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En mi recuerdo está el maldito fútbol

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Allí, ¡donde lo lees!: “Maldito”. Desde mis seis años, veo a ese pobre niño, que era yo, queriendo ser invitado a jugar. Dos capitanes del barrio apropiándose del material humano. “Dame a Luis”, decía uno. “Dame a Daniel”, decía el otro, y así, nombrándonos uno a uno, iban juntado a los once jugadores que cada uno de ellos elegía. En ese concierto, que parecía más una subasta de bestias, el último elemento del ganado que llamaban como propiedad del equipo era yo, que a mis seis años no entendía aún de qué iba la cosa.

Cuando me dijeron que me quedara sentado “de reserva” miré cómo jugaban, y aún no me quedaba claro el juego. Había veinte que corrían detrás de una pelota deseando dominarla. Cuando me hicieron entrar, después de alguna fractura de tobillo de alguno, me integré “al grupo” (que yo veía) sin saber que eran dos grupos y que era sólo a “un” arco al que había que tirar. Luego del segundo gol que logré hacer, escuché gritos de protesta que cómo era posible que hiciera dos autogoles…(concepto nuevo para mí). La verdad, nadie me había dicho en qué dirección debía hacerlo. Con este inicio, el ritual vespertino de elegir jugadores, siempre terminó con que yo era el último elemento a elegir.

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Más tarde, ya a mis diez años, aprendí que ‘había que’ ser fan de algún club específico. Y será por las lecturas de La Araucana de Don Alonso de Ercilla, o porque aquel equipo ya era 11 veces campeón de Chile, que -como mis hermanos- nos inclinamos por ser tifosos del Colo-Colo. Colo- Colo sonaba heroico, épico, y era el nombre de un mapuche luchador contra los conquistadores. Cada vez que podía, en mi nuevo rol de espectador del juego futbolídtico televisado, me sentaba frente al televisor solamente cuando jugaba el Colo-Colo. Yo que ya no había pisado nunca más una cancha de fútbol, de pronto, me veía gritando y saltando en el sofá cuando mi equipo se enfrentaba al Santiago Wanderes o a la Universidad de Chile. Una de las figuras más emblemáticas del fútbol chileno y específicamente colocolino que recuerde, es la de Carlos Caszely. Un jugador que parecía llevado por fuerzas que no son de este mundo. Sorteaba a todo el equipo contrario con el balón entre sus pies e infaltablemente llegaba al arco contrario. De la misma manera me entusiamaba la figura de Elias Figueroa en su período colocolino. No sólo porque fuera casi mi vecino en la ciudad de Villa Alemana sino porque era lo que se llama un caballero del fútbol. Un muchacho que venció el asma y la polio y terminó yéndose a jugar a Brasil, Al Internacional de Porto Alegre, donde fue capitán de equipo logrando llevarlo a primera división. Eso sucedió en una tarde de iluminación divina, dijeron los comentaristas. El gol de Figueroa desde su posición de ‘defensa’ fue iluminado por la apertura de una nube que filtró el sol de la tarde iluminando la azaña de Figueroa en el preciso momento en que éste hacía el gol, con lo cual aquel gol fue recordado como *el gol iluminado’. Ese mismo año Figueroa obtuvo la nominación como el mejor jugador de América. Recojo de esta experiencia con este deporte, en aquel entonces, primero que nada una extraña dictadura masculina integrada en lo que se supone que es una esencia de la virilidad: si eras hombre, te ‘tenía que’ gustar el fútbol—y es extraño pues en la intimidad de mi ser, viendo en la televisión ciertos partidos donde jugaban equipos que despertaban en mi una energía identitaria, lograba entusiasmarme al paroxismo, al punto de extrañarme al verme gritando o saltando en el sofá. Y es así como a mi rechazo inicial y principial al fútbol, por su carácter dictatorial de que era un deporte que ‘tenía que’ gustarme por el hecho de ser hombre, apreciaba, a posteriori, de manera íntima ante mi televisor, y nunca pública, esa magia energética que producía la identidad con el equipo. La misma que detestaba cuando los hinchas reventaban en expresiones violentas en el estadio. Admiraba en la épica del fútbol los valores de la habilidad, de la inteligencia y sobre todo de la caballerosidad que, en mi opinión son carácteríticas de lo heroico y que puedo ver en Carlos Casely, en Elías Figueroa, jugadores entrañables de aquellos años, y en mi patria actual de adopción, Dinamarca, también reconozco en los hermanos Laudrup, o, en Francia, en un Zinedine Zidan.

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Un deporte de grupo -como el fútbol- agrega al peso físico de tener que hacer un buen partido, un saber jugar *con* los otros y ‘contra’ otros al mismo tiempo. El peso de la crítica de los tuyos, la burla de los otros y del público (si tienes un mal día) o la envidia de los tuyos y la rabia/odio de los adversarios si tu día es bueno. Será por eso que me fui a deportes individuales como la gimnasia en aparatos, donde mi prestación dependía de mí y de mi estado físico en un ritual entre mi mente y mi cuerpo. Un valor de destreza y de saber reaccionar con el cuerpo en la vida cotidicana, cuando es necesario o urgente. Lo mismo fue con la esgrima: jugar a atacarse con el adversario. Diría mejor: jugar ‘seriamente‘ a atacarse con el adversario. De allí surge una lucha ceremonial, una agresión ritualizada que me enseñó de manera metafórica o análoga, a responder verbalmente promptus con la frase certera a quien pretendiera agredirme verbalmente, respondía de la misma forma que un ataque frontal y sorpresivo, en tercera posición: rodilla en tierra y florete en el pecho del adversario. (Luego, claro, nos saludábamos caballerosamente y nos íbamos a casa) Fue así como este deporte me dió la ‘potencialidad’ en la espera de la retaguardia. Mi afabilidad intelectual y humanista -que muchos podrían confundir con debilidad- podría, por eso mismo, verse atacada físicamente. Allí al atacante lo esperaría un saber argumental y corporal.

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Claudio Cifuentes-Aldunate es chileno de nacimiento y danés de adopción. Doctorado en literatura hispanoamericana por la Universidad de Friburgo, Suiza, con un doctorado sobre Mario Vargas Llosa publicado en Odense University Press i 1983, con el título Conversación en la Catedral, Poética de un Fracaso. Desde 1981 es profesor titular de Literaturas iberoamericanas en el Instituto de Ciencias de la Cultura de la Syddansk Universitet, Dinamarca.
En su vida académica ha tenido un interés central por la semiótica y el análisis literario y cinematográfico. Una parte de su investigación se centra en la escenificación de la verdad en la textualidad. Ha sido profesor invitado durante diez años en la Universidad de Aquisgrán, Alemania y ha sido miembro de LEIA (Laboratorio de estudios italiano-ibéricos e iberoamericanos) de la Universidad de Caen, Francia, donde se ha ocupado del micro-relato y de la literalización de la ciudad en poesía y prosa. Su último proyecto versa sobre el sentido del silencio en la cultura en general y en la literatura en particular. En el ámbito de la creación, ha incursionado anteriormente en el relato y la poesía en diversas revistas literarias como NOK (Noter og kommentarer) donde publicó Poesías junto a dos otros autores y en la revista Aurora Boreal donde ha contribuido con los relatos ‘Encuentro’, ‘De migraciones y exilios’,’ Quebrantos’ y el poema ‘La lista’.

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