ISSN 2692-3912

Un chico de mi edad

Únicamente los niños saben lo que buscan.
El Principito

 

Estaba en la terraza jugando a que mi casa era un barco. A lo lejos, los monoblocks de la General Paz por un lado y los de la Riccheri por otro eran la flota enemiga. Ordené disparar el cañón principal —el tanque de agua—, cuando de pronto una sombra cruzó la tarde. Levanté la cabeza. El sol era eclipsado por una figura que, difusa al principio, fue cobrando forma a medida que el viento la corrió del centro de la luz. Alguien caía lentamente hacia el barrio, colgando de un paracaídas. Pasó por encima de las terrazas y los galpones de Monti y luego descendió en alguna de las canchas de la Sociedad de Fomento, a una cuadra de casa. Me refregué los ojos y miré alrededor. Era la hora de la siesta y por eso las calles estaban vacías, así que yo, aparentemente, había sido el único testigo. Bajé la escalera y salí de mi casa a toda velocidad. Corrí por la calle Giribone y después crucé San Pedrito. Junto al arco que daba a la Estación de Gas, un chico de mi edad —nueve, diez años— arrastraba varias bolsas de arpillera que se había atado con unas cuerdas.

 

Me detuve a unos metros. Vi que trataba de desatarse los nudos, pero no podía. Al verme, me hizo señas para que me acercara.

—Buenas tardes, señor, ¿sería usted tan amable de ayudarme?

¿Señor? Me reí solo.  Pero él me miraba fijo, esperando que lo ayudara, así que no dije nada y puse manos a la obra. De a poco, fui desenredando el embrollo hasta que finalmente pudo liberarse.

—Muchas gracias —me dio la mano bien fuerte, como si fuera una persona grande—, tome esta moneda, por sus servicios.

Era una chapita plateada que no tenía dibujos ni nada escrito. Me sentí confundido.

—Cuídela —me aconsejó después—, es de otro país, pero vale más de diez millones de pesos.

Me la guardé en el bolsillo.

—¿Qué lugar es este? —preguntó, mientras miraba el campito.

—Villa Celina.

—Ahá —sacó un cuaderno Gloria y una birome Bic—, lo anotaré en mi bitácora.

La tarde era calurosa y todo el lugar estaba prácticamente en silencio. Ni siquiera se escuchaba el canto de los pájaros. Pensé que capaz dormían la siesta.

—¿Cómo se llama usted? —Me miró de arriba abajo.

—Juan Diego.

—¿Nada más?

—No entiendo.

—¿Por qué tiene sólo dos nombres?

—¿Es poco? Tengo dos nombres y un apellido.

—¡Es muy poco! Tiene que conseguirse más nombres.

—¿Para qué? ¿Y cómo se hace?

—Vea —me explicó—, yo soy joven, pero ya tengo cinco nombres —sacó un peine del bolsillo y empezó a peinarse, dándose importancia—. Mi abuelo —siguió—, que ya es viejo, tiene más de cincuenta nombres. Si uno quiere ser respetado en esta vida, hay que tener muchos nombres.

—No sabía. ¿Y cómo se consiguen?

—Bueno, no sé cómo es acá, pero en mi país a los chicos se los dan en la escuela y a los grandes en el trabajo. Hasta ahora me llamo Antonio María Juan Bautista Rogelio. Para servirle.

Volvió a darme la mano. Yo no sabía qué pensar.

—¿Cuál es ese país? —Pregunté.

—Mi país natal, Francia.

—Ah, pero eso queda muy lejos.

—¿Qué dice señor? ¿No sabe que Francia queda acá al lado, cruzando la General Paz? Mire —me señaló hacia los monoblocks—, ya puede verse París.

—Disculpe, pero está equivocado —ahí me di cuenta de que yo también empezaba a tratarlo de usted—. Allá queda Lugano. Lo sé porque siempre la acompaño a mi mamá a hacer las compras en Chilavert.

—Ah, pero usted se ha vuelto loco, no sé de qué me habla. Con su permiso —dijo ofendido, y empezó a alejarse, arrastrando las bolsas de arpillera hacia la profundidad del campito, donde los pastos altos se movían con el viento como si fueran algas en el fondo del mar.

—¡Chau! —le grité.

—¡Chau Juan Diego! —Escuché que contestó—. ¡No olvide conseguirse más nombres!

De a poco, el horizonte lo fue cubriendo y su figura desapareció de mi vista.

Miré el cielo. Las nubes parecían animales salvajes.

Miré el suelo. Los pastos parecían pelos de animales salvajes dormidos.

 

 

Juan Diego Incardona nació en Buenos Aires en 1971. Dirigió la revista El interpretador. Publicó Objetos maravillosos (2007), Villa Celina (2008), El campito (2009), Rock barrial (2010), Amor bajo cero (2013), Melancolía I (2015), Las estrellas federales (2016) y cuentos en distintas antologías, diarios y revistas. Actualmente, dicta talleres literarios, coordina un ciclo de cine en el ECuNHi (Espacio Cultural Nuestros Hijos) y realiza actividades en escuelas y bibliotecas populares, en representación de la conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).

Otros artículos de esta categoría

Artículo anteriorPosdesorden
Artículo siguienteClima
 
Permian
Copenhagen
wayne
uacj
uach
italia
metropolitan
Noruegas
Unam
 

Otras Colaboraciones

Bolero

  Amor, dolor y bolero – una educación sentimental y continental La canción La rosa roja (Oscar Hernández, 1926), parece resumir lo esencial del género musical...

Vivir entre racionalidad e inconsciente: Poeta en Nueva York

Introducción Los siglos XVIII y XIX fueron caracterizados, en general, por cambios estructurales, sociales y demográficos causados sobre todo por la industrialización y las...

Mapas

I Comencemos por el principio: La Tierra  no es La Tierra. El mapa no es el territorio. El territorio no es el mapa. Un mapa es una imagen. Un mapa...

Ángeles derrotados

  A  María C. Gastélum   Hay que escribir la historia de los que caminan por el mundo como ángeles derrotados   No tienen techo andan descalzos les gusta sentir el vértigo de la...

The Letter Writer

  Merci and her box made their way beyond a Sunday pasture. The little chest tucked nicely against a sundrenched dress with pockets for her...

Devastación del hotel Packard

  Las coordenadas marcan un punto sobre un mapamundi arrugado, hay que insistir, dice el que siempre recuerda, hay que golpear el picaporte, pasar el umbral de la ciudad...