En definitiva, el fútbol es tan solo un juego, un juego como la vida. Lo importante es tener fe y no rendirse.
Cada historia de la magia del fútbol debería comenzar con el “Maracanazo”. Sin duda, la más dramática, que comprueba la certeza de que, en el fútbol como en la vida, todo es posible. Y que aun en la situación más irremediable la esperanza sigue viva, hasta que el árbitro o Dios no hayan dado el último pitido.
La fecha es 16 de julio; el año, 1950; el lugar, Río de Janeiro; y con más precisión todavía: el Estadio de Maracaná. Fue el día de la inauguración oficial del estadio más grande del mundo, siempre memorable porque por primera y última vez en la historia del fútbol un partido había atraído a casi doscientos mil espectadores. Era, además, la final de la cuarta Copa del Mundo entre Brasil y mi Uruguay (luego explicaré por qué).
Pues como cada historia, esta también tiene su prehistoria. Los orígenes del fútbol se remontan lejos en el pasado. Ya en la época anterior a Cristo, en China se practicaba un juego similar al fútbol que se llamaba cuju. En el siglo XIV, el monarca Eduardo III de Inglaterra prohibió mediante decreto a los soldados jugar al balompié porque los apartaba de ocupaciones mucho más nobles como la esgrima y el tiro con arco. Sin embargo, tres centurias más tarde, por las calles de Florencia, Siena, París, Londres y otras ciudades europeas, tropeles de hombres emprendían una lucha sangrienta detrás de una esfera de vejiga porcina que se asemejaba al balón actual. ¿Las reglas? Había una sola: los dos extremos de la calle eran los arcos, y la meta consistía en que uno de los equipos, con el pie, la mano, la cabeza u otra parte del cuerpo, la arrastrara hasta allí y ganara el partido. Estaba permitido todo: golpes, empujones, patadas, una bacanal medieval absoluta que horrorizaba a los pobres moradores de aquella calle porque el juego a veces se prolongaba durante muchísimas horas.
Sin embargo, el fútbol moderno surgió apenas en el siglo XIX. Su patria oficial se considera Inglaterra, donde en 1857 fue creado el primer club futbolístico: el Sheffield. Allí se organizó el primer torneo de la Copa de la Asociación Inglesa, se elaboraron las primeras reglas y se jugó el primer partido internacional entre Inglaterra y Escocia.
A finales del siglo XIX, principios del XX, a raíz de la implacable explotación laboral en las primeras minas y fábricas del Viejo Continente, más de cien millones de europeos emigraron a la Tierra prometida, en este caso Estados Unidos, y una parte de ellos también a América del Sur. Así el fútbol se trasladó a aquel rincón del mundo, hallando allí un terreno muy fértil para prosperar con brillo y fuerza inconcebibles para Europa. El suelo era benigno porque América Latina es una auténtica congregación babilónica de etnias, lenguas y culturas. Aquí concurren África, Europa y la genuina, bárbara, singular y gran América indígena. En esa mezcla insólita de seres humanos brotaron y prosperaron diversos fenómenos culturales y sociales, entre los que destaca, con certeza, el fútbol.
Los latinoamericanos son gente apasionada. Muy pronto el fútbol se convertiría en su obsesión principal. Cada país, Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Perú, se había contagiado por la magia de ese gran juego. Surgían clubes, torneos y copas. Se jugaban partidos con representantes de allende el océano. Despuntaba uno de los prodigios sociales más peculiares del siglo XX: el futbolístico. Los partidos atraían a decenas de miles de personas que al menos durante una hora y media se olvidaban del sufrimiento, de la pobreza, del dolor, de los problemas domésticos y laborales. Se identificaban con “sus” clubes; soñaban, lloraban, sufrían y ascendían a las puertas del Edén con cada gol marcado, con cada gol perdido, con cada derrota y con cada victoria. A lo largo de la semana, comentaban lo que había pasado, preparándose para el sábado siguiente cuando iba a ser el próximo partido de sus equipos favoritos: otra vez, durante una hora y media, estarían en otra dimensión.
El juego llegó también al pequeño y singular Uruguay, tan enigmático para América Latina. Mi Uruguay. En este diminuto país, con apenas tres millones de habitantes, el único sin representantes indígenas locales (los charrúas fueron prácticamente exterminados en el primer tercio del siglo XIX) y en el que los africanos son escasos, parecía que todo se desarrollaba según las normas y los modelos europeos. Sobrepoblado de inmigrantes italianos, españoles y alemanes, fue el primero en la región que autorizó el voto femenino y el segundo a escala mundial que introdujo la educación básica gratuita, en 1877. Se sentía orgulloso con su pureza ecológica, con la independencia que había adquirido en la guerra contra Brasil y con ser un tanto tedioso en comparación con el colorido de América Latina… Ah, sí, y también con el fútbol. Por lo visto, este es su único vínculo real con el continente donde está ubicado. De lo contrario, el Uruguay podría circunscribirse, con toda tranquilidad, en el centro de Europa: en algún lugar entre Austria, Chequia y Suiza. Pero el fútbol, ay, el fútbol, dejará siempre su huella latinoamericana en él y hará que todo el mundo hable de él con respeto. Mi Uruguay, luego diré por qué, es el país más pequeño que ha sido dos veces campeón mundial de fútbol; fue además bicampeón olímpico y quince veces campeón de Sudamérica, batiendo otro récord, más que Argentina y Brasil. Sus símbolos, los clubes Peñarol y Nacional, fueron portadores en total de ocho Copas Libertadores y seis Copas Intercontinentales. Según la Federación Internacional de Historia del Fútbol y Estadística, Peñarol es el club que ocupa el primer lugar en América del Sur durante el siglo XX. Es suficiente para un país con tan solo tres millones de habitantes, ¿no?
De hecho, a principios del siglo XX, el fútbol se desarrollaba con un ritmo frenético. Después de los primeros partidos y campeonatos nacionales e internacionales, con toda naturalidad se fue formando la idea del Mundial. El primer campeonato se celebró en 1930. Como anfitrión fue elegido mi Uruguay (anda, que ya diré por qué), puesto que había impresionado al mundo con sus dos títulos olímpicos consecutivos. Como es de esperar, al tener en cuenta la distribución de las fuerzas en aquel momento, el Uruguay llegó a ser también el primer campeón del mundo. Siguieron otros dos certámenes que ganó Italia; luego llegaron las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que Europa se desembarazaba entre los escombros de su destrucción total, de la sangre que aún no había terminado de borrarse y de los indelebles recuerdos, durante décadas, de los horrores de la guerra, el mundo ansiaba que la vida volviese a comenzar. En 1948 Londres celebró los XIV Juegos Olímpicos estivales; para 1950 fue anunciado el cuarto Mundial de Fútbol. Brasil fue elegido anfitrión porque no había sido afectado por las acciones bélicas. Entretanto, el fútbol se fue convirtiendo en la gran pasión de los fogosos brasileños: más que la samba, la capoeira, Copacabana, el Carnaval de Río. El fútbol estaba por encima de todo y en 1950 los brasileños se preparaban para organizar el campeonato más suntuoso y exitoso que jamás se había visto. Las preparaciones duraron más de un año. Como si todo el país, desde el más rico hasta el más pobre, desde los petimetres del centro de São Paulo hasta los mendigos de las favelas de Río de Janeiro y los indígenas de la selva del Amazonas viviesen con la idea del torneo y ayudara con lo que podía. Pero dejando aparte los grandiosos esfuerzos de la organización y el espectáculo, todos esperaban algo más: que Brasil fuese campeón mundial. Y Brasil iba a ser campeón mundial. Ya había transitado por el grupo preliminar como si fuera un desfile, con dos victorias y un empate de 2-2 con Suiza. El periódico británico, The Telegraph salió con un artículo que decía: “No hay fuerza que pueda detener a los virtuosos brasileños extraterrestres”.
De ahí en adelante comenzaron la magia y muchas más cosas que sucederían por primera y por última vez en la historia del fútbol. Nunca más la cifra de los participantes sería el nefasto número trece, pues en vísperas del campeonato, por falta de recursos, tres equipos se negaron a participar. Nunca más habría fase eliminatoria, ni cuartos de final, ni semifinales: solo un grupo final de cuatro equipos. Allí figuraban, por supuesto, Brasil, además de España, Suecia y mi tan pequeñito pero orgulloso Uruguay. Las dos primeras rondas del grupo legitimaron solo la superioridad abrumadora de los cariocas. Brasil arrasó a Suecia con un 7-1 y a España con un 6-1. Al mismo tiempo Uruguay, al pie de la letra, apenas había hipado con un empate 2-2 con España. En el minuto setenta y siete del partido frente a Suecia perdía con 1-2, privándose en realidad de todo, solo para volver al juego con dos goles al final y ganar con un sufrido 3-2.
Así se llegó al último partido de la cuarta Copa del Mundo: la peculiar final entre Brasil y Uruguay. Teniendo en cuenta sus dos victorias y el golaveraje de 13-2, Brasil sería campeón mundial también con empate, pero ¿quién estaba pensando en empatar? La cuestión era con cuánto le iban a ganar al Uruguay: ¿con 6, con 7, con un 8 a 0?
Y llegó el 16 de julio en Río de Janeiro, en el Estadio de Maracaná. Desde la madrugada, miles de personas que habían conseguido el sagrado trocito de papel llamado entrada se arrastraban hacia el estadio. Sucedió algo también que jamás volvería a pasar: en el Estadio de Maracaná, que aún no había terminado de construirse, se reunieron ciento noventa y nueve mil novecientos ochenta y cuatro espectadores. La fiesta estaba a punto de comenzar. En Río de Janeiro fueron elevadas dieciocho tribunas especiales de samba, siendo la más alta la que estaba frente al Ayuntamiento, donde los nuevos campeones mundiales iban a mostrar la copa a la multitud milenaria. Jules Rimet, el presidente de la FIFA, memorizaba su discurso de clausura en portugués para felicitar al nuevo campeón mundial en su lengua nativa, aunque en Uruguay, por supuesto, se habla español. Ante el Maracaná habían aparcado dieciocho Cadillacs sin estrenar, y abajo, en el lugar de la matrícula, figuraba el nombre de un futbolista brasileño frente al cual decía “campeón mundial”. El día del partido, el periódico local más importante salió con un artículo de fondo con el título “Brasil ganó, Brasil es campeón mundial. La copa está en casa … Y eso apenas unas horas antes de que el árbitro principal hubiera dado el primer pitido.
¿Qué se estaría desatando en los corazones y en las almas de los uruguayos en aquel momento? Nunca lo sabremos. Tal vez una mezcla de orgullo, firmeza y ansias de ganar, que irrumpirían al cabo de unas horas. En efecto, tenían un entrenador extraordinario, Juan López Fontana, quien llegó a ser entrenador por casualidad. En un principio formaba parte del equipo de entrenadores como… facultativo. No entendía mucho de fútbol, pero sabía algo importante: siendo antiguo estudiante de Medicina, conocía muy bien la psicología y dio varios pasos insólitos. Primero escondió al equipo de la locura obsesiva que se había apoderado de la ciudad, guardándolo en los vestuarios del estadio seis horas antes de que empezara el encuentro. Luego descargó una pila de periódicos en el rincón y dijo:
—Oigan, muchachos, está claro que esos cabrones nos van a ganar; no hay duda de que serán campeones mundiales, pero ¿cómo es posible que se burlen así de nosotros y que digan que ganaron antes de que el partido haya empezado? ¿Cómo es posible que nos descarten con tanta soberbia? ¿Cómo creen que debemos responder?
Salió hacia adelante Obdulio Varela, el capitán, y orinó con tranquilidad sobre los periódicos apilados. Después colocó su mano en la parte izquierda, por debajo del escudo del Uruguay, donde latía su corazón, y respondió de forma muy simple:
—Vamos a morir, pero defenderemos el honor del Uruguay— fíjense que ni siquiera había mencionado la palabra “victoria”. Pero cuando eres orgulloso de espíritu, tu honor vale mucho más que cualquier copa, premio y estímulo material.
Eran ya casi las 18.00 horas. Bajo el alarido ensordecedor de la multitud, los veintidós jugadores salieron al terreno. Los brasileños, seguros de sí mismos, risueños, con aplomo; los Urus, orgullosos y decididos a todo. Ahora, viendo los archivos de las imágenes al comienzo del partido, en ningún rostro uruguayo traslucía el miedo, por muy extraño que parezca. ¿Será que de veras no sentían ningún miedo? Brasil había arrasado todo a su paso. En aquella caldera hirviente habría apenas un centenar de uruguayos entre doscientos mil aficionados brasileños. Eran los caballos negros absolutos, totalmente solos entre la multitud exaltada. Según los especialistas, los medios de comunicación y los factores futbolísticos responsables estaban condenados del todo. Sin embargo, no había tiempo para pensar: el árbitro George Ryder dio el pitido inicial y un pie con calcetín negro llevó la pelota hacia adelante. La final había comenzado. El primer tiempo transcurrió con la presión aplastante de los cariocas. Sus ataques se sucedían uno tras otro, como las mareas ascendentes en las playas infinitas de Copacabana. El estadio se había vuelto loco, saboreando el espectáculo de goles de A Canarinha. Pero los Urus eran como una pared: se doblaban, se agachaban hasta el suelo, pero no se rendían. Aprovechaban cada oportunidad para atacar, jugaban con tranquilidad, con aplomo, y en ningún momento retrocedieron a defensa cerrada.
¿Qué estaba sucediendo en aquel momento en Montevideo? Nubes plisadas, negras y grises, se asomaban sobre la ciudad; desde el océano soplaba un viento ligero, lloviznaba un poco. Cincuenta mil uruguayos se habían reunido en la Plaza de la Independencia, en pleno centro, con la radio al oído, escuchando con el alma en vilo lo que pasaba en Río. ¿Acaso alguien esperaba un milagro? Era muy poco probable. Más bien tenían la esperanza de que los Urus no quedarían en ridículo y que no perderían con muchos goles. Pero, a fin de cuentas…
Еn el Maracaná, la primera mitad terminó 0-0. En la plana mayor de los cariocas se encendió una luz roja: ya tenían que estar por delante con varios goles. Aunque el juego les iba a pedir de boca y las graderías estaban contentas, el gol era solo cuestión de tiempo. Faltaban otros cuarenta y cinco minutos para llenar la malla de la Celeste. Todo estaba bajo control.
Ni siquiera habían pasado dos minutos del segundo tiempo y Friaça, en uno de los múltiples ataques de Brasil, asestó un fuerte disparo diagonal desde el área penal. Roque Gastón Máspoli, el legendario portero uruguayo, despejó el balón, pero volvió Friaça, quien con un disparo preciso lo dirigió hacia portería. Uno cero para Brasil. Gol, gooooooooooooooooool, gooooooooooooooooooooooooooooooool, como les gustaba gritar a los comentadores brasileños. Las graderías estaban en pleno éxtasis, la gente se abrazaba y lloraba de alegría, personas desconocidas se besaban y la locura se había adueñado de grandes y pequeños.
¿Qué pasó entonces en Montevideo? El cielo se desgarraba en relámpagos, la lluvia se intensificaba y un suspiro de pesar que provenía de cincuenta mil personas resonaba en la Plaza de la Independencia. Nadie lo reconocía, pero todos, en lo más recóndito de su alma, esperaban un milagro. ¿Y ahora qué? Ahora solo les quedaba contar los goles en la puerta de Máspoli.
Pero volvamos al Maracaná. El balón de la puerta de la Celeste fue sacado por Juan Alberto “Pepe” Schiaffino, su mejor jugador, con un rostro pálido y demacrado. Lo llevó con lentitud al centro, lo puso en el punto central y se levantó. Ante él había solo dos caminos: hacia el Uruguay y hacia la eternidad. Ambos eran igual de dulces… Y los brasileños, en pleno delirio, seguían atacando. El público quería más goles, el público quería fiesta. Todos atacaban: delanteros, centrocampistas, zagueros. Todos querían meter más goles, el público quería fiesta. Todos querían formar parte de la historia. Se olvidaban de las instrucciones tácticas de que les bastaba ganar con un solo gol. Los cariocas impetuosos estaban en las alas de la inspiración. Cada uno quería que la multitud de doscientas mil personas gritara su nombre como máximo goleador. Disparaban desde cualquier posición, tejían sus combinaciones mágicas. Y los uruguayos eran como un puño: iban a caer, pero de pie. Montevideo estaba apaciguado, irreconocible. ¿Y la esperanza? La esperanza se paseaba engreída, mojada y desnuda en algún lugar cercano a Colonia del Sacramento, dispuesta a disolverse en cualquier momento en la lluvia que seguía cayendo. Los Urus iban apaciguando poco a poco el juego. No se percibía ningún pánico. En aquel momento de infarto, Obdulio Varela tomó el partido en sus manos y dirigió con destreza a sus jugadores para que no se desplomaran. Asumieron el ímpetu inicial del entusiasmo, lo domaron como a un animal salvaje en el circo y lo adormecieron con su serenidad. Luego miraban con más frecuencia hacia adelante. Transcurría el minuto sesenta y seis cuando, desde la izquierda, Morán se adelantaba y penetró sin que nadie lo obstaculizara, como en broma, en la defensa brasileña que estaba dispersa. Lo cierto es que todos esos pobres cariocas atacaban, todos querían inscribirse en aquel partido memorable con el que ganarían la primera copa mundial. Morán puso el balón ante el área brasileña. De ahí lo recogió Schiaffino, delgado y esbelto como un príncipe medieval, que es su apodo, y emprendió un baile elegante con él. Los uruguayos dicen que inventaron el tango, y no los argentinos, y por lo visto en aquel momento todos estaban dispuestos a creerles. Schiaffino bailó casi un minuto con el balón en torno a dos defensores brasileño. Pero me voy a callar y les dejaré en manos de Carlos Velázquez, el comentarista uruguayo más famoso de todos los tiempos:
—Queridos amigos, queridos compatriotas: Obdulio despejó el nuevo ataque de los cariocas siguiendo un pase rápido hacia Morán. Ante Morán hay mucho espacio vacío, se adelanta, diez, veinte metros, está absolutamente solo. Pepe Schiaffino sale hacia adelante, Morán le ofrece el balón. Ante Pepe hay solo dos defensores brasileños, lo bloquean. Vamos, Pepe. Inventa algo, Pepe, por favor. Pepeeee, por favor. Intenta un regate por la derecha, sin éxito; intenta otro regate por la izquierda: está bloqueado. Un movimiento brusco hacia adelante; su figura delgada se cuela como una sombra, como un fantasma entre los dos; un tiro calculado hacia arriba, hacia la izquierda. Barbosa se desloma y…
Ahahahahahahahahahahahahahahahahahah,
Dios, noooooooooo,
Dios, sííííííí.
La pelota entró en la puerta.
Dioooooooos. uno…, uno…, uno a uno.
Pepe Schiaffino.
Queridos amigos: Pepe Schiaffino marcó.
Uruguay empata 1-1.
En aquel Montevideo que hace poco se había sofocado ocurrió un milagro: la ciudad estalló. En el aire volaban aparatos de radio, enseres domésticos, paraguas, niños pequeños. Montevideo y Uruguay, aquel trocito en el mapa, estaban ante un delirio. Incluso había escampado.
Sí, aun con empate los brasileños iban a ser campeones mundiales, pero el plomo ya había llenado sus pies. Se movían como sombras; el miedo escamoteaba sus grandiosas almas: ¿y si, a pesar de todo, algo salía mal? Seguían atacando, pero de su aplomo y de su samba anterior no había quedado ni rastro. El estadio también estaba presintiendo algo. Les apoyaban, pero el miedo ya había encogido sus corazones. Después del gol de Schiaffino, los once jugadores con las camisetas azul celeste se desconectaron del mundo exterior. No pensaban en en su rival ni en los doscientos mil espectadores. Solo les importaba no quedar mal, que, aunque cayeran, caerían de pie, que tras el Río de la Plata les esperaban sus amigos y sus familiares. Pasara lo que pasara hasta el final, ya eran unos héroes. En definitiva, el fútbol es tan solo un juego, un juego como la vida. Lo importante es tener fe y no rendirse.
Transcurría el minuto setenta y nueve. Por el extremo derecho, el atacante uruguayo, Alcides Ghiggia, el único futbolista de aquel memorable partido que todavía está vivo, ya con ochenta y seis años de edad, recibió el balón. El reloj marcaba las 19:29 horas. Alcides tomó la pelota y recordó las palabras de Jaime Moreno, quien fue su primer entrenador: “Alcides, si ves un espacio vacío ante ti, corre como si el diablo te persiguiera y dispara.” Alcides corría y corría, hasta que llegó a la esquina del área del penalti. En aquel momento, Pepe Schiaffino se coló como una sombra. Moacir Barbosa, el arquero de los cariocas, tuvo un presentimiento de lo que seguiría y dio un paso a un lado para recibir el pase que esperaba. Pero Alcides sentía el aliento del diablo a sus espaldas. No miró hacia el área, ni hacia sus compañeros, ni hacia el guardameta. Sin levantar la cabeza, asestó un tiro agudo. El balón pasó por la diagonal corta, entre el arquero perplejo y el poster, enredándose en la malla.
2-1 para Uruguay.
Uruguay es campeón mundial.
Lo demás forma parte de la historia, de la estadística seca y de los periodistas patéticos. En los diez minutos restantes los brasileños atacaban, pero sin resultado. Montevideo se había sosegado; todos tenían esperanza, pero nadie concebía el milagro. Había, por supuesto, también champán y una alocada fiesta latinoamericana, gente ebria de alegría, pero sobre todo había orgullo. Un orgullo de la fuerza del espíritu y de lo imposible. Incluso había escampado. A lo lejos, en el horizonte, sobre el océano, entre cuatro líneas horizontales de color azul celeste, salió el sol radiante.
Último disparo de los cariocas. Minuto noventa y uno, decimotercer segundo. Roque Gastón Máspoli boxeó y mientras estaba todavía en el aire sonó el último pitido del árbitro. En el terreno se produjo un alboroto; todos andaban como despistados, en varias direcciones, sin saber qué hacer. Y Maracaná guardaba un extraño silencio. Es muy poco probable poder imaginarlo: doscientas mil personas y un silencio sepulcral. Solo se oían sollozos, gemidos y un llanto arrastrado. Si se le puede dar crédito a la estadística brasileña, en el estadio se suicidaron ocho personas, incluidas las que fallecieron antes de tiempo por infarto, y en el país hubo decenas de muertos. Varios años después, Jules Rimet, el presidente de la FIFA, recordaría lo siguiente: “De pronto me encontré ante un mar de personas que se movían en caos, a empujones. No hubo ceremonia, ni clausura, ni discursos. El presidente de la Federación brasileña sollozaba como un niño pequeño. En un instante, divisé al capitán uruguayo, le di unas palmadas en el hombro y le metí la copa en sus manos, como de escondidas. Nada más.”
Moacir Barbosa, el portero brasileño, resultó longevo porque después de aquel partido fue desdeñado hasta el final de sus días. Por desgracia. No le vendían nada en las tiendas, no le atendían en los restaurantes ni en los bares. Por la calle, cuando la gente lo reconocía, miraba para otro lado. Transcurridos treinta años de aquella final, recordaba la manera en que una anciana, en la cafetería de su barrio, le dijo a su nietecito que por casualidad se había parado frente a su mesa: “No hables con él. Ese fue quien sepultó a Brasil.”
Hay otra historia que no sé si es cierta, pero me gustaría que lo fuera. Mientras esperaban su vuelo en el aeropuerto, los jugadores uruguayos, cansados y felices, observaban el mar de dolor en el que se había hundido Río. Entonces Obdulio, el capitán, dijo:
—Si supiera que íbamos a provocar semejante dolor y tristeza, yo mismo me habría metido un autogol.
Pero Montevideo ya esperaba a sus héroes.
Y ahora llegó el momento de explicar la razón de mi Uruguay.
El año es 1983; el lugar, Bulgaria: un domingo socialista, caluroso, bastante aburrido e impersonal, en el barrio obrero capitalino de Mladost[1]. Por la televisión daban Vsyaka Nedelya, Siempre en Domingo, el programa más emblemático de aquella época. Yo era un chiquillo de diez años, al que habían castigado por alguna razón, y no me habían dejado salir a jugar afuera, por eso estaba dando vueltas en torno al televisor esperaba el nuevo episodio de La Pantera Rosa. Un poco antes de mi filme salió el intercambio internacional de materiales audiovisuales. Justo aquí recuerdo con claridad a Michmana[2], quien con su típico timbre de voz anunció: “Allende el océano, acaba de terminar un campeonato más en Sudamérica. En la final, el Uruguay le ganó a Brasil y obtuvo su decimotercer título continental, resucitando así el milagroso recuerdo del Maracanazo”.
La combinación Uruguay, milagro, Maracaná encendió de inmediato mi curiosidad infantil y empecé a atiborrar a mi padre con preguntas, pero a un secretario del Partido Comunista, con ciertas desviaciones heterodoxas, nada podía apartarle de las interrogaciones de Kevork[3]. Sin embargo, varios días después, mi padre apareció con un regalo. Reconozco que fue el regalo más espectacular que recibí en mi infancia: Cautivado por la Diosa Dorada,[4] de Antón Antónov-Tónich[5], un libro dedicado a los campeonatos mundiales de fútbol. Aún recuerdo cómo le arrebaté aquel libro, temblando de emoción, corrí hacia la cocina y junto a la ventana, a la luz, lo abrí al instante en El Maracanazo. Lo leí de golpe y entendí que mi vida, para siempre, estaría vinculada con el Uruguay.
A lo largo de esos cuarenta años he vivido un sinfín de experiencias con los Urus. Cuánto llanto inconsolable. Cuánta búsqueda de información escasa en los años sin Internet. Cuántos kilómetros recorridos en los días más bárbaramente calurosos junto al mar para adquirir uno de los dos ejemplares de Naroden Sport[6] que le correspondían al quiosco donde descansábamos con mis padres cerca de Varna[7]. Cuántas noches sin dormir. Y cuánta alegría que me embriagaba en los momentos de nuestras grandes victorias. El Mundial de 2010 lo viví con plenitud y entusiasmo. Veía cada partido de los Urus de pie, al borde de la emoción más extrema. Lo vivía como si estuviera en el terreno de juego, jugando cada instante mágico del Mundial con Celeste y Diego Forlán, su líder. Y siempre será así. Yo y Uruguay… Mi Uruguay.
Versión de Milena Marínkova
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N. del T.: El significado del nombre de este barrio en búlgaro es ‘juventud’. ↑
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N. del T.: Nikolay Kolev – Michmana es el periodista emblemático búlgaro que gritó “¡Dios es búlgaro!” después del gol de Emil Kostadinov contra Francia cuando Bulgaria se clasificó para el Mundial de Fútbol de 1994 en EE. UU. ↑
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N. del T.: Kevork Kevorkyan es un renombrado periodista y publicista búlgaro de origen armenio que dirigió durante muchos años Vsyaka Nedelya. ↑
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N. del T.: En búlgaro, el título es “V plen na Zlatnata boginya”. ↑
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N. del T.: Escritor, periodista y guionista búlgaro que editó durante varios años el periódico humorístico Starshel [Abejón]. ↑
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N. del T.: ‘Deporte Popular’. ↑
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N. del T.: Es la tercera ciudad más grande de Bulgaria, en la parte norte de la costa del Mar Negro de Bulgaria. ↑
Georgi Bardarov
Es catedrático, científico y escritor búlgaro, director de la filial de la Universidad de Sofía San Clemente de Ohrid en Burgas. Durante varios años dirigió el Departamento de Geografía Socioeconómica. Es especialista en demografía y conflictos etnorreligiosos, autor de “Sobre la quinta rakía o qué bella es la vida”, el cuento búlgaro más leído en internet, con más de 500.000 lecturas, y de las novelas Yo sigo contando los días, Absolvo te y Adagio para María. Ha recibido el Premio de Literatura de la Unión Europea, el Gran Premio de Literatura Ivan Vazov y la Flor de la Editorial Helicon

