ISSN 2692-3912

Clima

 

No puede tenerse el otoño en las manos, pero el invierno puede apretarse con las
palmas endurecidas.

En la última nieve yo estaba deshecha, la miraba y solo pensaba en mis deseos de
caer así. Quiero ser nieve y caer así, decía en la ventana. Quiero ser nieve y caer así.

A la noche estaba roja de apretar el invierno y me dormía sobre la ventana.
Quisiera tener una palabra que concentre ese espacio entre la tensión de observar
mucho tiempo algo y la entrega completa del cuerpo, espeso y liviano como un
manojo de algodón.
Siendo tirada y levantada por las estaciones dibujo los vidrios de mi casa.

 

*

 

La cama empezaba a transpirar, es el comienzo del otoño pero nevó muy cerca,
y las ventanas empañadas tienen una textura abierta.
Elijo salir, abro la puerta y con las piernas cruzadas miro el patio.
La noche húmeda regenera el anuncio de la helada que en un par de horas podría
escarchar el pasto y los cerámicos.
En esta hora equivocada para los ojos, con las manos aún tibias,
saco una seda, un filtro, algo de tabaco y armo un cigarrillo.
Los álamos de ciudad vieja y mediana se esfuerzan por sostener las últimas horas
de una calle de tierra. ¿Quién hizo este lugar?
La humedad se vuelve cada vez más aplastante, y entre las grietas del suelo se hace
líquida, chorrea o se pierde.
Me desinflo el pecho de humo, el frío me toma por dentro y la poca piel que asoma
en mis brazos empieza a gotear.
Antes, alguien se ocupaba de mis palabras luego hubo silencio. Entonces tuve que
salir a
buscar señales.
Indicios de que las noches no siempre se desnucan alrededor de los álamos, y no
siempre estaremos persiguiendo ausentes.
Junto mi tabaco, me froto los ojos y vuelvo a la cama. Un territorio denso y
recurrente como una ciudad vieja.

 

*

 

Los días son más largos, y esta mañana encontré
varias hormigas sobre la mesa
entre cáscaras de mandarina y tabacos desarmados.
Termino de atravesar este invierno
luego de que me haya masticado
y devuelto al centro de mi casa
como una ocupación inútil.

 

*

 

Volví a mi casa. Las cortinas
crujieron ante costumbres anteriores.
Olí lavandina y alcohol evaporados,
me froté la cara reseca y la vista lagrimosa
-los ojos son tan frágiles-,
dejé la puerta de atrás totalmente abierta y me acosté.
El aire lleno de calor se estiraba hacia afuera,
soltaba sus partículas compactadas entre paredes.
La soledad de mi casa bailaba para mí,
salía por la puerta del fondo
y me dejaba sola.

 

 

Micaela Lépore Rodi nació en 1997 en Neuquén. Actualmente reside en Cipolletti, Río Negro, es estudiante de Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional del Comahue. Escribe poesía y participa de talleres literarios.

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