ISSN 2692-3912

Fusibles y bujías

 

 

Luego luego las ánimas vinieran a sorber la caldosa parafina que empoza el candelero escurridizo, si les tomáramos palabra para darles alojo en una gruta que por las mañanas gélidas en pabellón de hidrógeno se torne. Adentro quedaría una mezcolanza de jugos y gases provenientes de vísceras en descomposición inodora, hecatombe invisible de la que sólo se sabría por una estela de aire entibiado a la cónica luz de una lámpara atornillada en el vacío etéreo que dejan las volutas de su vaho rupestre, su anilina rociada. Manos al negativo repintadas con sangre y barro querrían tentalear tras cortina rocosa. En las afueras pernoctaron los adentros, repuso al otro día, tocándose las sienes con las yemas de sus dedos, un viejo expedicionario, para en seguida golpetear su palma con mango de vistosa gubia para cortar linóleo. En lo sucesivo pensará en cavernas cuando programe el campamento inédito de cada lustro, pese a calamitosa estalactita en serie; no sólo por vejez rugosas ubres, sino además por corrosiva gota incesante. Volverán a apagarse las bujías del acceso. Ya que vas de retorno a la taquilla, te dice, ¿no pudieras reconectar esos fusibles?

 

Extremar el descuido

Apresado en las aspas, al desorden, y en ese giro helicoidal trebolado arrebol resurgiría. Por vía del ensueño alcance a restituir su desnudez aquella endiosada presencia que me hablara desde las sombras azuladas de un manglar… Esas de abajo: autófagas raíces al vacío, savia crepuscular ambivalente. Un brote lumínico de corales al paso de la luz auroral cursa vegetativa conmoción de los agónicos que dejarán la huella de su costado en el mutante cieno. Cuentas impagas que alguien hace pasar debajo de la puerta, la luz oblicua intermitente cesa y un instante después aparece un altar cuyas velas con flamas solferinas desdicen la modestia de su rito. Por la trabalingual aldaba del ensueño intemporal, es imposible trasponer umbilical orden anfibio; de un arrecife a otro existe tanta distancia de por medio, para nunca llegar a nado, pero a serio desorden, atávico manglar, traspié, semblante azul de los caídos buzos. Habrá consecuencias, permítaseme decirlo en lenguaje gráfico, a ras de superficie, aspavientos de dron mediante, patadas de ahogado inclusive.

 

Dividual

Money is a kind of poetry
Wallace Stevens

Que no sólo el dinero constituye metáfora, que también el recibo de la Luz y la comprobación del Tiempo Aire consumido nos hacen vivir dentro de la palabra y sus inmediaciones clorofílicas. Hable por mí tan apreciado sosias, experto en el oficio de trajinar lo mismo en los mercados donde los jueves compro miel virgen para avisparme, que en los museos de cera donde me despabilo por efecto contrastante. Vean que se aproxima a preguntar cómo compense su molestia por hacerlo aguardar bajo rayos solares de las once cuarenta y cinco. Nunca pide monedas, y eso no deja de inquietarme. Bueno, pasó de largo ahora, vio que yo hablaba con ustedes y no quiso interrumpirnos. O tal vez ya lo esperan en otro lugar y se le ha hecho tarde; suerte de su enigmático anfitrión la de así retardar, unos segundos siquiera, la llegada no por prevista no sorprendente. Siempre sucede igual con ese sujeto divisible, para qué asombrarme, sombra de la que no me fío ni de la que me escondo; no tan equívoca al buscarme, acomedida, en otra sombra.

 

El tercer hombre

El encargado de pasar las páginas va de un atril al otro, piano a violín, violín a piano, Richter, Oistrakh. Sabe que en este movimiento próximo habrá que andarse con pizzicaterías; tres o cuatro, no más, pero cumplidas en forma inexorable, agio en adagio. Del estero al estuario, del estuario al estero, quién desde allá lo viera, largavistas en mano, lo mismo desde un palco oscuro que desde una dársena, debajo de un dosel arbóreo o en la parte más alta de una inservible torre de microondas… El encargado de pasar las páginas, pasante aventajado del Conservatorio, emplea su mejor olfativo recurso para matar el intervalo que precede al andante, arruga la nariz, una encostrada diminuta tilde de mucosa le amenaza con un picor hasta el gañote umbrío, se le desprenden unas cuantas lágrimas por amagar un tímido tosido y apaga el crótalo nasal con su pañuelo finamente bordado, que de sándalo se impregna esta noche. Va de un atril al otro, viene, va, viene del violín al piano y se detiene ahí, junto al tronco ahuecado, recarga en él todo sombrío anhelo. De alguna sviatoslávica manera vuelve a sentir ese envolvente frescor bajo un dosel de fresnos o en la altitud mayor de una esplendente torre de microondas. Por quién si no por Bartók el ruido de las hojas cuando son dobladas se incorpora al rumor apenas audible del bosque, luego a la sala, al bosque, a la hojarasca, al aplauso en cascada.

 

Reloj chino /Avenida Bucareli

Una encarnada ciruela haré rodar con el pulgar sobre la palma semiabierta de la mano, por cuanto ofrece como mecánica acción ilustrativa de mi quietud indecidida a todo. Puede agregarse aquí como color y música de fondo el estridor lejano de máquinas rotativas en esa etapa de entintar las planas; así será como me otorgue licencia gráfica para describir como cilíndrico el espeso conflicto de mis sensaciones cuando atraviese Reforma y me dirija (es un decir) al mejor punto de observación, inhallable en días comunes. Debo esbozar alguna idea firme durante un lapso mínimo de treinta segundos, o perderé de lo contrario la exactitud del rumbo a que concentro la amnesia temporal o desorden pindárico (¡yo ya quisiera!) en que me libro de objeto alguno, a no ser algún libro-objeto esa resolutoria piedra de tropiezo en cuyas agujas los gatos del vecindario (e incluso los de China, mon semblable Charles, los gatos que habitaran en platea y gayola del Palacio Chino por la madrugada) ven la hora. Completaré una tarde en ese cuarto que ocupo en la segunda planta del edificio Gaona. No anotaré ya nada sino la certidumbre olfativa de que hay felino encerrado en esa torre de la avenida Bucareli que desde hace más de un siglo permanece montada en un islote al que circundan curvas de hierro subsumidas en asfalto, sendos paréntesis tranviarios que en la glorieta se vanaglorian por mecer el tiempo, al tiempo de recargar las tintas de los puntos cardinales.

 

 

Roberto Rico (1960) es originario de Cintalapa de Figueroa, Chiapas. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor de los siguientes volúmenes de poesía: Varia optometría, Reloj de malvarena, Nutrimento de Lázaro, La escenográfica virtud del sepia, Parlamas (título que reúne las obras anteriormente mencionadas), De aquellos meses que no llevan ere y Ars vitraria. Varios textos suyos han sido recogidos en diversas antologías y publicaciones periódicas de circulación nacional, así como en el volumen Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos, editado en Barcelona, España por Galaxia Gutenberg.

 

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