta casa ubicada en Tonalá. Inmóvil, mientras miraba —sin mirar— la naturaleza viva de jacarandas enmarcadas por la ventana de la cocina, hacía un pequeño inventario de esta inesperada etapa de su vida: la idea original había sido estar solo un par de semanas, un mes cuando mucho, en Zapopan, con Zozo, para tratar de distraerse un poco de la tragedia de Roberto: el accidente con el tractor. No contaba con enamorarse de México y, con el tiempo, también de Polo, se casaron ante un juez nomás, sin aspavientos. Después llegaron Nando y María y luego…

Vio la hora en el reloj del microondas, usó su diafragma para proyectar su voz sin gritar:

—Polo, ya es hora di rimuoverli el iPad a Nando.

—Sí mi regina —respondió Polo, sentándose al lado de su hijo en el sofá.

Nando, absorto, contemplaba una imagen en la pantalla del iPad y, para ganar más tiempo con el aparato, se la mostró a Polo.

—¿Y esta foto, Pa? ¿Qué estaban haciendo mi tío Vito y tú? Se ven muy contentos, y el carro en el que están recargados está muy bonito.

Polo, al ver la imagen, sonrió y empezó a entonar a Verdi:

Godiamo, la tazza, la tazza e il cantico,    (Disfrutemos, el vino y los cantos

la notte abbella e il riso;        y las risas embellecen la noche;

in questo, in questo paradiso ne scopra il nuovo dì  y que el nuevo día nos devolverá al

paraíso)

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—¡Ma, papá ya empezó a cantar otra vez! —entró Nando, de malas, a la cocina—. Le mostré esta foto de mi tío Vito y él recargados en un carro levantando una botella en alto.

Al mirar la foto, Constanza no pudo evitar dirigirse a la sala, para unir su voz a la de Polo. María despertó en su cuna. Sin dejar de cantar, Constanza fue a su cuarto por ella.

Nando, levantó los brazos al cielo, frustrado. Sonó el timbre de la puerta. Polo, sin dejar de cantar fue a abrirla. Eran Vito y Adriana, su prometida, maestra de música en el Montessori en el que trabajaba Constanza. De inmediato se adhirieron a las voces de Constanza y Polo. El espontáneo cuarteto terminó de cantar, sus integrantes hicieron las caravanas de rigor al público que constaba de un niño de ocho años sentado frente a ellos en el sofá de la sala con los brazos cruzados y el entrecejo fruncido. Tras los saludos, Vito exclamó:

—¡Tortellini!

Tomó de la mano a Adriana, para dirigirse con ella a la cocina. Constanza —con María en brazos— y Polo se sentaron a cada lado de Nando.

Siamo andati a fare un giro —ya no me acordaba, dijo Polo.

—¿Qué? —preguntó Nando.

—A dar la vuelta, fuimos a dar la vuelta.

—No te endiendo, Pa.

—¿Sabes que es un Ferrari? —preguntó Polo.

—¿El carrito de juguete que me regaló mi abuelito Nino?

—Ese, mero, nomás que en el que nos estamos recargando en la foto es de a deveras. Los Ferrari son autos deportivos carísimos. Los fabrican muy cerca de Baggiovara. ¿En Maranello? —se preguntó y sentenció—: No cualquiera puede comprarse un Ferrari.

—Entonces, ¿el carro de la foto es el Ferrari de mi tío Vito?

—No, pero únicamente ese día, varios Ferraris fueron nuestros, les dimos vueltas y vueltas, giro e giro, en una autopista en la que los prueban en Maranello. Se nos hizo de noche, pero encendieron el alumbrado de la pista y continuamos conduciendo los Ferraris. Al final bebimos champán, como campeones y, no podía faltar la tazza e il cantico. Poco antes de la medianoche, como en La Cenicienta, terminó la inesperada aventura, en vez de que la carroza y los caballos volvieran a ser una calabaza y ratones, los Ferraris se transformaron en el pequeño Fiat de tu abuelo Giovanni. Nuestro hado madrino, el encargado de la magia, fue Don Pietro, el padrino de tu tío Vito. Pero, todavía así, el argüende de los Ferraris fue lo de menos.

—¿Por qué?

—Porque ese día, gracias a tu tío Vito, conocí a tu madre.

—Y por palabras como esas —añadió Constanza, sentándose en las piernas de Polo, un brazo alrededor de su cuello, otro sosteniendo a María—, aquí me tienes como zonza, todavía enamorada de tu… ¿cómo se dice? —titubeó— ¡chingado padre!

Lo besó.

 


José de Jesús Márquez Ortiz(Culiacán, Sinaloa, 1962).

Creció en Texcoco, Estado de México. Estudió y trabajó en el área de investigación de cultivo y mejoramiento de alfalfa hasta 1998 en México y Estados Unidos. Amo de casa y cuidador de niño con capacidades diferentes hasta 2001. Analista de datos de investigación gerontológica y de mercadotecnia en Kansas City hasta 2007. Empezó a traducir del inglés al español desde los 13 años, ayudando a su madre. Actualmente lleva 14 años ganándose el sustento como traductor de software y documentación para sistemas de salud en una empresa de Kansas City. Escribe cuando puede, para compartir sus “rollos” con familia y amigos. La mayoría de sus publicaciones son científicas. Escritor en ciernes. Su objetivo es compartir sus escritos a un nivel literario. Totalmente empírico en lo que se refiere a ser padre de familia, tocar el piano y la guitarra, y hornear pan con harina de trigo cultivado en Kansas, aunque también en ocasiones ha llegado a hacer tortillas de maíz con sus hijas.

Poetry Friends

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Poetry Friends

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A close friend of mine, Antonio Moreno, asked me if I’d share a little on the topic of friendship, or perhaps, “poetry and friendship.” Since Antonio is my friend, I felt compelled to do so. It’s a tough subject because it’s terribly broad and friendship seems to exist somewhere on a continuum from warm and favorable acquaintances to the day-in-day-out people we know who are always there for us. The fact that so many of my friends are poets simply shows that I’ve spent a life hanging out with folks with a common interest. I can’t begin to measure in any quantitative way the degree of their influence, whether it was the impact on me of a conversation with Robert Hass about the effect of Jacque Lacan on poetics, or Li-Young Lee’s questions about what our 21st Century poetry would look like, or how best to work for peace according to Daniel Berrigan, or Czeslaw talking about the merits of Czeslaw Milosz English translations, and on and on… I can say, however, that I don’t exist as I am in a vacuum. Like the Buddhists, I believe we are all quite intimately connected, and that in fact individuality is only an illusion. My friends are me. They are my influences. They are the voices in my head. I went to New York University in the 1980s to study with Galway Kinnell. He introduced me to Rita Dove, Sharon Olds, Robert Hass, Brenda Hillman, and Jorie Graham. I introduced myself to still a hundred others, like Octavio Paz and Jamie Sabines, Ilya Kaminsky and Yusef Komunyakaa, Robert Bly and Rita Dove…. And, I made friends and acquaintances with poets from other continents, too: Asia, Africa, Europe, Latin America…. This is a community, and I absorb meaning from being a member of a community. For the purposes of this brief exposé of photos, I chose around eight pictures (out of over a hundred): Galway Kinnell, Sharon Olds, Robert Hass, Brenda Hillman, Jorie Graham, Yusef Komunyakaa, and Daniel Berrigan. My relationship with each of them varied. Kinnell was my mentor from 1978 until he died in 2014. Robert Hass, friend, is married to my friend, Brenda Hillman; both of them helped me with my doctoral thesis—we’re still in touch. Berrigan, I only knew briefly. I try not to rank or quantify anyone’s importance, but I do recognize how blessed I am that such illustrious and talented persons have provided me with such kindness and direction. I’m not finished making friends.

Sharon Olds, photo by Barbara Hall
Sharon Olds, photo by Barbara Hall
Galway Kinnell, photo by Barbara Hall
Galway Kinnell, photo by Barbara Hall
Robert Hass, photo by Barbara Hall
Robert Hass, photo by Barbara Hall
Brenda Hillman, photo by Barbara Hall
Brenda Hillman, photo by Barbara Hall
Jorie Graham, photo by Marlon Fick
Jorie Graham, photo by Marlon Fick
Yusef Komunyakaa, photo by Marlon Fick
Yusef Komunyakaa, photo by Marlon Fick
Daniel Berrigan, photo by Marlon Fick
Daniel Berrigan, photo by Marlon Fick
Daniel Berrigan and Marlon Fick, photo by unknown
Daniel Berrigan and Marlon Fick, photo by unknown

Marlon L. Fick is an Associate Professor of English. He holds a BA from the University of Kansas (Philosophy), an MA from New York University (Poetics/English), and PhD from the University of Kansas (English). Marlon founded the rock band Animula in 2002 and has written and produced four albums. He is author of three poetry collections, a book of short stories, and the novel The Nowhere Man (Jaded Ibis, 2015), and is editor/translator of The River Is Wide / El río es ancho: Twenty Mexican Poets (New Mexico, 2005), as well as XEIXA: 14 Catalan Poet (Tupelo, 2018). His work, The Tenderness and the Wood, appeared from Guernica Press (2020). His novel, Rhapsody in a Circle, has just appeared from Guernica, 2025. Awarded fellowships from the National Endowment for the Arts, ConaCulta in Mexico, and Institut Ramon Llull in Catalonia, he now teaches at the University of Texas–Permian Basin. He specializes in Comparative Poetics.