ISSN 2692-3912

Londres: Sin mensajes para la eternidad

Llegué a Londres el jueves 25 de julio de 2019. A los pocos días cayó del cielo un migrante keniano. Los periódicos dicen que venía en un avión procedente de Nairobi. También afirman que era un “polizonte”; la noticia se concentró en el testimonio del propietario del jardín donde cayó el cuerpo, en Offerton Road: “Miré atentamente y vi que había sangre en todos los muros del jardín, fue cuando comprendí que aquel hombre había caído, estaba como un bloque de hielo”. La línea aérea Kenya Airways simplemente emitió un boletín en el que aseguró que el “polizonte” viajaba en el tren de aterrizaje del avión y que esto era muy peligroso por la falta de oxígeno y el frío extremo que se generan cuando el avión alcanza la altitud de crucero, finalmente especuló que el migrante pudo haber muerto antes de que cayera su cuerpo sobre la ciudad de Londres.

          El cuerpo siempre solo del migrante keniano, un “bloque de hielo” en los informativos; un cuerpo espectral cayendo sobre algún jardín privado de Londres; un cuerpo en la soledad de una caída que es interpretada como desesperación inservible, suicida, inexplicable.  Ningún refugio de vida para los muertos que cruzan desde las ex colonias inglesas; cuerpos ininteligibles de otros mundos a los que nunca se les deja preguntar, responder, decir, significar su propia caída. ¿Saben dónde queda Kenia? ¿Qué es Londres cuando los migrantes desesperados caen de los aviones en su soledad tenebrosa de “bloques de hielo”?

           Ninguna pregunta de algún agente del Home Department (Ministerio del Interior del Reino Unido): ¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde naciste? ¿Cómo y cuándo entró tu cadáver a Inglaterra? ¿Qué responsabilidad crees que tiene nuestro país y su protectorado decimonónico en la miseria de tu pueblo, de tu familia, de tu barrio? ¿Tu caída es culpa de tus padres o de tu familia o de tus amigos o de tu novia o de tu gobierno o del capitalismo financiero que sonríe candorosamente desde Canary Wharf? ¿Pensabas colocar una bomba en Liverpool Street o en Charing Cross? ¿Perteneces a alguna célula terrorista? ¿Es verdad que en Mathare, tu barrio, viven 600 mil personas en ocho kilómetros cuadrados? ¿Sabías que tu país tiene un bajísimo nivel de vida en relación a los 196 países del ranking de PIB per cápita?

          En octubre de 2015, el viceministro de Inmigración británico, James Brokenshire, miembro también del Partido Conservador, afirmó lo siguiente: “A cualquiera que pensara que el Reino Unido es blando, no deberían quedarle dudas: si usted está aquí ilegalmente, vamos a tomar medidas para impedir que trabaje, alquile un piso, abra una cuenta bancaria o conduzca un automóvil”. Seguramente algo de epitafio había ya en estas palabras para el migrante keniano que cayó del avión en Londres; una lápida de palabras que siguen buscando que esos cuerpos como “bloques de hielo” que vienen de lugares remotos no se atrevan a viajar de “polizontes” a Londres.

          La muerte del migrante keniano sucedió el domingo 29 de julio. En otra nota perdida en internet se comenta que hace poco tiempo dos hombres peruanos, también “polizontes” para la prensa y las autoridades, sufrieron la misma suerte en un avión que iba de Guayaquil a Nueva York; murieron al caer del tren de aterrizaje. Quizás Londres y Nueva York son esas réplicas de algo que no conocemos pero que añoramos en sueños que vamos heredando sin darnos cuenta. No es ninguna casualidad que Inglaterra sea también el lugar que se replica en las investigaciones de Marx sobre el capitalismo; la “sede clásica” de un “modo de producción”, la ensoñación concreta, la imagen imposible de algo que nunca seremos: “El país industrialmente más desarrollado no hace sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro”, dice Marx. Y el futuro del siglo XIX es también este siglo en el que caen del cielo de Londres migrantes cuya metáfora siniestra es la del “bloque de hielo”.

          Llegué a pensar todo esto porque es probable que haya una relación entre la lectura del periódico y los sueños; más bien, entre las pesadillas ajenas y las propias. Lo que en realidad quería decir es que cuando llegue a Londres yo también traía mis propias perturbaciones. Me veía obligado a encuadrar mi vida digamos que en una nueva conversación amarga e indeseada con la muerte. Y en el miedo que dejan las muertes al pasar. En menos de dos meses habían muerto mi tío Jorge, que vivía en Monterrey; mi sobrino Juan, al que poco conocía, pero con el que había conversado amenamente unos días antes de que cayera en el elevador de una construcción. Juan me había contado de su trabajo como ingeniero en la previsión de accidentes en el megaproyecto de un complejo de rascacielos que hoy dominan el sur de la Ciudad de México, con su imagen en la que se mezclan el asombro y la soberbia de la última modernización urbana. El día que viajé a Londres, el esposo de mi hermana mayor moriría de un infarto fulminante.

          El olvido y la memoria a veces también caen del cielo.

II

Quizás escuché que alguien decía que Charing Cross era su estación favorita. Sus ventanas de hotel del siglo XIX y esa columna como torpedo antiguo a punto de despegar…ningún recuerdo me lleva por este río imperial; el Támesis que es más río cuando se llega por el costado de piedras que es la boca de ese viejo barco, el Cutty Sark, enaltecido en su cuna de asfalto… decía que ninguna corriente de ríos desconocidos me había llevado a explicarme la dificultad para aceptar el encanto de estas calles que se cruzan de manera perpetua en un hacerse de añoranzas que van del presente a los infinitos pasados de mármol y de bronce; por este centro del mundo que en realidad también es la suma larguísima de historias de guerras y de conquistas en la que desfilan los nombres de almirantes, reyes y reinas acostumbrados a defender desde las columnas de hierro el pasado de esta amarga monarquía. Pero también es probable que cierto murmullo de palabras aflautadas por la prisa de pasar de una estación otra, simplemente me hayan confundido en mi torpe entender esa lengua flemática y Charing Cross regrese a ser en mí una simple referencia del transbordo.

           Salir de Charing Cross… cruzar las breves calles en las que también se doblan casi por el estómago dos o tres réplicas de los célebres doble decker bus… mirar Trafalgar Square que es reconstruida una vez más: placas de cemento, alambradas de protección, trabajadores contemporáneos vestidos de naranja y de amarillo con los cascos protectores a manera de hormigas incansables y que siguen las órdenes de la restauración, esa voz espectral que dicta los sueños reiterativos de la especie… en fin, los murmullos de acentos británicos, que se confunden con las otras lenguas de mundos coloniales, se suspenden en Trafalgar Square y en los cuatro leones de bronce que son cubiertos por esa capa finísima y sin respiro que es el polvo de hoy. Y en lo más alto de esa civilización a veces sin entrañas y de una columna, el almirante Nelson es ya indiferente a todas las batallas; con sus ojos de piedra y su espada inmóvil por los siglos de los siglos… en su dureza también se ha quedado quieto el otro bronce de los cañones y una furia de palomas desarmadas de odios y compasiones. Si algo espera el almirante Nelson, en ese abismo de nubes que es su tumba verdadera, es que cada quien muera por su lado; los ingleses y las nuevas guerras globales en nombre de la paz y los derechos humanos, pero también en el nombre oculto de la riqueza especulativa de este hedonismo del capital también sin entrañas; los demás en la triste lejanía de su idealización de Londres. Todas y todos enterrados también en el aire y en la nostalgia de nuestra propia lengua… sin mensaje alguno para la eternidad. Esa seguramente será su venganza.

 

Gustavo Ogarrio nació en la Ciudad de México, en 1970. Ha escrito crónica, ensayo y poesía. Es profesor de literatura latinoamericana en el Colegio de Estudios Latinoamericanos (FFyL / UNAM). Colaborador de La Jornada Semanal y de Luvina, entre otras publicaciones. Ganó el XXXIV Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés (2005), obtuvo el XXII Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2006), y ganó el Premio “Letras Muertas”, Cuarto Concurso Universitario de Cuento sobre la Muerte (UNAM, 2004). Además, ganó la quinta edición del Concurso de Crónica Urbana Salvador Novo (2006) con el libro La mirada de los estropeados (FCE, colección Centzontle, 2010). Ha publicado también los libros Épicas menores (UNAM / SCDF / EÓN, 2011), Breve historia de la transición y el olvido (CIALC-UNAM, 2013), Bajo la misma noche. Ensayos políticos sobre literatura latinoamericana (FFyL / UNAM, 2014), el libro de cuentos Nunca seremos poetas (Dirección de Literatura / UNAM, 2018). En 2020 publicó el libro de crónicas ¿En qué país estamos, Agripina? (Nitro Press) y el de poesía Ningún país es mi país (Silla Vacía).

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