La pelota
La pelota corre y bota
Un escritor amigo mio, conociendo que amo el fútbol y todavía juego al baloncesto, me ha invitado a que escriba unas líneas sobre cuál es mi punto de vista –como artista plástico y poeta a ratos–sobre la práctica del deporte. Antonio Moreno, que es profesor e investigador en la Universidad de Tejas, no es sólo un inteligente escritor, brillante y erudito –hombre de muchas lecturas, decían nuestros abuelos– sino además una persona sencilla al trato, muy activo y a mi parecer optimista. Optimista desde luego tiene que ser para haberme invitado a esta tarea, pues la verdad no sé cómo rematarla sin que nuestra amistad se resienta y de rebote –y digo remate y rebote pues de pelotas se trata– acabe con su optimismo y confianza en que ganemos el partido.
Pero conviene –esperanzado lector– que aclare desde el comienzo que en realidad no amo el deporte. Obvio que considero necesario practicarlo, de igual modo que considero saludable tomar vitaminas con el desayuno; pero lo cierto es que practicar un deporte más bien me aburre. Lo que de verdad me gusta es jugar a un juego, ya sea fútbol o baloncesto… y de paso practicar un deporte. Imaginar un pase y competir por la victoria, se gane o se pierda, eso si que me apasiona y divierte, como a cualquier chaval de cualquier país de la Tierra. Cuando juegas con un balón, que corre vuela y bota libre, la disciplina y las obligaciones inherentes del deporte no son sino regalos que el juego mismo nos hace por añadidura.
También conviene que le aclare que no encontrará en estas líneas, un pretencioso estudio que desarrolle las semejanzas entre el fútbol y el baloncesto con el arte de la arquitectura… estudio que, por ejemplo, establezca la evidente similitud que guarda la red móvil de verticales, horizontales, diagonales y parábolas, que se dan durante un partido, con algunas de las estructuras triangulares que a menudo son utilizadas en la construcción de edificios. Tampoco debe esperar encontrar aquí un análisis que ensalce las propiedades físicas de la protagonista de esta historia, la humilde pelota. Análisis que, por ejemplo, alabe con elocuencia ampulosa su poder inmanente de rotación sobre su propio eje… o el de rotación orbital, semejante al de las elípticas planetarias que descubrió Johannes Kepler. No no debe esperar encontrar aquí ninguno de estos pedantes razonamientos, ni tampoco una sesuda explicación de cómo y por qué –si coloco allí a un agresivo delantero centro, aquí un creativo medio de enganche y más allá a un incisivo lateral… allá a un pivot alto como una torre, allá un ala de ataque preciso como un águila y allí a un base elástico como un malabarista– estaré creando las condiciones necesarias para que sea posible establecer un campo de pases y asociaciones; táctica cuyo dibujo, en la pizarra del entrenador, asemejará a las constelaciones de La cruz del Sur, o de Orión, o de Casiopea… o a la de cualquier otra. No, no debe esperar encontrar aquí sublimes pensamientos, ni que le sermonee desde lo alto de un púlpito revelándole la evidente espiritualidad presente en ambos juegos. Seria tarea vana el que tratase de explicarle, por ejemplo, el misticismo implícito en las declaraciones del gran Zinedine Zidane antes de jugar aquella final en la que empalmó la volea que fue es y será sin duda el arquetipo platónico de todos los goles. Recuerdo aún sus palabras, esto dijo la víspera de la batalla: «Encontraré la energía interior para ganar este partido» … Y llegado el momento combó su cuerpo tenso como un arco y disparó la flecha de un zurdazo que atravesó el ángulo de la escuadra y la esfera se clavó en el corazón del tiempo. Sería igualmente vano que le recordase el modo en que describió Michael Jordan –el hombre que saltaba abría las alas y quedaba suspendido en el aire– su percepción de la realidad al marcar, en el último segundo, la canasta que daría la victoria a su equipo: «De pronto todo fue más lento, vi el momento, sentí el momento…fui el momento». Sí, seria tarea vana el explicar lo inexplicable. Por último no espere aquí un discurso panegírico loando el fútbol y el baloncesto como Bellas Artes y desconfíe de los jugadores que presumen de ser artistas y de los artistas y poetas que se inspiran en estos deportes para realizar sus obras y poemas… y en relación con ello me viene a la mente el caso de aquel delantero que cada vez que abría la boca presumía de elegante -para mí cursi- y de artista exhibiendo un balón en la mano reverencialmente, mientras a la par despotricaba de aquellos sacrílegos compañeros que tenían el mal gusto de marcar un gol de un simple punterazo en vez de con el empeine… o el de aquel desconocido e inspirado poeta que escribiendo unos versos tales como Redondo ocupa el centro o Zigzagea Zizou creia haber escrito unos haikus comparables a los de Matsuo Basho. Es más, para dejar este argumento finiquitado y sin respuesta posible que lo rebata sacrificaré mi ego y les citaré el excelso poema que yo mismo escribí a la edad de trece o catorce años, poema que en un arrebato de inspiración compuse y dedique, como venganza, a un compañero de clase que me torturaba tirándome la cartera con los libros al barro. Así decía aquella joya literaria: La pelota bota / El amigo tiene una bota / La bota da a la pelota / La pelota bota / Cuando el amigo chuta se le nota / Pues su bastez es remota / La pelota bota / El amigo tiene una bota / La bota da a la pelota / La pelota bota… «Nada más que argumentar para que no mezclemos arte y deporte, señor Juez».
No, me temo que no encontrará aquí, defraudado lector, meditados razonamientos que argumenten las bondades del fútbol y el baloncesto. Sin embargo, espero que algo compensará su frustración mi estrategia, porque le revelaré el secreto del poder que tiene la pelota y que a todos nos hipnotiza. Abriré su percepción, apelando a a su intuición e inteligencia emocional, con un experimento imaginario similar a los Gedankenexperimenten –discúlpeme el atrevimiento de la comparación– con que Albert Einstein revolucionó nuestra noción newtoniana del tiempo y del espacio. Este es el experimento: Imagine que coloca un pesado cubo de hormigón en el centro de una ancha playa y lleva hasta allí a su hijo y a su perro. Imagine que le da ahora una patada al cubo y observa –si no se ha roto el pie en el empeño– sus comportamientos con atención, ¿cómo cree que reaccionarán? El niño quizás llore asustado porque su papá se ha hecho daño, el chucho quizás lo olfatee y orine en una esquina…mas nada especial que resaltar ¿no es cierto? Ahora imagine que cambia el cubo por una pelota y también le da una patada, al tiempo que observa con atención a su hijo y a su perro. ¿Qué cree que harán ambos y qué cree que harían cualquier perro y cualquier niño de cualquier país del mundo? ¿Acaso no ladrará el perro excitado y la perseguirá para morderla?, ¿acaso no reira el niño excitado y abriendo sus brazos querrá atraparla?, ¿acaso no correrán y darán brincos de contento?
Sí, ciertamente es una verdad de Perogrullo. Pero, aunque defraude a aquellos que esperaban algo más sofisticado de mi ingenio, ese es según mi parecer el secreto del poder de la pelota que hipnotiza al mundo: se mueve, es libre, está viva… ruedasaltavuela.

José Ignacio Díaz de Rábago Villar nace el 20 de septiembre de 1950 en Madrid. Estudia filología hispánica y artes plásticas. Reside en Copenhague desde 1978. Artista de formación humanística, gana en 1985 el primer premio de poesía en el certamen convocado por el Instituto Español de Emigración. Ha publicado con anterioridad los libros “Poemas del instante”, “Molinos de papel y viento” y ”Humaredas”. Pintor y escultor, son característicos de su trabajo los proyectos e instalaciones de gran formato. Sirva de ejemplo la serie de montajes titulada “La Biblioteca de Babel”, en la que utilizando el libro como soporte, ocupa los espacios principales de las bibliotecas públicas. Ha realizado numerosas exposiciones y proyectos, de entre los que cabe destacar los siguientes: Galería Hastings. New York, 1981 / Leifsgade 22. Copenhague, 1985 / De Vonk. Amsterdam, 1987 / Museo de Bellas Artes. Málaga, 1987 / KUA. Copenhague, 1988 / Museo de Brandts Klaedefabrik. Odense, 1989 / Overgaden. Copenhague, 1991 / Galería Anselmo Alvarez. Madrid, 1992 /Avantiere VII. Aachen, 1992 / Capitalidad Cultural. Copenhague, 1996 / Museo San Telmo. San Sebastián, 1996 / Galería Diana Marquardt. París, 1997 / Biblioteca Estatal. Estocolmo, 1998 /Instituto Cervantes. París, 1999 / Biblioteca Central. Copenhague, 2000 / Biblioteca Central. Malmö, 2001 / Georg Sverdrups Hus. Oslo, 2003 / Colegio de Arquitectos. Madrid, 2004 / Universidad de California. Berkeley, 2005 / CCE. Montevideo, 2008 / Fundación Pablo Atchugarry. Manantiales, 2008 / Museo Barjola. Gijón, 2009 / San Gregorio de Polanco. Tacuarembó, 2010 / CBA. Madrid, 2013 / Rambla 24. Punta del Este, 2016 / Biblioteca Universitaria.
Málaga, 2018 / Centro Espronceda. Barcelona, 2019.

