ISSN 2692-3912

La luna y el lucero

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Yo tenía un proyecto en el Alto Nápoles, en Cali. Mil quinientas madres comunitarias desarrollaban habilidades para la educación y la crianza con amor. Hacíamos los talleres en una caseta. A las ocho de la mañana llegué a coger el jeep que va para esa loma. Un señor me estaba esperando. Era el esposo de una de las madres. Me abordó y me dijo que no subiera, que tres sicarios me estaban esperando para matarme.

Allá habían asesinado a mucha gente. A una amiga mía, una trabajadora social de Bienestar Familiar, le llegó una carta de amenaza. Ella no creyó. La desaparecieron. Nunca se supo de su paradero.

Me devolví para la casa. A los veinte días me llegó la amenaza de los paramilitares. Decía algo así: “Vieja hijueputa, malparida, no tienes nada a que subir a las comunidades. No venga a traer aquí revolución, ni comunismo, ni feminismo, ni nada. No te necesitamos acá. No te queremos volver a ver por estos lados, ni por ninguna comunidad. No te metas con los nuestros. Atentamente, Bloque Calima”. Tenía calavera y todo. Me azaré mucho.

Yo vivía en el barrio el Ingenio, cerca de la Universidad del Valle. Era mayo del 2000. Tenía varios proyectos. En un mes delegué lo que pude, compramos tiquetes para Miami y nos vinimos con mi esposo a visitar a nuestras hijas, que habían emigrado recién terminados sus estudios universitarios y se habían traído a sus novios de Colombia. Ellas se hospedaban en las casas donde trabajaban; ellos tenían un apartamentico. Medio les contamos la situación y les dijimos que estábamos pensando instalarnos también acá. Estuvimos quince días y regresamos a Cali.

Volví al trabajo y, al poco tiempo, me llegó otra amenaza, con detalles de por dónde me movía. Había puesto una denuncia por la primera. Puse otra. No podía dejar todo tirado. Seguí con los proyectos. Sentía mucho miedo. Las amenazas del Bloque Calima había que tomárselas en serio. Aguanté unos meses. Busqué a una profesora de la Univalle que me había dictado unas conferencias y le supliqué que ella y sus colegas se encargaran de todo. “Yo me tengo que ir, me tengo que ir”, le dije desesperada. Arreglamos lo que pudimos y emigramos para salvar la vida.

 

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No había ninguna justificación para esas amenazas. Con mi esposo, habíamos abandonado todas las actividades clandestinas desde hacía más de una década, desde el año 1986. Por esa época, el M-19 había organizado el batallón América con gente venida de varios países latinoamericanos. Intentaron tomarse Cali y en los combates con el ejército los volvieron nada. Cantidad de muertos y heridos. Algunos fueron llevados a mi casa, que parecía un hospital. Los médicos los operaban ahí, en los cuartos. Mi esposo aprendió a aplicar inyecciones, a hacer curaciones. Mis hijas tenían doce y trece años, y veían eso.

Mientras el batallón América era destrozado en el intento de tomarse Cali, Álvaro Fayad fue dado de baja en Bogotá. Yo lo había conocido cuando me dieron la tarea de ayudar a subir gente a la montaña. Un 31 de diciembre lo llevamos desde Cali a un pueblito del Cauca en bicicleta. Mi esposo y él iban de ciclistas; yo, escoltándolos en el carro. También me tocó pasar por esposa del comandante Uno; a mi esposo, como compañero sentimental de varias guerrilleras. Nos íbamos muy enamoraditos, cogiditos de la mano, y los dejábamos donde se requiriera. A nosotros no nos daban un peso por eso. Era pura convicción política. Ganas de cambiar al país.

Unos meses después, estábamos paseando en Cartagena y mis hijas vieron el periódico. “Mamá, son tus amigos”. La noticia decía que habían cogido a seis guerrilleros del M-19 en Cali. Nosotros les habíamos guardado armas y camuflados. Nos moríamos en ese viaje de regreso sin saber si habían allanado nuestra casa. Nos moríamos. Afortunadamente, no había pasado nada.

Limpiando la biblioteca, nos encontramos un cerro de billetes. Qué susto. Ellos la habían cogido de caleta sin decirnos. Vimos ese montón de plata y no supimos qué hacer. Nuestras conexiones estaban en la cárcel y no teníamos idea de cómo deshacernos de todo.

Teníamos un estrés tenaz. Nos fuimos para la finca de unos familiares a tratar de tranquilizarnos. Se me engarrotó un dedo y me puse malita. Me tuvieron que llevar al hospital. Al fin, entregamos el dinero, los camuflados y las armas. Les hicimos firmar un recibo para que después no dijeran que era otra cantidad y nos metieran en problemas. Nos salimos.

No era la primera vez que abandonábamos la revolución. En 1974 ocurrió un incidente que nos hizo salirnos de nuestra actividad clandestina por más de una década. Desde cuando éramos novios, mi esposo y yo habíamos desarrollado una intensa actividad política. Yo vivía con mi familia en el barrio Alameda. Él, en su pueblo, con la suya. Teníamos un grupo de estudio. Nos poníamos tareas, discutíamos. Yo asistía a las reuniones de los sábados; él, a las de los jueves. Leíamos lo que llegaba en ese tiempo: ¿Qué hacer?, Manifiesto comunista, El libro rojo de Mao, Así se templó de acero, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Libros, muchos libros que nos volvieron añicos la cabeza.

Decidimos irnos a vivir juntos en un apartamento que nos cedieron unos compañeros. Ahí hacían el periódico del EPL. Nos encargamos de la imprenta. Llegaba gente a escribir, a ayudar con la impresión y el empacado. Yo estaba empleada en un colegio de noche; de día, empacaba regalos en una tienda de ropa. Él trabajaba en el almacén. Llevábamos una vida doble. Yo salía a las ocho de la mañana y regresaba a las nueve de la noche. Nos daban las tres de la mañana con la imprenta funcionando y gente sacando el periódico del edificio.

Fue una época feliz. Dormíamos tirados en una colchoneta. No teníamos nada más, solo unos cojines. Era maravilloso porque éramos coherentes: trabajábamos duro y vivíamos con lo mínimo; hacíamos la revolución con una gran convicción y el amor con un inmenso amor. Una vida linda, apasionada.

Quedé en embarazo. No quería casarme.

Un día, la suegra nos visitó. Le tiramos una sábana a la máquina y cerramos esa parte del apartamento. Le dio mucha tristeza ver que no teníamos nada, ni nevera, ni licuadora, ni muebles, ni cama. Guardábamos la carne salada y con cebolla en una olla de barro para que no se dañara. Nosotros éramos felices. Ella no lo podía entender. Se fue llorando y al otro día nos mandó una licuadora, cobijas, un colchón.

Yo ayudaba en la inteligencia, inspeccionaba los sitios donde ellos querían hacer algo. Era alta y elegante, me vestía súper bien, me maquillaba y entraba donde se necesitara. Ayudaba como enlace, llevaba recados entre distintos grupos, hacía contactos con sindicatos. Se me ocurrían cosas increíbles para sacar información.

Me faltaba un mes para que naciera mi hija y ya tenía una tremenda barriga. Estalló una huelga en La Garantía y me fui a repartir propaganda del EPL con otras cuatro personas. Llegó la policía. Cogieron a uno de los que habían ido conmigo. Yo guardé los papeles en mi mochila y comencé a salir, despacio; haciéndome la que no era conmigo. Pasaron cerca de mí y cogieron a la otra compañera. Tomé el primer bus que pasó. Me agarraron unos nervios y la niña a patear. Qué susto tan horrible. Llegué al apartamento y le dije a mi esposo que nos teníamos que ir de una, que no podíamos esperar a que vinieran a allanar.

El compañero que cogieron era de Tuluá. La compañera, una enfermera del Instituto del Seguro Social en Cali. A ella la torturaron, la violaron, le metieron cosas en su cuerpo. Le hicieron los vejámenes más horribles.

Ese día mi esposo andaba en la camioneta de su familia y nos pusimos a botar todo lo que nos pudiera incriminar. Yo con el embarazo tan avanzado y cargando cosas. Dos compañeros vinieron a ayudar y tiramos todo a un caño, por el Limonar. Dormimos en un parqueadero. Tuve una pesadilla horrible: unos policías me tenían en una patrulla y me daban patadas y patadas y patadas hasta que me sacaban al bebé. Me desperté gritando. Tenemos que soltar todo —le dije—. Yo no vuelvo. No puedo. Mi bebé. No puedo”. “Nos vamos a vivir al pueblo”, me dijo. “Listo”.

Nos instalamos en un apartamento pequeñito. Cortamos. Les dijimos a los del EPL que no contaran más con nosotros. Ellos estaban muy tocados y no querían que nos saliéramos, pero, al final, aceptaron y no se volvieron a comunicar.

.Nació mi hija. Volví a quedar embarazada cuatro meses después. Trabajé un tiempo en un hospital de provincia, en la sección de estadística. No sabía nada de eso y no me gustaba. Me retiré. Estudié Educación Preescolar y me gradué en 1980.

Me dieron el puesto de directora de un Centro de Atención Integrado al Preescolar. Había 360 niños. Organicé la escuela de padres. Hice grupos para educarlos en el buen trato al menor. Impartíamos talleres. Con los niños, cultivamos una huerta escolar y las familias venían los domingos a arar. El día del padre, los niños les regalaban los frutos. Era espectacular. Ahí estuve tres años. “Yo quiero estudiar Trabajo Social —le dije a mi esposo—. Aquí me siento encerrada, estrecha”.

Como no había terminado el bachillerato, me preparé para el examen del ICFES. Me fue muy bien y me metí a Univalle. Primero, como asistente; después, como estudiante regular. Ahí empecé a tener otro trabajo político en las asambleas de estudiantes. Era muy activa.

Fue entonces que me involucré con el M-19. Cuando iba por la mitad de la carrera, ocurrió lo del batallón América, apresaron a nuestros amigos y cortamos de manera definitiva nuestros vínculos con ese movimiento y con la insurrección.

Con una compañera, joven y pilosa, decidimos hacer la tesis en uno de los resguardos indígenas del Cauca. Leíamos y subíamos a la montaña, unas veces a pie y otras en mula; trabajábamos con la gente. Si las mujeres estaban cultivando, cultivábamos con ellas; si estaban en la minga, nos metíamos a la minga. No era coger a la comunidad como objeto de estudio sino participar de sus dinámicas. Fals Borda decía que uno no podía ir a esas comunidades a sacar y ya, que se debía retribuir con trabajo. Había prácticas que nos dolían mucho: la alimentación, lo periféricas y subvaloradas que eran las mujeres, el abuso sexual sobre niñas de doce o trece años, ese patriarcado tan brutal.

Me gradué. Me nombraron directora de una institución que habían hecho las ricas de Cali para intervenir a niñas abusadas y maltratadas. Llegaban peladitas de doce y trece años con unas historias terribles. Era muy delicado atenderlas. Contábamos con psiquiatras, psicólogas, psicoanalistas, trabajadoras sociales, profesoras. La primera entrevista era fundamental porque teníamos que conocer lo más a fondo posible la historia. Así ellas no tenían que revivir el sufrimiento contando una y otra vez sus terribles experiencias. También procurábamos internarlas lo menos posible. Hacíamos trabajo y terapias con la familia para cambiarles el entorno y que ellas pudieran regresar. Sin embargo, era muy difícil y algunas no lo conseguían. Crecían allí. A los tres años me retiré porque no soportaba que esas señoras ricas no le dieran el destino correcto a los dineros que recaudaban de organizaciones extranjeras.

Me puse a hacer la especialización y a trabajar en Desepaz. Estuve ahí un tiempo y decidí fundar una ONG. Me devolví para el pueblo. Yo tenía muy buenas conexiones y conseguía bastante financiación. Me iba con el súper vestido, el bolso fino, las joyas, bien maquillada y vendía los proyectos. Empezaron a salir los contratos de cuarenta, cincuenta, ochenta, hasta ciento setenta millones. Un platal. Le daba trabajo a la gente. No hacíamos nada de proselitismo político. Era solo trabajo comunitario, con la familia.

Estaba en un período maravilloso de mi vida, impactando positivamente a las comunidades, alejada desde hacía años del trabajo político con grupos insurrectos. En ese preciso momento, me llegaron las amenazas del Bloque Calima. Las paradojas de la vida. Nos tocó huir.

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Llegamos el 21 de diciembre del año 2000 y solicitamos asilo en febrero. Sabíamos que el asilo es una renuncia necesaria para salvar la vida. Renunciamos a nuestro país, a nuestra ciudad, a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestra actividad política, a nuestros trabajos, a todo. Yo había diseñado mi casa como la quería, con grandes ventanales, espaciosa, llena de plantas adentro y afuera. Divina. La tuvimos que dejar.

Mi esposo se puso a lavar carros; yo, a limpiar casas.

Manteníamos pendientes de las noticias de Colombia. No éramos capaces de sacárnosla del corazón y de la mente. Teníamos que cuidar lo que hablábamos y vivir en la impotencia de no hacer nada de lo que queríamos. Nos sentíamos contenidos, ahogados, anulados.

Un año después de nuestro desterramiento, el 26 de diciembre del 2001, mataron a un gran amigo, un profesor que había sido mi guía, mi pana, mi hermano. Él me había asesorado en mi ONG y le habían mandado la misma carta de amenaza que a mí. Igualita.  vine, él se quedó; yo sobreviví, él no. Así es Colombia. Esa muerte me mató. Su hija me llamaba y me decía que gracias a dios mis hijas tenían mamá. Me dolía en el alma.

Sufría por ese crimen, por no ver a mis padres que ya estaban tan viejos, por abandonar mi trabajo con las comunidades. Tenía una nostalgia enfermiza por el país. Estuve muy triste, mucho tiempo, pero había que seguir adelante.

Mi esposo era contador y aprendió rápido a hacer las declaraciones para los impuestos. También comenzó a llevar contabilidades a varias empresas. Yo empecé a trabajar de babysitter en distintos hogares.

Todas esas familias me trataban bien, excepto una judía rica, muy rica. Un día se quebró un plato y casi me tira los pedazos a la cara. Se arrodilló y gritaba que era el plato en el que comía la fruta cuando era niña. Se tiró al piso, lloró. “So sorry —le decía yo—. Voy a buscarlo y se lo repongo”. “Eso no se busca, es de mi niñez”, me gritó. Me trató horrible. Me ordenó que me fuera en ese mismo instante y no volviera nunca. Fue muy humillante. Ella tenía una casa divina, llena de vajillas; hasta tenía una de oro. Me llamó al otro día. Volví. Me pagaban súper bien y yo tenía que sobrevivir.

Uno aquí no es profesional, es un sobreviviente y hace lo que sea.

Yo venía de manejar millones de pesos y de intervenir comunidades grandes, pero sabía que el trabajo no quita la dignidad. Cuando me preguntaban cómo me sentía de haber cambiado la posición tan buena que tenía en Colombia por un trabajo de empleada de casa en la Florida, mi respuesta fue siempre la misma: “Viva”.

Comenzamos a tratar de adaptarnos. Conseguimos amigos. Infortunadamente, la política era un tema vedado para nosotros. Aquí todos eran uribistas. Todos. Mi esposo y yo comenzamos a salir con tres grupos. Íbamos a escuchar conferencias, a pasear, a karaoke, a comer, a fiestas, a espectáculos. Desde el martes, sabíamos lo que íbamos hacer el viernes por la noche. Buscábamos cosas free. Regresábamos a las dos de la mañana, tranquilos. Aquí no pasa nada. Esa seguridad compensa un poco, pero lo que uno deja es demasiado.

Llevaba tres años en Estados Unidos cuando murió mi papá. Había vivido más de sesenta años con mi madre. Yo no pude ir a sus honras fúnebres. Hubiera dañado el proceso de asilo y, quizás, puesto en riesgo mi propia vida. Es horrible la impotencia que uno siente. Yo lo adoraba. De él, había heredado la convicción por la política y el amor por la comunidad.

La Violencia lo había desterrado de su pueblo cincuenta años antes de que una violencia, quizás más devastadora, me desterrara a mí de mi país

 

***

Mi papá nació en 1916, en Génova Quindío. Fue garitero desde niño y la soga con la que sostenía en la cabeza la carga de comida que les llevaba a los jornaleros le dejó una marca en la frente, la cicatriz de la pobreza. Después fue recolector de café. Luego se dedicó a la política. Llegó a Jardín, Antioquia, en 1940. Él era liberal radical y no le gustaban los curas. Vivía en el trabajo y haciendo política. Detestaba las armas y nunca aceptó tener una. Tenía libros. No fue a la escuela, pero aprendió a leer parado en la puerta de los salones.

Conoció a mamá en Jardín. Ella había nacido en Andes, un pueblo cercano, en 1921. Se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Ella le tenía rabia al matrimonio, pero decidió casarse después de varios años y varios hijos. Fuimos en total doce. Nos bautizaban por grupos, pero ninguno hizo la primera comunión. Yo fui la única y al escondido. Mamá se sentía fuerte, se montaba horqueteada en el caballo. Era una mandona, en la parte doméstica. “Aquí yo doy las órdenes —nos decía señalando los muros—; su papá, afuera”. Le gustaba tener su casa impecable.

Siendo inspector de policía en San Antonio del Chamí, en Risaralda, un vecino fue a la finca y les dijo que esa noche los iban a matar. Se subieron al monte y se resguardaron debajo de unos cafetos. Mi hermana mayor tenía ocho meses. Escuchaban el escándalo de los bandidos rompiendo todo en la casa y le ponían el tetero a la niña para que no llorara. Se quedaron ahí toda la noche. A las ocho de la mañana los recogió un camión que llevaba café a Cali. Era el año 1948. Acababa de comenzar la Violencia.

Los dejaron en la glorieta de la calle 34 con carrera Primera. Pasaron la noche a la intemperie. No traían nada. Apenas la ropita y dos billetes en el bolsillo. En la mañana, fueron a las instalaciones del cuerpo de bomberos. Dijeron que eran emigrados de la Violencia y pidieron ayuda. Los hospedaron varios días. Mamá hacía el oficio en casas; papá, lo que le saliera. A los meses, los liberales le consiguieron un trabajo en la CVC como obrero de construcción. Alquilaron una casita en el barrio El Porvenir. Ahí nacimos varios hermanos. Yo, en 1953. Soy la cuarta.

Después nos fuimos al barrio Villa Colombia. Allá estábamos cuando, el 7 de agosto de 1956, explotaron seis camiones llenos de dinamita que estaban parqueados cerca de la estación del tren, por los lados de donde hoy queda la terminal de transporte. La explosión se escuchó a muchos kilómetros de distancia y dejó miles de muertos, pedazos de cuerpos esparcidos en varias cuadras a la redonda. Papá dejó de ir a la casa por tres días. Cuando volvió, se quitó las medias y le salían con la piel de los pies. Para mí, esa imagen lo define. Amaba ayudar a la gente.

Mi papá fue escalando en la política. Se consolidó como un líder social y un promotor de la vivienda de autoconstrucción. Lideró la creación de siete barrios de Cali, entre ellos, el Alfonso López Pumarejo. Los domingos nos íbamos a esos lotes. Mi mamá nos echaba limón y menjurjes para que los moscos no se nos comieran las piernitas. Los niños jugábamos, los hombres construían, las mujeres hacían sancochos y refrescos. Unas mingas tremendas.

Teníamos un patio grande, con arbolitos de guayaba, de aguacate, de mango, y muchas matas medicinales. Mamá nos curaba con hierbas. Era como una yerbatera. En el patio había un arenal porque mi papá iba a construir otra pieza. El 2 de julio de 1958 salí con mi hermano a jugar ahí. Se escuchó un estallido horrible. Yo tenía cinco años y no tengo recuerdos propios de ese momento. Todo lo que sé me lo contaron.

Crecí con la versión de que ese día encontramos un cohete en la arena, yo lo cogí, mi hermano lo encendió y me explotó en la mano. La verdad la descubrí ya vieja, acá en la Florida. Un primo me dijo que había sido un atentado contra mi papá por el vuelo que había cogido con las comunidades. Eso le había ganado muchos enemigos.

Entonces, una de mis hermanas mayores nos contó que yo estaba jugando en el patio cuando estalló esa cosa, que debía ser una bomba casera dejada ahí, al parecer, por un vecino. Yo salí corriendo. Había sangre por todos lados. A mi hermanito le hizo una herida grandísima en un dedo de la mano. Yo me desmayé viendo ese sangrerío y desperté en el hospital. Los estudiantes de medicina me querían amputar la mano derecha porque no veían que se pudiera hacer nada con esas hilachas sanguinolentas de lo que antes eran unos dedos.

Sin embargo, el cirujano hizo un trabajo increíble y me salvó el meñique, el anular y la mitad de los dedos índice y del corazón. La mano me quedó funcionando bien. Mi papá estaba destrozado. Lloraba y me abrazaba. Yo le decía: “Tranquilo, papá, que no son los dedos que yo me chupo”. Eso era lo único que me importaba, que no eran los dedos que yo me chupaba.

Me tuvieron que poner en tratamiento psicológico porque la gente iba a visitarnos y yo me metía debajo de la cama o me ocultaba en el armario. Mantenía la mano escondida. Fui creciendo con los cuidados de mi mamá. Ella no se arredraba ante nada, ni dejaba que yo lo hiciera. Cuando fui a conseguir novio me dio todas las instrucciones. Me dijo: “Lo primero que tú vas a hacer cuando estén juntos es pasarle la mano para que esa persona te quiera, aunque te falten esos dedos”.

Así comenzó la historia más importante de mi vida: encontré el amor verdadero.

 

***

.De Villa Colombia nos fuimos a vivir a la urbanización El Bosque, en el norte. Una casa muy grande y bonita, con piscina. Se volvió el paseadero de la familia. Varios primos dejaron las fincas y se vinieron a vivir con nosotros. Dos de ellos se casaron con dos de mis hermanas.

Había un muchacho que me gustaba y nos hicimos novios. Él tenía veintiún años; yo, trece. Él estudiaba Agronomía en la Universidad Nacional de Palmira; yo, en el colegio. Nos íbamos al agualulo en Latinos, un sitio por la avenida del Río con calle Cuarta. Me sacaban y yo pasaba mi mano mutilada sin ningún complejo. Andaba con malla y botas. Era la típica chica yeyé.

La dicha no duró mucho. Los ricos de Cali se incomodaron por la fuerza que tenía mi papá en los sectores populares. Él ya era el presidente del Directorio Liberal y les tallaba porque no acolitaba las cosas que no iban en beneficio de las comunidades. Lo sacaron de la política. Se quedó sin empleo. Vendió la casa y la camioneta y se compró una finca grande en el Cauca. Nos fuimos a vivir al pueblo. Nos trasteamos de una casa con piscina en la ciudad a otra con un baño lleno de moho en la provincia. Papá alquilaba lotes de la finca para reses y cultivos.

Cuando los líderes de los sectores populares vieron la pobreza en la que vivía, hablaron con la dirigencia política y lo nombraron jefe de Impuestos Municipales en un pueblo del Cauca. El sueldo y los alquileres de la finca apenas le alcanzaban para levantar doce hijos.

Yo ya tenía catorce años y en la escuela de ese pueblo los muchachos se burlaban de mí. Yo era muy agraciada y salía súper pinchada: “Sí, muy bonita; pero mocha”, decían para que los escuchara. Sentía un dolor en mi alma y me largaba a llorar. Mamá se ponía de muerte cuando se enteraba.

 

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.Recuerdo una muy maluca. En la casa nos enseñaron que uno no come enfrente de otro sin compartir. Es una costumbre paisa. Una vez, yo estaba con las compañeras en la hora del descanso, cogí una arepa que me había mandado mi mamá y le di a una de ellas. Al lado, estaba otra barrita. Una pelada le dijo: “¿Y vos cómo le fuiste a recibir esa arepa si la partió con la mocha?”. Yo me volteé hacia mis amigas: “¿Oyeron?. Yo tan pendeja dándole arepa y esta otra diciendo eso”. No lo olvido.

Con el novio de Cali, no me volví a ver. Lloré muchos días por él. Se me pasó y me conseguí uno en el pueblo. Él estudiaba en la Universidad del Valle. Yo tenía catorce años. Duramos ocho meses porque me enloquecí de amor por otro, un muchacho mestizo con rasgos indígenas. Era un caballero y un lector tremendo. Todos los días iba a mi casa a que le prestara libros. Teníamos una gran biblioteca, de cuatro paredes. Él venía por sus libros y nos quedábamos conversando. Yo decía: “Ay, dios mío, este hombre me fascina, me mata”. No le contaba a nadie. Me daba hartera ver a mi novio.

En las vacaciones, nos fuimos para la finca con un montón de familiares que estaban de visita. Éramos cuarenta personas en una casa grandísima y con muchos camarotes. La pasábamos delicioso, delicioso. Jugábamos cojín de guerra, escondite, la correa escondida; cuando llovía, nos encerrábamos a jugar parqués, dominó, cartas. Nos acostábamos a las diez de la noche y nos levantábamos temprano porque teníamos que lavar el piso de madera todos los días y limpiar las mesas con limón. Matábamos cerdos y gallinas criadas en la finca y hacíamos unas comilonas increíbles.

El muchacho que me tenía enloquecida iba a la finca todos los días; mi novio, los domingos. Un día, salíamos para el monte a hacer la comitiva y él llegó. Vio al muchacho allá y me preguntó qué hacía ahí. Yo le dije que venía todos los días, que era amigo de la familia. Se fue enojado. Lo menospreciaba por su ascendencia indígena.

Esa noche estábamos jugando y al muchacho le tocaba irse a la finca de sus amigos a dormir. Quedaba como a veinte minutos. Había una luna espectacular y estaba el lucerito al lado. Él me cogió la mano. Me señaló un árbol: “Te espero para que hablemos solos”. Al ratico, me fui para allá, asegurándome de que nadie me viera. Él me volvió a tomar de la mano y me dijo, mirando al cielo: “Yo soy ese lucero y no tengo luna. ¿Quieres ser mi luna?”. Cómo se me va a declarar así. Me enamoré. “¿Te puedo decir mañana?”, le dije. “Mañana —enfatizó—. Yo quiero estar al lado de mi luna, para siempre”.

Tenía quince años y en mí no cabía la felicidad. Le dije a mi prima: “Este muchacho me pidió el cuadre”. Eso se regó como una bomba. Yo no podía dormir, me revolcaba en esa cama, me levantaba, me acostaba. No sabía qué hacer. No veía la hora de que amaneciera.

Él llegó a las nueve de la mañana y mi mamá le dio desayuno. Le tenía mucho cariño. Después del almuerzo, nos fuimos a la cañada a darnos un baño de guadua. Nos duchamos en manada. Primero, las mujeres; los hombres, luego. Cuando nos encontramos, él me preguntó: “¿Vamos a hablar hoy?”. “Sí”, le contesté muerta del susto. A las seis de la tarde, él me miraba como desesperado. Yo me acerqué y le cogí la mano. Le dije: “Sí, quiero ser tu luna para siempre”. Construimos una relación maravillosa. Nos veíamos todos los días, leíamos, nos formábamos políticamente.

Yo era rebelde desde chiquita y con esas lecturas me radicalicé. Si mi papá me regañaba, yo le decía: “Guarda eso para un diálogo y nos vemos el sábado cuando tengás tiempo de hablar. No te admito que me regañés. Cuando tú no estés de acuerdo conmigo en algo, lo hablamos. A ti te gusta la libertad; a mí, también”.

Tenía la revolución en mi cabeza y me enojaban las cosas que decían los profesores en las clases de historia. Les daba línea a las compañeras. Las monjas me echaron del colegio por alborotadora. Me dieron ganas de ser maestra y me matriculé en la Escuela Normal de Señoritas, en Cali. Ahí éramos tres militantes de la izquierda. Nos pillaron dejando panfletos en el baño. Nos echaron. Yo estaba en el último año. Me faltaban dos meses para graduarme.

Después de cinco años de noviazgo, nos fuimos a vivir juntos en la imprenta del EPL y a aportar a la revolución. Yo odiaba el matrimonio. Para mí, era un culo que cogía a la mujer y la volvía mierda. Cuando quedé en embarazo, mi suegra me insistió: “Cásese. Los hombres son malos, dejan a las mujeres solas con sus hijos. Cásese. Se lo suplico, se lo imploro. Él es mi hijo, pero es un hombre”. “A mí no me importa, yo soy capaz de criar un niño sola. “Sí, pero yo quiero poder contar con felicidad que usted está en embarazo”. Él también me llegaba con el mismo cuento: “Casémonos, casémonos”. Y yo: “Me importa un rábano el matrimonio. Detesto los papeles”. Y él: “Yo también, pero hay cosas, hay cosas”. Un día me dijo: “Cómo te parece que mi mamá habló con un cura chévere, como tiradito a la izquierda. Nos casa sin problema”. Yo ya estaba cansada de tanta insistidera.Está bien, pero no me voy a confesar, no voy a llevar argolla, ni vestidos, ni invitados, ni fiestas, ni nada”. Me casé en bluyines, a las cinco de la mañana.

Vivimos el uno al lado del otro, con amor y lealtad, hasta que una muerte cruel me lo arrebató.

 

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.Yo estaba cansada de trabajar de babysitter y me ingenié un programa estimulación temprana. El proceso duraba tres años y los pequeños aprendían español. Aproveché toda la experiencia y el conocimiento que había adquirido en Colombia cuando trabajé con niños y con madres comunitarias y me quedó súper bien. Yo desarrollaba el programa y les decía a los papás que también les hacía el oficio.

Nos concedieron el asilo y, al cabo de siete años, volvimos a Colombia, de visita. Nuestra vida y la de nuestras hijas ya estaba hecha acá. Mis hermanos también habían comenzado a emigrar.

Vivíamos como partidos. Todo el tiempo hablábamos de noticias de Colombia. Que si ya miraste el celular, que si te diste cuenta lo que pasó con el ministro, que dijeron esto y lo otro, que se robaron tal cosa, que hubo una matanza. La mayoría de nuestras conversaciones eran sobre las tragedias de nuestro país.

Eso nos producía mucha ansiedad. Yo nunca la pude controlar. Estuve con psicólogo. No fue suficiente. Bajé de peso. Me desesperaba y me ponía a limpiar la casa. La dejaba como un espejo y a las dos horas la volvía a limpiar. Desarrollé una compulsión por el orden. Me mandaron calmantes y pastillas para dormir. Se me dañaron los riñones. Mi esposo también arrastró un estrés parecido.

En el año 2014 decidimos irnos para Europa. Teníamos un plan para el retiro, el 401K, y nos salió una plata. Nosotros nunca habíamos viajado. Fuimos a Inglaterra, República Checa, Austria, Francia, Italia, España. Un paseo maravilloso que duró dos meses. Él único que nos dimos en la vida porque al año siguiente se nos acabó el mundo.

Mi esposo empezó con un dolor en el brazo. Lo llevamos al hospital y le hicieron todos los exámenes. El 29 de diciembre de 2015 le encontraron un tumor en el pulmón. El dolor se hacía cada vez más insoportable. No podía dormir. Tenía que estar senado en el sofá, con almohadones. Ese tumor creció muy rápido y en unos meses el cáncer ya estaba en las cuerdas vocales y le cogió la aorta. Fue súper agresivo. Le hicieron quimio y radioterapia, pero sabían que no había salvación.

Lo operaron el dieciocho de abril del 2016. La radio le había quemado el pulmón. Se puso peor. Yo trabajaba de noche. La mamá del niño que cuidaba sufría de lupus y tenía que separarse de él por tres meses. Me tocaba dormir allá. No podía abandonarlos y necesitábamos el dinero. Entraba a las diez de la noche y salía a las siete de la mañana. Llegaba a mi casa, me bañaba y me iba para el hospital. Fueron cuarenta días horribles.

La enfermedad se lo devoró. Perdió la conciencia. Entró en coma. Me pidieron que diera el permiso para quitarle los aparatos que lo mantenían vivo. No pude. Él y yo habíamos acordado desde hacía años que si alguno de los dos estaba en esas circunstancias el otro lo dejaba morir. No fui capaz. Él era el amor de mi vida, el ser que idolatraba; el único hombre al que le entregué mi alma y mi cuerpo. Lo veía postrado en esa cama, lleno de cables, sin poder hacer nada diferente que sufrir de esos dolores y sabía que tenía que hacerlo, pero no encontraba las fuerzas.

Volvió a tener un poco de consciencia y nos pidió que lo dejáramos morir, que lo trajéramos para la casa. Mis hijas le preguntaron: “Papá, ¿dónde es la casa?”. Él apenas murmuraba. Les señaló el corazón. Lo entendimos clarito: “Mi casa está en sus corazones”. Recordé, entonces, que, muchos años antes, les habíamos prometido a las niñas que nos encontraríamos, cuando la vida terminara, en el arco iris. Fue la manera que encontramos para espantarles el miedo a la muerte. Así era él, mi lucero, el ser cuya casa estaba en nuestros corazones, el amor que nos esperaría en ese arco multicolor y hermoso.

Mis hijas me dijeron: “Mamá, tenemos que ayudar a mi papá. Él está sufriendo mucho”. Le comunicamos a la enfermera jefe que ya estábamos listas, que lo desconectaran. Ella llamó a los médicos. Nos paramos alrededor de la cama y él les susurró: “No más, no más”. No le salía la voz. Hizo mímica, gestos, se desfiguró diciéndonos que no lo dejáramos sufrir más. Nos hicieron firmar unos documentos para poder desconectarlo.

Había mucha gente en esa sala, familiares y amigos. Nos pareció muy bonito que tantas personas fueran a despedirlo. La mamá y la hermana estuvieron con nosotros. Nos hicimos alrededor de su cama. Le dijimos que lo amábamos, que era el mejor ser humano del mundo. Todos lloraban. Yo no lloré. Me abracé a él y lo tapé. La enfermera lo sedó. A la una de la tarde lo desconectaron. La mamá y la hermana rezaban. Nosotros entrábamos y salíamos del cuarto. Veíamos los números que iban disminuyendo y esperábamos. Falleció el siete de junio de 2016.

“Mamá, a mi papá lo humilló muy horrible la vida; lo humilló demasiado feo, me decían mis hijas. No lo entendíamos. Nadie imagina lo que es ver así a un hombre de esa valía: un esposo maravilloso, un padre intachable, un ciudadano ejemplar, un amigo único. A mí se me cayó el mundo. Cuarenta y ocho años juntos. Yo quería irme con él.

Unos días después lo cremamos y repartimos sus cenizas. Un parte está aquí, entre la tierra de esta matera. Mi hija de Arizona también sembró un poco en una planta muy linda que tiene allá. La mamá se quedó con una porción y la otra está sembrada en los Farallones de Cali.

 

***

.Me vine a vivir a esta casa con mi hija y su esposo. Ellos estudiaron juntos y desde los quince años se hicieron novios. Se veneraban. Sin embargo, un año después de que me instalé con ellos, se separaron. Dos golpes muy duros con muy poco tiempo de diferencia, la muerte del papá y la separación. La otra hija sigue con su esposo. Tienen dos hijos, un niño y una niña, que son mi adoración.

Fue un duelo muy difícil. Yo caminaba y caminaba, tres y cuatro horas, sin ganas de volver a la casa. Los amigos de la barra grande dejaron de invitarme a sus reuniones. Con los otros dos grupos salía a veces y me distraía un poco. Buscando qué hacer, me metí a un taller de polítical manager, en Georgetown University. Estuve en Washington tres semanas. Doce mil dólares para que nos trajeron la derecha política Argentina a darnos charlas. Un verdadero atrevimiento, un robo. También hice voluntariado en Women in the Streets, donde van mujeres abusadas y maltratadas. Yo contestaba la línea de crisis. Poco a poco, fui aprendiendo a vivir sin él.

Me faltaba un mes para terminar el programa de estimulación temprana con un niño, cuando llegó la pandemia. Mi hija me suplicó que no volviera y yo me encerré. Me puse a hacer un diplomado en Derechos Humanos por internet. Me la pasaba aquí metida en la casa, solita, leyendo y estudiando. En esos días, a mi hija le salió el seguro por las destrucciones que le había hecho un huracán a la casa y comenzaron los trabajos de reparación. Yo me fui para donde mi otra hija en Arizona y allá me estuve seis meses. Encerrada. Feliz con mis nietos.

Cuando volví, me conecté con un grupo que hacía activismo feminista y político. Así conocí a la gente de la Comisión de la Verdad y les conté mi historia. Ahora estoy con Colombia Humana Internacional. Hacemos reuniones, eventos, trabajo político. De esa experiencia obtengo una gran satisfacción y una nueva esperanza por mi país.

Yo vengo de ser un pájaro libre y ahora siento mucha inseguridad. Mi hija es adorable y extraordinaria. Sin embargo, esta no es mi casa; no, verdaderamente. Yo salgo, yo entro, yo compro, yo todo. Parece que pudiera hacer lo que quiero, pero la verdad es que no, que no puedo. No soy autónoma, ni independiente. Mi salud tampoco es buena. Mi falla renal es crónica e irreversible y, si no me cuido, termino en diálisis.

Me dicen: “¿Por qué no te consigues un novio? Aquí con ochenta años te levantas uno. Hacen cosas juntos y se acompañan”. Me da risa. Después de haber conocido el amor verdadero, de haberlo vivido día a día y noche a noche, con una pasión y un compromiso insuperables, qué puedo encontrar en otra persona. No, él es mi lucero y yo siempre seré su luna.

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(Sunrise, Florida, octubre 11 de 2021)[2]

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* Esta crónica hace parte del libro Allende el mar. Crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos, escrito como resultado de un proyecto de investigación-creación desarrollado gracias a la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano y al año sabático y el tiempo para el desarrollo del proyecto de investigación-creación (CI-4424) otorgado por la Universidad del Valle. En tanto relato documental, la historia aquí contada se atiene estrictamente a la información allegada en la investigación. En relación con los procedimientos textuales, el cronista actúa con absoluta libertad en pro de lograr un tratamiento literario de dicho relato. En este sentido, la primera persona es una voz híbrida que se construye en un espacio de tensión entre la del cronista y la del protagonista.

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  1. La protagonista decidió que su nombre no se publicara.

 

 

Óscar Osorio es profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Doctor en Literaturas Hispánicas y Luso-Brasileras de la Universidad de la Ciudad de New York (CUNY). Ha publicado trece libros: poesía, cuento, novela, crónica, crítica literaria. Una veintena de sus artículos académicos han aparecido en revistas especializadas de Colombia, Chile, Estados Unidos, Canadá, España y Dinamarca. Ha ganado premios literarios nacionales e internacionales de novela y ensayo. Fue distinguido con la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano para escribir crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos.

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