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Una breve crónica sobre el básquet, el rock, el amor juvenil y otras peripecias menos dramáticas

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Una breve crónica sobre el básquet, el rock, el amor juvenil y otras peripecias menos dramáticas

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Era 1959, un 6 de mayo, y se estrenaba el Rock de la Cárcel con Elvis Presley en el cine de Las Américas en la Ciudad de México, entonces Distrito Federal. Evento que, tiempo después, reseñaría el escritor Parmenides García Saldaña, quien describió el caos frenético de una juventud desbordada. Pude asistir a ese emblemático acontecimiento que precisamente en esa fecha cumplía15 años, regalándome una aventura que nunca olvidaré. Aquella frenética juventud, ellas de crinolina y nosotros de copete envaselinado, contagiados por el fanatismo hacia el rock y su indiscutible Rey, desató una tormenta de cerillos encendidos, que pronto se convirtió en papeles, periódicos, camisetas, vasos de cartón, y cualquier objeto inflamable a la mano…Ante la obvia posibilidad de un terrible incendio, y al ritmo tonificante del Rock de la Cárcel, iniciamos una estampida hacia la salida principal, con el pánico a cuestas, temerosos de morir achicharrados en una inmensa fogata con aroma a juventud y colonia Sanborn.

En el amplio lobby de aquella sala de cine, forzando puertas y rompiendo cristales, logramos ver la calle como un paraíso salvador. Con espanto vimos que una veintena de camiones de granaderos, ejército represor macana en mano, iniciaron su despiadada misión. Yo, con la agilidad adquirida como basquetbolista y bailarín de rock, pude sortear macanazos y zancadillas, logrando escapar de aquel ejército de gorilas desalmados, dispuestos a poner orden a punta de cabezas descalabradas y huesos rotos.

Vivía el rock and roll y el basquetbol con igual pasión. Participé en varias presentaciones de rock con mi atuendo fosforescente, imitando la versátil y magnética combinación de Elvis y Chuck Berry. Uno zangoloteando la provocativa pelvis y sacudiendo su copete tieso y rimbombante; el otro con el cuello como resorte y la ágil elasticidad de sus piernas. Ambas imitaciones me permitieron ganar concursos estudiantiles de rock, ritmo que estaba en plena ebullición en esos años.

En el Instituto Patria viví con amplitud ambas pasiones, el rock y el basquetbol. Allí el básquet, entre otros deportes, gozaba del especial aprecio de los jesuitas, como también las clases de Apologética, impartidas por uno de ellos, austero y sabio, de nombre Isaac Malpica.

Pululaban apellidos de esos que con el transcurso de los años llegarían a la cima de la política y el empresariado de alta gama: Larrea, Oseguera, Carriles, Petricioli, Rosada Etchegaray, Palafox, Trouyet Hauss, Elorduy Candiani, entre otros. Todos encaminados a heredar el control del país, algo que se llegó a cumplir con creces. Entre ellos recuerdo el apellido de un muy buen novelista que, sin embargo, descendió a la triste y denigrante encomienda de intelectual orgánico de la desfigurada política del PRIAN: Héctor Aguilar Camín.

 

II

En el trayecto de mi departamento a la parada del camión urbano que me trasladaba a diario al Instituto Patria, siempre pasaba por una majestuosa residencia de pinos y barda alta. En su doble puerta de metal, también alta y muy robusta, como en un sueño, me topaba con una réplica de Alicia en el País de las Maravillas. Era una güerita de cara y piernas atractivas, con su uniforme azul marino y delantal blanco, custodiada por una asistente doméstica uniformada y un perro Collie de gran tamaño, atado a una fina correa de piel.

Pasé durante meses por la acera de enfrente, por aquello de una posible agresión de aquel impredecible can de aristocrática presencia. Me deleitaba de lejos, viendo con discreción aquella escena bucólica y provocativa de mis más nobles deseos: acariciar el pelo de oro de aquella chispeante jovencita y darle un beso en esas mejillas salpicadas de algunas pecas irlandesas, de color rosado juvenil y apetitoso.

Una mañana, después de lavarme los dientes y tomar mi mochila, rumbo a la parada de autobuses de la avenida Mariano Escobedo (yo vivía en la avenida Melchor Ocampo), escribí una una nota: “Me encanta tu belleza. ¿Algún día podré conocerte? Mi teléfono: 142782. Por las tardes estaré pendiente”.

Decidido a todo, tomé el lado de la acera donde ella esperaba el camión de su colegio. Caminé con el sentimiento del conquistador frente a la incertidumbre de aquel intento de conquista. Resuelto y con paso firme extendí mi mano aderezada por una amigable sonrisa, ella extendió la suya, tomó el papel de mi declaración, sonrió también, y me fui elevado a varios metros del piso a tomar mi camión de la ruta Juárez-Loreto, sentí que abordaba una carroza medieval hacia la estratosfera de un castillo encantado.

Ese día me pareció muy largo, esperé toda la tarde su respuesta, hasta que el campaneo del teléfono me pareció una llamada celestial. Fue un inicio feliz, por la timidez de su dulce voz adolescente supe que era algo deseado por ella también. Desde ese momento ella existió para mí: “Mi nombre es María Luisa Arzoz Arenas, dijo, afirmando, tengo 14 años…etc”. Su apellido vasco conjugaba a la perfección con el mío, era sin duda, un buen inicio.

Dejaré en pausa esta historia de amor, sus vicisitudes y logros los narraré en otro momento, por ahora adelanto que ambos aprendimos a besarnos en el bucólico paisaje del Bosque de Chapultepec, a donde nos solíamos escapar con la vigilancia de nuestra cómplice de amoríos clandestinos, la asistente doméstica que nos “echaba aguas” para no ser descubiertos en plena calistenia de amor adolescente.

 

III

Sin recordar cómo y por qué fui nombrado capitán del equipo de básquet, lo bauticé como Mau Mau Gan, en honor de una tribu guerrillera africana de Kenia que luchó contra el colonialismo británico a mediados del siglo XX.

Contagiado por el espíritu combativo de esa tribu, decidí bautizar con ese sugestivo nombre a mi equipo, que en 1959 llegó a conquistar el título de Campeón de Campeones en la liga que enlazaba a los colegios jesuitas de varias partes de México. La final de ese año fue en el Colegio Oriente de Puebla, donde logramos la honrosa presea.

Algo que fue extraordinario, sin duda, se debió a las características de la mayor parte de los integrantes del equipo: como una premonición de lo que sería mi vida a partir de mis años de universidad, se dio, sin proponérmelo, una amalgama entre el básquet y destacados descendientes de muy altos protagonistas de la llamada Alta Cultura, así como destacados miembros del mundo empresarial.

Basta con mencionar los nombres de los miembros de mi equipo. José Vasconcelos García, Vicente “Changuito” García Cabral, Francisco Plancarte García Naranjo, Arturo Ordorica Constantine, Mario Melgar Adalid, Alejandro Martínez Muriel, David Alonzo Corres Zincunegui, todos heroicos miembros del equipo Mau Mau Gang, quienes, con un aguerrido estilo de codazo discreto, patada igual y gritos de combate africano, lograron que nos colocáramos a la cabeza de aquella liga juvenil.

El Changuito, amigo solidario de gran carácter, expropiaba de la cartera de su padre, el Chango García Cabral, gran caricaturista de muy alto nivel, una suma de dinero suficiente para escaparnos dos o tres veces al mes hacia un espacio bucólico conocido como la Hípica Andaluza en Tecamachalco, espacio aún despoblado por aquellos años, lomerio verde esmeralda con sabor a película de caballería del Cid Campeador. Con lo hurtado por el Changuito, con lonche en mano, cabalgábamos tres a cuatro horas en finos albardones, cada quince días.

Estas heroicas jornadas de caballería se terminaron súbitamente el día que fue descubierto nuestro Robin Hood y, como castigo de su clandestina y noble tarea, fue internado en un colegio militar en la ciudad de Kansas, USA. Todo el equipo lo despidió con el corazón arrugado, anhelando que regresara pronto a nuestro equipo, el Mau Mau Gang, y así poder continuar ganando partidos de básquet y cabalgando por aquella antesala del paraíso de aire claro y lomas de verde esmeralda.

31 de Julio 2026

Ciudad Juárez, Chih.

 


Enrique Cortazar estudió una maestría en educación y literatura en la Universidad de Harvard. Hizo estudios en el programa doctoral en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque. Fue promotor cultural y director de museos en Chihuahua y Ciudad Juárez. Ha publicado varios poemarios, entre ellos: Otras cosas y el otoño (Diana, 1978), La vida escribe con mala ortografía (Ediciones de Cultura Popular, 1987), Ventana abierta (UNAM, 1993), Suicidio aplazado (Claves Latinoamericanas, 1994), Variaciones sobre una nostalgia (UNAM, 1998), Crépuscule sur les pavés/Crepúsculo en las calles (Edición bilingüe, Écrites des Forges y Mantis Editores, Quebec, Canadá 2008), Don de la tarde (Mantis Editores, 2014). Algunos de sus poemas han sido publicados en libros de texto de secundaria en Estados Unidos, así como en antologías en Japón, Estados Unidos y España.

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