ISSN 2692-3912

El fútbol amateur en Ciudad Juárez, una forma de existir, una vida de la patada

Para hablar de fútbol amateur es necesario precisar cuándo se origina este bello deporte en Ciudad Juárez. El periodista Luis Galván Saucedo, en un artículo publicado en el periódico El Fronterizo, da testimonio de cómo, cuándo y quiénes fueron los pioneros de tan excelso deporte, sin la menor intención de restar méritos a nadie, y solo con el objeto de que las nuevas generaciones y la afición al fútbol soccer conozcan el origen de este deporte, predilecto de muchos, en Ciudad Juárez.

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Procedente de Guadalajara, cantera inagotable de buenos futbolistas, arribó a esta ciudad, allá por 1914, el joyero Enrique Benítez. La arrogancia y los bríos de la juventud, y con la ilusión de abrirse paso en la vida, lo llevaron a instalar un modesto taller de joyería. Los ratos de descanso en el duro trajín diario debían ocuparse en algo, y lógicamente escogió la práctica del fútbol soccer, que es y será siempre el deporte de sus amores. Mandó traer una pelota de su tierra natal allá por 1918, que es cuando se formó y se vio aquí en Juárez el primer equipo de fútbol soccer. Todos eran joyeros, paisanos también, que unidos fraternalmente fueron los que marcaron la pauta que con tanto acierto siguieron después los hermanos Pratts primero y Roberto Azani después. Ahí estaban Mariano García Casillas, Mariano Villalobos, entonces prósperos joyeros de la localidad, los hermanos Rojas, entre otros. La labor en pro del desenvolvimiento de este deporte, desconocido para todos, fue ardua y tesonera, pero esto a Enrique Benítez no le hizo mella.

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Al estilo de Azani, solo que con menos facilidades, seguía la ruta que se había trazado. Así, el joyero Benítez formó varios equipos. Se jugaba con mucho entusiasmo en los campos Cervecería, Tívoli, Bellavista y frente a uno que estaba situado al norte de donde está ahora el Cine Alianza. El “Once Juárez era el mejor: un equipo fraternal parecido al inolvidable Necaxa de los once hermanos. Los choques contra el equipo de D. Enrique Benítez, el hombre que con entusiasmo y apoyo económico impulsó por primera vez en esta ciudad el fútbol soccer, eran los más esperados.

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La niñez está marcada por retos de gran trascendencia en la mente de un niño. Muchos crecemos como los hijos menores de ocho hasta diez o más hermanos, y nuestra aparición en la vida es salir y enfrentar todo lo que se venga. Siendo niños, una de las experiencias más gratas y maravillosas es salir a la calle, al patio, al llano, al lote baldío y a cualquier otro espacio donde uno pudiera moverse y patear un balón, un bote, una piedra, una pelota de esponja, hasta una canica. En mi caso, yo con mis hermanos nos íbamos a jugar cascarita en un pasaje comercial ubicado en la Rafael Velarde entre las calles Ramón Rayón y Francisco Mina, con canicas o un canicón, con una pelota de tenis, hasta que un día quebramos un aparador de vidrio y ahí terminaron nuestras prácticas. Pareciera que patear algo fuera una síntesis liberadora o creadora, el único modo de gastar energía, buscar distracciones y diversión. Hay que entender que muchos de nuestra generación éramos muy humildes, asentados en colonias, barrios o vecindades donde no había lugar para correr. Entonces estos niños, buscando esa práctica liberadora, primero en las retas o el gol para cuando solo eran tres o cinco participantes: uno se ponía de portero y los otros disputaban para meter gol. En mi caso así era, porque éramos cinco hermanos y, claro, se sumaban los primos, que con todos ya formábamos más de un equipo de fútbol. De ahí también surgió mi habilidad para la portería en lo amateur, ya que siendo yo el menor no tenían valor mis preferencias, así que todos al unísono me decían: “tú de portero”..

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El fútbol, considero, es poco más que una forma del subconsciente profundo que fue construyendo en nuestro cerebro infantil un método para resistir la frustración, una manera de higiene mental que nos dotó de fuerza física y psicológica para prepararnos a enfrentar la vida que, en una ciudad fronteriza, se vuelve complicada. Jugar fútbol es una característica instintiva y orgánica que nos predispone a la acción; es percibir el movimiento de una vida hasta sus curvas más leves, y hacerlo tanto en lo individual como en lo colectivo es rellenar el molde de su huella en el paso por el mundo, es una cosmovisión con signos vivos, abrir una minúscula ventana para crear un alma grande que se libere en plenitud mental y física, es indagar en lo celular como vía de acceso a los tejidos que, agrupándose en forma de órganos, buscan cumplir con la misión de ese cuerpo vital en coordinación y dar un juego armónico. En estas “vidas conjeturales” se consigue perfectamente dar el paso de lo anatómico fisiológico y, cuando el observador humano lo mira, lo transforma en literario, poético y narrativo. De ahí el éxito de los programas televisivos, solo que en lo amateur es una experiencia que contiene todos esos ingredientes que dan esa plenitud al hombre que juega fútbol por placer. Esta interpretación que describo, si no me equivoco, son palabras que transferí al fútbol de un poema de Bruno Montano.

La reta callejera era un encuentro de cuatro contra cuatro, o de más miembros, a veces hasta de catorce contra catorce o más. Cualquier momento era bueno para disiparse, horas y horas de día, tarde y noche correteando todos tras una pelota, risas, patadas, puntapiés, crujir de espinillas y huesos, pura felicidad y adrenalina, la felicidad encarnada en ese momento que fortalece el genotipo de la vida dura y a veces cruel de los diferentes barrios bravos de la frontera.

Otro momento importante que nos marcó fueron los partidos de barrio contra barrio. En nuestros tiempos, ir a jugar al parque de la Chaveña, enfrentarnos al de las Moras, o jugar contra la Pandilla los Leos o los Maylons era toda una aventura; cada uno tenía su cancha, la nuestra una calle con unas piedras separadas por doce pasos como porterías. En estas retas sufríamos una metamorfosis kafkiana: de tiernos corderos a verdaderos demonios. Generalmente terminaba en campal, dosis de feroz adrenalina, casi una práctica del fútbol primitivo; eso sí, después del enfrentamiento a recoger heridos y a correr si se ponía feo, o a corretear al rival si nos iba bien. De ahí creció en nosotros un espíritu competitivo y violento; éramos como hordas primitivas y salvajes. Eso, con el tiempo, curtió nuestros cuerpos y fortaleció nuestras mentes, y algunos se convirtieron en líderes, generalmente el mayor o el más hábil para jugar, el héroe para nosotros los más pequeños.

Así como en el barrio la reta o el partido terminaba muchas veces en cruentas peleas, que en ocasiones solo eran intercambio de patadas y trompadas, y guerra azteca porque, según el barrio, se desembocaba en encuentro de pedradas, descalabros, sangre y dolor que quedaban en el ambiente del partido ganado o perdido. Lo curioso, o grave, es que en los campos de fútbol estas campales se magnifican y son terribles y cruentas, y me han tocado algunas que culminaron en drama, sangre y muerte, casi siempre causadas por las porras y la presencia de alcohol y droga. En todas las ligas de la ciudad, antes, durante y después del partido, el consumo principalmente de alcohol y mota está presente; y por supuesto son la minoría, pero existe y es muy común y popular esta práctica. Por eso muchos programas de prevención de la violencia y la delincuencia, de tipo gubernamental y social, fracasan, porque el deporte no inhibe el consumo, lo promueve, y a gran escala.

Toda esta experiencia previa vino a rendir sus frutos en la escuela primaria, donde se fortaleció la práctica de este bello deporte que, sin saberlo, sería el bálsamo donde todo se cura: la enfermedad, la tristeza, el dolor, y donde se olvida por un instante el hambre para después regresar con más fuerza estrujándonos la panza. Fue en la escuela primaria donde empezó, para mí y para muchos, el fútbol amateur. Estando en la Escuela Primaria Miguel Alemán, un maestro muy aficionado al fútbol formó un equipo llamado Deportivo Pancracio. Recuerdo con mucha simpatía que el uniforme que portábamos era un bóxer blanco como short y una camiseta blanca Fruit of the Loom a la que con marcador negro le poníamos el número en la espalda. Ese fue mi primer equipo oficial.

Después, ya con toda la práctica acumulada con mis hermanos, mis primos y el barrio, pasé a otro nivel: las Ligas Infantiles, específicamente una Liga de Fútbol San José, cuyos campos estaban sobre la Avenida López Mateos entre las colonias Melchor Ocampo, antes colonia Hortensias, y el Fraccionamiento San José. El equipo era los Volcánicos, que tuvo muchos campeonatos y una historia llena de palmas y laureles. Ahí destacó un amigo que era el mejor de todos, un Pelé; su nombre, Sergio Enrique Flores Cardiel, mejor conocido como Checho, dotado de una zurda privilegiada, velocidad y regate. Con él aprendí a moverme un poco mejor en el campo. Hasta la fecha sigue jugando fútbol con la misma habilidad, solo que ahora somos sexagenarios.

Con toda esa práctica llegó ya una cascada de juegos en varias ligas de la ciudad, más o menos siguiendo este orden: Liga de Fútbol San José, equipo Volcánicos; Liga de Fútbol Alianza, equipo Deportivo Bayer Múnich, en los campos de la calle Niños Héroes; Liga de Fútbol Margarita Maza de Juárez, equipo Deportivo Chaveña, en los campos Concretos, hoy Eje Vial Juan Gabriel, en la colonia San Antonio; Liga Veteranos, equipo los Billeteros, en los campos Naíca en el Chamizal; Liga Reforma, equipo Cruz Azul, campos diversos: el Seminario, Ingeniería y Arquitectura de la UACJ, los Hípicos, entre otros; la Interligas en los campos de San Lorenzo con el equipo Cruz Azul; Liga Triunfo de la República, campos en San Lorenzo, con el equipo Perú; Liga Juárez con el equipo Nardo, en los campos del ISSSTE frente a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en el PRONAF; Liga Mayor, jugando en el Estadio 20 de Noviembre con el equipo Real Madrid; Liga Latinoamérica, en los campos de la Avenida del Ejército, donde hoy está un Smart en la calle Mesteñas; Liga Juárez, en los campos de Ejército y Plutarco, que destaca porque en ese torneo participaban dos equipos dentro del CERESO, y era toda una odisea jugar ahí bajo la presión de los reclusos, había el CERESO “A” de muy buen nivel y pesaba la localía, sin embargo no importaba dónde estuviéramos, teníamos que ganar.

También participamos en otros torneos representando a la selección de la liga: Juegos Internacionales Juárez/El Paso, Tx., con el equipo de la Prepa Altavista; Copa Presidente con el equipo Altavista; Torneo Intercolonias; Torneo Estatal del IMSS con la Selección de la Liga Margarita Maza de Juárez; Torneo de Barrios, entre muchos otros.

Un aspecto sumamente importante que hay que señalar es que jugar futbol amateur es un deporte de alto rendimiento por que las condiciones en que se juega son campos sin pasto que son de tierra, barro y piedra, algunos incluso muy arenosos lo que exige una excelente condición física. El clima otro factor que pide un rendimiento físico impecable en el invierno en Ciudad Juárez con temperaturas bajo cero con un aire frio que cala hasta los huesos y en el verano un calor seco que desgasta con temperaturas de 40 grados centígrados a cielo abierto en lugares a veces sin sombra ni arboles cerca y en cuaresma con vientos y terregales que limitan la visibilidad y el control del balón y sin embargo los partidos se llevan a cabo sin ningún problema.

Cabe señalar que he jugado en casi todas las ligas de fútbol soccer en un periodo de 1970 a 2025 y en la mayoría de los equipos he sido campeón. He participado en muchos equipos y no recuerdo todos los nombres, pero algunos son inolvidables: los Volcánicos, el Bayer Múnich, la Prepa Altavista, el Deportivo Nardo, el Real Madrid, el Arroyo Colorado, el Deportivo Chaveña, el Cruz Azul, la UACH, el Perú, Deportivo Indios, Hugo Boots, STAUACJ, el San Patricio, Integra, y muchos más que no recuerdo.

En la actualidad el fútbol amateur se ha transformado. Ahora hay campos con césped sintético y campos con pasto natural, y las retas se convirtieron en fut cinco, fut siete y fútbol de salón. Muchos campos de fútbol soccer cuentan hoy con pasto sintético, que tiene sus ventajas pero también sus consecuencias: es malo para las rodillas, y su superficie dura no permitirá jugar hasta nuestra edad, pues provoca muchas lesiones que no auguran un gran futuro para muchos.

El fútbol llena cada espacio de nuestra vida. Recuerdo que algunos amigos académicos lo ponían todo en perspectiva científica; el fútbol es álgebra, el trinomio cuadrado perfecto; es una ciencia física, tiempo, velocidad, distancia; es química, sustancias y fluidos; es filosofía, alegría; es psicología, mente individual y mente social; es comunidad, es liderazgo, es lenguaje. El fútbol es un concepto de totalidad.

Ahora, viendo en retrospectiva a compañeros que desde la infancia siguen jugando fútbol, es algo indescriptible; vivir, sentir, ver el ritual es una atmósfera con una mística, un sentimiento de elevación con una carga de significados y símbolos que tiene nuestra práctica, y que nos hace valorar más este amor fiel, este sentimiento de realización y libertad que nos embarga cada vez que entramos al campo. Para muchos incluso no es solo el partido, sino también la carne asada, el post partido, los comentarios, los reclamos, las felicitaciones y, como expliqué antes, su respectiva cerveza o cervezas después del juego. Hay también mucha irresponsabilidad en esto; hay compañeros que han muerto en el campo, algunos fuman en el medio tiempo, se emborrachan, y sin embargo muchos argumentan, y algunos anhelan, dar fin a su existencia haciendo lo que más les gusta, el fútbol. Este año puedo contar cinco compañeros que murieron, y a pesar de esto muchos afirman que les gustaría morir igual, y no en la cama de un hospital, solos, abandonados, olvidados, sino sintiendo la pasión y el amor por el fútbol.

 


René Nava es actualmente maestro en la Universidad Adela Cornejo y recientemente jubilado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Cuenta con Maestría en Administración con Especialidad en Recursos Humanos y Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la misma universidad. Con una antigüedad de 40 años en el ámbito de la docencia y la vida académica, ha desempeñado diversos cargos, entre los que destacan director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de 2001 a 2005, secretario académico de la misma facultad, coordinador de la carrera de Ciencias de la Comunicación y director del Centro de Investigación, Desarrollo y Habilidades Mediáticas (CIDEHM). Ha escrito varios textos referentes a su perfil docente, entre los que destacan Visión Retrospectiva: Historia de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales 1959-1979 y Fundamentos de Hegemonía Política Internacional China: 2021.


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