ISSN 2692-3912

Cuarto tipo

 

 

Uno

Es a mis padres a los que en gran parte les debo mi gusto por la música clásica. Me gusta escucharla cuando trabajo, pues no me distrae tanto como la música más popular, que también me encanta, pero me pone a cantar o a bailar y no quiero que me corran de mi chamba.

            No soy muy exigente, con YouTube me basta y sobra, aunque a veces me llega a fastidiar el exceso de comerciales, ni modo. Igual que a muchos, se me ha abierto un universo repleto de compositores, instrumentos, piezas e intérpretes que le dan buen sabor a los días en que todavía respiro.

            En cierta ocasión estaba buscando un conciertito qué escuchar mientras me aventaba una traducción. Me llamó la atención la «portada» de un video, pues mostraba a dos chicas sentadas a un piano en medio de un bosque. Vi el video por unos minutos y lo descarté, era algo como un documental, pero también incluía el conciertito.

            Pero, un buen día, simplemente, sin pensarlo mucho, seleccioné uno de los primeros videos que se me apareció al abrir YouTube. Era un concierto para piano de Schumann (La menor Op. 54). Me llamó la atención el rojo intenso del vestido de la pianista, a veces el rojo es mi color favorito, que contrastaba con su oscura cabellera. Me puse a trabajar, pero la música me fue cautivando, así como la intensidad de la ejecución de la pianista, que observaba con el rabillo del ojo. Me fijé en su nombre Khatia Buniatishvili.

            Empecé a trabajar cada vez menos y a ver el concierto cada vez más. «Luego recupero el tiempo en la hora del almuerzo o más tarde en la noche», pensé. ¡Qué forma de darle al piano! Me encontraba embelesado. Pues no sólo la música y la ejecución eran buenas, la pianista era muy atractiva. No era esa beldad a la nos tienen acostumbrados los medios, sino mucho mejor: inusitada. Su forma de ver y sonreír hacia la orquesta que la acompañaba era para mí algo nunca visto. En los días siguientes empecé a buscar más videos tecleando su nombre en el campo de búsqueda de YouTube: Khatia era una de las chicas del video del concierto de piano en el bosque, la otra chica al piano era su hermana, Gvantsa.

            Luego, otro buen día, no sé como, pero apareció en mi muro de facebook un anuncio —qué novedad— que en mi vida hubiera esperado, ¡Khatia Buniatishvili iba a presentar un recital para piano en el Folly Theater de Kansas City el 17 de abril! No podía creerlo, a estas alturas ya me había vuelto más que su fan, fanático a la potencia de googleplex.

            No he comentado que Khatia es una estrella de la música clásica, ha tocado por medio mundo y es muy aclamada. Creció en Georgia, una de las exrepúblicas de aquella U.R.S.S. que ya no existe, y actualmente vive en París.

            Lo primero que hice fue decirle a Lily, mi esposa, que estaba interesado en ir al concierto de Khatia. Lily y las nenas, mis hijas, no se mostraron muy entusiasmadas, pues el concierto era en miércoles, no muy conveniente que digamos. También le pregunté a mi suegro, Jerry, si de casualidad mi suegra había comprado boletos —a veces compran abonos de temporada— para ese concierto específico y, que, si los tenía, que me apartara uno, pero no hubo éxito, para ese concierto no tenía nada.

            Me puse a ver los boletos en línea, todavía había. Le dije a Lily que me iba a comprar uno y que iba a ir yo solito y mi alma al recital. Básicamente Lily contestó, «Órale». Entré en línea y di el tarjetazo de crédito respectivo, encontré un lugar en la cuarta fila a la izquierda, «buenísimo», pensé. Estaba a buen tiempo, todavía faltaban como unos diez días para el concierto. Además de que mi boleto costó mucho menos que el dinero que se gastaron mi hija Lucía y su amiga para ir hasta Chicago, con Julia, mi hija mayor, de chofer, para asistir al concierto de un grupo de K-Pop llamado BTS. Así que, sin andar arrastrando culpas, me iba a dar mi gustito. Iba a tener el privilegio de escuchar a Khatia en vivo y en directo.

Dos

Es la madrugada del día del concierto de Khatia. No duermo. No estoy nervioso ni inquieto, solamente pienso, «No puedo creer que voy a ver a Khatia tocar en vivo». Como mantra, el pensamiento se repite una vez tras otra en mi mente.

            El programa que va a interpretar está en línea y lo he estado escuchando por completo todos los días mientras trabajo. Su primera pieza es una sonata de Schubert de cuatro movimientos. Al principio se me hizo muy pesada, solo el primer movimiento dura 20 minutos, pero le voy agarrando un sabor tremendo a medida que pasan los días. Aparte de la sonata, que cubrirá la primera parte del recital, en la segunda parte interpretará otras piezas de Schubert y un par más de Franz Liszt. La única que me suena familiar es Standchen de Schubert, con arreglo de Liszt, muy bella y melancólica.

            Llego a la oficina, a estas alturas las piezas ya me han conquistado, al escucharlas siento todo y nada, estoy y no estoy en mi ser, pero a la vez sigo trabajando, no sé cómo lo hago. Supongo que mantener a mi familia es un buen aliciente. El día en la oficina transcurre sin novedades.

            Tengo tiempo para ir a nadar antes de llegar a casa para la cena. Mientras nado mi kilómetro acostumbrado, braceo y pataleo obsesionado con la mente enfocada en el recital que se aproxima, pero me acompaña una paz tremenda, para mí, inexplicable.

            Ceno con Lily y Lucía, mi hija, después de un rato me levanto de la mesa y les digo que ya es hora de irme al recital de Khatia. Me pongo mis pantalones caquis, mis calcetines rosa mexicano —mi toque personal— una camisa blanca y mi saquito beige de segunda mano con el que siempre creo que me veo divino y cosmopolita, aunque tal vez me vea todo lo contrario.

            Agarro un libro de caricaturas de Quino, el creador de la tira cómica Mafalda, de Argentina, por si hay la oportunidad de mostrarle y pedirle a Khatia que me firme una caricatura del libro —a veces los artistas firman autógrafos al final de los conciertos—. La caricatura —que quiero mostrarle a Khatia si hay oportunidad— muestra un pianista que está detenido, sorprendido, en el umbral de la puerta para entrar al escenario, al darse cuenta que parte del público está  bailando en el escenario —algunas parejas se están bajando a sus asientos avergonzados— antes de empezar el concierto al compás de otra persona del público que, avergonzado, está dejando de tocar el piano al ver la cara de sorpresa del pianista.

            El librito había estado años en el cuarto de los libros en la casa de mi familia en México; ya estaba muy traqueteado, y una vez me lo traje a mi casa en Kansas para que mis hijas lo vieran. En una ocasión se lo presté a una compañera traductora de francés y le traduje los textos de español a inglés —que escribí y pegué usando esas notitas amarillas post-it—, para que ella las pudiera entender.

            Creo que a Khatia, le va a gustar la caricatura y espero que al menos la haga sonreír. En un rincón perdido de mi cerebro, reside el recuerdo de uno de Los Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende, donde Horacio Fortunato, el personaje desesperado por entablar conversación con Patricia Zimmerman, la mujer con la que ha quedado cautivado y quien ignora sus avances, acaba por llevarle a ella todo un circo a su jardín, para que ella, por fin, termine por reír y acercarse a platicar con él. Yo nomás quiero que Khatia se ría un poco y, con esto, no se olvide tan rápido de mí: un mexicano cincuentón que ha quedado prendado de ella.

            Me despido de mis mujeres y me subo a mi carrito.

* * *

En la casa en que crecí, mi Madre, Elvira, tenía unos rosales en su jardín. Aparte de bonitos, eran muy convenientes para mis andanzas juveniles. Pues antes de ir a hacerle la lucha a alguna representante del sexo opuesto, agarraba yo unas tijeras y cortaba una rosa para llevársela a la chica en cuestión. Recuerdo que también usaba las rosas como moños para regalos cuando salía corriendo a algún cumpleaños de alguna conocida.

            Ya más grandecito, todavía solterito, regalé por aquí y por allá alguna rosa cuando me daba un ataque de espontaneidad en situaciones que no voy a describir aquí, porque me voy a salir más del cauce de esta crónica.

* * *

            El Folly Theater en el centro de Kansas City, hace contra esquina con lo que sería el equivalente a la plaza de armas de cualquier ciudad en México, queda a unos 15 minutos de mi casa, si no hay tráfico. Al inicio del trayecto paso cerca del supermercado donde compramos nuestros abarrotes. Sin pensarlo mucho, en franco ataque de espontaneidad, me estaciono, entro al mercado y compro una sola rosa.

            Después, mientras manejo, pienso, «Creo que va a estar bien si le aviento una rosa a Khatia al final del concierto. ¿Cuándo se la arrojaré? ¿Me la van a quitar a la entrada? ¿Me van a sacar del teatro? Es algo tradicional, ¿no? ¿Lo hacen aquí en Estados Unidos? Tal vez Khatia está acostumbrada a que le den docenas de rosas, una sola rosa se le va a hacer un gesto muy tacaño. ¿Y si por accidente le pego en la cara a Khatia al aventarla? O mejor no se la aviento, mejor me levanto y se la ofrezco de pie. Pero a lo mejor le dan un ramo de flores y ya no tendría chiste darle una pinchurrienta rosa. A lo mejor me detienen unos guarros». Me consumen las dudas. Concluyo, «Al cuerno, la vida es corta, a como salga».

            No me gusta pagar estacionamiento en el centro, ahí sí que me da la tacañez pura. Me estaciono a una cuadra del teatro, de reversa, paralelo a la banqueta, con maestría, de tal manera que queda un espacio como de cinco centímetros entre mi carro y cada uno de los otros dos entre los que lo he estacionado (mi Madre me enseñó a hacer esto). Lo tomo como un buen augurio. Camino con rosa y libro de caricaturas en mano. La rosa viene envuelta en celofán, la desenvuelvo, tiro el celofán en un bote de basura público y me pongo a quitarle las espinas al tallo, pues no quiero que Khatia se vaya a lastimar las yemas de sus talentosos dedos.

            Entro al teatro discretamente, con rosa en mano y libro bajo el brazo, ya hay gente amontonada en el vestíbulo. Esto ayuda a que pueda contrabandear mi rosa. Como ya he venido a este teatro en otras ocasiones, incluso pude llevar a mi Mamá al menos a un par de conciertos cuando nos visitaba, no tengo problemas para encontrar mi asiento. Le pido a la acomodadora una pastillita para evitar toser, no quiero acompañar a Khatia con los ruidos de mi ronco pecho. Estudio el escenario, Khatia me dará la espalda, pero veré como se desplazan sus dedos por el teclado. Pongo la rosa y el libro en mi regazo y espero con tranquilidad. Dos viejitas se sientan cada una a un lado de mí. La de mi izquierda viene con su marido, la de la derecha viene solita. Trato de determinar mi estrategia para aventar la rosa o acercarme al escenario al final para ofrecérsela a Khatia. Se apaga la luz, anuncian a Khatia por el sistema de sonido. «Ni un méndigo presentador», pienso, «¡Como han sido capaces de tratarla así!». Pero tal vez Khatia misma ha pedido que así lo hicieran.

            Khatia, sola y su alma, sin mayor ceremonia, sale por una puerta a la izquierda del escenario. Lleva puesto un vestido gris oscuro o negro, me parece que es de terciopelo, con tiras en los hombros que le cruzan la espalda y dejan sus brazos al descubierto. El vestido es ceñido al cuerpo, como de bailaora de flamenco, es decir, ceñido hasta las rodillas de donde emerge una falda que le llega hasta el piso. Se ve increíble. Aplaudimos a rabiar, yo creo que ya nos tiene conquistados. Hace una reverencia, sonriendo, y se sienta al piano. Me maravilla como se acomoda con la falda para poder pisar los pedales. Estoy pasmado. Solo esto, tenerla en persona a unos metros, hace que me invada un gran contento.

            Se hace el silencio. Khatia se concentra y aproxima sigilosamente sus manos al teclado, está a punto de empezar.

Tres

Flotan en el aire los primeros, dulces, acordes de la sonata de Schubert. Luego llega ese trémolo serio que ya esperaba. Hemos zarpado. Estoy inmóvil como estatua, con los codos recargados en los brazos del asiento. Respiro de la forma más leve posible, soy un yogui improvisado. Mis oídos, sedientos, inhalan las notas. Cierro los ojos un rato y me dejo llevar en un barquito de papel por el riachuelo de la melodía, pasamos por remansos, vericuetos, uno que otro rápido y a veces nos detenemos por un segundo, para después continuar.

            Abro los ojos, la viejita sentada a mi derecha está con la cabeza inclinada, jetona. De repente, se escucha que alguien tose, luego otra tos, y otra. No es una tos aislada, es un relevo de toses. ¡Qué va! Es un congreso de toses en el que todos presentan su ponencia como diciendo, «Yo sí traigo algo relevante que aportar». La gente se reacomoda en sus asientos, que son viejos, como el teatro, y los rechinidos acompañan a Khatia en un contrapunto fuera de ritmo. Disfruto de los crescendos, pues opacan la aportación del público. Khatia no se inmuta, está en lo suyo, dándole con todo. Sigo su ejemplo y me concentro en lo mío, lo logro.

            Al comenzar el segundo movimiento, que es un andante sostenuto (relativamente lento y, a mi entender, sosteniendo las notas por un ratito), me fijo en sus dedos que se posan de una manera increíblemente delicada, como copos de nieve, en las teclas, para emitir una suavidad indeleble. Ahora sí que tose un señor, como si le pagaran, sin parar, como por 10 minutos, no se sale del teatro, tal vez se encuentra en los últimos estertores antes de entregar el equipo, favor que nos haría. Khatia continúa concentrada. Mi familia y amigos, sobre todo mi esposa, saben que soy muy distraído, pero logro seguir a Khatia —una vez que la tos ha amainado— hasta el final. Los otros dos movimientos son más alegres y llegamos al final de la sonata, que ella remata con un gesto airoso de su brazo izquierdo. Reventamos en aplauso, agradece con una reverencia y sale por la misma puerta por la que entró.

            Intermedio. Salgo al vestíbulo buscando la mesa que siempre ponen para vender discos compactos del artista de la noche, ya que Lily me había recomendado que comprara uno para luego escucharlo en casa. La mesa está puesta, pero vacía. Nadie está vendiendo cé dés. Tomo un poco de agua, estiro las piernas y regreso a mi asiento junto a la viejita que ahora está despierta.

            Durante la primera parte del recital me di cuenta de que tres o cuatro asientos de la primera fila en la sección central habían estado vacíos. Como quien no quiere la cosa, me levanto muy discretamente y paso por la primera fila de mi sección. Veo a una señora que tiene dos cé dés de Khatia en sus manos y le pregunto que donde los consiguió, me dice que los estaban vendiendo en una mesa, afuera. «¿En la calle?», pregunto estúpidamente, pues no sé donde más pudiera estar la bendita mesa. «No, en el vestíbulo.» —me contesta— con un acento que se me hace medio europeo oriental, y le comento que ya no hay nada, que se han de haber agotado los cé dés, y le doy las gracias.

            Me siento como si nada, con gran seguridad, con mi rosa y mi librito, en el segundo asiento de la primera fila. Creo que mi seguridad es tanta, que una señora rubia, dos asientos a mi derecha, me pregunta si alguien está ocupando los dos asientos entre nosotros. Le digo que me acabo de mover a este asiento y que lo había visto vacío desde que empezó el concierto. Ella, riéndose, me dice que ella y su marido estaban arriba en el balcón y que, al ver los asientos vacíos, lo convenció de irse a sentar en la primera fila. Me río también, pero a la vez volteamos para todos lados, con una actitud de clandestinidad. Me dice que su marido, parado a mi izquierda, no se siente nada cómodo con haberse afanado los asientos vacíos. Él está como vigilando que no vaya a venir algún acomodador a sacarlos de ahí. Yo le contesto a la señora que mi mujer es igualita a su marido, que le mortifica hacer este tipo de cosas, pero que yo he decidido aprovechar mi mexicanidad y mi experiencia familiar para mi propia causa: sentarme lo más cerca posible de Khatia y de su música.

            Me dice la señora que ellos vinieron desde Omaha, Nebraska, como a tres horas de Kansas City, solo para venir al recital de Khatia. Agrega que la empezó a escuchar en YouTube y le digo que a mí me pasó lo mismo, que no pude dejar de escucharla y que, afortunadamente yo vivía en esta área. Me empiezo a sentir como si estuviéramos en una versión musical de Encuentros cercanos del tercer tipo, donde, debido a un encantamiento común, acabamos reuniéndonos todos en este viejo teatro para tener uno —si tenemos suerte— del cuarto tipo con Khatia.

            Apagan las luces y apresuradamente, todos se acomodan en sus asientos. Vuelve a salir Khatia y, sin pronunciar palabra, se lanza a tocar la primera pieza, Standchen, que es bellísima. Entro en una ensoñación tremenda, cierro los ojos y confirmo el ritmo sutilmente con la cabeza a pesar de que la tengo tan grande. Me invade una gran paz y alegría. Sí, me encuentro en un estado de gracia.

            Abro mis ojos, las manos de Khatia saltan una sobre otra por el teclado, como ovejitas. Es un momento para los que uno no está preparado, simplemente suceden y ya tengo unos microgramos de sabiduría como para no dejarlo escapar, lo vivo.

            Pero no todo es corderos y dulzura, en partes de las piezas siguientes las manos de Khatia se han vuelto titanes que merodean a grandes, rápidas y sonoras zancadas por el camino blanco y negro de las teclas, extrayéndole una intensidad al instrumento que yo solo podría hacerlo si me pusiera mis botines de danza y me echara un zapateado jarocho encima de la tapa del piano, ahí sí que apenas le empezaría a rascar los talones a esta gran pianista.

            Esta segunda parte del programa es más ligera, las piezas alimentan nuestros oídos con sus historias y Khatia termina, otra vez, con un gesto airoso de esos con los que los pianistas rematan sus finales.

             El público empieza a aplaudir de pie, en éxtasis. Khatia se pone una mano en el pecho y hace caravanas. Mira al público en general, arroja besos con las manos. Yo, con mi mente, le digo, «Mírame, mírame», a ver si así me animo a darle la rosa.

            No sé si aventarle la rosa. No me animo. Me da un ataque de indecisión. Finalmente me decido: «Mejor me espero al encore, es decir, a que toque la otra, la canción del pilón, fuera de programa, para complacer a este alborotado público del que formo parte. Khatia sale a agradecer un par de veces más y se sienta nuevamente al piano. Callamos. Interpreta una pequeña melodía muy dulce, semillitas de diente de león al aire. Termina como la llama de una velita que se ha consumido sola, sin ayuda del viento. Tronamos en un aplauso.

            Khatia se desplaza rápidamente hacia la izquierda del escenario. Justo cuando está a punto de salir por la puerta, hago el peor lanzamiento de una rosa que se haya visto en el planeta. La tiro como si estuviera echando un sombrero a un sofá, como un disco, pero la rosa no es un disco y cae, como un trapo viejo, a espaldas de ella al salir. Me maldigo y doy de topes en la cabeza, me digo, «Tenía que ser yo, para variar. Nunca te compusiste. ¡Pinche!». Comienza el murmullo típico de la gente que se apresta para salir de un teatro después de un evento. Pero todavía hay gente aplaudiendo.

            En eso, inesperadamente, Khatia vuelve a salir, y, gulp, lo primero que ve, con un gesto de sorpresa, es ¡la rosa en el suelo! Se agacha y la toma en sus manos. Yo me estoy disolviendo como la Bruja del Oeste cuando Dorothy le echa agua en El mago de Oz. Khatia mira hacia el público inquisitivamente. Reacciono. No recuerdo con cual de mis manos lo hice, pero con una apunto con mucho entusiasmo a la rosa y con la otra me doy de palmadas en el corazón. Creo que estoy brincando como el día en que vi el eclipse solar. Khatia camina hacia mí mientras todos siguen aplaudiendo y, ¡me ofrece su mano para estrechármela! ¡Muero!

            Me quedo mudo, pero, como ya saben los que me conocen, no por más de un milisegundo. No se me ocurre otra cosa más que decirle, gritarle, en medio del alboroto, en francés: Je t’aime ! Je t’aime ! (¡Te amo! ¡Te amo!) como menso. Ella me sonríe y se va al centro del escenario a hacer su caravana final, tira besos y se toca el corazón. Sale por la puerta con su rosa.

            Ya no sé más de mí.

Cuatro

Khatia ha dejado el escenario. Por el sistema de sonido anuncian que habrá una sesión de preguntas y respuestas e invitan a los que quieran quedarse a arrimarse a los asientos más cercanos. Si por mí fuera, me sentaría en el banco del piano.

            Pasa un rato, y finalmente sale Khatia acompañada de un hombre, uno de los organizadores del evento. Se sientan en dos sillas al centro del escenario, micrófonos en mano. Khatia se ha cambiado y ahora viste un vestido informal, gris oscuro —según yo— de los que les dicen acá homedress, es decir, con cuello, de manga corta y falda que llega hasta media pantorrilla. Khatia cruza las piernas, lucen medias de red que rematan excelentemente contra unos zapatos de charol rojo y negro, con muy buen gusto, muy chic; de París tenía que venir.

            Yo todavía sigo menso por la experiencia de la rosa, así que nomás me dedico a escuchar. Me imagino esta sesión un poco como una primera cita, donde ella y yo estamos sentados a la mesa de algún café —en París o en Texcoco— yo con una senda taza de leche pura, porque no aguanto el café, remojando una dona. Cuando el hombre sentado junto a Khatia nos invita a hacer preguntas, pienso que le estoy diciendo a ella —en mi mesita imaginaria—, «Háblame de ti». El único detalle es que en realidad nos acompañan otras doscientas personas que se quedaron a la sesión de preguntas, las imagino a cada una con su tacita de café aglomeradas junto a nosotros alrededor de la mesita.

            Empiezan las preguntas, he aquí algunas de sus respuestas, parafraseo:

            —No es tanto una cuestión de practicar intensamente para mantener la técnica. Es más bien una cuestión cerebral, el movimiento muscular es resultado del cerebro, al final es cuestión de reflejos.

            —No, no siento que haya desperdiciado mi niñez y juventud metida en el piano. La música es un universo en el que soy feliz. Cuando lo abandonaba, la gente me decepcionaba, y por eso no siento que me perdí de nada.

            —Mi ciudad favorita de Estados Unidos es New York. Cuando fui por primera vez, de alguna manera ya la conocía, es fascinante conocer una ciudad antes de visitarla. Ah, claro, ahora Kansas City está en mi lista de ciudades favoritas (risas).

            —No, no he probado las famosas costillas de Kansas City, no como carne. Me hubieran preguntado hace un par de años.

            —La gente es la gente, tiene que respirar. Tose. No me molesta, es natural.

            —Cuando preparo una pieza, no escucho otras versiones. Estudio la partitura y trabajo en ella para interpretarla a mi manera.

            —Sí, mi hermana es un gran ser humano, tocamos juntas, pero más que nada en Europa. No, no tenemos nada programado para tocar juntas en los Estados Unidos.

            —El año pasado iba a tocar en Los Ángeles con (Gustavo) Dudamel, pero me enfermé y no pude hacerlo. Pero este año sí lo haré.

            —Hablo cinco idiomas: georgiano, ruso, francés, alemán e inglés.

            Tras la última pregunta, nos avisan que Khatia firmará autógrafos en el vestíbulo. Salgo de mi ensimismamiento y me levanto ágilmente para ir a agarrar un buen lugar.

            Ya hay gente en la fila, soy como el sexto. Llega Khatia y se sienta a la mesa. Escribo mi nombre, Chucho, en un papel que traigo y luego lo escribo, según yo, en ruso, con el alfabeto cirílico, ЖУЖО. Todavía no puedo creer que voy a hablar con ella. Tengo preparado también mi libro de caricaturas. Qué ganas de que se activen algunos de los genes que comparto con mi gran Tío Joaquín, el hombre más encantador con las mujeres que he conocido en mi vida. Él se las hubiera arreglado para convencerla de ir a platicar a algún restaurante. Yo, simplemente quiero evitar decir una estupidez. Por fin, tras unos momentos interminables, es mi turno.

            Khatia me reconoce inmediatamente. Le suelto un «Enchanté de vous connuir !», encantado de conocerla, en francés malón, pues debió haber sido connaître i y no connuir. Rápidamente le digo que es todo el francés que sé. Lo primero que me dice, en inglés, es «Muchas gracias por la rosa». Y no, no lo dice nomás por decirlo, lo dice sonriendo, sinceramente. Hasta yo, que soy bien despistado, lo percibo. Floto de gusto. Le contesto algo como, «No es nada, al contrario, tú música es el regalo de verdad». Le muestro el papelito con mi nombre en Chucho y en «ruso». «Ah, ¿quieres que te lo dedique en ruso?», me pregunta. Me espanto y pienso, «¡Ya la amolé! ¡No voy a entender lo que me escribió!». Pero le digo tranquilamente que lo escriba en inglés, por favor.

            Se pone a escribir en el programa que le he dado. Mientras, busco la caricatura en el libro de Quino. La tengo marcada con un papel, pero mis manos están bien torpes por los nervios. Ella levanta la vista y le digo, «Mira esto, nomás tomará unos segundos», el tiempo apremia, pues hay como 60 personas detrás de mí. Ella mira la caricatura con atención, pero la luz no es muy buena y es algo difícil apreciarla. Dice, «Ah, caricaturas, ¿conoces a Sempé?». «Claro que conozco a Sempé», le digo, pero no es el momento de tener un panel de discusión sobre Sempé, si no, me van a correr a patadas.

            Pongo mis dedos sobre el libro y, espontáneamente, le digo, «Es para tí». Ella se sorprende y dice, un poco apenada, «No, no puedo aceptarlo». Insisto, y le digo que es un libro viejito, que tiene un par de caricaturas más sobre músicos, que lo han disfrutado muchos en mi familia y que, además, está en español, pero que le he pegado notitas con traducciones en inglés para que lo pueda entender. Sonríe, lo acepta y me da las gracias.

            Finalmente, antes de que me corran, le pido al joven en la fila detrás de mí que, por favor, nos tome una foto con mi celular. Me pongo al lado de Khatia, ella me ofrece sus manos, como si la fuera a sacar a bailar —ese tesoro que son sus manos—. Me acerco a ella y toma mi mano derecha entre las suyas. Pongo delicadamente mi mano izquierda en su espalda —es mi turno para pretender que mis dedos son copos de nieve—. Lo hago muy delicadamente y con todo el respeto del que soy capaz, pues no quiero provocar un incidente #metoo. Nos sacan la foto y me empiezo a apartar. Khatia ofrece su mejilla y, afortunadamente, sé que hacer —he practicado esto al saludar o despedirme de mis compañeras de trabajo cuando nos visitan desde Europa—, y nos despedimos con dos inolvidables besos, uno en cada mejilla.

            Me despido agradeciéndole que haya venido hasta acá. La verdad, quiero decirle que la amo, que me quiero casar con ella y tener sus hijos. Quiero llevármela en el bolsillo de mi saco para que esté siempre conmigo. O, mejor aún, quiero que me lleve en su maleta, para poder acompañarla por todo el mundo en sus conciertos y echarme debajo de su piano mientras practica y dedicarme el resto de mi vida a solo escucharla. Soy el niño que quiere dejar su casa para irse para siempre con el circo que ha pasado a presentar su espectáculo en un pueblo perdido. Soy un Karenino irremediablemente seducido por la música de Khatia Vronsky, me veo residiendo en Italia, donde terminaré tristemente mis días y posteriormente me echaré un clavado frente al tren en Kansas City. Quiero todo, todo, todo… No quiero que la historia termine aquí, lo único que me queda es inventármela a partir de este momento, tendré que escribir un cuento o una novela para ver adonde me llevan los personajes y ver en qué acabó todo. Será un relato pésimo, pero será mi relato. Solo así podré tener, lamentablemente, por lo menos una pizca del todo.

            Ella me sonríe por última vez y dirige su atención a la siguiente persona de la fila.

            Salgo del teatro, levito, estoy mareado de felicidad, casi exactamente igual que la noche que volví a casa después de haber salido por primera vez con Lily, mi esposa, antes de casarnos.

            Ya en casa, es imposible que Lily no note que estoy extasiado. Se encuentra leyendo en el sofá del cuarto de la tele. Le digo que estoy como burro sin mecate, que la experiencia fue una de las mejores en mi vida. Y le cuento incoherentemente lo que puedo. Duermo como un bendito.

* * *

            Es sábado por la mañana, de ese miércoles de encanto. La resaca de felicidad continúa con intensidad. Estoy en la fiaca, en cama con Lily. Platicamos. Le digo, «Tengo algo qué confesarte». Me contesta, «¿Si?». Voy con mi hacha, «Creo que estoy un poco enamorado de Khatia». Lily sonríe, me dice, «You are starstruck», estás encandilado. Asiento.

            Me pregunta, algo como, «Entonces ya se acabó lo nuestro, ¿no? Eres de ella». No contesto, nomás levanto las sábanas, «¿Quién está aquí contigo debajo de las sábanas?». Silencio.

            Rompo el silencio, «Eso sí, si se diera el caso de ir a París, ya no me regreso. Buscaría la casa de Khatia y me pararía enfrente a esperarla como Freddy Eynsford-Hill espera a Eliza Doolittle en la comedia musical My Fair Lady, Mi bella dama. Aunque lo más probable es que me metan al bote por acoso». Reímos.

           Después lo pienso bien, la palabra starstruck puede significar literalmente golpeado por una estrella. Creo que este significado es más adecuado en mi caso, es como si el sol se hubiera acercado a la tierra a la distancia exacta para darme un trancazo en el corazón. ¡Qué va! ¡Qué sol ni que nada! Me pegaron todas las estrellas del universo con hoyos negros y toda la cosa.

El autógrafo decía, en inglés, «Para Chucho: gracias por la encantadora rosa, Khatia».

 

 

José de Jesús Márquez Ortiz (Culiacán, Sinaloa, 1962). Creció en Texcoco, Estado de México. Estudió y trabajó en el área de investigación de cultivo y mejoramiento de alfalfa hasta 1998 en México y Estados Unidos. Amo de casa y cuidador de niño con capacidades diferentes hasta 2001. Analista de datos de investigación gerontológica y de mercadotecnia en Kansas City hasta 2007. Empezó a traducir del inglés al español desde los 13 años, ayudando a su madre. Actualmente lleva 14 años ganándose el sustento como traductor de software y documentación para sistemas de salud en una empresa de Kansas City. Escribe cuando puede, para compartir sus “rollos” con familia y amigos. La mayoría de sus publicaciones son científicas. Escritor en ciernes. Su objetivo es compartir sus escritos a un nivel literario. Totalmente empírico en lo que se refiere a ser padre de familia, tocar el piano y la guitarra, y hornear pan con harina de trigo cultivado en Kansas, aunque también en ocasiones ha llegado a hacer tortillas de maíz con sus hijas.

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