ISSN 2692-3912

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Un chico de mi edad

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Únicamente los niños saben lo que buscan.
El Principito

 

Estaba en la terraza jugando a que mi casa era un barco. A lo lejos, los monoblocks de la General Paz por un lado y los de la Riccheri por otro eran la flota enemiga. Ordené disparar el cañón principal —el tanque de agua—, cuando de pronto una sombra cruzó la tarde. Levanté la cabeza. El sol era eclipsado por una figura que, difusa al principio, fue cobrando forma a medida que el viento la corrió del centro de la luz. Alguien caía lentamente hacia el barrio, colgando de un paracaídas. Pasó por encima de las terrazas y los galpones de Monti y luego descendió en alguna de las canchas de la Sociedad de Fomento, a una cuadra de casa. Me refregué los ojos y miré alrededor. Era la hora de la siesta y por eso las calles estaban vacías, así que yo, aparentemente, había sido el único testigo. Bajé la escalera y salí de mi casa a toda velocidad. Corrí por la calle Giribone y después crucé San Pedrito. Junto al arco que daba a la Estación de Gas, un chico de mi edad —nueve, diez años— arrastraba varias bolsas de arpillera que se había atado con unas cuerdas.

 

Me detuve a unos metros. Vi que trataba de desatarse los nudos, pero no podía. Al verme, me hizo señas para que me acercara.

—Buenas tardes, señor, ¿sería usted tan amable de ayudarme?

¿Señor? Me reí solo.  Pero él me miraba fijo, esperando que lo ayudara, así que no dije nada y puse manos a la obra. De a poco, fui desenredando el embrollo hasta que finalmente pudo liberarse.

—Muchas gracias —me dio la mano bien fuerte, como si fuera una persona grande—, tome esta moneda, por sus servicios.

Era una chapita plateada que no tenía dibujos ni nada escrito. Me sentí confundido.

—Cuídela —me aconsejó después—, es de otro país, pero vale más de diez millones de pesos.

Me la guardé en el bolsillo.

—¿Qué lugar es este? —preguntó, mientras miraba el campito.

—Villa Celina.

—Ahá —sacó un cuaderno Gloria y una birome Bic—, lo anotaré en mi bitácora.

La tarde era calurosa y todo el lugar estaba prácticamente en silencio. Ni siquiera se escuchaba el canto de los pájaros. Pensé que capaz dormían la siesta.

—¿Cómo se llama usted? —Me miró de arriba abajo.

—Juan Diego.

—¿Nada más?

—No entiendo.

—¿Por qué tiene sólo dos nombres?

—¿Es poco? Tengo dos nombres y un apellido.

—¡Es muy poco! Tiene que conseguirse más nombres.

—¿Para qué? ¿Y cómo se hace?

—Vea —me explicó—, yo soy joven, pero ya tengo cinco nombres —sacó un peine del bolsillo y empezó a peinarse, dándose importancia—. Mi abuelo —siguió—, que ya es viejo, tiene más de cincuenta nombres. Si uno quiere ser respetado en esta vida, hay que tener muchos nombres.

—No sabía. ¿Y cómo se consiguen?

—Bueno, no sé cómo es acá, pero en mi país a los chicos se los dan en la escuela y a los grandes en el trabajo. Hasta ahora me llamo Antonio María Juan Bautista Rogelio. Para servirle.

Volvió a darme la mano. Yo no sabía qué pensar.

—¿Cuál es ese país? —Pregunté.

—Mi país natal, Francia.

—Ah, pero eso queda muy lejos.

—¿Qué dice señor? ¿No sabe que Francia queda acá al lado, cruzando la General Paz? Mire —me señaló hacia los monoblocks—, ya puede verse París.

—Disculpe, pero está equivocado —ahí me di cuenta de que yo también empezaba a tratarlo de usted—. Allá queda Lugano. Lo sé porque siempre la acompaño a mi mamá a hacer las compras en Chilavert.

—Ah, pero usted se ha vuelto loco, no sé de qué me habla. Con su permiso —dijo ofendido, y empezó a alejarse, arrastrando las bolsas de arpillera hacia la profundidad del campito, donde los pastos altos se movían con el viento como si fueran algas en el fondo del mar.

—¡Chau! —le grité.

—¡Chau Juan Diego! —Escuché que contestó—. ¡No olvide conseguirse más nombres!

De a poco, el horizonte lo fue cubriendo y su figura desapareció de mi vista.

Miré el cielo. Las nubes parecían animales salvajes.

Miré el suelo. Los pastos parecían pelos de animales salvajes dormidos.

 

 

Juan Diego Incardona nació en Buenos Aires en 1971. Dirigió la revista El interpretador. Publicó Objetos maravillosos (2007), Villa Celina (2008), El campito (2009), Rock barrial (2010), Amor bajo cero (2013), Melancolía I (2015), Las estrellas federales (2016) y cuentos en distintas antologías, diarios y revistas. Actualmente, dicta talleres literarios, coordina un ciclo de cine en el ECuNHi (Espacio Cultural Nuestros Hijos) y realiza actividades en escuelas y bibliotecas populares, en representación de la conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).

Posdesorden

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El universo es ancho
El universo es hondo
El universo sin fin ni confín
Y nosotros pedazos suyos
Nosotros multitud de pigmeos nacidos de él
Nazim Hikmet

 

 

Ahora es distinto
Ahora es diferente
Nadie te ordena
Ahorita
Que te pongas de rodillas
Que caves una zanja
Que beses el anillo

 

Pero tú lo sabes
Lo sabes bien
La aguja oscila lentamente
De un lado a otro
Y la muerte es tu único destino

 

No cabe embelecamiento alguno
El bajel jadeante e invisible
De la ñamería
Está esperando
Y te cortará el resuello

 

Decapitada la palabra
Abre bien los ojos
Levanta el rostro hacia el cielo

Y leva
Orza
Enverga

 

Pues en algún momento
Tal vez
(Te dices)
Esta multitud de pigmeos
Que se engalla en la observancia
Del decreto y la consigna
Entenderá
Que el amanecer duerme
Dulcemente
En el fondo de la palma
De la mano

 

 

Aquende la enboscada

 

Yo, acumulado en mí;
ella soltando suspiros rubios,
como igual que su pelo, en lo oscuro
Froilán Escobar

 

No hay puertas, hay espejos
Escribe Paz en Libertad bajo palabra
Y sin embargo cada mañana
Abres la puerta que es sombra
Y reflejo de tu propia huella
Para salir al interior de tu mirada

 

Sigue pues
Zanquea
Con ojos de aire puro congelado
Por la vastedad inacabable
Del espejismo que te habita

 

           Abemola
Y ayerma
Porfía en el espejo de la memoria

 

Que el polvo que pisas
Llaga estéril del perdido
Cubra de perfume
La piel que te refleja

 

Que la desnudez fría
El fuego fatuo de ti mismo
Vértigo diáfano
Rabia amartelada
Apague tus cenizas

 

Y que al fin
Al fin
Ay madre
Cuando este rehús estelífero
Cierre sus párpados
Las largas praderas
Las grandes inmensas
Corrientes de tus brazos
Me desborden

 

 

Arena *

Si mi beso te ofende
entonces castígame con los tuyos
Estratón de Sardes

 

Hoy amor
Estás cansada
Tienes el sol entre los ojos
Hablan los pájaros con tu boca
Y lloras como una loba bajo la luna
Porque yo no sé leer entre tus sueños

 

Me miras y no me comprendes
Porque soy arena

 

Pero arena es
Amor
La vida que a la velocidad fulminante
De las máquinas
Se desliza entre tus dedos
Y arena es el vapor
Que borra tu imagen en el espejo
Arena los retoños
Que de tus entrañas
Huyen perdiéndose en el horizonte
Y arena los labios
Que te cubren de palabras
Sin hablarte
Los besos que te inundan
Sin tocarte

 

Que el universo todo
Amor
Arena es
Y arena
Naturaleza muerta
Polvo de turba calcinado
Sea
Si te pierdo

 

 

*Poema aparecido en el poemario Poemas a Clara (Ediciones Eón, México D.F. 2018)

 

Enrique Contreras Martínez. Español (malagueño). Licenciado en Filología Inglesa y Doctor en Filología Española. Ha sido profesor de inglés en centros públicos de enseñanza secundaria. 1988 – 2020 residente en EE.UU. (California y Texas) donde participó activamente en la enseñanza, divulgación y promoción del español. Director de la revista De par en par, publicación con materiales didácticos para la enseñanza del español en Estados Unidos. Asesor lingüístico de la Embajada de España en California y Texas. Profesor adjunto en UTPB (University of Texas of the Permian Basin).

Free-lance articulista en periódicos españoles y estadounidenses. Colaborador de la revista de poesía Litoral y Sapos y culebras, entre otras. En 2018 Ediciones Eón publicó en México Poemas a Clara.  Pendiente de publicación una antología de su obra poética Todos los días son pájaros.

Damasco, muralista del desierto

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Serie Erótica

 

 

 

 

 

 

Serie Cráneos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Murales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arturo Damasco es un pintor y muralista mexicano nacido en Ciudad Juárez. Ha recorrido más de 8 países exponiendo su obra y pintando murales tanto en Europa, Estados Unidos y México. Tuvo la oportunidad de trabajar con el cantante y compositor Juan Gabriel, con quien pintó 75 obras y elaboró un mural de altas dimensiones dedicado al cantante, considerado el mural más grande del estado de Chihuahua y localizado en la mítica avenida Juárez. Actualmente, reside en Ciudad de México, donde trabaja en galerías y difunde su obra por todo México.

El ruiseñor de Alfeo

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En la página 526 de su edición de la Obra poética (verso y prosa) de Ramón López Velarde, Alfonso García Morales observa que un endecasílabo relativamente misterioso del autor de Zozobra,

                                                      y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo,

es juzgado por José Luis Martínez apenas “una broma o un disparate de López Velarde”. Martínez, en efecto, en las notas de la segunda edición de las Obras del jerezano —no aún en las notas de la primera edición—, descarta que ningún ruiseñor aparezca en el mito griego de Alfeo y añade que la expresión el ruiseñor de Alfeo “no parece, tampoco, el nombre literario de un poeta o un cantante”.[1] Hoy se podría pensar que, si acaso fue una broma, su gracia ya resulta indescifrable. Más difícil aún sería demostrar que fuera un disparate.

            Martínez resume con claridad el mito de Alfeo, cazador oceánida: prendado de Aretusa, una ninfa o náyade que no se interesa por él, Alfeo la persigue hasta que Diana lo transforma en río, mientras que la náyade queda convertida en fuente. Martínez, aunque no lo declara, toma sin duda el mito del quinto libro de las Metamorfosis de Ovidio. García Morales, por su parte, ofrece dos interesantes explicaciones que dejan de lado las referencias mitológicas:

Creo que en principio puede descartarse toda relación con el río mitológico Alfeo, no así con el nombre de un poeta. De hecho es probable que estemos ante una errata de imprenta o un error del propio López Velarde, y que el nombre “Alfeo” se confunda con el del famoso lírico griego “Alceo” de Mitilene, contemporáneo de Safo. En este caso “ruiseñor” habría que tomarlo en sentido general, como metáfora de “poesía”, equivalente de “lira”. No me atrevo, sin embargo, a corregirlo, pues López Velarde puede estar refiriéndose a otro poeta, mucho menos conocido, Alfeo de Mitilene, del que se conserva un epigrama en la Antología palatina (IX, 95) referido a la muerte de un pájaro cantor, cuyo sentido, aunque lejano, puede convenir al de los versos.[2]

Aíslo, para destacarlas, cuatro de las palabras que Martínez y García Morales emplean para sugerir que López Velarde pudo no haber dicho lo que intentaba decir, o incluso que pudo haber estado jugando irresponsablemente al escribir la tercera estrofa de “Idolatría”, trigésimo poema de Zozobra: “disparate”, “broma”, “error”, “errata”. Probablemente no estemos ante ninguna de las cuatro cosas, diría yo; pero todo a su tiempo. Los versos en cuestión son éstos:

Idolatría
de la expansiva y rútila garganta,
esponjado liceo
en que una curva eterna se suplanta
y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.[3]

Todavía en la órbita de López Velarde, por cierto, el “ruiseñor de Alfeo” aparecerá de nuevo en el soneto, de título “Colofón”, que Rafael López escribió como epílogo para El minutero (libro cuya primera edición, como se sabe, fue publicada en 1923, en el segundo aniversario de la muerte de López Velarde):

Minutos donde el ruiseñor de Alfeo
de la flor del silencio viola el broche…[4]

Aunque la estrofa de López Velarde contenga varios enigmas, la hipérbole final es bastante clara: la voz de las mujeres es tan agradable y encantadora que incluso el ruiseñor de Alfeo aprende a mejorar su canto escuchándola. Ello, desde luego, no aclara de qué ruiseñor ni de qué Alfeo se trate. Para esclarecerlo, como ya se ha visto, García Morales presenta dos hipótesis, de las cuales la segunda parece la más firme: un poeta llamado Alfeo habría escrito un epigrama en torno al tópico de la muerte de un ave canora. López Velarde tal vez haya pensado en ese Alfeo.

            Pero la hipótesis pierde fuerza cuando, al verificar la reputada traducción que Guillermo Galán Vioque hizo de los epigramas helenísticos, el ave resulta ser, más que canora, de corral. Podría decirse, con cierta laxitud, que algunas aves de corral son también canoras, como el gallo; pero en este caso se trata de una hembra que protege a sus crías, al grado de morir por ellas, no habiendo en el poema la menor alusión al canto. El texto figura entre los “Epigramas de atribución dudosa”, de modo que ni siquiera es del todo seguro que un tal Alfeo de Mitilene, si de verdad existió, lo haya escrito. Aparece con el título de “Una madre ejemplar”:

Un ave de corral a la que estaban cubriendo invernales nieves
envolvió con sus alas a modo de nido a sus polluelos
hasta que murió de frío, pues ella se quedó a la intemperie
desafiando a las nubes del cielo:
Proene y Medea, avergonzaos como madres en el Hades,
aprendiendo la lección que os dan las aves.[5]

Si bien López Velarde hace de la garganta femenina un “liceo” donde “se instruye” nada menos que un ruiseñor, y al parecer un ruiseñor por antonomasia, la “lección” que da el ave del epigrama helénico es moral, no artística. El ave de corral del epigrama, si algo enseña, son las virtudes del amor materno, no las musicales. En otras palabras, no queda otro remedio que desestimar la hipótesis de que Alfeo, el poeta epigramático, sea el Alfeo del ruiseñor.

            Me parece importante añadir a las conjeturas de Martínez y García Morales dos comentarios que podrían leerse, si se quisiera, como dos nuevas hipótesis. En primer lugar, creo que no necesariamente debe descartarse que nuestro Alfeo sea el Alfeo mitológico. Uno de los Estudios poéticos (1878) de Marcelino Menéndez Pelayo es la traducción del idilio de Mosco a la muerte de Bión hecha por el erudito santanderino en 1876. En el idilio aparecen los ruiseñores que, al borde de la fuente de Aretusa, le comunican a la ninfa la muerte del poeta pastoril Bión. Alfeo no es mencionado en el poema, pero la fuente de Aretusa está unida por implicación, como ya se ha visto, con el río Alfeo:

Ruiseñores que en densas enramadas
También os lamentáis en voz confusa,
Anunciad a las aguas veneradas

 

De la sícula fuente de Aretusa,
Que el boyero Bión ha fenecido
Y con él la dulzura y doria Musa.[6]

Es perfectamente posible que López Velarde haya leído los Estudios poéticos de Menéndez Pelayo. En el poema de Mosco, las versiones convencionales del mito de Alfeo se mezlcan con otro relato, el la muerte de Bión, tema relacionado a su vez con otro, el de la muerte de Adonis, que alimenta de manera muy señalada la tradición de la elegía, vinculándola, como explica Curtius, con la exaltación pagana de la naturaleza, más bien propia de la poesía bucólica.[7] El tópico de la muerte de Bión, tratado por Mosco, es una derivación del tópico de la muerte de Adonis, tratado en su momento por el propio Bión.

            Admito que todo lo anterior peca de cierta vaguedad. Quiero creer que mi segundo comentario será menos difuso y, sobre todo, menos injusto con López Velarde. Me remitiré, para ello, a dos autores mexicanos bien conocidos y admirados por el poeta zacatecano: Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo.

            En efecto, por lo menos en cuatro textos de Gutiérrez Nájera y uno de Nervo es mencionado un monje de nombre Alfeo. Citaré brevemente pasajes de todos ellos. En un famoso cuento del Duque Job, “Rip-Rip”, se lee:

Si no fuera pecaminosa la suposición, diría yo que Rip-Rip ha de haber sido hijo del monje Alfeo. Este monje era alemán, cachazudo, flemático y hasta presumo que algo sordo; pasó cien años, sin sentirlos, oyendo el canto de un pájaro.[8]

Luego, en una crónica publicada en El Partido Liberal el 21 de junio de 1885 y recuperada en el primer volumen de sus Obras con el título de “Las historias de durmientes”, Gutiérrez Nájera informa que la leyenda de aquel monje alemán fue puesta en verso por José María Roa Bárcena:

En Alemania y Dinamarca es muy sabida la leyenda del “Ave del Paraíso”, que Schubert trae en su precioso libro Lo antiguo y lo moderno, y que nuestro inspirado poeta don José María Roa Bárcena puso en sonoros versos castellanos.[9]

Roa Bárcena, efectivamente, publicó las primeras dos partes de su poema “El canto del ave del Paraíso” en La Cruz (“Periódico exclusivamente religioso, establecido ex profeso para difundir las doctrinas ortodoxas, y vindicarlas de los errores dominantes”) el 10 de enero de 1856. Roa Bárcena también apuntó a pie de página: “Lo sustancial de esta leyenda, originaria de Suecia, ha sido dado a conocer en Francia por Schubert en su obra intitulada, Lo antiguo y lo moderno”. El nombre completo de aquel Schubert era Gotthilf Heinrich von Schubert, y el título de su libro en alemán es Altes und Neues aus dem Gebiet der innren Seelenkunde (“Lo antiguo y lo moderno en el campo de la psicología interior”), publicado en cinco volúmenes entre 1817 y 1844. El poema completo es parte de Leyendas mexicanas, cuentos y baladas del norte de Europa y algunos otros ensayos poéticos, de 1862.

            Es llamativo, por lo menos, que José Luis Martínez, editor de una importante antología de Gutiérrez Nájera (publicada, es verdad, en 2003, varios años después de que aparecieran las ediciones de 1971, 1990 y 1998 de López Velarde) y conocedor tanto de sus crónicas y narraciones como de sus poemas, haya pasado por alto la presencia de Alfeo en la obra del Duque Job. Sin ir más lejos, en esa misma selección de textos de Gutiérrez Nájera elaborada por Martínez figuran dos que incluyen menciones al monje Alfeo. Primero, en una crónica de 1883 cuyo tema son las narraciones tradicionales mexicanas, Gutiérrez Nájera dice lo siguiente refiriéndose al escritor José de Jesús Cuevas: “Cuevas se ha detenido, como muchos, a escuchar las canciones de esa ave que escuchó ensimismado el monje Alfeo”.[10] Después, en su famoso ensayo sobre Shakespeare, Gutiérrez Nájera dice del bardo inglés: “A ocasiones, es el canto de un ruiseñor extraordinario, y lo oímos extasiados como el monje Alfeo al ave del paraíso”.[11]

            Dejo para el final el texto de Nervo por ser, valga la redundancia, concluyente. Apenas al comienzo de su Juana de Asbaje, libro publicado en 1910, Nervo escribó:

Un recogimiento misterioso parecía apoderarse de todas las cosas, y el sabor de mi contemplación era tan hondo y suave que cuando silbó la locomotora anunciándonos que íbamos a reanudar el roto camino, parecióme que, como el monje Alfeo que oyó cantar al ruiseñor celeste, mi espíritu volvía de un éxtasis de siglos, a las vanas fatigas de la vida.[12]

El ruiseñor y Alfeo aparecen, pues, reunidos en al menos un texto de Gutiérrez Nájera y otro de Nervo pocos años antes de la publicación de Zozobra. Se habrá observado que Gutiérrez Nájera no siempre aclara que aquel ave paradisiaca fuera un ruiseñor, e incluso en una ocasión sugiere que Alfeo, más que oír su canto, lo ignoraba. Conmueve pensar que cuando Gutiérrez Nájera se refiere a Shakespeare y cuando Nervo se refiere a Sor Juana el monje inequívocamente oye al ruiseñor.

            Es comprensible que Martínez y García Morales conjeturen —y, casi diría yo, presientan— que Alfeo es un poeta. En la obra de López Velarde, las “aves que cantan nuestro mismo idioma” ocupan un lugar de privilegio. Los “canarios vocingleros”, la saltapared “matemática” y, por supuesto, el “zenzontle impávido” simbolizan, con su canto, el oficio mismo del poeta, su fragilidad y hasta su aislamiento. Es en esta idea órfica de la poesía donde adquiere pleno sentido el ruiseñor, pupilo y divulgador de la belleza.

            En síntesis, no hay tal broma ni hay tal disparate. Tampoco hay tal error o errata tipográfica, como no sea por obra de la insinuación, muy discutible, de que López Velarde habría sido una especie de “ingenio lego”, hipótesis que ya no goza de ninguna credibilidad. Al parecer tampoco hay tales poetas o ríos griegos. Alfeo, el monje absorto de la leyenda, se limitó a escuchar al ruiseñor durante cien años.

 

[1] José Luis Martínez, en Ramón López Velarde, Obras, México: Fondo de Cultura Económica, col. Biblioteca Americana, 2ª ed., 1990, p. 878.

[2] Alfonso García Morales, en Ramón López Velarde, Obra poética (verso y prosa), México: UNAM, col. Poemas y Ensayos, 2016, p. 526.

[3] Ramón López Velarde, Obras, op. cit., pp. 214-215.

[4] Rafael López, La Venus de la Alameda. Antología, ed. de Serge I. Zaïtzeff, México: Secretaría de Educación Pública, col. Sep Setentas, 1973, p. 50.

[5] Guillermo Galán Vioque (ed.), Antología palatina, II. La guirnalda de Filipo, Madrid: Gredos, col. Biblioteca Clásica Gredos, 2004, p. 480.

[6] Una transcripción fiel de los Estudios poéticos de Menéndez Pelayo se puede consultar en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes con esta dirección: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/estudios-poeticos–0/html/.

[7] Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, trad. de Margit Frenk Alatorre y Antonio Alatorre, México: Fondo de Cultura Económica, col. Lengua y Estudios Literarios, 1955, pp. 139-142.

[8] Manuel Gutiérrez Nájera, Cuentos, crónicas y ensayos, selección y prólogo de Alfredo Maillefert, México: UNAM, col. Biblioteca del Estudiante Universitario, 3ª ed., 1992, p. 4.

[9] Manuel Gutiérrez Nájera, Obras, I. Crítica literaria. Ideas y temas literarios. Literatura mexicana, México: UNAM, col. Nueva Biblioteca Mexicana, ed. de Ernesto Mejía Sánchez et al., 1995, pp. 79-80.

[10] Manuel Gutiérrez Nájera, Obras, ed. de José Luis Martínez, México: Fondo de Cultura Económica, col. Letras Mexicanas, 2003, p. 221.

[11] Manuel Gutiérrez Nájera, ídem, p. 391.

[12] Amado Nervo, Juana de Asbaje, Madrid: Hijos de M. G. Hernández, 1910, p. 14.

 

 

 

Luis Vicente de Aguinaga es poeta, ensayista y traductor mexicano nacido en 1971. Es doctor en letras románicas por la Universidad Paul Valéry de Montpellier y profesor titular del Departamento de Letras de la Universidad de Guadalajara. Ha publicado once libros de investigación literaria, crítica y ensayo, entre los cuales figuran De la intimidad (2016) y La luz dentro del ojo (2018). Es, además, autor de trece poemarios, el más reciente de los cuales, Qué fue de mí, apareció en 2017.

Ángeles derrotados

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A  María C. Gastélum

 

Hay que escribir la historia

de los que caminan por el mundo

como ángeles derrotados

 

No tienen techo

andan descalzos

les gusta sentir el vértigo

de la Tierra

 

Es demasiado fácil saciarlos

usan como espejo

una fotografía de la infancia

por eso quizá

siempre llevan la misma ropa

 

Les basta alguna caricia

para orientarse en el tiempo

 

Viven para adentro

por eso quizá no conocen el futuro

 

No tienen otro empleo

que abrazar a los demás

 

En las ojeras llevan con dignidad

la marca registrada del anhelo

miran puentes

donde sólo hay tela de alambre

buscan una mano

donde sólo existe un puño cerrado

encuentran una sonrisa

donde el dolor fragmentó un rostro

andan por ahí

equivocándose todo el tiempo

 

A veces los hieren las lanzas de los demás

pero se levantan

siempre se levantan al día siguiente

andan por ahí

equivocándose todo el tiempo

 

Todo lo celebran

hasta su propio dolor

 

Hay que escribir la historia

de los que caminan por el mundo

como ángeles derrotados

no tienen fecha de caducidad

adivinaron el misterio de su alma

saben que fueron derrotados

por la inmensidad

el tiempo

y el azar

pero no se cansan de vivir

nunca se cansan de vivir

 

 

Poeta con título profesional

 

Pensé que hacer un poema

era fabricar alas para las mujeres bellas

y escribir versos

que sonaran bien en cualquier oído

 

Pensé que la poesía

era llenar una libreta con poemas de desamor

y declamar de memoria

grandes poemas

con un vaso de cerveza en la mano

repitiendo amargamente

lo injusto que puede ser el mundo con un poeta

 

Pensé que para hacer poesía

era necesario desangrarse

en una botella de alcohol

y mirar siempre hacia lo más elevado

olvidando los pantanos del mundo

 

No sabía que un poeta se gradúa

cuando le puede cantar con inmenso respeto

pero también con humor

a esa gran herida

que todos traemos desde niños

 

No sabía que las palabras luminosas

son sanadoras por naturaleza

y un poema escrito

con la mano en el cielo y en la tierra

al mismo tiempo

puede volver liviano cualquier dolor

 

No sabía que uno de verdad

comienza a escribir poesía

cuando se pueden tocar las cosas con el corazón

y se descubre la simpleza del mundo

 

No sabía que la poesía

es el oficio de dar un poco de oxígeno

a los desahuciados

a los que perdieron su paraíso

su pan

su caminar

 

No sabía que la dignidad de un poeta

consiste en darse cuenta

que las palabras bellas sobran

sino se puede hacer un manifiesto

contra la desesperanza

y las mentes perversas que dirigen el mundo

 

Uno ya es poeta

cuando puede encender los ojos

de hombres y mujeres

que se niegan a la subasta de almas

en las salas de tortura de los centros de trabajo

en los campos de exterminio sutil

en los manicomios

en las calles

 

 

No sabía que el título de poeta

se ganaba en la soledad y en la miseria

antes de llegar a la estrella más alta

 

No sabía que la calle

es la gran maestra del poeta

sólo desde la calle

uno aprende a convertir la rutina en sustancia poética

 

No sabía que un día

uno de estos días de primavera

uno se levanta convertido en poeta

y ya no quiere escribir más versos

sino llevar una vida sencilla

 

Una vida sencilla

 

 

Rondo Allegro del Concierto Emperador

 

Para sentir la poesía

es importante saber que uno tiene un poco de poesía

y mirarse todos los días en el espejo

a la hora del crepúsculo si es posible

y tratar de adivinar lo que existe más allá del cuerpo

comprobar que esos dos ojos que siempre han estado ahí

son dos estrellas del cielo

dos bolas de fuego incesante

y también

la firma de algún Dios desconocido y omnipresente

 

Para darse cuenta que uno tiene poesía

hay que bailar en medio de una plaza pública

pero no se trata de bailar cualquier cosa

es preciso el Rondo Allegro del Concierto Emperador

de Ludwig van Beethoven

sólo el Rondo Allegro

y si no se tiene a la mano

hay que esperar hasta el día siguiente

 

Para saber que uno tiene poesía

es necesario decirlo con voz muy sutil

como si uno estuviera allá arriba

en lo alto

cantando en medio de un coro de ángeles celestiales

aunque los demás afirmen que es una mentira

 

Para saber que uno todavía tiene poesía en las venas

hay que estar listo para enamorarse a cada momento

movimiento peristáltico intestinal

(mariposas en el estómago)

le llaman los científicos a este fenómeno

el cielo

le llaman los poetas

chocolate

le llaman los niños

 

Para comprender que uno tiene poesía

sólo se necesita saber

que uno está

ligeramente vivo

y nada más

 

 

 

Enrique Gastélum nació en la ciudad de México. Poeta, realizador en cine, narrador y guionista; ha trabajado como docente de guion en la Universidad de Palermo, en la Escuela de Cine de Eliseo Subiela y en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente es profesor de escritura creativa y guion, en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), Campus Cuernavaca.

Esta selección de poemas pertenece al libro El canto de los efímeros, publicado bajo el sello de Editorial Leviatán y presentado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en mayo de 2017.

Los moradores del mundo que propone el autor, los efímeros, son seres comunes que viven lo cotidiano como una escalera que los lleva a mirar algún brillo de la eternidad; ellos saben que la poesía se encuentra en los sucesos simples de la vida.

El poeta

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(Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2020)

 

1

 

Polvo
finísimo
que nadie ve.

Vidriosa soledad
que da al cuerpo
lo que no
sabe.

Alma que engendra otra alma.

Dice
mis ojos están rotos.

Clama en el vacío
por la luz
que un día fue paraíso.

Cuando deja de ver,
alumbra.

 

 

2

 

Leve avena, encarna la distancia, las metamorfosis, el límite.
No acepta que su visión se incline hacia lo grandioso,
como si el vacío
o la nada
guiaran su mano, el color de su tinta.
Su morada semeja las valvas de una ostra,
allí concentra lo disperso
hasta florecer
perla,
nácar que lo regresa siempre a casa.
Suya es la sombra,
una sombra intuitiva,
discontinua.
En el destello de la ola, su follaje derrama sobre la piedra.
Abraza la pasión, el peligro.
Está en la luz, filo de ceguera
que aserra el sueño,
mas su voz
persiste
blanca muselina
dentro, muy dentro
de la blancura.
Impensada nevazón, reclama la aridez del vocablo.
Silencio más bello que el silencio
la palabra
paraíso:
su dolor precipita en el poema.

 

 

3

 

La textura oculta de la ostra
es dicha
en su veladura.
Comienzo de un principio sin fin
la vida en la palabra
teje
su esperado nacimiento.
Eternidad pulverizada
el núcleo
de su ausencia.
El poeta
mira la estela
desleírse sobre el lago,
al ánsar suspenso en el vuelo.
Su visión es blanca
y late con el pulso del río.
Calla cuando el cielo cierra
sus portones.
Está en el lugar
de sí,
de su ilegitimidad:
la terrible asfixia de su voz
combate
dolidamente
las cenizas.

 

 

 

4

 

Muda cadencia, el poeta es relámpago sumido en la encrucijada.
Sol que despunta en la azucena, nunca burlado por el cristal.
Mancha de ocelote, se derrama sin traspasar su impronta.
Avanza protegido por su certera sombra. Raíz vertical,
su silencio aguarda como limo en el fondo del pozo.
Erosión y aurora, su grito estalla flor de abismo.

 

 

 

Jeannette L. Clariond. Poeta, ensayista y traductora, ha publicado entre otros, Mujer dando la espalda, Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde (1992); Desierta memoria, Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (1996); Todo antes de la noche, Premio de Poesía Gonzalo Rojas (2001); Por su traducción de Zodiaco negro de Charles Wright obtuvo la Beca Fundación Rockefeller-Conaculta (2004); por la Antología de poesía norteamericana: La escuela de Wallace Stevens, la Beca de Traductores Banff (2004), por sus traducciones de la poeta Alda Merini, el Premio de apoyo a la traducción del Instituto Italiano de Cultura (2008). Por su obra poética, y por su aportación a la traducción y a la cultura le fue concedido el Premio Juan de Mairena por la Universidad de Guadalajara (2014). Y en el mismo año la Universidad Autónoma de Nuevo León la distinguió con el Premio al Mérito Editorial, y publicó su último poemario, Astillada claridad. Ha traducido a W. S. Merwin, Anne Carson (Premio a la traducción por su trabajo en Decreación), Primo Levi, entre otros. En 2003 fundó la casa editorial Vaso Roto Ediciones, que desde entonces dirige. Algunos de sus libros y parte de su obra han sido traducidos al inglés, francés, portugués, rumano, griego, italiano, búlgaro, árabe.

Presentación Dossier

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Producción y reproducción de narcoficciones

 

 

Ainhoa Vásquez Mejías
UNAM
ainhoavasquez@filos.unam.mx

 

Hace aproximadamente siete años comenzamos con Danilo Santos e Ingrid Urgelles, apoyados por el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de Chile (FONDECYT), a estudiar e intentar trazar líneas acerca de este fenómeno llamado narcoliteratura. Por asuntos cronológicos, pensando a La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo como una de las primeras novelas, comenzamos por Colombia y la sicaresca antioqueña, como la denominara de manera pionera el académico Héctor Abad Faciolince. En busca de sistematizar un corpus de novelas del tipo conocimos el trabajo académico de Margarita Jácome, Alberto Fonseca, Óscar Osorio, Gabriela Polit, Luz Mary Giraldo y Miguel Cabañas que nos pareció sumamente iluminador para empezar a delinear nuestra propia investigación.

Pronto seguimos con México y comprendimos que esta sicaresca se transmutaba en narcoliteratura, un nuevo boom latinoamericano, tal como lo planteó desde los inicios la académica Diana Palaversich. Nosotros nos sumamos a esta idea, pero, además, agregamos (y apostamos) que estábamos ante un género literario con reglas narratológicas claras y que ya no sólo podíamos decir que ocurría en México y Colombia, sino que ya se había extendido a otras latitudes del continente e, incluso, fuera de él. Fue así que comenzamos extensas y productivas discusiones acerca de la validez del prefijo narco, la narcoliteratura, la existencia como género y sus múltiples alcances internacionales, económicos, sociales y políticos, con reconocidos investigadores como Ramón Gerónimo Olvera, Felipe Oliver, Sayak Valencia, Juan Carlos Ramírez-Pimienta, Cecilia López Badano, Héctor Domínguez Ruvalcaba, Vladimir Guerrero, Mónica Torres-Torija, entre muchas y muchos que se han ido sumando.

A tantos años de haber comenzado esta investigación, seguimos teniendo más dudas que certezas, aunque hemos intentado responder y trazar algunas líneas más concretas: la existencia de un corpus, la tipología narratológica del género y las extensiones a otras tierras, como hemos visto que ha ido ocurriendo y se ha ido incrementando en Chile, nuestro país de origen. Ver el desarrollo y auge de narcoficciones en países conosureños ha permitido reforzar nuestras primeras impresiones acerca de que este boom no sería pasajero y que iría permeando las producciones culturales también de otros países ajenos a la industria del narcotráfico y su violencia real. Chile, Argentina, Perú y Bolivia son algunos de estos países del sur que hoy no sólo tienen amplia narcoliteratura, sino series, películas y música con temática narco que, a la par de emular las narconovelas colombianas y mexicanas, adopta y transforma el género para abordar sus propios problemas nacionales.

Aunque con pocas certezas y un futuro incierto por la gran cantidad de narcoficciones que cada día proliferan, lo que sí estamos seguros es de haber encontrado, en este camino, a académicos comprometidos, rigurosos, inteligentes y solidarios con quienes siempre es maravilloso seguir conversando y debatiendo. Aunque muchas veces no estemos de acuerdo, el intercambio de opiniones nos enriquece y nos da energía para seguir investigando. Este dossier es resultado, justamente, de esa red internacional e interdisciplinaria que hemos creado en estos años y a la que cada vez se suman más en los congresos, coloquios, encuentros, clases o publicaciones que han resultado de este trabajo.

Este dossier consta de dos partes. La primera dedicada a la narcoliteratura busca desmontar prejuicios y demostrar que lo narco como género ya puede encontrarse también en otros lugares fuera de las fronteras originales de Colombia y México. Es por ello que se ordena de sur a norte. El primer artículo: “Nadie era libre ante los ojos de Dios”. Voces hegemónicas en dos novelas chilenas sobre delincuencia y narcotráfico” de Silvana D’Ottone Campana analiza dos narconovelas chilenas: Hijo de traficante de Carlos Leiva y Matadero Franklin de Simón Soto. En el segundo: “Necromercados en la narconovela argentina: Rojo sangre de Rafael Bielsa y Cruz de Nicolás Ferraro”, Alejandro Soifer nos presenta, asimismo, dos novelas argentinas que inauguran el género en Argentina. Llegando a Colombia y México, Ramón Gerónimo Olvera, en su texto: “El zoológico neoliberal en tres novelas con tema narco” nos remite a tres novelas que abordan el narcotráfico desde distintas perspectivas que conforman un problema que es, en esencia, producto del neoliberalismo: las víctimas infantiles que se convirtieron en adultos profundamente dañados en El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, el adicto en Cocaína, Manual de Usuario de Julián Herbert y el niño, hijo de un capo, en Fiesta en la madriguera de Juan Pablo Villalobos. Raquel Villalobos, por otra parte, nos muestra los guiños internacionales e intertextuales entre la narcoliteratura y obras de la literatura española universal en su texto: “La reescritura y construcción narratológica binaria y desacralizada en La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo”. Finalmente, Felipe Saavedra y Vladimir Guerrero refieren el dolor ante la violencia y la destrucción de los cuerpos y las vidas, producto del narcotráfico, en el artículo: “La patemización corporal del narcotráfico en Contrabando de Víctor Hugo Rascón Banda”

Así, esta primera parte está dedicada a una narcoliteratura que abarca varios países del continente latinoamericano y establece correspondencias también con Europa. En la segunda parte, que será publicada en el siguiente número de esta revista, abordaremos las transmisiones de este género a otras disciplinas como son el cine, las series de televisión, la música e, incluso, los reality show. Agradecemos profundamente a la revista Agradecidas Señas y a su director Antonio Moreno por acoger esta propuesta, a todos los amigos académicos colaboradores de este número y al Fondecyt 1190745 “Narcorrelatos chilenos a punta de balas y exceso: un código de lectura periférico para visibilizar la marginalidad socioliteraria en la nación triunfalista del siglo XXI”, que nos da el apoyo para seguir investigando y creando estas redes.

Las salchichas chamuscadas

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Un hombre cabizbajo estaba sentado en un banco de madera en un pasillo sin fin. La gente de distintos niveles sociales iba y venía sin aparentar algún propósito ni destinación. En sus apuros, giraban los hombros para esquivar a otros, se zambullían en las oficinas, salían con los ojos metidos en papeles repletos de membretes y sellos, subían y bajaban por una escalera sin mirarse a la cara, unos aparecían y otros desaparecían.

El taconeo de señores vestidas de negro atrajo la atención de una niña pegada a la falda de su madre. Algunos traían gorros cuadrados como si estuvieran invitados a una fiesta de disfraces. La cabecita rubia giraba de lado a lado con ojos fijos en aquellos payasos en desfile. Unos señores de rostros severos cuidaban a otros con brazaletes en ambas muñecas. En algunas puertas que daban al pasillo, se lucían figuras de unos señores altos con los mismos disfraces. Sus gorras, camisas y pantalones eran igualitos. Parecían gemelos peleados que ya no querían jugar unos con otros, sólo mantenían sus mentones levantados y las miradas en la pared.

Uno de los títeres, de cuerpo estirado, avanzaba por el pasillo casi sin tocar el suelo. Llevaba un portafolios de piel que probablemente era tan suave como los guantes de mamá. Se sentó al lado del señor agachado que ahora escondía con las manos su rostro sonrojado como si hubiera comido un chile picante sin sacarle las semillas. Este pobre señor gordo, perdón, mami dice que hay que utilizar términos de niñas educadas como regordete, escondía el sonrojo de sus mejillas porque probablemente tenía vergüenza de habérselo comido a escondidas, por el puro antojo apetitoso y ahora pagaba las cuentas por ser mal portado. Y, como dice mami, no hay deuda que no se pague cuando la providencia lo reclame. Qué bien que esté enchilado para que se acuerde del castigo la próxima vez que se le antoje algo prohibido.

Al ver al señor de negro sentado a su lado, el regordete se sacudió de miedo y se puso a hablar descosidamente. Se ve que de niño no hacía sus ejercicios en el cuaderno semanal de redacción como aquellos niños de extranjeros que vienen nada más para desperdiciar su tiempo, hacer miserables nuestras vidas y enojar a la maestra. Pero está bien, van a ver, la señorita maestra tiene una solución para ellos y muy eficaz. Sin que nadie lo notara, la niña amenazó al señor sonrojado con el canto de su manita.

Al escuchar sus primeras oraciones, el señor de negro sonrió e indicó al gordito con las manos que hablara más despacio. También le dijo en voz baja que estaba allí por recomendación de su representante legal, con un nombre incomprensible, para entender la verdadera… consistencia o contingencia, o algo así, pero que tenía que decirle lo que había pasado y que él lo pondría todo en el contexto legal de manera más idónea, o icónea. Nunca entendí por qué un señor tan elegante y tan alto se juntaba con un sinvergüenza que ni siquiera conocía. Además, estaba tan gordo que ni yo le hubiera ayudado, no señor, y sacó de nuevo el canto de su mano.

Luego, el gordo avergonzado empezó a hablar bien como si se hubiera acordado de sus lecciones de gramática y dijo que todas sus vidas habían trabajado en esta ciudad, que sus hijos se habían casado e ido y que su señora y él abrieron un restaurante en la esquina al lado de la estación del metro San Jorge o San Borge. Que luego, llegó la inflamación y que no podían pagar al banco las mensualidades. Que los hijos les enviaban dinero, pero que ni con eso pudieron salir de apuros. La colonia se volvió sucia, con muchos extranjeros en la calle y pocos clientes en el restaurante. Y los que entraban les pedían papas recientemente fritas y no recalentadas, introducían perros sarnosos y fumaban un tabaco apestoso. Entre una cosa y otra, el banco se preparaba para cerrar su negocio y mandarlo a la cárcel. Su señora cometió una locura y ahora está en el hospital.

–¿Y no pudo solicitar otro préstamo para finiquitar las necesidades económicas imperantes? –preguntó el señor de negro.

–Pero, ¿cómo pedir otro préstamo? –el gordito lanzó la mirada a la cara del señor–. No se imagina por lo que hemos pasado para que nos den el primero. Toda la vida hemos trabajado para esto –y mostró las palmas de sus manos, eran tan rojas e hinchadas como su cara–. Durante treinta años, mi esposa y yo habíamos trabajado de costureros, dormíamos sobre las máquinas durante las semanas de mucho trabajo, con las que dios nos ha bendecido, para salir adelante. Luego compramos mejores máquinas, también traje a un primo para que nos ayudara. Estudié su idioma entre prendas para hablar con los jefes y para que nos den un precio más justo por el trabajo. Pues, no pedía que me paguen igual que a los… de aquí, pero, bueno, que mi familia se quede con algo también. Luego compramos el restaurante, disque levantamos cabeza, y entonces ocurrió todo esto –y otra vez escondió la cara entre las manos.

–Y supongo que entonces, se le ocurrió a alguien prender fuego a su restaurante. ¿No es cierto? –comentó quedamente el señor de negro.

El avergonzado no se quitaba las manos de la cara.

–Vamos, no se desanime, sé que está pasando por un mal momento. La vida está llena de altibajos. Es la mera naturaleza de nuestra existencia y de nuestra condición supeditada por las complejas relaciones del quehacer social. Vine para ayudarle –y accidentalmente el portafolios se apoyó sobre el muslo del señor sonrojado que estaba doblado sobre sus rodillas.

De repente, el gordito se acordó de algo. Miró alarmado a la izquierda, a la derecha, como si buscará los retretes, sacó un sobre blanco del bolsillo interior de su chaqueta y lo deslizó rápidamente en el portafolios de piel.

El señor alto ni siquiera se dio cuenta de la carta olvidada que terminó en su portafolios.

–Aún no he revisado a consciencia las evidencias ni las declaraciones del policía y de los vecinos que atestiguaron haberlo visto sacar unos cinturones de salchichas de su restaurante en llamas. ¿Cómo se le ocurrió eso? –las comisuras de sus labios insinuaron una risa que no salió a la luz.

Tras un silencio, el señor de negro inhaló profundamente, como el maestro de matemáticas cuando nadie conoce la solución a la ecuación, y exhaló por la boca.

–Tenemos que partir de la premisa que se trata de declaraciones fidedignas porque en el momento en que el coche patrulla se paró al lado de su restaurante, usted salía de la fumarola con las manos llenas de salchichas chamuscadas y la cara ennegrecida de hollín. El policía que fue despachado al lugar del incendio puso en su reporte, que traigo aquí –y el señor dio una palmadita a su portafolios–, que tuvo que pensar dos veces al llenar el rubro sobre el color de piel del involucrado –y una risa saltó de su pecho.

–Mire licenciado, usted es una persona de mucha educación y todo, pero piense un poco en nuestras vidas. Llegamos aquí, por decirlo así, de niños. Dejamos a nuestros padres y casas, vivíamos a veces durante meses sin salir de nuestra calle. Recojo las telas, mi esposa compra la comida y a trabajar de día y de noche. Para nosotros no había más que hilo, máquina y prenda. Y luego este desastre, venían los compatriotas a consolarme cuando ocurrió lo de mi esposa. Me decían que podía salvar nuestra propiedad, que eso ayudaría a mi esposa a recuperarse, que estaba pagando seguro automático junto con la hipoteca.

–Mire, mire, no queremos explayarnos sobre lo que la gente dijo o supuso en circunstancias poco verificables. Aquí, nos basamos estrictamente en lo que el código romano ha definido hace miles de años –y barrió el techo con su mirada–. En otros términos, queremos apuntalar nuestras observaciones en los hechos indiscutiblemente relevantes, comprobables y acordes con el reporte oficialmente presentado por el agente de nuestra policía.

A unos pasos detrás del licenciado, el rostro de un guardia alternaba entre sonrisas y gestos desdeñosos. Mientras la suela de su zapato daba golpecitos contra el piso, miraba la pared que se encontraba enfrente de él y su oído sintonizaba en la conversación del banco. El oído le ofrecía el único solaz durante largas horas de pasividad. Una pasividad de apariencia anodina que, no obstante, con el paso de los años, engarrota la espalda, inflama los juanetes, aletarga la mente y, más que nada, amenaza con teñir el resto de su vida con la fría blancura de aquella pared. Incluso, la más mansa y obtusa mente –que haya llegado a gastar años mirando una pared– empieza a dudar de su existencia en esta inmovilidad.

–Bueno, –dijo el licenciado– ¿bajo qué circunstancias usted arriesgó su vida al entrar en una cocina en llamas para, por decirlo así, salvar algunas salchichas?

Silencio.

–¿Cuál fue el móvil y bajo qué circunstancias se aventuró en ese infierno de aceites hirviendo y llamas? ¿Entendió mi pregunta?

–Sí señor licenciado, –el regordete se lamió los labios como si se alistara a humedecer una estampilla para sellar su declaración– he pasado la vida cosiendo ropa que nunca me puse y cocinando la comida que nunca probé. Y a decirle verdad, ese aroma de la salchicha, sí, ese aroma que chisporroteaba dentro de nuestro restaurante me atrajo como un imán. No pude resistirlo, –y una lágrima rodó por su mejilla– corrí adentro y agarré unas, me quemaban las manos, pero las saqué. Corrí de nuevo adentro y cogí otras, llevaba unas húngaras cuando vi la luz del coche patrulla.

–Ah, –suspiró el licenciado– el aroma es nuestro pro delicto. En efecto, ¿cómo es que no había sospechado de aquel invisible maleante? El aroma, ¿ah? Claro, claro. El único problema, señor, es que no podemos enjuiciarlo. ¿Y sabe por qué? –Después de una pausa, resolvió el enigma de su propia creación.

–Porque, mi querido señor, la salchicha con todos sus aromas, independientemente de su procedencia y sabor que usted identificaría con refinada precisión ante el tribunal –y lo miró a los ojos– no tiene modo alguno de defenderse. Y en el marco jurídico de nuestro país, todo acusado tiene derecho y los medios indispensables para ejercerlo.

–No le entendí licenciado.

–¡Ah!, bueno, su incomprensión no se puede adjudicar al estado culposo, nuestro sistema jurídico resulta sumamente complejo para los extranjeros que provienen de ámbitos… de una cierta cultura jurídica drásticamente distinta, de una evolución social diferente, acaso más joven. Nuestra legislación surge de una compilación de costumbres, leyes y privilegios, moldeados a lo largo de los siglos, cuya confluencia garantiza la justica con base en la equidad solemne entre el acusado y el fiscal. Aquí se casan el pro y el contra en el mismo nivel de validez ante el auspicio de la ley propiamente representada.

–Por favor licenciado, yo no terminé ni la primaria en mi país.

–Bueno, traduciéndolo al lenguaje plebeyo, ¿por qué demonios te metiste en ese horno si tantas cosas estaban en juego y en fuego? Arriesgaste tu existencia y el futuro de tu familia, así como lo dijiste tú mismo. ¿Capisci?

El guardia que estaba detrás del banquillo estalló en risa y, al intentar detenerse, desató una tos. El licenciado se levantó en el acto y lazó una mirada al joven uniformado cuya boca se cerró, pero el revolcón del pecho siguió sacudiéndolo.

–Mire señor licenciado –dijo el gordo en voz baja cuando este retomó su asiento–, yo crecí en una familia de cuatro hijos y estábamos todos a cargo de nuestra madre que en paz descanse. Yo era el más grande y ayudaba a mi madre con todas las cosas, las de la casa y de la huerta. Cada sábado, ella traía del mercado una salchicha que marcaba con pequeñas cortaduras en siete partes iguales, una para cada día. Cada pedazo se cortaba, se dividía en cinco partes idénticas y se servían en la cena. Un invierno, yo estaba limpiando la cocina, a cada rato me volteaba a ver la salchicha, consumida a medias, colgando de una viga. Yo la miraba y ella me miraba a mí. Cuando mi madre me dijo que iba a pasar por la casa de la tía para ver si vendió la canasta de nueces que le dejamos y escuché la puerta cerrarse tras ella, sin saber qué hacía, agarré una silla, la alcancé y la devoré. Varias veces intenté pararme, me decía, sólo tantito, un mordisco, no se notará, un poquito más y se fue toda. No me dolieron las bofetadas, pero cuando ya no podía ver ni saber dónde estaba, por el zarandeo que me propiciaron sus manos, mi madre me abrazó y sentí el corazón que latía en su pecho huesudo. Me prometí que nunca más iba a permitir que el demonio se lleve una sola salchicha mía. Y cuando olí las salchichas en el restaurante y vi que el fuego consumía todo, no pude más que correr para salvarlas.

–En mis veintiséis años de servicios jurídicos, nunca había escuchado tal cosa, pero está muy bien. Debería repetirla ante el juez. Mis colegas anglosajones dirían good performance.

–Ahora, necesito que me digas con tus propias palabras, piénsalo bien –y miró derecho en los ojos del acusado–, ¿cuándo te percataste… cuándo te diste cuenta que tu restaurante estaba en llamas?

–Pero licenciado, ya sabe…

–No, –terció el licenciado– precisamente, yo no sé nada porque tu representante no me dijo nada. Tampoco he encontrado nada sobre la causa del incendio en el reporte. ¿Cuándo y cómo te diste cuenta, tú, del incendio?

Mientras la cabeza del gordo se volteaba de lado a lado buscando la respuesta correcta para la institución fundada en una tradición milenaria, en la puerta celada por el vigilante, se asomó la cabeza de una dama de cabellos plateados y cara arrugada. Inclinó la cabeza hacia abajo de tal suerte que su mirada pasó por encima de sus anteojos de lectura.

–¿Para quién trabaja usted señor fiscal? –resonó la voz de la dama en el pasillo.

En el instante, brincó la niña alejándose de la falda de su madre y llenó el pasillo de gritos.

–¡Para el señor salchicha! ¡Para salchicha! ¡Salchicha!

 

 

 

Pol Popovic Karic es profesor investigador en el Tecnológico de Monterrey. Publicó cuarenta artículos y cuatro libros académicos. Editó nueve antologías monográficas. Ha sido integrante de ocho comités editoriales. Organizó doce coloquios y nueve “Encuentros con autores”. Es miembro regular de la Academia Mexicana de Ciencias y miembro correspondiente de las academias de la lengua española de Venezuela, Estados Unidos y Paraguay. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores de México (nivel II).

Cuerpos

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Pascual Borzelli Iglesias nació en Panamá y se ha dedicado durante muchos años al fotoperiodismo en diferentes  periódicos, suplementos culturales, revistas impresas y digitales en México y Perú (Universidad Nacional Autónoma de MéxicoUniversidad Autónoma MetropolitanaVuela plumaLa Razón; Laberinto, etc.) Desde 1994 labora en los campos de investigación cultural y literaria; organización de ferias y exposiciones; producción editorial y fotográfica. Ha creado con sus dos hijos Miguel Borzelli Arenas y Margarita Borzelli González, un banco fotográfico de creadores y personajes del mundo cultural.

Ellas, en la idílica fotografía de Alexander Caballero Díaz

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Alexander Caballero Díaz es un fotógrafo del Perú que usa la cámara como medio de conocimiento y de integración.

Al juzgar las imágenes aquí presentes, en su posición de espectador, ojo detrás del lente de la cámara, conoce y fantasea en un mundo femenino que resulta ser sinónimo de lo bello. No es un ojo fetichista ni uno que interrumpa el espacio privado, sino un ojo que romantiza y ofrece un mundo de melancolía.

Caballero Díaz convierte al objeto y al sujeto fotografiado en algo bello. Reproduce lo que ve y lo que sueña, encarna el mundo al que pertenece, pero que no conoce en su totalidad sin el proceso fotográfico. El mundo de sus mujeres es el mundo de su memoria y de su identidad.

La fotografía como instrumento de conocimiento integra sensibilidades y universos íntimos. Revela idilios que, con el transcurrir del tiempo, consolidan una memoria que felizmente transgrede su reverso, que es el olvido.

 

 

 

 

 

 

 

 

Alexander Caballero Díaz is a Peruvian photographer that made use of the camara as an instrument of knowledge, understanding, and integrating.

In these ten photographs Alexander shows that positioning himself as a spectator, his eye in front of the camera learns and fantasies about a feminine world. It is a space where the feminine ideals are an expression of beauty. Alexander’s eye is not a fetish one, it is not an eye that interrupts a private space, but it is an eye that romanticizes and melancholies his world.

As creator with photography media, Alexander transforms the object and/or the photographic subject in something beautiful, in something more than a substance. He reproduces what he sees and dreams, as a photographer he incarnates his personal world but that he does not know in its totality without the process of photography. The world of his woman is the one of his memory

and his identity.

By this means, photography is aim by Alexander as an instrument of knowledge and understanding. The photographic camera is the master for the photographer itself, it is the result, the image itself, the memory, and the instrument to expose an idyllic space.

 

 

Indira Yadira Ariana García Varela (Chihuahua, 1982) is a doctoral student in the Department of Spanish and Portuguese at the University of Kansas and the Director and Curator of KantArt Photo Digital Gallery. Her research concentrates on the genealogy of the arts and interrelation of visual and literature images. In 2012, she received her B.A. in Art History, Philosophy and Museum Studies from Arizona State University. Aside of her literary studies, her interest includes photography, curatorial studies, and critical theory. She is currently affiliated with and teaching in the Universidade de Santiago de Compostela. She has served as editor of Contrapuntos V, and editor of photography of Contrapuntos VI-VII-VIII.