ISSN 2692-3912

El Cuaderno mundano

 

Las palabras

(borrador para un diccionario de filosofía mundana)

 

Nadie crea símbolos ni conceptos
ni metáforas.
Apenas son un don y un fruto.
¿De quién? ¿de los dioses?
¿de nuestros ancestros?
¿de los pueblos que sembraron nuestro idioma
con el filo de una espada?
¿de sus viejas formas de pensar?
¿de sus hábitos y costumbres
sedimentados en sonidos
y trazos mudables?
¿o de esos esforzados homínidos
que experimentaron la lenta emergencia
del lenguaje y la cognición humanas?

Apenas de nadie.

Las palabras no son más que
el don y el fruto de esa indecible urdimbre
de seres y cosas inauditas que
nos han ceñido y modelado con su roce
(rama, grano, pájaro, bacteria, espejo…)
y que hemos ido ciñendo y modelando
en nuestro mundar diario y milenario
(herramienta, semilla, tierra, máquina, raíz…).

Extraños dones y frutos que,
en nuestras manos torpes de simio,
se vuelven ala o cuchillo,
perjurio o sustento,
verdad o veneno.

Si lo pensamos bien, en el fondo,
ninguna palabra es propiamente humana
sino fruto de un encuentro:
el don de la relación.

 

La poesía mundana no rebusca en la intimidad propia. Cuando rebusca en la intimidad es para rastrear los hilos, conductos y tejidos que unen y enlazan lo íntimo con el resto del mundo y de la vida.

La poesía mundana no rebusca en la intimidad sino en las heces, en la basura, entre los bichos y las malas hierbas. Es allí donde encuentra lo íntimo. Una intimidad compartida en la soledad cósmica de un planeta infestado de vida.

 

***

 

Como la mierda, la poesía mundana es mundo y se escurre con el mundo. Como las malas hierbas, germina entre la inmundicia y florece entre las grietas.

 

***

 

Estoy escuchando pájaros que desconozco y creo reconocer (gorriones, estorninos, vencejos…). Ahí están. Piando.

Pía que pía.

Su sonido efervescente araña mi piel con dulzura, se me cuela en la carne y la ata al mundo con los finos hilillos de las terminaciones nerviosas.

***

 

Acaso mi lengua torpe también podría aprender a piarlos a ellos. Sería hermoso rozar sus picos y sus alas, aprender el arte de sus trinos y sus gestos, piarnos mutuamente.

Podría ser (están lejos, pero no tanto). Podría, quizá, plantar mi tienda de campaña en el jardín, ocuparlo discretamente durante un año o un verano, ganarme su confianza, aprender sus signos, adiestrar mi lengua y mi garganta, mirar y escuchar con atención y paciencia minuciosas…

Lo sé, todo esto no es más que una majadería ociosa. Pero creo que al imaginarla estoy percibiendo algo esencial y recóndito de esos pájaros, de estos trinos.

 

***

 

Aquí no es de nadie ni nadie es de aquí.

Ser de aquí (de cualquier lugar, de este jardín) es un incesante acomodo entre extraños. Buscar formas de hacer nidos en este desconocido país de pájaros. Un hambre de permanencia en una tierra siempre extranjera.

Aquí soy. Soy de aquí.

 

 

El tránsito

San Diego, 12 de junio de 2019

 

La presencia contundente de una buena mierda
de cualquier especie —su olor, su textura, su forma y color,
su festival de vida bacteriana, su promesa de fecundidad vegetal—
tiene el poder de seducirme, de reclamar por unos momentos
toda mi curiosidad y mi aprecio.

Todavía más me seduce su cálida y jugosa caricia
al emerger lentamente por mi recto.
Ese instante feliz en el que la mierda anuncia su propio ser
sin dejar de ser parte de ese incesante tránsito sustancial
que nos hace y nos deshace.

Nunca olvidéis, mi gente, que también somos esa mierda que nos transita.
El tránsito lento e incesante de la digestión y la defecación.
La mierda gozosa y ruda que nos ata al mundo y nos recuerda
que seguimos viviendo y mundando y que somos mundo también.

Ni puras almas ni espejos de dioses.
Nada más que una especie de mierda.

 

 

La nada

 

A la memoria de los desaparecidos

en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Luis de Góngora

San Diego, 7 de julio de 2019

 

Pongamos las cosas en perspectiva.
Millones de años de lentísima y minuciosa evolución,
de tenaz y creativa adaptación a un hábitat asimismo cambiante,
de danza áspera y delicada con el resto de la vida

Para llegar hasta aquí.
A esta única vitalidad.
A esta belleza sin par de cuerpos milagrosamente únicos,
de cuerpos y vidas singularísimamente acopladas al aquí y ahora del mundo.

Y todo ello, en tan solo un segundo, queda arrasado para la eternidad.
Como lo fue Cartago bajo el odio y la sal corrosiva de Roma.
Como lo fue Tenochtitlan bajo la codicia y el fanatismo de mis ancestros.
Como nuestro cadáver que será humo, polvo, sombra y nada.

Pero no. No sirven estos símiles.
Aunque se parece, la extinción de una especie
(guacamayo glauco, homo floresiensis, bisonte del
Cáucaso) es algo todavía más absoluto y radical que
la muerte de un individuo o la destrucción de una civilización.

Probemos con otro.
Un agujero negro que absorbe y aniquila mundos o planetas.
Un agujero negro que aniquila no sólo el agitado
corretearde la existencia individual
sino también esa inacabable y acrobática carrera
de fondo que es la vida de la especie:

la sucesión perpetua y amorosa de los cuerpos,
la memoria y partitura inmemorial de los genes,
las posibilidades de inventar prodigios
y cambiar de nuevo el paso en la danza de los cuerpos con el mundo.

Con la aniquilación de una especie
(lucio azul, paloma migratoria, rana dorada)
en cualquier ignorado rincón de la Tierra
la vida toda se vuelve nada.

Agujero negro, vacío cósmico,
sombra de sombra, nada de nada.

Pero no. Para qué insistir con metáforas inútiles.
El vació de esta ausencia solo se podría nombrar
con la lengua de los vencidos, en lenguas muertas y extranjeras
que ya nunca habremos de conocer.

 

 

Daniel Ares López nació en el barrio del Puente de la ciudad de Lugo (Galicia) en 1978. Tras estudiar Filología Hispánica en su ciudad natal, comenzó (como tantos jóvenes españoles de la más reciente diáspora) una vida migrante que lo llevó a diversos puntos del Norte global: Edimburgo, Madrid, Málaga, Kansas, Texas, Wisconsin y, finalmente, la ciudad fronteriza de San Diego en el sur de California. Tras doctorarse en literatura y estudios culturales en la Universidad de Wisconsin, Daniel es profesor en la universidad estatal de San Diego. El cuaderno mundano es su primer libro de poesía y el primer volumen de un proyectado ciclo de eco-poesía y escritura creativa ambiental de título homónimo.

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