ISSN 2692-3912

El zoológico neoliberal en tres novelas con tema narco

 

Ramón Gerónimo Olvera
Universidad Autónoma de Chihuahua
rolvera@uach.mx

 

Resumen

El presente artículo -a partir de la propuesta teórica de Pierre Bourdieu para entender el neoliberalismo- traza una correlación con las novelas Cocaína, Manual de Usuario de Julián Herbert, Fiesta en la madriguera de Juan Pablo Villalobos y El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez. Se analiza la forma en que el neoliberalismo participa de manera no explícita en la construcción de los imaginarios de estas tres obras literarias. Además, se abordan algunas ideas del concepto de animalidad en Georges Bataille y la forma en que los animales aparecen representados en estas obras literarias, para mostrar cómo la idea de la risa, la tortura y el sacrificio son rasgos comunes que en el plano de la existencia nos unen y desvinculan con lo animal.

Palabras clave: Narcoliteratura; Violencia; Narrativa; Neoliberalismo.

 

Abstract

This article -is part of a theoretical proposal of Pierre Bourdieu in order to understand neoliberalism- draws a correlation with the following novels: Cocaína, manual del usuario of Julián Herbert, Fiesta en la madriguera of Juan Pablo Villalobos, and El ruido de las cosas al caer of Juan Gabriel Vásquez. On these novels is analyzed the way in which neoliberalism participates on a ample or not, different ways on the construction of the imaginaries of these 3 literary pieces. They are also addressed regarding George Bataille’s animality concept in a way that animals are represented on these literary works, showing how the idea of laughter , torture and sacrifice are common traits that on a plane of existence unite and unlink us with animal.

Keywords: Drug trafficking literature; Violence; Narrative; Neoliberalism

 

  

Introducción  

Delimitar el tema del narcotráfico y las expresiones culturales que se originan a partir del mismo, es tarea muy compleja. Sin embargo, para fines de este artículo conviene tener en claro lo que plantea Günter Maihold: “Si hoy día se habla del “narco”, habrá que entenderlo no solamente fuera del Estado, sino también dentro de las estructuras estatales que han logrado penetrar y utilizar en favor de sus intereses” (9). Esta definición puntualiza el Estado-Nación desdibujado por la franquicia. Pensar fuera del Estado era el gran reto que nos planteó Hegel, pero ahora pensar fuera del mercado y distinguir para fines reales lo lícito y lo ilícito significa un reto para la ciencia política.

La aguda labor de Omar Rincón para dilucidar el tema es fundamental cuando nos dice: “Lo narco es una estética, una forma de pensar, una ética del triunfo rápido, un gusto excesivo y una cultura de ostentación. Una cultura del todo se vale para salir de pobre, una afirmación pública de que para qué se es rico sino es para lucirlo y exhibirlo” (16). El ethos en la sociedad tercermundista, mezclado con el capitalismo exacerbado, produce una especie de kitsch muy especial en Latinoamérica; donde aparece el melodrama como justificante de todas las narrativas de la violencia, el Estado incapaz de atender la realidad pero sí de generar un catecismo sobre la ficción, el mundo narco que primero tomó elementos de la realidad para adaptarlos a la forma propia y ahora la realidad externa al narco en lo estético se ve seducida y termina cediendo a sus patrones estéticos.

Para el presente artículo se seleccionaron tres novelas muy relevantes en la narrativa de tema sobre el narco. La primera es Cocaína (Manual de Usuario) (2009) de la autoría de Julián Herbert. Sobre ella dice Véronique Pitois Pallares: “El malestar existencial del brillante Sherlock Holmes se hace manifiesto en las dos vías alternativas de escape que explora: soñarse otro, o fugarse de sí mismo” (87), la obra fue elegida por su tono cínico, metatextual y de un cierto intimismo posmoderno, donde el personaje carece de pudor pero nos transmite su mundo con tonos estrictamente intimistas, en una “una poética de la revelación inacabada, imposible y siempre fallida” (Pitois Pallares 95).

El libro es el deambular de un adicto que va desde el consumo eufórico hasta la resaca. En este trayecto estamos ante una buena prosa, que toma forma de crónica, poesía y pastiche. El autor hace de su caos un universo compartible, que si bien no da margen a extraer contundentes conclusiones, sí se abre generoso al diálogo. Este texto nos permite entrecruzarlo con las ideas del neoliberalismo/consumo de Bourdieu y el perico nos da pie a interpretarlo desde la risa de Bataille.

En Fiesta en la madriguera Juan Pablo Villalobos nos pone frente a un libro arriesgado, que en parte deconstruye Cartucho de Nellie Campobello. Orfa Kelita Vanegas nos dice que la novela “capta la novedad del enfoque narrativo, que, desde una perspectiva infantil, significa un imaginario “narco” del mal” (89), el texto nos habla de la “malignidad radical” (91) en donde “la víctima es cosificada o animalizada” (95). El neoliberalismo se aprecia a lo largo de toda la novela, tanto en sus atmósferas como en las motivaciones de los personajes, como son la acumulación ciega de la riqueza y el papel remplazable del ser humano. La obsesión del protagonista por un animal excéntrico permite entablar un diálogo con ideas sobre la animalidad de Bataille.

El ruido de las cosas al caer (2011) de Juan Gabriel Vásquez es un referente sobre el tema. Paola Fernández nos habla de una “apuesta estética” fuera de lo “estridente” donde se puede ver el tema de la “conciencia histórica” y en su caso la aborda desde la obra de Ricoeur. El narrador, a través de la nostalgia, nos permite ver los inicios del modelo neoliberal en su infiltración en el campo colombiano, pasando por la guerra desquiciada de la época de Pablo. Además, da una importancia simbólica muy relevante a los hipopótamos de Escobar.

Aunque existen muchos teóricos del neoliberalismo, se privilegió a Pierre Bourdieu porque, si bien su mirada toma el ángulo económico del tema, la profundidad de su análisis social permite darles a las obras literarias un marco de interpretación más amplio. La obra de Bataille es el marco elegido para la animalidad; por supuesto, la obra de Rene Girard o Mircea Eliade son magníficas, se optó por Bataille porque para el pensador francés hay una triada entre violencia/animalidad/mito y considero que esta visión me permite destacar algunos rasgos de las obras.

 

Del Neoliberalismo y Pablo Escobar 

Para situarnos frente al neoliberalismo hay hechos en el orden histórico que bien nos pueden servir de marco; la imposición mediante un golpe de Estado de Augusto Pinochet y con ello crear un laboratorio para experimentar con el modelo en el tercer mundo, la política de austeridad asfixiante de Margaret Thatcher, la caída del Muro de Berlín, la doctrina de  los “chicago boys” gobernando en gran parte de Latinoamérica, verbigracia el Tratado de Libre Comercio de México con Estados Unidos de Norteamérica, el avance de Fujimori en la consolidación de un modelo que terminó por acrecentar la desigualdad, las bases militares norteamericanas en Colombia, internet como forma por excelencia para entender la economía, la caída de las Torres Gemelas, entre otros sucesos y, sobre todo, las privatizaciones como dogma del crecimiento económico.

Ante tal variedad de fenómenos, resulta difícil otorgarle un rasgo único y definitorio al concepto de neoliberalismo. Su invocación -tan recurrente lo mismo en el lenguaje académico que en los mass media– corre el riesgo de volverse difusa y por ello insolvente para explicar la naturaleza del concepto. Pero también debemos tener en mente que estos hechos históricos nos permiten dar contexto a estás puntuales preguntas: ¿Qué se entiende por neoliberalismo? ¿Qué características adopta según el contexto donde se formule la pregunta? ¿Cómo participa la narrativa con tema de narcotráfico con esto?

Es necesario dejar por sentado tres referentes para entender a cabalidad el neoliberalismo: Primero, la caída del socialismo real y con ello el pensamiento utópico y libertario. Segundo, a partir de la revisión de las verdades esenciales en la Filosofía (Dios, Verdad, Belleza) se instauró una forma conceptual de entender la realidad situada en el simulacro (Baudrillard) o la de entender las grandes concepciones sistémicas como meta-relatos de la modernidad en crisis (Lyotard). Tercero, La Diosa Razón remplazaría la antigua fe. Con el derrumbe de la racionalidad ilustrada, queda entonces el mercado, ya no como una suerte de intercambio de bienes y servicios sino como el centro de la interacción social y un sustituto de los grandes relatos.

Pierre Bourdieu, si bien retoma elementos vinculados al Marxismo, en su modelo explicativo introduce categorías como habitus, campus y capital, mirando este último desde una manera novedosa sin tener prejuicios sobre el término o necesariamente encasillarlo en la explotación. Una característica general que plantea el autor francés es que el neoliberalismo es una teoría desocializada y deshistorizada. Karl Popper en su crítica al historicismo y su interés por las sociedades abiertas, ya gestaba un clima conceptual para entender que la preeminencia del neoliberalismo acota al mínimo al sujeto histórico y con ello desvanece anhelos vinculantes para el orden comunitario. El mercado en su flujo incesante no necesita de los rastros de lo humano, en aras del imperio de la novedad le resultan estorbosos.

Hegel realizó un sistema donde coloca a la razón en el pedestal último de la dialéctica y dicha operación se concreta en la figura del Estado. Este paradigma es fundamental para entender la primera mitad del siglo. Sólo con un Estado Nación fuerte y una identidad nacional exaltada podemos entender los enfrentamientos bélicos de las dos grandes guerras mundiales. En ese mismo contexto, podemos entender los estudios literarios centrados en lo nacional y regional como si estas categorías fueran claramente identificables.

Pero el Estado que imaginaba Hegel como punto de conclusión en su dialéctica, se vio superado. La naturaleza del mercado, en manos de las transnacionales fue reduciendo el Estado en su alcance y misión como regulador del orden social. La sociedad de consumo es un reflejo concreto de esto. El consumo como orden generador permeó en todos los campos humanos, la cultura, la religiosidad, las artes. El espíritu de consumo y la doble moral pronto encontraron maridaje. Un ejemplo es la Navidad, época de las buenas conciencias. En el epicentro de Madrid, a la luz de las compras para recibir a papá Noel, por encima del “Corte inglés”, cercano a McDonalds aparecía una imagen de Pablo Escobar con la frase “Oh, Blanca Navidad”. El demonio emergía en el espacio divino. O por la fuerza del mercado, la Navidad se tornaba demoniaca. La sociedad de mercado, de las multinacionales, horrorizada clamaba que un narcotraficante, apareciera así de pronto a perturbar el canto de los villancicos y los regalos ostentosos. Pablo en el trasiego de papá Noel, llevado a todo el globo terráqueo por Netflix.

La huella colonial sigue intacta en múltiples regiones y sectores de América Latina. Sin embargo, recurre a una época que pudiera sonar idílica, para términos de narrar lo narco, cuando eran “buenos”, “patriotas”, “protectores” y “católicos”, bien podríamos referir nuestro tiempo a Antes de Pablo y Después de Pablo. En realidad, si la Coca-Cola fue uno de los símbolos del capitalismo de la posguerra y los baby boomers, tónico que por cierto en sus primeras letras no oculta su aspiración. Ahora en este mundo posmoderno, donde todo está en deconstrucción -hasta las prendas mismas de vestir- aparecía Pablo para recordarnos que en la sociedad del vacío, él es el rey y el narcotráfico es el nuevo evangelio para entender nuestro mundo en el código global ¡Oh, Blanca Navidad!

 

El neoliberalismo y la literatura sobre el narco 

1. Bourdieu nos habla del neoliberalismo como un “programa de destrucción sistemática de los colectivos”. En El ruido de las cosas al caer esto se aprecia con mucha claridad: “Había en Maya Fritts una naturalidad que yo nunca había visto, y que desde luego era muy distinta del puritanismo de los bogotanos, capaces de pasarse la vida entera fingiendo que nunca han cagado”. (Vásquez 78). Hay una demarcación socio-geográfica muy interesante, la forma de ser de los Bogotanos, vistos como “rolos” o “cachachos” se contrapone radicalmente con los habitantes del interior del país. La caracterización del bogotano como puritano y cercano a la doble moral. Hay, pues, en la novela muchos países a ser narrados. Luego el autor comenta: “Elaine se quejaba de esto en las noches, en su cama matrimonial, y luego se quejaba de que en Colombia todos los ciudadanos fueran políticos pero ningún político quisiera hacer nada por los ciudadanos” (Vásquez 107).

En la construcción del sujeto moderno, se parte de la idea heredada por Rousseau donde la persona cede algo de su libertad en pos de tener seguridad. El contrato social que dio origen al concepto de ciudadanía, sin embargo, en la realidad colombiana -en gran parte de América Latina- dicho pacto fue incumplido y es violentado permanentemente por todas las partes. Este deterioro institucional y lo frágil del proyecto nacional, llevaron a la realidad terrible de los noventas que recupera el autor: “Vivir así, pendiente de la posibilidad de que se nos hayan muerto los otros, pendiente de tranquilizar a los otros para que no crean que uno está entre los muertos. Vivíamos en casas particulares, ¿se acuerda? Evitábamos los lugares públicos. Casas de amigos, de amigos de amigos, casas de conocidos remotos, cualquier casa era preferible a un lugar público” (Vásquez 142).

Se aprecia con toda claridad el fin de los espacios públicos, entendidos como lugares de vertebración social y encuentro humanos (parques, centros comerciales, estaciones del transporte) son apropiados por el narcotráfico. Lo mismo en el plano real que en el imaginario, la ciudad letrada se postra al mercado que tiene en el narcotráfico su punto más evidente y monstruoso. Las ciudades primero tuvieron una nomenclatura marcada por el Estado como los héroes nacionales dignos de culto para el poder en turno, luego cedió sus espacios a la publicidad de los negocios lícitos, para culminar en la apropiación real del narcotráfico, tanto por el estruendo de la pelea de territorios, como en la forma de re/cordar y re/construir la memoria. Es común en las ciudades más golpeadas por el narcotráfico que las señas de ubicación sean ya el lugar de una balacera, ejecución o secuestro. El narco turismo lo corrobora.

2. Bourdieu nos menciona otro rasgo del neoliberalismo que denomina la “Lógica del mercado puro”, la preminencia del acto de consumo que se caracteriza por lo fugaz, lo inestable y lo evanescente. En Cocaína (Manual de Usuario) con Herbert podemos apreciar, sin que este sea su propósito, las etiquetas comerciales, que ya aparecen de forma espontánea: “Voy al baño, me seco el sudor con unos kleenex y me doy una larga, larga raya”. (33)

Antes de inhalar no es un papel cualquiera el que le facilita quitarse el sudor. Son los kleenex. Y en ese mismo orden continúa: “Luego trato de calcular cuántos boletos de avión he aspirado y fumado a lo largo de los últimos años. […] Él le explica por qué resulta tan fantástico el disco de Le peuple del‘ herbe que recién adquirió en la FNAC de Champ Élysées, una edición que de seguro tardará meses en llegar, si es que llega, a las tiendas de McAllen y Laredo”. (34)

El libro es un ejemplo de intertextualidad, pero valga decir que el énfasis de ésta se centra en la lógica de la sociedad de mercado, caracterizada no sólo por el consumo sino por el fetiche del mismo, esto se aprecia por ejemplo con el disco que desea comprar. Mismo que tiene más valor por el lugar donde ha sido comprado. El texto es una suerte de zapping televisivo, donde el consumo de la cocaína va de la mano con la aparición de múltiples objetos de deseo trivial e instantáneo, que terminan por cosificar al cuerpo: “Junto a mí percibo el cuerpo de una mujer en bata de baño -podría tratarse de mi novia, aunque lo dudo: no escucho el ruido de la secadora. También podría tratarse de la cuarentona que anoche olía a Coco Chanel y ahora apesta a vodka viejo, igual que el resto de la casa”. (35)

Dentro del mundo del espectáculo es conocida la frase de Marilyn Monroe cuando afirmó “La gente me pregunta si duermo con pijama y yo respondo: Chanel N º 5, porque es la verdad… ¡No voy a decir desnuda! ¡Pero es la verdad!” (El País) acá se filtra esa remembranza para referir a la mujer, donde su cuerpo y el placer son definidos por una fragancia en específico, para luego quedar en las papilas olfativas como vodka viejo.

Herbert tiene variados registros narrativos. El libro inicia en el tono de los manuales frecuentes en los grandes corporativos, que a fuerza de ser explícito insultan la inteligencia de quien los escucha. Ante esto hay fina ironía: “Durante cien años hemos contado con la preferencia de un sinnúmero de clientes a lo largo y ancho de la geografía internacional, así que no exageremos al decir, con orgullo, que nuestra recomendación es la historia reciente del mundo”. (21) Y posteriormente nos hace vagar por un juego divertido por algunos de los clásicos de la historia de la humanidad, donde nos muestran los mil rostros del narrador, el vértigo del cambio en los estados de ánimo y la imposibilidad de reconocer su rostro. La ética del valemadrismo puro.

3. Bourdieu nos da otra característica del neoliberalismo, el “ejército de reserva de mano de obra domesticado por la precarización” (párr. 10), aquí el adicto es una figura global. Sin embargo, los países donde se lleva a cabo el proceso primario del narcotráfico están claramente identificados, la mayoría en países del tercer mundo. Si un enorme porcentaje de las economías de América Latina tienen vínculo con el narcotráfico, va aparejado con el fallido proyecto de nación implementado en estos lugares. El declive del campo, con la siembra de lo lícito, se transforma en los campos de amapola. La imposibilidad de hacer negocio por las vías legales se traduce en el lavado de dinero; la pauperización de las zonas marginadas de las ciudades se vuelve la gigante reserva de sicarios. En la novela de Juan Pablo Villalobos, el niño narrador de la obra registra así la vida y la muerte:

Deberíamos jugar el juego de los balazos diciendo el número de balazos, la parte del cuerpo y el tamaño de la bala. No es lo mismo un orificio pequeño, por donde tardaría cinco días en escaparse toda la sangre, que un orificio gigante, por donde tardaría cinco segundos. También encontré una pistola pequeñita con unas balas tan minúsculas que si te dan en el corazón setenta balazos no te hacen cadáver. (46)

Durante toda la novela trata de encontrar similitudes y diferencias entre un vivo y un cadáver. El estado de cadáver que se tiene en el mundo del narcotráfico está lejano de una vida digna, pero también de una muerte decorosa. Esta precarización nos hace entender los descubrimientos de las fosas clandestinas con cuerpos imposibles de identificar.

La novela con tema de narcotráfico en México se inscribe en una tradición y tiene vínculos con la novela de la Revolución Mexicana. Villalobos tiene cercanía con La Fiesta de las balas de Martin Luis Guzmán: “—Sí, pero antes entéralos bien del asunto: en cuanto asomen por la puerta yo empezaré a dispararles, los que lleguen a la barda y la salten quedan libres. Si alguno no quiere entrar, tú métele bala”. (Guzmán 13)

Rodolfo Fierro, alias “El carnicero”, temido soldado de Francisco Villa, se transmuta a los ojos de un niño del siglo XXI que trivializa de la misma manera la muerte.

4. En Tiempos Modernos, Chaplin ya vislumbraba la mecanización y su injerencia en el cuerpo social, pero también en el cuerpo físico. Bourdieu nos dice otra característica del neoliberalismo donde “la realidad una suerte de maquinaria infernal, cuya necesidad se impone a los mismos dominadores” (párr. 12).

En todos los casos la prevalencia del negocio está por encima de la persona y la propia familia. En la serie televisiva El señor de los cielos el protagonista constantemente menciona “primero lo que deja y después lo que apendeja”, el alcohol, las mujeres, la parranda con los amigos son placeres que deben ser pospuestos ante el negocio. Para ahondar en este tema es fundamental el libro No mirar. Tres razones para defender las narcoseries de Ainhoa Vásquez Mejías.

Julian Herbert sintetiza así el reinado de las drogas, en el tiempo del capitalismo tardío y el neoliberalismo: “Durante cien años hemos contado con la preferencia de un sinnúmero de clientes a lo largo y ancho de la geografía internacional, así que no exageramos al decir, con orgullo, que nuestra mejor carta de recomendación es la historia reciente del mundo”. (21)

En El ruido de las cosas al caer apreciamos una ética del trabajo de los primeros intentos de industrializar la droga, donde hay todo un proceso de aprendizaje para introducir la siembra y comercialización de la droga. Se trabaja sin cesar para construir un negocio donde, como todos los grandes sueños, deviene en pesadilla.

La maquinaria infernal de Fiesta en la madriguera se aprecia en su aspecto más doloroso: la infancia que no conoce otro destino fuera del narco. Tochtli vive en un mundo donde apenas conoce un puñado de personas y a partir de este microuniverso la tortura, la traición, el asesinato, son su único código de conducta, lo que lo hermana con los niños de las barriadas en pobreza extrema. Su ideal de destino es el mismo. Desde diferentes planos y en diferentes piezas todos forman parte de la misma maquinaria.

En el ensayo Las elites neoliberales de Alejandra Salas Porras nos menciona: “Los grupos económicos pueden movilizar a su favor el capital económico, político y social que concentran, dado que se mueven con naturalidad y seguridad en varios mundos simultáneamente, a la vez gracias al control que ejercen sobre el conocimiento de dichos mundos, tienen la capacidad de mediar entre ellos y maximar su posición”. (283) En la narrativa jurídica de la lucha contra las drogas, se postula como una única salida la prohibición, este discurso ha beneficiado a las redes de producción y al narcotráfico. Pero tras este falso dilema: permitir/prohibir hay un juego muy claro de mediación donde participan diversos actores, sobre todo políticos y empresariales. En los países de alto consumo el tema de la drogadicción y la falta de estupefacientes es asunto de Salud Pública y Seguridad Nacional. En ese sentido es muy valioso El ruido de las cosas al caer, ya que por un lado está la introducción de capital estadounidense con la siembra a gran escala donde “Les había cambiado la vida a los campesinos […] estaban ganando mejor que nunca y con menos trabajo, gracias a la hierba” (Vásquez 113), lo que después desembocaría en el narco estado.

Pero al mismo tiempo “Nixon utilizaba por primera vez las palabras guerra contra las drogas en un discurso público” (Vásquez 117), con esto se ve la doble moral neoliberal, acelerar el mercado y el consumo y por el otro “perseguirlo” donde más bien la prohibición ayuda a fijar los precios globales a su antojo y de paso bajo la carátula de guerra contra las drogas, endeudar países, hacer un negocio gigante del cohecho y minar las soberanías nacionales. De nuevo, la franquicia por encima del Estado.

Bourdieu ve en lo neoliberal una “utopía” y el neoliberalismo sería “un programa político”; sería una utopía anulatoria. Un punto final a la Historia. Una mitad subyugadora y la otra frágil. Una utopía de exterioridad capaz de incorporar su crítica. El neoliberalismo como ente autoinmune que genera sus anticuerpos. Al igual que el Estado Hegeliano estamos ante la imposibilidad de ver por fuera del mercado.

 

Reflexiones sobre la animalidad  

El sujeto moderno es una construcción política en tanto que facilita y favorece procesos económicos, pero también es una entidad epistemológica donde se ofrece una versión concreta de la lucha de las ideas a lo largo del devenir del tiempo. La dualidad es uno de los rasgos primordiales. Una de sus fuentes es la obra de Descartes, quien nos dice en la Meditación Sexta:

tengo un cuerpo al que estoy estrechamente unido, con todo, puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa —y no extensa—, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa —y no pensante—, es cierto entonces que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él (66)

Esta idea de la conciencia dislocada del cuerpo tiene una raíz en cierta visión del cristianismo, heredada del platonismo, donde se valora el cuerpo como una carga, cárcel u obstáculo para alcanzar el topos uranos o el paraíso. Descartes va a poner énfasis en la racionalidad como el elemento que mueve a la historia y que es el elemento constitutivo del ser. A raíz de diversos movimientos como el Siglo de las Luces, la Revolución Industrial, el Capitalismo y el Socialismo, la idea dualista cobró mayor fortaleza. En términos epistémicos, ya sea para el positivismo o los diversos tipos de racionalismos, investigar y conocer significaba aislar y descontextualizar del entorno, para encontrar explicaciones y patrones reproducibles. Mutilar para conocer.

Natalia Loro hace una revisión de la obra de Bataille, en ella nos menciona un elemento interesante: “La diferencia entre lo humano y lo animal es el mito. El animal no participa de esto de manera consciente, pero su presencia es obligada para que el ser humana construya este elemento” (54). En la narrativa evolucionista, el racionalismo encontró argumentos para la anulación animal de lo humano. Sin embargo, Bataille no cae en este reduccionismo, si bien por su influencia hegeliana reconoce el valor de la racionalidad en la historia, también su asimilación de la obra de Nietzsche encuentra motivos para acotarlo.

Para el pensador francés, tenemos una animalidad irresuelta, la conciencia nos da la posibilidad de percibirle como algo por fuera, pero los sentidos y los impulsos nos la recuerdan vivencialmente. En realidad, la animalidad aparece como “inmediatez e inmanencia” (58) según lo refiere Loro y estas dos características son justo las que terminan poniendo en jaque a los grandes sistemas racionales. La autora sintetiza: “Sin embargo, la animalidad propone un enigma al pensamiento, pues está a medio camino de nuestra conciencia, sin convertirse por ello en una cosa” (59). Este medio camino, se funda nuestra imposibilidad de volver a la animalidad plena, pero tampoco a la racionalidad trascendente. En este medio camino el animal no humano es el lugar de tránsito para que suceda el mito y con ello la construcción identitaria de lo que somos.

 

Animalidad en Cocaína (Manual de usuario) 

Durante muchos siglos la risa fue contenida entre los temas menores en la Filosofía. Henry Bergson inaugura el siglo XX con un estudio enfocado al tema. Georges Bataille hará apuntes complejos y certeros sobre la risa, de entre los cuales se debe subrayar que el acto de reír no está entre el catálogo de acciones de los animales. La risa, entre sus múltiples dimensiones, tiene amplio calado en la posibilidad de torcer al lenguaje de su acto comunicativo-pragmático, para situarlo en un espacio alterno. Ocasión que se alberga con facilidad en el habla popular y las artes.

La novela de Herbert parte de una concepción paródica de la droga con sus mundos: los adictos, los narcotraficantes y el habitus social donde se da. Pero también extiende esto al propio narrador, quien envuelto en el imaginario de los libros y ante el consumo de la droga se ve sumergido en la textualidad demoledora, en las frases en apariencia inconexas que conforme se avanza el libro se constituyen en atmósfera: “Llámenme Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme. Mide casi una legua, su cola es pura espuma, sus ojos tienen la pesadez y el brillo de la sal más brava. Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente…” (13). Él no va buscando a Moby-Dick, en realidad no busca nada. Sin embargo, está metido en un viaje, tan alucinante como los “Zapatistas en el baño de mi casa”:

Luego de discutir

de golpearse

de hablar mal del gobierno

de censurar a marcos

de alabar de la dictadura proletaria de la esquina

luego de cabecear de vomitar regurgitar

de carraspear

de abofetearse

nuevamente

mutuamente hasta la sangre

hasta los belfos

luego de asegurarme que Zapata había sido

maricón

se fueron por fin con esa cruda

que sólo da a las diez de la mañana

se fueron dejando como única prenda

como único recuerdo

un caset de los Violente Femmes (58).

El Zapatismo fue durante mucho tiempo el discurso contestatario contra el neoliberalismo y el sistema de partidos, se ve parodiado por las alusiones del adicto. Su discurso libertario se reduce a todos los demás clichés del vacío neoliberal. Este tono es la constante del libro. Silvia Lippi en su estudio sobre la risa en Bataille, nos dice: “El chiste es un significante, pero un significante especial: no quiere ir en pareja, no quiere dar sentido como lo hacen sus semejantes. Es un significante que transgrede las leyes del lenguaje. Transgrede la ley hasta “golpear” el cuerpo: el cuerpo del que produce el chiste y del que lo escucha, cuerpos que reaccionan al chiste riéndose”. (137)

Justo es el mérito del libro, transgrede todo el universo de la cocaína, parece que lo hace bajo esta consigna que aparece en el libro: “No hay peor sobredosis que la realidad. El hombre no soporta demasiada realidad.” (Herbert 50) La droga es entonces, parte de un mercado global que alcanza a todos los niveles sociales, aunque por supuesto hay niveles: “Nunca hubiera podido conocer la cocaína si me dedicara a otra cosa. Es bastante cara” (68). Pero además hay una necesidad de evasión insertada en lo humano desde su naturaleza misma, por eso el consumo no escapa ni de época, ni de formas de organización social.

El animal no ríe, porque no hay construcción lingüística compleja, porque no hay sentido de la memoria y porque siguiendo a Bataille, la risa es una especie de desafío a lo divino desde el plano de la inmanencia. Pero el animal no ríe porque no tiene una idea clara del espejo. Así lo expresa Lippi: “Reír quiere decir exponer el flanco al otro, mostrar y aceptar su ser falaz, la falta, inevitable en todo hombre.” (144).

Herbert nos dice: “Vomité frente al espejo. Era como si escupiera las encías. Luego recuperé un poco de conciencia: tenía los párpados apretados y lágrimas de risa rondando por las mejillas”. (19). El desdoblamiento, por un lado animal, por otro con el sentido de la tragedia, pero no como quien se siente desesperado por la falta de sentido sino porque ante ésta no le queda sino una risa lúgubre, que nos distancia del animal pero que nos recuerda que una parte nuestra pertenece a este reino.

En referencia directa a un animal nos dice Herbert al final del libro: “Ismael se encierra en el baño y vomita. Después se enjuaga la boca, lee esta frase rotulada en el muro: PROHIBIDO EL PERICO Y CUALQUIER OTRA CLASE DE ANIMAL EXÓTICO.” (87) ¿Por qué el animal del perico representa a la cocaína?

En el imaginario, quien anda bajo los efectos de la cocaína, es fuerte, poderoso y con impulso de arrebato. Sin embargo, el perico es un animal frágil, nervioso y ridículo. Una extensión de quien lo consume. Además, el perico es un animal que imita el habla humana, la parodia porque la puede repetir con precisión, pero arroja significantes sin significado mientras la grita. Similar al diálogo de quien está bajo fuerte dosis de la droga. En ambos casos, ante la sobredosis o la alucinación se proyecta lo frágil que puede llegar a ser una palabra.

 

Fiesta en la madriguera 

Así, someramente hemos planteado el dualismo en el terreno de la abstracción y la forma en que trata de distanciarnos -sin lograrlo- de nuestra animalidad. Villalobos en su novela nos plantea una dualidad mucho más concreta: “Yo creo que los franceses son buenas personas porque inventaron la guillotina. […] En la guillotina colocan una cesta debajo de la cabeza del rey. Luego los franceses dejan caer la navaja y la cabeza cortada del rey cae en la cesta. Por eso me caen bien los franceses, que son tan delicados” (21). El hito culminante de la modernidad y del hombre libre es la Revolución Francesa.  La proclama de la Declaración Universal de los Derechos Humanos venía aparejada con el descubrimiento de la guillotina. Prueba más de que el discurso civilizatorio no puede desprenderse de la animalidad.

Nos dice Bataille: “La guerra, diferente de la violencia animal, desarrolló una crueldad de la que las alimañas son incapaces” (82), esto se aprecia en Fiesta en la Madriguera, si bien es una guerra de baja intensidad como la que vive México, si se aprecia el descontrol: “Hablando del cerebro, es importante quitar los sombreros antes de los balazos en el cerebro, para no mancharlos. La sangre es muy difícil de limpiar. Eso repite todo el tiempo Itzpapalotl, que es la sirvienta que hace la limpieza de nuestro palacio” (18-19). Es tal el auge y normalidad de la violencia, que ya pasa desapercibida. En la cocina de la casa donde vive el capo con su familia, la persona del aseo está habituada a la sangre y los sesos. El niño lo narra con naturalidad, sin sobresaltos, es su hábitat y se mueve en él con la naturalidad de quien no conoce otro modelo de vida e interacción social.

Yuri Herrera ha sido el primero dentro de la narrativa de tema narco en narrarla en tono monárquico. Villalobos retoma esta escenografía pero la refiere a nombres relacionados con los mexicas, donde al menos en la percepción, los sacrificios animales y humanos estaban a la orden del día. Pareciera que quiere mostrar cierta continuidad o destino manifiesto de la violencia ciega, así aprende historia el niño:

En estos días estamos estudiando la conquista de México. Es un tema divertido, con guerra y muertos y sangre. La historia es así: por un lado estaban los reyes del reino de España y por el otro los indios que vivían en México. […] Así que vinieron y se pusieron a matar a los indios […] Bueno, la verdad a algunos indios ni los mataban, nomás les quemaban los pies. (17).

El sueño de Tochtli es tener un hipopótamo enano de Liberia, para este capricho hace que su padre (un alto capo del narco) movilice a sus hombres. A partir de esto, Tochtli lo que va a hacer es darnos una visión por dentro del mundo del narco, desde la óptica de un niño, que apenas conoce el mundo exterior (vive recluido en la mansión) que combina con las percepciones mediáticas, el mundo de las enciclopedias, los diccionarios y su gusto por la historia.

El niño va a la excursión por sus mascotas, pero resultó que estaban gravemente enfermos, ante ello Tochtli descubre en primera persona el dolor y la muerte, uno de sus hipopótamos “comenzó a retorcerse y chillar con gritos horribles” (73)., ante la enfermedad no quedó sino que “sacrificáramos a nuestros hipopótamos enanos de Liberia, para evitarles el sufrimiento” (74).

Él había conocido el dolor como fruto de la venganza, donde la muerte se aparecía después del escarmiento. Ahora está frente al otro lado del fenómeno, ante la agonía de un ser vivo que ama y el acto de acortarle el sufrimiento mediante la muerte. La escena que se describe es lúgubre, porque los animales no mueren al primer balazo y el suplicio continúa. Ahí Tochtli se da cuenta de su fragilidad y se conflictúa en ella: “Entonces resultó que no soy un macho y me puse a llorar como un marica. Me oriné en los calzones” (75). Toda la caracterización del personaje de un niño formado en la frialdad del narco ante la muerte se desvanece con lo contundente de los hechos.

En La virgen de los sicarios Fernando llora desconsolado y quiere la muerte ante la muerte de un perro, acá nuestro protagonista dice: “Tenía ganas de que me dieran ocho balazos en la próstata para hacerme cadáver” (75). Adquiere una visión cercana de la muerte y resignificada en un mundo posmoderno del narco, donde al igual que los primeros pobladores siguen los sacrificios animales. La domesticación de la muerte y la animalidad son las formas más violentas concebidas por lo humano.

Podemos entender, siguiendo a Bataille, que con lo animal siempre aparece lo excedente y que su sacrificio es una extensión concreta pero también simbólica de la finitud. Bataille nos dice al referirse a los primeros grupos humanos que “La víctima animal era ya por adelanto sagrada.” (87) ¿Qué tanto queda de esto en nosotros? ¿Lo refleja la literatura?

Me parece que parcialmente lo hace. Si bien el animal salvaje se vuelve objeto de uso en el narcotraficante en la ropa, la vestimenta, la decoración, se hace como una forma para que el poderoso tenga la sensación de domesticar y dominar lo salvaje y con ello presentarse como más bestial todavía que el animal. Sin embargo, la taxidermia por un lado es estética pero por otro es una forma de sacralizar a la víctima animal. En el centro del hogar se coloca la presa para darle un sentido de sello fraternal al haberla cazado. Tochtli con sus dos rinocerontes hace lo siguiente: “Abrimos la caja y adentro había muchas bolitas de plástico, miles. Las fui quitando hasta que descubrí las cabezas disecadas de Luis XVI y María Antonieta de Austria, nuestros hipopótamos enanos de Liberia” (103). “Pronto llegarán las coronas de oro y diamantes que mandamos hacer para ellas” (104).

El hipopótamo enano de Liberia es un animal que simboliza lo exótico como forma de sofisticación del poder, una idea de la estética presidida por los vestigios animales, que no proviene precisamente del narco, sino de las piezas de caza de las familias reales; sobre todo, el hipopótamo es la animalidad redimida, el animal jadeante que somos en ocasiones pero que la cultura jamás nos volverá a dejar reconciliarnos nuevamente.

 

El ruido de las cosas al caer  

Solo en lo prohibido hay transgresión. En una sociedad enteramente libertaria y permisiva no habría necesidad de brincar las reglas. Sería el fin del deseo y de lo que conocemos como la naturaleza humana. La condena del deseo es declararse insatisfecho, por eso es una de las hondas raíces de lo humano. Volviendo al escenario de las prohibiciones, el zoológico es un lugar emblemático de este tema. El animal salvaje e indomable es introducido a algo que simula ser su espacio, mientras que el visitante entra al mundo de la fiera, cree que está en su hábitat pero es todo un simulacro, humano y animal están en un espacio creado para simular una convivencia.

Pablo Escobar tuvo para sí un zoológico. Dicen que para que sus fieras se comieran a sus enemigos, otros lo atribuyen a un carácter estrafalario; hay quien sostiene que era un hombre tan entrañablemente familiar que era la forma de suplir el encierro de sus hijos, no se descarta que tanto animal fuera una especie de muralla simbólica y real por si se atrevía a arrestarlo la policía. Yo creo que a Pablo de pronto le dio por sentirse el mítico Noé y seleccionar qué animales merecían la vida; total, si ya lo hacía con los habitantes de Colombia por qué no extenderlo a las demás especies. Si la causa del diluvio universal fue el hartazgo divino ante los pecados humanos, en nuestro tiempo tendría más argumentos todavía y escoger a uno de los rufianes favoritos sería un buen divertimento para Dios. La nobleza de Noé sirvió de nada, pronto el hombre volvió a pecar. Valdría más apostar por un pecador consumado.

Juan Gabriel Vásquez hace una novela de ajuste de cuentas, con su pasado concreto, con el de su país, con la larga herencia de la sangre. Hay en el personaje una suerte de abismo al abrirse a sus recuerdos: “No sé de qué nos sirva recordar, qué beneficios nos trae o qué posibles castigos, ni de qué manera puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos” (8). Su escepticismo es sobre la naturaleza de la memoria y una pregunta que ha rondado a Colombia -no exclusivamente- ¿La memoria nos ayuda a cicatrizar o profundiza la herida? ¿Es deseable y posible aquella máxima de perdón y olvido? ¿Qué tan distintos y que tanto nos cambia la óptica que nos da el tiempo? ¿Hay una forma de mitigar los recuerdos dolorosos? ¿Qué magia tienen aquellos recuerdos luminosos que, a pesar de los sicarios, los carros bomba, las balaceras en el espacio público, se mantienen erguidos y más aun, nos ayudan a seguir de pie? Son algunas de las preguntas que surgen de un texto tan bien escrito.

De entre todo esto me llama la atención que el inicio de la novela surge cuando el personaje ve la televisión y tiene frente a sí la noticia de que uno de los hipopótamos que había traído Pablo Escobar caía muerto, mientras los demás ejemplares de su especie causaban miedo entre los moradores y causaban desequilibrio en el medio ambiente. Pablo Escobar fue el gran rinoceronte en la década de los noventas en Colombia, su presencia turbia, carismática y depredadora reconfiguró la historia del país. Antonio Yammara ya tiene en claro esto. Le intriga en ese preciso instante qué sucederá con los hipopótamos. Pero en realidad es algo superficial lo que le sucede, al ver el descontrol de los animales sobre el día Magdalena lo traslada a la situación personal de un crimen cercano y al clima en el que se mueve el país.

Sabe que los recuerdos serán parcialmente útiles para la reconstrucción, pero subraya algo importante: “porque el presente no existe en realidad: todo es recuerdo, esta frase que acabo de escribir ya es recuerdo, es recuerdo esta palabra que usted, lector, acaba de leer” (13). La escritura es uno de los dispositivos de la memoria, pero, oh paradoja, su recuerdo se instala en que es efímera. La imposibilidad de atrapar el presente es justo el ruido de las cosas al caer, desde este locus existencial escribe la novela.

La búsqueda de los hipopótamos es un asunto mediático, pero para él significa tener que vérselas por un lado con la nostalgia; recordar los años de la violencia y la impunidad más álgida, tratar de entender el homicidio de su fantasmal amigo, pero la nostalgia no le viene sólo con el pasado, se abre el futuro donde debe buscar un augurio para su vida y la de su país, ya que pese a todas las complejidades de la vida tiene una hija, lo que frente a este mundo sangriento y caótico significa algo de esperanza en la humanidad.

Así resume su nostalgia referido al hipopótamo: “Poco a poco me fui dando cuenta, no sin algo de pasmo, que la muerte de ese hipopótamo daba por terminado un episodio que en mi vida había comenzado tiempo atrás, más o menos como quien vuelve a su casa para cerrar una puerta que se ha quedado abierta por descuido” (8).

El animal para él simboliza la desquiciada época de Escobar, que además tenía una muerte similar a un reality show. Tenía otra connotación: “Yo, desde mi puesto de copiloto, pude ver lo que ella estaba viendo: a unos treinta pasos de nosotros, a mitad de camino entre el Nissan y el estanque, un hipopótamo nos consideraba con gravedad. «Qué lindo», dijo Maya. «Cómo que lindo», dije. «Es el animal más feo que hay.»” (147). La belleza o fealdad ya no residían en el propio animal sino en los imaginarios personales para observarlo. Conviene traer a Bataille. “La violencia, que en sí misma no es cruel, es, en la transgresión, obra de un ser que la organiza” (84), ese ser que la organiza es el narcotráfico, encabezado por la figura de Pablo, cuya sicopatía no se entiende fuera del contexto social que lo engendró, lo encumbró y lo condenó. Nos dice el autor: “Pablo Escobar había comprado a finales de los setenta para construir él su paraíso personal, un paraíso que fuera su imperio: un Xanadu para tierra caliente, con animales en lugar de esculturas y matones armados en vez del letrero de No Trespassing” (137).

El hipopótamo es pieza de la transgresión. Con la muerte de Pablo, al abandono de la Hacienda Nápoles, cruzaron las vallas de alambre y fueron entrometiéndose en un medio que no era el suyo. Que los animales no tengan sentido de lo histórico les permite traspasarlo con mayor facilidad.

La novela termina con los hipopótamos frente a él. Pero ya ha dado su periplo ¿de purificación? o, ¿es al modo de la condena de Sísifo? Y en él nos pone muchas cosas en claro, otras tantas se vuelven misterio insondable como la mirada de un animal frente a nosotros. “¿Dónde estaban los animales que habíamos visto de niños?” (145). No es una pregunta menor, recorre toda su vida. Su padre le había dicho que sólo tuviera frente a sí los recuerdos de verdad, jamás los de mentira. Por eso dice el personaje: “Lo más triste que puede pasarle a una persona, tener recuerdos de mentira” (147). Pero ¿qué sabemos nosotros de la verdad? ¿No es la ficción la más libre, existencial y autónoma de las verdades? ¿No serán los recuerdos de verdad los más demoledores y paralizantes?

 

Conclusiones

Las ópticas para entender el neoliberalismo son variadas en sus enfoques y líneas concluyentes, para los fines de este ensayo se seleccionó a Bourdieu por lo mencionado en la introducción y su pensamiento permitió la correlación con las novelas. Su énfasis en lo ahistórico y desvinculante se contrapone a la naturaleza misma de la literatura: la memoria y la integración de un universo propio cohesionado. Se lo propongan o no, estas obras literarias son críticas respecto al neoliberalismo, sin caer en lo panfletario y siempre apegadas a valores estéticos en su construcción literaria. Me parece muy importante sobre el neoliberalismo y América Latina el enfoque de Sayak Valencia en específico del sujeto endriago es muy enriquecedor para futuros trabajos.

El mercado ha existido desde tiempos inmemoriales. Comerciamos por la incapacidad humana para resolver individualmente todo el mundo material, también responde a la necesidad de obtener capital respecto a los saberes de la especialización. Sin embargo, en nuestros tiempos toca decir que el neoliberalismo menosprecia todo sistema de libertades si no se sujeta a la de mercado. De esta manera pasa de ser un elemento importante de la cultura para convertirse en el centro de la misma, opacando peligrosamente otras dimensiones humanas.

La animalidad siempre ha acompañado a todo proyecto civilizatorio, ya sea como bien de consumo o en su función ritual. Lo que hace el neoliberalismo es cosificar el mundo ritual y el acto de violencia trascendente respecto a la presa, dejarlo en un sentido estrictamente inmanente. El narcotráfico, como se aprecia en estas tres novelas, trivializa el sentido ritual, utiliza la animalidad como forma de ostentación de poder y en una suerte de proyección, el narcotraficante se mimetiza con la bestia salvaje, ya sea por el lugar que le confiere en su intimidad (casa, habitación) como por dar idea de que lo salvaje es susceptible a ser domesticado por su poder.

En ese sentido la animalidad del neoliberalismo encuentra en la “narcocultura” uno de los ejemplos más claros. En el neoliberalismo, el mercado es el monstruo voraz que se devora cuanto tiene a su alcance. No hay ni ética ni medida. Traducido en términos de animalidad, lejos de respetar una “cadena alimenticia de consumo” moderada respecto a la riqueza opta por la Ley de la selva, el más débil es devorado sin argumento alguno, sin posibilidad siquiera de tener una voz. Esto ha llegado a un nivel más patológico, el mercado neoliberal debe ser capaz de devorarse a sí mismo. Edipo arrancándose los ojos. Esto lo narra la literatura desde siempre.

Estas tres obras son importantes en la construcción de la memoria ante un mundo que por su velocidad y ansia de consumo apuesta por la amnesia. La obra de Herbert deja una suerte de diario de vida de un adicto en medio de la jungla neoliberal y de un país corrompido. La de Villalobos nos da una óptica desde la casa de un narcotraficante y como un niño mediatiza su realidad, con una óptica profundamente pesimista donde no se atisba una salida. Juan Gabriel Vásquez hace un monumental recorrido por la violencia en Colombia generada por el narcotráfico. Lo hace desde los primeros sembradíos en vías a construirse en industria, la intervención norteamericana, la gran crisis, el miedo social y la complejidad de reconstruirse como ciudadanos y como país.

Las tres novelas son políticas en su sentido más profundo, cuestionan la forma civilizatoria, los modos de convivencia y sin decirlo de manera frontal, la incapacidad de las democracias para lograr una paz íntegra.

 

Bibliografía

Bataille, George. El erotismo. España: Tusquets, 2006.

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Vásquez Mejías, Ainhoa. No mirar. Tres razones para defender las narcoseries. Chihuahua: Universidad Autónoma de Chihuahua, 2020.

Villalobos, Juan Pablo. Fiesta en la madriguera. México: Anagrama, 2010.

 

 

 

 

Ramón Gerónimo Olvera (Chihuahua,1977) Licenciado en filosofía Universidad Autónoma de Chihuahua, maestro en Literatura por la Universitat de Barcelona, Doctor en Pensamiento Complejo por “Multiversidad Edgar Morin”. Maestro e investigador de tiempo completo en la UACH. A la fecha Director de Extensión y Difusión Cultural. Realizó una pasantía de investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá Colombia, donde escribió Sólo las cruces quedaron. Literatura y narcotráfico. Ha publicado 9 libros de ensayo y poesía en diversas editoriales. Además de diversas revistas académicas y de divulgación nacionales e internacionales. Es premio nacional de periodismo cultural.

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