ISSN 2692-3912

José Balza en México

 

José Balza está a punto de cumplir ochenta años. No debería decirlo porque es un socias de Dorian Grey y uno de los más jóvenes escritores de la literatura latinoamericana y le gustaría más que ser inmortal ser eternamente joven. Durante muchos años, cuando la fluidez del tránsito de los libros era más normal y no tan azarosa como ahora lo leía con avidez y sus páginas me dejaron emocionantes lecciones de rigor e inventiva, de capacidad para ir más allá de lo previsto en busca de una experiencia extrema del lenguaje como forma expresiva. La distancia y la poca comunicación, aunada a las crisis políticas y el magro mercado del libro dificultan el seguirle la pista a su obra.

          Veo por la bendita y peligrosa Wikipedia –no hay que confundir la información con el conocimiento- que publica con frecuencia y recibe merecidos galardones y es miembro de la Academia de la Lengua de su país, Venezuela, lo cual me regocija. Pero sobre todo escribo está nota para felicitarlo en su cumpleaños y contarle al lector uno de esos milagros que la cultura provoca en medio de nuestro plañir. En Querétaro, ciudad más conocida por sus escándalos políticos que por su hermosa arquitectura, hay una notable actividad editorial y la Universidad Autónoma de Querétaro en su Fondo editorial dio a las prensas el libro Ensayos simultáneos de José Balza. Una verdadera joya. Balza es un ensayista singular porque sus textos reflexivos son visiblemente artefactos verbales que usan y recrean el léxico y la sintaxis, el ritmo las ideas para entregarnos piezas literarias de gran calado, cartografías personales de enorme vuelo creativo.

          No le interesa tener razón, le interesa pensar en y desde la literatura misma. Eso lo sabíamos ya desde las deslumbrantes páginas que conocimos hace ya más de un cuarto de siglo gracias a Adolfo Castañón, sobre El Quijote. El Fondo de Cultura le ha publicado en México tres libros, Este mar narrativo, Medianoche en video y Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar. La UNAM –creo que fue Hernán Lara Zavala- le publicó Ejercicios narrativos (que tuvo una segunda edición) y luego ambos lugares perdieron la buena costumbre de editar sus libros en México. Lo mismo ocurrió con Ediciones Sin Nombre que le publicó La mujer de la roca y otros cuentos. Por eso me entusiasmó tanto la aparición de Ensayos simultáneos: volver a leer a José Balza. Pero en su caso volver es en cierta manera releer, aunque también leer de nuevo, como novedad, sin importar si lo es de facto, es una reedición o una antología. La escritura de Balza es siempre una especie de mecano que el lector arma, que se reconstruye desde si misma, pero lo hace siempre de manera distinta. Por eso siempre relee, por eso siempre es novedad.

          Cuando yo empecé a leer a Balza él ya llevaba un largo camino recorrido. En los primeros años  sesenta se dio a conocer el grupo de escritores de la revista En Haa –Jorge Nunes, Teodoro Pérez Peralta, Aníbal Castillo, Armando Navarro, Lubio Cardoso, Carlos Noguera- y Balza destacó de inmediato, vinculado a lo que se podía considera una literatura experimental, influida por las lecturas del estructuralismo francés e interesado en la lingüística y en las teorías convergentes, ya en franca distancia (pero no negación) del realismo mágico que alcanzaba por entonces sus momentos más célebres. Balza fue un crítico exigente y un narrador arriesgado en un país dominado por la literatura realista a la manera de Rómulo Gallegos. Sus búsquedas coincidirían en el tiempo con la de narradores como Cabrera Infante o incluso Severo Sarduy o con las de Salvador Elizondo. Su experiencia de la narrativa no le impide practicar el ensayo más como lo hacen los poetas: escuchando muy de cerca el texto. Por ejemplo, la deslumbrante reflexión que abre el libro, sobre las relaciones entre aforismo y ensayo, a la vez concentración inusitada de información e intuiciones punzantes con un alto grado de sorpresa e ironía. O, por ejemplo, su famosa reflexión sobre una coma (,) en Cervantes. Balza forma parte de ese postboom que inicia con particularidades muy propias –admiración por la cultura popular, referencias barrocas, oído hiperestésico, conocimiento teórico-.

          La crisis del mercado del libro a mediados de los 90 afectó su circulación entre nosotros. Dejó de publicarse aquí y los libros venezolanos circulan poco en otros países, más ahora que un descarado bloqueo internacional impulsado por los Estados Unidos en la época más baja de su política mundial (más incluso que la de Kissinger en los setenta) los aísla deliberadamente no sólo política y económicamente, sino también culturalmente. He de hacer también una confesión: me resisto a leer libros electrónicos, y lo digo porque en Porrúa se consigue en versión electrónica su más reciente novela, Largo, de 2016, pero aún me lo estoy pensando.

          Entre las literaturas latinoamericanas la venezolana es tal vez la más desconocida y misteriosa, y sin embargo está presente con constancia en ese margen de una escritura heterodoxa –José Antonio Ramos Sucre, Guillermo Meneses, Rafael Cadenas, Guillermo Sucre, Eugenio Montejo- a la que tanto necesitamos ahora devolverle su vigencia, Y Balza y sus ensayos simultáneos, y sus cuentos y novelas es una inmejorable manera de entrar en ella. Al empezar esa nota hablé del milagro editorial que significa un libro de Balza, porque cuando se dice que un libro aparece hay que tomarlo literalmente: es una aparición. Y el milagro tiene, además, una característica física que también tiene algo: es una edición de gran belleza, sobria, clásica, llena de detalles tipográficos y oficio editorial. Algunas de las mejores ediciones que se hacen en México se hacen allí, en Querétaro.  Y eso se debe en buena medida editores de pura cepa, como Federico de la Vega.

 

II

 

Si a Balza se le preguntara que cómo se define seguramente diría: narrador. Y eso provoca que sus iluminadores ensayos sean escritos como escolios o marginalia a su obra narrativa. Eso es también lo que les da una enorme versatilidad en su forma y libertad en su método. En estos Ensayos simultáneos nos habla, por ejemplo, de diferentes escritores venezolanos que, después de sus palabras, uno quiere leer de inmediato (y se topa, claro, con la dificultad de conseguir sus textos), pero además propone una especie de contracanon o corriente secreta de la literatura venezolana, muy sorpresiva por su sofisticación y alcance. Ya la figura fascinante de insomne absoluto que fue José Antonio Ramos Sucre es una conocida puerta de entrada a esa vía, a ese abismo, de una escritura secreta. No es que Balza no conozca –parece haberlo leído todo- la literatura canónica, sobre la cual dice además cosas muy interesantes, sino que le interesa llevar a la luz esa cara oculta, esa zona de sombras y que expone desde sus fundadores –Teresa de la Parra, Guillermo Meneses- hasta el día de hoy, sin importarle edad, prestigio y jerarquía. Y, con llamados ocasionales, señala también su conocimiento y la manera de ponerlos en relación con otras geografías. Pongo un ejemplo: Ensayos simultáneos incluye un notable ensayo sobre la obra de Christopher Domínguez Michael, penetrante y complejo, lleno de sutilezas que ninguno de los críticos mexicanos hemos escrito, no tanto porque esté menos contaminado por bandos, posiciones y prejuicios, sino porque tiene más claro qué le pide al crítico. Así es difícil precisar el campo temático del libro ¿literatura venezolana, latinoamericana, poesía o narrativa, música o pintura? Todo está mezclado, como en botica, pero como en buena botica, perfectamente ordenado y delineado su flujo conceptual.

          Así que empecemos por el principio: el título mismo. Ensayos simultáneos. Tiene miga. Se reúnen textos escritos para la ocasión –un homenaje, una reseña de un libro recién aparecido, un discurso de agradecimiento de un premio- pero la circunstancia no lo circunscribe. Para Balza leer y pensar es un acto simultáneo, tal vez por eso el título, que se erige, además, como una paradoja, frente a la inevitable naturaleza sucesiva de todo ejercicio crítico. Como suele suceder con estos libros misceláneos uno los empieza leyendo por aquí y por allá y termina devorándolos en la secuencia propuesta por el escritor.  Y buscando otros libros del autor para releerlos. Por ejemplo, en el breve recuento que hice de su presencia editorial en México no mencioné –no lo tenía presente- un libro peculiar, Iniciales, publicado por la UNAM. Simplemente lo había olvidado y al ir al librero allí, estaba, esperando que lo leyera. Pero, ya se dijo, autores como este siempre se releen aunque sea la primera vez. Y ese libro, que se ocupa de los orígenes de la literatura hispanoamericana, me hace caer en otra paradoja: Balza es un autor intermitente cuya intermitencia en algún momento se muestra como continuidad. Y así el francotirador que formula nuevos cánones y descubre autores inesperados es también capaz de dar una mirada histórica consecutiva –y consecuente- a nuestros clásicos. Y así mirarlos desde otro punto de vista, también ellos como heterodoxos y marginales a la continuidad que ellos mismos han creado. Y así dialogar, por ejemplo, con Guillermo Sucre de La máscara, la transparencia y con el Rafael Humberto Moreno Durán de De la Barbarie a la imaginación.

          Así, calificarlos de simultáneos, quiere decir que ocurren al mismo tiempo o que el tiempo es en realidad espacio transfigurado en la lengua. El tiempo sucesivo deja lugar a un tiempo distinto, que tampoco es el del eterno retorno, sino el del instante, experiencia contenida en lo simultáneo que no significa exactamente algo que sucede al mismo tiempo, sino que aporta un matiz existencial distinto. Balza estará entre los cuatro o cinco escritores venezolanos vivos más importantes actualmente –Rafael Cadenas, Guillermo Sucre, Ednodio Quintero, Yolanda Pantin y algún otro que se me olvida- y sin embargo se ocupa por igual de sus antecesores que de jóvenes muchos años menores que él. Esa es otra noción de lo simultáneo que también hay que agradecerle, en una época en que los medios masivos simplifican todo y lo reducen a la obviedad. Porque eso mismo que yo acabo de hacer –mencionar apenas unos cuantos, es ya también un ejercicio de reducción al que Balza no se pliega, en buena medida porque, a la manera de Maurice Blanchot, la literatura siempre es un diálogo infinito y por venir. Balza es un sismógrafo de su inminencia, nos avisa del terremoto no para que busquemos escapar sino para que vayamos hacia él con los ojos bien abiertos. Una de las venas del libro es la relación entre literatura y pintura, con la obra de Armando Reverón como eje articulador de esa relación.

            Balza vive plenamente el mundo de la expresión creativa tanto a lo ancho como a lo largo, por ejemplo en la música. Los Ensayos simultáneos se cierran con un largo capítulo, un poco inconexo, sobre la música venezolana, y un colofón verdaderamente inspirado sobre el bolero. Alta cultura y cultura popular, inicios de la literatura latinoamericana y lo más nuevo de lo nuevo, igualmente cumple la paradoja de hacer en su condición cosmopolita un ensayo más que nacionalista nacional, no por obsesión ideológica sino por necesidad personal, en la que el entorno más que patria y nación es matria y paisaje, léxico y ritmo como alimento vital. Y a eso se extiende también la condición simultánea, los ensayos de Iniciales no son ejercicios de investigación histórica sino actualización del sentido vigente de esos clásicos, El Inca Garcilaso y Netzahualcóyotl, Hernando Domínguez Camargo y El lunarejo, Sigüenza y sor Juana, no son objeto de arqueología y recuperación, son leídos como poetas de hoy. Y lo consigue. Ese guiño implícito en el título (la edición de Monte Ávila, de 1992, se titula así, I, mientras que la mexicana de 1997, agrega como subtítulo, “Siglos XVI y XVII”, lo que anula un poco el juego de no saber a qué se refiere esa i, si son ensayos, relatos, escritura pura), nos muestra también la inteligencia lingüística de este escritor, adscrito sin duda a lo que en México llamaríamos escritura, contrapuesta a la onda, la famosa dicotomía planteada en los años sesenta entre las vías abiertas por la nueva narrativa.

            El método de Balza es el del collage, notas de diversas épocas se ensamblan con singular precisión para dar forma al discurso. Esa libertad de ensamblaje se apoya en las constantes que recorren los 60 años de escritura de nuestro autor, pues en su evolución no abandona temas sino que los reformula y los lleva a otros espacios y niveles. Entre los cultivadores de un nuevo barroquismo Balza es un buen ejemplo de que no se quiere resucitar un estilo o una época sino entender que hay en ellos de necesidad verbal, de un Adán que nació barroco al nombrar las cosas por vez primera.

 

III

 

Un juego demasiado fácil de palabras sería señalar que la exclusión de la c nos abre a un abismo: Balza no es Balzac. Pero el universo narrativo que comparten los hermana en su heterodoxia. La simultaneidad es en el relato disposición consecutiva. Por eso Balza en sus ensayos presta tanta atención a la composición narrativa, son ensayos de narrador, y nos cuenta una historia, la de una inquietud o curiosidad, la de un deslumbramiento, la de un interés en el lenguaje y/o en el autor. En Iniciales, lo que se busca es contar la novela de esa novela sin novelista, de ese continente que sólo la imaginación puede formular –descubrir- y que en el viaje de Colón, en las de eso navegantes extraordinarios y conquistadores crueles, de Cortés  a Magallanes sin olvidar a Aguirre, Balza ve la transición del hecho al mito y del mito como hecho. Vivimos en una ficción: ese nuevo mundo. Los compone como un cuento. Por eso su interés por el Quijote y su coma: la novela de Cervantes es un elogio de la locura, perdón, de la lectura ¿sinónimos acaso? Fue algo que surge con el boom, sobre todo en Carlos Fuentes y en Mario Vargas Llosa y que la generación siguiente hace costumbre, buena costumbre. ¿En que latitud, al cruzar qué paralelo los conquistadores perdieron la razón? Porque la novela no es el reino de la razón sino de la imaginación, eso que es en cierta manera la razón perdida. No somos los hispanoamericanos kantianos y necesitamos hacer la crítica de la razón narrativa. Balza lo entiende muy bien. ¿Y los poetas? Bueno, como suele acontecer lo sabían antes, de allí la centralidad de José Lezama Lima y de Octavio Paz el último medio siglo.

 

IV

 

Balza es, ya se dijo, un narrador, pero lo es de manera tan esencial, que sus espléndidos ensayos se vuelven también relatos. ¿Qué quiere decir esto? Que su sabiduría para contar la historia de las obras alcanza para contar la de los autores y coinvertirlos en personajes. Tal vez sea esta la enorme diferencia entre los ensayistas puros, los ensayistas poetas y los ensayistas narradores: estos últimos acaban convirtiendo al autor en personaje. Y vuelve a la historia una novela y así la hace más verdadera. Eso provoca que su ensayística no sea iconoclasta ni este armada con la espada ante sus antepasados y contemporáneos, pertenece más a la parte de la tradición que de la ruptura si usamos los términos de Paz, y crea una continuidad discursiva admirable. Por eso este tipo de ensayo se lee con fluidez incluso cuando tiene sus complejidades conceptuales o filológicas. Por ejemplo, cuando Balsa señala la condición lectora de sor Juana y alude a la lectura del sueño de la monja que hace Paz, no hace, como si lo hizo el poeta, preguntarse por las lecturas de sor Juana, le importa que lea no lo que lee. A partir de sor Juana, el libro publicado por Monte Ávila y el publicado por la UNAM son distintos. En el primero hay algunos textos que nos iluminan para leer el segundo. En realidad hay muchas diferencias, los mismos ensayos son diferentes, más amplios en la edición mexicana. Balza acostumbra hacer de sus libros trabajos en construcción y los modifica, reordena y cambia cuando los vuelve a publicar. No es un trabajo de re ensamblaje sino muchas veces de reescritura. En la edición mexicana agrega dos textos, sobre Nicolás de Herrera y Ascanio y sobre Eugenio de Santa Cruz y Espejo, señal de que no agota sus temas ni los cancela en sus lecturas. A Balza le atraen tanto el discurso mismo de esos siglos iniciales como el recurso reflexivo barroco, le gusta lo que piensan con relación a como lo piensan, y a veces más el cómo de ese cómo. (Estoy seguro que le entusiasmaría la figura de Guillermo de Lamparte y su extraño proceso, su curiosa figura y su condición del proceso más largo llevado por el Santo oficio en la Nueva España.)

            Es evidente que lo bizantino no es bizantino, si primero usamos la palabra para designar una época y después para designar una discusión sin objeto. Lo primero, la época, como el barroco, es fascinante en sus tropos expresivos que son casi siempre discursivos.  Y podemos entonces decir que lo barroco no es barroco y sacar las consecuencias del enunciado. Pero seamos aún más radicales: los sofistas no hicieron del pensar un sofisma. La extrema formalización de los periodos mencionados en Grecia, la edad media y siglo XVIII nos lleva a ese “género” que tanto inquieta al narrador Balza: el ensayo.  Habría que (volver a) preguntarse si realmente es un género o un antídoto contra la formalización genérica. Porque, cosa curiosa, el ensayo es una elección constante en los sofistas, los bizantinos y los barrocos.  Es un antídoto que provoca la enfermedad, como suele ocurrir con las vacunas, antídotos anticipados a los que se les pasa la mano y te enferman de lo que te curan.

            A Balza le interesa, y lo va señalando con sutileza en cada uno de los textos, mostrar la gestación de la crítica literaria en nuestro continente, cómo esa búsqueda de las finezas del discurso va dando paso a través del humor y el uso del lenguaje basado en oídos atentos hasta la hiperestesia, se va abriendo camino hasta nuestros días para conformar ya una tradición admirable, que se desarrollará sobre todo en el siglo XX a partir de pilares culturales como Pedro Henríquez Ureña y sus discípulos. Del ensayo se puede decir, cuando alcanza ese momento dorado, lo que San Agustín del tiempo: si no me preguntan sé que es, si me lo preguntan ya no. Saber qué es quiere decir que lo reconocemos en cuanto lo vemos pero que nos evade en cuanto queremos que nos lo diga.

            Una de las estrategias ensayísticas de Balza es que en sus libros reflexivos suele incluir, casi siempre como prólogo o epílogo (a veces ambos) un texto muy conciso y concentrado sobre la función del ensayo y la reflexión para dar así un sentido a sus relatos reflexivos sobre los autores y las obras. Acaba Iniciales con un brillante texto homenaje, glosa y nueva propuesta sobre Alfonso Reyes que da sentido al libro. Lo sitúa en la senda de un discurso literario que se edifica entre todos y que no es, como ya se dijo, un devenir histórico sino imaginario. Por eso es importante volver al libro por el que los mexicanos –mi caso no fue el único- lo conocimos, Este mar narrativo. Los epígrafes de Thomas Mann y de Cervantes que abren su libro dan el tono: Cervantes, como él mismo Balza discurrirá en las páginas siguientes cambia la literatura e instaura la idea y  el modelo de lo que hoy llamamos novela, hoy, es decir, de manera moderna, distinta a la que señalaba la palabra en la edad media. Como Iniciales, se trata de un libro erudito y riguroso, pero no de una académico, filólogo o lingüista, sino de un escritor.

            Ciertos descubrimientos historiográficos nos hablan de la voluntad que tuvo en cierto momento Cervantes de venir a América, César Antonio Molina nos dice: “…el 21 de mayo de 1590, solicitó por medio de su hermana Magdalena la contaduría del Nuevo Reino de Granada, la gobernación de la provincia de Soconusco en Guatemala, ser contador de las galeras en Cartagena de Indias o ser corregidor de la ciudad de La Paz.” Los críticos nos fascinamos incluso sólo por la posibilidad misma de que el autor de La Galatea hubiera venido al continente recién descubierto. Y los ensayos de Iniciales, cuentan cómo, si no él sí su espíritu, o el de su escritura y el de su personaje central Don Quijote, viajaron a nuestro continente. En efecto la secuencia de Cervantes a sor Juana está perfectamente dibujada por el modo de referir la realidad, por el sentido que instaura en ella el imaginario literario. ¿No hay algo ya de cervantino en Bernal Díaz del Castillo y su Crónica?

            Sin embargo Balza, y eso lo notamos desde las primeras páginas de Este mar narrativo, tomo a la obra cumbre de Cervantes como una obra moderna, no escrita ayer ni hoy, sino mañana. Toda gran literatura, diría Maurice Blanchot, es una literatura por venir. Así que la intención de Cervantes de venir al nuevo continente, es en cierta manera otra de las aventuras de su trasunto, el caballero de la triste figura. Y, como se sabe, la narración tiene su origen en la vida, desde luego (¿qué no?), pero sobre todo en la vida de lector.

 

José María Espinasa nace en la ciudad de México en 1957. Realiza estudios de cine y literatura en la Universidad nacional Autónoma de México. Ha publicado los libros de poemas Son de cartón, Cuerpos, Piélago y El gesto disperso, Escritos en un muro de aire y Al sesgo de tu vuelo. También los libros de ensayo Hacia el otro, Cartografías, El tiempo escrito, El cine de Marguerite Duras, Roberto Gavaldón director de cine. Temor de Borges, Actualidad de Contemporáneos y El bailarín de tap (Retrato de Truman Capote con Herman Melville al fondo). Es profesor, periodista y editor. Ha dirigido las revistas La orquesta, Casa del tiempo y Nitrato de plata, fue secretario de redacción de La Jornada semanal de 1990 a 1995. Fundó y dirigió el suplemento Ovaciones en la cultura durante dos años (1999-2000). Fue Coordinador de producción editorial en El Colegio de México y director de Ediciones Sin Nombre. Forma parte del Sistema Nacional de Creadores del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. En 2015 publicó Breve historia de la literatura mexicana del siglo XX en El Colegio de México, que va en su tercera reimpresión, y en 2019, como fruto de un apoyo del Sistema Nacional de Creadores el libro Notas para una política del texto (La literatura mexicana después de 1968). Actualmente dirige la Red de museos de la Ciudad de México, de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, desde 2014. Se ha especializado en literatura mexicana. Colabora actualmente en diversas publicaciones en la red y escribe regularmente para La Jornada semanal, suplemento del diario del mismo

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