ISSN 2692-3912

Dos poemas

Amanecer en Djidji

Es temprano.
Sin estar completamente despierto
me paro en la puerta de mi casa,
una casa hecha de barro y mimbre.

Esto es África.
Los árboles de fuego brillan demasiado como para verlos.
El día ha llegado a su máximo como la fiebre seguida de un
sudor intenso bajo un oscuro dosel.
Un millar de pájaros invisibles cantan.

El vapor se desliza por algún lugar cercano, entre hojas grandes
haciendo el día más brillante.

Después de la celebración de anoche
hoy estoy triste,
sin poder explicar qué triste.
Una gacela cuelga de un poste en una nube de moscas negras,
pendiente, como el deseo.

Una niña pequeña abre nueces de palma, golpeándolas con
una piedra
para que su abuela haga un buen vino
y está muy ocupada.

Su hermana todavía está dormida en mi cama.
Se llama Juliette y tiene quince años,
es la tercera esposa de Mbulu, y está esperando un hijo suyo
o mío.

Recuerdo una carta que Paul Gauguin
le escribió a Van Gogh, en la que le decía que tenía
“un gusto por lo primitivo”.

Tal vez el día de hoy haga una carta.

O quizá me vaya al río a enjuagarme la dulce noche de mi piel.

 

Traducción de Bernardo Pérez

 

Una elegía

He regresado a una granja del oeste,
en donde las golondrinas ha escapado de la tormenta
y el rayo aumenta su marea.
He regresado a una granja del oeste,
reconstruyendo los impalpables rasgos del braile
de arboledas y musgo,
el musgo rojo de mi propio fuego revuelto,
que reaparece después de nosotros
para mantener el pasado el pasado, irreversible.

He ido donde el continente divide
hasta estar tan frío como tú lo estás.

He ido a la cima que nos divide,
a la cima desprendiéndose repentinamente de tu cuerpo
hacia la nada absoluta.
Sólo la piedra inmaculada, tersa como la cara de un extraño.
Mi propia cara.

Tú me alejas de lo duradero. De tu enorme conocimiento.
Camino lentamente en la oscuridad,
de la misma forma
en que una planta sangrienta se descubre a sí misma
arrancada de la memoria difuminada que  tenía la última vez,
absorbiendo su veneno que expulsa por sus venas.

No puedo ver tus ojos
ocultar sus miradas en la oscuridad.
Lo que sea que ven les pertenece.
Por lo menos déjame lavarte y liberarte
como si estuviésemos nadando,
donde antes que el aroma del agua todo cambia, flota
hacia la luna,
aún la diferencia entre nosotros—las formas todavía flotando,
la única, solamente el cuerpo.

Tú no querías caminar con tus zapatos frágiles,
y tomabas mi brazo como si no quedara límite alguno.
Estabas aprendiendo a esperar aun entonces
con una flama blanca y débil en tus huesos.
En la lluvia.

Cada gota un bautismo.
Cada hoja en el viento era una ruta
de mi mano.
Eso es lo que te ofrezco.
Final inconcluso.

Tal vez fui la sombre que atravesaste,
la sombra inclinada a un lado,
al de amar abajo una tormenta de cosas sin forma.

Tal vez ahora,
donde sea que tú estés,
piensa que no seguiré,
tal vez pienses que mi vida durará más que tu muerte,
que no puedo llevar la forma de los extraños,
pues tu muerte te ha hecho un extraño.

 

Traducción de Bernardo Pérez

 


 

An Elegy

I’ve gone back to a farm in the west
where swallows have broken away from the storm
and lightning quickens its tack.
I’ve gone back to a farm in the west,
retracing the featureless braille
of woods and moss,
the red moss of my own bewildering fire
that sprang back after us
to keep the past the past, intractable.

I’ve gone to the summit that divides us,
the summit rising swiftly away from your body
to absolute nothing.
Only the sheer rock, smooth like the face of a stranger.
My own face.

You deprive me of lastness. Of your enormous knowledge.
I pace in the dark.
I go on
the way a bloodroot discovers itself
cut from the vague memory it had of last time,
drawing the poison back through its veins.

I can’t see your eyes
to close their gaze on the dark.
Whatever they see belongs to them.
At least let me wash you and release you
as if we were swimming,
where before the smell of water everything changes, drifts
toward the moon,
even the difference between us—the shapes still floating,
the one, the lonely body.

You didn’t want to walk in your fragile shoes
and held my arm as if there were no edges left.
You were learning to wait even then
with a dizzy white flame in your bones.
In the rain.
Every drop a christening.
Each blown leaf was a road map
of my hand.
This is what I offered you.
Loose ends.

Maybe I was the shadow you walked through,
the shadow cast to one side,
the one to love in a storm of formlessness.

Maybe now
wherever you are
you think I won’t follow,
maybe you think my life outlasts your death,
that I can’t bear the shape of strangers
and your death has made you a stranger.

 

 

Waking up in Djidji

It is morning.
I am standing in the door of my house,
waking slowly in a house made of mud and wattles.
This is Africa.
The flame trees are too bright to see.
The day has broken like a fever in a sweat
under the dark canopy
and a thousand birds call out.

Steam drifts through the strong leaves
making the day too bright.

Last night there was such celebration
that now I’m sad,
unable to explain how sad.
A gazelle hangs from a post in a cloud of black flies,
suspended like desire.

A small child is pounding open palm nuts with a stone
for her grandmother to make into wine.
She doesn’t look up from her work.

Her sister is still sleeping in my bed.
Her name is Juliette and she is fifteen.
She is Mbulu’s wife, and pregnant with his child
or mine.

I remember a letter Paul Gaughin
wrote to van Gogh, in which he says he has
“a taste for the primitive.”

Perhaps I will write a letter today.

Or maybe I will go down to the river to wash the sweet night
off my skin.

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