ISSN 2692-3912

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La cartografía narrativa de Placeres en el espacio literario de Jesús Gardea

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Resumen: Jesús Gardea narrador chihuahuense de finales del siglo XX junto con otros escritores fronterizos, instauran en la historia literaria de la cultura mexicana, lo que se ha denominado la literatura del desierto. La identificación con el lugar, el espacio físico referido en la ficción refuerza una seña de identidad, como si la narración obedeciera a una necesidad de articular el paisaje al propio ser, como una prolongación de sí mismo. La Literatura del Norte y en particular, la denominada literatura del desierto expresa la problemática del hombre contemporáneo frente a los procesos globalizadores, una agobiante posmodernidad que somete la condición humana a las vicisitudes de la existencia. Un acercamiento a la narrativa de Gardea permitirá dilucidar la manera en que la literatura otorga a través del lenguaje y de la ficción, las señas de identidad que le son inherentes a una región, que, en este caso, alude al norte de México. En este trabajo se busca explorar las posibilidades de análisis de la geocrítica de Bertrand Westphal como una cartografía para el estudio del espacio literario en la obra narrativa del escritor chihuahuense Jesús Gardea. Se pretende aplicar los principios teóricos y metodológicos de la geocrítica al estudio de Placeres en tanto espacio ficcional, un “mundo posible” con un fuerte valor simbólico que refiere la realidad del norte de México a partir de una cartografía narrativa que refleja la problemática del hombre contemporáneo en relación con el espacio, el lugar y el territorio, uniendo así la crítica literaria entre la geografía y la literatura.

Palabras clave: cartografía narrativa, espacio literario, mundos posibles, geocrítica.

 

El espacio literario como cartografía narrativa

Un paisaje no es la descripción,
más o menos acertada,
de lo que ven nuestros ojos,
sino la revelación de lo que está atrás
de las apariencias visuales.
Un paisaje nunca está referido a sí mismo,
sino a otra cosa, a un más allá.
Es una metafísica, una religión,
un ideal del hombre y el cosmos.

Octavio Paz.

 

         Jesús Gardea, escritor chihuahuense, edifica el mundo de Placeres, un espacio que más allá de una topografía cuyo referente es su natal Delicias, construye una cartografía narrativa donde los personajes transitan por diferentes parajes y atmósferas que vislumbran las complejidades de la naturaleza humana sumidas en la aridez del llano y el desierto. Placeres en el universo ficcional de Gardea es una muestra evidente de la fundación del espacio en la literatura hispanoamericana, una cartografía narrativa cargada de símbolos con los que se identifica y la forma como la naturaleza se ha transformado en el “topos” y que se verbaliza artísticamente en el “logos” desde la propuesta que esboza Fernando Aínsa (2006) en torno a una geopoética latinoamericana. Placeres es la atmósfera y espacio que cobija a sus pobladores, pero a su vez se erige como un personaje más en el mundo construido. Más allá de la imagen estática del espacio geográfico, es una imagen dinámica que, imbuida de elementos simbólicos, propicia la edificación de una geopoética. Una cartografía literaria que conlleva una poética de la desolación y que hace de Jesús Gardea uno de los novelistas medulares en la denominada Literatura del Norte o literatura del desierto en el México de fines de siglo XX.

         El intento creador del escritor de proyectar en la narrativa una cartografía, obedece al afán de hacer sentido o de darle forma al mundo para que se vuelva legible. En esta interacción que se realiza en la operación de leer, diversas son las rutas que se trazan según este mapeo. Si el escritor es el cartógrafo, el crítico es un navegante, como lo ha señalado Robert Tally (2012) quien traza a su vez nuevos mapas en el proceso de recorrer el texto, la narrativa que ha sido configurada como un acto espacialmente simbólico. Bien ha señalado Bertrand Westphal (2007), al enfatizar las relaciones entre la escritura y la geografía, que el espacio literario es, a fin de cuentas, un espacio real, material y geográfico, imaginado y representado por un lenguaje. Identificar entonces las coordenadas de esta cartografía literaria será la única forma posible para navegar y transitar por las obras literarias, tratando de descifrar el sentido o la forma en que las narrativas intentan darle forma al mundo en cuestiones de significación.

          Fernando Aínsa (2006) al hablar de una geopoética latinoamericana señala que el espacio americano apareció desde el primer momento a los ojos de Occidente como un lugar para el despliegue de un prodigioso imaginario geográfico que ha tenido como referentes, la selva, la pampa, las altas cordilleras, el llano, el desierto o las grandes urbes, en un afanoso proceso de bautizar la realidad, es decir, ir de un proceso del topos al logos, edificando palabras nuevas con apasionantes grafías que han hecho inteligible el propósito de descubrimiento y de conquista de la América indómita. Por ello, las cartografías literarias de esta geopoética latinoamericana se sustentan en estos “mapas narrativos” que cumplen la función de ser una imagen y representación del mundo, pero también un instrumento de descubrimiento y conquista. El escritor como cartógrafo va integrando conjuntos simbólicos con un sentido común, un mundo de significaciones suficiente para permitir tanto la reconstrucción de espacios de origen, como la recuperación de un lugar privilegiado del “habitar”. De ahí que se puede aseverar que la geografía es una metáfora, en tanto que representa hechos sociales y existencialmente relevantes bajo la forma de la abstracción de un territorio (Tally 2008).

          Desde una conceptualización estrictamente literaria de la geopoética y según la postura de Franco Moretti (2000), habría que señalar también la correspondencia entre la cuestión de género y la del espacio. Según Moretti, cada género literario tiene su geografía, su geometría prescrita. Sugiere que las características formales de una obra informan la imagen de los lugares que ella propone “des formes différentes habitent des espaces différents”[1] (43) y que recíprocamente, los lugares aludidos por la ficción influyen sobre la escritura “les choix stylistiques sont liés à la position géographique: l’espace agit sur le style (…). L’espace et les figures s’entremêlent[2] (52) y sobre el contenido del relato chaque espace détermine, ou tout au moins, encourage, un type d’histoire différent (…). Dans le roman moderne, ce qui se produit dépend étroitement de l’endroit où cela se passe”  [3] (83).

          El promover entonces una geocrítica en torno al estudio del espacio o la cartografía literaria, no es más que esbozar una poética donde el objeto ya no será el examen de las representaciones del espacio en la literatura, sino las interacciones entre los espacios humanos y la literatura, una mejor contribución a la determinación de las identidades culturales. La geocrítica se propone estudiar no solamente una relación unilateral (espacio-literatura), sino una dialéctica verdadera (espacio-literatura-espacio) que implica que el espacio se transforma en función del texto que anteriormente lo había asimilado. Las relaciones entre literatura y los espacios humanos no son entonces fijas, sino perfectamente dinámicas. El espacio traspasado a la literatura influye en la representación del espacio real (referencial), y sobre este espacio se activarán algunas virtualidades ignoradas a donde se reorientará la lectura.

          En el contexto literario, los autores pueden elaborar una cartografía de los espacios sociales de su mundo, reacomodarlos a través de la palabra poética y otorgarle un sentido particular. El lector geocrítico lee los mapas ficcionales trazados por el autor, recorriendo a su manera, apelando a un procedimiento de una cartografía cognitiva y de unas teorías espaciales, con la finalidad de analizar la producción del espacio dentro de la obra literaria. Es así, que se establece la dinámica o el proceso dialéctico que transita de la cartografía literaria a la geopoética del espacio.

          Si el espacio literario en la narrativa contemporánea puede ser interpretado a la luz de una geopoética, esto conlleva también a contemplarlo como una cartografía. La narrativa en sí es una forma de trazar un mapa, organizando la información obtenida de la vida en abstracto para obtener patrones reconocibles, bajo el entendido que el producto final es ficticio, una mera representación de espacio y lugar, cuya función es ayudar al “espectador” o cartógrafo, lector o escritor, a hacer sentido del mundo. En Maps of the Imagination, Peter Turchi (2004) establece que toda forma de escritura es cartográfica hasta cierto punto, pero que narrar es esencialmente una forma de trazar mapas, de orientarse y orientar a los lectores en un espacio concreto. El narrador, como el cartógrafo, determina las fronteras del espacio que será representado, elige qué elementos serán incluidos, establece el alcance y la escala, y así sucesivamente. En la producción narrativa, el autor también produce el mapa de espacio, conectando al lector con el universo de la ficción. La narrativa es, por tanto, un acto espacialmente simbólico, en tanto que establece una cartografía literaria para el lector.

 

La literatura del desierto: seña de identidad del norte de México.

 

Todo espacio que se crea en el espacio del texto instaura una
gravitación, precipita y cristaliza sentimientos,
comportamientos, gestos y presencias
que le otorgan su propia densidad
en lo que es la continuidad exterior del espacio mental.
En resumen, en la creación de lo que es un espacio estético.
(…) Donde termina un espacio real, empieza el de la creación.

Fernando Aínsa.

 

          La narrativa actual incide en una de las preocupaciones más transcendentales del pensamiento moderno, haciendo girar las historias en torno al individuo y al espacio —urbano generalmente—, es decir, al hombre y al medio que comúnmente éste habita. Es cierto que los personajes suelen configurar el eje de las historias, pero el reflejo de su existencia no tendría el alcance deseado por los escritores de no ser por la riqueza textual proporcionada por el protagonismo del espacio en que estos viven, es decir, del marco ambiental urbano, y en ocasiones rural, que pone de manifiesto la relevancia significativa de los pequeños mundos recreados. Así, dirá Natalia Álvarez Méndez (2003), aunque los autores persigan mostrar la psicología y la vida de sus personajes, necesitan para ello servirse del lenguaje de las relaciones espaciales para reflejar ese complejo microcosmos de experiencias entretejidas (567-568).

          El norte de México, tierra inhóspita y bárbara, se convierte a finales del siglo XX, en una topografía que más allá de circunscribirse al paisaje realista, se resignifica en la configuración de espacios simbólicos, de mundos imaginarios que constituyen una cartografía narrativa fincada en referentes geográficos que dibujan la realidad de un México desconocido cuyo protagonismo no había emergido en la esfera literaria de nuestro país. Ubicarse en el norte de México, literariamente hablando, no sólo es reconocer una perspectiva estética de la realidad geográfica, es una invitación a contemplar otra faz de nuestro convulso país que sirve como referente y como mundo posible para problematizar las vicisitudes del hombre posmoderno, más allá de cualquier atadura regionalista, desprovisto de elementos pintorescos o costumbristas, pero sí otorgándole una cuña de identidad que rescata la soterrada condición humana. Los escritores norteños, entre los que destaca la figura del chihuahuense Jesús Gardea, fueron forjadores de un legado cuya narrativa posibilitó la ubicación y resignificación del norte de México en el ámbito cultural y que le ha dado a la literatura una veta que ha sido consolidada por escritores de la frontera, de la narcoliteratura y de la literatura de la violencia.

          La Literatura del Norte es la expresión de los valores culturales de una región y en este sentido, la narrativa de Jesús Gardea proyecta una visión particular de la cultura del llano chihuahuense. La creación de mundos imaginarios como Placeres está fuertemente enraizada en la referencia geográfica chihuahuense y revelan cómo la vida del hombre moderno se ha visto amenazada por situaciones que tienden a producir la disgregación de la identidad. La soledad se presenta como el hilo conductor de la existencia, al tiempo que las pertenencias sociales tienden a diluirse y la identidad se ve eclipsada por una existencia sin sentido.

          Víctor Barrera Enderle (2014) explora el significado implícito cuando nos referimos a la Literatura del Norte. Desde una perspectiva geográfica, argumenta el crítico regiomontano, el norte ha sido calificado con adjetivos determinantes como una zona desértica, desolada, lejana, agreste, fronteriza, extremosa, polvorienta, violenta. Un lugar que se ha definido en oposición a algo exterior: el centro del país, el sur de Estados Unidos. Quizá por ello, la determinación geográfica le impuso a esta literatura, un tono exaltado en la confección del relato de la identidad regional (52).

          Por otro lado, dentro de la topografía norteña, emerge un espacio físico, aún más delimitado y que encierra un mundo simbólico, donde la ficción cobija la develación de una serie de problemáticas sociales, estéticas y filosóficas, al pretender horadar en los recovecos más profundos del hombre, en relación no sólo con su entorno, sino también con su condición de estar en el mundo. Es así como la imagen del desierto irrumpe no sólo cómo un paisaje más, sino como un escenario que se irá metamorfoseando en ambientes, fuerzas temáticas e incluso, en una especie de personaje que arropa y encarna a las figuras que habitan en las cartografías narrativas que serán fabuladas por los escritores norteños.

           Según enfatiza Miguel Rodríguez Lozano (2003), los escritores norteños contemplan el desierto no sólo desde fuera, sino también, pudiera decirse, desde dentro, y lo ven como paisaje o como agente propulsor de historias, temas y sensaciones. Gerardo Cornejo, Jesús Gardea, Daniel Sada, Ricardo Elizondo por citar a algunos nombres, han construido varias de sus historias a partir de la presencia del desierto que explícita o implícitamente se convierte no pocas veces en parte trascendente de lo que se cuenta. No por ello, y considerando la producción literaria del norte, explica Rodríguez Lozano, existe una literatura exclusiva y dedicada únicamente al desierto, en cuanto que la misma diversidad del espacio desértico, más que restringir, pluraliza los efectos estéticos. De ahí que la majestuosidad del desierto varía de un autor a otro y que, más que el desierto concreto, el clima árido y el sol sean la guía estructural-ambiental de las obras. En este sentido, el desierto cumple varias opciones en las propuestas estéticas de los criterios y ante los posibles lectores. El desierto se encuentra entre los extremos del bien y el mal, de lo feo y de lo bello, de la vida y la muerte, de lo conocido y lo desconocido, de lo ya visto y lo inesperado. Todo ello acentuado por esas vastas extensiones en las que el clima no da pie a concesiones, ni a exquisiteces de ningún tipo.

(…) el desierto no se reduce en cuanto tema o paisaje, más bien se extienden sus posibilidades para fortuna de la literatura y del lector (…) Todos han hecho del desierto un lugar que es posible disfrutar literariamente, con o sin las sofocaciones que en la realidad puede causar dicho paisaje (Trujillo 2004, 538-539).

          La identificación con el lugar, el espacio físico referido en la ficción refuerza una seña de identidad como si la narración obedeciera a una necesidad de articular el paisaje al propio ser, como una prolongación de sí mismo. La Literatura del Norte y en particular, la denominada literatura del desierto expresa la problemática del hombre contemporáneo frente a los procesos globalizadores, una agobiante posmodernidad que somete a la condición humana a las vicisitudes de la existencia. Pese a ello y como dice Eduardo Antonio Parra:

El norte de México no es simple geografía: hay en él un simple devenir muy distinto al que registra la historia del centro del país; una manera de pensar, de sentir, de actuar y de hablar derivadas de ese mismo devenir y de la lucha constante contra el medio y contra la cultura de los gringos, extraña y absorbente. (Guzmán, 2009, p. 31)

          Esta franja fronteriza cobra personalidad propia y muestra diferencias sustanciales del modo de ser del mexicano que habita en la capital del país. Esto puede apreciarse no solo en la manera en cómo se relaciona con la naturaleza que suele ser un paraje con un clima extremoso que incita a sus pobladores a sortear sus inclemencias, sino también en un carácter y una forma de ver la vida con más temple de ánimo para desafiar los retos cotidianos, mismo que pueden percibirse en su forma de vestir, de hablar y en sus relaciones humana.  Continúa Parra, afirmando que:

(El Norte) No es un espacio geográfico-cultural homogéneo, el norte de México no es sólo uno, sino muchos, y cada una de sus zonas geográficas y literarias posee cualidades propias, aunque corra entre la obra de nuestros escritores un cierto aire de familias. (Gewecke 2012, 111-127)

          En este Norte Mexicano también se da la pluralidad que incorpora la frontera, los parajes serranos, el llano y el desierto. Pese a estas peculiaridades topográficas, es fácil identificar estos territorios comunes, como los denomina Parra “aire de familias” que muestran un parentesco cultural por el solo hecho de habitar en esta latitud norteña.

          Una aproximación crítica a la narrativa de Jesús Gardea nos permite vislumbrar la manera en cómo la oleada de escritores pertenecientes a la ya canónica literatura del desierto, han hecho del Norte una presencia topográfica que se aleja de la imagen plástica del paisaje, convirtiéndolo en una figura con mayor fuerza semántica y que traza una cartografía narrativa en las esferas de la ficción, lo que permite al lector, transitar y recorrer espacios simbólicos, mundos imaginarios que proyectan la problemática del hombre contemporáneo, más allá de la referencialidad geográfica a la que pertenecen.

 

Jesús Gardea, fabulador de Placeres.[4]

 

           A lo largo de toda su obra, tanto en poesía, como en el cuento y la novela, Jesús Gardea ha utilizado el espacio como la configuración de las atmósferas de amargura y desencanto que envuelven un paisaje desolado y árido. Con un denso lirismo en el discurso construye un recurso para presentar la abrasadora geografía del norte de México. Dueño de una voz parca y evocadora, de una prosa pausada y certera consigue una belleza hosca emparentada sin lugar a duda por el vínculo tan particular que establece con la naturaleza árida del llano chihuahuense. Es por ello, y como lo ha expresado Vicente Francisco Torres (2012), que sus libros están llenos de “interrogantes, luces, ecos, silencios, fríos, vientos y sopores, una prosa que, aunque pueda calificarse de opresiva y misteriosa, no deja ante todo de ser bella en su expresión” (143). Desde su primera novela, La canción de las mulas muertas (1981), el espacio, Placeres, está delineado con mayor detalle en sus contornos físicos, pero también en su dimensión mítica y cósmica. Placeres es el lugar de los murmullos, “la pudrición del silencio” (Gardea 2003, 32), Placeres es el lugar en que todo “era…imaginaciones” (Gardea 2003, 84), asolado pueblo por las tolvaneras de marzo y el inclemente calor de agosto; la soledad de Placeres es cósmica: Este llano de Placeres abarca a todo el mundo, señor Góngora. Es mucha la soledad(Gardea 2003, 111).

          Placeres parece ser una región del mismo sol, por lo que el calor desquiciante se convierte en leitmotiv de la narrativa de Gardea: una y otra vez éste construye afortunadas metáforas e imágenes que se sostienen en la presencia del sol devastador. Pero no sólo eso dirá Ignacio Trejo Fuentes (1982) al aludir a esa característica infernal que define el carácter de los habitantes de Placeres y por ello son seres inmóviles, fantasmales, sofocados. “Estos parecen vivir (sobrevivir) sólo para sí mismos, gracias a su milagro individual; el resto no existe sino circunstancialmente, de modo que las relaciones que se entablan entre ellos dentro de la obra de Jesús Gardea son siempre hoscas, hostiles” (Trejo Fuentes, 1982, 66). El mismo Gardea consideraba que la peculiaridad del clima en el lugar que habita repercute en su manera de construir un lenguaje que también se caracteriza por esa parquedad reflejo de la aridez de la naturaleza que lo circunda:

El entorno geográfico, el clima, el sol, que es un sol muy especial; yo supongo que eso de alguna manera se entrelaza con mi escritura. La cuestión de lidiar con este paisaje (…) que es un paisaje sin grandes atractivos, y lidiar con el sol, con la luz tan fuerte, supongo que se refleja en la economía del lenguaje. Este sol duro y este cielo duro y este paisaje duro me obligan a manejar las palabras también con dureza, en el sentido de que tengo que darles la mayor exactitud posible (Mendoza 1989, 5).

          La clave para penetrar y comprender la formulación discursiva de la narrativa de Gardea es la aridez, la cual se hace tangible en la propia construcción sintáctica y en el lenguaje. Las frases de Gardea se caracterizan por su sintetización, por estar constantemente buscando la expresión más comprimida y depurada. Su lenguaje se condensa y purifica para mostrarse a través de la mínima expresión. Tanto la sintaxis como el léxico experimentan cronológicamente un proceso que tal vez se podría denominar de reducción (Vilanova 2000, 70).

 

Placeres, lugar de la desolación.

En Placeres nadie sabe nada de nadie.

Pese a las apariencias,

cada quien vive como encerrado en una celda, carceleros del

viento, el sol del verano,

y todos los años repletos de días

que una gasta en gastarse.

Placeres es una tabla de sobrantes

de cuando Dios fabricó el mundo.

Tabla sembrada de nudos.

Ni para quemarse sirve.

Jesús Gardea. Soñar la guerra.

 

          Gardea expresaba que sus personajes eran todos una tropa de infelices, pues el mundo de Placeres en el que ellos habitan y dan cita al autor y lector, es una atmósfera y un ambiente que les rodea, los anega hasta ahogarlos. Pero si el espacio los sofoca, el lenguaje los reivindica; es el laconismo gardeano el que verdaderamente hace que cada personaje, figura o sombra que pulula en el ámbito de ficción, siempre contenga una voz y una mirada. Gardea a través del discurso, se convierte a su vez en un tornavoz para que sigan resonando los silencios, los murmullos, los recuerdos, las voces agónicas, para que sea la palabra la que prevalezca, aunque Placeres se desvanezca como el polvo.

          Para Ysla Campbell (2002), en la obra de Gardea, el espacio narrado –el llano, el desierto- ha penetrado la dimensión mítica. La conformación de Placeres a lo largo de sus novelas incluye una fisonomía cotidiana y al mismo tiempo misteriosa, donde la vida y la muerte mantienen una estrecha relación en situaciones temporales que parecen, en ciertas ocasiones, estar en movimiento.

El espacio narrativo es ya una metáfora de la soledad, del furioso y apasionado silencio con que los personajes observan y viven el devenir, el dolor y la muerte. Vastedad y silencio rodean a esos seres cuyo signo anímico más evidente es la renuncia, el nihilismo llevado a sus últimas consecuencias. (31)

          El estilo de Gardea se sustenta en un lenguaje concentrado, sustanciado en la metáfora con un tono de lacónica oralidad que revela ese tiempo suspendido en el instante privilegiado de la palabra literaria. El tiempo, continúa Campbell, es para el escritor chihuahuense la gran vastedad –fugitiva, avasallante, inasible- que intenta explorarse y apresarse. Como un taumaturgo del silencio, logra ambas cosas con la reminiscencia y la metáfora.

          Otro de los críticos que más han estudiado la obra de Gardea es José María Espinasa (1990) quien señala que, en lo concerniente al espacio, el escritor chihuahuense:

 (…) Privilegia antes que nada la creación de una atmósfera; el polvo calcinado, el cenit donde ‘el sol que estás mirando’ deja sin sombra toda la piel expuesta a su existencia. (…) Las leyendas y giros lingüísticos del norte de México son utilizados como elementos para la construcción de ese tono y esa atmósfera (…) La narrativa de Gardea tiene como fundamento lo entrevisto en las cortinillas de una peluquería, entre los visillos o a través de una puerta entornada, dividiendo así la realidad en un blanco y negro, no moral, sino plástico (156).

          Placeres se convierte entonces en un poblado inundado por una atmósfera recalcitrante que puede sentirse y contemplarse en los espacios cotidianos y en las calles por donde transitan sus personajes, en una especie de claroscuro que evidencia la plasticidad estética de las imágenes que utiliza el autor para referir los efectos de ese sol incandescente en todo lo que abarca su presencia.

          José Manuel García-García (1987) ha logrado empatar en una descripción sucinta la toponimia física y ficcional del mundo gardeano en un artículo donde precisamente señala la importancia de la geografía textual de Placeres con los marcos referenciales del llano chihuahuense y con la fabulación contenida en la narrativa de Gardea donde el espacio literario está cobijado bajo el cielo y el sol ardiente de Placeres: “Jesús  Gardea ha creado un antiparaíso, un pueblo remoto (…) Placeres, tan lejos de la capital y tan cerca de ninguna parte; geografía excéntrica al mito de Macondo y a la historia posrevolucionaria de Comala” (55). Placeres se convertirá en una toponimia textual que está presente en varias obras del autor y cuando deja de hacerlo, la configuración de ese espacio gardeano prevalecerá, aunque no sea nombrado como tal, convirtiendo la cartografía narrativa en una poética de la desolación. Tenemos así a personajes tan emblemáticos como Lautaro Labrisa, “un errante que vivió en el último círculo de la espiral del desierto, purgando la culpa de los ermitaños: monacal, nostálgico, masturbador y enamorado de la ausencia” (55). También Placeres inundará el territorio de la infancia y el recuerdo en los primeros habitantes del pueblo en El sol que estás mirando (1981); continuará con la genealogía de los Paniagua en el texto El tornavoz (1983). Y Placeres será el lugar de riñas encarnecidas entre sus pobladores como puede apreciarse en La canción de las mulas muertas (1981), Soñar la guerra (1984), o lugar de malentendidos, rencillas, robos y castigos en Sóbol (1985) y Los músicos y el fuego (1985).

¡Ay Placeres de mis genealogías! Leónidas Góngora le cantó a las mulas muertas a Fausto Varga y éste perdió su fábrica de refrescos y después para ambos fue la tortura de vivir bajo el sol ardiente de Placeres, y para ambos vino la muerte; Vargas se suicidó, Góngora se dejó matar. Y mientras tanto, seamos sincrónicos, el (místico) tío (loco) Cándido es visitado por los ángeles y los santos, y después de muerto busca a su sobrino Isidro y lo enloquece. E Isidro tuvo un hijo, Jeremías Paniagua, que vivió en un mundo real maravilloso de milagros y conversaciones con el muerto tío (loco) Cándido que le pedía un tornavoz. Y Asís sueña una guerra donde mal organiza a un puñado de hombres para pelear contra el gobierno y fracasa. (…) En los músicos tocan bajo el fuego de Placeres y su patrón y cómplices (Casio, Valdivia, Barbosa y Luján) roban unos objetos innombrables a los placerenses Matos Bistráin, Tanili Amezcua y Mediana. Y mientras tanto, el (aprendiz de) brujo Mauro Tolinga le roba a Sóbol una cucharilla y éste con sus cómplices (Coruco Avitia, Pastorela y Rafles) planean la muerte de Tolinga (56).

          Soñar la guerra (1983), El tornavoz (1983), Los músicos y el fuego (1984) y Sóbol (1985) son cuatro novelas en las que sitúa las acciones y ambientes en el mismo sitio: Placeres. En ellas se reafirma la paradoja entre el nombre del lugar y las condiciones de vida y clima imperantes. Paradójicamente se denomina Placeres a un lugar inhóspito, donde sus habitantes deambulan como sombras famélicas por las solitarias, polvorientas y resecas calles. Allí donde se anida la tristeza, sólo se vive del recuerdo. No hay perspectiva histórica, no hay contacto con el mundo exterior.

          En El tornavoz[5], Placeres es inhóspito, polvoriento, con calles y casas blanquecinas, es el espacio en el que discurre la novela. Más allá del desierto, está Capuchinas, con su parque y su iglesia, lugares a los que el primer Paniagua acostumbraba acudir, el Paniagua mítico, legendario. El Placeres de El tornavoz no difiere gran cosa de los perfiles que asume en La canción de las mulas muertas: con su calor asfixiante, castigador, con habitantes escasamente comunicativos y con perros por todas partes. Se trata de un Placeres cercano a la inmovilidad, carente de progreso. La narración despliega sus historias en las cuatro estaciones del año. Placeres se caracteriza por tener climas extremosos, de modo que la naturaleza es agresiva aún en el invierno. La novela recoge las vivencias de tres generaciones y concluye con el retorno a Placeres del último de la dinastía, luego de 27 años de ausencia. Jeremías Paniagua regresa a Placeres, ya hombre maduro, tal vez en busca de sus raíces, en busca de Cándido Paniagua quien desde el más allá, desde el mito, le habla al sobrino y le pide un tornavoz, por aquello de su antigua afición a las palomas en la placita de Capuchinas  (Pino 1991, 77).

En Los músicos y el fuego (1985) Gardea volvió por sus fueros, según expresa Vicente Francisco Torres (2007), de nueva cuenta:

Se entregó a la escritura deshuesada, a la creación de una atmósfera abrasadora donde habitan unos cuantos lunáticos para quienes los relojes son los auténticos huesos de Placeres, el tiempo muerto y sin esperanza. Frente a la carencia casi total de argumento, Gardea hace suertes con su lenguaje singular, con sus oraciones sin verbo o con éste al final de las cláusulas (125).

          En su pueblo remoto vibran las condiciones climáticas del antiparaíso, las extremas temperaturas de un universo semiárido, “entre el calor asfixiante y las lluvias torrenciales, entre el azote de los vientos o el gélido frío, una suerte de sofocado infierno” (La canción de las mulas muertas, 94), un paisaje en el que “no se ve otra cosa que soledades castigadas hasta la muerte por el sol” (El tornavoz, 75), y donde “no sopla nada de aire” (El tornavoz, 75), o en ocasiones el cielo está tan turbio que parece nocturno” (El tornavoz, 171), un espacio desolado en el que cada quien “vivía como encerrado en una celda. Carceleros el viento, el sol de verano y todos los años repletos de días que uno gastaba en gastarse. Placeres era una tabla de las sobrantes de cuando Dios fabricó las cosas del mundo(Soñar la guerra, 76).

          El espacio en el texto narrativo se encarga de ofrecer coherencia y cohesión al texto, ya que confiere una sensación de verosimilitud al conjunto gracias al ensamblaje total de las piezas que lo integran. Según Antonio Garrido Domínguez (1996) el espacio literario puede convertirse en no sólo en un elemento crucial para la significación total del texto, sino para caracterizar al personaje en cuanto a ideología o a mundo interior y comportamiento. “En este sentido puede considerarse el espacio como metonimia de un personaje” (216). Por ello la importancia de Placeres como espacialidad del mundo gardeano, pues puede afirmarse que “contamina” tanto la naturaleza propia del lugar como la caracterización de sus personajes, esas figuras sombrías que transitan por sus calles.

Ya que le convierte en un elemento caracterizador de él, tanto en lo que se refiere a su ideología o su personalidad, como en lo que afecta a su comportamiento. El espacio en el que viven los personajes es una proyección de ellos mismos, una imagen que los delata (Becerra 2002, 35).

          A Placeres se le podría considerar un entramado de trazos y límites fantasmales, cuya línea última estaría marcada por los rayos del sol que pueden andar a sus anchas invadiéndolo todo, creando un paisaje es impreciso, inatrapable, una luz del desamparo. En Placeres, como en la Comala rulfiana o el condado faulkneriano de Yoknapatawpha, el autor apunta a lo mismo, a la reconquista de un espacio imaginario. Los personajes de Gardea son todos reflejos de ese sol que, invencible, sombrea, con su magnificencia, aquello que no alcanza a lo largo y ancho de Placeres. La tesitura en la que se desenvuelven aparece teñida de claroscuros: según el sol se les unte o los abandone, así como la ciudad es distinta para el que viene del desierto o del mar.” José María Espinasa (1990) resalta que los personajes de Gardea, a propósito de cómo el destino se manifiesta en ellos, no se quejan, viven su vida y le dan profundidad. La letargia en que los personajes viven es ausencia de tiempo” (156). Son todos entes que actúan a expensas, y a su pesar, del sol de todos los días, y cuando éste falta, en esas raras veces, aparecen descoloridos.

El infierno de la calle, en Placeres, tenía sus trastiendas, sus hornos con boca a la luz. El aire de los hornos sofocaba hasta la muerte el alma; sabía a lodo seco. De ese lado del fuego, el aire, en cuanto tocaba el cuerpo, costra, camisa ingrata. La luz y la sombra, abismos afuera, adentro por oficios, se habían amistado en una sola neblina, parto de una llama. De los rincones del horno, desde las raíces del humo, venía el tufo del polvo devorado por el incendio de los veranos. Picaba en los ojos y las narices como si tuviera puntas, como polvo de vidrio.  (Los músicos y el fuego 68)

          En sus mundos cerrados el tiempo sólo es plausible de medirse con un reloj de sol. Los objetos y los hombres se reconocen en la medida que proyectan, o no, su sombra y reflejan o absorben los rayos de luz. Cada escena se lee, o se mira, en claroscuro: cuerpos opacos o traslúcidos, superficies de cobre o de cristal. Por ello, Gardea obtiene atmósferas incandescentes sirviéndose del recurso retórico fijo a la fatalidad: la presencia nominal del sol es prueba insustituible de la desgracia humana. En el universo ficcional de Gardea no hay manera de evitar que el infierno exterior sea la imagen concentrada y subsidiaria de los infiernos interiores. Las pasiones de los personajes gardeanos que siempre se resuelven en la violencia y el odio son la proyección de la desdicha de haber vivido en el paraíso y ya no tenerlo. “Esos cuerpos resecos, esas miradas sin cómplice, esos deshuesaderos y mesas flacas de café, alguna vez vieron cómo el desierto le ganó espacio a la ciudad, hasta instalarse en cada domicilio. Lo que es adentro es afuera” (Pliego 1992). Claro ejemplo es la descripción que encontramos en la novela Los músicos y el fuego (1985) de esta geopoética de la desolación de la cartografía narrativa de Gardea:

Placeres, lugar privilegiado en el nudo del silencio, tenía la culpa. Las puertas, y el aire solitario que se respiraba allí, eran dobles. Una cosa era el aire, y otra su almendra, de aire también pero venida de más lejos que el llano; como una semilla, como una reina loca en la parihuela de los vientos de marzo. La reina entraba a Placeres por las otras puertas. Como una gorda mosca de verano, se ocupaba en recorrer las calles, en subir y bajar a los corazones, en lo más negro del tedio. (78)

          Lo que es evidente en el mundo gardeano es la incesante búsqueda de una fascinación por los sentidos o más propiamente del impacto propiciado en éstos por las imágenes, los objetos en su continua y muchas veces imprevista o ignorada interrelación y, en fin, por todas aquellas minucias que dan movimiento y con esto vida a cada una de sus novelas. Héctor Perea, considera que:

Gardea ha buscado la preeminencia de los juegos de atmósfera por sobre los de la trama. La historia narrada queda como una cadena de enigmas casi nunca resueltos que viven en función de la franca movilidad atmosférica en que la luz y el sonido, la textura de las escenas y el vuelo o la permanencia de los objetos pasan a ser los elementos dominantes (161-162).

          Puede afirmarse que lo que mueve el engranaje de la acción en la narrativa gardeana es precisamente la presencia tan abrumadora del espacio, manifestándose en las cuestiones relacionadas con el clima y la atmósfera del lugar. De ahí que la figura del sol con la luminosidad que proyecta y el calor que provoca sea una fuerza motora que tanto impulsa la vida como también la sume en una especie de quietud y precaria devastación. Entonces, en el diario acontecer de la vida de los placerenses, las acciones parcamente esbozadas se cobijan en el enigma ya que se eluden los pormenores de los hechos y esta ambigüedad de lo narrado es enriquecido por la plasticidad de las imágenes del espacio que va ocupando el verdadero protagonismo de las historias narradas.

          Frente a los ojos del lector que recorren la superficie de la página, que es al mismo tiempo un lienzo pintado y una foto en leve movimiento, sienten con el placer de todos los sentidos, las rugosidades narrativas; Gardea dejará como figuras de fondo a los personajes de la historia. Considerado a sí mismo “como un burro de noria”, un escritor hecho para el trabajo y la paciencia, Gardea le que exige a sus lectores el mismo rigor para transitar por la cartografía narrativa que construye en Placeres como el mundo de ficción.

 

 La ficcionalidad de los mundos posibles en el Placeres de Jesús Gardea

           El texto literario se entiende más como un objeto espacial (qué o quiénes habitan un determinado mundo imaginario) que como un objeto temporal (la trama, la secuencia de los eventos, el tiempo narrativo, etcétera). La ficción no forma completamente parte del mundo real,  pero sí comparte rasgos que permiten construir otro espacio más de posibilidades y marcos de referencia interna y externa que permiten ampliar espacios vivenciales de un sujeto narrativo, de una manera imaginaria. Se considera el “mundo real” al espacio, las acciones, vivencias, experiencias que podemos palpar, percibir, sentir y comprobar su existencia. Son todas las acciones que realizamos dentro de un espacio geográfico y están relacionados con nuestra vida cotidiana. Es el mundo tal cual es, como lo vivimos diariamente, con todas sus leyes y manifestaciones. Su finalidad es reflejar objetivamente los rasgos característicos de su época, los lugares, los tipos humanos, las causas y los efectos de un determinado hecho. Existe una cronología comprobable y espacios efectivos donde se desarrollan los diferentes hechos que nos rodean o que nosotros mismos experimentamos; hay una secuencia en el tiempo y en el espacio.

          La referencialidad del espacio geográfico de ciudad Delicias que se ficcionaliza en Placeres, lo convierte en un mundo posible, una ficcionalidad donde todas las acciones que se podrían ejecutar o suceder, son construidos por un sujeto narrativo. La noción de mundo posible es semántica, es decir, un mecanismo para entender cómo significa el lenguaje. Se considera a la “ficción” como la proyección y simulación de la experiencia de un sujeto a partir de un mundo real, lo cual, permite construir otros conceptos y mundos imaginarios con base en un lenguaje e intención comunicativa. La ficción es la producción estética de las experiencias vividas o aprendidas en nuestra vida, como también un producto de la imaginación que nos permite proyectar aspectos del mundo real a otros planos mediante diferentes soportes, sea visual (textos) o auditivo (relatos orales). El relato literario se inserta en el mundo real gracias al procedimiento de “ficcionalización”; toda obra surge de preocupaciones que están siempre más allá o más acá de la literatura, pues, como señala Mario Vargas Llosa:

Los “demonios” que deciden y alimentan la vocación pueden ser experiencias que afectaron específicamente a la persona del suplantador de Dios, o patrimonio de la sociedad y de su tiempo, o experiencias indirectas de la realidad real, reflejadas en la mitología, el arte o la literatura. Toda obra de ficción proyecta experiencias de estos tres órdenes, pero en dosis distintas, y esto es importante, porque de la proporción en que los “demonios” personales, históricos o culturales hayan intervenido en su edificación, depende la naturaleza de la realidad ficticia. (1971: 102-103)

          La literatura sigue interfiriendo el mundo real y el mundo posible puesto que se interesa por los personajes y sucesos reales. Thomas Pavel (1991) expresa que “hay muchos contextos históricos y sociales en los que los escritores y su público aceptan el supuesto de que una obra literaria habla de algo que es genuinamente posible respecto al mundo real” (63). Esta actitud corresponde a la literatura realista, en el sentido amplio del término. Visto desde este ángulo, el realismo no es un simple conjunto de convenciones estilísticas y narrativas, sino una actitud fundamental frente a la relación entre el mundo actual y la verdad de los textos literarios. En una perspectiva realista, el criterio de la verdad o falsedad de un texto literario y de sus detalles se basa en la noción de posibilidades (y no sólo de posibilidad lógica) respecto al mundo actual.

           Los mundos posibles son modelos abstractos reales, aun construcciones conceptuales. Las ficciones literarias funcionan como artefactos culturales incorporados en los textos literarios y, por consiguiente, una teoría de la ficción literaria es la consecuencia de la fusión de la semántica de los mundos posibles con la teoría del texto. La semántica de los mundos posibles rebasa la mímesis y, al mismo tiempo, enriquece las ficciones literarias, de donde la presencia de una diversidad de mundos ficcionales a partir de los mundos posibles. La serie de mundos ficcionales es ilimitada dado que lo posible es más amplio que lo real, así los mundos ficcionales no se limitan a las representaciones reales. Aquella misma serie de mundos ficcionales es variada. Esta diversidad de los mundos ficcionales es la consecuencia directa de la variedad de las “leyes” de los mundos posibles. Es por ello que un mundo ficcional conformado por una serie de particularidades ficcionales caracterizados por su propio “orden”, una organización macroestructural específica. Los mundos posibles son ontológicamente homogéneos por atribuir a los mundos ficcionales un estatuto ontológico, o sea, el estatuto de los mundos posibles. Según la teoría de homogeneidad ontológica, los individuos ficcionales no dependen para su existencia y propiedades de gente real, y los personajes ficcionales no pueden identificarse con individuos reales ni sobre la base de un nombre propio compartido. De seguro, puede haber una relación de “correspondencia” entre un nombre real (histórico, caso ciudad Delicias) y sus homónimos posibles de las ficciones (caso Placeres). Esta relación alcanza tanto a lo real como a los mundos posibles (…). Los mundos ficcionales son penetrables desde el mundo real, se penetran aquellos mundos partiendo de lo real hasta las entidades posibles no reales mediante canales semióticos (a través de los signos) e informaciones del mundo real (la cultura). Por eso se dice que “el material real ficcionaliza, o sea, todo lo real se convierte en posibles ficciones produciendo aspectos estilísticos, lógico-simbólicos, ontológicos y semánticos” (Saganogo 2007: 68).

          Para Nora Guzmán (2008), la narrativa mexicana de la última década del siglo XX muestra la crisis de la modernidad y cuestiona los estragos causados por la falta de cumplimiento de los ideales modernos. Considera que es una literatura que refleja la inequidad de la sociedad, así como los problemas generados por la violencia, la inseguridad, la injusticia, la desterritorialización y migración, entre otros, lo que incluso conduce a una deconstrucción del sujeto y a la pérdida de la identidad. Las temáticas de la Literatura del Norte han sido también reflejo de la situación del país y de la condición humana: sus relatos trascienden lo local y, aunque acentúan los rasgos de la región, su mirada va más allá; lo que escriben los norteños no se circunscribe a los bordes de la región: su expresión forma parte de la literatura universal, la crisis de la modernidad. El deceso de los paradigmas es una coordenada que los atraviesa a todos. (10-11)

          Rodríguez Lozano (2003) considera que estos protagonistas de la narrativa del norte la han realizado desde distintas perspectivas, como lo hemos podido apreciar en este abordaje crítico: “las sensaciones que produce el desierto pueden ser muy variadas. La soledad, la tristeza, la íntima alegría, el desconsuelo, son efectos inefables ante las amplias superficies de terreno donde los ardientes rayos del sol dejan su huella” (28).

           Jesús Gardea construyó, dice Miguel Rodríguez Lozano (2003), “un imaginario que pronto lo colocó entre los mejores escritores, por su hermetismo y el uso de metáforas, epítetos, símiles y sinestesias que lo llevaron a una escritura cerrada, pero atractiva por el manejo del espacio y la interminable sensación de soledad del ser humano”.  Decía Bachelard (1985) que: “si el espacio es una condición imprescindible para urdir y representar un mundo imaginario” (73), también lo es para que personajes y objetos tomen consistencia y adquieran su sentido. Con este peculiar estilo es como el espacio literario en Gardea puede ser interpretado como una geopoética de la cartografía narrativa de la literatura mexicana contemporánea.

          Visualizar el espacio literario como una geopoética implica remitirnos a las funciones que cumple en el ámbito de la narrativa. Por un lado, el espacio es elemento indispensable para la creación de atmósferas ficticias que acompañen a los personajes o incluso, que les den vida y les defina. Por otro, el espacio es la representación mimética, es decir, la recreación de lugares donde los personajes son y se transforman. O también, la remembranza de los lugares que propician una evocación poética. Por último, habría que señalar que “el espacio también propicia el extrañamiento, es decir, la desautomatización a la cual obligan los discursos literarios: en la literatura el lenguaje es de otro modo, pareciera que está en una constante búsqueda de su capacidad original para nombrarlo todo por primera vez (García Ávila 2008, 53).

         Jesús Gardea escritor chihuahuense al que la crítica lo ha ubicado dentro de la denominada Literatura del Norte de México o literatura del desierto, es un claro ejemplo de los narradores que habiendo asimilado la influencia de Rulfo, Onetti, Revueltas y Faulkner entre otros, ha edificado una ficción espacial denominada Placeres y que constituida como un mundo posible, un espacio imaginario  de fuerte carga simbólica una dimensión mítica, posibilita la geopoética instaurada como una cartografía narrativa que plasma la problemática del hombre más allá de la geografía regional que le sirve como referente. Christopher Domínguez se refirió a Gardea como:

Aquel narrador del desierto, a quien al principio identifiqué como un cumplidor artesano bien dispuesto a colorear esas llanuras desérticas del norte de México, huérfanas de expresión literaria, resultó ser un solitario ejemplar que hizo de la nada natural y del vacío geográfico, una poética de la desolación. (…) disfrutó en vida de la fama de ser el primer novelista provinciano que alcanzaba cierto renombre sin establecerse en el Distrito Federal (Domínguez 2004, 3).

          La creación de mundos imaginarios como Placeres está fuertemente enraizada en la referencia geográfica chihuahuense y revelan cómo la vida del hombre moderno se ha visto amenazada por situaciones que tienden a producir la disgregación de la identidad. La soledad se presenta como el hilo conductor de la existencia, al tiempo que las pertenencias sociales tienden a diluirse y la identidad se ve eclipsada por una existencia sin sentido. Jesús Gardea, figura emblemática dentro de los fundadores de esta tradición regional de la literatura del desierto, logra plasmar en el plano de la fabulación, del discurso y de los mundos posibles ficcionalizados, una recuperación de la identidad chihuahuense tan soterrada no sólo por la aridez del llano, sino también sofocada por la soledad abrumadora de la posmodernidad.

 

[1] “diferentes formas habitan en diferentes espacios” (Moretti, 2000, p. 43).

[2] “las elecciones estilísticas están relacionadas con la posición geográfica: el espacio actúa sobre el estilo […]. Espacio y figuras se entrelazan” (Moretti, 2000, p, 52).

[3] “cada espacio determina, o al menos fomenta, un tipo diferente de historia […] En la novela moderna, lo que sucede depende estrechamente de dónde ocurre” (Moretti, 2000, p. 83).

[4] Escritor que nació en la ciudad de Delicias, Chih. 2 de julio de 1939 y muere en la Cd. De México, 12 de marzo de 2000. A partir de esta parte del artículo, el nombre del imaginario de Placeres, irá en cursiva para resaltar la presencia de la topotesia en el universo gardeano.

[5] En realidad, El tornavoz fue la primera novela escrita por Jesús Gardea, pero no fue la primera en publicarse. Este dato es importante pues pudiera afirmarse que es en esta obra donde ocurre la parte fundacional de Placeres como topotesia de la ciudad de Delicias, de donde era oriundo el autor. Además, el ambiente impregnado de fantasía y de reminiscencia del mundo de los muertos con la figura de Cándido Paniagua, le otorgará a Placeres, un espacio con cierto halo de misterio y enigma que envuelve a sus pobladores.

 

 

OBRAS CITADAS

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mundo”. Cuyo: Anuario de filosofía argentina y americana, Vol. 20 (2003):19-36. Web, 3 de noviembre de 2013.

Aínsa, Fernando. “Propuestas para una geopoética latinoamericana. Archipiélago, Revista Cultural de Nuestra
América
, Vol. 13 no. 50, (2005):4-10. Web, 10 de noviembre de  2013.

Álvarez Méndez, Natalia. “Hacia una teoría del signo espacial en la ficción narrativa contemporánea”. Signa
– Revista de la Asociación Española de Semiótica,
12 (2003): 549-570.

Bachelard, Gastón. ”Introducción a la dinámica del paisaje” en El derecho de soñar, México, F.C.E., 1985, pp. 72-95.

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Becerra Suárez, Carmen. “Aproximación al estudio del espacio: el espacio literario y el espacio fílmicoPublicado en
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Campbell, Ysla y María Reina (eds.) Textos para la historia de la literatura chihuahuense. Vol. 5 Colección
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Gewecke, Frauke. “De espacios, fronteras, territorios: topografías literarias de la frontera norte (México)” Revista
iberoamericana.
XII, 46 (2012): 111-127. Web, 15 de agosto de 2015.

García Ávila, Celene. “El valor del espacio en la literatura: una invitación a leer” [ensayo], La Colmena, núm. 59,
Universidad Autónoma del Estado de México, julio-septiembre, (2008): 53.

García-García, José Manuel. “La geografía textual de Placeres”. Plural Revista Cultural de Excélsior. México, No. 17
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Gardea, Jesús. La canción de las mulas muertas. México: Ediciones sin nombre, CONACULTA. 2003.

—. El tornavoz. México: Ediciones sin nombre, CONACULTA.2004.

—. Los músicos y el fuego. México: Ediciones sin nombre. CONACULTA. 2006.

—. Soñar la Guerra. Ediciones Sin Nombre, CONACULTA 2006.

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Mónica Torres Torija Gonzáles es maestra de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua (México). Doctora en Filosofía con Acentuación en Estudios de la Cultura por la Universidad Autónoma de Nuevo León, donde realizó la tesis en torno a la geopoética en la cartografía narrativa de Jesús Gardea. Ha colaborado en publicaciones, ediciones de crítica y estudios literarios tanto nacionales como internacionales. Sus líneas de investigación son la literatura mexicana contemporánea particularmente en el tema del espacio literario en las cartografías narrativas de la Literatura del Norte de México.

Dos poemas

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Amanecer en Djidji

Es temprano.
Sin estar completamente despierto
me paro en la puerta de mi casa,
una casa hecha de barro y mimbre.

Esto es África.
Los árboles de fuego brillan demasiado como para verlos.
El día ha llegado a su máximo como la fiebre seguida de un
sudor intenso bajo un oscuro dosel.
Un millar de pájaros invisibles cantan.

El vapor se desliza por algún lugar cercano, entre hojas grandes
haciendo el día más brillante.

Después de la celebración de anoche
hoy estoy triste,
sin poder explicar qué triste.
Una gacela cuelga de un poste en una nube de moscas negras,
pendiente, como el deseo.

Una niña pequeña abre nueces de palma, golpeándolas con
una piedra
para que su abuela haga un buen vino
y está muy ocupada.

Su hermana todavía está dormida en mi cama.
Se llama Juliette y tiene quince años,
es la tercera esposa de Mbulu, y está esperando un hijo suyo
o mío.

Recuerdo una carta que Paul Gauguin
le escribió a Van Gogh, en la que le decía que tenía
“un gusto por lo primitivo”.

Tal vez el día de hoy haga una carta.

O quizá me vaya al río a enjuagarme la dulce noche de mi piel.

 

Traducción de Bernardo Pérez

 

Una elegía

He regresado a una granja del oeste,
en donde las golondrinas ha escapado de la tormenta
y el rayo aumenta su marea.
He regresado a una granja del oeste,
reconstruyendo los impalpables rasgos del braile
de arboledas y musgo,
el musgo rojo de mi propio fuego revuelto,
que reaparece después de nosotros
para mantener el pasado el pasado, irreversible.

He ido donde el continente divide
hasta estar tan frío como tú lo estás.

He ido a la cima que nos divide,
a la cima desprendiéndose repentinamente de tu cuerpo
hacia la nada absoluta.
Sólo la piedra inmaculada, tersa como la cara de un extraño.
Mi propia cara.

Tú me alejas de lo duradero. De tu enorme conocimiento.
Camino lentamente en la oscuridad,
de la misma forma
en que una planta sangrienta se descubre a sí misma
arrancada de la memoria difuminada que  tenía la última vez,
absorbiendo su veneno que expulsa por sus venas.

No puedo ver tus ojos
ocultar sus miradas en la oscuridad.
Lo que sea que ven les pertenece.
Por lo menos déjame lavarte y liberarte
como si estuviésemos nadando,
donde antes que el aroma del agua todo cambia, flota
hacia la luna,
aún la diferencia entre nosotros—las formas todavía flotando,
la única, solamente el cuerpo.

Tú no querías caminar con tus zapatos frágiles,
y tomabas mi brazo como si no quedara límite alguno.
Estabas aprendiendo a esperar aun entonces
con una flama blanca y débil en tus huesos.
En la lluvia.

Cada gota un bautismo.
Cada hoja en el viento era una ruta
de mi mano.
Eso es lo que te ofrezco.
Final inconcluso.

Tal vez fui la sombre que atravesaste,
la sombra inclinada a un lado,
al de amar abajo una tormenta de cosas sin forma.

Tal vez ahora,
donde sea que tú estés,
piensa que no seguiré,
tal vez pienses que mi vida durará más que tu muerte,
que no puedo llevar la forma de los extraños,
pues tu muerte te ha hecho un extraño.

 

Traducción de Bernardo Pérez

 


 

An Elegy

I’ve gone back to a farm in the west
where swallows have broken away from the storm
and lightning quickens its tack.
I’ve gone back to a farm in the west,
retracing the featureless braille
of woods and moss,
the red moss of my own bewildering fire
that sprang back after us
to keep the past the past, intractable.

I’ve gone to the summit that divides us,
the summit rising swiftly away from your body
to absolute nothing.
Only the sheer rock, smooth like the face of a stranger.
My own face.

You deprive me of lastness. Of your enormous knowledge.
I pace in the dark.
I go on
the way a bloodroot discovers itself
cut from the vague memory it had of last time,
drawing the poison back through its veins.

I can’t see your eyes
to close their gaze on the dark.
Whatever they see belongs to them.
At least let me wash you and release you
as if we were swimming,
where before the smell of water everything changes, drifts
toward the moon,
even the difference between us—the shapes still floating,
the one, the lonely body.

You didn’t want to walk in your fragile shoes
and held my arm as if there were no edges left.
You were learning to wait even then
with a dizzy white flame in your bones.
In the rain.
Every drop a christening.
Each blown leaf was a road map
of my hand.
This is what I offered you.
Loose ends.

Maybe I was the shadow you walked through,
the shadow cast to one side,
the one to love in a storm of formlessness.

Maybe now
wherever you are
you think I won’t follow,
maybe you think my life outlasts your death,
that I can’t bear the shape of strangers
and your death has made you a stranger.

 

 

Waking up in Djidji

It is morning.
I am standing in the door of my house,
waking slowly in a house made of mud and wattles.
This is Africa.
The flame trees are too bright to see.
The day has broken like a fever in a sweat
under the dark canopy
and a thousand birds call out.

Steam drifts through the strong leaves
making the day too bright.

Last night there was such celebration
that now I’m sad,
unable to explain how sad.
A gazelle hangs from a post in a cloud of black flies,
suspended like desire.

A small child is pounding open palm nuts with a stone
for her grandmother to make into wine.
She doesn’t look up from her work.

Her sister is still sleeping in my bed.
Her name is Juliette and she is fifteen.
She is Mbulu’s wife, and pregnant with his child
or mine.

I remember a letter Paul Gaughin
wrote to van Gogh, in which he says he has
“a taste for the primitive.”

Perhaps I will write a letter today.

Or maybe I will go down to the river to wash the sweet night
off my skin.

El laberinto

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SAMSUNG CSC

ESTE poema es ocre y azul, barca entre nubes, luz en el agua, perfume
de higuera, bostezo de gato, sombra verde, ola que resuena, ladrido de luna,
zumbido de mosquito, callejón de estrellas.
Este poema, es el “Sueño de una Noche de Verano”. Versos que escuché bajo
las ramas de un olivo al abrigo de la muralla veneciana de Rethymno en la
isla de Creta, en el mes de junio del año 2016.

DR

 

(Acuarela sobre papel)

 

I

HACE ya
incontables años
que el dios Chronos ordenó construir
un laberinto en el corazón azul del mar miel vino jaras y adelfas

Perdidos
desde entonces
vagan dos perros blancos por unas calles
que cruzan esquivos y fugitivos tanto gatos como instantes

Leves
suspendidas
las barcas gravitan entre el mar y el cielo
y los pescadores echan sus redes al espacio para pescar minutos

 

II

AMOR
nace en mí desde las olas
en esta playa húmeda y desnuda
y túmbate a mi lado sobre la arena que tiembla aún tibia

Oscuro
brilla el pozo de la noche
¡ay! algún ladrón nos ha robado las estrellas
amor susúrrame al oído que las Pléiades lucirán bellas de nuevo

Olvidé
en una silla del Café
la memoria de mi niñez como se olvidan los paraguas
y confundido no encuentro la salida de esta extraña cárcel de agua

Amor
tómame de la mano
y devuélveme a los juegos de mi infancia
a la magia de las fuentes y al asombro de cada gota que salpica el aire

 

III

¿CÓMO escapar
cómo es que corro hacia el mar y nunca llego?

Vivo
encadenado al girar de las esferas
donde el día y la noche se suceden y la luz no se detiene

Flotar
quisiera entre dos azules
mas ¡cómo pesa el cuerpo al salir del agua!

(Acuarela sobre papel)

 

IV

¡OH Babel de lenguas
medina de oscuros callejones
confusión de verdes y ocres entre la ciudad y el monte
goteo líquido de segundos que se reflejan y disuelven en la fuente!
¡Oh muralla
que levantó Venecia
perfume del huerto y los naranjos
sombra en el porche sal en la piel ámbar en la copa pulpo en el plato!

 

V

Al pie
del muro
de esta fortaleza
las olas rompen salpicando de sin razón mi sueño

¿Por qué
la luna baña
de plata las hojas del olivo
por qué rezuma dulzor la higuera por qué parpadea aquella estrella?

Al pie
del muro
la marea dejará al amanecer
los cadáveres hinchados de quienes buscaban la libertad

¿Es este el precio
que deben pagar los marineros por el viento?

¡Qué de sombras
cuántos mosquitos zumban
cómo corre asustada la cucaracha a esconderse bajo el lecho!

Y ajena
la noche arde
y lejanos ladran los perros

 

VI

NO es cierto
que estemos condenados por robar el fuego

¿Qué falso rapsoda cantó tales maldiciones de dolor y culpa?

Las alas
no se derriten
los buitres no nos picotean las entrañas
las piedras que empujamos monte arriba no ruedan monte abajo

…y los hijos de Edipo no amamos encadenados a un destino trágico

 

(Acuarela sobre papel)

 

VII

CADA arena
cada guijarro y cada piedra

Todas las aguas
de los ríos y de las ciénagas

Todas las alimañas
toda la luz de las luciérnagas

Todas las almas
las frías las tibias y las buenas

Cada nota
cada sonido cada letra
cada palabra cada texto cada poema de cada una de las lenguas

Cada cifra
cada punto cada raya
cada geometría y cada simetría incluidas las flores asimétricas

Toda la nada
todo el vacío con su fuerza
cada uno de los rostros infinitos del cero y todas sus potencias

 

VIII

TODO
ello es eterno

Y
todo
deja de ser
en un instante
donde no existe el tiempo
para volver a ser en otro instante dueño del espacio
consciente de sí mismo y del otro de cada una de las partes y del todo

 

 

         Publicado originalmente en: Ignacio Díaz de Rábago, El vagabundo y otros poemas, Editorial de la Universidad de Málaga, 2020. Reservados todos los derechos. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo, ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, de ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético o por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo por escrito de los titulares del copyright). Esto rige tanto por el texto como por las imágenes.

 

 

José Ignacio Díaz de Rábago Villar nace el 20 de septiembre de 1950 en Madrid. Estudia filología hispánica y artes plásticas. Reside en Copenhague desde 1978. Artista de formación humanística, gana en 1985 el primer premio de poesía en el certamen convocado por el Instituto Español de Emigración. Ha publicado con anterioridad los libros “Poemas del instante”, “Molinos de papel y viento” y ”Humaredas”. Pintor y escultor, son característicos de su trabajo los proyectos e instalaciones de gran formato. Sirva de ejemplo la serie de montajes titulada “La Biblioteca de Babel”, en la que utilizando el libro como soporte, ocupa los espacios principales de las bibliotecas públicas. Ha realizado numerosas exposiciones y proyectos, de entre los que cabe destacar los siguientes: Galería Hastings. New York, 1981 / Leifsgade 22. Copenhague, 1985 / De Vonk. Amsterdam, 1987 / Museo de Bellas Artes. Málaga, 1987 / KUA. Copenhague, 1988 / Museo de Brandts Klaedefabrik. Odense, 1989 / Overgaden. Copenhague, 1991 / Galería Anselmo Alvarez. Madrid, 1992 /Avantiere VII. Aachen, 1992 / Capitalidad Cultural. Copenhague, 1996 / Museo San Telmo. San Sebastián, 1996 / Galería Diana Marquardt. París, 1997 / Biblioteca Estatal. Estocolmo, 1998 /Instituto Cervantes. París, 1999 / Biblioteca Central. Copenhague, 2000 / Biblioteca Central. Malmö, 2001 / Georg Sverdrups Hus. Oslo, 2003 / Colegio de Arquitectos. Madrid, 2004 / Universidad de California. Berkeley, 2005 / CCE. Montevideo, 2008 / Fundación Pablo Atchugarry. Manantiales, 2008 / Museo Barjola. Gijón, 2009 / San Gregorio de Polanco. Tacuarembó, 2010 / CBA. Madrid, 2013 / Rambla 24. Punta del Este, 2016 / Biblioteca Universitaria.
Málaga, 2018 / Centro Espronceda. Barcelona, 2019.

Nadar en el barro

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Federico Leguizamón leyendo

 

“Yo no quiero morirme, es decir, no quiero matarme.”

En Jujuy todos los caminos conducen al suicidio. Una persona que piensa en matarse queda con una marca para el resto de su vida.

La depresión es una bajada y una vez que empezás no te para nada ni nadie. Ya le había dicho a todos que se iba a matar pero todavía no se animaba. El psicólogo valía mucha plata y si fuese por eso sería cocainómano o se iría a Pittsburgh.

Caminaba por el playón que intercepta a todas las peatonales. Iba con la bolsa de arroz bajo el brazo entre los autos oxidados y los ceros kilómetros. Leyó “el lujo es vulgaridad” escrito con V larga y pensó que vulgar era el que lo había escrito.

Caminaba  al barrio Malvinas con el sol comiéndole las neuronas.

En el barrio ya se habían matado unos cinco. Estaba de moda. Era tan fácil pero él no era el valiente suicida del que habla Hölderlin. El suicidio es un oxímoron: uno se mata porque ama demasiado la vida o se ama demasiado a sí mismo. Como no puede verse triste prefiere la muerte, la nada, el vacío absoluto y no el vacío adrede que todas las tardes se aplaca en el techo del cuarto.

Respiraba profundo. Allá iba, rodeado de departamentos, de gente, de cerros y más cerros, bajando hasta su caja. Respiró profundo para aplacar la angustia. Guardó aire. Los pulmones luchaban al vacío. Lo soltó aliviado, volvió a tomar aire, escuchó los pajaritos, un tero, un colectivo cruzando la avenida Mejías, un bebé llorando, los perros, siempre pájaros, la humedad abrazándolo (por la noche había llovido), el sobaco apretando la bolsa de arroz que compró para su abuela y con la mano derecha aseguró su cinto. 

Publicado originalmente en: Leguizamón, Federico. Cuando llegó la brigada amanecía en el barrio. Palabras amarillas, 2017.

 

Federico Leguizamón. Nació en 1982 en San Salvador de Jujuy, Argentina. Ha publicado libros de relatos: La suma del bárbaro, Cuando llegó la brigada amanecía en el barrio; y libros de poemas como: The sounds of la galaxia, y Cantos del desierto y la montaña, entre otros. En la actualidad colabora en la revista: bazaramericano.com

Un viaje hacia el origen

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Nací en Finca La Victoria, propiedad de mis abuelos paternos, situada en las estribaciones de la Sierra Madre de Chiapas, una zona magnífica, incluyendo esos veranos insoportables del trópico que si no te aniquilan a la primera, te robustecen el sistema inmune para siempre; debido a las constantes lluvias, favorecida de una perenne y verdosa vegetación durante el resto del año. Quiero aclarar que esta postal corresponde a una época lejana. Si intenté en vano hermosearla es porque así la recuerdo.  Tampoco es una tierra yerma ahora. Por la deforestación desmedida, el uso de pesticidas, la contaminación de los ríos, los incendios constantes, la cacería ilegal y los efectos del cambio climático, el paisaje ha cambiado drásticamente. El historiador Juan González Esponda, en Historia universal de la frailesca, un artículo revelador, publicado a principios de la década de los noventa, detalla el nacimiento de un pueblo y da pistas genealógicas valiosas para mí: “Villaflores fue fundado en terrenos de la hacienda de Santa Catarina la Grande, propiedad de don Carlos Moreno y de su hijo José Antonio Moreno. En 1873, la hacienda fue vendida al general Julián Grajales” (s/p). Mi abuela María (1905-1990) era bisnieta de Carlos, un valenciano que llegó a Chiapas en el siglo XIX, junto con su hijo José Antonio Moreno. Éste contrajo matrimonio con Margarita Corzo, la Mamá Ita, aquella mujer que dio una charla en la Escuela Nacional de Agricultura (hoy Universidad Autónoma Chapingo), a petición de Porfirio Díaz, para explicar la elaboración del queso bola, el blasón familiar de las futuras generaciones. En la capital del país, como una muestra de solidaridad, Díaz giró instrucciones para que la hacienda Zaragoza, de los Moreno Corzo, en medio de la vorágine revolucionaria, no fuera afectada por las tropas carrancistas. De la relación entre José Antonio y Margarita inicia una de las historias de mis líneas parentales. La Victoria se sitúa a casi 300 kilómetros de Tuxtla Gutiérrez, hacia el sureste del estado. Aún sigue en pie la casa grande de mis abuelos. No así la que construyó mi padre, ni las de sus hermanos.

Mi cuarto abuelo paterno, Carlos Moreno  (Circa 1832—Circa 1888)

Lo anterior es para insistir en una geografía particular; decir de otra manera, estuve ahí, yo lo vi con mis propios ojos, porque ese lugar ya no existe. Sí existe pero ya no es lo mismo, ni es el mismo, la paradoja es que no puedo separarme de él, lo llevo pegado como parte del cordón umbilical. Ese lugar referido posee una riqueza natural extraordinaria. Para elaborar el primer catálogo con nombres de las plantas, árboles, frutas y animales de la región, con todo el esmero posible, tuvo que haber sido una verdadera hazaña. Sospecho que los expertos inventaron una que otra palabra para enriquecer el vocabulario ante esa biodiversidad vasta y riquísima que superaba al idioma. Un mundo reinventado. Como lo hizo Cristóbal Colón. En la carta que escribió para su amigo Luis de Santángel, el navegante usa la palabra maravilloso como le viene en gana, bien por falta de vocabulario, bien por asombro. El adjetivo maravilloso sustituye el no saber, al blanco tipográfico, a la no palabra. De la naturaleza chiapaneca en general, se desprende una dinámica que influye más allá de las personas, es decir, hay un ritmo y un sonido que trastoca en la lengua y en la imaginación.

Río Grijalva
Río descubrierto por Juan de Grijalva en 1518

Quizá por eso me subyugó el desierto. Provoca llenar un vacío aparente. Veo árboles no planicies, no arena ni dunas, dibujadas por los caprichos del viento, no cactus sino el ecosistema que percibí de niño: cedros, caobas, helechos, matilisguates, ceibas altísimas y robustas como catedrales. Se sabe que una buena parte de la flora chiapaneca es endémica, una demarcación botánica que no excluye el idioma. La herbolaria también hace cultura al momento en que el hombre pacta con la naturaleza, asignándole palabras a los brebajes, cataplasmas, fermentos y vomitivos para curar sus enfermedades o mantenerlas a raya. La luz y el cielo abierto del desierto me produce un efecto paleontológico, que invoca aventura. Cuando me desplazo sobre los descampados propios del desierto, a pie, en auto o en bicicleta, imagino que me toparé de frente con un animal del jurásico, de diez pisos de altura y con la fuerza de cien mil toros. Pero no me ataca, al contrario, me hace carantoñas. Me pide, con muecas, que le indique una salida al océano. El desierto es un mar extinto, y la salvaje y colosal bestia que vio nacer a Dios quiere chapotear en el agua. Entonces, levanto la mano apuntando hacia el sur.

Cedro

De la oposición entre el desierto y la selva, dos periodistas mexicanos, uno chihuahuense y el otro chiapaneco, sostuvieron una intensa relación epistolar que, sobre la marcha, tomó un rumbo inesperado, nada relacionado con el oficio y la vocación que los unía mutuamente. El destino no quiso ponerlos frente a frente,  la verdadera afinidad estuvo orientada hacia el goce inquietante que les producía la contemplación de la naturaleza. Creció carta sobre carta una profundad amistad desde las antípodas. De un lado, Silvestre Terrazas no tuvo la oportunidad de transitar por la selva chiapaneca, que de haber hecho ese viaje hacia el sur profundo, habría soportado las mismas o peores dificultades que las que pasaba Joseph Conrad para alcanzar el corazón del África. Valente Molina sostiene que viajar de la capital del país a Chiapas significaba pasar miles de penurias (a finales del XIX, principios del XX). Partiendo de San Cristóbal, eran diez días a caballo hasta Tehuantepec pasando por Chiapa, Tuxtla, la hacienda Don Rodrigo (hoy Berriozábal), para entrar al valle de Cintalapa, de ahí a las haciendas Llano Grande y Macuilapa, de los Farrera, luego iniciaba el ascenso a la empinada y selvática cuesta de la Jineta con su peligrosa montaña húmeda y arbolada hasta bajar al airoso istmo, donde se descansaba para seguir seis días a caballo hasta Tecomovaca, Puebla, ahí había diligencias de un día hasta Tehuacán para esperar el ferrocarril a la ciudad de México (18). Del otro, Ángel Pola Moreno anheló poner un pie en el desierto chihuahuense, contemplar los atardeceres y conocer la fauna. No puedo decir más porque no he tenido la fortuna de leer las cartas entre Pola Moreno y Terrazas, resguardadas por la biblioteca Bancroft, de la Universidad de California en Berkeley, sino glosar los comentarios que me compartió Pedro Siller, historiador, novelista y cazador de archivos, responsable de ese hallazgo inestimable. Ante la imposibilidad, la resignación siempre propone lenitivos. Terrazas y Pola Moreno le dieron rienda suelta a una imaginación ecológica vibrante y expansiva, se solazaron en la búsqueda de adjetivos exactos para pintar postales rotundas, saciando así la curiosidad que les devoraba por un lado, imaginar la fronda chiapaneca y, por el otro, suspender el tiempo sobre la tenue línea del desierto fulgurante.

Orquídea chiapaneca (Gouldiana)

En un hábitat de espesa verdura, en Chiapas las palabras terminan siendo sometidas. La flor de pompuchuti se usa como desinflamatorio y es un remedio efectivo para la tos. La flor de niluyarilu sirve de adorno en las festividades religiosas; la bromelia, para los altares, tiene el aspecto de un maguey transparente y diminuto, crece en el tronco de los árboles. La espadaña es caprichosa y pagada de sí misma, sólo crece en esa parte del mundo, además tiene la forma del penacho de Moctezuma.  Busqué sin éxito en el internet el nombre común de la laelia, speciosa, gouldiana, tres variedades de orquídeas endémicas. Hombres prácticos y poéticos sin saberlo, los campesinos las conocen por fresca de día, no te vayas nunca, halago de mujer, respectivamente, y ellos pueden diferenciarlas sin equivocarse. Las metonimias no son accidentales, surgen como una necesidad de la vida diaria. A sabiendas, me obstiné en querer suplir esos lindos nombres creados por los campesinos por otros más pomposos.

Espadaña

Sigo teniendo la certeza de haber leído un poema del poeta mexicano Eduardo Casar, publicado poco después de las agitaciones cívicas por el levantamiento armado del EZLN. La voz poética detalla el ascenso de Tuxtla a San Cristóbal, observando y pormenorizando los diferentes tonos del follaje circundante. Elabora una lista de verdes, mismos que les adjudica un estado de ánimo, algo semejante a lo que hacen los esquimales en Alaska para poder diferenciar más de veinte tonalidad del blanco de la nieve.  Al poeta Casar me lo topé en una librería de Ciudad de México muchos años después. Le pregunté por el título de aquel poema que yo le adjudicaba. No lo reclamó como suyo porque no lo recordó en ese momento, aunque estoy seguro que el poema es de su autoría.

Mi primer abuelo paterno—Carlos Moreno (1913-1992)

Finca La Victoria forma parte de la Frailesca, una región que fue administrada en la época de la colonia por los codiciosos frailes dominicos, quienes desde 1620 empezaron a obtener  abultadas ganancias por las intensas actividades agrícolas y ganaderas: “el cultivo del índigo, café, tabaco, algodón, arroz, garbanzo, caña de azúcar, maíz y frijol, así como la crianza del ganado vacuno y caballar” (González Esponda s/p). Con el paso del tiempo se convirtieron en los padres fundadores del latifundio. El historiador Antonio García de León explica que la Frailesca, mucho antes de la llegada de los dominicos,  era conocida como el valle de Cutilinoco (33).  A 130 kilómetros de distancia se localiza San Pedro Buenavista, un pequeño pueblo fundado en el siglo XIX,  alrededor de la casa grande de una extensa finca del mismo nombre. En ese poblado pasé parte de mi infancia y adolescencia. En aquel entonces prefería perderme por los bosques, cruzar el río a nado, pescar y recorrer en bicicleta los caminos circunvecinos. El pueblo vivía bajo el régimen del perifoneo comercial. De los techos de algunas casas se alzaban, rígidas, largas astas con una bocina pegada en la punta, como si fuese la torre elevada del almuecín que convoca a la oración. Escuchando esas voces que ofrecían el día entero todo tipo de viandas, productos agrícolas, alertas comunitarias,  noticias buenas y malas, incluso la película del día en el cine Imperial, recibí las primeras lecciones de lo que podría llamarse estética literaria:

1) Santo y Blue Demon, contra la legión del mal. Esta noche en su cine Imperial. Una película de lucha libre, romance y trancazos. Para toda la familia. Esta noche es la premier, única función.

2)En la casa de la señora Esperanza Hernández le ofrece chicharrones calientes y menudencia hervida. También, caldo de res con bastantes verduras. Y para la tarde, sabrosos tamales de bola, con suficiente carne y suficiente manteca.

3) En la casa del señor Óscar Nandayapa acaban de sacrificar una elegante res, bien gorda, propiedad del señor Jesús Castillejos.

Ahí mismo conocí oblicuamente parte de la tradición que proviene de los bestiarios del mundo antiguo, muy adulterada si se quiere. Los apodos femeninos para los hombres, basados en nombres de animales, revelaban querencias aparentemente ocultas en el contexto de un bestialismo discrepante. A mi vecino le apodaban “La gallina”, y no por cobarde. Nunca empleé para referirme a ellos los nombres de pila de tres compañeros míos en la escuela secundaria. Conversaba con “La yegua”, “La marrana” y “La chucha” sin ninguna antipatía, aunque no dejaba de inquietarme el lado primitivo de ellos, me era imposible no asociarlos con los animales que los definían. Lo entendí después: mediante una misteriosa sensibilidad libidinosa y totémica, el hombre puede conocer su lado animal, dejándose llevar por un arranque de pasión desenfrenada. En Albedrío (1989), de Daniel Sada; y en Señales que precederán al fin del mundo (2009), de Yuri Herrera, se confirma que los apodos no se ponen, se clavan; y por extensión, la mejor manera de incorporar el habla de la gente a un texto es literaturizándola; para lograrlo se necesita de un oído prodigioso, un oído absoluto, como el de Charly García, competente para musicalizar hasta un pedo.

Mi primera abuela paterna-María Moreno Fernández (1905-1990)

En Chiapas, que es Macondo, que es Tarumba, el tiempo se disloca y el significado de las palabras se invierten. El vocabulario y la sintaxis son plenamente endémicos como las orquídeas y las espadañas. Quizá exagero tanto como los juegos hiperbólicos de los hablantes de Ciudad Juárez: el tacotote, la trocototota y el viejorrononón, sin exceptuar la miscelánea maravillosa del Espanglish fronterizo. El regionalismo echa a andar un sofisticado juego de creaciones verbales, derivado de la gente común y sencilla. No todas las expresiones corren con la misma suerte, muchas de ellas se estandarizan, otras se vuelven endémicas. Los significados pasan a formar parte de un entendimiento exclusivo de las sociedades secretas:

1) iday, ¿por qué tardaste tanto?; iday, ¿cómo estás?; iday, ¿qué horas son esas de llegar?

2) el niño dio arrinquín cuachi.

3) voy a jueriar.

4) la muchacha de pelo largo tiene un jonís fenomenal.

5) no confundan, por favor, Jonís no es el hermano menor de Jonás, el bíblico. Jonís y Jonás son personajes totalmente opuestos, aunque tienen algo en común.

6) la primera y única antología de la literatura mampa.

7) Mampa vida se titula el poemario de Martín Campos.

8) una vez que rompió la relación con Alberto, Luisa no resistió los efectos de un flato que la devastó emocionalmente; su madre tuvo que solicitar ayuda siquiátrica.

9) me hicieron bochi en la tienda de abarrotes.

Este brevísimo ejemplo corresponde al Atlas lingüístico de La Mancha cervantina. De allí se esparcen otros universos de ficción como el Macondo, de Gabriel García Márquez; Santa María, de Juan Carlos Onetti; Mágina, de Antonio Muñoz Molina; Tarumba, de Jaime Sabines; Castaños, de Daniel Sada y Placeres, de Jesús Gardea.

Tienen en común la noción de una identidad rural con sus convenciones, leyes, ceremonias, tradiciones, pasiones, formas de hablar y de imaginar únicas. La secularización de una estructura sintáctica que está dentro y fuera del tiempo. Las personas, las voces o los personajes que habitan esos universos, fortaleciendo la communitas de la tribu, moldean un territorio sobre la base de una relación armónica y una zona de estar común, donde el mundo como referente es aprehendido al momento de emplear determinadas palabras para comunicarse; igualmente, para ordenar la realidad o inventar otra que corra paralela; es lo que hacen los ensimismados al momento de abrir un libro.

Mi tercera abuela paterna— Margarita Corzo (sentada, con el nene en el regazo)

Como somos palabra, porque estamos hechos de palabras, cada quien a su manera construye su propio polígono: geográfico, humano y lingüístico. Las palabras que escuchamos en nuestra etapa pre-adánica, no se olvidan nunca; puestas en un carcaj, nos acompañan siempre y las usamos, o las recordamos, en el momento más oportuno.  Como la flora silvestre, las palabras también nacen de la tierra.

 

 

Bibliografía:

García de León, Antonio. Resistencia y utopía. Memorial de agravios y crónica de revueltas y profecías acaecidas en la
          provincia de Chiapas, durante los últimos
quinientos años  de su historia. Ciudad de México: Era, 1997.

González Esponda, Juan. “Historia universal de la frailesca.” Este Sur [Tuxtla Gutiérrez, Chiapas] n.f.: n.p.

Molina, Valente.  La colonia chiapaneca en el Distrito Federal 1888-1950. Tuxtla Gutiérez:         Conaculta/Coneculta/UNACH, 2014.

Poemas (del desierto)

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VI

REMINISCENCIA

 

Hoy me interné

en el desierto

—espíritus en polvo.

Escuché

una voz

triste:

reminiscencias

de una nube

que algún

día

aquí

fue mar.

 

VIII

 

La noche en el campo

verdad que nada dice

sino estrellas y viento.

La intemperie sola

incendiada de luciérnagas

se alza con ingenuidad impune

a lo largo y ancho

de esta celebración nocturna

que es el fresco de marzo

entrando por las casas.

 

 

IX

 

El desierto es un trozo de infinito

que cayó hace siglos

transformándose en mezquites y silencio.

 

XI

 

El desierto se repite diferente.

Cada vez que lo veo

me sorprende, me inhibe;

en su insomnio yace la infinitud destituida,

y en la oquedad de su océano se esconde

una muerte de polvo.

 

Allí la soledad echó raíces

en la dignidad apacible y precisa

de los cactus.

El desierto exige conductas

que tienen que ver

con la ansiedad y la paciencia.

El desierto se explica

a sí mismo

y su argumento infinito es recurrente.

Sin embargo, nada lo define

sino cierto inasible temor y el vuelo

de un ave en la distancia azul.

 

 

XV

 

HERACLITIANA

 

En el desierto

uno siempre se baña

más de dos veces

en el mismo frío.

 

Enrique Cortazar estudió una maestría en educación y literatura en la Universidad de Harvard. Hizo estudios en el programa doctoral en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque. Fue promotor cultural y director de museos en Chihuahua y Ciudad Juárez. Ha publicado varios poemarios, entre ellos:  Otras cosas y el otoño (Diana, 1978), La vida escribe con mala ortografía (Ediciones de Cultura Popular, 1987), Ventana abierta (UNAM, 1993), Suicidio aplazado (Claves Latinoamericanas, 1994), Variaciones sobre una nostalgia (UNAM, 1998), Crépuscule sur les pavés/Crepúsculo en las calles (Edición bilingüe, Écrites des Forges y Mantis Editores, Quebec, Canadá 2008), Don de la tarde (Mantis Editores, 2014). Algunos de sus poemas han sido publicados en libros de texto de secundaria en Estados Unidos, así como en antologías en Japón, Estados Unidos y España.

Cuatro poemas

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Infante en el jardín:

al frente, lama tierna

moscas enfebrecidas

renacuajos moribundos

y hormigas dispersas en la arena;

 

juega

con hilos invisibles

el sino de los náufragos;

a sus espaldas

lindes de cal

alambres y maderos

parcelas;

ante sus ojos

la cresta de las olas

la espuma del oriente

y el canto de sirenas.

 

(Los mayores regresan en tropel

y cargan sus bártulos oscuros

para tenderse a conciliar el sueño.)

 

Desde el jardín infante

se alumbra la ribera:

naves y pasajeros llegan y se van

al mismo tiempo que tejen pesadillas.

 

*

 

Árbol sin música en el pedregal

y ocasionales chupamirtos en hojas

apenas sostenidas por la altura

de nubes sin aire:

pasión fría

en el resto del paraje

lumbre ondulante con vértebras de hielo:

Nagore:

olas de sueño en la hora vertical

donde uno es el resguardo de uno

y el perro fiel la única sombra.

 

A los lejos

rescoldo de agua

y charcos de moscas macilentas:

obsequio de improvisadas señales

o manantial de plata de los ángeles.

 

*

 

Alguna noche

la turbulencia momentánea de El Salado

desciende más oscura

hasta tornarse ahogo:

 

álamos y sauces llorones,

estiércol de la cañada y granos de anís,

gritos de chachalacas en derrumbe,

piedra caliza en la cresta del rugido

de tigre casero y moribundo.

 

En la ribera, desechos deslumbrantes

sobresalían entre hojalata

mientras los peces coleteaban en la arena.

Ni oro para imprevistos gambusinos

ni soldados de plomo a raudales.

Acaso magentas guijarros

y aldabas de lustre forastero.

 

El mar quedaba lejos de mi vista

pero mirando esas aguas inclementes

creía reconocer el olor de los esteros

y el furtivo descenso de piratas.

 

*

 

Ya la lluvia de mayo enciende botones de azucena.

En su trajín, deshace barcos de papel

botados con garfios desde un puente.

 

Odilón miraba los vuelcos de las naves

entre mis gritos subalternos.

Para averías de cabotaje, el astillero

descansaba a mis pies con precisos instrumentos de navegación:

alambres y tijeras, tabaco rubio y hojas de papel pautado

para escuchar también los compases del adiós.

 

––¡Capitán, la nave a estribor!

Los tumbos altos dañarán la cubierta

y el equipaje de la tripulación.

 

Corrían las aguas hacia el sur.

 

Bajo una llovizna vespertina,

salía de la casa en busca del arroyo

de rápidas corrientes y puercas cataratas.

Trozos de leños y piedras del Calvario

se amontonaban en mi malecón.

 

––A pique se irán los dados y las cartas,

decía el capitán en estetóreo aviso.

 

Así pasaban las aguas hacia el sur.

 

Vastas tripulaciones vi partir

sin jamás volver al astillero.

La música puntual de don Arcadio

llegaba con Abril en portugal,

pero Odilón nunca me dijo

––él, que no hablaba de marinos––

qué olas secretas escondía el sur.

 

Julio Eutiquio Sarabia estudió la carrera de Lingüística y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Ha escrito los libros Cerca de la Orilla publicado por la Universidad Autónoma de Puebla (1993), En el país de la lluvia, de Fondo de Cultura Económica (1999), Mudar de Vida, coeditado por la BUAP y Luna Arena. (2003) y Tesitura, de Monte Carmelo (2008). Recibió el premio José Fuentes Mares por Cerca de la orilla en 1994. Participó en Ala impar: 20 años de poesía en Puebla y Pulir Huesos, Galaxia Gutenberg. También ha publicado su trabajo en revistas como Biblioteca de México, Casa del Tiempo, Luvina y La Gaceta del Fondo de Cultura Económica. Actualmente, es subdirector de la revista Crítica de Puebla.

Tempo livre

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Numa tarde de domingo, em Central Park, ou

numa tarde de domingo, em Hyde Park, ou

numa tarde de domingo, no jardim do Luxemburgo, ou

num parque qualquer de uma tarde de domingo

que até pode ser o parque Eduardo VII,

deitas-te na relva com o corpo enrolado

como se fosses uma colher metida no guarda-

napo. A tarde limpa os beiços com esse

guardanapo de flores, que é o teu vestido

de domingo, e deixa-te nua sob o sol frio

do inverno de uma cidade que pode ser

Nova Iorque, Londres, Paris, ou outra qualquer,

como Lisboa. As árvores olham para outro sítio,

com os pássaros distraídos com o sol

que está naquela tarde por engano. E tu,

com os dedos presos na relva úmida, vês

o teu vestido voar, como um guardanapo,

por entre as nuvens brancas de uma tarde

de inverno.

 

UM INVERNO EM LISBOA

É verdade que Lisboa, no inverno, não tem a

consistência de uma cidade do norte. O ar

é húmido, o frio não entra na alma, e não

há os brancos puros, nem os cinzentos que

duram, nem sequer o sentimento inquietante

de que o mundo parou sob a mortalha celeste.

 

As cidades, no entanto, enganam. E em Lisboa,

no inverno, há quem sofra com a solidão que

desce com a tarde. Um fim de frase pode trazer

consigo a percepção da morte; e nenhumas palavras

conseguirão dar um sentido a quem não sabe

que caminho seguir, ou em que café entrar.

 

Em Lisboa, no inverno, pode ver-se, de

vez em quando, uma borboleta perdida por

entre os carros mal estacionados. As suas asas

não brilham; e pode, até, duvidar-se

se estará viva ou morta. Mas quando os dedos

se aproximam para a agarrar, ela debate-se;

parece fugir; e limita-se a cair para o chão.

 

É verdade que, no inverno, pouco mais resta

a uma borboleta do que morrer. Mas quem vê,

nela, a ilusão de que a primavera já se aproxima,

interroga-se depois: «é isto a vida? Crisálida

de que nada, vazio, angústia de nunca ter sido?»

 

EM LISBOA

Entras no café e sentas-te na mesa que

ainda não foi limpa, como se não tivesses

escolha. Afastas de ti o cinzeiro, a chávena ainda

morna, o copo de bagaço bebido até à última

gota, e sacodes os cabelos para que as sombras

que ali estivessem se dissipem. Os teus olhos

ficam presos ao tecto, onde uma fita para

apanhar moscas ficou de um verão há muito

passado. Manchas de humidade e de fumo,

e gesso à vista, compõem o quadro

abstracto onde procuras um sentido para

o que te falta. As tuas mãos hesitam, sobre

as pernas, como se não tivesses decidido

o que fazer. Mas se voltasses a sair, para

onde irias, agora que a tarde caiu e já não

se vê quem passa, por trás da montra? E

se ficares, quem poderá chegar, a esta hora,

para não te deixar só contigo, nessa mesa que

o criado demora em vir limpar? Sem saber

porquê, guardei a tua imagem, e ando com ela

neste poema que sabe o teu nome, sem nunca

o dizer, como se lhe tivesses pedido segredo.

 

A LUZ DE LISBOA

A luz atravessa o quarto entre

as duas janelas, e é sempre a mesma luz, embora

de um lado seja o poente – onde está o sol, agora – e do outro

o nascente – onde o sol já esteve. No quarto

juntam-se poente e nascente, e é esta

luz que confunde o olhar, que não sabe em que

hora se situa a luz primeira. Então, olho a linha

que percorre o espaço entre as duas janelas,

como se não tivesse princípio nem fim; e

o que faço é puxar essa linha para dentro

do quarto, e enrolá-la, como se me

pudesse servir dela para atar as duas extremidades

do dia ao meio-dia, e deixar que o tempo fique

parado entre duas janelas, a poente

e a nascente, até que o fio se volte

a desenrolar, e tudo

recomece.

 

Júdice, Nuno. A Matéria do Poema. Don Quixote, 2008.

 

Nuno Júdice es un ensayista, poeta, novelista y profesor universitario portugués. Consejero cultural de la Embajada de Portugal y director del Instituto Camões en París, publicó antologías, crítica literaria, historia, estudios de Teoría de la Literatura y Literatura portuguesa y mantiene una colaboración regular en la prensa. Divulgador de la literatura portuguesa del siglo XX, publicó, en 1993, Voyage dans un siècle de Littérature Portugaise. Organizada la Semana Europea de la Poesía, en el ámbito de Lisboa ’94 – Capital europea de la cultura. Es actualmente director de la Revista Colóquio-Letras de la Fundación Calouste Gulbenkian. Poeta y novelista, su debut literario tuvo lugar con A Noção de Poema (1972). En 1985 recibiría el Premio Pen Club, el Premio D. Dinis de la Fundación Mateus en 1990. En 1994, la Asociación Portuguesa de Escritores, lo distingue por la publicación de Meditação sobre Ruínas, finalista en el Premio Aristeion de Literatura Europea. También firmó obras para teatro y tradujo a autores como Corneille y Emily Dickinson. Fue director de la revista literaria Tabacaria, publicado por Casa Fernando Pessoa y comisario para el área de Literatura portuguesa en la 49.ª feria del libro de Frankfurt. Cuenta con obras traducidas en España, Italia, Venezuela, Reino Unido y Francia. El 10 de junio de 1992, se convirtió oficial de la Orden de Santiago de la Espada, y el 10 de junio de 2013, fue ascendido a gran oficial de la misma orden.

A Phoenix Intersection

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Be a modern artist: pick a busy intersection and proclaim it your masterpiece. The critics love it, applaud your sense of color. . . . Like the best art, it was right in front of you all along but now you see it for the first time. Like the best art, it will outlast you. Colosn Whitehead, The Colossus of New York; A City in Thirteen Parts [New York: Random House, 2003] 79)

 

I must confess it took me a long time to find an intersection in Phoenix that I felt matched Whitehead’s marvelous injunction, and when I did, it turned out to be one I had crossed through several times a day for almost forty years. At first I thought it might be the ground zero of Phoenix, Central Avenue and Washington Street, but that intersection was only symbolic and held little of interest to me. A quick glance at the map of Phoenix—the City of Phoenix, of Metropolitan Phoenix, of Greater Phoenix—reveals it to be almost a perfect checkerboard, with major streets laid out every mile, and, going north and south, secondary and tertiary streets, respectively, every half and quarter mile; these are named streets, and as in most cities, the names are a mixture of national historical figures like presidents, local movers and shakers like founding fathers and famous politicians, and names evocative of the local setting: I happen to live on Palm Lane, a street festooned with imported palm trees that were part of the taming, through greening, of the desert. Running east and west, with only a few exceptions, the streets are numbered, odd numbers dominating to the west of the Central Avenue axis; even streets dominating to the West. Of course, satellite cities are free to have their own naming and numbering system, but this is generally only true in the Southeast Valley.

Because of the symmetrical geometry of the city, I was attracted to Grand Avenue, especially where it runs in at a perfect 45 degree angle at West Van Buren and North 15th Avenue. Grand Avenue is the continuation of U.S. Highway 60 that, prior to its reassignment to the Superstition Freeway, came into Phoenix from the East through Apache Junction, along Apache Boulevard, angling north up Mill Avenue through downtown Tempe and then east along Van Buren, until you came to Grande Avenue, which takes you northwest toward Los Angeles. Because of the Interstate Highway system, it is rare for anyone to get to LA via Grand Avenue: Interstate 10, with which the Superstition Highway now connects and which runs in a straight line west just south of McDowell, less than a mile north of Van Buren, will take you nonstop to the Pacific Palisades. But urban development, while it has left some interesting remnants at this intersection, has also left vacant lots, the bane of downtown Phoenix (someone once said downtown Phoenix looks like Beirut after the war, although things have gotten better in recent years).

In my search for a street corner where there were archeological traces, so to speak, of Phoenix history and an interesting urban mix, I found I could do no better than the major intersection right down the street from my house, an intersection so busy that only an infrared camera in the wee hours of the night might be able to capture images without traffic and one that regularly hosts automobile accidents than can be heard from inside one’s home with even the summer air conditioning running nonstop.

Seventh Avenue and McDowell Road is the intersection of four historic areas in Phoenix: Roosevelt (the SE quadrant), F. Q. Story (the SW quadrant), Willow (the NE quadrant), and, the most renowned, Palmcroft-Encanto (the NW quadrant).

McDowell Avenue (West McDowell at this point, as it lies one mile to the west of Central Avenue) is named for Major General Irwin McDowell whose name was attached to the army post established in 1899 on the eastern edge of what is now the street that bears that name. Such army posts were part of Phoenix’s origins in the post-Civil War Indian Wars in Arizona, a locale that was chosen because of the then flowing Salt River and the absence, at the locale that was to become Phoenix, as any  Indians, hostile or otherwise. When Phoenix began to experience the Post-World War I prosperity that led to a major spurt in its growth, the city ended at McDowell, and around Central Avenue there were some of the city’s first privileged sub-urban residential areas and lots of orchards and farm lands. The Palmcroft-Encanto area, which is reputedly the city’s first attempt at a planned residential community, was built up in the late 1920s and early 1930s and was, at that time, outside city limits. The northern edge of McDowell at this point contains the remnants of California-style courtyard apartments, which share an alley with the upscale Palmcroft development; the southern side of the street, which shares an alley with a more modest but solidly middle-class residential area that was within the city limits, mirrors the north side of the street in part.

The cross street is Seventh Avenue, which has become one of the major north-south arterials in the city, much to the consternation of residences that were once constructed along both sides of it when it was a tranquil city street. Backing out into the oncoming traffic is a decided challenge, and it is not surprising that many of what were once residences have become small business offices and professional installations (the same is true also of what were once homes along McDowell). Everytime one of the homes is sold for use as a doctor’s or a lawyer’s office, residents become divides over the losing battle of saving the edifices as historical houses vs. those who understand that they only continued to generate tax revenue if used commercially—otherwise they are likely to stand abandoned, which no one wants.

The four corners of Seventh Avenue and McDowell bear the traces of what was the original urban village development of the city. As late as 1969, when I bought into the area, the four corners boasted, respectively, on the northwest side a Mobile gas station that has since become a Circle K convenience story. On the northeast corner there is a shopping complex that housed multiple business that included a grocery store, a beauty salon, and a florist, which have since become, after passing through other stages, an antique fair and an ever expanding bakery-café/bistro-upscale fruit and vegetable mart. Yet, this latter building was not one of the first supermarkets in Phoenix. That honor seems to go to Golds, which was located in a building that is still standing and has been recycled nearby at West Roosevelt and North Third Street.

Continuing with the intersection, the southeast corner is also occupied by a large building that included a pharmacy that is now also an antique fair, although Best Cleaner behind the pharmacy going south on Seventh Avenue is still in business and has been continuously for seventy years. The southwest corner also contains two business that have been there, seemingly, for time immemorial: the Emerald Lounge and Runyon’s appliances, both of which have had a decided down-at-the-heels appearance for as long as I have known them. There used to be a gas station also on this corner, and its building was a fast-food outlet for several decades, but the latter business is now closed, and there is now a project to recycle the property for an upscale use.[1] This may mean the disappearance of the Emerald Lounge, a fact that should provoke mixed feelings, since, while for many it is an eyesore, it is, nevertheless, the only neighborhood-style bar in the area and stands in vivid contrast to the upscale watering hole that is the aforementioned café/bistro.

Certainly the most colorful anchor of this intersection is actually located a bit east on West McDowell Rd., and that is the My Florist café/bistro. My Florist was originally a flower shop run by a flamboyant Jewish woman who established it when she came out from New York in the 1940s (apparently, the area had a Jewish character, as the second known Jewish synagogue—the first is a still-standing structure a little over a mile away by the Phoenix Public Library; it is undergoing restoration—is a half-block away on the northwest corner of West McDowell and North Fifth Avenue, where it has served for years as a pawn shop whose large sign over the door and up steep steps from the street supposedly covers a glass-block menorah). When the owner of My Florist died, the flower shop closed, but the tall garishly lit sign was never removed. The new occupants of the property, who have cultivated a booming business that both oldtimers and well-heeled newcomers can’t seem to get enough of, chose to keep the sign and its name for their establishment. This quirky detail, especially the juxtaposition between the gleam and gloss of the café/bistro and its accompanying operations and the kitsch (echt bygone advertising and therefore not retro), is one of the particular attractions of the business. Because of the height of the sign, it dominates the area immediately around the intersection, where there are as yet highrises, much like the old water tower dominates the landscape of small town America. What one does have in this area beyond the My Florist sign is the only tall building in the neighborhood is, up on Central and Palm Lane, on the southwest corner, the interesting building originally built for the Dial Corporation, but now occupied by Viad; one of the most notworthy features of the property is the whimsical human sculptures in the green park that fronts it (these sculptures are continue on into the foyer of the building).

Palm Lane at Seventh Avenue is also noted for another local curioristy: the Statue of Liberty House on the southwest corner. This is a house that was built as a duplicate of one that was taken out of the Moreland corridor at the time of the construction of the through-town segment of the Interstate 10 freeway in the early 1970s. For reasons that have never been clear to the neighbors, many of whom are appalled by this example of non-Arizona kitsch, the owners decided to add this note of patriotic décor, complete with illuminated torch that at least makes giving directions for the intersection easy. Whenever I take a cab to my residence just a block and a half down Palm Lane from Miss Liberty, the driver usually knows exactly where I mean.

Since the major feature of the area around the McDowell/Seventh Avenue intersection is the prized Palmcroft-Encanto historical area, it is important to sense its presence in the lush greenery northwest of the Circle-K convenience store. Immediately to the north of the Circle-K store there is a modern office building that displaced some of the residences along Seventh Avenue mentioned previous (the ones that are, with the growing traffic flow, less and less desirable as homes and more and more susceptible to zoning requests for nonresidencial use). This office building was someone’s bad business investment, and it stood empty for almost two decades before recently being recycled as the Metropolitan Arts High School, part of Arizona’s burgeoning charter-school movement: many of the charter schools occupied so-called reclaimed space such as this office building, being unable to finance free-standing and individually tailored buildings. I have not heard of any squabble over such a semi-commercial use of this space (in the main the charter schools are proprietary operations), although I suspect that the neighbors tend to be of the political persuasion that supports the charter school movement.

Beyond the Circle-K to the northwest, then, and immediately west of the office building housing Metropolitan Arts lies the southeast corner of the Palmcroft-Encanto area, which extends from Seventh Avenue west to Fifteenth Avenue from the alley behind the buildings on McDowell north to Encanto Boulevard, the latter being the southern edge of Encanto Park (there is also a small extension of the Park south of Encanto Boulevard along part of Fifteenth Avenue that result from the developers need, at the time of the depression, to generate capital by selling the property to the city). Palmcroft-Encanto serves as home to important figures in the life of the city, including younger owners who want almost a century’s worth of charm and who are uninterested in commuting from the Acadia/North Scottsdale/Paradise Valley areas that developed as the central core became unattractive in the 1950s as the preferred residential area of the moneyed class). More importantly, it has had some important names associated with it, such as Barry Goldwater, who had a mansion there prior to moving, as his political career soared, to the Country Club preserve and then to Paradise Valley; Supreme Court Chief Justice John Rhenquist; and early powerbroker Frank Snell. Attorney General Bruce Babbitt, Governor Jack Williams, and legendary politician Renz Jennings also lived in the area. Although the area suffered some abandonment (more the Encanto half, which runs from the northern side of Palm Lane to Encanto Boulevard) with the exodus north and northeast beginning in the 1950s and 1960s, it became one of Phoenix’s first thirty or so official designated historical districts, and its integrity is now guarded by homeowners and their occasionally quite zealous spokespersons..

The importance of the Palmcroft-Encanto area has also helped the preservation of other historical areas that were originally more modest in their origins, such as the Willow area to the northeast of the McDowell/Seventh Street intersection and the F.O. Storey area to the south of McDowell on both sides of Seventh Avenue. Right down Seventh Avenue from McDowell is the Kennelworth Elementary School where Barry Goldwater was a student. After becoming almost a seedy inner-city school with the overall decay of downtown Phoenix in the 1960s, it is now an award-winning magnet school and an anchor for the Deck Park that covers the stretch of Interstate 10 that tunnels underground at this juncture. Conversely, the view south along Seventh Avenue from the McDowell intersection reveals the indicators of the presence of the freeway (signs, signals, and on- and off-ramp backed-up congestion) that cut the city in two and destroyed the southern edge of the residential area now known as the F. O. Storey neighborhood.

One of the important details of this intersection, and one of the principal reasons that I found it appropriate for this project, is the preservation of so much historical space. Except for the new building housing the Circle-K on the northwest corner, all of the other three corners are occupied by structures that have and have had multiple uses and that date back forty or fifty years at the least. These buildings can be viewed in two ways. The one on the northeast corner, which houses the larger of the two antique fairs and the now extensive operations of My Florist, is characterized by a second sidewalk parallel to the municipal ones on both Seventh Avenue and McDowell: it is probable that these sidewalks within the property line were constructed before the municipal ones were, which in most of the area appear to have been WPA installations (at least those along my stretch of Palm Lane bear the distinctive stamp of the Administration). Moreover, there is a building overhang that provides shade during part of the day to the sidewalk that L-s around the building. This sort of architectural detail is as significant as the sleeping porches in many of the houses in Palmcroft-Encanto (most of which have been converted in to so-called Arizona rooms), as concessions to the weather in an era before air conditioning and outdoor misters.

On the other hand, these buildings are construction nightmares—and, equally, I am certain—building code nightmares: they have been readapted so many times, with services upgraded so many times, that the visible cooling, plumbing, telephone, and electrical installations are as though the Centre Pompidou avant-la-lettre. This, of course, is a characteristic of many of the recycle and rerecycled buildings of Phoenix or any other city, for that matter. What makes this installation especially interesting is the use of the inner sidewalk and the way in which both the antique fair and My Florist have been able to capitalize on the permanence of this structure to create new anchors of the intersection. It remains to be seen if the proposed renovation plan for the southwest corner—with or without the reference point of the Emerald Lounge—harmonizes with the historical depth of the intersection and the surrounding neighborhood or whether it fragments that unity, as did the Circle-K with its thoroughly functional and this-could-be-anyone-of-our umpteen-thousand-stores design. The decision to build a Circle-K that reiterates an unvarying corporate image that is strictly functional, no matter where it is located, versus the decision to build a more-or-less unique structure that resonates with the human, architectural, and geographic context in which it occurs is crucial for how distinctive segments of the city—in this case, their instances of major arterial intersections—may choose to be: may choose to feel, may choose to be felt, and may choose to stand out distinctively from all the others

 

 

 

 

[1] The cityscape is a dynamic organism, never static and always changing. In the less than a month since I wrote this, Runyon’s and Buffalo Brown’s have been fenced off and torn down. My information is that the Emerald Lounge will remain, and that Starbuck’s will be building an outlet on the corner.

 

Lucha Libre

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©Lorenzo Hernández

No me costó trabajo reconocer a Ángel la mañana que apareció en la puerta del barco. Luego de pasear la mirada, durante unos segundos, sobre la gente reunida en el muelle, al pie del lujoso crucero, comenzó a descender lentamente las escaleras. Hacía poco más o menos de treinta años que no nos veíamos. Pero, claro, era él. Angelito Anzorena. A primera vista, todo en él revelaba el inconfundible aire de su familia. Mejor dicho, era el vivo retrato del gran Ángel, su padre, el compadre Ángel. Ángel redivivo. Cuando llegó al pie de la escalera se detuvo, seguramente buscándome o esperando que alguien le dijera que era yo. No me reconoció, a pesar de que estaba casi frente a mí, sino hasta que sonreí y me adelanté para abrazarlo.

Hacía un par de semanas había recibido un  mensaje electrónico, firmado por él que me anunciaba que al día siguiente se embarcaría en un crucero que primero recorrería el Báltico y luego la costa de Noruega hasta el Ártico. Pasaría un día entero en Oslo y tal vez, me decía, podríamos vernos entonces. No sólo no nos habíamos visto desde hacía tantos años, tampoco nos habíamos comunicado desde que Holly y yo nos habíamos venido a vivir en Noruega. Trabajaba él, en aquella época, en las oficinas centrales del Banco Internacional, en el Paseo de la Reforma, frente al monumento a Cuauhtémoc, donde tenía un modesto empleo en el departamento hipotecario. Ahí llegué a saludarlo algunas veces cuando yo trabajaba en la notaría vecina del banco. Sin embargo, no hacía mucho que mi hermano me había contado que se había enterado, sorprendido, que Angelito ocupaba un alto puesto en la Nacional Financiera. La noticia me alegró porque nuestra relación, aunque nunca había llegado a ser muy estrecha, era una de esas que se establecen entre los hijos de los amigos de los papás. La de mi papá con Ángel, le había contado a Holly, fue una amistad singular. Y para mí, cuando era un niño que apenas cursaba la primaria y ya fanático de la lucha libre, Ángel era uno de mis dos ídolos del ring. El otro era mi papá.

Cierto, mi papá fue luchador.  No profesional como Ángel, pero luchador, ni más, ni menos. En la escuela preparatoria había nacido su afición a la gimnasia. Es probable que como era delgado y de estatura algo menos que mediana, hubiera tenido que desarrollar sus propias defensas físicas frente a los que les gustaba vejar a los débiles, molestar a los que no podían o no sabían defenderse. De modo que se inscribió en la Guay, la de la esquina de Morelos y Balderas, donde acababa todas las tardes, a la salida de la preparatoria, primero, y de la universidad después, sudando en las barras, colgado de las argollas, haciendo pesas y repitiendo innumerables series de abdominales, sentadillas, lagartijas y todo tipo de ejercicios. Pronto su musculatura era notable aunque fuera cubierta por la ropa. Nadie volvió a molestarlo en la escuela. Años después, conoció a algunos luchadores y boxeadores que también iban a la Guay a hacer ejercicio. Cuando uno de ellos, Ángel, lo vio girar y hacer piruetas sobre las barras paralelas, esperó a que terminara mi papá para hacer él lo mismo. No logró hacerlo con la agilidad y la ligereza con las que mi papá lo había hecho. Antes de retirarse cada uno a continuar su propia sesión de ejercicios, cruzaron algunas palabras. Mi papá se enteró entonces que Ángel era luchador profesional.

La  siguiente  vez  que  se  encontraron  en  la Guay, Ángel estaba acompañado por otro par de luchadores. Esta vez les tocó ver cómo mi papá dominaba las suertes colgado de las argollas. Al terminar, le preguntaron si no le gustaría entrenar con ellos. Al día siguiente fue por primera vez a entrenar con Ángel y los otros al ring de la Arena Modelo. Ángel le enseñó lo más elemental: llaves y modos de caer sin lastimarse. A mi papá lo divertía el entrenamiento con los luchadores que completaba los ejercicios del gimnasio y comenzó a alternar las sesiones en la Guay con las de lucha libre en el ring. Un día, don Salvador Lutteroth, el empresario de la lucha libre, lo vio entrenar una caída con El Lobo Negro. Al terminar se les acercó y le preguntó a mi papá quién era y si quería luchar profesionalmente. “Tienes madera de luchador”, le dijo muy serio y añadió: “Si quieres, podrías comenzar la semana entrante, el jueves, por ejemplo,  en  una  de  las  peleas  preliminares… podrías ganarte unos pesos…”. Mi papá le dio las gracias pero le dijo que la afición a la lucha libre era eso, nada más que afición, “soy abogado y periodista… y pronto voy a casarme…”. Don Salvador se le quedó viendo; sabía qué era lo que había que hacer: “Te pones una máscara”, le dijo, “y nadie te va a reconocer, ¡ni tu novia!”. Cada vez que volvía a encontrarse con don Salvador, éste le preguntaba sonriendo: “¿Cuándo vas a ponerte la máscara, Juanito?”.

Nunca se la puso. Se casó, a los dos años nací yo y cuatro años después mi hermano. Necesariamente aumentó el trabajo en el periódico y en el despacho. Pasaba parte de las noches en la redacción de El Universal Gráfico armándolo y durante el día eran los asuntos en el despacho. Muchos de ellos estaban relacionados con los largos y enredados trámites en la Secretaría de Gobernación para legalizar la estancia en el país de republicanos españoles y de judíos perseguidos por el nazismo. Unos y otros acababan siendo amigos de mi papá por lo que al final se negaba a cobrar sus honorarios. De modo que ya no tuvo tiempo de ir a la Guay ni a entrenar con los luchadores. Pero no dejó de ver a Ángel quien para acabalar sus ingresos, se había comprado un taxi. Ahora alternaba la lucha libre con el ruleteo. Su familia crecía, ya tenía cuatro hijos y lo que ganaba en la lucha no le alcanzaba, mucho menos ahora que se había comprado una casita allá en la colonia Clavería y había que ir pagando mensualmente la hipoteca. Cuando bautizaron a Fernando, el cuarto de sus hijos, Ángel y Aurora, que así se llamaba su mujer, invitaron a mis papás para que fueran los padrinos. Desde entonces los conocimos como el compadre Ángel y la comadre Aurora.

Entre mis más antiguos recuerdos está el taxi del compadre Ángel, un Chevrolet azul y blanco en el que pasaba por nosotros para llevarnos a comer de vez en cuando a su casa. Ahí conocí a la comadre Aurora y a sus hijos, Angelito y sus hermanos. Él era el mayor, casi de la misma edad que yo. Por esa época comenzaron a televisar las luchas. Nosotros no teníamos televisión pero a mis primos los invitaban unos vecinos a verla en su casa. Un día fui con ellos. Aquello era maravilloso. Era tener el cine en la sala de tu casa. Una noche nos tocó ver las luchas. Cuando subieron al ring los luchadores, me llamó la atención uno de ellos que iba envuelto en una capa dorada. El otro era muy alto, muy fuerte y muy negro. El anunciador los presentó, al negro como Joe Grant y al de la capa dorada como Ángel Anzorena. Sí, era él, les dije emocionado a mis primos, yo lo conozco, es el compadre Ángel, el que nos lleva en su taxi a comer en su casa. No me acuerdo quién ganó la pelea, pero ahí nació mi afición a la lucha libre.

Cuando se lo conté, todavía muy emocionado, a mi papá, prometió llevarme un día a la lucha libre. Me contó cómo había conocido al compadre Ángel y que había ido a entrenar muchas veces con el compadre y con otros luchadores. Fue entonces cuando comenzamos a ir a una cafetería cercana donde tenían televisión para ver las luchas. O si no, mi papá le pedía a una señora rica,  que  había  sido  amiga  de  mi  abuela  y  que tenía televisión, que nos dejara ir a ver en su casa las luchas. Pero lo mejor de todo era cuando nosotros mismos luchábamos en la casa. Sacábamos los muebles de la sala, el tapete que era cuadrado nos servía de ring, nos poníamos nuestros trajes de baño —con el pescado de la marca Catalina a un lado— y, dependiendo de qué luchador famoso simulaba ser yo, me ponía o no una de las máscaras que mi mamá me había comprado en una tienda de La Merced. Mi papá tenía cuerpo de luchador, con razón el señor Lutteroth, quería que se dedicara a la lucha libre. Me enseñó todo tipo de llaves y las reglas del juego. Porque era un juego, me repetía, una representación como en el teatro. El chiste era no lastimar al contrincante, pero simular que estabas a punto de matarlo. Al principio mi hermano estaba muy chiquito y sólo nos veía luchar, pero pronto ya estaba jugando con nosotros. Un día apareció en el ring de la sala vestido con un traje de baño amarillo, mallas amarillas y una capa amarilla y nos anunció muy serio: “Hoy soy ‘El Cocodrilo Verde’”.

Una vez que pasé con mi mamá por el estanquillo de la esquina de la casa, descubrí que ahí vendían estampas de luchadores para pegar en un álbum especial que también se podía comprar ahí. Las estampas venían en un sobre cerrado, si te salían repetidas las podías cambiar con tus amigos. Así comencé el intercambio, primero con mi hermano y mis primos y luego con algunos amigos de la escuela que también estaban llenando su álbum. Cuando me salían estampas que ya tenía, las cambiaba por alguna de las “difíciles”. Porque había “difíciles” y “fáciles”; la compra-venta estaba muy bien organizada para que se prolongara mientras se extendía el intercambio entre los coleccionistas que andábamos siempre con las bolsas llenas de estampas listos para comparar nuestro tesoro con el primer coleccionista que nos encontráramos y proceder al intercambio. Una vez que llenabas el álbum, lo que te podía llevar meses, acaso más de un año, lo entregabas y te daban un premio. Cuando completé el álbum no fui a entregarlo. No habría premio mejor que guardarlo y ver de vez en cuando aquellas imágenes de mis héroes.

Un día que el compadre Ángel vino a comer a la casa, mi papá todavía no llegaba del trabajo. Mientras lo esperábamos, le enseñé mi álbum. Lo fue hojeando conmigo haciendo comentarios de algunos de sus colegas que ahí aparecían, contando anécdotas de ellos. Se detenía frente a ciertas estampas apuntándolas con el dedo: “Mira, tu papá entrenaba con éste —Tarzán López—, y con este otro —el Lobo Negro—, y con este —Enrique Llanes—, y creo que también con este — Ángel Anzorena—… dile que te cuente”. Por supuesto que mi papá me había contado de sus entrenamientos con ellos cada vez que los veíamos en la televisión o cuando le enseñaba mis estampas.

Nunca olvidaré la primera noche que mi papá me llevó a ver las luchas en vivo. Fue en la arena en la que habían convertido el gran auditorio de Televicentro donde se encontraban los estudios del Canal 2. Esa noche estaba anunciado el compadre Ángel en la pelea estelar que sería de parejas: él y Enrique Llanes contra El Médico Asesino y la Tonina Jackson. Llegamos con anticipación. Mi papá había conseguido boletos de ringside es decir de primera fila, junto al ring. Antes de localizar nuestros asientos, me llevó a los camerinos a ver si podíamos saludar al compadre. A la entrada encontramos al Lobo Negro que, sorprendido, abrió los brazos para saludar a mi papá: “¡Juanito! ¡Qué gusto! ¡Hace tanto que no nos vemos! ¿Dónde te has metido?” Y antes de que mi papá pudiera contestarle, se dieron un apretado abrazo mientras el Lobo me miraba: “¡No me digas que este es Juanito junior!” y el siguiente abrazo fue para mí. “Seguro que buscan a su compadre, vengan yo los llevo a su camerino”. El compadre nos esperaba, mi papá le había hablado para decirle que esa noche iríamos a las luchas y que pasaríamos a saludarlo. Nos llevó a saludar a los que esa noche lucharían con él. Por los angostos pasillos pasaban los luchadores o se detenían a platicar entre ellos y cuando reconocían a mi papá, lo saludaban con grandes abrazos y fuertes palmadas en la espalda, le reclamaban, qué por qué ya no iba a entrenar con ellos, lo reconocían como uno de ellos con ese afecto que solo está reservado para los del mismo oficio y que se hace más visible cuando después de dejarse de ver por un tiempo, vuelven a encontrarse inesperadamente. Y mi papá me los iba presentando uno tras otro, a Black Guzmán, a Tarzán López, a Rito Romero, a Gori Guerrero, a Fernando Osés, a Sugi Sito, a Joe Grant, a Rolando Vera, al Murciélago Velázquez… Yo no podía creerlo. Veía cómo querían a mi papá y por primera vez me daba cuenta que él era uno de ellos. ¡Me daban la mano los mismos de las estampas de mi álbum! ¿Quién iba a creérmelo cuando se los contara a mis amigos en la escuela o a mis primos?

En su camerino, Enrique Llanes, enfundado ya en su bata, también abrazó a mi papá y luego que el compadre le dijo quién era yo, Enrique me dijo, muy serio, que mi papá siempre le ganaba a la hora de entrenar y que ojalá que yo sí llegara a ser luchador profesional cuando fuera grande. Entonces me dijo que me iba a enseñar algo que siempre dejaba en el camerino mientras iba a pelear. Algo muy especial. De una caja forrada de terciopelo rojo que estaba puesta sobre una silla, sacó un grueso cinturón negro adornado con placas de oro ovaladas. “Mira, me lo dieron cuando gané el campeonato mundial de peso medio”. Yo no sabía qué decir, la emoción era abrumadora. Luego fuimos al camerino del Médico Asesino. Tardó en abrir la puerta y cuando lo hizo, ya llevaba puesta su máscara aunque, me fijé bien, no se la había amarrado en la nuca, la llevaba suelta. Me impresionó mucho saludar a alguien cubierto por una máscara, me dio miedo. La Tonina Jackson nos recibió sentado en un sillón; era gordísimo, apenas cabía en el estrecho espacio del camerino, llevaba una camiseta roja sin mangas —así luchaba— y tenía cara de niño.

Tan pronto que terminamos nuestra ronda por los camerinos, nos fuimos a nuestras lunetas de ringside. Alcanzamos a ver tres peleas preliminares a tres caídas cada una y la pelea final. El espectáculo era el mismo que  veíamos  por  televisión,  pero  su  impacto  muy diferente. Era la sensación de estar prácticamente junto al ring y al lado de los luchadores, de vivir la tensión creciente desde el momento en que el anunciador, de smoking, y el réferi, de blanco, primero, y luego los luchadores, subían al ring entre aplausos, chiflidos y gritos de la enardecida concurrencia. Seguía el anuncio gritado de “Picoro” —así se conocía el anunciador— y la presentación de los rivales, a cargo del réferi, con sus correspondientes advertencias de cómo debían comportarse durante la lucha. Una vez despejado el ring, empezaban los enemigos a acercarse uno al otro desafiándose con la mirada y midiendo la distancia entre ellos que iba acortándose, acechándose, caminando uno frente al otro hasta que llegaba el momento del primer zarpazo y ya prendido uno del otro comenzaba la lucha cuerpo a cuerpo.

Era admirable la elasticidad y la agilidad con las  que se iba desarrollando la confrontación de los cuerpos, acoplándose y conjugándose mediante la aplicación de las clásicas llaves y de otras que los luchadores parecían improvisar con la violencia de un juego en el que la fuerza física se ponía al servicio de la inteligencia. Desde nuestros asientos alcanzábamos a percibir la respiración y el aliento de los luchadores, percibíamos sus palpitaciones, la humedad del sudor que al ir cubriendo sus cuerpos le iba sacando brillo a sus musculaturas. En una de las peleas preliminares, el Cavernario Galindo lanzó a su contrincante, Joe Grant, un alto y corpulento negro, fuera del ring y fue a caer precisamente en las piernas de mi papá. Joe nomás alcanzó a decir un rápido “¡Perdón, Juanito!” antes de incorporarse y con un ágil salto, regresar al ring. Un incidente que nunca hubiera sucedido frente al televisor.

La pelea final fue la más emocionante de todas. Nuestro compadre y Enrique Llanes estuvieron a punto de perderla. Habían ganado, en buena lid, la primera caída y perdido la segunda. Pero en la tercera, los “rudos” recurrieron a todo tipo de golpes bajos o bien, mientras uno inmovilizaba al compadre, el otro lo golpeaba, le picaba los ojos, truculencias que estaban prohibidas. Pero al final se impusieron los limpios y mientras la Tonina se rendía bajo los efectos de una “cerrajera”, la llave inventada por Enrique Llanes y bautizada así porque él era cerrajero, el Médico Asesino yacía de espaldas debajo del compadre que le había propinado unas patadas voladoras fulminantes y el referee contaba hasta tres sin que el enmascarado pudiera moverse.

Volvimos varias veces a las luchas. Pero luego, poco a poco fuimos dejando de ir. Ya no había luchas en Televicentro y, por alguna razón, nunca nos entusiasmó ir a la arena Coliseo donde continuaban celebrándose. Al compadre Ángel lo seguíamos viendo. De vez en cuando aparecía por la casa, sobre todo cuando andaba ruleteando y llevaba a algún pasajero a la Condesa-Hipódromo que era donde vivíamos. Un día nos contó que se había retirado de la lucha libre, comenzaba a sentir el paso del tiempo y ya no lo programaban en las peleas estelares. Prefirió alejarse voluntariamente   del   ring   antes   de   que   ya   no  lo incluyeran ni siquiera en las peleas preliminares. “El taxi es noble”, nos dijo cuando nos anunció su retiro, “al volante nadie se fija en la edad del chofer, conozco esta ciudad como la palma de mi mano y todavía no me canso de manejar”. Traía entonces un Plymouth gris perla, último modelo, del que parecía estar muy orgulloso…

Pasamos el día de su visita a Oslo con Angelito. Si no lo hubiera conocido desde que éramos chicos, hoy le hubiera dicho don Ángel. Toda su indumentaria y su fácil modo de llevarla y de comportarse y de dirigirse a nosotros, todo hablaba de la solidez y la prosperidad con la que se desarrollaba su vida en las alturas del mundo de las finanzas. La discreta elegancia de su holgado traje de lino, su camisa de seda cruda, su creciente barriga, su Rolex de oro, sus mocasines cafés recién lustrados, todo lo llevaba con la naturalidad de quien ha nacido en la privilegiada cuna de una de esas rancias familias porfirianas que sobrevivieron las inclemencias de la Revolución y luego acabaron usufructuándola sin inútiles rencores. Nos contó, mientras nos despachábamos el almuerzo que Holly le había preparado con toda suerte de arenques, salmón ahumado y quesos de cabra, que ahora vivía en una casa de Bosques de las Lomas que Luis Barragán le había diseñado al banquero a quién él se la había comprado, que se había divorciado hacía un par de meses, que afortunadamente no habían tenido hijos, sólo un gran danés que se había llevado su ex-mujer, por cierto una estrella de las telenovelas a la que Holly y yo, después de tantos años de vivir fuera de México, no conocíamos ni en fotografía, que desde hacía tres años estaba a cargo de una de las direcciones generales de NAFINSA…

Lo llevamos a la Galería Nacional porque, según nos dijo coleccionaba obras de arte. Nos contó que en una subasta de Sotheby’s había adquirido un grabado original de Munch. Luego fuimos a pasear al parque vecino de nuestra casa. Mientras lo recorríamos admirando las monumentales esculturas de Vigeland, comencé a hacer recuerdos de nuestros papás, de su amistad, de mi afición a la lucha libre. Él guardó silencio hasta que me interrumpió: “Mejor hablamos de eso más tarde, en otra ocasión”. Quise pensar en ese momento que lo que quería era concentrarse en la contemplación de las obras de arte que pueblan ese parque tan singular. Luego, durante la comida en la casa, a la sombra de los grandes árboles del jardín, intenté volver a compartir con él —con quién mejor que con él— mis recuerdos del compadre Ángel y de mi papá. El silencio fue su única respuesta. No insistí más.

Por la tarde lo despedimos en el muelle con un breve apretón de manos y lo vimos ascender la escalera hasta que llegó a la entrada del lujoso crucero desde donde volteó a vernos y sonriendo agitó la mano para despedirse. A pesar de todo y de él mismo, ¡cuánto se parecía a su padre, al compadre Ángel! Mientras regresábamos a la casa pensé que en su nueva vida solo había espacio para el olvido, que él se lo había impuesto, como una máscara de luchador, para poder sobrevivir en su   nuevo   mundo.   Sentí con   cierto  dolor, que seguramente sería pasajero, que al fin y al cabo ya no me quedaba hoy más que la lejana soledad de los recuerdos.

Vinderen, Oslo, septiembre de 2015

Publicado originalmente en: Juan Pellicer, Antología personal, editorial Aurora Boreal®, 2018, https://www.auroraboreal.net/ Reproducido con los debidos permisos.
Fotografía: ©Lorenzo Hernández

 

Juan Pellicer, Catedrático emérito, Universidad de Oslo.

Licenciatura en Derecho (UNAM, 1968). Posgrado en Administración Pública (London School of Economics, 1969). Maestría y Doctorado en Letras Españolas (Universidad de Oslo, 1987 y 1995). Ha publicado cinco libros: Mexico, Mexico, Oslo, Aschehoug, 1982 (sobre el desarrollo político y económico de México); El placer de la ironía, México, UNAM, 1999 (un estudio sobre Crónica de la intervención, de Juan García Ponce); Entre la muerte y un vaso de agua, México, UNAM, 2005 (sobre las letras mexicanas del siglo XX); Tríptico cinematográfico, México, Siglo XXI Editores, 2010 (sobre las primeras tres películas de Alejandro González Iñárritu); Antología Personal, Relatos, Editorial Aurora Boreal, Copenhague, 2018 (cuentos y novelas cortas). Ha publicado también numerosos ensayos y artículos sobre textos de diversos autores del mundo hispánico.