La hermandad de los tarugos
Sentado en la tribuna sur se escucha el canto de los hinchas. Saltos. Gritos. Trompetas. No hace falta el viejo del radio, un locutor que pronuncia mil palabras por minuto. El graderío pinta el rojo, el azul. Banderas, fuegos artificiales. El equipo entró. Aplausos. En cada partido un señor, calvo, rubio, bajito, de ojos achinados, siempre uniformado con el número tres, su camisola roja pinta tres lunas sobre el nombre del equipo, las estrellas sobre el logotipo es asunto del Barcelona F.C., del Toluca o de las Chivas. Se le conoce como Léxico. Nunca ha dicho su nombre. Dice que le gusta sentarse aquí porque está a dos metros de la línea de banda. No quisiera ser el lineman, mucho menos el árbitro. Léxico podría acompañar a Belano y Lima al desierto de Sonora, ¿Qué es un referí estafermo? ¿Qué es tocapito carcunda? ¿Qué es una trencilla petimetre? Sabe gritar. A veces corre junto con el juez de línea y le va diciendo cosas. Ganamos dos a cero. Léxico calló. La multitud se desvaneció después del juego. El silencio reinó.
Después de los partidos, terminaba con muchas ilusiones, cultivar mi vocabulario, ser arquero de algún equipo y memorizar la enciclopedia de la historia del fútbol que mi madre había comprado. Las noches heladas del altiplano guatemalteco las pasábamos leyendo al lado de mis hermanos. Durante el día, salíamos al jardín a practicar atajadas vistas en las fotografías de aquella enciclopedia. Casi me quiebro la columna intentando hacer el escorpión de Rene Higuita.
El fútbol fue la puerta de entrada a la historia universal, me mostró que no solo de pan vivirá el hombre sino de toda partida de soccer. Pasaron muchos mundiales y la bola de la vida siguió girando a veces con chanfle, otras al arco, los malos días al travesaño. Tuve ilusiones de ver a mi selección en el mundial. Algunos sueños son imposibles, sin embargo, recuerdo el famoso ¡Aztecazo! Lloré con México y celebré con los ticos. Aún veo Medfor anotando el dos a uno y años más tarde siendo campeón con mi equipo, se volvió un héroe en Costa Rica y se consolidó en Quetzaltenango.
Un arquero siempre tiene un equipo. Jugué por todo el altiplano, algunos deportivos mejores que otros. Cabrones F.C. Un pelotazo mandó el esférico fuera del campo y los turné terminaron al comenzar la universidad. Los intereses eran otros. Fiestas. Intertextualidades. Vanas discusiones. Visitas al cine, al teatro, a las pretendientes. Sin embargo, como un hijo prodigo apareció un entusiasta por el balompié. Armando Ramos, costeño, medio alto, moreno con bigote de Cantinflas, su lema era vive al máximo hasta morir. Tocaba las bolas muy bien. Estaba en búsqueda de un Jorge Campos para el equipo de la facultad. Sin pensarlo acepté la oferta. La paga era muy buena: alegría, hermandad y chelas al terminar el partido.
Bastaron dos encuentros futboleros, de Ramos pasó a Broncas. Un día, si no es por mis reflejos de gato, casi me ensartaban unos tarugos en la espalda, luego de abrazar de pechito la pelota en el césped, el contrincante salto tan alto como pudo, encogió las rodillas y al momento de extenderlas dirigía sus chimpunes Adidas a mi cuerpo, logré ver de reojo y rodé unos dos metros. Solo vi el dolor de la derrota enterrándose en la grama. Armando Broncas pegó un grito, levantó la mano pidiendo tarjeta, insulto al referí y dejó la delantera para encontrar al tipo en el medio campo, lo recibió con un puñetazo y comenzó una trifulca. Aquel día dejé de ser pacifista para ser solidario. Jugué un par de torneos más con el equipo, nos coronamos campeones y yo, el menos vencido.
Las letras me vencieron, me retiré del fútbol. Vivía angustiado pensando que los arqueros terminaban como Camus, enterrados en algún barranco. Continué yendo al estadio, Léxico continuaba asistiendo, pero su cabello de plata lo hacía guardar silencio. Ahora soy idealista decía, mis contemporáneos se reían, él les respondía, el búho de la minerva solo emprende su vuelo al anochecer, chamacos pendejos. Salíamos del estadio, una goleada épica. Fue un sábado como ese cuando recibí una llamada al regresar a casa. Armando Broncas estaba internado en estado crítico.
Como de costumbre, había ido a jugar su chamusca de sábado. Al terminar el partido, un amigo le pidió que le ayudará a buscar el coche de su padre. Había sido robado y la policía no hacía más que un reporte. Armando practicaba también el motocross, lo llevó en la moto a ver si encontraban el automóvil. Sin resultados decidieron dar un último vistazo en las afueras de su ciudad, Coatepeque. La milpa, el café silbaban al pasar. Fue en la entrada para el rio Naranjo que vieron un carro parqueado. Ese era, no había duda. El valor de Armando se puede comparar con la imprudencia, aproximó la motocicleta a la puerta del piloto para ver si su mirada conseguía traspasar el polarizado, sin conseguirlo, en un acto de supuesto heroísmo abrió la puerta. Había alguien en el carro, apuntando con una pistola. Sonó el balazo. Armando cayó inmediatamente a la grama junto con la moto. El supuesto amigo se escabulló entre la milpa. Sonaban plomazos, se acabaron las balas, el amigo anónimo se quedó tirado entre las siembras, escuchó el carro yéndose y llamó a la ambulancia.
Cuando supimos que de esa no se salvaría. El equipo de la facultad fue a darle una última despedida. Llegamos tarde. Él ya en la caja, con los ojos cerrados, de tacuche negro, la garganta suturada. Entonces comprendí la ruta del plomazo. El llanto, el juego de cartas, los chistes de los velorios, la sopita de los funerales, la caminata al cementerio, la caja entrando al hoyo, un Ave María y en homenaje, los del equipo nos abrazamos de hombros y cantamos:
no vale nada la vida,
la vida no vale nada,
comienza siempre llorando
y así llorando se acaba,
por eso es que, en este mundo,
la vida no vale nada…
Guararema, São Paulo, febrero de 2026
Luis Enrique Morales es un aforista, escritor y columnista nacido en Quetzaltenango, Guatemala, en 1989. Reside en Suecia desde el 2012. Estudió filosofía y pedagogía en la Universidad de Estocolmo, licenciándose en 2018. Ha hecho su debut con su libro: Aforismos y otras mentiras (2020) publicado por Simon Editor en Jönköping, Suecia. Seguido de Aforismos de noviembre (2021) por Editorial Rötter de Estocolmo. Actualmente es columnista en la revista gAZeta de Guatemala y está preparando algunas traducciones de la aforística clásica sueca.

