Película llamada vida, una reseña del poemario de Enrique Gastélum
Los moradores del tiempo lento
Catorce son los habitantes de este lapso pausado que ha resuelto Enrique Gastélum. Se les puede ver colocados, colocadas, en una película de las que ayuda a confeccionar el autor del libro. Las escenas se sustentan “en el memorial de las cosas inocentes”, en lo luminoso que se impone sobre el “algoritmo del mundo”. Una pareja, el niño poeta, el guitarrista, el hombre de las cosas mínimas, la que hace los milagros, otra pareja, la mujer de la sonrisa clara, el maestro que enlaza seres y cosas, con su magia para levantar el telón; la que en el barrio sabe sanar, los residentes del barrio, la poeta en la lectura de sus propios poemas, la mujer que barre sin que sepa que es una artista, el hombre mayor quien descansa de haber pisado el mundo, los poetas que contemplan lo que hubieran creado. Todos, dispuestos de tal forma que parecieran estar fuera del tren que continúa su marcha.
Son personas que pueblan su universo porque son conscientes de sus actos o porque el poeta les descubre el manantial del que brota el amor. Y esa detección se puede producir a la hora en que la gente vuelve a sus hogares y no soporta nada sobre sí y se hace la magia por medio de la guitarrista, quien conjuga miradas mediante la melodía que ha elegido para ese momento. O puede darse a las seis y media de una tarde en que una mujer ha logrado el milagro de que el abuelo vuelva a sonreír. O las miradas que se cruzan en un hospital, suficientes para conjurar el dolor. O las miradas en las calles del barrio, el sentarse en la calle para sentirse humanos.

Los moradores de ese tiempo descrito por el poeta pueblan su universo con sus propios colores: caricias y miradas, olores, el calor producido por los brazos, las palabras en boca de la gente del barrio. La urgencia mayor es la de la vida misma: vida sencilla, con fórmulas que huyen del algoritmo. Existe confianza en lo que se tiene: “La serena alegría de la Tierra”. El telón se levanta para las complicidades. La existencia puede resolverse por medio de una oración dicha hace años.
Enrique Gastélum cuenta ese tiempo de sus moradores con la confianza en su mundo, el cual tiene nombres: la Plaza Miserere, el hospital Ramos Mejía, las calles de San Telmo, la estación de Retiro y el piso del andén; la mecedora, el patio de una casa, “los caminos que se esconden en toda palabra”. Y es la palabra, en la que confió el niño poeta, la que reveló el maestro para escribir un poema, a la que le dio movimiento la poeta para hacerla suya, esa palabra es la que ha encantado al poeta Gastélum, palabra que, por la modalidad en que la enlaza con otra, le impide ver cuándo una sonrisa es opacada por lo raído. Entre lo indecible y lo celestial, Enrique Gastélum opta por una palabra que no deja de traer consigo el rictus que la ensombrece; a fuerza de hacerla presente, el poeta arma su película.
Gastélum, Enrique. Los moradores del tiempo lento. Leviatán, 2025.
Carlos Gutiérrez Alfonzo es poeta y ensayista. De su autoría son los siguientes volúmenes de poemas: Cirene (1994), Vitral el alba (2000), Mudanza de las sílabas (2012), Poniente (2012), Que se halla por ventura (2015) y Si quien leyera fuera otro (2018). Ha publicado los libros Ascenso y precisión. Tres poemas de autores chiapanecos (2016) y Minucias. Maneras de decir cómo se vive la frontera (2021). Se desempeña como Investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIMSUR-UNAM).

