ISSN 2692-3912

El ruiseñor de Alfeo

 

En la página 526 de su edición de la Obra poética (verso y prosa) de Ramón López Velarde, Alfonso García Morales observa que un endecasílabo relativamente misterioso del autor de Zozobra,

                                                      y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo,

es juzgado por José Luis Martínez apenas “una broma o un disparate de López Velarde”. Martínez, en efecto, en las notas de la segunda edición de las Obras del jerezano —no aún en las notas de la primera edición—, descarta que ningún ruiseñor aparezca en el mito griego de Alfeo y añade que la expresión el ruiseñor de Alfeo “no parece, tampoco, el nombre literario de un poeta o un cantante”.[1] Hoy se podría pensar que, si acaso fue una broma, su gracia ya resulta indescifrable. Más difícil aún sería demostrar que fuera un disparate.

            Martínez resume con claridad el mito de Alfeo, cazador oceánida: prendado de Aretusa, una ninfa o náyade que no se interesa por él, Alfeo la persigue hasta que Diana lo transforma en río, mientras que la náyade queda convertida en fuente. Martínez, aunque no lo declara, toma sin duda el mito del quinto libro de las Metamorfosis de Ovidio. García Morales, por su parte, ofrece dos interesantes explicaciones que dejan de lado las referencias mitológicas:

Creo que en principio puede descartarse toda relación con el río mitológico Alfeo, no así con el nombre de un poeta. De hecho es probable que estemos ante una errata de imprenta o un error del propio López Velarde, y que el nombre “Alfeo” se confunda con el del famoso lírico griego “Alceo” de Mitilene, contemporáneo de Safo. En este caso “ruiseñor” habría que tomarlo en sentido general, como metáfora de “poesía”, equivalente de “lira”. No me atrevo, sin embargo, a corregirlo, pues López Velarde puede estar refiriéndose a otro poeta, mucho menos conocido, Alfeo de Mitilene, del que se conserva un epigrama en la Antología palatina (IX, 95) referido a la muerte de un pájaro cantor, cuyo sentido, aunque lejano, puede convenir al de los versos.[2]

Aíslo, para destacarlas, cuatro de las palabras que Martínez y García Morales emplean para sugerir que López Velarde pudo no haber dicho lo que intentaba decir, o incluso que pudo haber estado jugando irresponsablemente al escribir la tercera estrofa de “Idolatría”, trigésimo poema de Zozobra: “disparate”, “broma”, “error”, “errata”. Probablemente no estemos ante ninguna de las cuatro cosas, diría yo; pero todo a su tiempo. Los versos en cuestión son éstos:

Idolatría
de la expansiva y rútila garganta,
esponjado liceo
en que una curva eterna se suplanta
y en que se instruye el ruiseñor de Alfeo.[3]

Todavía en la órbita de López Velarde, por cierto, el “ruiseñor de Alfeo” aparecerá de nuevo en el soneto, de título “Colofón”, que Rafael López escribió como epílogo para El minutero (libro cuya primera edición, como se sabe, fue publicada en 1923, en el segundo aniversario de la muerte de López Velarde):

Minutos donde el ruiseñor de Alfeo
de la flor del silencio viola el broche…[4]

Aunque la estrofa de López Velarde contenga varios enigmas, la hipérbole final es bastante clara: la voz de las mujeres es tan agradable y encantadora que incluso el ruiseñor de Alfeo aprende a mejorar su canto escuchándola. Ello, desde luego, no aclara de qué ruiseñor ni de qué Alfeo se trate. Para esclarecerlo, como ya se ha visto, García Morales presenta dos hipótesis, de las cuales la segunda parece la más firme: un poeta llamado Alfeo habría escrito un epigrama en torno al tópico de la muerte de un ave canora. López Velarde tal vez haya pensado en ese Alfeo.

            Pero la hipótesis pierde fuerza cuando, al verificar la reputada traducción que Guillermo Galán Vioque hizo de los epigramas helenísticos, el ave resulta ser, más que canora, de corral. Podría decirse, con cierta laxitud, que algunas aves de corral son también canoras, como el gallo; pero en este caso se trata de una hembra que protege a sus crías, al grado de morir por ellas, no habiendo en el poema la menor alusión al canto. El texto figura entre los “Epigramas de atribución dudosa”, de modo que ni siquiera es del todo seguro que un tal Alfeo de Mitilene, si de verdad existió, lo haya escrito. Aparece con el título de “Una madre ejemplar”:

Un ave de corral a la que estaban cubriendo invernales nieves
envolvió con sus alas a modo de nido a sus polluelos
hasta que murió de frío, pues ella se quedó a la intemperie
desafiando a las nubes del cielo:
Proene y Medea, avergonzaos como madres en el Hades,
aprendiendo la lección que os dan las aves.[5]

Si bien López Velarde hace de la garganta femenina un “liceo” donde “se instruye” nada menos que un ruiseñor, y al parecer un ruiseñor por antonomasia, la “lección” que da el ave del epigrama helénico es moral, no artística. El ave de corral del epigrama, si algo enseña, son las virtudes del amor materno, no las musicales. En otras palabras, no queda otro remedio que desestimar la hipótesis de que Alfeo, el poeta epigramático, sea el Alfeo del ruiseñor.

            Me parece importante añadir a las conjeturas de Martínez y García Morales dos comentarios que podrían leerse, si se quisiera, como dos nuevas hipótesis. En primer lugar, creo que no necesariamente debe descartarse que nuestro Alfeo sea el Alfeo mitológico. Uno de los Estudios poéticos (1878) de Marcelino Menéndez Pelayo es la traducción del idilio de Mosco a la muerte de Bión hecha por el erudito santanderino en 1876. En el idilio aparecen los ruiseñores que, al borde de la fuente de Aretusa, le comunican a la ninfa la muerte del poeta pastoril Bión. Alfeo no es mencionado en el poema, pero la fuente de Aretusa está unida por implicación, como ya se ha visto, con el río Alfeo:

Ruiseñores que en densas enramadas
También os lamentáis en voz confusa,
Anunciad a las aguas veneradas

 

De la sícula fuente de Aretusa,
Que el boyero Bión ha fenecido
Y con él la dulzura y doria Musa.[6]

Es perfectamente posible que López Velarde haya leído los Estudios poéticos de Menéndez Pelayo. En el poema de Mosco, las versiones convencionales del mito de Alfeo se mezlcan con otro relato, el la muerte de Bión, tema relacionado a su vez con otro, el de la muerte de Adonis, que alimenta de manera muy señalada la tradición de la elegía, vinculándola, como explica Curtius, con la exaltación pagana de la naturaleza, más bien propia de la poesía bucólica.[7] El tópico de la muerte de Bión, tratado por Mosco, es una derivación del tópico de la muerte de Adonis, tratado en su momento por el propio Bión.

            Admito que todo lo anterior peca de cierta vaguedad. Quiero creer que mi segundo comentario será menos difuso y, sobre todo, menos injusto con López Velarde. Me remitiré, para ello, a dos autores mexicanos bien conocidos y admirados por el poeta zacatecano: Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo.

            En efecto, por lo menos en cuatro textos de Gutiérrez Nájera y uno de Nervo es mencionado un monje de nombre Alfeo. Citaré brevemente pasajes de todos ellos. En un famoso cuento del Duque Job, “Rip-Rip”, se lee:

Si no fuera pecaminosa la suposición, diría yo que Rip-Rip ha de haber sido hijo del monje Alfeo. Este monje era alemán, cachazudo, flemático y hasta presumo que algo sordo; pasó cien años, sin sentirlos, oyendo el canto de un pájaro.[8]

Luego, en una crónica publicada en El Partido Liberal el 21 de junio de 1885 y recuperada en el primer volumen de sus Obras con el título de “Las historias de durmientes”, Gutiérrez Nájera informa que la leyenda de aquel monje alemán fue puesta en verso por José María Roa Bárcena:

En Alemania y Dinamarca es muy sabida la leyenda del “Ave del Paraíso”, que Schubert trae en su precioso libro Lo antiguo y lo moderno, y que nuestro inspirado poeta don José María Roa Bárcena puso en sonoros versos castellanos.[9]

Roa Bárcena, efectivamente, publicó las primeras dos partes de su poema “El canto del ave del Paraíso” en La Cruz (“Periódico exclusivamente religioso, establecido ex profeso para difundir las doctrinas ortodoxas, y vindicarlas de los errores dominantes”) el 10 de enero de 1856. Roa Bárcena también apuntó a pie de página: “Lo sustancial de esta leyenda, originaria de Suecia, ha sido dado a conocer en Francia por Schubert en su obra intitulada, Lo antiguo y lo moderno”. El nombre completo de aquel Schubert era Gotthilf Heinrich von Schubert, y el título de su libro en alemán es Altes und Neues aus dem Gebiet der innren Seelenkunde (“Lo antiguo y lo moderno en el campo de la psicología interior”), publicado en cinco volúmenes entre 1817 y 1844. El poema completo es parte de Leyendas mexicanas, cuentos y baladas del norte de Europa y algunos otros ensayos poéticos, de 1862.

            Es llamativo, por lo menos, que José Luis Martínez, editor de una importante antología de Gutiérrez Nájera (publicada, es verdad, en 2003, varios años después de que aparecieran las ediciones de 1971, 1990 y 1998 de López Velarde) y conocedor tanto de sus crónicas y narraciones como de sus poemas, haya pasado por alto la presencia de Alfeo en la obra del Duque Job. Sin ir más lejos, en esa misma selección de textos de Gutiérrez Nájera elaborada por Martínez figuran dos que incluyen menciones al monje Alfeo. Primero, en una crónica de 1883 cuyo tema son las narraciones tradicionales mexicanas, Gutiérrez Nájera dice lo siguiente refiriéndose al escritor José de Jesús Cuevas: “Cuevas se ha detenido, como muchos, a escuchar las canciones de esa ave que escuchó ensimismado el monje Alfeo”.[10] Después, en su famoso ensayo sobre Shakespeare, Gutiérrez Nájera dice del bardo inglés: “A ocasiones, es el canto de un ruiseñor extraordinario, y lo oímos extasiados como el monje Alfeo al ave del paraíso”.[11]

            Dejo para el final el texto de Nervo por ser, valga la redundancia, concluyente. Apenas al comienzo de su Juana de Asbaje, libro publicado en 1910, Nervo escribó:

Un recogimiento misterioso parecía apoderarse de todas las cosas, y el sabor de mi contemplación era tan hondo y suave que cuando silbó la locomotora anunciándonos que íbamos a reanudar el roto camino, parecióme que, como el monje Alfeo que oyó cantar al ruiseñor celeste, mi espíritu volvía de un éxtasis de siglos, a las vanas fatigas de la vida.[12]

El ruiseñor y Alfeo aparecen, pues, reunidos en al menos un texto de Gutiérrez Nájera y otro de Nervo pocos años antes de la publicación de Zozobra. Se habrá observado que Gutiérrez Nájera no siempre aclara que aquel ave paradisiaca fuera un ruiseñor, e incluso en una ocasión sugiere que Alfeo, más que oír su canto, lo ignoraba. Conmueve pensar que cuando Gutiérrez Nájera se refiere a Shakespeare y cuando Nervo se refiere a Sor Juana el monje inequívocamente oye al ruiseñor.

            Es comprensible que Martínez y García Morales conjeturen —y, casi diría yo, presientan— que Alfeo es un poeta. En la obra de López Velarde, las “aves que cantan nuestro mismo idioma” ocupan un lugar de privilegio. Los “canarios vocingleros”, la saltapared “matemática” y, por supuesto, el “zenzontle impávido” simbolizan, con su canto, el oficio mismo del poeta, su fragilidad y hasta su aislamiento. Es en esta idea órfica de la poesía donde adquiere pleno sentido el ruiseñor, pupilo y divulgador de la belleza.

            En síntesis, no hay tal broma ni hay tal disparate. Tampoco hay tal error o errata tipográfica, como no sea por obra de la insinuación, muy discutible, de que López Velarde habría sido una especie de “ingenio lego”, hipótesis que ya no goza de ninguna credibilidad. Al parecer tampoco hay tales poetas o ríos griegos. Alfeo, el monje absorto de la leyenda, se limitó a escuchar al ruiseñor durante cien años.

 

[1] José Luis Martínez, en Ramón López Velarde, Obras, México: Fondo de Cultura Económica, col. Biblioteca Americana, 2ª ed., 1990, p. 878.

[2] Alfonso García Morales, en Ramón López Velarde, Obra poética (verso y prosa), México: UNAM, col. Poemas y Ensayos, 2016, p. 526.

[3] Ramón López Velarde, Obras, op. cit., pp. 214-215.

[4] Rafael López, La Venus de la Alameda. Antología, ed. de Serge I. Zaïtzeff, México: Secretaría de Educación Pública, col. Sep Setentas, 1973, p. 50.

[5] Guillermo Galán Vioque (ed.), Antología palatina, II. La guirnalda de Filipo, Madrid: Gredos, col. Biblioteca Clásica Gredos, 2004, p. 480.

[6] Una transcripción fiel de los Estudios poéticos de Menéndez Pelayo se puede consultar en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes con esta dirección: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/estudios-poeticos–0/html/.

[7] Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, trad. de Margit Frenk Alatorre y Antonio Alatorre, México: Fondo de Cultura Económica, col. Lengua y Estudios Literarios, 1955, pp. 139-142.

[8] Manuel Gutiérrez Nájera, Cuentos, crónicas y ensayos, selección y prólogo de Alfredo Maillefert, México: UNAM, col. Biblioteca del Estudiante Universitario, 3ª ed., 1992, p. 4.

[9] Manuel Gutiérrez Nájera, Obras, I. Crítica literaria. Ideas y temas literarios. Literatura mexicana, México: UNAM, col. Nueva Biblioteca Mexicana, ed. de Ernesto Mejía Sánchez et al., 1995, pp. 79-80.

[10] Manuel Gutiérrez Nájera, Obras, ed. de José Luis Martínez, México: Fondo de Cultura Económica, col. Letras Mexicanas, 2003, p. 221.

[11] Manuel Gutiérrez Nájera, ídem, p. 391.

[12] Amado Nervo, Juana de Asbaje, Madrid: Hijos de M. G. Hernández, 1910, p. 14.

 

 

 

Luis Vicente de Aguinaga es poeta, ensayista y traductor mexicano nacido en 1971. Es doctor en letras románicas por la Universidad Paul Valéry de Montpellier y profesor titular del Departamento de Letras de la Universidad de Guadalajara. Ha publicado once libros de investigación literaria, crítica y ensayo, entre los cuales figuran De la intimidad (2016) y La luz dentro del ojo (2018). Es, además, autor de trece poemarios, el más reciente de los cuales, Qué fue de mí, apareció en 2017.

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