ISSN 2692-3912

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El dinoparque sueco

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El dinoparque sueco

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Corren rumores sobre los hombres-pez – bebés pez, para ser más precisos. El esperma de un hombre habría encontrado, de manera asombrosa, el camino hasta el desove de un hembra pez. Se dice que un grupo de hombres sin hijos ahora cuida de esas criaturas.

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El trabajo de recordar incluye a todos. Se reúnen en la Torre Óptica de la isla Refshaleøen, uno de los últimos edificios que aún se alzan sobre la superficie del agua. Como una versión danesa del monstruo del Lago Ness, la torre, bañándose, contempla su capital desaparecida: un grupo disperso de picos de edificios altos, donde una vez estuvo la antigua ciudad costera.

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La cámara más alta y todavía seca de la torre está ocupada por una mujer maníaca y su hija rubia, de cabello extremadamente enmarañado y ojos azul violeta. La chica está cansada de su madre, pero es indulgente; no tiene otra opción que estar con ella. Hubiera preferido estar en otro sitio con su padre y su hermana, pero no fue así. Nadie sabe dónde está su hermano mayor. Se dice que la abuela materna de la chica está a salvo con su tío, lo que la madre considera una gracia del cielo.

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La madre nunca se había sentido realmente a gusto en el mundo, hasta que llegó el agua; así que para ella toda la situación era ahora una liberación de todas las elecciones y obligaciones terrenales — y no menos importante, del confuso fenómeno de la amistad. Sin embargo, justo cuando ella creía estar a salvo en la torre, apareció el indio y reclamó su derecho a su amistad. Mojado, jadeante y goteando, había puesto las palmas de las manos sobre la mesa y separó los dedos en dos abanicos.

—Si una persona tiene nueve cosas buenas y un solo punto negro, o uno malo… —levantó el dedo “malo” de la mesa y lo agitó en el aire—, ¿la desecharías por completo?

Él esperaba una respuesta, pero la madre se quedó en blanco. No quería comprometerse ni ser citada una y otra vez más tarde por una declaración desafortunada o impulsiva, así que, en su lugar, dijo:

—Solo deseo cumplir con mi trabajo.

Porque eso, al menos, ella sabía con certeza que era verdad.

—¿Qué trabajo? ¿Crees que vas a empezar una carrera a los 48 años?

Primero ella guardó silencio. No quería cometer hybris. Pero, aun así, dijo:

—De todos modos, es lo único que puedo hacer ahora, y eso es lo que mejor sé hacer: imaginar cosas…

—¿De qué hablas? ¡No haces nada! Estás encerrada en tu propia ilusión del mundo. No como yo — estoy con mis amigos todos los días, todo el tiempo. No como tú. ¡Yo sin mis amigos no soy nada!

—Exactamente — soy una mujer. Solo tengo alianzas, no amistades. Sabes… estoy sentada junto al fuego, amamantando a mi hijo, mientras miro fijamente las llamas, al lado de otra mujer que espera, mi rival que como yo está sola en su monólogo de eternidad. Mientras los hombres — es decir, los amigos — en plena comunidad y diálogo están cazando el jabalí, la carne para el grupo que espera, hambriento, cultivador de la tierra y ansioso, formado por mujeres…

—¡Es mi teoría, la conozco bien —interrumpió él—, no expliques más!

—…pero la biblioteca, es un trabajo enorme.

Nunca le había hablado al indio de La Biblioteca Viva; hoy, supuse, ya era hora.

—¡Paranoia! Eso es lo único que temo por ti, que caigas en la paranoia; pero fuera de eso, no me preocupo por ti, ¡ni un carajo! —dijo mientras apoyaba el pie en el alféizar de la ventana y desaparecía en el mar con un buen chapuzón.

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La madre miró largo rato la cabeza calva y el torso que nadaba en estilo libre. Al final, solo quedaba un pequeño punto luminoso, que desapareció en el horizonte en dirección al aeropuerto. No está nada mal para un hombre de 75 años; eso tenía que reconocérselo. Una persona insoportable. ¿Era él su amigo? La verdad, no lo sabía. Tal vez él fuera fantástico, y ella simplemente carente de talento para la amistad: un ser completamente ingrato, oportunista y destructora de la belleza compartida. Había olvidado preguntarle dónde vivía o con quién vivía. Podría ser que viviera en un avión flotando con un par de sus paranoicas exesposas y todos sus hijos — organizado en una comunidad acuática con otras aeronaves, llena de amigos leales y devotos sobre el tambaleante espejo del mar. Sola aquí en la torre, no existían las definiciones del indio sobre ella. Esto fue un alivio para la madre, pero no para la hija: aquí era la única niña. Esa idea le dio una punzada en el corazón a la madre. La hija echaba de menos alguien con quien jugar, y no era como su madre, que insistía en que la torre era suya y que la había visto primero.

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Respecto a La Biblioteca Viva, uno mismo elegía su obra. La obra podía ser una novela, una colección de poemas, una canción o quizás una pieza musical, si uno tenía talento para eso. Lo más importante era hacerse completamente responsable de la obra, mantenerla viva en la memoria y, si se sentía que uno estaba cerca de morir, la obra debía ser pasada a un nuevo responsable.

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Por supuesto, aún debían tomarse medidas especiales tanto para los viejos como para las criaturas más jóvenes. Se decía que los pequeños niños pez podían sonreír, reír, llorar y gritar; solo las palabras y la cola de pez los diferenciaban de los niños de antaño, en tiempos en que las grandes masas de agua aún no se habían hecho dueñas de todo. Al parecer, ahora los niños pez eran capturados y recogidos por hombres sin hijos, quienes también formaban parte del proyecto común e interior: La Biblioteca Viva.

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La Biblioteca Viva será nuestro timón y ancla en medio de las corrientes de agua. El almacenamiento interno de historias en el archivo común y flotante será nuestra fuerza y motor para seguir construyendo, día tras día, nuevas formas de vida, como seres terrestres en un mundo marítimo. Muchas veces estaremos solos y fríos; y entonces nuestra existencia cobrará sentido a través de la obra que llevamos en la memoria, para preservarla y compartirla.

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La pequeña chica, rubia, con el pelo tremendamente enmarañado, había escuchado a su madre decir aquello al menos mil veces. No a ella, sino a otras personas empapadas y tiritando, que se habían abierto paso trabajosamente por una de las ventanas superiores de la torre después de un largo viaje. Ese tipo de huéspedes solía quedarse solo un día antes de nadar de vuelta al lugar que llamaban su hogar. Antes de eso, habían recitado toda su obra —o partes de ella— en voz alta para la madre, y por lo tanto también para la hija, aunque ella no estaba obligada a escucharla.

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La torre era el corazón mismo de la biblioteca flotante, y de vez en cuando todas las historias debían pasar por ahí para oxigenarse, explicaba la madre, que se consideraba a sí misma la directora de La Biblioteca Viva. Un visitante podía contar su propia historia de vida, la cual la madre recordaba hasta que una nueva persona, goteando y temblando sobre el suelo de la torre, ofrecía guardarla junto a su obra elegida. Después de eso, se liberaba espacio en el cerebro de la madre, pues la historia de vida encontraba un nuevo cuerpo donde quedarse. Pero la hija apostaría a que la madre no olvidaba la historia — solo lo decía. La madre decía tantas cosas, y prácticamente no hacía otra cosa que hablar. Era la hija quien pescaba, freía y salaba los peces. Un día encontró unas algas realmente deliciosas que ahora colgaban a secar por todas partes, en cuerdas tendidas entre las vigas del techo de la torre.

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La niña pez fue quien le ayudó a la hija a encontrar las algas, o más bien, las hierbas marinas. Un huésped inusual había llegado a la torre ese mismo día: uno de los hombres sin hijos. Había traído a la niña pez en una red, ondeando detrás de él en el agua. Ella era sumamente vivaz; chapoteaba y chillaba de alegría en la tina llena de agua donde la habían colocado frente a la estufa de leña. Era la primera vez en su vida que veía el fuego, y mientras su guardián recitaba su obra, era tarea de la hija impedir que la niña pez se lanzara a las llamas por puro entusiasmo. Sus ojos brillaban y se dejaba besar y abrazar voluntariamente por la hija. La hija nunca consiguió el perro que tanto quería, pero esto era aún mejor que un perro.

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Fue la madre quien le preguntó al hombre sin hijos si la hija y la niña pez podrían jugar afuera un rato. La hija apretó la mano de la niña pez y se dejó guiarla. La red que la rodeaba no parecía limitarla; La pequeña cola de pez se movía con agilidad y rapidez, como una anguila en el agua, y las llevaba hacia adelante por el espacio abierto, sobre la explanada cubierta de carretillas elevadoras volcadas. Los rayos del sol atravesaban el agua y dejaban que los bancos de peces proyectaran sombras ondulantes sobre el cemento del fondo. Después de que la hija tomara una gran bocanada de aire, la niña pez la arrastró por el borde del muelle, donde el fondo del canal se veía oscuro y turbio. Bicicletas, barcos y coches decoraban el fondo y parpadeaban a lo lejos debajo ellas. A la hija le dio un escalofrío, y sintió alivio cuando se acercaban al extremo opuesto de la entrada del puerto. Ahora nadaban a lo largo de un sendero y sobre una superficie inclinada cubierta de piedras, donde al final había un grupo de peces un poco más grandes que los demás. Bastante peces grandes, en realidad. ¿Eran pequeños tiburones? La hija se retiró hacia atrás con inseguridad, lo que sólo hizo que la cola de la niña pez batiera con aún mayor frecuencia, ansiosa por acercarse a ese grupo de seres que danzaban en los rayos del sol alrededor de un centro desconocido, al que se turnaban para engancharse o simplemente rozar brevemente para luego continuar sus movimientos circulares en todas direcciones alrededor y cruzándose elegantemente sin una sola colisión. Entonces la hija vio un pequeño brazo y una mano blanca alrededor de un cuello verde en el centro del grupo, y por puro susto soltó a la niña pez, quien enseguida como una flecha se lanzó hacia la esfera viviente y luego, como una pequeña ameba envuelta en la membrana de la red, abrazó y besó a la sirena verde, completamente inmóvil. La hija dejó que la niña pez se sentara un rato con su madre, a quien parecía compartir con muchos niños peces — quizá incluso sus propios hermanos. No se sabía bien. Pero todos amaban la estatua, eso era seguro y cierto.

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Era una niña pequeña dormida la que llevaba en la red de camino a la torre. La hija se quedaba en la superficie y evitaba mirar hacia el inquietante fondo marino, hasta que llegó jadeando a la plaza y a la nave del astillero sobre la cual se había construido la torre. En ese momento oyó la cola de la niña pez chapotear detrás de ella y sintió los pequeños y fuertes brazos alrededor de su cuello. Un brazo pasó cerca de su oído y mejilla, y una mano mojada, al encontrar un agujero en la red, señalaba hacia una grieta en la pared de la nave de astillero.

¿Cuántas veces no había pensado la hija en buscar justo allí para explorar ese espacio que llenaba sus noches de sueños extraños y de sonidos que subían entre gorgoteos y suspiros por las aberturas de los instrumentos ópticos, desde la cámara de la torre hasta la nave inundada de abajo?

Pero nunca rompió la regla de su madre y también le daba miedo entrar en pánico, quedarse atrapada en algún lugar y no poder salir nunca más. La hija negó con la cabeza, tomó la mano pequeña y con decisión le señaló con el dedo la ventana más alta de la torre, por donde la niña pez había llegado ese mismo día, unas horas antes. La mano se soltó y la niña pez se deslizó delante de la hija, mientras flotaban, quedando cara a cara. La niña extendió las manos muy separadas como si tuviera algo invisible entre ellas, para luego ponerlo en la boca y masticarlo y sorberlo como un espagueti muy largo. Finalmente eructó, se acarició la barriga y soltó una sonrisa satisfecha. Luego, se lanzó al agua como una flecha. La hija apenas vio un poco de pelo flotando mientras el último pedazo de la red desaparecía en la grieta del edificio. Se molestó consigo misma, era responsable de la niña pez. Por otro lado, no había duda de que la pequeña podría lograrlo — si su red no se atascaba en algo. Solo quedaba esperar; no podía volver a la torre sin la niña pez.

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Después de un rato, la hija empezó a tener frío. Había bajado un par de veces a mirar dentro de la grieta, pero solo vio oscuridad, cortada por unos pocos rayos finos de luz que entraban por rendijas en los muros del astillero, como estrellas fugaces en la noche. Además, se oían algunos ruidos sordos y rozantes, quizás desde el fondo. ¿Qué estaría tramando la pequeña criatura? Con la idea de comunicarse con la niña desde arriba, la hija trepó por la ventana de la torre. Se oyó un ronquido cerca de la estufa. El hombre sin hijos estaba tumbado de espaldas sobre una piel blanca, con una manta encima, con las piernas desnudas y los pies sobresaliendo. Parecía que se le había caído de la mano una botella de vino tinto; la botella vacía estaba a unos metros. La madre estaba al otro lado de la habitación, sentada en un sillón viejo. Tenía los pies apoyados en el marco de la ventana, estaba vestida y miraba hacia el dinoparque sueco, donde los gigantes bañistas sacaban la cabeza del mar en forma de los edificios más altos de la costa saludando amablemente.

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La hija sabía que su madre permanecería distante e inmóvil durante un buen rato, congelada en su mirada a lo lejos. Sin embargo, un sonido agudo o estridente podría romper su trance; por eso la hija se tensó al máximo para, en absoluto silencio, quitar la tapa metálica bajo la lente del instrumento óptico. Cuando por fin apartó la tapa, tuvo una vista clara de la misma oscuridad húmeda y salpicada de estrellas que acababa de observar por la rendija del muro. Cogió una linterna y movió el haz de luz en círculos sobre la superficie del agua, esperando así poder hacer contacto con la niña en algún lugar allá abajo en la oscuridad.

A los diez minutos, la hija echó una mirada nerviosa hacia el fondo de la sala, pero por suerte la punta del pelo erizado de su madre, visible por encima del respaldo del sillón, indicaba que seguía mirando fijamente al horizonte lejano. A pesar de los movimientos de la luz, no hubo reacción desde el fondo, ni señal de vida — ojalá no le hubiera pasado algo a la niña pez. Al pensar en ello, la hija sintió de inmediato un pinchazo en el corazón, mezclado con el miedo a la ira de los adultos. Cerró los ojos para exorcizar aquel pensamiento, pero cuando algo le pinchó la nariz, apartó rápidamente el objeto — y vio la pequeña mano blanca y cerrada que triunfante emergía del líquido negro. Entre los dedos, asomaban largas y delgadas cañas rojas y verdes. Todo se parecía más que nada al hocico de una rata albina de pantano. La hija le arrancó de inmediato los bigotes y los arrojó al suelo de la torre, y pronto se oyó su grito de entusiasmo, cuando el rostro de la niña pez apareció como una luna brillante en la noche húmeda allá abajo. La niña se rió y se pasó la lengua por los labios. Quizás había roído un agujero en la red, pues había desaparecido — igual que ella misma, y no como la madre, que ahora se había despertado. Con pasos inseguros, se acercó a su hija.

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—¿Pero qué haces? —La madre recogió una planta mojada del suelo y la examinó detenidamente. —¿Popotes?

—Sí, claro, pero creo que también se pueden comer. ¡Ven, ayúdame! —La hija se inclinó hacia el pequeño puño, que otra vez le pasaba plantas, y la madre dio un grito fuerte y se echó atrás. El ronquido junto a la estufa se interrumpió, pero tras un par de gruñidos inquietos, la actividad volvió a su ritmo.

—¿Qué diablos estás haciendo ahí abajo? ¡No deberías estar ahí, ya te lo he dicho!

—Yo ni estoy ahí, pero la neta está cañón controlar a esa sirena. —¡Toma! —

La hija le pasó otro manojo de cañas de espagueti, que la madre intentó organizar lo mejor que pudo, pero se le resbalaban en las manos y no querían quedarse en la pila de cuatro metros que su longitud exigía.

—¿Quizás podríamos colgarlos para que se sequen? ¿Qué tal esa cuerda que encontré el otro día? —sugirió la hija, mientras seguía recibiendo las plantas, que ahora le entregaba constantemente la pequeña mano. El montón pegajoso en el suelo de la torre crecía cada vez más, mientras la madre hacía ruido con la escalera y la cuerda bajo el techo. Al poco tiempo, la sala alargada parecía la preparación de una de aquellas fiestas techno que, hace veinticinco años, hacían saltar y vibrar la torre óptica en la noche. Las hierbas marinas colgaban de todas las cuerdas entre las vigas del techo y brillaban húmedos con los últimos rayos del sol, que pasaban a través de la planta semitransparente y daban un brillo rojo y verde a todo.

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La oscuridad se acercaba, y ya era tarde para que los visitantes de la torre volvieran nadando a casa. La hija estaba emocionada por hacer una fiesta de pijamas con el pequeño ser. Juntos pusieron la tina de la niña pez cerca de la estufa y prepararon un lugar con pieles y mantas para la hija junto a la invitada mojada. La madre y el hombre sin hijos se fueron al fondo de la torre y pusieron una silla cerca del sillón de la madre para mirar juntos hacia Suecia y ver unos pocos puntos de vida en la noche. Ahora había que recitar y repasar una vez más la obra interior.

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La hija posó su mano sobre el borde de la tina, donde tenía la mano de la niña en la suya. Tras una recolección intensa de material vegetal en la nave del astillero debajo de ella, la niña estaba exhausta y pronto cayó en un sueño profundo. La hija, en cambio, permaneció despierta la mitad de la noche; fascinada, observaba el rostro con los ojos cerrados bajo el agua, rodeado de cabellos flotantes. Todavía tenía hierbas alrededor de la boca. Su colita de pez ya no se movía, solo la nariz se asomaba sobre el agua, como una foca con dos ojos negros; varias veces la hija estuvo a punto de agarrarla — era monísima — pero siempre se detenía. La niña pez roncaba ligeramente, y burbujas subían haciendo clics alrededor de la foca cada vez que exhalaba. Al fondo de la torre se oían los murmullos de los adultos, especialmente la voz más profunda del hombre sin hijos, interrumpida de vez en cuando por las risitas y carcajadas de la madre.

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Por la mañana, la hija encontró a su madre sola frente a la vista del parque de dinosaurios sueco. Con el pelo revuelto, la madre dijo que el hombre sin hijos había salido en una misión larga y que, por un par de botellas de vino, le había dejado a ella el cuidado de la niña pez; pero solo por nueve días. Después, volvería para recogerla. La madre le dijo a su hija que le ayudara con la niña pez durante los próximos días, pero eso no hacía falta — la hija estaba muy contenta con la nueva compañía en la torre. De hecho, estaba feliz, y durante los nueve días siguientes solo se separaban cuando dejaba que la niña entrara en algunas de las naves del astillero de la península, donde recolectaba puñados de hierbas marinas. La hija colgaba todo en las cuerdas de la torre para que se secara y estuviera listo para comer; ya no era solo comida de la niña pez — la madre y la hija también disfrutaban las cañas secas de espagueti y en la torre se oía sin pausa el crujido de uno o varios juegos de dientes masticándolas.

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Algo debía haber cambiado en el mundo; había pasado más de una semana desde que alguien mojado entró por la ventana, y la madre empezó a temer por la supervivencia de La biblioteca Viva. También se extrañaba la comida que traían los visitantes, y pronto los tres habitantes de la torre vivían solo de hierbas marinas, agua de lluvia y pescado. Sin embargo, la alegría de la hija por su nueva amiga fue una luz para la madre, aunque eso solo aumentó su melancolía al verla triste el noveno día. Pero al caer el sol, el hombre sin hijos aún no había llegado. Pero eso no parecía preocupar a la niña pez, y las dos durmieron tranquilamente, mano con mano, toda la noche a la luz titilante del hogar. Solo la madre estaba despierta y velaba por las pequeñas, mientras le daba vueltas en la cabeza a algo que había visto durante el día: una grieta entre el suelo y la pared junto a la ventana que daba al país vecino desaparecido. Quizás la grieta siempre había estado ahí, ella no lo sabía, pero la humedad en ella la preocupaba.

Al primer rayo de sol, y mientras el burbujeante ronquido de la tina todavía se oía, la madre se deslizó hasta el otro extremo de la torre y vio que la humedad se había extendido desde la grieta hacia el suelo. Ya no se trataba solo de humedad, sino también de burbujas microscópicas de agua que se empujaban unas a otras sobre la fina línea de la grieta. La madre no le dijo nada de esto a la hija, solo dejó que las dos amigas jugaran, buscaran comida, masticaran algas e hicieran lo que quisieran, mientras ella, inquieta, pasaba el día moviendo trozos de madera, apilándolos en estructuras complicadas y llenas de aire para que se secaran más rápido.

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Tampoco al día siguiente vieron al hombre sin hijos. En cambio, la grieta entre el suelo y la pared había empezado a abrirse por un extremo, y el agua corriente entraba en silencio sobre el suelo. Y así pasaron muchos días, sin rastro del hombre y con más agua. Fue la hija misma quien pronto descubrió la grieta, pero también los pequeños picos de algas rojas y verdes que salían de ella, que ya era tan ancha como una mano. Por fin logró llegar ella sola a las hierbas marinas, sin que la niña pez la asistiera. La hija tiró dentro de la torre todo lo que pudo. Era como su padre, pensó la madre: orientada a soluciones y distante emocionalmente. Fue un milagro que la pequeña niña pez hubiera podido abrirle el corazón. Ahora la hija empezó a hacer nudos en el extremo de todas las cañas de las hierbas marinas. Estas eran largas, por lo menos cinco metros. Quizás eran otra especie mutada. Luego arrastró el montón aplastado hasta el otro extremo de la torre, hacia la niña en la tina junto a la estufa, donde se divertían soplando aire en las cañas, que se expandían en circunferencia y quedaban del grosor de un salchichón. Cuando hicieron un nudo en el extremo de la larga salchicha, la madre pensó que ya solo faltaba un payaso para hacer figuras con globos. Llevaba días sin esperar al hombre sin hijos, y un payaso podía ser igual de bueno. Tal vez mejor.

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No estuvieron más en la parte de la torre que daba al dinoparque sueco. La grieta se había extendido a las paredes cercanas, de modo que el suelo se había soltado y ahora colgaba como una rampa inclinada, envuelta en las aguas profundas debajo. Al mismo tiempo, se había hecho más espacio para las hierbas marinas, que se estiraban con ansias hacia la luz que entraba a la torre. Los tres instrumentos ópticos, instalados en la parte hundida del suelo, se veían espectaculares, emergiendo de la laguna reluciente del bosque en sus posiciones inclinadas. Parecían barcos negros de metal, tal vez barcos de guerra, y una mañana el barco más exterior había desaparecido. Después escucharon un sonido sordo y pesado desde abajo y sintieron una vibración en la torre. El instrumento debía haber encontrado su lugar en el fondo de la nave del astillero.

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Así como las hierbas marinas habían abierto paso a la luz del sol, también había más espacio para la niña pez que encontró su propio oasis en la rampa inclinada, donde todo el día chapoteaba y jugaba feliz, mientras lanzaba hierbas a la hija en la parte seca del suelo. La madre había prohibido a la hija entrar en la zona húmeda, así que la hija dependía otra vez de la ayuda de la niña. Pero como las dos aparentemente tenían un objetivo común e interno, no hubo ningún drama por la restricción de la madre. Lo que más temía la madre era perder a su hija en las profundidades; que cayera por el tobogán mojado y baboso del suelo, se golpeara la cabeza y desapareciera inconsciente en la oscuridad húmeda. Además, había un peligro real de que el peso de la hija forzara el suelo a inclinarse más,
haciendo que la grieta entre el piso y la pared se aproximara cada vez más al rincón de la torre donde se encontraban la estufa de leña y los lugares para dormir. Se encontraban dentro de una lata de sardinas boca abajo, cuya tapa se abría un poco más cada día.

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A pesar de la gravedad de la situación, la madre estaba sola con su miedo. Las dos pequeñas parecían guiadas por un instinto propio, como dos de mil crías de tortuga marina que, sin vacilar y con determinación, corren por la arena y se lanzan a las olas del mar. Ahora, la parte trasera de la torre estaba llena de largas e inchadas cañas de hierbas marinas, desde el suelo hasta el techo. Delante de la pila, la hija estaba sentada como una sastra india, en posición de loto, combinando globo tras globo con hilo, cuerda, tela rasgada, alambre u otro material flexible en un ingenioso sistema. La madre había sido nombrada maestra del agua con la responsabilidad de mantener todas las salchichas marinas constantemente húmedas. No debían secarse bajo ninguna circunstancia, explicó la hija, y la madre pasó los días siguientes regando sin descanso.

Al quinto día, la hija ató el último nudo y la pila de salchichas marinas se había convertido en dos largas barcas. Parecían canoas para dos personas cada una, y eso era lo importante, pensaba la madre, pero todavía no sabía qué había pensado realmente su hija.

—Nos comemos una de las barcas, si es necesario. O simplemente como reserva, si la otra se rompe —explicó la hija.

—Tiene sentido, pero ¿cómo avanzamos o dirigimos? ¿Con cucharas o con nuestras manitas? —preguntó la madre con un escalofrío.

La hija asintió en dirección a la niña pez, que estaba echando agua sobre la estufa de leña crepitante; ésta respondió con un bufido y una breve nube fogosa, que hizo caer a la pequeña de espaldas al agua, riéndose, con la cola de pez en alto, apuntando al cielo. La grieta entre el suelo y la pared de la torre había llegado hasta la estufa, y la rampa viscosa del suelo que bajaba al abismo ahora comenzaba donde estaban sus antiguos lugares para dormir. Las pieles y mantas flotaban como anémonas en la piscina de hierba marina, y los dos últimos instrumentos ópticos se habían hundido desde hacía tiempo hasta el fondo de la nave del astillero junto al primero. El mundo submarino de la niña pez por fin se había fundido con el de los humanos, y ella saludaba con entusiasmo a sus amigas, que estaban apretadas contra la pared, sobre el último trozo de suelo seco y horizontal. La hija le devolvió el saludo a su mejor amiga mientras le contestaba a su madre.

—Tenemos un motorcito por aquí.
—¿Y hasta dónde crees que ese motorcito podría llevarnos? —La madre puso cara de escepticismo.

— Solo hasta un lugar donde podamos conseguir ayuda. Necesitaremos remos — y ojalá también una vela —, quizá en Suecia…

—¡¿Suecia?! ¿Estás loca? ¡Yo no voy a Suecia, ni loca!

—Hay dos barcas, mamá. Puedes hacer lo que quieras.
—Sí, pero tú no puedes —¡y deja de amenazarme! —. La madre respiró hondo, tratando de mantener la calma, y continuó con un tono más suave.

—Escucha, cariño, no tenemos ni idea de qué nos espera en Suecia. ¿De verdad existe? Parece todo tan vacío allá… Además, tengo todos mis contactos en el archivo de la biblioteca aquí en Dinamarca; este trabajo debe continuar, si no, estaremos realmente perdidas.

A lo que la hija, como un pequeño monstruo lógico, respondió:

—Compara la cantidad de luces por la noche en Dinamarca con la de Suecia —¿Digamos dos contra sesenta? —. Todo indica que tus amigos del archivo danés están muertos. ¡Lo siento, mamá! —Tú misma has dicho que guardar historias dentro de uno nos da fuerza y sentido cuando estamos solos y con frío. Te lo he oído decir mil veces, sobre todo a hombres, porque tal vez en el fondo, estás esperando a un hombre —algún hombre imaginario que nunca va a llegar. ¡Entiéndelo ya, mamá! Estás sola y con frío. Nunca vino realmente nadie — y mucho menos alguien que se quedara —, y probablemente no venga nadie por un buen tiempo. Demuestra tu propia filosofía; difunde tu biblioteca viva en Suecia, ¡o quizá en Noruega!

La madre se quedó callada y la hija hizo una pausa. El mapa de Europa en su cabeza todavía tenía huecos, así que preguntó:

—Por cierto, ¿Hay montañas en Suecia?

—Sí, en Suecia hay montañas, y en Noruega también—muchísimas.

—Perfecto, porque tenemos que subir, como a algo alto, para salir del agua.

—Muy bien, pues parece que ya tenemos un plan, ¿no? —¿Le informas a tu amiga? — preguntó la madre y saludó con la mano a la niña pez salpicando en el agua.

—No hace falta —respondió la hija—, ella ya lo sabe.

 


Me llamo Trine Kestner. Nací y crecí en Dinamarca. He producido y vendido cerámica en el pasado. Además, he trabajado con jóvenes con adicciones y como asistente pedagógica con niños. Actualmente, soy estudiante de Lengua y Cultura Españolas y Latinoamericanas en la Universidad de Copenhague. También escribo cuentos para una revista femenina.

Amistades filosóficas inauditas anteriores a la guerra civil española

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Amistades filosóficas inauditas anteriores a la guerra civil española

Margarita Ibáñez Tarín

Universidad de Valencia

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Amistades filosóficas, aparentemente inauditas, como las que mantuvieron José Gaos con el presbítero Manuel Mindán y Miguel de Unamuno con el sacerdote Moisés Sánchez Barrado solo se pueden explicar si atendemos a su origen. El resistente vínculo que los unía se gestó en los años anteriores a la guerra civil, en una época de pluralismo religioso y tolerancia ideológica en España, cuando todavía era posible el diálogo entre las distintas tendencias de pensamiento.

Un sacerdote sospechoso de modernismo y un filósofo inconformista

Moisés Sánchez Barrado inspiró a Unamuno el personaje del sacerdote que carece de fe, pero aun así persiste en su labor pastoral en San Manuel Bueno Mártir. Se trataba un cura, íntimo amigo del filósofo, cuyo nombre ocultó por respeto y con el que mantuvo una larga amistad desde principios del siglo XX hasta su muerte en 1936. Gracias al análisis llevado a cabo por el investigador Laureano Robles del epistolario que mantuvieron conocemos la personalidad real de este hombre, que vivió una tragedia, atormentado por la duda, y que finalmente decidió no romper con la Iglesia y nunca se secularizó. Era doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, profesor de religión, moral y francés en varios colegios privados católicos. Enseñó también hebreo en el seminario de Calatrava y dirigió la revista religiosa La semana católica de Salamanca en la primera década del siglo XX.[1]

En varias cartas que dirigió Unamuno a sus amigos les habló de este sacerdote católico. El 18 de abril de 1904 escribió a su amigo y paisano, Pedro Jiménez Ilundain, refiriéndose a él de manera velada:

Me acusan de haber pervertido incluso a curas. Empezó por uno que vino a mi casa a verme, cuando se hallaba en las garras de Nietzsche, nietzschenizado por completo. Le metí a leer a Sabatier, Hatch, etc. (él sabe francés, alemán e inglés, que los ha aprendido solo y los traduce bien) y en estudios religiosos. Ofrece un caso típico y trágico de lucha entre su corazón y su cabeza, un ejemplar de cura sin fe. Y empezando por él he venido a dar en director espiritual de algunos curas jóvenes que sienten que se les va la fe católica.[2]

Ese mismo año en una carta a Luis de Zulueta le hablaba del mismo sacerdote: “Un cura íntimo amigo mío, un pobre cura que está pasando una gran tormenta interior, perdida toda fe en el dogma católico”. Pero ni a Ilundain ni a Zulueta les reveló el nombre del sacerdote. Sólo se atrevió a comunicárselo en 1911 al escritor uruguayo Juan Zorrilla de San Martín con la intención de que le buscara una diócesis americana donde poder ejercer el sacerdocio, ya que lo acusaban de “modernismo” en Salamanca:

Hay aquí un sacerdote, redactor en jefe hasta hace pocos días de La Semana Católica e íntimo amigo mío que no puede ya vivir aquí. Quiere irse a América. ¿Habría sitio para él? Traduce de corrido francés, inglés y alemán y ha explicado aquí en griego en un colegio eclesiástico. […] un alma tormentosa y trágica, a la que un tiempo sobrecogió Nietzsche. Ha librado terribles combates íntimos por salvar su fe. […] le han denunciado al obispo como sospechoso de modernismo. Las terribles verdades que ha dicho desde La Semana Católica a este clero de tresillo y merienda le ha creado una difícil situación. Y además le envidian —la envidia es el pecado eclesiástico— por su inteligencia y su saber. Aquí tiene el retrato de D. Moisés Sánchez Barrado, sin ocultarle nada.[3]

Cuatro años más tarde, Moisés Sánchez Barrado continuaba sufriendo las murmuraciones de los curas de tresillo y merienda y Unamuno decidió escribir a Hipólito González Rebollar, notario de La Laguna (Tenerife), para que lo recomendara al director del instituto de la ciudad, como catedrático de latín para el curso 1915-1916. Esta vez tuvo más suerte y fue contratado, pero no estuvo mucho tiempo en Canarias y en el curso 1916-1917 ya se encontraba dando clases en el Instituto de Segovia, donde coincidió un tiempo con el poeta Antonio Machado, que era catedrático de francés.

Moisés Sánchez Barrado sufrió crisis religiosas desde su juventud y acudió a tres conocidos escépticos: Pedro Dorado Montero, Miguel de Unamuno y Francisco Giner de los Ríos. Mantuvo correspondencia con ellos, pero finalmente nunca se secularizó, ni abandonó la vida clerical. Eso sí, optó por llevar una vida sui generis: la de eclesiástico no sometido a la obediencia jerárquica.[4] Lo que conllevó tener que buscarse la independencia económica, como también hizo el sacerdote Manuel Mindán Manero, en la Enseñanza Media Oficial.

Un presbítero Ancien Régime y un filósofo ecléctico

Manuel Mindán consiguió ser profesor encargado de Filosofía en el Instituto Luis Vives de Valencia en 1933 gracias a las influencias y consejos de su amigo José Gaos, que estuvo siempre muy pendiente de sus estudios e incluso lo matriculó en la Universidad. También le facilitó los temarios de las oposiciones y habló con García Morente y con Ortega y Gasset para recomendarlo para posibles trabajos.

Estas amistades entre personas, que aparentemente se encuentran en órbitas alejadas, nos muestran que, independientemente de la polarización social que se vivía en los años anteriores a la guerra en España, podía existir una fuerte implicación entre individuos de diferente signo ideológico. Basta esta cita para entender la distancia que existía a este nivel entre José Gaos y Manuel Mindán, un sacerdote de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP) y de Acción Popular, que se dedicó a formar a las Juventudes de Acción Popular (JAP) en los años previos a la contienda. El filósofo contestando al cónsul de Puerto Rico se definía en estos términos:

El cónsul de España en Puerto Rico: “Hay una España eterna que nos une a todos los españoles”

Yo: Sí por esa España eterna entiende usted la católica, yo soy irreligioso; la monárquica, yo soy republicano, la dictatorial, yo soy liberal, la imperial, yo pienso que España es el último país hispanoamericano que queda por independizar de esa España católica, monárquica, dictatorial e imperial.[5]

Las conexiones contrarrevolucionarias de Manuel Mindán Manero anteriores a la guerra civil son muy importantes para entender su trayectoria en los años siguientes, pero al mismo tiempo nos producen perplejidad cuando observamos que coinciden en el tiempo con la época en que la amistad con su maestro y amigo José Gaos estaba en su punto álgido. La relación entre Manuel Mindán y José Gaos se fraguó en torno a 1930-1932, los años en que el sacerdote fue alumno del filósofo en la Universidad de Zaragoza. La gente se asombraba en ese tiempo de la amistad existente entre un socialista —José Gaos era militante del PSOE y se presentó en Zaragoza a las elecciones de 1931, pero no obtuvo acta de diputado— y un cura muy próximo a las posiciones de Ángel Herrera Oria y José María Gil Robles. Sin embargo, la correspondencia que mantuvieron nos muestra un alto grado de camaradería entre ellos hasta que, en 1938, José Gaos se trasladó a México.

En los años iniciales de la II República no había indicios claros de que pudiera estallar la guerra y si se produjo fue por el fracaso del golpe de Estado del 18 de julio de 1936.[6] En cualquier caso, ya existía una progresiva hiperpolarización en el ambiente y una verdadera guerra cultural, que había tenido su punto de arranque en las medidas legislativas de secularización y separación Iglesia-Estado impulsadas durante el bienio reformista al inicio de la II República, en 1931. La situación avanzaba progresivamente a peor en esos años, pero todavía no estaba muy definida o, al menos, no era visible en determinados ámbitos, como la Universidad. Tal como ocurría en toda Europa, también en España los partidarios de las nuevas tendencias del nacionalismo antiliberal reaccionario y del fascismo se estaban abriendo paso y frente a ellos había un sector importante, al que pertenecían José Gaos, sus numerosos hermanos y sus amigos, que simpatizaban o se reconocían en los valores ideológicos de las distintas opciones de la izquierda. En esos años ni la derecha ni la izquierda constituían bloques ideológicos homogéneos. Entre los izquierdistas, los había desde los más escépticos a los más entusiasmados con lo ocurrido en la reciente Revolución rusa, y la “alianza natural de la derecha, abarcaba desde los conservadores tradicionales hasta el sector más extremo de la patología fascista, pasando por los reaccionarios de viejo cuño”.[7] Por su parte, el sacerdote Manuel Mindán, que pertenecía a Acción Popular, se adscribía a los sectores de la derecha católica más extremista.

Esas amistades filosóficas entre personas pertenecientes a mundos aparentemente opuestos o muy distanciados no eran tan raras en la época anterior a la guerra. Respondían al ambiente de pluralidad religiosa y de tolerancia que se vivía en la II República, tal como nos lo describe el profesor Álvaro Ledesma de la Fuente en su artículo sobre el encuentro entre Mindán y Unamuno,[8] del que hablaremos después, y, en cierto modo, nos recuerda a la ya mencionada amistad que mantuvieron Miguel de Unamuno y el sacerdote Moisés Sánchez Barrado.

  Gracias al padre Manuel Mindán conocemos con detalle cómo se desarrollaban las clases de José Gaos en la Universidad de Zaragoza a las que él asistía. Nos cuenta que el primer día, desbordado por la presencia de más de cien alumnos que se habían matriculado de su asignatura los invitó a organizarse en dos grupos: los que solo querían aprobar y los verdaderamente interesados. De estos últimos quedaron unos 35 y les pidió que se distribuyeran ideológicamente en los escaños del aula magna, de manera que en la primera fila se sentaron los tres clérigos que había, en la segunda los de la derecha moderada, en la fila del medio se sentaron las cuatro chicas que había y dos o tres muchachos que se consideraban de centro, en la cuarta los de izquierda moderada y en la última los que tendían hacia el anarquismo, comunismo u otras tendencias. Al principio el padre Mindán pensó que esta organización respondía a una estratagema sectaria, pero pronto comprobó que lejos de ser así las clases de José Gaos se caracterizaban por la neutralidad y la imparcialidad más absoluta. A partir de ese primer día se decidió que los lunes Gaos daría una conferencia de carácter general sobre la Historia de la Filosofía dirigida a la totalidad del alumnado y el resto de la semana, incluidos los sábados, los dedicaría a trabajar a fondo con los 35 que se habían manifestado más interesados.[9]

Sus clases traspasaban las paredes del aula y, con frecuencia, tenían continuidad en las chocolaterías del barrio del Coso en Zaragoza o en las alamedas de las orillas del Ebro cuando hacía buen tiempo. José Gaos disfrutaba mucho con el oficio de docente. Según decía:

La profesión pedagógica puede ser una de las que, por poner esencialmente efusión, comunicatividad efectiva e intelectual, más puede servir para olvidarse de sí mismo y sentirse mejor. De mí he de confesar que quizá la única situación de la vida en que estoy prácticamente siempre de buen humor es la clase. Ya puedo tener preocupaciones, padecer duelos y quebrantos —no físicos, porque en materia de éstos no aguanto nada—a veces yendo a dar clase, he ido repitiéndome que no me hallaba en estado de ánimo para darla; que mejor no la daba, regresaba, avisaba… Entrar en la clase, empezarla, y no acordarme ni de lo que venía repitiéndome, ni de qué lo motivara, todo uno.[10]

Con su alumno, el padre Mindán Manero, continúo teniendo amistad y manteniendo correspondencia hasta la guerra. José Gaos apreciaba mucho el hecho de haber encontrado a alguien con quien poder hablar de filosofía en esa ciudad de provincias.[11] Él le ilustraba sobre filosofía contemporánea y Mindán le hablaba de filosofía escolástica,[12] pero resultaba una relación extraña para sus contemporáneos. A los correligionarios socialistas de José Gaos les sorprendía que paseara habitualmente con un cura por las orillas del Ebro y los clérigos, conocidos de Mindán, tampoco entendían la relación de un sacerdote de Acción Popular con un socialista. Los dos contestaban lo mismo: las razones de su amistad no eran de signo político, sino filosófico y científico.

Aunque Mindán afirmase que “la mejor exposición que había oído o leído nunca de las pruebas de Santo Tomás sobre la existencia de Dios se la había oído a Gaos”,[13] el filósofo en materia religiosa mantuvo siempre su agnosticismo: «En religión, soy, del lado de la fe, agnóstico; del lado del culto, irreligioso. A pesar de todas las diferencias entre los hombres vivos y su cultura y los animales, el parecido entre hombres y animales muertos ha acabado por convencerme de la inexistencia de la inmortalidad del alma».[14] Son numerosas las sentencias que nos dejó referentes a sus posiciones religiosas:

La religión da una idea del mundo y de la vida, impone una conducta, fabula ideales. La idea del mundo que da es mítica, de la fantasía animada por la emotividad, no oriunda de la experiencia y la razón: debe reemplazarse por la oriunda de éstas, que es la de la ciencia. […] es decir, que de la religión subsista lo que de su idea del mundo y de la vida, conducta e ideales deje subsistir la ciencia.[15]

En la religión hay mucho de patológico, pero también de higiénico y de terapeútico.[16]

Soy irreligioso con la razón, pero no con lo infrarracional.[17]

Manuel Mindán también había tenido sus tribulaciones en materia de fe católica, como él mismo le relató a Unamuno durante la conversación privada que mantuvieron en los cursos de verano del palacio de la Magdalena en Santander en 1934. Le contó que había sufrido una crisis de fe en su adolescencia motivada por los estudios de Filosofía: “la razón enfrió mi fe y las lecturas incontroladas me la desvirtuaron, entré en crisis, tuve una fuerte lucha interior, sufrí mucho, pero no me resigné, hice cuantos esfuerzos y sacrificios pude por recuperarla”. Su propósito era dejarle ver a Unamuno que con su empeño había recuperado la fe frente al nulo esfuerzo del protagonista de la novela San Manuel Bueno Mártir. Unamuno le contestó que su personaje era así y que de ser de otra manera le hubiera obligado a dar un sesgo diferente a la obra.[18]

La profunda quiebra de la guerra civil

Durante la guerra, ambos sacerdotes “protegidos” de los filósofos Unamuno y Gaos pasaron por situaciones parecidas. Cuando empezó la guerra Moisés Sánchez Barrado se encontraba dando clases en comisión de servicios en el Instituto Quevedo de Madrid y, al igual que Mindán que fue encarcelado, se tuvo que ocultar y fue detenido en una cheka durante un breve periodo. Más tarde, desprovisto de la sotana, optó por afiliarse al sindicato socialista FETE-UGT, que tenía mucha más fuerza en el Ministerio de Instrucción Pública republicano que la CNT, y consiguió un traslado al Instituto Luis Vives de Valencia. Manuel Mindán, vestido a la manera de Durruti, se afilió a la CNT, donde consiguió ser secretario de la sección de Enseñanza Media y Superior. También fue bibliotecario y dio clases en un hospital de sangre de la CNT, como miliciano de la cultura.[19] La sindicalización de guerra convirtió de golpe al sindicato y al carné sindical en piezas básicas de la nueva situación. Mucha gente se vio abocada a la necesidad de proveerse de carnés y salvoconductos para evitar persecuciones en esos días. La sindicalización se impuso como obligatoria. Los profesores tenían que optar entre la FETE-UGT o la CNT. Las causas que los indujeron a afiliarse iban desde evitar la depuración republicana en la enseñanza, conseguir un salvoconducto que les pudiera ser útil en situaciones difíciles hasta encontrar asesoramiento y defensa por parte del equipo jurídico del sindicato.[20] Esto último, por ejemplo, le fue muy útil a Manuel Mindán, que recibió este asesoramiento de la CNT durante su estancia en prisión.[21]

Después de la contienda, las trayectorias de estos dos sacerdotes tomaron caminos opuestos. A causa de su identificación republicana Moisés Sánchez Barrado fue sancionado con traslado forzoso fuera de la provincia e imposibilidad de solicitar vacantes durante cinco años en el proceso de depuración franquista.[22] Gracias a un aval del rector de la Universidad de Valladolid volvió en sus últimos años a su plaza del Instituto de Burgos hasta su jubilación en 1944, pero fueron años muy duros, que vivió con verdadera amargura. Su mal humor y su irascibilidad, propios de los tormentos interiores que le acompañaron siempre a lo largo de su vida, le valieron el sobrenombre de “el Hueso” entre los alumnos del instituto.[23] Manuel Mindán, por el contrario, en la posguerra alcanzó un buen status profesional. Compaginaba sus trabajos en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid y en el Instituto Luis Vives del CSIC con sus clases en la Universidad Complutense y en la Escuela de Ingenieros.

“Esta incomprensible incomunicación entre nosotros”

La amistad de Manuel Mindán y José Gaos no se vio lastrada por la guerra y la victoria franquista. Muchos años después, en 1963, Mindán escribió a Gaos, que estaba impartiendo Filosofía en la UNAM en México. Le decía que “esta incomprensible incomunicación entre nosotros durante más de un cuarto de siglo ha sido para mí sensible y dolorosa” y le explicaba que estaba trabajando en el Instituto Ramiro de Maeztu en Madrid.[24] Le aclaraba con naturalidad que se trataba “del que sucedió al Instituto Escuela” —centro emblemático de la Institución Libre de Enseñanza, tan demonizada por el franquismo— y con la misma sinceridad rayana en desfachatez o producto de un exceso de confianza —pues estaba dirigiéndose a un catedrático exiliado de la Universidad republicana que perdió todos sus derechos después de la guerra— le contaba que había llegado allí “por una indicación oficiosa del Ministerio de Educación Nacional que le sugirió la conveniencia de solicitar Madrid, con objeto de utilizarme para dar clase en la Facultad que había quedado casi en cuadro de sus profesores de Filosofía”.[25] Para dar sepultura a la ILE y a su legado de laicismo, republicanismo, europeísmo, coeducación, innovación educativa, etc. y sentar las bases del nuevo proyecto nacionalcatólico hacía falta contar con personal afín, que hubiera demostrado con creces su adhesión a la causa franquista durante la guerra y Mindán cumplía con todos los requisitos. Recientemente había aprobado las oposiciones patrióticas a cátedras de Filosofía de instituto en 1940 y estaba destinado en Zaragoza, era un sacerdote de la ACNP, la asociación integrista católica a la que pertenecía también el ministro de Educación franquista, José Ibáñez Martín, que lo llamaba “mi filósofo”. En cualquier caso, es sabido que José Gaos no sentía el menor resquicio de resentimiento y melancolía cuando pensaba en España y ese tipo de informaciones no le soliviantaban. Se consideraba un “transterrado” y no tenía añoranzas. Según decía “el acontecimiento de más felices consecuencias de su vida había sido el “transtierro”.[26] Se veía como “un renegado de la patria de origen que debía a un accidente de la naturaleza y un entusiasta de la patria de destino que debía a un destino aceptado por su libre voluntad dirigida por la razón.[27] En la contestación que escribió a Mindán en septiembre de 1963 mostraba una completa identificación con México:

Donde estoy tan a gusto como no sé si lo hubiera estado nunca en España. Hasta el extremo de que bien pronto, después de la arribada, resolví quedarme en él para siempre, cualquiera que fuese la suerte de España, y éste es el día en que no he tenido ni preveo el menor punto de arrepentimiento o rectificación. México me ha resultado ¡la España que intentamos los de la Segunda República Española! Ni siquiera me tienta el viaje a España, más bien me repele, y no meramente por razones políticas, sino porque me lo representa como el más triste viaje de “echar de menos…”.[28]

En la posguerra, la buena situación económica de Mindán le permitió prestar ayuda a la familia de su amigo José Gaos, que lo estaba pasando muy mal. La economía de los Gaos que permanecían en España —dos de los nueve hermanos estaban exiliados en México y más tarde se trasladaron allí otros dos— había experimentado una caída en picado sin los ingresos que obtenían de la notaría del padre. Don José había pasado a Francia y al poco tiempo había muerto en situación de refugiado político en Vernet les Bains.[29] Manuel Mindán para ayudarles económicamente le ofreció a Vicente Gaos una traducción remunerada de Luis Vives, pero el poeta no pudo completarla en el plazo previsto porque la situación familiar se complicó mucho. La madre y los hermanos Ignacio, Fernando y el mismo Vicente tuvieron problemas serios de salud y algunas intervenciones quirúrgicas. Como no disponían de dinero, Vicente le pidió a Mindán un préstamo de 1.300 pesetas. Recurrió también a su hermano José, que se encontraba en Chile dando unas conferencias. Dos años después, el 30 de mayo de 1946, todavía no le habían podido devolver el dinero. Ángel Gaos acababa de salir de la cárcel Modelo de Valencia, donde había estado siete años acusado de pertenecer al Partido Comunista durante la guerra, y aprovechó la carta que Vicente escribió al sacerdote para saludarlo y darle las gracias “por su interés”.[30] No especificaba nada más, pero todo apunta a que Mindán había intercedido para que le concedieran la libertad provisional. Ángel Gaos estaba convencido de que gracias a las «influencias eclesiásticas» de su madre le habían conmutado la pena de muerte por una condena de treinta años de prisión y, años más tarde, en 1946, había salido de la cárcel: “Finalmente tuvo que intervenir el Obispo de Valencia para que me dieran la libertad. Mi hermano Vicente hizo todas las gestiones posibles para que saliera”.[31] Tenemos constancia de que, además de la posible intercesión de Manuel Mindán, solicitaron su liberación el arzobispo de Valencia, el psiquiatra Juan José López Ibor, el poeta Rafael Duyos y el ensayista Pedro Laín Entralgo, según consta en una carta que dirigió su hermano Alejandro Gaos al jefe Provincial de Falange Española, Adolfo Rincón de Arellano.[32] También la madre escribió una conmovedora petición de indulto a Franco.[33] En cualquier caso, el ascendiente que tenía la Iglesia católica —y Mindán estaba muy bien situado en ella— sobre los nuevos poderes fácticos fue capital en la concesión de beneficios penitenciarios, indultos, libertad provisional y hasta en las revisiones de los expedientes de depuración.

  La relación del sacerdote Manuel Mindán con José Gaos se hizo extensiva a su familia. Con Vicente continuó carteándose hasta mediados de los años 60.[34] El poeta había vuelto de EE. UU. y trabajaba como catedrático de inglés en el Instituto de Segovia, pero quería trasladarse al Ramiro de Maeztu en Madrid y de nuevo escribió al padre Mindán, que le facilitó los contactos de algunos de “los hombres del Ramiro” más influyentes. Finalmente, no consiguió la plaza y en septiembre de 1966 se fue de profesor visitante a EE. UU. por un año. No obstante, informó a Mindán de la precaria salud de su hermano José, que había sufrido un infarto, también de que había abandonado voluntariamente su plaza de la UNAM en solidaridad con la renuncia de su amigo, el rector Ignacio Chávez, que se había visto obligado a hacerlo como consecuencia de la gran revuelta estudiantil de 1966 en Ciudad de México.[35]

La amistad de Mindán con José Gaos se mantuvo incólume frente a las embestidas de la Historia. Fue una lealtad atemporal que no tambalearon nunca las discrepancias políticas ni los acontecimientos trágicos que ambos vivieron. El respeto intelectual que Mindán le profesaba, junto con el agradecimiento por los múltiples favores que José Gaos le hizo antes de abandonar España —y que el sacerdote intentó devolver con la ayuda que prestó a su familia en la posguerra— quedan patentes en sus memorias. Por su parte, el filósofo fue siempre un individualista a ultranza y un introvertido que dedicó su vida al trabajo continuo, al estudio y a la investigación incesante y no era un hombre muy dado a mostrar sus afectos.[36] Sin embargo, en la escasa correspondencia que mantuvieron antes de la guerra se observa el alto grado de camaradería que existía entre ellos. Mucho tiempo después, cuando José Gaos recibió la carta que le entregó en mano el padre Zaragüeta en un congreso de Filosofía en México, después de más de veinte años sin noticias de Mindán, le escribió emocionado diciéndole que le había dado “un gran alegrón”. Le vino a decir veladamente que si no le había escrito antes había sido por no comprometerlo:

Si por mi parte no le he escrito antes, a pesar del buen recuerdo que he tenido siempre de usted, ha sido porque tampoco antes recibí carta suya y me pareció en su día deber adoptar como principio no escribir a nadie en España que, escribiéndome, no me declarase su deseo de recibir carta mía. Con el intercambio de éstas, puede considerar iniciada la correspondencia entre nosotros.[37]

El hecho de que Gaos le dijera “puede considerar iniciada la correspondencia entre nosotros” debe ser visto como una muestra más del gran afecto que le tenía, ya que —según cuenta Aurelia Valero Pie en su tesis doctoral— José Gaos sentía “una irreprimible aversión por el intercambio epistolar” y en su archivo no se encontró ninguna nota dirigida o proveniente de sus familiares, lo cual sugiere que la comunicación era casi nula.[38]

Después de esa carta de enero de 1963, no tenemos constancia de que hubiera muchas más entre los dos amigos. José Gaos le volvió a escribir en 1964 dos breves misivas, una felicitación de Navidad y una postal donde le agradecía el envío del libro La persona humana. Aspecto filosófico, social y religioso, que había publicado Mindán en 1962.[39] No sabemos si el sacerdote continuó la correspondencia con Gaos hasta su muerte en 1969 porque no se conservan las cartas, pero es posible que no lo hiciera. Mantener una relación epistolar con el filósofo exiliado le comprometía mucho en la Universidad franquista. Recientemente se había producido un “confuso episodio”, según Benito Seoane Cegarra, y Mindán había abandonado su puesto en la Universidad Complutense de Madrid en 1962. Al parecer, “unas frases elogiosas de José Gaos hacia Manuel Mindán, comunicadas por Aranguren, hicieron que algunos profesores (A. González, J. Todolí, A. Muñoz Alonso) adoptaran una actitud poco amistosa con él”.[40] Poco tiempo antes, en 1958, José Gaos en su libro Confesiones profesionales, había afirmado que Mindán era “en la actualidad el único profesor de Filosofía en la Facultad de Madrid que por las noticias cuenta intelectualmente para los mismos estudiantes”.[41] Ese tipo de alabanzas levantaban sospechas en el claustro de la Complutense y fueron causa de que el ambiente se enrareciera. Manuel Mindán no se encontraba a gusto y optó por marcharse al CEU, fundado por Ángel Herrera Oria en 1933 como núcleo de formación de intelectuales católicos.

En cualquier caso, tenemos distintas interpretaciones sobre el asunto, que no sabemos si fue realmente una renuncia o un cese. M.ª Pilar Salomón apunta a que se produjo “el cese a comienzos de los años sesenta, cuando los tecnócratas del Opus Dei cobraban mayor importancia en el régimen franquista en detrimento de otros sectores hasta entonces hegemónicos vinculados con Acción Católica y la ACNdP, con los que Mindán estaba más en sintonía”, si bien el sacerdote no hace la menor alusión en sus memorias a las pugnas entre las familias políticas del franquismo y mucho menos a que se viera afectado por ellas.[42] Víctor Méndez Baigues asegura que, ya muchos años antes, en 1945, el padre Ramírez le había destituido del instituto Luis Vives del CSIC porque le habían dicho que era orteguiano y cartesiano, y Ángel González Álvarez provocó su salida de la Facultad de Filosofía de la Complutense en Madrid a principios de los años sesenta por razones parecidas.[43]

La conexión de Manuel Mindán con José Gaos y con la Escuela de Madrid de Filosofía de la II República podía ser un baldón para el sacerdote en los años sesenta del siglo pasado y quizá esa fuera la causa de no querer continuar con la correspondencia iniciada. Más tarde, cuando escribió sus memorias, en los años noventa, la situación sociopolítica había cambiado mucho, la dictadura franquista había quedado atrás, y no tuvo inconveniente en dedicar algunas páginas a la relación ambivalente que mantuvo con el maestro José Ortega y Gasset: “que yo haya tenido siempre para Ortega admiración, afecto y gratitud, este sentimiento no significa que yo sea o haya sido un orteguiano integral, en el sentido de compartir todas las afirmaciones y todos los puntos de vista con el profesor”,[44] y, por supuesto, en glosar de manera encomiástica la gran amistad que le unió a José Gaos.

Hoy nadie discute la relación de Manuel Mindán con la Escuela de Madrid y su función de “hombre-puente” entre la República y el franquismo en el terreno de la Filosofía. El profesor Javier Zamora Bonilla lo incluye en el grupo de los seguidores más conocidos del pensamiento de Ortega y Gasset, en compañía de María de Maeztu, Xavier Zubiri, José Gaos, María Zambrano, Luis Recasens, Julián Marías, Dolores Franco, Manuel Granell, Antonio Rodríguez Huéscar, José Antonio Maravall, Luis Díez del Corral, Paulino Garagorri, Francisco Ayala, Rosa Chacel, y Francisco Álvarez González, entre otros. Y es que este sacerdote, “antiguo protegido de Gaos durante los años treinta […], llegó a convertirse en un miembro destacado del establishment filosófico. Y ello sin renegar de posiciones anteriores. Sin que tuviera lugar, al contrario que en otros casos, ninguna aparatosa reconversión religiosa, filosófica o política”.[45]

A modo de conclusión

Las amistades inéditas que mantuvieron estos intelectuales con miembros del clero en la época anterior a la guerra nos permiten afirmar que, realmente, España en los años treinta constituía la esperanza para todos aquellos que se daban cuenta de la amenaza del ascenso del fascismo. El régimen republicano, liberal y reformista, no era revolucionario ni intransigente, y en la calle se respiraba, al menos en los primeros años, un clima de tolerancia y respeto. La palabra clave para comprender la evolución de la II República como algo más que un relato moralizante de buenos y malos es pluralidad, según el profesor Enric Ucelay-Da Cal.[46] Esa pluralidad que permitía fidelidades inauditas y que, en el caso de Unamuno y Moisés Sánchez Barrado, se extienden a la época anterior de la monarquía liberal en España.

Amistades como las que mantuvieron Unamuno con Moisés Sánchez Barrado y a José Gaos con Manuel Mindán Manero no hubieran sido posibles en otra época. Se trata de lealtades que pasan por encima de discrepancias de pensamiento y adversidades de guerra para permanecer firmes, incluso durante la dictadura —en el caso de Mindán y Gaos— haciendo frente al oscurantismo, la intolerancia y el fanatismo del franquismo. Este tipo de vínculos solo se pueden explicar si atendemos a su origen. La resistente conexión que unía a estos hombres se había gestado en los años anteriores a la guerra civil, una época de pluralismo religioso y tolerancia ideológica, cuando todavía era posible el diálogo.

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Margarita Ibáñez Tarín es doctora en Historia Contemporánea por la Universidad de Valencia. Ha publicado diversos ensayos centrados en la depresión franquista y el exilio: Mujeres y antifascistas. Doblemente perdedoras, Los Gaos. El sueño republicano, Apóstoles de la razón. La represión política en la educación y Los profesores de Segunda Enseñanza en la guerra civil. Su última obra de reciente aparición es Lola Gaos. La firmeza de una actriz. En la actualidad se interesa por los estudios de género y la Historia cultural, especialmente la Historia contemporánea en su conexión con el cine y la literatura y colabora en el Blog Conversación sobre la Historia.


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  1. Laureano Robles, “Moisés Sánchez Barrado y Miguel de Unamuno”, en José Luis Mora García y Juan Manuel Moreno Juste (Eds.), Pensamiento y palabra. En recuerdo de María Zambrano (1904-1991), Consejería de Cultura y Turismo, Junta de Castilla y León, 2005, p. 368.

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  2. Carta de Unamuno a Pedro Jiménez Ilundain, 18 de abril de 1904, en Laureano Robles, “Moisés Sánchez Barrado y Miguel de Unamuno…, p. 365.

  3. Íbid., p. 366.

  4. Laureano Robles, “Moisés Sánchez Barrado y Miguel de Unamuno…, p. 368.

  5. José Gaos, Confesiones profesionales. Aforística, Gijón, Ediciones Trea, 2001, p. 166.

  6. José Luis Ledesma, “La primavera trágica de 1936 y la pendiente hacia la guerra civil”, en

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  7. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2011, p. 130.

  8. Álvaro Ledesma de la Fuente, “El encuentro Mindán-Unamuno: “La recepción en círculos católicos de la novela San Manuel Bueno Mártir”, Fundación Manuel Mindán Manero, 2023.

  9. Manuel Mindán Manero, “El magisterio de José Gaos en España”, en Teresa Rodríguez de Lecea (ed.), En torno a José Gaos, València, Institució Alfons el Magnànim, 2001, p. 54.

  10. José Gaos, Confesiones profesionales…, p. 88.

  11. Manuel Mindán Manero, “El magisterio de José Gaos en España…, p. 59.

  12. Íbid., pp. 54-59.

  13. Manuel Mindán Manero, Testigo de noventa años de historia. Conversaciones con un amigo en el último recodo del camino, Zaragoza, Librería General, 1995, p. 209.

  14. José Gaos: Obras completas. Epistolario y papeles privados, volumen XIX, México, UNAM, 1999, p. 530.

  15. José Gaos, Confesiones profesionales…, p. 150.

  16. Íbid., p. 158.

  17. Íbid., p. 160.

  18. Manuel Mindán Manero, Testigo de noventa años de Historia…, pp. 260-262.

  19. Martínez, Miguel ángel, Propuestas educativas del movimiento libertario en Madrid durante la Guerra Civil. Sindicato de Enseñanza de la CNT de Madrid (1937-1939), Madrid, Fundación Salvador Seguí, 2016. Manuel Mindán Manero, Testigo de noventa años de Historia…, pp. 260-262.

  20. Margarita Ibáñez Tarín, “El sindicato de profesiones liberales de la CNT durante la Guerra Civil en Valencia, refugio de profesores de instituto derechistas”, CIAN-Revista de Historia de las Universidades, Vol. 17, Núm. 2, 2014, pp. 141-169.

  21. Archivo Fundación Manuel Mindán (en adelante AFMM), Carné y Aval de la CNT, 57_6_1 (1-9_MA).

  22. Rebeca Herrero Sáenz, “La incorporación de las mujeres a la educación secundaria durante la Segunda República: un estudio de caso sobre el Instituto Quevedo de Madrid”, en Leoncio López-Ocón (Ed.), Aulas modernas. Nuevas perspectivas sobre las reformas de la enseñanza secundaria en la época de la JAE (1907-1939), Madrid, Universidad Carlos III, 2014, p. 235.

  23. Ignacio Ruiz Vélez, “El instituto de Burgos: testimonios de algunos alumnos de la década de 1940”, Boletín de la Institución Fernán González, N.º 255, 2017, pp. 315-317.

  24. En 1963, con motivo de un congreso de Filosofía celebrado en México, el profesor Juan Zaragüeta, que había viajado desde España, le entregó una carta del padre Mindán a José Gaos y retomaron brevemente la correspondencia. J. Gaos: Obras Completas. Epistolario y papeles privados…, pp. 161-162.

  25. AFMM, Carta de Manuel Mindán a José Gaos, 10 de enero de 1963.

  26. José Gaos, Confesiones profesionales…, p. 145.

  27. Íbid., p. 160.

  28. AFMM, Carta de José Gaos a Manuel Mindán, 24 de septiembre de 1963. Las negritas son de la autora.

  29. Margarita Ibáñez Tarín, Los Gaos. El sueño republicano. Historia de una familia de la burguesía ilustrada fracturada por la guerra civil en Valencia, València, PUV Universitat de València, 2020.

  30. AFMM, Cartas de Vicente Gaos a Manuel Mindán, 12 de febrero de 1944, 21 de mayo de 1944,12 de septiembre de 1945, 30 de mayo de 1946, 4 de mayo de 1964, 2 de junio de 1964, 9 de septiembre de 1964, 21 de septiembre de 1964, 18 de marzo de 1965 y 21 de julio de 1966.

  31. Manuel García, Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975), Valencia, PUV, 2014, p. 223.

  32. Archivo Reino de Valencia (en adelante ARV), Fondo Rincón de Arellano (en adelante FRV), C. 4. 1., citado en Ismael Saz y José Antonio Gómez Roda: El franquismo en Valencia. Formas de vida y actitudes sociales en la posguerra, Valencia, Ediciones Episteme, 1999, p. 102.

  33. Archivo General de Palacio (En adelante AGP), Casa Civil, Legajo 216, petición de indulto a Franco de la madre de Ángel Gaos.

  34. AFMM, Cartas de Vicente Gaos a Manuel Mindán, 12 de febrero de 1944, 21 de mayo de 1944,12 de septiembre de 1945, 30 de mayo de 1946, 4 de mayo de 1964, 2 de junio de 1964, 9 de septiembre de 1964, 21 de septiembre de 1964, 18 de marzo de 1965, 21 de julio de 1966

  35. Ángeles Gaos, “Una tarde con mi padre. Recuerdo de José Gaos”, en María Teresa Rodríguez de Lecea (ed.): En torno a José Gaos, València, Institució Alfons el Magnànim, 2001.

  36. Vera Yamuni Tabush, José Gaos. El hombre y su pensamiento, México D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, 1980, p. 13.

  37. AFMM, Carta de José Gaos a Manuel Mindán, 24 de septiembre de 1963.

  38. Aurelia Valero Pie, José Gaos en México. Una biografía intelectual, Tesis doctoral, Colegio de México (COLMEX), 2012, p. 220.

  39. AFMM, Postal de José Gaos a Manuel Mindán, 14 de enero de 1964.

  40. José Benito Seoane Cegarra, “Manuel Mindán Manero (1902-2006). Socioanálisis de un filósofo en el centro de las actividades de la red filosófica oficial del franquismo”, Revista Internacional de Filosofía, n.º 53, 2011, p. 102.

  41. José Gaos, Confesiones profesionales. Aforística, México, Tezontle, 1958, pp. 78-79.

  42. M.ª Pilar Salomón Chéliz, “Manuel Mindán en el contexto del pensamiento católico español del siglo XX”, Fundación Manuel Mindán, 2023, p. 16.

  43. Víctor Méndez Baiges, “Manuel Mindán en medio de las cosas”, Fundación Mindán Manero, 2023, pp. 5-6.

  44. Manuel Mindán Manero, Testigo de noventa años de Historia…, p. 276.

  45. Víctor Méndez Baiges, “Manuel Mindán en medio de las cosas”, Fundación Mindán Manero, 2023, p. 5.

  46. Enric Ucelay-Da Cal, “Mayoría y pluralidad política en la II República”, Nueva Revista, 15 de noviembre de 2011.

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Encolados

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Encolados

(Pieza breve incluida en la obra Ciudad bella)

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A lo lejos se escucha el tráfago de la ciudad. Anémona sube uno de los puentes mientras lee el periódico. Por el otro lado sube Alán, enfrascado en un legajo de papeles.

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En mitad del puente ambos chocan cabeza con cabeza.

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A ella se le cae la bolsa, a él se le riegan los papeles.

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Tratan de separarse, pero no pueden, sus cabezas han quedado encoladas.

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ALÁN:    Pero… ¿Y esto?

ANÉMONA:  Me hace el grandísimo favor de quitar su cabeza de la mía.

ALÁN:    Pero si yo no estoy haciendo nada.

ANÉMONA:  Pues debería.

ALÁN:    Tengo tanta culpa como usted.

ANÉMONA:  Así que usted es de los que se la pasan buscando culpables en lugar de remediar las cosas.

ALÁN:    A ver, remédiela usted.

ANÉMONA:  Pues ponga algo de su parte, inútil.

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Ambos jalan.

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ANÉMONA:  Me está lastimando, bruto.

ALÁN:    A mí también me duele.

ANÉMONA:  ¡Fíjese lo que está haciendo!

ALÁN:    Jalar la cabeza para despegarla.

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Anémona jala hacia atrás arrastrándolo a él.

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ANÉMONA:  Jalemos los dos al mismo tiempo.

ALÁN:    Es usted la que se adelanta.

ANÉMONA:  Pues cuente. Uno, dos y…

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Al jalar la cabeza pegan las mejillas. Las cabezas se despegan quedando unidos mejilla contra mejilla.

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ANÉMONA:   Y aparte es de los que sudan.

ALÁN:    Me va a ensuciar de maquillaje.

ANÉMONA:  Y para colmo huele a loción de maderas…

ALÁN:    Conque no se ponga a llorar y se le escurra el rímel…

ANÉMONA:  ¡Uácala, a maderas!

ALÁN:    La ex novia que detesto también olía a rosas.

ANÉMONA:  En lugar de un caballero tuve que toparme con un patán.

ALÁN:    No me diga que usted es una dechada de gentileza.

ANÉMONA:  Cómo quiere que lo sea si ni contar sabe.

ALÁN:    Usted se retrasó al decir tres.

ANÉMONA:  Mentira, usted fue el que se adelantó y por su culpa ya me empezó la migraña, así que ayúdeme a alcanzar mi bolso… porque ya de que empieza…

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Alán se agacha.

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ANÉMONA:  ¡Me arranca la mejilla!

ALÁN:    ¡Así no! ¡Así no! ¡Los dos juntos!

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Al despegarse de las mejillas quedan unidos del pecho.

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ANÉMONA:  Me los aplasta.

ALÁN:    Es que los tiene bien… bien…

ANÉMONA:  Hasta tartamudo me salió.

ALÁN:    Mis novias siempre los han tenido chiquitos.

ANÉMONA:  Ha de acostumbrar puras anoréxicas. Y deje de moverse, que me excita.

ALÁN:    Yo… yo…

ANÉMONA:  Ni se le ocurra, eh, ni se le ocurra.

ALÁN:    Yo, ¡qué!

ANÉMONA:  Está tratando de pegarme su asqueroso…

ALÁN:    ¿Yooooooo?

ANÉMONA:  Lujurioso.

ALÁN:    Eso quisiera.

ANÉMONA:  Mire que pongo mis manos ahí y cuando se despegue se lo arranco.

ALÁN:    Jale fuerte, ahora.

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Los pechos quedan libres pero la mano de él queda pegada en el pecho de ella y la de ella en la parte baja de él. Grito de Anémona.

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ALÁN:     Deje de gritar, histérica, que me rompe los tímpanos.

ANÉMONA:  ¡Un géminis! Sólo un géminis se atrevería a pegarse como muégano mientras piensa cómo se tira a la siguiente. ¡Gemelo, hipócrita, doble, clon, Golum!

ALÁN:    Mi nombre es Alán.

ANÉMONA:  ¡Dios! ¡Dios! ¡otro Alán en mi vida, no!

ALÁN:    ¿En su vida? Primero muerto y podrido y comido por los gusanos.

ANÉMONA:  Pues si no me quita la mano de encima va a morir, pero a patadas.

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Le lanza una patada, las piernas quedan engarzadas, despegándose las manos.

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ANÉMONA:   Espérese, espérese, que se espere, Alán, creo que ya sé cómo.

ALÁN:     Yo también.

ANÉMONA:  Sería más fácil si sólo pegáramos…

ALÁN:    Pero de pie va a estar imposible, así que…

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AL UNÍSONO:  Una, dos y… ahora.

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Unen las suelas de los zapatos, que quedan encoladas, despegándoselas piernas. Se quitan los zapatos, se observan.

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ANÉMONA:  Estoy tan contenta que podría abrazarlo y hasta besarlo como despedida.

ALÁN:    No me disgustaría.

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AL UNÍSONO:  ¡No!

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ALÁN:    No me toques.

ANÉMONA:  Ni se te ocurra.

ALÁN:    Nos iba a suceder de nuevo.

ANÉMONA:  ¡Qué horror!

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Recogen sus cosas.

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ALÁN:    Y si nos tomamos un café… digo, para celebrar el éxito de que ya no…

ANÉMONA:  Pero sin tocarnos.

ALÁN:    Ni loco te tocaría.

ANÉMONA:  ¡Qué tentación!

ALÁN:    Mejor, no.

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Se alejan sin dejar de mirarse. Se dicen adiós. Se dan la espalda.

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Anémona gira y lo sigue de puntitas. Alán la ve y huye.

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Ella lo persigue.

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Oscuro.

 


Desde los años sesenta, Bea Cármina alternó su trabajo televisivo con la actuación y la
escritura dramática. Primero como actriz, participando en montajes de diversos directores.
Dos de los más significativos fueron el de “A puerta cerrada”, dirigida por Rodolfo
Alcaraz, donde el público era testigo de una puesta en escena dentro de una piscina de
jardín. El observador, al no querer registrar las imágenes fuertes de la propuesta, alzaba la
cabeza y se encontraba con la mirada del otro, premisa fundamental de la obra de Sartre. El
segundo fue el de “Los exaltados”, obra dirigida y actuada por Juan José Gurrola. Este
trabajo dejo honda huella en Bea, debido a su espíritu crítico, la energía compartida en el
escenario y la imaginación desaforada de Gurrola. Quizás por esta experiencia, ella
enfocaría su carrera en la dramaturgia, participando en los talleres de Vicente Leñero y
Jesús González Dávila.
Con más de una treintena de piezas, Bea Cármina ha estrenado sus obras en México y
Estados Unidos. Ha sido beneficiaria del programa IBERESCENA y residente del Lark
Center of Drama de New York.
Su experiencia como directora y productora suma más de 18 años a cargo del Teatro
Popular Universitario, proyecto de teatro callejero sin igual en todo el país.

El Brujo y el Poeta en el Reino de la Ilusión

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El Brujo y el Poeta en el Reino de la Ilusión

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Personajes:

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El Poeta:      Hombre de unos treinta y tres años.

El Brujo:  Hombre de unos treinta y tres años.

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Nota: Los personajes alternarán con las versiones de sí mismos cuando tenían ocho y trece años. Estas versiones podrán ser interpretadas por los mismos actores.

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Lugar:  Un salón para fiestas infantiles abandonado localizado en algún lugar indefinido de la provincia mexicana.

Época:    Actual

Es el interior de un salón de fiestas infantiles abandonado. Hay adornos propios de una celebración, pero eso no evita que se vea su decadencia. El decorado colorido ha perdido la intensidad de sus mejores años. En un costado, una alberca redonda de pelotas que asemeja un pozo de piedra. El Poeta está escribiendo sobre una de las mesas, una nota en una hoja de papel, da fumadas ocasionales a su cigarro. El Brujo, armado con una pistola y con un trago en la mano, se pasea nervioso.

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BRUJO:  ¿Ya la tienes?

POETA:  Espera…

BRUJO:  ¿Ya la tienes?

POETA:  Oh… qué impaciencia.

BRUJO:  Chingados… Es una pinche carta. Una pinche carta.

POETA:  Una pinche carta dices.

BRUJO:  Sí. No mames…

POETA:  ¿Así es?

BRUJO:  Así es.

POETA:  Tú fuiste el que no quiso la primera carta.

BRUJO:  Porque era una pendejada y lo sabes…

POETA:  Ya sé.

Pausa.

BRUJO:  ¿Ya?

POETA:  Ya…

BRUJO:  ¿Y?

POETA:  A quien corresponda.

BRUJO:  ¿A quien corresponda?

POETA:  Así se estila…

BRUJO:  ¿Así se estila? No mames.

POETA:  Digo que así empiezan todas las cartas serias…

BRUJO:  Ya ya… A ver… síguele.

POETA:  (Lee). A quien corresponda: Quiero informar a los que encuentren mi cadáver que no deben pensar mal. Mi muerte se debe a que me suicidé. O sea, yo mismo me quité la vida. Quiero que sepan que mi decisión de matarme fue muy voluntaria y personal. No deben culpar a nadie. No deben investigar a nadie. No fue otro el que me obligó a que yo tomara el arma que encontraron junto a mi cuerpo sin vida y que de seguro tiene mis huellas. Tampoco deben pensar que algo de lo que escribí hizo enojar a alguien y por eso acabé así, maltrecho y abandonado. No vayan a creer que tuvo que tener con mi labor de periodista, ni que tuvo que ver el libro que estoy escribiendo sobre cierto personaje o sobre cierta organización, que han tomado el control del pueblo y que están detrás del asesinato de muchos. No vayan a creer que fue otra mano o voluntad la que me hizo tomar la pistola que disparó la bala que acabó con todo. No fue alguien que me amenazó y me hizo escribir esto. Me pegué un tiro en… aquí no sé si poner que fue en el pecho o en la cabeza. Tampoco si fueron un par de balas. Porque los policías siempre descubren que los suicidas se dan varios balazos.

BRUJO:  …

POETA:  ¿Qué? ¿Qué pasa? Escribí más de tres líneas como querías.

BRUJO:  ¿Eres pendejo? No. No recuerdo que fueras pendejo. Entonces a lo mejor toda esta cosa de escribir todos los días pendejadas te volvió pendejo. Tú no eras así.

POETA:  ¿Así?

BRUJO:  Pendejo.

POETA:  Tampoco insultes.

BRUJO:  Si un cabrón te apunta con un arma y te pide que hagas algo o si no te carga la chingada más pronto que temprano y tú no haces lo que te pide, sino que haces todo lo que te dijo que no hicieras… entonces, pinche contéstame nada más la pregunta: ¿eres o no un pendejo?

POETA:  Te digo que no insultes, güey.

BRUJO:  Soy un asesino a sueldo, entonces es muy natural, muy de mi persona que insulte a quien se me dé la pendeja gana.

POETA:  Es que…

BRUJO:  Sí. Sí. Ya sé que te hacen sentir incómodo, pero así es. Las cosas como son. Como deben ser… Así es, ¿o no?

POETA:  …

BRUJO:  ¿Por qué? ¿Qué pasa, cabrón?

POETA:  Es que estaba pensando…

BRUJO:  ¿Sí?

POETA:  Si alguien nos estuviera viendo… ¿crees que entendería? Digo, lo que realmente pasó. No sé si le dirías: “Todo empezó con una nota de suicidio.”

BRUJO:  De despedida. Es una nota de despedida.

POETA:  De suicidio. Eso dirá la etiqueta cuando la policía la meta en una bolsa de plástico.

BRUJO:  El agente del ministerio, cabrón. Así se llama.

POETA:  Está bien, güey. El agente del ministerio.

BRUJO:  Como sea, no te pedí una nota de suicidio. No entiendes nada. No le estás escribiendo la carta al tipo que va reconocer tu cadáver, ni al reporterucho amigo tuyo, que va a dar la noticia de tu muerte en uno de esos periódicos que saca fotos de destripados junto a viejas en bikini. Entonces, ésta es una carta personal…. Va de que le escribas a los que vienen siendo tus seres queridos…

POETA:  ¿Mi esposa?

BRUJO:  Puede ser. ¿O no?

POETA:   ¿Me estás apuntando?

BRUJO:  Así se estila.

POETA:  Entonces le escribo a mi esposa.

BRUJO:  Así empieza todo.

POETA:  Si alguien nos estuviera viendo…

BRUJO:  Eso ya lo dijiste.

POETA:  ¿Eso le dirías?

BRUJO:  No te entiendo, cabrón.

POETA:  Lo que digo es que la historia no empieza así.

BRUJO:  Así empieza. Yo te digo que escribas una carta así, como de despedida o te carga la chingada a la de ya… Así empieza… Entonces, ¿para qué lo complicas todo? Va de lo que pasa en el día que pasa.

POETA:  Por eso, güey. El día no empieza así.

BRUJO:  Ya lo sé, cabrón. El día empieza cuando sale el sol…

POETA:  Así debe ser… ¿no?

BRUJO:  No mames. Ya sé que quieres… no hay tiempo.

POETA:  Yo digo.

BRUJO:  El pinche sol salió, los pajaritos cantaron y entonces…

POETA:  Ocurre que desde hace días no he estado bien y sin dormir. Es por lo de las amenazas que me han hecho por teléfono, ¿ves?…

BRUJO:  Ok. Ok. Te digo que no hay tiempo… pero si crees que es importante.

POETA:  Sí. Y todo se puso peor cuando me encontré en mi auto esa nota donde me decían: “Cabrón… Te vas a morir si no te callas”.

BRUJO:  Para dormir bien, dicen que la leche tibia ayuda.

POETA:  …

BRUJO:  Así es…

POETA:  Así es…

BRUJO:  Ok, síguele pues.

POETA:  Salgo temprano. Después de desayunar unos huevos que mi esposa me prepara. Y un pan de dulce… Luego ya con el beso de mi esposa en el cachete… me despido de mi hija que quiere acompañarme a la puerta…

BRUJO:  ¿Una hija?

POETA:  Tengo esposa. Y si tengo esposa…

BRUJO:  ¿Y cuántos años tiene la chamaca?

POETA:  Seis…

BRUJO:  Va va va… ok.

POETA:  Yo creo que la niña lo vio en una telenovela o en un video de youtube. Los hijos despidiéndose de su papá en la entrada de la casa y así. Me dice ella, así muy seria y con unos ojos como preocupados: papá tuve una pesadilla. Me dice: En mi pesadilla te salgo a despedir hasta la calle, entonces una moto se detiene frente a la casa, son dos hombres que llevan pistolas y parece que te quieren matar y yo no quiero que te maten. Así me dice. Y yo, yo no me atrevo a decirle que he soñado lo mismo, sólo que en mi sueño el tipo que está atrás es un enano con una máscara y es el que se baja y descarga la pistola sobre mí.

BRUJO:  Qué pinche imaginación.

POETA:  ¿Qué?

BRUJO:  Está bien… Sueñas que te mata un enano con máscara… ¿y?

POETA:  Nada, que yo no la dejo, digo, a mi hija, que salga a despedirme, para que no se cumplan nuestros sueños, ¿me explico? Pero ella me dice que no entiende nada. Yo le digo: Yo tampoco entiendo.

BRUJO:  Es muy fácil, sueñas que te mata un enano con máscara, porque así te ves a ti mismo en tu persona, como un pequeño hombre, un ojete que no se atreve a dar la cara.

POETA:  Digo que no entiendo por qué la policía no hace nada para prohibir que vayan dos tipos en una motocicleta… eso evitaría muchos asesinatos… siempre es así… dos güeyes…

BRUJO:  ¿Y de qué es la máscara?

POETA:  ¿Qué?

BRUJO:  ¿De qué es la máscara que trae el enano cabrón? ¿De luchador, del hombre araña?

POETA:  De un pollo.

BRUJO:  No mames…

POETA:  ¿Eso qué tiene que ver?

BRUJO:  ¿Te lo explico?

POETA:  No jodas.

BRUJO:  Lo que yo puedo asegurarte, cabrón, es que no te vas a morir en la calle con tu hija de seis años mirando. Tampoco te va a matar ningún duende enmascarado.

POETA:  ¿A poco tú no usas una media en la cabeza? Así se estila, ¿no? Digo…

BRUJO:  Yo soy un profesional que da la cara… Así se USA, no se estila, se USA. No mames. Si quieres que vayamos al principio no te detengas en pendejadas…

POETA:  Pasa que el día va más o menos normal. Llego al periódico y sigo trabajando en mis escritos, en los reportajes, los que tengo que sacar antes del fin de semana. Son varias cosas: Estoy investigando sobre la extorsión a los pequeños comercios de la zona, también sobre el asesinato del activista que se opuso a lo del tráfico ilegal de madera, es por eso que entrevisto a unos testigos por teléfono y también me pongo a corregir mi columna sobre los trabajos sucios que la policía judicial le hace a cierto cacique… bueno tú sabes de quien hablo….

BRUJO:  No. No sé de quién hablas…

POETA:  Como quieras.

BRUJO:  No es como quiera… es como es…

POETA:  ¿Sí?

BRUJO:  ¿Y luego?

POETA:  Bueno, antes de irme por la tarde a mi casa, voy con mi jefe, el director, y le recuerdo. Le digo: ¿Qué pasó con la patrulla? Se supone que ya me iban a proteger. Me han amenazado y no me siento seguro.

BRUJO:  Se me hace bien raro que tú siendo periodista y tan leído, seas tan pinche creído: Ya debías saber que esos programas de protección son sólo mentiras. Como cuanto tu padrastro te promete que ya no va a pegarte o cuando tu abuela dice que va a dejar de entrarle al chupe…

POETA:  Yo creo que ya me lo temía… y vi que tenía razón cuando me secuestraste.

BRUJO:  Cuando te recogí.

POETA:   ¿Me venías siguiendo?

BRUJO:  Fue mi mismo instinto natural el que me dijo cuándo sería el momento más correcto. Me figuré que al final de tu día de chamba, ya se te habrían acabado los cigarros y que como todo un adicto irías al primer changarro por tu necesaria dosis de nicotina.

POETA:  ¿Dirías que fumo demasiado?

BRUJO:  Como buscando que la foto de tu pulmón salga en las cajetillas.

POETA:  Fue culpa de mi madre. Siempre fumando. Ya ves, siempre nerviosa… yo creo que me pegó esa mala costumbre.

BRUJO:  La cosa es que te detuviste en el oxxo. Eso me vino bien porque ya me andaba del hambre y quería unas papas adobadas o unas galletas al menos.

POETA:  Siempre te gustaron las papas adobadas y los churritos y los sabritones y….

BRUJO:  Ya ya… sí. Muy mi pedo. Ya te pareces a mi abuela… Pero así es… Hay cosas que se le quedan a uno estampadas como calcomanías de coche o como tatuajes… Y no puedo evitar comerlas a todas horas…

POETA:  ¿Y no te dan agruras o algo? Digo, después de tantos años de comerlas…

BRUJO:  Mira que los muertos no me causan que me despierte en la noche, pero las papas y las pizzas, ay cabrón, cómo me provocan a levantarme con un dolor de panza bien ojete, aquí de este lado… yo creo que puedo tener un inicio de apendicitis.

POETA:  De ese lado está el colon… Debe ser colitis…

BRUJO  ¿Colitis?… no mames…

POETA:  Deberías ir al médico… aunque por lo que me acuerdo te daban miedo…

BRUJO:  A ti también te dan miedo.

POETA:  Daban.

BRUJO:  Ok. Daban.

POETA:  Me acuerdo de cuando tu abuela te llevó a fuerza esa vez que se te clavó ese fierro en la vulcanizadora…

BRUJO:  Me dijo: “Más vale una inyección a tiempo”. Y también decía. “Más vale una hora tarde que un minuto de silencio.”

POETA:  ¿Y eso que tiene que ver?

BRUJO:  Tú eras quien decía que hay que tenerlo claro todo desde el principio. Desde que nos levantamos y la chingada y en eso estaba… en que me desperté con ese dolor ojete.

POETA:  Está bien… está bien. Síguele.

BRUJO:  ¿Con qué?

POETA:  Me imagino que ni desayunaste. Digo por lo de la colitis.

BRUJO:  A huevo que sí. Unos tacos de barbacoa. Pero antes me recuerdo que tengo un par de encomiendas… y lo peor es que no puedo mandarlas a la chingada porque hoy quiero estar tranquilo, ¿ves? Entonces me quedo en la cama hasta bien pasado el mediodía. Luego me levanto y… voy por lo de los tacos al mercado y entonces me voy a la iglesia a encomendarme a San Juditas.

POETA:  ¿Un asesino que va a la iglesia?

BRUJO:  Es por algo que le prometí a mi abuela que decía que no importaba si me dedicaba a lo peor: ladrón, político o actor de comedias, pero que siempre lo mejor era encomendar tus labores a tu santo patrón.

POETA:  Es un poco raro…

BRUJO:  ¿Más raro que un enano emplumado en una motoneta?

POETA:  Está bueno

BRUJO:  Sí. No mames…

POETA:  ¿Y luego?

BRUJO:  Pues luego… hice un par de cobros.

POETA:  ¿Cómo un par de cobros?

BRUJO:  Ya sabes… y no me interrumpas con tus preguntas de periodista que no te voy a dar detalles.

POETA:  Está bien… está bien. Es por puro conocer… por curiosidad, pues.

BRUJO:  Sólo te diré que tuve que darle un par de madrazos al de la cerve… al que se resistió a pagar. Toma, cabrón. Paga, cabrón… me hizo encabronar tanto que tuve que tomar una michelada con chamoy y un tequila. Eso me jodió otra vez la panza… y después, pues ya no hice nada. Ah, sí, me fui a practicar un poco… ahí en la maquinita de la farmacia…. Para hacer tiempo y para comprar un poco de pepto para mi dolor, ¿ves?

POETA:  ¿Juegas aún en las máquinas de la farmacia?

BRUJO:  Te digo que hay cosas que se quedan con uno…

POETA:   Creí que cuando decías que practicabas… te referías a tirar con tu pistola.

BRUJO:  También. También está eso. No te equivoques. Echo balazos de vez en cuando. Me voy allá al monte y le tiro a las ratas, las lagartijas y a uno que otro zanate. Como cuando íbamos con el rifle de municiones…

POETA:  Hay cosas que se quedan con uno…

BRUJO:  Pero nunca voy a echar tiro cuando voy a hacer un encargo… sería como estudiar una hora antes para un examen, así me decías que te pasaba cuando te iba mal, ¿no?… Luego hice unas llamadas para saber si todo estaba listo… las compras y los arreglos, ¿ves?

POETA:  Practicaste en la farmacia al pinbol y me seguiste desde el trabajo hasta el oxxo.

BRUJO:  No hubiera entrado, porque como bien te dije, yo ya tenía comprado todo. Agua mineral, chelas y chupe fuerte que ya sabía que ocuparíamos, no sólo para soltar las vergüenzas, sino para amenizarnos, pues.

POETA:  Yo no tomo…

BRUJO:  Ya lo sé, cabrón. Pero yo sí.

POETA:  Por eso te duele la panza.

BRUJO:  Te digo que no te asemejes a mi abuela, que no te va.

POETA:  Yo sólo digo.

BRUJO:  La cosa es que te tenía localizado en la fila de la compra y entonces sin que pudieras echar ojo, me puse atrás de ti cuando ibas saliendo. Luego te puse a mi amiga de fierro entre los dos riñones y te dije muy en el oído que estabas invitado a mi fiesta.

POETA:  ¿Cómo no dije nada? ¿Cómo no grité?

BRUJO:  Pues porque sabías que te convenía hacerme caso y quedarte calladito, cabrón.

POETA:  Pues sí. No iba a poner en peligro a los que estaban en la tienda.

BRUJO:  Sobre todo a esa señora que iba regañando a sus dos escuincles que por los puros lloriqueos buscaban que su mamá les comprara unos osos de gomita. Poco faltó para que me los llevara también.

POETA:  Al principio no te reconocí.

BRUJO:  Te dije así poniéndome en tu retaguardia… que más te valía prestar cooperación… que más te valía no ponerte loco. Eso te dije.

POETA:  Me dio miedo que me fueras a meter en la cajuela de una camioneta y que otros tipos me pegaran con la cacha de una pistola en la cabeza.

BRUJO:  Ni madres. Así yo no trabajo.

POETA:  Me dijiste que nos iríamos en mi carro.

BRUJO:  Es que no quería manchar mi nave en caso de que tuviera que adelantarme con mis intenciones, ¿ves?

POETA:  No sé por qué no pensé en correr. Yo creo porque… no sé.

BRUJO:  Mejor que no. Somos conocidos de muchos años, pero eso no quita que hubiera hecho lo que se tenía que hacer.

POETA:  Al tomar el volante me entró un frío por todo el cuerpo, igual al que te hiela la piel por un viento que baja de la sierra. Y es que me di cuenta de que no me cubriste la cabeza con una capucha.

BRUJO:  Así se ESTILA, como tú dices, cuando el viaje es sólo de ida…

POETA:  Y te sentaste detrás.

BRUJO:  Te dije: “Agarra la autopista…. Y nada de mirar para otro lado o hacer una pendejada, que mi pistola es muy desesperada”.

POETA:  No dejabas de apuntarme al cuello, aquí, mientras aceleraba. Yo ni pensaba nada. Mis piernas me temblaban como gelatinas.

BRUJO:  Va va… Yo veo tu miedo de pollo y entonces te digo: “No hay porqué tener tanto terror no estamos en una película de susto…” Así que te lanzo la pregunta, así a bocajarro: “¿A poco no sabes quién soy?”

POETA:  ¿Brujo? Te dije…

BRUJO:  No.

POETA:  ¿No?

BRUJO:  No. No fue ahí.

POETA:  Cierto…

BRUJO:  Pero yo sí te digo: “¿A poco no me reconoces, poeta?”

POETA:  Miro por el retrovisor. Apenas veo tu cara recortada y tus ojos como flotando en el aire y no sé por qué se me ocurre que sería bueno decirte: “¿La Santa Muerte?”, pero no me atreví.

BRUJO:  Qué bueno que no lo dijiste porque te hubiera dado un cachazo por el mal chiste.

POETA:  Pero sí iba pensando. Esa voz yo la conozco… esa voz no es la primera vez que la oigo y además me conoce… ¿quién es? ¿quién es?

BRUJO:  La mera verdad es que esperaba que me reconocieras con rapidez, pero se me ocurrió que el paso de tantos años de seguro te había maltratado la memoria.

POETA:  Veinte años.

BRUJO:  Ey.

POETA:  Cuando tomamos la autopista pensé en desbarrancar el carro… al fin que la muerte iba en el asiento trasero…Pero en vez de eso te pedí permiso para fumar…

BRUJO:  Te dije que mejor pusieras música. Una ranchera.

POETA:  Ajá… Puse la radio y sonó una canción vieja, una que oía mi mamá cuando se acordaba de mi papá y le daba el sentimiento…

BRUJO:  Fue una de amor perdido… y me puse a cantarla, aunque no me la sabía bien.

POETA:  ¿Brujo? Te dije.

BRUJO:  Ándale…ahí fue.

POETA:  Giré la cabeza para mirarte…

BRUJO:  Te tardaste, te dije…

POETA:  Yo no sé si me sentí mejor o peor…

BRUJO:  Peor, peor… pero por la canción, que es bien triste.

POETA:  ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué quieres? Te pregunté…

BRUJO:  Nada… darte un regalo… Entonces saqué la baraja y te la ofrecí. Toma una carta….

POETA:  ¿Todavía haces trucos?

BRUJO:  Hay cosas que se quedan con uno… Regresa la carta…

POETA:  Te pregunté: ¿Quién te pidió que me mataras?

BRUJO:  Fue la primera vez que preguntaste….

POETA:  Me puse a pensar en que ya hacía tiempo me temía encontrarte, que sabía a lo que te dedicabas, que más de una vez pensé. Si algún día el me apunta con una pistola, no me resistiré. Si me pide que suba a un auto, no diré nada. Me puse a pensar en que en un par de horas ya no estaría vivo, así pensé. No sabía si tenía que ver esto con mis reportajes sobre la exportación ilegal de minerales a países asiáticos o si tenía que ver con mi libro sobre la relación entre las operaciones antidrogas y los procesos electorales o sobre las autodefensas y…

BRUJO:  Ninguna de esas mamadas…. Mira: Ésta es tu carta.

POETA:  Ni siquiera me fijo por dónde vamos, pero me asusto cuando se acaba el camino y entramos a la pura tierra y el carro se tambaleaba como una lavadora descompuesta. El sol ya tenía rato de haberse despedido y los faros ya atraían a los mosquitos y las palomillas.

BRUJO:  Cuando llegamos aquí se trataba de que fuera una sorpresa chingona. Se trataba de llevarte a un lugar bonito. Me hubiera gustado la playa. Ahí hubiéramos estado entre chamacas en bikini y latas de cervezas enterradas en la arena, pero a lo más que podía llegar en este pueblo polvoriento era llevarte a pasar tus últimos momentos en este rejodido mundo al lugar donde todo empezó.

POETA:  Donde todo empezó…

.

El Poeta se esconde dentro de la alberca de pelotas. El Brujo lo busca y se acerca al borde. Ahora entran en un recuerdo y son unos niños de unos ocho años.

.

BRUJO:  Aquí estás…

POETA:  ¿Qué haces? Nos van a ver…

BRUJO:  Nadie está viendo… Además, ni que esta alberca te ocultara tan bien.

POETA:  Me lleva… ojalá fuera un pozo y me tragara.

BRUJO:  ¿Estás bien?

POETA:  ¿Seguro que nadie está viendo?

BRUJO:  Seguro… Todos creen que te fuiste del salón o que te fuiste al baño a llorar.

POETA:  Yo no lloro.

BRUJO:  Estuvo muy loco…

POETA:  ¿Ya se fue?

BRUJO:  ¿Quieres? Te traje un sándwich.

POETA:  El mago. ¿Ya se iría?

BRUJO:  No se quería ir sin su paga.

POETA:  Yo no tengo la culpa de que sea un inútil.

BRUJO:  ¿Cómo te diste cuenta?

POETA:  No debería tener licencia si no puede engañar a unos chamacos de ocho años.

BRUJO:  Estuvo chingón… digo con todo y lo que pasó.

POETA:  No digas groserías.

BRUJO:  ¿Por qué?

POETA:  Te puede oír un adulto.

BRUJO:  Te digo que nadie te vio venir para acá.

POETA:  No sé si a los magos se les da licencia. Es más no sé si haya escuelas para magos.

BRUJO:  Yo puedo hacer mejores trucos que él. Cualquiera puede hacer mejores trucos que él…

POETA:  No era para que se pusiera así.

BRUJO:  Yo no me imaginé que así fuera el truco…

POETA:  Podía haber guardado mejor la paloma muerta. Tienes que ser un mago muerto de hambre para tener un traje con hoyos en las bolsas.

BRUJO:  La niña que gritó cuando se le cayó al suelo la paloma muerta.

POETA:  El castigo que me espera cuando llegue a casa.

BRUJO:  Estuvo chingón… todos gritando…

POETA:  No digas… esa palabra.

BRUJO:  No te debería importar lo que piensen los adultos. Ellos no sólo dicen groserías, hacen cosas peores.

POETA:  ¿Qué traes…? ¿La recogiste?

BRUJO:  ¿Qué tiene? Ya está muerta. Seguro la iban a tirar a la basura.

POETA:  Por eso. ¿Para qué la quieres? Es basura…

BRUJO:  Mira… tiene una mancha de sangre aquí en el cuello…

POETA:  No me la acerques….

BRUJO:  Ya había visto ratas muertas y el gato del vecino cuando lo envenenó la abuela… pero ellos apestaban… éste es un muerto que no apesta…

POETA:  Al rato va a apestar. Todos los muertos apestan.

BRUJO:  Si la meto en el congelador, a lo mejor no.

POETA:  Yo ni quería venir a esta fiesta, pero mi mamá me dijo. Tienes que ir a esa fiesta si quieres tener amigos.

BRUJO:  Yo conozco al hijo del dueño del salón, por eso me pude colar en la fiesta…

POETA:  ¿Tú eres de aquí?

BRUJO:  Mi abuela… yo nací en otro lado…

POETA:  ¿No tienes papás?

BRUJO:  Todos tenemos papás… sólo que algunos ya no los vemos.

POETA:  A mi papá lo mataron unos… no sabemos quién… por eso huimos de nuestro pueblo.

BRUJO:  Pues este pueblo no es muy lindo tampoco…

POETA:  Ya van a partir el pastel…. ¿Me puedes traer una rebanada?

BRUJO:  Voy a ver, niño que no dice groserías…

POETA:  Osvaldo. Me llamo Osvaldo.

BRUJO:  Se parece a mi nombre.

POETA:  ¿Pues cómo te llamas?

BRUJO:   Leobardo.

POETA:  Los dos riman con gato y con mago…

BRUJO:  Mejor sal de ahí… ya nadie le importa.

POETA:  Mugre fiesta…

BRUJO:  Imagínate que salieran palomas muertas dentro del pastel…. Ese sí que sería un truco chingón….

POETA:  ¿Seguro que se fue el mago?

BRUJO:  Mira ahí está mi amigo… vamos a enseñarle la paloma…

.

El Poeta sale de la alberca. El Poeta y el Brujo regresan del recuerdo, son adultos de nuevo.

.

BRUJO:  ¿No exageramos?

POETA:  ¿Cómo?

BRUJO:  Nos fuimos hasta más allá del principio. Con eso de la recordadera…

POETA:  Pero así pasa. Si alguien regresa a la casa donde nació. Si alguien se topa con sus viejas cosas después de años… se queda así, con cara de tonto. Es que todos los recuerdos te dan una cachetada y te dejan paralizado sin saber qué decir, como el golpe de una ola en el mar. Así me pasó cuando regresé al pueblo. Así me pasó cuando crucé la puerta del salón.

BRUJO:  Eso me figuré… Vi cómo se te llenaron de brillo los ojos y me dije. Seguro se está acordando de esa vez que nos conocimos. Seguro se acordó de la fiesta de la Sandra López. Por eso me esperé un poco y te pregunté. ¿A poco no está igualito, Poeta?

POETA:  Veo los juegos. Los globos y los juegos.

BRUJO:  Hasta me llegué a creer que irías a buscar los columpios.

POETA:  No me la creo… Es como esas películas donde viajan en el tiempo. A lo mejor nada más ya estaba muerto. Me habías dado el balazo y no me había dado cuenta.

BRUJO:  Yo bajo el arma, pues no es razón de amenazarte ahora y te digo. ¿Te acuerdas que bien al principio había un carrusel que acabaron vendiendo como fierro viejo?… y las resbaladillas…

POETA:  El Reino de la Ilusión… así se llamaba, ¿qué no?

BRUJO:  Y nosotros le pusimos el Reino de la Perdición…

POETA:  Me acuerdo de que en aquella pared estaban pintadas unas montañas y un castillo a lo lejos. Unos animales cursis de colores: Un rey barcón en unas nubes. Una princesa abrazando un ramo de rosas.

BRUJO:  Que el Loco acabó por pintarles pitos en la boca y bigotes…

POETA:  El Loco.

BRUJO:  Ey.

POETA:  No me digas que piensan usarlo de nuevo. ¿O cómo está esto?

BRUJO:  Yo estoy convenciendo al dueño… que lo arregle y que le saque provecho… Poner juegos más modernos. Por lo pronto yo me apliqué para que lo chulearan lo mejor posible para el reencuentro… hice el encargo de que pusieran unos mecates con globos y una hielera con chelas, hielos y agua mineral. Y hasta una pinche piñata…

POETA:  ¿Una piñata?

BRUJO:  ¿Y ya viste?

POETA:  No manches… ¿Es el pozo?

BRUJO:  El pozo de los culeros….

POETA:  No puedo creerlo… ¿es el mismo?

BRUJO:  Creo que tú le pusiste así a la alberca de pelotas. ¿O no, cabrón?… No. Fui yo…

POETA:   El pozo de los decesos….

BRUJO:  Aquí sentados en el borde de la alberca nos pusimos nuestra primera peda con el Loco y el Benito Bodoque.

POETA:  El Loco.

BRUJO:  Ey.

POETA:  ¿De qué se trata esto?

BRUJO:  ¿Pero por qué sigues en la entrada? ¿Vas a pasar o qué? Te dije… ¿No es la cueva del demonio? No te traje a la dirección de la pinche secundaria… Éste es un lugar chingón… ¿A poco no nos la pasamos bien aquí? ¿A poco no? Se trata de ser felices, cabrón.

POETA:  No se podía… eso, que estuviera feliz.

BRUJO:  ¿Por qué?

POETA:  ¿Cómo que por qué?

BRUJO:  Te tuve que alzar la voz para que ayudaras y acercaras una mesa. “Anda no andes nomás ahí de pinche inútil.”

POETA:  ¿De quién es este lugar?

BRUJO:  ¿Ya vas a empezar? Y sacaste tus cigarros…

POETA:  ¿Con qué?

BRUJO:  Con tus preguntas.

POETA:  Sólo es curiosidad.

BRUJO:  Curiosidad es lo que mata al gato. Y encendiste tu primer cigarro…

POETA:  ¿Por qué me vas a matar? ¿Quién lo ordenó?

BRUJO:  Fue la segunda vez que preguntaste….

POETA:  Perdón. Es que…

BRUJO:  Déjate de pensar en la parca y sírvete unos tragos. Como ya estamos huevones y bigotones, ya no será cerveza nomás… serán tragos de hombre.

POETA:  Pero ya te dije que yo ya no…

BRUJO:  Ya sé, ya sé… Sé que de un tiempo acá dejaste el mezcal y el tequila. Ya me la sé que abandonaste nuestras tradicionales bebidas aztecas.

POETA:  Diabetes.

BRUJO:  En tu último examen de sangre tu azúcar estaba por las pinches nubes. Por eso traje este güisqui chingón que me regalo mi empleador.

POETA:  ¿Cómo sabes…?

BRUJO:  Para que veas que no eres el único que le sabe hacer a la investigada.

POETA:  ¿Por qué brindamos?

BRUJO:  ¿Cómo que por qué?

POETA:  Entonces me dijiste el gusto que te daba verme. Que dejara esa cara de funeral y no sé qué tanto.

BRUJO:  Te dije: No hay porque adelantar lo que ni se ha asomado.

POETA:  En el camino dijiste que me querías dar un regalo…

BRUJO:  Nos quedamos callados. Así un ratito mientras nos empujábamos las primeras chelas, ¿no?

POETA:  Yo ya no tomo chela.

BRUJO:  Ajá… tú sólo el güisqui… y tus cigarros.

POETA:  Y me pediste que escribiera la carta…

BRUJO:  Te dije que ese era mi regalo… mi regalo de cumpleaños.

POETA:  Mi cumpleaños es hasta el próximo mes.

BRUJO:  Por eso. Para que no te quedes con las ganas de celebrarlo…

POETA:  Pero aún no lo cumplo. Sería como hacer trampa.

BRUO:  Tú siempre tan pinche correcto con todo. A veces hay que comerse el postre antes… también se vale adelantarle a la película para ver el final. Entonces tampoco teníamos que aclararlo toooodoooo desde el principio y meter recuerdos y todo…

POETA:  Dicen que es de mala suerte, digo lo del cumpleaños.

BRUJO:  A ti la suerte ya se te acabó.

.

Pausa.

.

BRUJO:  No te voy a mentir… tú de este lugar no sales respirando…

POETA:  Y nos quedamos callados otra vez.

BRUJO:  Y dimos otro trago… yo a la cerveza y tú seguías fumando. “Nada más no me eches tu humo con cáncer”

POETA:  Luego me preguntaste por mi mamá…y te dije…

BRUJO:  Sí… que había muerto… también mi abuela. Y brindamos por ellas.

POETA:  ¿Así es?

BRUJO:  Como debe ser…

POETA:  Me senté en una de esas sillas de colores… Y entonces te pusiste a recordar algo sobre tantas veces que entramos a este lugar.

BRUJO:  ¿Te acuerdas de la vez que trajimos a las chavas de la secundaria tres y como se… bla bla bla?

POETA:  Pero yo no te oía. Miraba cómo al hablar movías la pistola de un lado a otro. Yo empecé a escuchar esa voz que me viene justo antes de que comience a escribir una nota…. Tac tac. (Abstraído). El periodista Osvaldo Fulano de Tal se suma a la serie de periodistas asesinados en México… fue ultimado cuando un comando se hizo presente en su negocio… a la entrada de su casa… salía de un oxxo… en realidad da igual a donde iba…

BRUJO:  ¿Eh? ¿Te acuerdas?

POETA:  ¿Qué?

BRUJO:  ¿No me estabas escuchando o qué?

POETA:  Es que no entiendo qué hacemos aquí.

BRUJO:  Ya te lo dije. Te quiero hacer un regalo.

POETA:  ¿Así le dices a los plomazos?

BRUJO:  Yo hago como que no te oigo y te digo: “Estamos aquí para celebrar tu cumpleaños y tu despedida”.

POETA:  Creo que el que se volvió loco eres tú. Tanto muerto en tu cabeza te alteró algo. No me digas que a todos tus encargos los traes a un salón de fiestas infantiles de cuarta.

BRUJO:  El regalo no es la bala que se quedará en tu cuerpo humano. El regalo es tu despedida.

POETA:  ¿Cómo que regalo? ¿Esta dizque fiesta es mi regalo?

BRUJO:  Ándale… Así preguntaste, con esa cara de pendejo. Y yo te dije. Tu regalo es que vas a escribir tu despedida. Antes de que te largues de este mundo…

POETA:   ¿Quieres que escriba una nota de suicidio?

BRUJO:  De despedida. Bueno… algo así… Te confundes, pinche Poeta…

POETA:  Yo estaba ya un poco harto de todo, no quería beber ni nada y por eso te hice caso… sólo por seguirte la broma… porque yo creía que era una broma. Tomé un crayón y una hoja en blanco…

BRUJO:  Y escribiste…

POETA:  Por medio de la presente quiero informarles que he decidido suicidarme.

BRUJO:  Una mamada…

POETA:  Y te dije: ¿Ahora qué? ¿Me vas a dar un tiro o qué?

BRUJO:  No tan rápido…

POETA:  Y me hiciste reescribir la carta. Más de tres líneas, dijiste.

BRUJO:  Y la volviste a escribir mal.

POETA:  Y aquí estamos…

BRUJO:  Y aquí estamos…

.

Pausa.

POETA:  ¿Cómo que la escribí mal? ¿Quieres que vuelva a escribirla? Aún no sé si todo esto es una broma.

BRUJO:  Tú eres el que ve este asunto serio como una vacilada. Te digo que escribas una carta de despedida y haces pendejadas… Tienes que escribir una carta donde te pongas en paz con el mundo.

POETA:  Una carta de despedida dices…

BRUJO:  Pero es algo más… no es nada más que digas. Ya me voy, culeros. Es que digas sobre los asuntos pendientes… ¿ves? Eso. Se le dice de un modo. Carajo, siempre se me olvida el mentado nombre… Pero en lo que es básico se trata…

POETA:  De que le hables a la gente que dejas atrás. Que les digas las cosas importantes que dejaste atrás…

BRUJO:  Tienes un nombre… carajo. No me acuerdo…

POETA:  ¿Cosas pendientes?

BRUJO:  Cosas importantes… Nada de pendejadas de retrasado mental como: no vayan a olvidar en darle de comer al perro.

POETA:  O no vayan a vender mi colección de cómics del hombre araña o algo así.

BRUJO:  Te digo que se le llama de una forma es un acto de coo… empieza con co… yo no encuentro la palabra… entonces oigo que empiezas a adivinar…

POETA:  Cooperación…

BRUJO:  No…

POETA:  Correlación…

BRUJO:  No…

POETA:  Consternación…

BRUJO:  Creo que sí…

POETA:  Entonces debe ser algo que empiece como: Querida Sandra…

BRUJO:  ¿Querida Sandra?

POETA:  ¿Qué tiene?

BRUJO:  Así que tienes una esposa. Y se llama Sandra. La misma Sandra que me estoy imaginando.

POETA:  ¿No lo sabías? Nos reencontramos en la universidad y…

BRUJO:  Ok. Y tu hija seguro se llama igual, Sandrita.

POETA:  Mi hija se llama como mi mamá…

BRUJO:  Ya… ya… me late. Síguele.

POETA:  (Pretende leer de una hoja en blanco). Querida, Sandra… Esta es una carta de despedida y de dolor. Yo sé que te estás preguntando por qué me quité la vida. Te platiqué de los Pérez. Los que tienen la tortillería. Dijeron que no a lo del pago. Los criminales ya no estaban contentos con los cinco mil, ahora querían el doble. ¿Cómo iban a pagar tanto? Don Luis se rehusó. Yo les dije que denunciaran. Que yo escribiría sobre ellos, que confiaran en la justicia. No lo hicieron, pero se mantuvieron firmes. La semana pasada desapareció Julián, el hijo mayor. Apareció tres días después a la orilla del río. Eso no te lo conté. Esta mañana la familia dejó el pueblo. ¿Por qué te cuento esto? No sé. No es por ellos que me quité la vida. Bueno. Sí es por ellos. Es que me duele. Me harté de la vida. Me harté de esta injusticia en la que vivimos. Es como un infierno sin salida en el que estamos.

BRUJO:  Eso… Eso que acabas de escribir… merece que te dé…

POETA:  Una felicitación,

BRUJO:  Un buen madrazo.

POETA:  Querías que pusiera algo que me provocara consternación… eso es… algo que me provoca mucho pesar…

BRUJO:  No puedes evitar andar con tus cosas de periodista llorón.

POETA:  Pues no encuentro otra cosa que me provoque dolor y que quiera contar antes de matarme… Mi esposa, mis amigos, porque también tengo muchos amigos, ¿sabes? y todos los que me conocen te podrían dar razón de que yo jamás me mataría. Todos saben que a pesar de todas las porquerías que hay en este país y este pueblo, yo amo la vida.

BRUJO:  ¿Amas la vida? No digas mariconadas que hasta a mi abuela la harían vomitar sus intestinos.

POETA:  No puedo evitar ser quien soy… Soy un periodista.

BRUJO:  No entiendes nada. No se trata de que aparezcas en la primera plana del periódico de mañana. Te digo que se trata de que escribas a quienes más te importan por última vez, no a unos pendejos dueños de una tortillería.

POETA:  La verdad es lo que más me importa.

BRUJO:  La verdad es lo que más me importa… La verdad no te va a dar las gracias de nada. La verdad es como una ardilla del bosque, parece buena onda la cabrona, le das de comer sus cacahuates, pero al final es una rata con cola esponjada que te puede morder y contagiarte de rabia la desgraciada.

POETA:  Pues no puedo evitarlo, Brujo. Así es.

BRUJO:  Yo te estoy dando un gran regalo y tú no lo aprovechas. Imagínate a tu vieja y a tu hija recibiendo esa pinche carta… imagínatelas a la Sandra y a la pobre Lupita bien pinches tristes de que en tus últimos momentos no se te ocurrió pensar en ellas. Eras más listo, cabrón. Yo me acuerdo que eras más listo.

POETA:  Sandra y Lupita no necesitan que les escriba que las quiero o que las extrañaré. Y no tengo ningún asunto pendiente con ellas. Y menos siento consternación…

BRUJO:  No es consternación… es otra cosa… Lo único que me gustó es eso de que te hartaste de la vida. Pero sigue siendo una mamada… no estoy de acuerdo… tu escribías mejor… Me harté de la vida y luego Amo la vida. No mames.

POETA:  ¿No es consternación?

BRUJO:  Lo malo es que no tenemos tiempo…

POETA:  No entiendo por qué le das tanta vuelta. ¿Para qué quieren la carta? Mátame y ya… ¿Quieren que parezca un suicidio? Eso es fácil. Lo hacen en todas las películas… Puedes darme el balazo aquí en la cabeza, en el pecho. Sólo que debe ser muy cerca. Si no nadie creería que me disparé. Y luego cuando ya no responda a tus insultos y malos chistes, pones el arma en mi mano… así quedarán mis huellas… Luego tal vez dirás tú mismo una despedida para mí y ya.

BRUJO:  Sigues sin entender… El problema no es cómo matarte. El problema es la puta carta. La que tienes que escribir. La carta de despedida. Es que debe ser como me la pidió mi empleador… pero debe ser un acto de coo… cooo. Carajo…

POETA:   Ya sé… una carta de condolencia… eso debe querer…

BRUJO:  No me suena…

POETA:  Debe querer algo como: A quien corresponda… El día 23 de septiembre a las tres de la tarde, será hallado mi cuerpo sin vida en un salón de fiestas infantil. Antes de que me lleven a cremar o a que me hagan la autopsia, que no creo necesaria porque es obvio que morí de un tiro en la cabeza, quiero que me den la oportunidad de dar mis condolencias por todos mis otros compañeros que fueron asesinados y que no tuvieron la oportunidad de decir unas últimas palabras: Los que fueron asesinados en espacios públicos, pensando que ahí entre la gente, entre sus semejantes, estarían protegidos; los que fueron masacrados en sus espacios, como sus negocios, sus casas o dentro de sus autos, donde sentían que estaban seguros. Doy mis condolencias a todas sus familias y les digo a mis compañeros de profesión que aún están vivos, que los mejores pésames que pueden dar a mi esposa y mi hija es que no dejen de luchar y que sigan con sus investigaciones y que continúen con las mías. Les agradezco que esclarezcan lo de los asaltos a trailers, y que averigüen sobre los sobornos a la policía estatal y ….

BRUJO:  Ya me acordé, cabrón: Cotricción. Es una carta de cotricción.

POETA:   Contrición, querrás decir.

BRUJO:  Eso… sí… creo… sí….

POETA:  O sea que tu jefe te pidió que yo escriba una carta donde pida perdón…

BRUJO:  Eso mero…. Debe ser una carta donde digas todo eso malo de lo que te arrepientes… todo eso que hiciste mal y que te revuelve las tripas por la culpabilidad…

POETA:  Es lo que yo hubiera creído desde el principio… quiere que diga que me arrepiento de haber escrito lo que he escrito… Pero no lo voy a hacer, porque eso sería ir contra todo por lo que he luchado…

BRUJO:  Deja de hacerte el puto héroe que no eres el pinche hombre araña, ni el batman… ninguno de ustedes jodidos reporteros muertos de hambre, lo es.

POETA:  Una nota donde digo que me arrepiento de defender las causas justas sería como un billete de tres pesos. Cualquiera sabría que es lo más falso del mundo. ¿Para qué quiere tu pinche jefe que escriba algo falso?

BRUJO:  Dijiste una pinche grosería.

POETA:  Es que me molesté, pinche Brujo… ¿ves? Y así es cuando…

BRUJO:  No te me apures que no es ese tipo de nota la que quiere… No quiere que hables de nada de tus cosas de reportero… ya te lo dije… te lo he estado diciendo desde hace tres cervezas…

POETA:  Pues no entiendo ni madres…

BRUJO:  Eso… Me late que te encabrones y que mientes madres, es malo quedarse con los pinches corajes atorados.

POETA:  Es que así es… no hay modo que yo me arrepienta, así me perdonaran la vida.

BRUJO:  No te apures… la carta seguirá siendo la carta de un muerto.

POETA:  …

BRUJO:  No me digas que llegaste a creer que la carta esa te libraría de la muerte.

POETA:  Eso pensé… digo… es lo que cualquiera pensaría. Yo escribo una carta pidiendo perdón al mafioso y él me perdona la vida…

BRUJO:  Eso nunca funciona… si te perdonaran la vida y tú prometieras dejar de escribir y te fueras a vivir a muy lejos, eso no serviría de nada.

POETA:  Yo seguiría escribiendo aún en China.

BRUJO:  Eso.

POETA:  O en la Patagonia

BRUJO:  Ajá.

POETA:  O en el Reino de la Fantasía…

BRUJO:  Ya sé…

POETA:  ¿Y para qué me serviría entonces escribir esa nota si de todas formas…?

BRUJO:  Yo no te mataré… soy sólo un mensajero…

POETA:  Él vendrá…

BRUJO:  Sí.

POETA:  Pues eso es lo que quiero. Quiero que me dé la cara.

BRUJO:  Él no te matará con una bala en el pecho… ni a la cabeza.

POETA:  No me digas… Me vendrá a torturar…

BRUJO:  Ríete si quieres. Así, yo también me reí… pero la primera vez que lo vi trabajar, me dio un dolor más fuerte que la mentada colitis. El cabrón lleva siempre un cuchillo más grande que tu brazo y antes de clavártelo en el estómago o el corazón, ¿sabes qué hace?

POETA:  Ya sé… me arrancará las uñas.

BRUJO:  No. Los dedos.

POETA:  Claro…

BRUJO:  Ajá… y se los va comiendo uno por uno…

POETA:  Como si fueran pequeñas salchichas o zanahorias…

BRUJO:  Trae su propia salsa y los va embarrando…

POETA:  De cátsup.

BRUJO:  O de queso para nachos.

POETA:  Y se los come crudos.

BRUJO:  Como si fuera uno de esos caníbales de la selva.

POETA:  Y si eso no calma su hambre… Se sigue con el corazón.

BRUJO:  Antes el hígado…

POETA:  Y yo mientras suplico y grito…

BRUJO:  Y al final para que dejes tanta lloradera te da un picotazo con un picahielo en el ojo derecho.

POETA:  ¿Siempre en el ojo derecho?

BRUJO:  Siempre…

POETA:  ¿Y dices que leo demasiados cómics?

BRUJO:  No es cosa de cómics… es como debe ser…

POETA:  Como es…

BRUJO:  La cosa es que puedes evitarte ese sufrimiento con el carnicero de mi jefe. Todo lo que tienes que hacer es esa carta de cotricción.

POETA:  Contrición.

BRUJO:  Eso mero.

POETA:  ¿Y dices que no se trata de pedir perdón por mis notas de periódico?

BRUJO:  Si no, qué chiste.

POETA:  No entiendo cómo es que una carta así me puede salvar de que ese tipo se coma mis dedos.

BRUJO:  Es que con esa carta obtiene algo más cabrón que tus dedos o tu asqueroso hígado… se hace dueño de tus vergüenzas… como quien dice, de tus culpas y pecados. O sea, lo peor de ti… entonces así…como si fuera el diablo, ¿ves?

POETA:  Le gusta ver a la gente sacar sus peores sufrimientos.

BRUJO:  Te digo que es el Satanás encarnado. Una mala persona pues.

POETA:  Quiere que confiese lo peor que he hecho…

BRUJO:  Y sólo si está conforme…

POETA:  No comerá mis dedos.

BRUJO:  No te arrancará tu corazón.

POETA:  Quiere ver la peor parte de mí mismo.

BRUJO:  Dice que ustedes los periodistas se las dan de santurrones y de justicieros, pero que de blancas palomitas no tienen nada y que también tienen una larga cola demoniaca que les pisen.

POETA:  Es un desquite….

BRUJO:  Una venganza.

POETA:  Hacer que usemos nuestras palabras en contra de nosotros mismos.

BRUJO:  Junta esas cartas… y las atesora más que a joyas o relojes finos. Así en una caja de abuelita. De verdad que las guarda en un cofre puñetero.

POETA:  ¿Para qué las quiere?

BRUJO:  Dice que va a escribir un libro… dice que ahora todo mundo escribe… los cantantes, los futbolistas, los políticos corruptos…

POETA:  Quiere humillarnos.

BRUJO:  Velo como una confesión, como si la hicieras a tu santo patrón… al mismo San Judas, para que él mismo evite tu paso al infierno del maltrato y la tortura. Sólo tienes que confesar tu arrepentida alma…

POETA:  Pero yo no tengo nada de qué arrepentirme. No tengo a quien pedir perdón…

BRUJO:  Tienes qué… anda… antes tenías muchas pinches ideas… anda…

POETA:  Es que no encuentro qué decir. Digo algo que sea creíble. ¿Tú sabes? No puedo poner cualquier cosa.

BRUJO:  Hablas otra vez de poner la verdad. La puta verdad.

POETA:  Eso es lo que hago. A eso me dedico.

BRUJO:  Tú no escribes la verdad. Por eso estamos aquí.

POETA:  Yo escribo la verdad. Por eso estamos aquí.

BRUJO:  Me deberías estar besando los juanetes. A nadie le he contado de primera mano, o sea, con anterioridad, lo de la pinche carta de cotrición. A nadie se lo había dicho antes de que el cabrón de mi empleador llegara. Como quien dice a nadie le preparé una fiesta de no cumpleaños…

POETA:  Sé que no soy un santo, pero sé que no he hecho nada que pudiera hacer que un juez de aquí o del más allá me condenara.

BRUJO:  No mames… algún pendiente tendrás… yo tampoco creo que seas un santo.

POETA:  Pedir perdón… ¿en serio?

BRUJO:  Seguro que hay algo…

POETA:  (Toma la hoja y pretende leer algo). Mi querida Sandra: Cuando recibas esto… entenderás por qué no llegué a cenar. No es que haya tenido una junta en el periódico, tampoco creas que es porque me fui a echar un trago por ahí. Perdona que no haya llevado el pan y la leche que me solicitaste, sé lo mucho que te molesta no tener leche en el refri, así como tampoco te gusta que deje los calzones en el piso del baño o que no te ayude con el quehacer doméstico. Pero no te apesadumbres, todas esas cosas que te ponían tan mal, ya no pasarán, pues ya no estaré allí, ni siquiera para consolarte cuando lloras por una serie de la tele. Perdón por el funeral que tendrás que arreglar, perdón por no poder cumplir mi promesa de envejecer juntos, perdón por perderme los quince años de Lupita y por dejarte como una pobre viuda. Perdón porque esta noche decidí desaparecer como una gota de orina en el escusado.

BRUJO:  No mames…

POETA:  ¿No querías eso?

BRUJO:  Con esa nota el carnicero de mi jefe no sólo se comerá tu corazón y tu hígado, también te sacará los huevos para dárselos de croquetas a sus perros.

POETA:  ¿Qué quieres qué haga? No hay nada serio para pedir perdón… Sólo que invente algo…

BRUJO:  No sé…

POETA:  Sí. Sólo así podría ser. Tendría que inventar algo…

BRUJO:  Si inventas algo seguro se notaría.

POETA:  Soy un escritor y un escritor tiene la imaginación para inventar… ¿Qué no?

BRUJO:  Sólo si escribes algo que te viene de aquí, del mero interior, mi jefe podrá sentir compasión por ti.

POETA:  Podría inventarme otra vida… una que nadie sospechara que tenía y de la que me arrepiento.

BRUJO:  No sé.

POETA:  Podría ser un apostador.

BRUJO:  No.

POETA:  Que se casó para poder heredar una fortuna…

BRUJO:  No.

POETA:  Un drogadicto que no paga sus impuestos….

BRUJO:  No.

POETA:  Que hace trampa al jugar ajedrez.

BRUJO:  ¿Qué?

POETA:  Podría decirle a Sandra que siempre estuve enamorado de otra. Que nunca pude olvidarla y que el dolor en mi corazón por el anhelo de la otra fulana se hizo insoportable. Que decidí matarme como Romeo con Julieta…

BRUJO:  ¿Qué pendejadas dices?

POETA:  ¿No?

BRUJO:  También podrías ser un vampiro o un robot violador…

POETA:  ¿Sí?

BRUJO:  Carajo. Debe ser algo real…

POETA:  Espera…

BRUJO:  ¿Qué?

POETA:  ¿Dices que debe ser algo real?

BRUJO:  ¿Qué tiene?

POETA:  Y para salvar mi pellejo yo estoy queriendo inventar algo.

BRUJO:  ¿Qué tiene?

POETA:  Que está mal… tú estás defendiendo la verdad.

BRUJO:  Y tú andas inventando puras mamadas…

POETA:  Así no es.

BRUJO:  Ya me sonaba todo un poco raro… como que no era yo mismo, ¿ves?

POETA:  Yo soy un enemigo de la falsedad, de lo maligno, de lo que se arrastra para esconderse.

BRUJO:  Y a mí me caga tu obsesión por lo que es correcto… Por eso te digo: inventa algo. Cualquiera lo puede hacer…. cualquiera puede ser algo terrible: un ladrón, un asesino.

POETA:  ¿Un asesino?

BRUJO:  Sí.

POETA:  Pero yo no soy bueno para eso de mentir… digo, recuerdas que mi mamá siempre me cachaba cuando intentaba inventarle algo…

BRUJO:  ¿Cómo no? Si ya una vez escribiste una carta pretendiendo que eras otro…

POETA:  ¿Sí?

BRUJO:  ¿No te acuerdas?

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El Poeta y el Brujo recuerdan cuando tenían trece años. El Brujo escribe en una hoja.

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POETA:  ¿Qué pasa, Loco?

BRUJO:  “Ya casi”. Decía el loco, pero nomás veía y veía el papel…

POETA:  ¿Ya la tienes? le dijiste.

BRUJO:  “Oh, chingados… No es tan fácil.”

POETA:  ¿Vas a querer o no que te diga?

BRUJO:  Al fin la tuvo y te dijo: “Ok… ahí está… creo que quedó chingona… “

POETA:  A ver… (Lee). Querida Sandra…

BRUJO:  Cuando viste el nombre… pusiste una pinche jeta. Claro… ella te gustaba desde que íbamos en la primaria, pero el Loco no lo sabía.

POETA:  (Lee). “Quiero besarte y tomarte entre mis brazos y acariciarte toda y que nuestros labios se besen. Me gustas un chingo y toda tú eres bien guapa. ¿Quieres o no ser mi novia? Sí o no. Táchale en el sí.”

BRUJO:  Y el pendejo del Loco le puso dos casillas como en los exámenes. Como un chiste, así chingón. ¿O no? O bueno, así nos parece a él y a mí.

POETA:  ¿Es en serio?, le digo medio enojado. A mí la verdad no me hace gracia que le escriba esas cosas a Sandra.

BRUJO:  “¿Qué? ¿No crees que le guste?”, dijo.

POETA:  Si le das esa carta se va a reír de ti o le va a decir a sus hermanos que te madreen.

BRUJO:  El Loco ni habla… ¿Qué tiene de malo?, pienso. El güey está siendo sincero y le está hablando de las cosas chingonas que le provoca ella.

POETA:  Parece una nota porno. Quiero acariciarte toda. Y luego no puedes decirle que te gusta un chingo. Casi le grito.

BRUJO:  “Pero es así”, dice el Loco, como apenado.

POETA:  Pero no lo pones así… Y luego eso de tacharle. Eso es como de la primaria.

BRUJO:  “Oh, bueno. Uno hace lo que puede.”

POETA:  Lo que puede.

BRUJO:  “Por eso te pedí ayuda”. Dice con la cabeza baja. A mí me da pena el cabrón. Anda, poeta, ayúdalo. Te digo.

POETA:  Yo suspiro y contra todo lo que yo hubiera querido, acabo dándole consejos: Tienes que hablarle sobre lo que te gusta de ella…

BRUJO:  “Sus ojos”, dice… “su pelo…”, sus tetas, digo.

POETA:  Nada de tetas. Casi me pongo colorado de pensar en las tetas de Sandra.

BRUJO:  Tú puedes ayudarlo con eso de la poesía, te digo.

POETA:  Usar metáforas…

BRUJO:  “¿O sea rimas?”

POETA:  No, Loco… figuras literarias… Y tú y el Loco me ven como si me hubiera salido otra cabeza con la cara de la maestra de español. Eso pasa por dejar de ir a la escuela, les digo.

BRUJO:  “Ya sabes que no soporto a los pinches maestros y a este cabrón lo corrieron por lo de la navaja que llevó”.

POETA:  Déjame ver…

BRUJO:  Y entonces tú chingonamente le haces la carta… a mí me parece chingón pues yo sí que sabía que a ti te gustaba la Sandra y te estabas sacrificando por un compa.

POETA:  (Lee de una hoja). Querida, Sandra… Desde hace un tiempo ha querido decirte algo que no me atrevía. Creo que eres la muchacha más bonita de todo el pueblo. Tus ojos son profundos como pozos de agua clara, tu cabello es como trigo que se mece en el viento. Quisiera saber si te gustaría salir conmigo e ir por un helado… algo así.

BRUJO:  ¿Y las tetas?

POETA:  “Eso no”, dice el Loco… “¿No oíste?”

BRUJO:  Oh. ¿Qué tiene?

POETA:  Que va a creer que quiere cogérsela.

BRUJO:  ¿Y está mal eso?

POETA:  No. Pero y le pregunto al Loco: ¿tú, sólo quieres eso?

BRUJO:  No… pues no… “pero está buena”… “la carta”, dice el Loco…”La carta, güey. Está buena la carta”…

.

El Poeta y el Brujo regresan del recuerdo.

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POETA:  Esa carta.

BRUJO:  Al final el pinche Loco les dio la misma carta a otras dos viejas y todo se le chingó… ni pedo.

POETA:  Pinche Loco.

BRUJO:  Ni te sulfures que al final fuiste tú el que se quedó con la morra. ¿Qué no?

POETA:  Pues ya ves ése no es buen ejemplo… la carta era auténtica. No fingí nada…

BRUJO:  Pero la firmaste como si fueras el Loco.

POETA:  Entonces por qué no haces tú la carta y yo la firmo.

BRUJO:  Pues… (Saca una hoja de papel).

POETA:  ¿Ya la tenías preparada?

BRUJO:  (Lee). Esta es mi despedida. (Deja de leer). A quien corresponda… (Regresa a la lectura). Confieso que no soy la persona que creen Soy algo así como un ser despreciable pues he hecho cosas despreciables Les parecerá raro porque mi vida parecía perfecta pero de un tiempo acá pues uno es hombre y de pronto quieres probar otras aguas porque así me sentía atrapado como si fuera un perro amarrado a un poste pocos lo saben pero tengo otra vida… una en la que me involucré en el crimen y en cosas horribles De últimas fechas para acá estoy oyendo voces Voces que me dicen que no meresco todo lo que tengo y que yo veo que tienen rasón. La culpa me retuerce las tripas. Se siente bien gacho Ya ni tan siquiera el alcohol o el cigarro me dan el consuelo que preciso Ni yo mismo me entiendo. Me veo al espejo y no me reconozco Me doy pena en cada una de mis retristes arrugas. No puedo vivir con ese güey del espejo. No puedo. Por eso voy a hacerle caso a las voces demoniacas que me dicen que tome una pistola y acabe con esta perra miseria. Por favor no dejen que me hagan la mentada autopsia. No quiero que la gente mire mi cara despedazada por el plomo carbonizante. Que me tiren al océano, ése que nunca conocí más que de fotos y oídas. Y no se apuren, que ahí donde vaya estaré no se guarda ni el rencor ni la memoria. Pónganle una veladora a San Judas de mi parte para que ruegue por mi atormentada alma Amén

POETA:  ¿Plomo carbonizante? (Le quita la carta).

BRUJO:  Ya sé que tú eres el poeta, pero es para que veas que sí se puede…

POETA:  Esta carta está llena de faltas. Merezco va con zeta. Y también razón. No pones comas ni puntos como se debe. Además, no es mi estilo.

BRUJO:  Tú mejor que nadie sabes que apenas llegué a primero de secu.

POETA:  ¿Y cómo está eso de que oía al diablo?

BRUJO:  Voces demoniacas.

POETA:  No puedes hacer eso. Parece una telenovela. No soy religioso y yo nunca me involucré con el crimen organizado. Si tu jefe pone esa carta en su libro, a él es al que van a hacer pedacitos y dárselo de comer a los cerdos críticos.

BRUJO:  Esta carta sólo la muestro para que pendejos como tú se den cuenta de que queriendo se puede… A nadie le importa tu dichosa verdad. La verdad… para que lo sepas, callada se ve más bonita.

POETA:  Pues te repito que no puedo… alguna vez intenté escribir una novela y unos cuentos.

BRUJO:  ¿Y los cómics que escribías?

POETA:  Seguí haciendo algunos dibujos… pero dejé todo eso hace años…

BRUJO:  Y acabaste reportereando.

POETA:  Hasta el día de hoy.

BRUJO:  ¿Por qué todos defienden tanto la verdad? La verdad siempre es cobarde, te digo… ¿Te cuento una historia sobre la inútil verdad? Ahí tienes que eran tres chamacos pendejos que se la pasaban echando desmadre. Uno de ellos tenía un padre bastante cabrón y rico que tenía muchas propiedades. Es que era rico el ojete, aunque se hacía el pobre para despistar. La cosa es que entre tantas propiedades tenía un salón de fiestas que usaban para fiestas de niños. Era un lugar bastante chulo, pero medio inútil pues casi nadie lo rentaba. Por eso los escuincles estos vieron la oportunidad de darle un apropiado uso. Se metían sin permiso para organizar sus reuniones. Eran medio pendejos los cabrones, pues nada más se dedicaban a echar plática y también, como uno de ellos dizque sabía tocar la lira, pues cantaban canciones cursis. Hasta que un día se metieron y descubrieron algo….

El Poeta y el Brujo se pierden en un recuerdo donde tienen trece años.

POETA:  El Loco está tocando una canción vieja.

BRUJO:  Él cree que la hace, el pobre pendejo…

POETA:  Mejor pones tú música en el aparato.

BRUJO:  “No tan fuerte”, dice el Loco. “Ya saben que se puede oír”.

POETA:  No mames. Dices.

BRUJO:  Encima de que estamos sólo con velas, dices tú.

POETA:  Pero fue por quedarnos en silencio que lo oímos.

BRUJO:  Son como si alguien golpeara algo de metal…

POETA:  Sí. Tac tac….

BRUJO:  “Ni madres”, dice el Loco. “Seguro que son ratas”.

POETA:  No son ratas…

BRUJO:  Yo estoy sentado más cerca del pozo de los culeros. Por eso me doy cuenta. Sí son golpes…Tac tac…

POETA:  ¿A poco hay un sótano aquí?

BRUJO:  “No que yo sepa”, dice el Loco, medio espantado.

POETA:  Shh, cállense. Nos dices.

BRUJO:  Paramos bien la oreja…

POETA:  Vienen del pozo.

BRUJO:  No mames.

POETA:  Nos asomamos y nos damos cuenta que los ruidos vienen debajo de las pelotas de colores… como si vinieran de un pozo misterioso.

BRUJO:  Hay alguien abajo, dice el Loco.

POETA:  Y luego oímos clarito…

BRUJO:  “Sáquenme de aquí… “

POETA:  “Agua…”

BRUJO:  “Es un fantasma…” dice el Loco.

POETA:  ¿Cómo crees? Los fantasmas no piden agua…

BRUJO:  No mames, hay alguien ahí…

POETA:  ¿Por qué hay alguien ahí?

BRUJO:  “Mejor vámonos”, chilla el Loco.

POETA:  Tienen a alguien encerrado ahí.

BRUJO:  No mames, tu papá, tiene a alguien ahí.

POETA:  El Loco está más blanco que el fantasma que cree haber oído.

BRUJO:  ¿Sabías de esto?

POETA:  “Ni madres…”, insiste el Loco.

BRUJO:  Hay que sacarlo de ahí… dices tú.

POETA:  No mames, está cabrón, dices. Así de la nada, mueves el pozo. Yo te ayudo…. Quitamos la alfombra que cubre el piso y descubrimos una puerta oculta.

BRUJO:  Hay un candado…

POETA:  ¿No tienes la llave? Le preguntas al Loco.

BRUJO:  La puerta se mueve, como si alguien o algo la empujara desde abajo.

POETA:  Y los golpes continúan. Tac tac…

BRUJO:  Vamos a conseguir una palanca o algo…

POETA:  Anda, Loco. ¿No habrá algo por ahí?

BRUJO:  Pero el Loco no oye razones. Agarra sus cosas y nos dice así nada más que nos pelemos de ahí.

POETA:  No sé por qué le hacemos caso… pero después de regresar el pozo a su lugar, lo seguimos…

.

El Poeta y el Brujo regresan del recuerdo.

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BRUJO:  La cosa es que, al salir de ahí, los güeyes olvidaron las llaves dentro. ¿Estás de acuerdo que lo procedente era dejar las cosas así y ya? Pero el pendejo del hijo del dueño se puso de necio en recuperarlas quitando un vidrio del domo del techo. El pinche domo se cayó y se hizo pedazos. El trío de pendejos recuperó las llaves, pero ahí quedó la chingada evidencia de que alguien se había metido a la mala. El viejo se puso tan mal que acabó por contarle al hijo por qué se había puesto así y lo obligó a ver su primera ejecución. Ahí descubrió su hijo que no todos los salones de fiestas son para divertirse… Y esa es una historia sobre la puta verdad…

POETA:  ¿Todavía usan… el pozo?

BRUJO:  …

POETA:  Igual voy a acabar peor que el secuestrado de tu historia.

BRUJO:  Saber la verdad no le conviene a nadie.

POETA:  ¿Tú crees de verdad que el Loco no sabía?

BRUJO:  Claro que no sabía… si hubiera sabido, lo hubieran puesto antes de cuidador.

POETA:  Yo tuve pesadillas por una semana…. Hasta escribí un cuento, ¿te acuerdas?

BRUJO:  Por eso nunca quisiste entrarle a vigilar o a cuidar cuando el Loco nos invitó.

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Pausa.

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POETA:  Enciendo otro cigarro…

BRUJO:  Nos quedamos callados….

POETA:  Y oigo ese tac tac de nuevo…. ¿No los oyes? ¿Será tu jefe?

BRUJO:  Carajo… deja ver…

POETA:  (Abstraído). El periodista Fulano de Tal se suma a la serie de periodistas asesinados en México… las primeras investigaciones descartan un aparente suicidio… fue ejecutado con un único disparo en la cabeza… en el vientre… en el hígado… en realidad da igual dónde fue…

BRUJO:  No… No es nadie…. Debió ser un gato o una rata que pasaba.

POETA:  La pausa es aún más espesa…

BRUJO:  Porque ya no sabemos qué decir…

POETA:  Es aquí donde el secuestrado empieza a pensar en una salida… Aquí es cuando ve esa botella de whisky y piensa en usarla como arma. ¿Podré ser tan rápido? ¿Cómo se le pega a alguien con una botella en la cabeza? ¿Será como en las películas? También piensa en pedir ir al baño. Escapar por la ventana. Y todos esos pensamientos pasan muy rápido por la cabeza. Son como lluvia y viento en el desierto… pura esperanza.

BRUJO:  Y mientras el secuestrado piensa esas pendejadas. El asesino tiene los normales pensamientos del asesino. El asesino ya no se pierde en ese asunto de la matadera. Después del primero, ya no se piensa en el muerto que viene. Es un pinche trabajo. Es como ir a la oficina y checar la tarjeta. Se piensa en que acabe ya la chamba, se piensa en tacos al pastor, en ir a la cantina, en el table… o en los resultados del futbol.

POETA:  Sólo que yo no pienso en fugarme.

BRUJO:  Y yo no dejo de pensar que eres tú el que va a morir.

.

Pausa.

.

POETA:  ¿Qué se siente?

BRUJO:  ¿Qué cosa?

POETA:  Matar.

BRUJO:  Bien que lo sabes….

POETA:  Nunca he matado a nadie….

BRUJO:  No dije a alguien…

POETA:  ¿Cómo?

BRUJO:  Un mosquito… una cucaracha…

POETA:  ¿Un insecto?

BRUJO:  Así se siente… a veces chingón… a veces nada…

POETA:  ¿Estás comparando a los insectos con los humanos?

BRUJO:  Algunos se parecen… Y si no, pues haces que se parezcan…ese es el truco.

POETA:  Pienso en aquellos secuestrados que Don Chepe metía debajo del pozo y que trataban peor que a insectos. Chillando como animales… Y agradezco no estar ahora en el pozo de los decesos, aunque casi es como si lo estuviera.

.

El Brujo saca un cuaderno de entre las bolsas. Lo abre y comienza a leer.

.

BRUJO:  Era un trovador que, por revelar las oscuras prácticas de un rey, acabó siendo prisionero y arrojado al fondo de un pozo muy profundo. Por su valentía, un mago se acercó al borde y con un hechizo le dio un arma para poder salir. Cada vez que quisiera que una roca sobresaliera igual que el peldaño de una escalera, tenía que decir una verdad sobre sí mismo. La escalera que así se construyera lo ayudaría a salir. Sólo que había un problema, el hechizo sólo podía usarse desde el amanecer y hasta que la luz del sol alcanzara a iluminar el pozo. Parecía tiempo suficiente, pero el pozo era tan profundo que cuando el hombre subía, las verdades y los minutos se agotaban, de modo que siempre que estaba por alcanzar el borde del pozo, los primeros rayos directos lo sorprendían, las rocas se hundían y él tenía que descender para no morir por la caída. Parecía condenado a perecer en ese lúgubre lugar. Hasta el día en que el hechicero le hizo llegar un mensaje: Le dijo:

POETA:  (Continúa la narración). “La verdad es más poderosa que el propio sol. Y no puede ser encarcelada en la oscuridad para siempre”. El trovador creyó en el mensaje y siguió intentando su escape cada madrugada. Hasta que una mañana, cuando más había escalado, se empeñó en seguir adelante a pesar de que sabía de debía empezar a descender si no quería morir por la caída. El sol estaba por alcanzar su punto más alto y el joven sabía que no tendría ya tiempo, así que resignado a morir alzó la vista para ver por última vez la luz del mediodía y el cielo azul. Fue cuando para su sorpresa vio cómo todo se iba oscureciendo de nuevo, era como si la noche volviera a tomar fuerza… Así que el trovador aprovechó esa extraña oportunidad y comenzó a pensar nuevas verdades y los peldaños que lo llevarían más arriba, empezaron a surgir. Ascendió hasta llegar al borde del pozo, alcanzando la libertad justo en el momento en que el sol comenzaba a aparecer de nuevo en lo alto. No se lo explicaba… ¿Cómo había vencido? Alzó la vista y contempló el último momento de un eclipse total de sol.

BRUJO:  Es el que más me gusta….

POETA:  ¿Cómo es que aún lo tienes?

BRUJO:  Tú me regalaste tu libro de cuentos el día que…

POETA:  No esperaba que lo hubieras conservado.

BRUJO:  Cómo no iba a conservar el regalo de un amigo…

POETA:  Si aún eres mi amigo… ¿Por qué no puedes matarme tú?

BRUJO:  Carajo.

POETA:  Sí. Matarme tú… ¿Por qué no?

BRUJO:  No puedo.

POETA:  ¿Por qué?

BRUJO:  Porque así son las cosas. Es mi jefe… y así se hace. Yo le preparo el camino… él viene y mata…. Así es.

POETA:  ¿Así es?

BRUJO:  …

POETA:  O sea que tú no eres el asesino…

BRUJO:  Claro que sí… pues quién crees que soy. Pero hoy no puedo… Carajo… Sabía que en algún momento me lo pedirías… pero no puedo. No puedo.

POETA:  ¿Por qué?

BRUJO:  Porque lo prometí grandísimo pendejo. Porque se lo dije a San Judas hoy en la iglesia. Jamás, mi querido santo patrón de las causas perdidas y razones desesperadas, jamás mataré a nadie en este día. Te lo prometo por ésta…

POETA:  ¿Hoy es día de San Judas Tadeo?

BRUJO:  Yo no he jalado un gatillo ningún día 28 del mes.

POETA:  

BRUJO:  No te rías, pendejo. No te rías. Reírte de la devoción religiosa es como reírte de ti mismo.

POETA:  ¿De mí mismo?

BRUJO:  Porque te ríes de tu Dios que te creo a su imagen y semejanza…

POETA:  Cálmate…

BRUJO:  Tenemos que esperar por mi empleador y por eso debes escribir la carta. No hay de otra…

POETA:  Espera.

BRUJO:  ¿Ahora qué?

POETA:  ¿No crees que eso de San Judas y de que tú no puedes matarme, es demasiado enredado…?

BRUJO:  ¿Cómo enredado?

POETA:  Pues así… no sé.

BRUJO:  Es que así es.

POETA:  ¿Así es?

BRUJO:  Mira. Es muy claro. Mi jefe me pidió que te trajera aquí. Yo no puedo matarte porque por alguna razón agarró un coraje especial contra ti. Como que te tiene ganas, por así decirlo. Él es quien quiere darse el placer personal de encajarte el cuchillo debajo de las costillas por hocicón. Esa es la razón real de que no pueda matarte, ¿ves?

POETA:  Y porque se lo prometiste a San Judas.

BRUJO:  También por eso…

POETA:  Pero hay otra opción.

BRUJO:  ¿Otra opción?

POETA:  Sí. Tú puedes darme el regalo de cumpleaños que necesito. Mi escape…

BRUJO:  No te voy a dejar huir… lo sabes.

POETA:  Hablo de otro escape.

BRUJO:  ¿Quieres decir? (Hace la mímica de dispararse a sí mismo).

POETA:  Sí.

BRUJO:  No.

POETA:  Sí.

BRUJO:  (Ríe). No mames… No me hagas reír que me duele la panza… (Se duele del estómago). Si ya te aburriste, mejor parte tu piñata…

POETA:  ¿Qué tiene? Le dices a tu jefe que te distrajiste, te quité la pistola… Sí…

BRUJO:  Claro. Y hacemos como que peleamos.

POETA:  Yo te quito la pistola y me mato.

BRUJO:  ¿Te cae?

POETA:  Qué importa que yo lo haga. Estaré muerto. “El reportero conocido como el Poeta fue encontrado muerto con un balazo en la cabeza. Aparentemente fue un suicidio, aunque no se descarta que todo haya sido una ejecución disfrazada, pues el reportero había sido amenazado de muerte. No se sabe si su reciente investigación sobre la guerra de los cárteles por controlar las nuevas plazas de la región, hizo enojar a alguien o sería que su reportaje acerca de la participación del alcalde en la desaparición de…”

BRUJO:  Deja de intentar averiguar cosas… Todas las pendejadas que supones están mal.

POETA:  Préstame la pistola.

BRUJO:  ¿Es en serio? ¿Te cae?

POETA:  Dámela…

BRUJO:  Ya no chingues con eso. Tú no podrías… No eres capaz si quiera de lanzar una mentada de madre… Ni de mandarme a la chingada.

POETA:  ¡Con una chingada, dámela!

BRUJO:  No tienes lo huevos…

POETA:  ¡Claro que los tengo!

BRUJO:  Mejor vamos a lo de la carta….

POETA:  Ya estoy hasta la madre con lo de las cartas…

BRUJO:  Te prometo que le pediré que te ejecute con un balazo.

POETA:  No voy a escribir nada. Prefiero matarme. Dame la pistola.

BRUJO:  ¿Qué haces? No. Así no es.

POETA:  Así es.

BRUJO:  No. No es lógico que quieras matarte….

POETA:  Te da coraje que te distraje y casi te quito la pistola.

BRUJO:  No me da coraje… es que…

POETA:  ¿Es que qué?

BRUJO:  No va contigo…

POETA:  Es que no le encuentro otra salida.

.

El Poeta se abalanza para conseguir la pistola. Pero el Brujo se lo impide.

.

POETA:  Dame la pistola.

BRUJO:  ¿La quieres? ¿La quieres?

POETA:  Sí.

BRUJO:  Está bien. Tómala….

POETA:  No. No. No… No debes dármela…

BRUJO:  Oh… ¿Por qué?

POETA:  Porque puedo matarte… ¿No se te ocurrió que era un truco para que me dieras la pistola y yo poder matarte?

BRUJO:  Entonces dispárame…

.

Pausa.

.

POETA:  No puedo…

BRUJO:  Te lo dije…

POETA:  Es que yo…

BRUJO:  Lo sé… pero, de cualquier forma. La pistola…

.

El Brujo le arrebata la pistola.

.

POETA:  ¿Qué haces?

BRUJO:  No está cargada… Al menos no en el primer cartucho. Siempre cuido eso. ¿Ves? Y sólo un par de balas… no se necesitan más.

.

Pausa.

.

POETA:  Entonces… voy a morir sin mis dedos y mi corazón y…y sin saber por qué….

BRUJO:  Cálmate. Seguro que si el jefe tiene una buena carta será misericordioso, así como nuestro señor… Sólo tienes que desahogarte y escribirlo. Todos tenemos a alguien a quien decir lo siento… gente querida a la que lastimaste, pues…. Entonces… así se dice, ¿no? Dejar tus asuntos resueltos.

POETA:  Mi testamento ya lo hice. El día que regresé a este pueblo…

BRUJO:  Tú problema es que te clavas en lo mismo. Es como esa aferrada necesidad de hallarle razón a las injusticias que pasan en este pinche hoyo del país. Las cosas a veces son todo lo que no son. Por decirlo de un modo es que te quedas en la orillita, donde es bien fácil todo, pues apenas te mojas las patas y así no llegas… No llegas. Yo creía que eras un mejor investigador.

POETA:  Ahora sí que te perdí, pinche Brujo. No te entiendo nada.

BRUJO:  ¿De verdad tengo que recordártelo?

POETA:  No sé de qué hablas, cabrón.

BRUJO:  ¡El Loco, pendejo!… ¡El Loco!

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El Poeta y el Brujo tienen trece años.

.

POETA:  ¿Por qué no llega?

BRUJO:  Cálmate. Dijo que a las tres. Eso dijo.

POETA:  Pues ya son las tres…

BRUJO:  Ya te dije que si quieres puedes irte…

POETA:  Es que…

BRUJO:  Es que ¿qué?

POETA:  ¿Seguro que no hay nadie…?

BRUJO:  ¿Nadie?

POETA:  En el pozo.

BRUJO:  ¿En el pozo?

POETA:  En el pozo.

BRUJO:  (Ríe). Por eso estás así…

POETA:  Pues sí….

BRUJO:  No hay nadie. Yo lo sabría… ya ves que ya me están dando más entrada. No cualquiera tiene llaves al Reino de las Chingaderas

POETA:  Yo creo que deberías salirte en vez de entrar.

BRUJO:  Otra vez me vas a chingar con eso…

POETA:  Es que no está bien…

BRUJO:  No voy a renunciar a cinco mil pesos a la semana… ¿sabes cuánto me daban en la vulcanizadora por mes?

POETA:  Pero en la vulcanizadora no estabas en peligro.

BRUJO:  ¿Y la vez que me corté la mano con el fierro?

POETA:  Peligro de vida o muerte…

BRUJO:  Te digo que si quieres irte…

POETA:  Es que…

BRUJO:  También quieres ver qué es…

POETA:  Es por pura curiosidad.

BRUJO:  Dijo que no lo vamos a creer.

POETA:  No creo que sea algo bueno.

BRUJO:  Espero que sea lo que creo…

POETA:  “Uno no vuelve a ser igual” eso dijo. Eso dijo el Loco.

BRUJO:  Con las cosas chingonas, así es. De eso se trata. Se trata de que te remuevan las tripas de la emoción…

POETA:  Tú también estás nervioso…

BRUJO:  No.

POETA:  ¿Por qué te mueves tanto de un lado para otro entonces?

BRUJO:  Porque así soy… como si no me conocieras… No es miedo. Es ansiedad nerviosa… Dijo a las tres. ¿No?

POETA:  ¿Y qué tal que de verdad uno cambia?

BRUJO:  ¿Qué?

POETA:  No digo que te vayan a salir cuernos o algo, pero algo así de feo, digo metafóricamente…. que te cambie para mal de ti.

BRUJO:  Metafóricamente me van a salir cola de demonio y patas de cabra.

POETA:  Digo como un trauma. Como le pasó mi mamá cuando vio cómo se llevaban a mi papá…

BRUJO:  Tú siempre con tus pensamientos negros.

Pausa.

.

BRUJO:  Chingada… ya son las tres y cuarto…

POETA:  Me encontré al Loco en la tienda… me dijo que a lo mejor se tardaba…

BRUJO:  ¿Y hasta ahora me dices?

POETA:  Mejor vámonos pues…

BRUJO:  Si quieres vete tú… ya te dije.

.

Pausa.

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POETA:  ¿Y si seguimos el juego?

BRUJO:  ¿Ahora? ¿Estás pendejo?

POETA:  En lo que llega…

BRUJO:  No sé… me da hueva…

POETA:  Tú prometiste que me ayudarías… Por eso vine…

BRUJO:  ¿No viniste por lo del Loco?

POETA:  En parte…

BRUJO:  ¿Por qué no mañana?

POETA:  Es que es mañana… te dije…te dije…

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Pausa. Breve oscuro. El Poeta y el Brujo aún de trece años recuerdan cuando entran al sótano. El ambiente es lúgubre casi en oscuro total.

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POETA:  Y el Loco se tarda más de lo que dijo.

BRUJO:  Pero al fin llega con unas llaves el cabrón y una sonrisa como de diablo.

POETA:  Al principio me da cosa, porque sin decirnos nada se va directito al pozo de los decesos. Mueve la alberca, abre la puerta y nos pide que lo sigamos…

BRUJO:  Tú crees que nos quiere enseñar a algún pinche secuestrado. Preguntas si mejor puedes esperar arriba.

POETA:  Pero al final los sigo… ¿qué no?

BRUJO:  Te da más miedo quedarte solo arriba.

POETA:  Es la primera vez que bajo… Chale…. Apesta a humedad, a orina y a mierda…

BRUJO:  Siempre quejándote por todo.

POETA:  Hay un montón de cajas recargadas en la pared.

BRUJO:  El Loco enciende la luz y trae hasta la mesa una de las cajas.

POETA:  Y vemos lo que dice nos podría cambiar la vida.

BRUJO:  “Ya saben para qué sirve también el culero salón de fiestas”, dice.

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De una caja van sacando pistolas, ametralladoras y rifles de asalto. Todas son armas de juguete. De colores, de dardos de goma y de agua.

.

POETA:  Es difícil diferenciarlas. No las conozco por nombre. Hay pistolas, rifles y carabinas.

BRUJO:  Barret M82… Calibre 9 milímetros….

POETA:  Largas y cortas…

BRUJO:  Browning M2… AR15. Y M16.

POETA:   Y varias de esas que les dicen rusas y los cuernos de chivo…

BRUJO:  Kalashnikov, AK47.

POETA:  “Es como entrar en una dulcería. ¿O no, cabrones?”, dice el Loco, mientras coloca las armas en una mesa. “Son el último cargamento. Las trajeron ayer del gabacho y otras desde la pinche China”.

BRUJO:  Están chingonas…

POETA:  Tú apenas y te mueves. Es como si hubieras visto algo inmenso y majestuoso, como una ballena o un león amarrado.

BRUJO:  Las manos me comienzan a sudar.

POETA:  Y veo cómo la luz del foco que parpadea se refleja clarito en tus ojos y los del Loco.

BRUJO:  Siempre he querido disparar una madre de éstas. Hoy voy a echar tiro. Eso pienso.

POETA:  El foco deja de parpadear.

BRUJO:  La luz es casi azul.

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Pausa.

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POETA:  (Abstraído). Nunca he tomado una pistola.

BRUJO:  (Abstraído). Es como una prueba.

POETA:  (Abstraído). Qué tal que sí mi cerebro se trastorna todo…

BRUJO:  (Abstraída). Así se empieza a ser hombre.

POETA:  (Abstraído). ¿Sería así el arma que mató a mi papá?

BRUJO:  El foco vuelve a parpadear.

POETA:  El Loco toma una de esas armas que les llaman de asalto y dice como si nos hubiera leído la mente:

BRUJO:  “Si disparas una de éstas es como hacer un viaje sin vuelta, cabrones”.

POETA:  Mejor vámonos. Si tu papá se entera… Va a ser peor que lo del domo, le digo.

BRUJO:  “No me digas que tienes miedo, cabrón” te dice el Loco, mientras carga tres armas y nos las va pasando.

POETA:  Yo dudo y pienso que es como si me pasara las riendas de un caballo bronco.

BRUJO:  “Les doy chance de un disparo”, dice el Loco. No pasa nada, te digo yo… “Ahí contra las tablas y la pared de tierra”.

POETA:  Siento el arma. Pesa más de lo que creía…

BRUJO:  Yo tomo otra… brilla como un cuchillo recién afilado.

POETA:  Me tiemblan las manos… A mí me parece que es una bomba que me va a estallar en las manos. Entonces me empiezan a molestar… Primero el Loco. Luego tú.

BRUJO:  “No mames…” Estás cabrón. “No te va a morder”

POETA:  Jalo aire, fuerte, como si me fuera a lanzar a una poza de agua. Y la tomo con las dos manos.

BRUJO:  “Anden, cabrones… quítenle el seguro.”

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Pausa.

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POETA:  La sostengo y apunto hacia la pared de tierra.

BRUJO:  El arma me susurra algo por entre los dedos. Es como una electricidad.

POETA:  Jalar el gatillo. No. Sí. No…

BRUJO:  Voy a disparar…El Loco también apunta…

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La luz cambia.

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POETA:  (Abstraído). Cuando un arma es disparada es como un hombre poseído.

BRUJO:  (Abstraído). Es un caballo encabritado…

POETA:  (Abstraído). Es una tormenta de metal con truenos que te hacen cerrar los ojos.

BRUJO:  (Abstraído). Son cientos de dardos que hacen estallar globos de sangre.

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Estruendo de metralleta. La luz cambia.

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POETA:  Una sola bala vuela como un moscardón atrapado en una casa, de un lado a otro, choca primero en una roca en el piso y al final se refugia en la cabeza del Loco.

BRUJO:  Las armas caen al suelo… ¿Qué pasó? Loco. Loco… grito. No responde… Está tirado como un bulto…. Su cabeza se empieza a empapar de rojo.

POETA:  ¿Está bien? ¿Está bien? Repito….

BRUJO:  No mames. Loco… Loco…. Respon…

POETA:  No puede ser.

BRUJO:  Matamos al Loco.

POETA:  ¿Yo?…yo no fui…

BRUJO:  ¿Cómo sabes? Yo…

POETA:  Yo no…

BRUJO:  Yo tampoco sé….

POETA:  Yo oí disparos, pero yo no… Loco… Loco….

BRUJO:  Serénate. No fue de a propósito. ¿Qué hacemos? Hay que hacer algo.

POETA:  Yo no… no…

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El Poeta y el Brujo vuelven del recuerdo y a ser adultos de nuevo.

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BRUJO:  Y entonces tú te quedaste como una piedra y yo te sugerí que hiciéramos algo… limpiamos, nos deshicimos del celular del Loco y a él lo sacamos del sótano, esperamos a la noche y lo llevamos hasta la nopalera, atrás del rancho abandonado…

POETA:  Me dijiste haremos un truco.

BRUJO:  Y escribí una nota como lo hacen los cabrones del cártel…. Tú no quisiste hacerla a pesar de que te pedí que lo hicieras…. Después de un día, cuando encuentran al Loco, su padre se pone más furioso que un perro rabioso amarrado. Y que se arma la gorda.

POETA:  No hay agujero que pueda escondernos.

BRUJO:  Eso piensas tú, pero yo sé dónde ocultarnos. Le digo a Don Chepe que me acepten como estaca en el grupo. Que ya puedo, que puedo hacer más que de halcón o de cuidador. Que ya estoy huevón, que quiero vengar a mi amigo. Necesito vengar a mi amigo. Quiero dispararle a su asesino. Pero tú no puedes, tú encuentras otra salida… Se arma tal desmadre en el pueblo que tu mamá decide que se vayan de aquí.

POETA:  “Cuídate” te dije cuando nos despedimos …y te di mi cuaderno….

BRUJO:  Y no dijiste nada más…

.

Pausa.

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POETA:  ¿Por qué teníamos que recordar eso?

BRUJO:  No estás aquí por tus pinches reportajes… que sí, que han hecho encabronar a muchos… pero no a mí.

POETA:  ¿A ti? ¿Esto es por la muerte del Loco?… ¿No estoy aquí por tu jefe?

BRUJO:  (Pretende leer de una hoja). A quien corresponda, o sea, a mi querido amigo el Brujo. Te escribo esta carta de despedida y de disculpa. Me maté porque no aguanté la culpa de no haberte agradecido que tú cargaras con el peso de un asesinato que yo también cometí…. Nunca te agradecí que me ayudaras a salir de ese pinche pedo… Que te quedaras en el pueblo y te unieras al grupo de Don Chepe para convencerlos que el asesino del Loco era otro…. Perdón por irme a buscar una vida mejor como un cobarde y dejarte atrás en un mundo de sangre y muerte.

POETA:  ¿Crees que yo maté al Loco?

BRUJO:  Claro. Tú y yo. ¿O quién más?

POETA:  Yo no disparé…

BRUJO:  Disparaste, cabrón…los dos disparamos.

POETA:  Yo no.

BRUJO:  Aún recuerdo cómo se agitaba el arma en tu brazo…

POETA:  ¿Se agitaba?

BRUJO:  Apenas podías controlar la pinche metralleta….

POETA:  Yo tenía una pistola.

BRUJO:  Yo era el que tenía la pistola….

POETA:  Tú tenías la metralleta…

BRUJO:  ¿Qué estás diciendo? ¿Qué yo lo maté?

POETA:  No… No sé… Entonces sería el Loco mismo… pero, creo que él no tomó un arma… ¿O sí?

BRUJO:  Tú disparaste…. Tú disparaste…reconócelo.

POETA:  No… Tú eras el que quería disparar. Yo no… Bien que lo sabes. Sabes bien que yo no hubiera podido…

BRUJO:  ¿Dices que mis pesadillas son porque yo lo maté? ¿Dices que sigo viendo su cara y sus ojos fijos porque yo soy el asesino?

POETA:  Eres un asesino, ¿qué más te da?

.

Pausa. El Brujo explota y tiene un episodio de ira. Se duele del estómago. Lanza un par de disparos a la piñata.

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BRUJO:  ¿Crees que disfruto haciendo esto? Esas cosas se quedan en tu cabeza, lo puedes imaginar, ¿no? Las cosas no son como en las películas. Es más bien una película que se repite en tu cabeza. Uno tiene que hacer cada vez más cabronadas para poder olvidarlo. Crear más películas, para que se confundan una con otras. Y así ha sido desde el Loco… ¿Sabes cómo me gané mi lugar en el grupo? Me tragué un pinche dedo. Así como lo oyes. Le corte los dedos de la mano a un cabrón y me los fui tragando… Se reían los cabrones. ¿A qué te sabe? A dedos de queso, pendejos, les decía. Y ellos se reían más. No pongas esa jeta… en realidad sólo hice como que me los comía. Yo sabía que mis trucos con las monedas me iban a servir alguna vez. ¿Te acuerdas lo que me decía mi abuela? Esas idioteces de la magia están bien para pendejear o ligar, pero no para vivir. ¿Quieres acabar como mago de fiestas infantiles? Cuando vi la cara de los güeyes que creían mi acto caníbal, sólo pensaba, ojalá pudiera verme mi abuela.

POETA:  Tú eres el carnicero… el pinche caníbal.

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Pausa.

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BRUJO:  ¿Oyes? Es como un tac tac tac…. No son ratas… es como…

POETA:  Es como el ruido de las teclas en una máquina de escribir, como cuando uno escribe una idea que no quiere que se le escape…

BRUJO:  Ya nadie escribe en máquina de escribir. Es más bien como el ruido de una metralleta en cámara lenta…. Tac tac tac…

POETA:  El periodista Fulano de Tal se suma a la serie de periodistas asesinados en México… sus compañeros reporteros comentaron que esto no se quedará así… el gobernador comentó en un twit…. Artículo 19 se manifestó en contra… en realidad da igual qué digan… da igual…vale madres… tac tac tac….

Pausa.

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POETA:  ¿Vas a torturarme? ¿Vas a meterme en el pozo?

BRUJO:  No fue un accidente, cabrón… tener un arma en tus manos nunca es un accidente.

POETA:  Perdón… no sé qué decirte.

BRUJO:  Ya no importa… Pinches periodistas…

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Carga la pistola. Le apunta. Oscuro. El Poeta y el Brujo tienen trece años.

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POETA:  ¿Y si seguimos el juego?

BRUJO:  ¿Ahora? ¿Estás pendejo?

POETA:  En lo que llega…

BRUJO:  No sé… me da hueva…

POETA:  Tú prometiste que me ayudarías… Por eso vine…

BRUJO:  ¿No viniste por lo del Loco?

POETA:  En parte…

BRUJO:  ¿Por qué no mañana?

POETA:  Es que es mañana… te dije… te dije… Es sólo seguir el juego de roles como empezamos…

BRUJO:  Chale…

POETA:  ¿Recuerdas? Se trata de empezar en el futuro. Veinte años después. Ya te expliqué cómo va…

BRUJO:  Pero mejor yo soy el asesino.

POETA:  ¿Por qué?

BRUJO:  Porque es lo que va… ¿no dijiste que un sicario debe venir de un lugar destruido? Que debe tener razones sociales y no sé qué más.

POETA:  A mi papá lo asesinaron.

BRUJO:  Pero tú todavía tienes a tu madre. Trabaja en una gasolinera y se preocupa por ti. A mí en cambio me golpeaba mi padrastro y por eso acabé en casa de mi abuela…que cuando se emborracha también se le pasa la mano.

POETA:  Pero también me gusta el alcohol. A un asesino le gusta el alcohol.

BRUJO:  La cerveza no cuenta. No te has drogado aún. No quisiste probar ni la hierba.

POETA:  Tú tampoco has probado las pastillas.

BRUJO:  Cuando te propusieron ser halcón te rajaste y tampoco has dejado la escuela…

POETA:  Pero no me gusta…

BRUJO:  Claro que te gusta… hasta quieres entrar al mentado grupo de teatro…

POETA:  A ti también te gustaba la escuela… No creo que te guste esto de ayudar a la gente de Don Chepe…

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Pausa.

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BRUJO:  ¿Vas a querer hacer esto o qué?

POETA:  Está bien… está bien… Tú eres el asesino.

BRUJO:  Y tú eres el reportero… Que es casi como ser escritor y tú vas a ser escritor cuando crezcas…

POETA:  ¿Por qué dices eso?

BRUJO:  No sé, porque así es…

POETA:  Así es…

BRUJO:  Y partimos del secuestro… ya sin repetir lo que hicimos, porque desde ahora te lo digo, no creo que vaya a dar tiempo…

POETA:   Y de ahí improvisar.

BRUJO:  Pero hay que saber por qué te secuestro.

POETA:  Podría ser por algo del pasado… algo que ocurre cuando los dos somos chicos…

BRUJO:  ¿Cómo? ¿Ahora?

POETA:  Ándale… Cuando llega el Loco… Y nos muestra lo que esconde…

BRUJO:  Ahí pasa algo…. Algo cabrón…

POETA:  Y que se convierte en un gran secreto que no sale hasta que nos volvemos a ver.

BRUJO:  ¿Y qué pasa?

POETA:  Hay que averiguarlo… para eso es el juego.

BRUJO:  Veinte años después…

POETA:  Cuando empieza todo.

BRUJO:  Cuando te pido que escribas una carta… una carta de despedida.

POETA:  De suicidio.

BRUJO:  Lo que sea…

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Breve oscuro.

El Poeta y el Brujo tienen trece años, pero están como al final de la escena anterior, cuando tenían treinta. El Brujo apunta con la pistola al Poeta.

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POETA:  Perdón… no sé qué decirte.

BRUJO:  Ya no importa… Pinches periodistas… siempre la verdad… la pinche verdad.

POETA:  Ya no tienes balas.

BRUJO:  Olvidas que soy mago…

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Muestra las balas que saca de la nada en un truco de manos. Carga la pistola. Le apunta. Después de dudar un par de segundo, se lleva el arma a la cabeza.

Breve oscuro.

Se escucha un balazo. El Brujo está en el suelo.

Después de unos momentos se pone de pie. La pistola que carga es de juguete, de colores.

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POETA:  ¿Así sería?

BRUJO:  Podría matarte e irme o matarte y luego matarme. Pero se me hizo más chingón matarme nada más… ¿cómo ves?

POETA:  Podrías haberme perdonado…

BRUJO:  No sería real…

POETA:  No…

BRUJO:  No importa…

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Pausa.

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BRUJO:  A huevo que te van a dejar entrar al grupo de teatro, pinche Osvaldo.

POETA:  Te digo que deberías regresar, Leobardo… con todo y que yo creo que si hubiéramos tenido público, hubieran pensado que se nos veía lo chavo, la verdad actuaste bien a un güey de treinta…

BRUJO:  Y todo eso salió nada más de imaginar que íbamos con el Loco a que nos mostrara las armas que guardan en el pozo.

POETA:  No sabemos si son armas.

BRUJO:  ¿Y qué más puede ser?

POETA:  No sé… Pero ya viste lo que podría pasar…

BRUJO:  Fue un juego… No me voy a hacer sicario….

POETA:  ¿Y yo me haré reportero? Tal vez yo sea el sicario.

BRUJO:  ¿Cómo crees? Si ni siquiera quieres ser halcón…

POETA:  Te digo que dejes eso… ven mañana a la escuela… yo hablo con la maestra…

BRUJO:  …

POETA:  Vámonos… antes de que llegue…

BRUJO:  Va a decir que somos unos maricas…

POETA:  Que lo diga…

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Se escucha un tac tac….

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BRUJO:  Creo que ahí viene…

POETA:  Hay que pelarnos….

BRUJO:  (Mientras van saliendo). ¿Tú crees que me dejen entrar el grupo de teatro? Digo si prometo no llevar la navaja, ni las cartas, ni…

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Salen del lugar. Se hace el oscuro final.

 


Javier Malpica (México D.F. 1965)

Después de titularse como Físico realiza el Diplomado en Creación Literaria en la
Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha escrito diversas piezas teatrales (muchas de
ellos en coautoría con su hermano Antonio), la mayor parte de ellas han sido llevados a
escena, algunas en el extranjero (Nueva York, Chicago, Minneapolis, Washington,
Berkeley, Indianápolis y Tucson).
Entre sus obras destacan: “Cartas en el asunto” (Premio Nacional de Teatro), “Séptimo
Round”, “María Frankenstein”, “Canon” (Premio Jóvenes Creadores), “Retorno a la
Medianoche” (Finalista, Teatro Nuevo), “El Último Viaje” (Segundo lugar, Premio
Teatro para Jóvenes), “Todas las Voces” (Mención, Premio Manuel Herrera), “Ensayo
de un coma”, “El Fin de la Historia” (Premio Teatro Nuevo), “Papá está en la Atlántida”
(Premio Víctor Hugo Rascón y Premio Global Age Project), “Crisis-Modelo para
Armar”, “La Última Bala”, “IRA” (Suave Lluvia para Heraldos Negros), “Sueños de
Pangea”, “La Sangre y sus Fantasmas”, “Si un árbol cae..”, “El Despertar del Zombi” y
“Los Siniestrados”.
Ha participado en diversos festivales teatrales, entre los que destacan: La Muestra
Nacional de Teatro (Monterrey, Colima y Guadalajara), El Latino Theater Festival de la
ciudad de Chicago, y el Festival de Dramaturgias Latinoamericanas de Nueva York.
Fue acreedor al premio a mejor obra extranjera en el certamen: Palmarés de Journeés
des Lyon des Auteurs de Théatre 2016.
Formó parte del Sistema Nacional de Creadores en las versiones 2007-2010 y 2013-
2016 y 2021-2024.
Ha dado cursos y conferencias en México y el extranjero. Ha incursionado también en
narrativa infantil, siendo varios de sus trabajos publicados y premiados.
Algunas de sus obras han sido traducidas al inglés, portugués, coreano, francés, japonés
y húngaro.

Mi vida según Netflicks

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Mi vida según Netflicks

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(Pieza breve incluida en la obra “Pequeña nube de Magallanes”, Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niñas, Niños y Jóvenes Perla Szuchmacher 2020).

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..

PACO:    Llegó un hombre con un portafolios.

HUGO:    ¿Y qué te dijo?

PACO:     Me preguntó: ¿Tú eres Paco?

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PACO:     Sí, ¿por qué?

AGENTE:   Porque estamos interesados en tu vida.

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HUGO:   ¿En tu vida?

PACO:     Sí, eso dijo.

HUGO:   ¿Qué más dijo?

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AGENTE:   Queremos comprarte los derechos para la televisión.

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HUGO:   ¿Cómo los derechos?

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AGENTE:   Los derechos de tu vida.

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HUGO:   ¿Para qué?

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PACO:     ¿Cómo los derechos?

AGENTE:  Te damos una lana para contar tu vida en la televisión.

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HUGO:   ¿Eso te dijo?

PACO:     Sí, Hugo.

HUGO:   No mames, Paco.

PACO:    Que sí. Eso me dijo. Yo también estaba incrédulo.

HUGO:   ¿Y qué le dijiste?

PACO:     No mames.

HUGO:   ¿Y qué más?

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PACO:     Debe ser broma. ¿Cómo mi vida? ¿Y por qué? Esto debe ser una broma.

AGENTE:   No.

PACO:     Compruébalo.

Y me enseñó un contrato.

Pero yo no quise leerlo.

¿Por qué les interesa mi vida?

Pero primero, ¿cómo se enteraron acerca de mí?

AGENTE:  Eso no es importante.

PACO:     ¿Qué es lo importante?

AGENTE:  Que tenemos una propuesta económica.

PACO:     Estoy ocupado. No tengo tiempo para bromas.

AGENTE:   No creo que estés ocupado. ¿Qué haces exactamente, Paco?

PACO:     Pues estoy… Si me siento en el parque no es porque…

AGENTE:   Bueno, te voy a dar otra oportunidad.

PACO:     Ajá. Estoy ocupado.

AGENTE:   ¿Qué haces exactamente?

PACO:     Pues, ahora nada. Pero estoy pensando en algunas cosas importantes.

AGENTE:   ¿Cómo qué?

PACO:   Mira… no tengo por qué compartir mi vida con un extraño, ¿sí?… Son cosas… son cosas…

AGENTE:   ¿Es en serio?

PACO:     Sí. ¿Y por qué yo?

AGENTE:  Es parte de un experimento social, se hizo una especie de rifa.

PACO:     Ajá.

AGENTE:   Para contar la historia de un pobre diablo.

PACO:     Oye, pero yo no soy un pobre diablo.

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HUGO:   ¿Eso le dijiste?

PACO:     Sí.

HUGO:   Oye, pero sí eres un pobre diablo.

PACO:     Pues sí, pero tengo dignidad.

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AGENTE:   Sí, lo eres.

PACO:     No.

AGENTE:   Que sí.

PACO:     Bueno, sí, pero/

AGENTE:   Mira, Paco. Yo solo soy un portavoz. Un empleado con un sueldo mediano. Tú, en lo personal, no me importas más que una ensalada rusa. Se hizo un sorteo tomando datos de las redes sociales y tú fuiste el ganador.

PACO:     Ajá.

AGENTE:  Se trata de que nos cedas los derechos para contar tu vida en la televisión, en la plataforma digital más famosa del mundo.

PACO:     Ajá.

AGENTE:   Y si no aceptas, se hará otro sorteo.

PACO:     Ajá.

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HUGO:   Oye, pero tu vida es bien equis.

PACO:     Sí, eso le dije, Hugo.

HUGO:   ¿Y qué te dijo?

PACO:   Dijo: no importa. En televisión por streaming, eso no importa. Además, muchos desgraciados pueden identificarse contigo.

¿Y qué van a contar?

AGENTE:   Todo lo que has subido a las redes. Todas esas historias, como por ejemplo, la relación con tu mamá, sus chantajes, la manera en cómo te humilla frente a sus amigos y sus novios. El viaje que hiciste al mar para embriagarte con tres babosos y una gringa mayor. Lo que recuerdas de tu papá, los golpes que te daba; la vez que perdiste la virginidad con tu prima y la manera en que pasas el tiempo todos los días: tu adicción a la pornografía; el amor imposible con Lulú, la niña bonita de la prepa; la relación con tu amigo, el tarado.

HUGO:   ¿Yo soy el tarado? ¿Y cómo saben de mí?

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AGENTE:   …tus días en patineta.

PACO:     Son cosas privadas.

AGENTE:   …la vez que robaste un videojuego.

PACO:     Privadas.

AGENTE:   Serás interpretado por alguien famoso.

Como el actor de Nosotros los Nobles o el que encarnó a Luis Miguel.

Y todo va a ser grabado en la Condesa y Santa Fe.

PACO:     ¿Es en serio?

AGENTE:   De verdad. Tendrás patrocinios y podrás irte a vivir solo.

PACO:     ¿Irme, dijo?

AGENTE:   Firma.

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HUGO:   ¿Y firmaste?

PACO:    A huevo.

HUGO:   ¿Y qué va a pasar ahora?

PACO:   Estoy esperando que me hablen para complementar todo lo que saben de mi vida.

HUGO:   ¿Y cómo se enteraron?

PACO:   …

HUGO:   ¿Ya te pagaron?

PACO:     Aún no. Pero podré salirme de casa.

HUGO:   No mames, Paco. Serás como Yalitza. Saldrás en revistas famosas. Darás conferencias. Te admiro.

PACO:     Gracias.

HUGO:   ¿Y yo?

¿Por qué nadie quiere contar mi vida?

¿Quién será el actor que haga de mí?

PACO:     Fue suerte.

HUGO:    Supongo.

PACO:     Sólo suerte.

~

 


Luis Ayhllón es uno de los más reconocidos dramaturgos mexicanos. Es el primer mexicano acreedor al
Ibsen Scope Grant, premio que el Gobierno de Noruega entrega a artistas escénicos del mundo. Ha sido
ganador del Premio Bellas Artes de Obra de Teatro para Niñas, Niños y Jóvenes Perla Szuchmacher 2020;
el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (2015); finalista en dos ocasiones del
Premio Internacional Born de Teatro (España, 2010; 2022); ganador del Premio Nacional de Literatura, en
la rama de teatro (2006); del Premio Nacional de Dramaturgia Manuel Herrera (2004); entre otros premios
y reconocimientos.
Ha estrenado alrededor de 40 obras en ciudades de México, Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, entre
las que destacan: Las partículas de Dios, La extinción de los dinosaurios, Partida, Rosa mexicano, Banda
de guerra; Revolución III o la última afrenta; Los camellos, Los radiactivos o Cash.
Cuenta con alrededor de 20 publicaciones. Su obra ha sido traducida al francés, inglés y griego. Su
antología Les chameaux et autres pièces, fue presentada por el prestigioso académico y dramaturgo francés
Joseph Danan, en la ciudad de París, en 2014.
Su trabajo en cine incluye el guion y la realización de los largometrajes Dodo (2014); ganador del premio a
Mejor Director en el Primer Festival Internacional de Cine de Acción, Sevilla, España 2015; La extinción
de los dinosaurios (2014); nominada al premio Ariel al Mejor Guion Adaptado y Nocturno (2016),
Ganadora al Mejor Largometraje en UK Film Festival (Londres); selección Oficial en Los Angeles Film
Festival (2017) y el Festival Internacional de Guadalajara (2017).

A Palestina

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A Palestina

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(Aquí, sobre esta arena,

te dejo este poema

Imperfecto

como tu destino)

.

Palestina

Yo te escribo

Con mis letras

Y te repito:

Pa

Les

Tina,

Pales

Tina,

Palestina.

.

Que nadie se olvide de ti

Que tu llanto

palestino,

que tu sangre palestina

y tus piedras

palestinas

No queden en el suelo

del olvido.

Que nadie se olvide

De tu tierra

De tu madre,

De tu padre

De tus hermanos

De tus hijos muertos.

.

Que tu dolor no sea

una épica

que quede en la lástima

de los textos.

Que tu dolor viviente sea una prueba

De que no habrá

Que no ha habido

Total exterminio.

(tu llanto aún se escucha)

Estás allí.

Con tu rabia hablando

a la nuestra.

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Que sepas que en el mundo

Hay ojos que miran

impotentes.

Son los ojos de quienes

No podemos actuar.

Lejos del poder

(tristemente lejos)

solo podemos,

esculpir

en el papel

(y gritar,

al Viento),

tu nombre

siempre presente

siempre existente

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Palestina y sus olivos

Palestina del aceite

Palestina del llanto.

Palestina

yo te nombro

Y te repito

en el grito:

¡Palestina!

¡Palestina!

¡Palestina!

Y tú, así,

en mi,

en nosotros sigues

Existiendo.

 

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Claudio Cifuentes-Aldunate es chileno de nacimiento y danés de adopción. Doctorado en literatura hispanoamericana por la Universidad de Friburgo, Suiza, con un doctorado sobre Mario Vargas Llosa publicado en Odense University Press i 1983, con el título Conversación en la Catedral, Poética de un Fracaso. Desde 1981 es profesor titular de Literaturas iberoamericanas en el Instituto de Ciencias de la Cultura de la Syddansk Universitet, Dinamarca.
En su vida académica ha tenido un interés central por la semiótica y el análisis literario y cinematográfico. Una parte de su investigación se centra en la escenificación de la verdad en la textualidad. Ha sido profesor invitado durante diez años en la Universidad de Aquisgrán, Alemania y ha sido miembro de LEIA (Laboratorio de estudios italiano-ibéricos e iberoamericanos) de la Universidad de Caen, Francia, donde se ha ocupado del micro-relato y de la literalización de la ciudad en poesía y prosa. Su último proyecto versa sobre el sentido del silencio en la cultura en general y en la literatura en particular. En el ámbito de la creación, ha incursionado anteriormente en el relato y la poesía en diversas revistas literarias como NOK (Noter og kommentarer) donde publicó Poesías junto a dos otros autores y en la revista Aurora Boreal donde ha contribuido con los relatos ‘Encuentro’, ‘De migraciones y exilios’,’ Quebrantos’ y el poema ‘La lista’.

La amistad como motor cultural: Enrique Cortazar y su trabajo de promoción de las letras en el norte

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La amistad como motor cultural: Enrique Cortazar y su trabajo de promoción de las letras en el norte

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Inventario de lugares propicios para la amistad (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2022) de Enrique Cortazar (Chihuahua, 1944) es un libro que reúne las memorias de sus encuentros con personajes notables de la cultura mexicana. El libro se compone de estupendas anécdotas del trabajo de un promotor cultural, poeta y profesor en el norte de México, que como dice Elena Poniatowska en el prólogo: “Enrique Cortazar tiene la sabiduría del corazón, todo ha sabido hacerlo con una naturalidad principesca” (15). Tiene razón la autora de La noche de Tlatelolco, en tanto que Cortazar se conduce con tacto diplomático y una afabilidad que inspira confianza. Me permito relatar la siguiente anécdota.

Tuve el privilegio de conocer a Enrique Cortazar en 1999 cuando recibí una mención honorífica en poesía en el premio Pellicer-Frost con unos poemas que después formarían parte de mi primer libro Desierto sol (2003) que sería después publicado en el estado de Chihuahua. En ese tiempo estudiaba el programa de Creación literaria en la Universidad de Texas en El Paso. La distinción del accésit me indujo a pensar de que había en mí un poeta en formación en las calles de un Ciudad Juárez a finales de los 90, una ciudad cuyos contrastes me animaban a escribir y encontraba la pólvora creativa en sus belicosos atardeceres, en la ruteras que eran mi modo de transporte y mi bicicleta con la que hacía el trasiego fronterizo y llegaba a la cima de mi pequeña ciudad tibetana de UTEP donde me refugiaba en la biblioteca que acomodaba en sus ventanas el Río Grande/Bravo y el barrio de Anapra.

Recuerdo que Enrique Cortazar era una persona que agendaba a Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis para lecturas de su obra que nutrieron la vida cultural de Ciudad Juárez. Así que me sentía honrado de su atención durante la recepción del premio en un evento bien organizado en el museo del INBA donde hubo un recital de arpa y claro, lectura de poesía, ambigú de rigor, y la distribución de los cheques del premio que me cayó de perlas como estudiante graduado. Recuerdo también que Cortazar me invitó al programa de televisión “Esta noche” con Natalia Baeza donde la conductora me entrevistó con las mismas preguntas que yo me planteé y se las escribí a la asistente antes de salir a cámara. Esa misma noche estaba un séquito de chicas de un concurso de belleza con las que nos arremolinamos detrás de las cámaras. Enrique Cortazar fue muy amable y me llevó de regreso a mi casa que estaba por Futurama, desde la lejanía (de ese entonces) del canal 44. Hasta allí mi anécdota. Ahora hablemos del libro.

El primero de los autores corresponde a Carlos Fuentes (1928-2012). Debo decir que la primera vez que conocí a Fuentes fue gracias al evento organizado por Cortazar en el café-librería Clips en Ciudad Juárez en 1999. Recuerdo a Fuentes subir las escaleras al segundo piso como un campeón de atletismo, con su mano derecha en el hombro y un dedo como gancho de su saco. En su anecdotario, Cortazar completa la figura del intelectual público al rescatar sus momentos humanos, compartir la mesa con vinos Vega Sicilia, resolver los problemas típicos de un anfitrión. Por ejemplo, relata un aventón al hotel durante una nevada en Chihuahua en un bocho que requería un empujoncito que le dieron Fuentes, Enrique Servín y Cortazar y llegaron a la zona de trabajadoras del placer donde “dos fortachones travestis a ritmo de taconazo” (21) les dieron el empujón que los aventó a su destino. Poniatowska escribe en su prólogo que Fuentes estaba feliz de ir a ver a Cortazar al norte “porque lo devolvía a la realidad al tratarlo como a un hermano y no como una diva” (15). Allí reside parte de la capacidad de convocatoria de Cortazar, los autores no iban “a un evento público” sino a visitar a su amigo. Sabían que encontrarían pláticas inteligentes, talento y la hospitalidad de alguien muy cercano.

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Inventario de lugares propicios para la amistad - Libros de Universidades
Inventario de lugares propicios para la amistad – Libros de Universidades

El siguiente personaje, es nada menos que Octavio Paz (1914-1998) a quien conoce como docente durante sus estudios posgraduados en Harvard. Cortazar refiere el rigor y la “mecha corta” de las clases de Paz que expresa sin reservas sus afectos y desafectos literarios. Dice Cortazar que cuenta “con veinte horas de cassettes con su voz y diálogos” (69) un hallazgo interesante para los estudiosos sobre Paz y relata que escribía poemas de Blas de Otero, José Hierro y otros poetas de la España convulsionada en el pizarrón antes de las clases y ante el descontento de Paz. Una anécdota que muestra el carácter humano del Premio Nobel de 1990, es cuando Cortazar se encontraba enfermo y faltó a algunas de las clases y Octavio fue directamente a su apartamento para preguntar por su salud y a traerle fruta, panecillos y café, un acto de solidaridad que marcó su amistad.

De José Emilio Pacheco (1939-2014) refiere que antes de una cena formal en Albuquerque, Nuevo México, el autor de Las batallas en el desierto le pidió que lo llevara primero a un Burger King antes de las cortesías de la cena que le impedirían cenar con calma. También relata una ocasión cuando Cortazar fue a buscarle unos sobrecitos de Sal de Uvas para la indigestión y lo encontró charlando en la banqueta con un “viene, viene”. Rememora de algunos problemas técnicos con la ropa, por ejemplo, cuando Pacheco quiso comprobar que si te muerdes la lengua no te pican las hormigas (como dice el cuento de Rulfo) y al agacharse en un hormiguero se le rompieron los pantalones y hubo que ir a buscarle un cambio de ropa; o en Chihuahua cuando después de unos deliciosos helados de Santa Isabel se le ensució la camisa y tuvieron que conseguirle otra de emergencia y ese día departió sobre la poesía modernista vestido de vaquero.

Con respecto a José Luis Cuevas (1934-2017) recuenta varias anécdotas divertidas, por ejemplo, el pintor refiere de sus amoríos: “la mayor parte han sido amantes platónicas, pues a todas me las he echado al plato” (121) o la emergencia suscitada cuando una asistente del museo pensó que el calor de Juárez había dañado algunas obras en el museo y resultaron ser manchas que el mismo pinto había puesto exprofeso como recurso expresionista.

Cortazar, como estudiante en la Universidad de Nuevo México, conoció a Ángel González (1925-2008) autor del poema “Inventario de lugares propicios al amor” (ergo el título del libro) donde dictaba cátedra con pasión y conocimiento profundo de la tradición de poetas clásicos desde San Juan de la Cruz a Gil de Biedma. El poeta y profesor González ofreció a Cortazar, en un acto de amistad solidaria, un préstamo monetario para solventar una crisis económica. González se decía partidario “de una vida corta placentera y no de una larga vida sosa, al tiempo que bebo un whisky, enciendo un cigarro y como quesos, butifarras y demás delicias insanas” (157) y decía, tal vez con sobrada razón, que las reuniones sociales en la universidad se podían sobrevivir con tres frases de cajón: “I can’t believe it!, That’s incredible! y Oh my god!” (160).

De Carlos Monsiváis (1938-2010) a quien apodaban “Porsiváis” debido a que no era seguro que llegara a las múltiples invitaciones que le extendían para presentarse. Monsiváis respondía humorosamente a preguntas ocurrentes de periodistas y público, por ejemplo, ante un ¿dónde publicas? él autor de Los rituales del caos respondía: “En Reader’s Digest y en Lágrimas y Risas, serie que acabo de inaugurar en México” (175). Monsiváis se entretenía con las crónicas de sociales que catalogaba en su archivo de lo insólito. Relata Cortazar que Monsiváis, siempre sardónico, comentó que tenía una pesadilla recurrente donde le pedían “un prólogo y texto de contraportada para el directorio telefónico de la Ciudad de México” (183).

Estas son algunas muestras del maravilloso anecdotario que nos regala Enrique Cortazar. Y, como si esto no fuera suficiente, el libro posee unas magníficas fotografías a color de su álbum personal. Allí podemos ver la nutrida asistencia a los eventos, la cercanía amistosa de los autores mencionados apiñados en un sillón de sala, con los autores mencionados, y otros, como con Paco Ignacio Taibo I, Eduardo del Río (Rius), Carlos Montemayor, Alejandro Aura, que no comentamos aquí para invitar a los lectores a sentarse en esa mesa de conversación y charla a la que nos invita Enrique Cortazar, donde casi podemos saborear el vino Vega Sicilia y el olor de su tabaco London Dock que salía de su emblemática pipa.

Las fotografías son un complemento excelente al libro mestizo que Antonio Moreno, en su epílogo describe como “alentados por la afección, el respeto y elaborados de una mezcla que se ajusta bien para el caso, entre el perfil biográfico, el retrato y la necrológica” (272). También es un documento gráfico donde accedemos a los espacios privados de los autores, sus bibliotecas personales, los mementos (un tambo tarahumara con un dibujo de Cuevas y coloreado por Paulina, la hija de Cortazar). Ángel González tocando la guitarra y cocinando en su casa con un sombrero de chef, bardas de promoción a un homenaje a Tin-tan, y una carta nunca publicada dirigida al entonces gobernador electo Francisco Barrio Terrazas en apoyo al trabajo de Cortazar para que continuara como promotor cultural y firmada por los intelectuales más importantes de la época. Cortazar decidió no publicar la carta a sugerencia de Carlos Montemayor para evitar presionar al nuevo gobernador y “dejar que las aguas tomen solas su nivel” (246).

Tennessee Williams decía que: “Life is partly what we make it, and partly what it is made by the friends we choose”. Para Cortazar “la amistad es un sendero de ecos que perduran en la eternidad” (257) y este libro es un directorio afectuoso de una generación de artistas e intelectuales que marcaron una época en México y recoge el testimonio de un promotor cultural en el norte que con bonhomía y talento logró poner el margen al centro y de una manera sutil ayudó a varios autores a poner a Ciudad Juárez en el mapa y desarticular aquella frase de Vasconcelos de su libro La Tormenta: “Donde termina el guiso y empieza a comerse la carne asada, comienza la barbarie”. Este libro es un verdadero festín de anécdotas “bárbaras” (en el sentido de magníficas) que no decepcionará a los lectores.

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Martín Camps es profesor de la University of the Pacific en Stockton, California, donde es también Director de Estudios Latinoamericanos. Sus dos últimas ediciones de ensayos son La sonrisa afilada: Enrique Serna ante la crítica (UNAM, 2017) y Transpacific Literary and Cultural Connections: Latin American Influence over Asia (Palgrave, 2020). También ha publicado cinco libros de poesía, entre los que se encuentran Extinción de los atardeceres y Los días baldíos. También es autor de la novela Horas de oficina.

Hacedores, hacedoras, sobre el libro Desde el arte popular de Chiapas, de Jesús Morales Bermúdez

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Hacedores, hacedoras, sobre el libro Desde el arte popular de Chiapas, de Jesús Morales Bermúdez

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El predicador, quien me encontró con el libro en las manos, me pidió que le explicara sobre qué trataba lo que estaba leyendo: Desde el arte popular de Chiapas (2024), de Jesús Morales Bermúdez. Joven, como de veinte años, hizo la pregunta sin dejar de sonreír. Sin levantarme de la silla en la que estaba, les expliqué a él y a su acompañante, un señor como de setenta años, que el autor exponía cómo está en la naturaleza del ser humano hacer cosas; en ese mismo ser está el impulso de expresarse a través de lo que crea en comunión con la tierra, con la naturaleza, la persona explora su sensibilidad. Y, como al hablar les mostraba las fotos que son parte del libro, el joven de inmediato dijo: “Es sobre artesanías”. “Está más allá de esa denominación”. No dudé en expresarme de esa manera. Se trata de ver al ser humano como un hacedor. “Ah, entonces es sobre los pueblos”. Una vez más, insistí: El autor no buscaba mostrar unos signos de identidad, sino dar cuenta de la creatividad de las personas.

Jesús Morales Bermúdez colocó frente a sí objetos en los que leyó concepciones del mundo: mundos tramados de manera intuitiva con el auxilio de “mitos, ritos, poemas”, con una clara postura: “Aparte de humanizarnos con las manos, nos humanizamos también con la palabra” (11). Consciente de que su apuesta no tendería a lo exhaustivo, se mostró partidario del fragmento, de lo multiforme, en el entendido de que la entidad federativa de referencia, Chiapas, al ser parte del ritmo impuesto por la modernidad, ha sido presa también de lo fragmentario. Fue consciente, por igual, de que los objetos que han figurado mundos están expuestos ahora a los ritmos comerciales; no muchas veces, su construcción responde a las exigencias de los consumidores o se ven amenazados por la intrusión de otros, en los que resulta visible su carácter mercantil. Indicar situaciones relacionadas con el mercado tiene el propósito de ser consciente de algo que no debe pasar inadvertido: “Todo cambia. No necesariamente a nuestro gusto o expectativa” (12). Desde el arte popular de Chiapas es la manera en que Jesús Morales Bermúdez ha leído objetos que, de otra manera, podrían resultar cosas hacinadas, sin historias, sin que movieran alguna fibra sensible; la de él está en este libro, con cierta nostalgia.

DESDE EL ARTE POPULAR DE CHIAPAS - Librería Universitaria UNICACH
DESDE EL ARTE POPULAR DE CHIAPAS – Librería Universitaria UNICACH

  Mediante un mito lacandón, Jesús Morales Bermúdez hizo referencia a la creación del mundo; así como ese, hay otros. Lo sabe el autor. Y fue del Hacedor de donde le llegó al ser humano modelar el barro, el ímpetu para valerse de los bejucos y de todo bien de la naturaleza con tal de convertirse en creador de “artificios y artefactos”. Nada puede ser comprendido sin haber derivado que hubo un principio en el que el mundo adquirió su forma y en donde el barro, el maíz, el árbol y la casa son el sustento de las formas en que se figuran los universos creados.

  Los artefactos analizados en el libro fueron producto de una labor especializada, circunscrita por determinado ritual, como de un ritual se precisa cuando se hace la casa. Hay que buscar protegerse de todo aquello que resulta amenazante, y donde se habita debe ser “recinto del bienestar”. Y, si por alguna razón se cae en las garras de algo que desconcierta la existencia, habrá que recurrir a quienes saben extirpar toda señal que la perturbe. Como está en el Hacedor, en los hacedores/creadores, tomar a los seres humanos como motivo de juego, lo que resulta saludable es invocarlo, invocarlos, para que sus jugarretas se ahuyenten; el hecho de apelar al Hacedor, a los hacedores, advierte Jesús Morales Bermúdez, es una manera de reconocer “la interconexión de los mundos” (27). Y en esos mundos la Luna, las sombras, los sueños, los espacios, los tiempos, la floritura de las mujeres, las manos en acción.

  De lo que se trata, al final de cuentas, es de jugarse la vida, “propulsarla”, como, con Gastón Bachelard, sugiere Jesús Morales Bermúdez. Ser hacedores, hacedoras: “Las ollas y la cerámica de barro”, “Los petates. “Las damajuanas”, “El metate”, “Los hombres” en la naturaleza, “Las hijas del señor de la tierra”, “El señor de las redes”, “Las jícaras y los juguetes”, “El templo”, “El mundo subterráneo”, “La arquitectura”, el ámbar. Hacer, nacer: de eso se trata.

  Desde el arte popular de Chiapas es un elogio de la sombra, en recuerdo de las sombras de Pascal Quignard y Junichiro Tanizaki, puntualiza Morales Bermúdez; es un merodear con agrado por estos mundos del hacer que, si se les define como parte de algo, eso es otra cosa. Morales Bermúdez ha dialogado con objetos que, con las prisas de ahora, pasan inadvertidos. Ha entregado un fragmento de su universo, que bien ha resguardado en su casa.

Sí, el joven predicador dijo: “A ver qué otro día hablamos de la Biblia”, y se retiraron él y su acompañante.

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Referencia:

Morales Bermúdez, Jesús. Desde el arte popular de Chiapas. Cesmeca-Unicach, 2024.

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Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).


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El Zarco

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La diferencia étnica en El Zarco y el pensamiento de nación

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En el siglo XIX, Ignacio Manuel Altamirano escribió la novela El Zarco; el conjunto de historias que se entrecruzan evoca la reflexión de clases sociales a través de la “raza”, evidenciando las diferencias raciales que existían en el México de finales siglo. El simple hecho de que el título de la obra se llame El Zarco hace alusión a la diferencia racial; El zarco, palabra de origen árabe, remite a una persona de ojos claros azules (Real Academia Española). Este ensayo se distingue por las numerosas descripciones físicas de los protagonistas con el propósito de enfatizar el contraste social y racial entre los personajes. El análisis e interpretación se enfocará en el modo en que la novela emplea el color de piel para manifestar las tensiones étnicas y cómo se utiliza este mensaje estético para la creación de una alegoría nacional.

La representación física del personaje El zarco encarna un sistema de valores. Es descrito como un “blanco” con “…sus ojos de ese azul claro…” expresan el atractivo hacía lo europeo (Altamirano 29). Al contrario, a Nicolás se le describe como “ese indio horrible”; él representa lo nativo (Altamirano 11). La voz narrativa describe a Manuela, la protagonista, como “morena, tono suave, criolla, sin confundirse con el indio”. Sus rasgos reflejan el mestizaje. Este triángulo racial entre el blanco, el mestizo y el nativo marcará la historia. El contraste racial y la manera en que la voz narrativa lo destaca en la obra evidencia la fragmentación social de México en el siglo XIX. El europeo, el zarco en este caso, está asociado con el poder, pero también con la corrupción. El zarco es un bandido de la banda de los plateados y se aprovecha del progreso que han realizado los pueblos mexicanos, asaltando a todos aquellos que se han integrado y han tenido éxito. Nicolás representa la integración y la subordinación del pueblo a seguir las líneas establecidas por la alegoría nacional. Esto se aprecia cuando Nicolás es salvado por su pueblo cuando se lo llevan preso y todo el pueblo cree que es una injusticia y deciden intervenir para que no sea injustamente ejecutado. Manuela, la chica criolla, retrata seducción por lo perverso y la fascinación por lo extranjero. Ella se enamora de El zarco sabiendo que es un bandido y que mata gente para conseguir sus botines. Esta atracción era un veneno para la creación de una identidad nacional ya que ella estaba atraída por lo prohibido, por el contrario del ciudadano ideal, Nicolás.

La novela fue diseñada para apoyar la formación de modelo de nación, y evidencia el contraste entre el extranjero y el autóctono, representados por el Zarco y por Nicolás. Ellos manifiestan dos modelos de nación distintos; uno que enfoca su mirada en Europa, y el otro que reivindica la formación de una nueva nación nacional. Nicolás, el héroe y representante de la alegoría nacional, acaba derrotando al zarco, el bandido corrupto, el europeo. Él encarna la alegoría nacional porque acaba demostrando que un hombre honrado sigue las reglas prevaleciendo sobre lo corrupto. La figura de Nicolás acaba por encima de El zarco cuando es alabado por todos en el pueblo como una persona honesta y trabajadora y acaba casándose con Pilar. Esto insinúa que el futuro del país está bajo control de los locales y no de los extranjeros que imponen sus formas. La victoria de Nicolás es la muestra del éxito de la ciudad letrada de Ángel Rama porque se ve que el pueblo ha aceptado los mensajes directos e indirectos a través de los escritores y los políticos. Se han asimilado. El personaje de Nicolás también exhibe el proceso de blanqueamiento que sufrió la sociedad nativa hacía un mestizaje. Nicolás es la clara imagen de una representación de progreso de ideales nacionales y de futuro.

En El Zarco, Altamirano usa el contraste racial entre la sociedad como símbolo de la tensión nacional que existía en esa época. En la obra se ven representados el racismo entre los personajes y el constante desprecio hacía los indios. El zarco, en el premonitorio encuentro con el búho antes de la fuga con Manuela, llega a decir, “Esto no le da miedo más que a los indios, …. Yo soy blanco y güero… a mí no me hace nada”. Esta frase demuestra el sentimiento de la supremacía racial (Altamirano 33). El triunfo de Nicolás sobre El zarco da pie al empoderamiento del mestizaje. Nicolás es el auténtico héroe de la obra, convirtiéndose en un símbolo patrio y modelo a seguir. El éxito del proyecto de alegoría nacional es evidente al exhibir como los verdaderos héroes son representados por los personajes de clase mestiza y los que evidencian una asimilación por el proyecto de la nación.

 

Referencias

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Altamirano, Ignacio Manuel. El Zarco. 1901.Modern Edition: Middletown: Independently. Published, 2025.

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n.a. “Zarco” Real Academia Española [RAE], 2001.

 


Jorge Caballero is originally from Madrid, Spain and currently serves as a High School Spanish Language and Culture Instructor at Gray Stone Day School in the piedmont of NC. He enjoys sharing his love of Spanish with students and has found creative ways to effectively advance pedagogical standards while simultaneously fostering an enriching and fun, culture-infused classroom atmosphere. Jorge enjoys spending time in nature rock climbing, table-top gaming and traveling back to Spain with his family to reconnect with his roots. Finally, Jorge is pursuing his master’s degree in Spanish at the University of Texas Permian Basin.

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Estrabismo literario

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El estrabismo literario, de Luis Vicente de Aguinaga. Reseña sobre Desviación Vertical disociada

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Luis Vicente de Aguinaga, ganador del Premio Nacional de poesía Ramón López Velarde 2021 por su libro Desviación Vertical disociada, profundiza temáticas de poemarios anteriores, en esta ocasión, ajusta tuercas de la estructura, lenguaje y temáticas. El poemario explora lo efímero, la fugacidad, el hombre frente al espejo, el cuerpo como carne en desintegración, el autoconocimiento físico, todo ello envuelto en brevedad y juegos lingüístico bien logrados. Aguinaga altera verso y prosa, regalando al lector un exquisito estrabismo literario dividido en siete secciones: cuatro de poesía en verso libre y tres de prosa que evocan a Rimbaud, Baudelaire, Pessoa, Schwob, Juarroz o Cernuda.

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Poemario Desviación Vertical Disociada: un DVD de ahora y nunca - Gaceta CUSUR

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Una nube de humo recorre cada página del libro, desvaneciéndose con la lectura para dejar el brillo de la plata. Detonaciones pirotécnicas en cada verso, la palabra justa decora el recorrido sonoro de un rio de vocablos. La erudición es como el Nevado de Colima: erupciona en el momento menos esperado. El humor es una ola lista dispuesta a arrastrar al despistado al fondo del mar. Juarroz se esconde tras una letra y se frota las manos mientras José Agustín le guiñe el ojo. Ironías sutiles. Intertextualidades no aptas para principiantes, la libertad del poemario avanza como una muchacha en verano, libre de toda vestimenta convencional:

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«Apenas esto

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Yo quería estar desnudo: ser

apenas este cuerpo, el mío

y luego no ser mío,

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que mis manos fueran

dos manos y mi piel

una piel, y el borde

del mentón fuera eso mismo,

y la espalda y las nalgas fueran eso

sin ser mías,

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que yo tuviera que subir

hasta mis ojos para verme,

llegar hasta mi lengua,

extenderme hasta mis dedos

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y que yo tuviera que subir

hasta mis ojos para verme,

llegar hasta mi lengua,

extenderme hasta mis dedos

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y que luego girara la cabeza

para mirar mis hombros al alzarlos

en señal de ignorancia.»

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Cada verso, frase o palabra trasluce la autenticidad del autor, como un lobo que aúlla en una colina de nieve bajo la luna llena, pone alerta a los lectores. La fuerza de un Canis lupus puede ser comparada con la precisión de Aguinaga, quién obsequia un refinado humor en píldoras atómicas:

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«La luz de la mañana es aguda; la del medio día, esdrújula; la del atardecer, grave.»

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«Lo peor es más que suficiente.»

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«Nunca es tarde para envejecer.»

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Ya en el Templo de Apolo, el oráculo de Delfos exigía conocerse a sí mismo. Aguinaga, en la sección titulada Conocimiento, desarrolla prosa poética sobre su cuerpo. Con un lenguaje condensado, bello, sugerente, con originalidad y perspectiva única, se detiene en aquellos lugares pocos explorados por quienes han desgastado su vida frente al espejo:

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«CONOZCO mis testículos. Están hechos de suposiciones y creencias. Parecen resguardados por mis muslos, por el vello del pubis. Por la piel gruesa y acanalada del escroto, pero en verdad están abandonados a su suerte. Yo nunca ni en pleno deliro, los compararía con huevos, pero ya es imposible desarticular esa metáfora…»

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La cadencia natural de los versos fluye como las aves del cielo. La libertad métrica no distorsiona la sonoridad ni la fluidez. La originalidad del alternar verso y prosa se encuentra poco en la literatura, solo en autores de alto calibre como Pessoa, pues ellos tienen la agudeza de hacer mezclas mágicas que retumban en el corazón y en la mente de los lectores.

Desviación Vertical disociada es un ejercicio de lucidez literaria pues equilibra profundidad y belleza, calibrando su riqueza temática y estilística en cada una de sus páginas; definitivamente es un texto que reclama una lectura cuidadosa por el uso de recursos literarios, lingüísticos y temáticas variadas.


Luis Enrique Morales es un aforista, escritor y columnista nacido en Quetzaltenango, Guatemala, en 1989. Reside en Suecia desde el 2012. Estudió filosofía y pedagogía en la Universidad de Estocolmo, licenciándose en 2018. Ha hecho su debut con su libro: Aforismos y otras mentiras (2020) publicado por Simon Editor en Jönköping, Suecia. Seguido de Aforismos de noviembre (2021) por Editorial Rötter de Estocolmo. Actualmente es columnista en la revista gAZeta de Guatemala y está preparando algunas traducciones de la aforística clásica sueca.