
AGRADECIDAS SEÑAS: CALL FOR PAPERS 2026
CALL FOR PAPERS
Deadline for submissions:
March 2026 to September 2026
Submission for Academic Papers: journal@agradecidassenas.com
Agradecidas Señas: A Journal of Literature, Culture & Critical Essays es una revista académica bilingüe (español/inglés), cuyos trabajos se ajustan a un proceso de revisión por pares, con sede en la Universidad de Texas—Permian Basin. Tras el logro de este número, damos la bienvenida a las presentaciones para nuestro cuarto número anual, que se publicará en el verano de 2026. Invitamos contribuciones que se basen en (pero no se limitan a) la ecocrítica, los estudios culturales, la filosofía y la literatura, la teoría política y el cine. Estamos particularmente interesados en presentaciones que sean de naturaleza interdisciplinaria y que pongan la investigación del lenguaje en diálogo con cuestiones históricas, filosóficas, económicas y políticas.
Agradecidas Señas también agradece las traducciones del español al inglés (o viceversa), en especial de textos que no hayan sido publicados previamente. Y esta revista también abrirá una sección para que los estudiantes de posgrado publiquen sus ensayos, por recomendación de sus profesores.
Las contribuciones deben ir acompañadas de un resumen de 200 palabras y una breve biografía.
Las presentaciones deben estar escritas en español o inglés, tener una extensión de entre 5000 y 8000 palabras, y seguir el estilo MLA u otros libros de estilo de citas, como APA y Chicago. Para ver nuestras pautas completas para autores y nuestra política editorial, visite nuestro sitio www.agradecidasenas.com
Convocatoria para la primavera de 2026
Como este 2026 es un año mundialista, la revista Agradecidas Señas dedica este número a todos los deportes, pero al fútbol, en particular, quiere darle un tratamiento especial por la justa que se avecina y porque es el deporte más practicado, más visto y con más aficionados en el planeta. En un partido entre Argentina e Inglaterra o entre Brasil y Francia, el mundo se paraliza, la respiración se contiene y tanto la derrota como la victoria ofrecen muchos rostros, todos inolvidables y muchos de ellos, en la celebración y en la lamentación, han marcado una época.
La FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) celebrará el campeonato de fútbol en tres países anfitriones del norte del continente americano (Canadá, Estados Unidos y México), una competencia que ha movilizado, desde 1930 hasta la fecha, la pesada industria del deporte que abarca infinitos intereses comerciales, de los que no está marginada la literatura, la filosofía, el cine y la música.
El Diccionario Oxford orienta y da sentido al destacar que el significado de la palabra deporte puede estar influido mediante la asociación con los términos lūdus y lūsus, que proceden del latín clásico y que abarcan desde el juego amoroso, la diversión, el recreo, la broma, la travesura, hasta la recreación de hombres jóvenes principalmente, que implicaba ejercicio físico y entrenamiento militar.
El hombre que juega (a partir del término homo ludens, desarrollado por Johan Huizinga) igualmente se prepara para hacer la guerra. Desde antes de la guerra de Troya, que duró casi 20 años, los historiadores coinciden que la idea del juego ha sido una actividad decisiva entre las múltiples actividades humanas, donde, claro está, el hombre no solo se prepara para el conflicto bélico, sino también para el juego recreativo y la convivencia mutua y pacífica de la vida social.
La tesis histórica sobre el deporte que presupone una doble función (tanto la de destruir como la de crear) revela una idea profunda que sigue aún vigente y palpitante: la función del juego que modeló la mentalidad de las sociedades antiguas, como la griega y después la romana, sigue aún vigente en nuestras sociedades del espectáculo masivo, del que sobresale una figura estilizada del hombre y de la mujer pretendidamente bella, seductora, que sirve a su vez de alto perfil, y que por su logros (medallas de oro, copas del mundo, distinciones) debe de recibir todos los méritos, los elogios y las inmensas fortunas (Kyle 148;161).
La cultura contemporánea cuenta con sus propios dioses del Olimpo posmoderno para cada una de las disciplinas deportivas que se transmiten durante todo el año sin interrupción: Pelé, Maradona, Michael Jordan, Ayrton Senna da Silva, Roger Federer, Michael Phelps, Usain Bolt, Babe Ruth, Mohamed Alí, Jack Nicklaus, Jonah Lomu, Wayne Gretzky, Eliud Kipchoge. El Olimpo de los siglos XX y XXI incluye también a sus diosas: Nadia Comăneci, Svetlana Khorkina, Venus y Serena Williams, Florence Griffith-Joyner, Steffi Graff, Annika Sörenstam, Marta Vieira da Silva, Katie Ledecky, Diana Taurasi, Ruth Chepngetich. La lista podría prolongarse si se incluyeran los nombres de los deportistas aficionados (el amateurismo), no de alto rendimiento ni profesionales, pero que destacaron en círculos reducidos, sin alcanzar la proyección mediática, con su jugosísima publicidad, ni tampoco los logros de los anteriores. Los dioses y las diosas del Olimpo sorprendieron al mundo por sus destrezas y habilidades físicas. Y queda demasiado claro, además, que la diferencia entre un deporte de conjunto y un deporte individual reside, sin implicaciones metafóricas, en que el fracaso y el triunfo tienen consecuencias opuestas y dan lugar a muchas lecturas, como interpretaciones; en cualquier caso, la derrota no es bien vista, pero es, de manera paradójica, la que más y mejores lecciones concede no solo al deportista sino a la humanidad en su conjunto. La derrota fermenta el calor del drama y la victoria se espiga ondulante de cara al horizonte. El deporte y la actividad militar nacen de los mismos impulsos de competencia y del despliegue de estrategias para vencer al rival; se espera de todo esto actos de heroicidad de los participantes en las justas, y de las cuales los poetas, los escritores, los músicos y los filósofos se verán atraídos por esas tramas que se desarrollan siguiendo la línea de la épica, donde también, los oráculos de la pantalla, los comentaristas deportivos se desgañitan hasta el cansancio sobre las estadísticas, los pronósticos, las virtudes y las chocanterías de sus ídolos, los triunfos y las derrotas.
A partir de Cervantes, padre indiscutible de la imaginación moderna, hasta Julio Ramón Ribeyro, el segundo mejor cuentista del siglo XX latinoamericano después de Borges (quien, sin mostrar un disgusto por los deportes, planteó la posibilidad de convertir la lectura en una actividad deportiva, al igual que el ajedrez), se puede reflexionar sobre los deportes de la época, el modo en que estos se insertan en los universos de ficción y afectan sentimentalmente a los personajes. Porque entre un caballero montado en rocín y con luciente armadura no hay mucha diferencia con un personaje anónimo que, desde la tierna edad, comienza a ritualizar su pasión por el deporte moderno como es el fútbol. Se convierte en aficionado, adquiere la camiseta de su jugador favorito, acude frecuentemente al estadio como si fuese al servicio religioso en el templo, compra el billete de entrada y, ya sentado en el graderío, detecta y, al mismo tiempo, asocia las habilidades deportivas con la ética y la moral, para darle un poco más sentido a la vida que se asoma en la tribuna. El paralelismo tiene como propósito revelar valores culturales, rituales propios, destacando el honor de la contienda, la identidad comunitaria y el compromiso moral que todo deporte exige: jugar limpio y sin hacer trampas.
En la época que le tocó vivir Cervantes, los juegos de azar, como ya lo eran las corridas de toros desde el siglo XIII, eran la debilidad de los hombres de oficio (el labrador, el artesano, la plebe). Mientras que, para los caballeros y los nobles, en época de paz, para distraer su ocio, que políticamente funcionaba como un sedante para enmascarar las miserias (igual que hoy en día, exactamente), practicaban “el deporte de montar a caballo, llamado gineta” (53). Como se sabe, de tanto leer novelas de caballerías, Alonso Quijano le tocó vivir una realidad alterna, como lector gozoso, por un lado, y, por el otro, como un caballero andante, un deporte del que solo conocería el fracaso y la burla. Y para el lector, sus derrotas como deportista son más aleccionadoras que sus victorias (si es que las tuvo). No se olvidan nunca. Crecen. Se transforman. Y lo ayudan a madurar y replantear premisas (sobre la vida, sobre los hechos).
En el cuento de Ribeyro, el fracaso se deja ver por todos lados, y es tan apabullante que, sarcásticamente, ya no le importa a nadie, excepto el misterioso grito, “Atiguibas”, que, además de ser el título de la historia, es el catalizador o dispositivo emocional más importante de la tribuna. Cuando el partido se ha tornado aburrido, como para el bostezo en un domingo, alguien desde la tribuna grita la expresión “Atiguibas”, la cual no se revela su significado, y los hinchas cambian de actitud tras escucharla, se desperezan con una sonrisa en el rostro. La voz narrativa revela con gravedad filosófica que “quien no conoce las tristezas deportivas no conoce nada de la tristeza” (228). Los cotejos, celebrados en el estadio nacional José Díaz, siguen siendo del interés de los aficionados (generalmente entre clubes nacionales contra clubes brasileños y argentinos), pese a que concluyen en estrepitosas derrotas para los locales. El lector del cuento puede advertir que el mecanismo del descalabro no lo conduce precisamente al fracaso. Tiene que ver con una cuestión de ritmos. Es difícil reflexionar con la rápida velocidad que concede la victoria.
En el mundo del fracaso, envuelto en un calor insípido que se cuela, el ritmo respiratorio es lento, atenúa la ansiedad y dosifica los anhelos, aunque no los mengua en ningún caso, porque es la única manera, y casi perfecta, para poder reflexionar del modo en que la voz narrativa lo hace cuando medita sobre su propia vida, ya no como espectador, una vez que crece, sino como jugador responsable de sus propias acciones; es decir, ya es el jugador de su vida misma.
Nadie ha dicho que vivir la vida sea un deporte. Vivir la vida como espectador puede ser dramáticamente contraproducente. Vivir la vida como protagonista tiene más sentido. Practicar, o haber practicado, un deporte, sin importar el nivel ni los resultados, demuestra consistencia, disciplina e iniciativa propia. Ser aficionado de un deporte evidencia pasión, interés y entusiasmo. Albert Camus jugó fútbol, primero como delantero y después como guardameta, en un equipo de una categoría ínfima en su natal Argelia. En ese testimonio de Camus hace hincapié en los valores que aprendió jugando al fútbol, en campos de tierra de escasa grama, que pueden ser la moral y la solidaridad, etcétera. Lo que más sorprende es que haya escrito que aprendió que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga.
La revista Agradecidas Señas te invita a colaborar sobre el tema de los deportes y a compartir tus experiencias como aficionado, espectador o protagonista de ellos, mediante el género literario que mejor se te acomode. También la revista cuenta con dossiers especiales para exhibir fotografías y pinturas.
¡Atiguibas! ¡Atiguibas!
Referencias:
Alegre Peyrón, José María. Costumbres populares y formas de vida en la España del “Lazarillo de Tormes”. ECE-Ediciones, 1985, p. 53.
Camus, Albert. “Lo que debo al fútbol”. RedNEL Colombia, publicado por Sergio Díaz-Luna, 15junio 2014, https://rednel.blogspot.com/2014/06/lo-que-debo-al-futbol-por-albert- camus.html.
Kyle, Donald G. Sport and Spectacle in the Ancient World, Wiley-Blackwell, 2007, p. 148,
p.161. “Sport”. Oxford English Dictionary, Oxford University Press, https://www.oed.com/search/dictionary/?scope=Entries&q=sport+.
Ribeyro, Julio Ramón. “Atiguibas”. La palabra del mudo: Relatos santacrucinos. Solo para
fumadores, Milla Batres Editorial, 1994, p. 228.
Call for Papers – Spring 2026
With 2026 being a World Cup year, Agradecidas Señas dedicates this issue to sports at large, with special prominence given to soccer—not only because of the upcoming championship, but also because it is the most practiced, most viewed, and most passionately followed sport worldwide. When national teams face off, be it Argentina vs. England or Brazil vs. France, the world seems to stop and hold its breath, and both victory and defeat are reflected in countless faces, many of which, in celebration or in grief, have come to define an era.
This time around, FIFA is staging the tournament across three host countries in North America: Canada, the United States, and Mexico. Since its inception in 1930, the World Cup has fueled a massive global sports economy, drawing in vast commercial interests and extending its influence beyond athletics into literature, philosophy, film, and music.
The Oxford Dictionary helps frame our understanding of the word sport by suggesting that its meaning is shaped by its association with the Latin terms lūdus and lūsus, which encompass notions ranging from playful flirtation, entertainment, leisure, amusement, and pranks to forms of recreation practiced primarily by young men and traditionally involving physical exercise and military training.
The human being at play (drawing on Johan Huizinga’s concept of homo ludens) is also a being preparing for battle. Long before the nearly twenty-year Trojan War, historians have recognized play as central among humanity’s many activities. In play, one finds preparation not only for fight, but also for recreational interaction and for the peaceful coexistence of social life.
The historical take on sports presupposes a dual function, both destructive and creative, and reveals a profound and still vital principle: the formative role of play in ancient Greek and Roman societies remains alive in today’s culture of mass spectacles. In this arena emerges the stylized figure of the athlete—idealized human form—crafted as beautiful and alluring and deserving to be elevated for its triumphs (gold medals, tournament cups, distinctions) and to be rewarded with acclaim, prestige, and extraordinary wealth (Kyle 148; 161).
Contemporary culture has its own postmodern Olympian pantheon for every sport broadcast continuously throughout the year. The Olympus of the twentieth and twenty-first centuries includes “gods” such as Pelé, Maradona, Michael Jordan, Ayrton Senna da Silva, Roger Federer, Michael Phelps, Usain Bolt, Babe Ruth, Mohamed Alí, Jack Nicklaus, Jonah Lomu, Wayne Gretzky, Eliud Kipchoge. Among the “goddesses” we find Nadia Comăneci, Svetlana Khorkina, Venus y Serena Williams, Florence Griffith-Joyner, Steffi Graff, Annika Sörenstam, Marta Vieira da Silva, Katie Ledecky, Diana Taurasi, Ruth Chepngetich. The list could extend much further if it included amateurs— athletes who excelled in small circles, without media exposure, advertising windfalls, or comparable achievements. Modern Olympians amaze the world with their physical prowess and mastery. And, by the same token, make it perfectly clear that the difference between team sports and individual disciplines lies, quite literally, in how victory and defeat play out. Loss is never welcome, yet paradoxically, it provides the most numerous and valuable lessons—not only to athletes, but to humanity. Defeat intensifies drama like the simmer of fermentation, while victory rises like a wave toward the horizon. Both sports and warfare spring from the same competitive impulses and strategic designs aimed at overcoming an opponent. In both types of clashes heroic acts are the expectation, attracting poets, writers, musicians, and philosophers who recognize therein the structure of epic narrative. Alongside them, sports commentators—the modern oracles of the screen—exhaust themselves shouting about statistics and predictions, wins and losses, and the virtues and vices of their idols.
From Miguel de Cervantes, the undisputed father of modern imagination, to Julio Ramón Ribeyro, often considered the second-greatest Latin American short-story writer of the twentieth century after Jorge Luis Borges (who himself showed no aversion to sports and once suggested that reading could be treated as a sport, like chess) we can reflect on the sports of each era, on how they are woven into fictional universes, and on their emotional impact on characters. There is a striking resemblance between the knight in shining armor astride his Rocinante and an anonymous fan, who since childhood has ritualized his passion for a modern sport like soccer. He becomes a devotee, buys his favorite player’s jersey, attends matches regularly as if they were religious services, purchases his ticket, and once seated in the stands, recognizes athletic skill and links it to ethics and morality, thereby giving deeper meaning to life, as it unfolds on the stadium. The parallel between Don Quixote and a soccer fan highlights a common thread: cultural values and distinctive rituals that emphasize the honor of competition, the communal identity, and the moral commitment that every sport demands—fair play without deceit.
In Cervantes’s era, games of chance like bullfighting (by then, long practiced since the thirteenth century) were the weakness of working men: farmers, craftsmen, the lower classes. Knights and nobles, meanwhile, filled their leisure in times of peace with activities that functioned politically as a sedative to mask social misery—much as it is done today—and practiced “the sport of short-stirrup horseback riding” (53). As is well known, after reading countless chivalric romances, Alonso Quijano slipped into an alternate reality, living simultaneously as a delighted reader and as a knight errant, a “sport” in which he would know only defeat and mockery. Yet his defeats are more instructive than his almost non- xistent victories. They are unforgettable. They grow. They morph. They help us mature and reconsider our assumptions about life and events.
In Julio Ramón Ribeyro’s story “Atiguibas,” failure is everywhere—so overwhelming that, ironically, no one seems to care anymore. However, the mysterious cry “Atiguibas!”—which gives the story its title—serves as the stadium’s most powerful emotional catalyst. Whenever the game turns tedious, dull enough to invite a Sunday yawn, someone shouts the word from the stands. Its meaning is never revealed, yet the fans immediately stir, smiling as they stretch themselves awake. The narrator observes with philosophical gravity that “whoever has not known sporting sorrow knows nothing of sadness” (228). Games held at Estadio Nacional José Díaz continue to draw crowds—usually pitting local clubs against Brazilian or Argentine opponents—even though they often end in resounding defeats for the home team.
The reader of the story gradually realizes that misfortune does not necessarily equate to failure. Rather, it has more to do with rhythm. Victory moves too quickly to allow reflection. In the world of defeat, wrapped in a dull, seeping warmth, the rhythm of breathing slows, softening anxiety and metering desire without reducing either. It is the only—almost perfect way to echo the narrative voice as it reflects on its own existence from the perspective of maturity, no longer as a spectator but as a participant responsible for his own actions—in other words, now the player of his own life.
No one claims that living life is a sport. Yet living life as a spectator can be dramatically counterproductive. Living life as a protagonist makes far more sense. Practicing a sport — at any time, at any level, regardless of results—shows consistency, discipline, and initiative. Being a fan reveals passion, interest, and enthusiasm. Albert Camus once played soccer, first as a forward and later as a goalkeeper, on a modest team in his native Algeria. In recalling those years, he stressed the values he learned on dusty fields with sparse grass— morality and solidarity among them. Most striking of all, he noted one essential lesson: the ball never comes to you from the direction you expect.
Agradecidas Señas welcomes submissions about sports and encourages you to share your experiences as a fan, spectator, or participant, in any literary form that best suits you. The journal also features special sections showcasing photography and painting.
Atiguibas! Atiguibas!
References:
Alegre Peyrón, José María. Costumbres populares y formas de vida en la España del “Lazarillo de Tormes”. ECE-Ediciones, 1985, p. 53.
Camus, Albert. “Lo que debo al fútbol”. RedNEL Colombia, publicado por Sergio Díaz-Luna, 15 Junio 2014, https://rednel.blogspot.com/2014/06/lo-que-debo-al-futbol-por-albert-
camus.html.
Kyle, Donald G. Sport and Spectacle in the Ancient World, Wiley-Blackwell, 2007, p. 148,
p.161. “Sport”. Oxford English Dictionary, Oxford University Press, https://www.oed.com/search/dictionary/?scope=Entries&q=sport+.
Ribeyro, Julio Ramón. “Atiguibas”. La palabra del mudo: Relatos santacrucinos. Solo para
fumadores, Milla Batres Editorial, 1994, p. 228.

