El adiós a mi vuvuzela
El fútbol es la única religión que no tiene ateos
Eduardo Galeano
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Tenía yo 13 años y el curso escolar había terminado. Los días se abrían ante mí como escaparates cargados de tesoros a los que podía yo acceder según mi antojo. Recuerdo que la tarde del 21 de junio regresé temprano a casa pues la televisión, aquel fabuloso invento en blanco y negro que cada noche nos engatusaba con baratijas de diferente naturaleza, iba a retransmitir en directo un partido de fútbol que acabaría adquiriendo, para la afición española, la dimensión de legendario. Se trataba de un duelo final para hacerse con la Copa de Europa. España se enfrentaba a la rocosa y mítica selección de la Unión Soviética encabezada por los mortíferos Voronin, Ponedelnik e Ivanov y defendida por el flamante balón de oro, Yashin, el mejor portero del mundo. Era la primera ocasión en 44 años que España superaba la fase preliminar de grupos para meterse en una final. En casa, mis padres, mi hermano Gabriel, un año mayor que yo, mi hermano José Carlos, con siete años, y yo, vivimos la primera parte, trepidante, con una embriagadora mezcla de entusiasmo, temor y desconfianza. En el minuto 84, con 1 – 1 en el marcador, ocurrió el milagro. Chus Pereda, delantero del Barcelona, recibe en la derecha un servicio de Suárez e infringe al defensor Mudrik, de forma magistral, lo que él mismo definiría como un “rabo de vaca”: carrera fulminante hacia la línea de córner, parada súbita que desorienta al perseguidor y envío de balón al corazón del área. El cuero, que vuela a media altura, alcanza la demarcación del héroe del partido. Es el delantero del Zaragoza, Marcelino, quien en un escorzo inverosímil conecta un cabezazo seco proyectando la bola bajo los tres palos. “La araña negra”, como era conocido el guardameta ruso, inerme y sin capacidad de reacción, hinca la rodilla derecha en el centro del portal y estira el brazo izquierdo hacia el obús que acaba de perforar su portería. El sunami de adrenalina que recorre el país de norte a sur y de este a oeste penetra en nuestra casa y sube desde los pies a la cabeza por cada uno de los cuerpos que estamos ante el televisor. Todavía hoy me resulta fácil recrear el gusto ácido e hilarante de aquel chispazo de genio, fortuna y determinación.
En Europa, igual que en el continente sur de América, en África y, crecientemente, en Asía, el fútbol ha alcanzado una dimensión sagrada. Hemos otorgado a sus figuras la condición de divinidades dignas de veneración. Numerosos intelectuales, filósofos, sociólogos, escritores y artistas han interpretado este deporte como una miniatura del mundo, un pequeño mundo con sus fronteras y sus reglas en el que, como le gustaba interpretar a Borges, juegan las mismísimas fuerzas en tensión que determinan la existencia humana. Destino y azar, esfuerzo y mérito. Cada partido es un laberinto en el que se cruza la imprevisibilidad y la fortuna, el orden y el caos. A menudo leemos o escuchamos que el fútbol es mucho más que un deporte. Por poco que tiremos de este hilo podremos encontrarnos, como representación de un mosaico social cuyas numerosas piezas albergan las excrecencias, los arrebatos, las frustraciones y aflicciones de las turbas, que este pasatiempo es la cueva de un AIí Babá colectivo donde se cuecen negocios globales que alimentan a una panoplia de sociedades anónimas, de inversores y especuladores, de turbios medios audiovisuales que propulsan una pantagruélica mercadotecnia en continua expansión.
Sin embargo, todo eso estaba muy lejos del niño de 13 años que vio y disfrutó de aquel partido. Ajeno a cualquier dimensión extradeportiva, aquel pequeño hizo suyas, sintió como suyas, sin salir del rectángulo de juego, cada una de las jugadas maestras que condujeron al triunfo. Y aprendió que el deporte podía ofrecerle no solo el gozo y el privilegio de rememorar y recrear gestas inverosímiles, proezas improbables sino de establecer relaciones metafóricas. Organización, método, dominio y control, atrevimiento, valentía, determinación… fortuna. Pero, también y en mayor media, paciencia, resignación, temple.
Cuarenta y seis años tuvieron que pasar para que aquella hazaña culminase logrando España su primera y (hasta el momento) única copa del mundo. El tiempo, esa “sustancia suave y pesada que parece que ha sido imaginada”, en palabras de Borges, es capaz de abrir ante nosotros episodios inauditos.
En uno de ellos, en la década de los noventa, se sitúa Emily Klerk. Acabábamos de llegar a Austin. Yo, mi esposa y nuestras dos hijas buscábamos una casa en alguna zona residencial. Queríamos acceso a una middle y a una high school de calidad. Emily fue una de las realtors que nos atendió. Gestionaba Lady Bird Homes y nos prometió que en 48 horas podría ofrecernos alguna opción adecuada a nuestros intereses. Y así fue. Antes de cumplirse el plazo nos llevó a una hermosa casa situada en Balcones Hills, al noroeste de la ciudad. Era amplia, hermosa y estaba guarecida por cedros y robles centenarios que sesteaban en una callecita tranquila y apacible, Crowncrest Drive. Disponía de un frondoso jardín trasero habitado, como pudimos pronto comprobar, por unos bichitos, unos insectos mágicos, luciérnagas, que en el crepúsculo nos visitaban iluminando a su antojo distintos rincones de aquel pequeño vergel. Emily no era texana. Había nacido en Sudáfrica y acababa de enviudar. Vivía a pocas cuadras y tenía un hijo que asistía a O. Henry Middle School y que, como nuestra hija menor, pronto pasaría a Anderson High. Con el tiempo acabamos reuniéndonos los fines de semana, esporádicamente, en su casa o en la nuestra. Había, en casa de Emily, dos trompetas largas, multicolores, que adornaban la pared del salón principal. Son, nos dijo, vuvuzelas. Una variedad de trompeta de origen zulú hechas con estaño a mano. No es fácil sacarles sonido. Recrean el barrito del elefante. Durante dos cursos académicos afianzamos nuestra relación pues nuestros hijos compartieron un tutor, Mr. Grover, de origen indio. Era un señor mayor, ingeniero, que había nacido en la zona meridional de la India, en Bangalore. Ciertamente era un tipo peculiar. Exquisito en sus modales y siempre bien vestido. Le encantaba aprovechar cualquier suceso, por minúsculo que este fuere o pareciere, para deslizarse en la dimensión ética que, según nos explicaba con delectación, debía aplicarse a todo. Su esposa y él habían emigrado a EE.UU. muy jóvenes y ahora que el tiempo había pasado sufrían en sus carnes el más cruel de los milagros: la ilusión de la vida. Porque la vida, amigos, sucede en un suspiro, solía repetir. Procedían de Nueva Orleans donde habían criado a una única hija y si se habían trasladado a Austin era porque ella estudiaba en la universidad y sentían la necesidad de custodiarla hasta que se independice definitivamente. Algunos fines de semana nos acompañaba y nos recitaba versos de Tagore. Huele raro, repetían insistentemente nuestros adolescentes cuando se marchaba. Un día el Sr. Grover se ofreció a prepararnos alguno de sus platos preferidos. Fue el principio de una serie regalos en forma de sabrosos bocados… Samosas, chaats, pakoras, tikka masala, lamb biriyani, aderezados siempre con arroz basmati, curry Madras y naan. Fue entonces cuando nuestros adolescentes se percataron que, en realidad, el particular aroma que desprendía su tutor era a especias. Mr. Grover olía a una combinación de cúrcuma y comino, de cilantro o cardamomo, de hinojos o azafrán. Nada le gustaba más a aquel aperitivo andante que comprobar cómo, al final de las comidas, apilábamos nuestros platos limpios y relamidos en el lavaplatos. Mi corazón va a romperse de orgullo, repetía complacido.
Creo que fue en el 2000 cuando Emily dejó Austin para regresar a Sudáfrica. Pocos años después, también nosotros volvimos a España. En el 2008, en Viena, España, con una selección de jugadores jóvenes, volvió a hacerse con una Copa de Europa al derrotar a la selección de Alemania. Como en 1964, la península vibró con una eclosión de patriotismo futbolístico. Fue un sentimiento nacional que logró lo que a muchos nos parecía impensable: por todo el territorio patrio, en calles y balcones, hondeó con orgullo el emblema nacional como si, despojada de antiguas connotaciones “ultraderechistas”, la bandera proyectara una imagen nueva, joven, moderna e integradora de España. Tal vez yo mismo, impulsado por aquel ímpetu, me puse en contacto con la FIFA para intentar hacerme con entradas para la final del mundial que iba a celebrarse en Sudáfrica, dos años más tarde. El proceso de adquisición era arduo. Tenías que apuntarte en un sorteo que culminaría un año antes del evento y, caso de resultar afortunado, la compra (solo cuatro entradas por aspirante) se llevaría a cabo en un plazo limitado de tiempo. Para mi sorpresa, en el primer trimestre de 2009 recibí un mensaje confirmando que había sido afortunado en el sorteo y que podía proceder a la adquisición de los salvoconductos para la final. Llamé a mi hermano Gabriel y a mi hermano José Carlos y les pregunté si querían estar conmigo y con Clara, mi esposa, en el Soccer City, en Johannesburgo, el 11 de julio del año siguiente. Podemos tener entradas para asistir al final de la copa del mundo. La respuesta, estentórea, en ambos casos, fue un por supuesto que precisaría de un generoso puñado de signos exclamativos. Seis meses antes del evento, ya con las entradas en nuestras manos, intentamos reservar hotel, pero habíamos llegado tarde. Nada, absolutamente nada (dentro de unos márgenes razonables) estaba disponible. Entonces me acordé de Emily y le escribí un email. Había ya pasado una década desde la última vez que supimos el uno del otro y cualquier cosa era posible. Para mi sorpresa, de forma puntual e inmediata, Emily me respondió. Con cordialidad y generosidad me confirmó que sí vivía en Johannesburgo y que tenía una hermosa casa, muy segura (very safe, escrito así bold and italic). Le llenaría de júbilo que confirmásemos nuestra llegada. Adjuntaba una foto en la que se veía su mansión circundada por cuatro increíbles baobabs, algunos árboles marula, un buen número de limoneros y jacarandás y, en un extremo del terreno, una casa de huéspedes.
¡Ay –escribió- qué alegría, Clara, Enrique, queridos! Habíamos conseguido entradas para asistir a la final de aquel mundial, pero la idea de que España pudiera llegar al último duelo no nos pasó por la cabeza. No es que pensar en ello nos resultara improbable, es que estábamos convencidos de que era absolutamente descabellado. El partido inaugural se celebró en Soccer City de Johannesburgo, el 11 de junio y fue un partido especial, diferente. En él, como sucedería luego en todos y cada uno de los partidos de la competición, un sonido nuevo, que materializaba el espíritu de África, inundó el espacio intangible de las ondas etéreas que transmitían la competición inundando el globo terráqueo con el barrito de unas trompetas desconocidas llamadas vuvuzelas. En aquel partido inaugural se enfrentaron la selección anfitriona, Sudáfrica, y el tricolor, México con un resultado final de empate,1 – 1. Hoy, aquel encuentro ha adquirido una relevancia inusitada por varias coincidencias: en el inminente Mundial 2026 vuelven a enfrentarse las selecciones de aquel partido inaugural, y lo harán, además, en la misma fecha, 11 de junio. Pero la carambola es más contundente. En el estadio azteca (México D.F.) estará al frente del once mexicano Javier Aguirre, el mismo director técnico de la escuadra mexicana de aquel Mundial del 2010.
Pero volvamos por un momento a aquellas fechas en las que España consiguió su primera (y, por ahora, única) copa del mundo. En su primer partido, el 17 de junio, España fue derrotada por Suiza. Luego se recuperó venciendo a Honduras, Chile, Portugal y Paraguay, pero como suele suceder el camino de la victoria está empedrado de sufrimiento. El día que volábamos hacia Johannesburgo, el 7 de julio, se celebraba la semifinal. La roja debía enfrentarse, como había sucedido dos años antes, al equipo teutón. No supimos el resultado hasta que, entrada la noche, nuestro avión tomó tierra en el aeropuerto O.R. Tambo. Hubimos de aguardar a la madrugada para, junto a Emily y su hijo, disfrutar en diferido de la victoria. Frente al televisor degustamos una generosa selección de cervezas y vinos blancos “vivaces” (vivacious, es el término que usó Emily y que hicimos nuestro en las correrías que habríamos de llevar a cabo antes de regresar a casa), populares en Sudáfrica. En el minuto 73 del replay, cuando El Tiburón Carles Puyol sentenció al equipo alemán con un mortífero testarazo, un enorme cubo apilaba un sinfín de botellines vacíos de Castle Lager y Hansa Pilsener. Sus efluvios potenciaron el impacto de la bola que había atravesado la portería alemana y en la madrugada nuestra euforia (que tumbó el cubo y los botellines) estalló como un bramido perforando el silencio de la noche llegando hasta los mismísimos confines de Soweto.
Antes de irnos a nuestra guest house, Emily nos propuso que la acompañásemos al día siguiente a una celebración religiosa. Quería que viviésemos algo auténtico y que conociésemos su congregación, la Zion Christian Church (ZCC), a la que dedicaba tiempo y energía. Como nuestros rostros reflejaban incredulidad nos juró que no nos arrepentiríamos. Sería cuestión de un par de horas y, además, recorreríamos lugares clave de la ciudad inaccesibles para nosotros. Podréis ser partícipes del fervor con el que la nación arcoíris acoge la inminente final. Con vuestros propios ojos veréis, prometió, una eclosión de camisetas rojas junto a las camisetas amarillas de nuestros “bafana, bafana” (muchachos en zulú). Ni una camiseta naranja sobre la piel de un afrikáner. Tendremos venganza, sentenció con un guiño aquella mujer descendiente de holandeses. Al día siguiente, muy temprano, un minibús cargado de pasajeros muy risueños serpenteó por las calles de la ciudad recogiendo nuevos viajeros que nos saludaban estentóreamente cuando éramos presentados por Emily. Fuera ya del área metropolitana, el minibús aparcó junto a un hangar cubierto por un cobertizo de latón circundado por pequeños asentamientos hechos de chapa y madera. En el interior del recinto filas de mujeres y niños se alineaban buscando sitio en mesas alargadas rodeadas de sillas de madera. En todas ellas, en una de las esquinas, se amontonaba una pila de platos, vasos y cubiertos desechables. El bullicio era extraordinario. Dos altavoces reproducían cánticos religiosos que eran coreados por las mujeres. No había hombres. Solo madres, abuelas y pequeños. Negros. Algunos miembros de la congregación (solamente conté cuatro varones) iban llevando a las mesas unas enormes ollas con un caldo humeante salpicado de legumbres y pedazos de carne. Olía muy bien. Otros miembros de la congregación distribuían bolsas con ropas, calzado y alimentos no perecederos. Las madres iban y venían, intercambiando a conveniencia prendas y alimentos. Al terminar de comer, las mujeres se levantaron e hicieron corros bailando y entonando cantos en sus lenguas natales.
El día 11 de julio marchamos hacia al Soccer City. Los alrededores y la entrada eran una fiesta. Una hora antes de que se iniciase el duelo entramos en el recinto. Recuerdo que al subir las escaleras y recorrer los largos pasillos que bordean el estadio no pude por menos que evocar las admoniciones de Juvenal (Sátira X); “Hace ya tiempo que el pueblo ha dejado de vender sus votos y ha abandonado sus preocupaciones. Aquel que antes otorgaba, magistraturas y legiones, ahora se contiene y solo desea dos cosas: pan y circo” y de Plinio el Joven (Epístola IX, 6) quien identificaba el foso con un imán alienador que desata los fanatismos más apoteósicos: “No es la velocidad o la destreza lo que los cautiva… es el color lo que los aturde”. Afortunadamente la dimensión lúdica del bípedo juicioso e inteligente a la que pertenecemos es poderosa y apenas unos instantes después, al entrar en aquel coso erizado por la indescriptible algarabía de cien mil vuvuzelas, volví a ser el niño de 13 años en el cual toda veleidad metafísica se disuelve como un azucarillo en el agua.
Hoy, dieciséis años más tarde (ay, vida … río que me arrastra, tigre que me destruye, fuego que me consume) en el ocaso del crepúsculo, he vuelto a escuchar aquel barrito y he sentido las vibraciones de mi vuvuzela que, cual susurro de Hermes, me exhorta para que calce mis sandalias aladas y me cubra con mi gorro de viajero. ¡Atrévete, festeja el próximo 11 de junio el segundo y tal vez último duelo inaugural en un mundial! ¡México y Sudáfrica te llaman!
Aunque es condición del siervo, para sobrevivir y navegar en las procelosas aguas de su cautiverio, refutar la materialidad de sus cadenas, aunque es fácil y conveniente, en este oasis de simulación en el que nos hallamos inmersos, mantener nuestros días alejados de los actos de infamia y deshonra, a veces, la realidad, contundente y obtusa, nos golpea. Justo cuando iba a concluir esta modesta y deshilachada crónica los mendaces y los desalmados que nos gobiernan han dado rienda suelta a la brutalidad de su despotismo. Han decidido que el Mal Supremo, que es inminente e irrefrenable según sus proclamas y dictados, nos amenaza a todos. Que, para protegernos, para defendernos del infierno de la iniquidad (que anida siempre en los otros, en los que no se avienen) ellos, salvadores nuestros, salvaguardarán el orden moral apretando el botón del exterminio y de la guerra. Su medicina, sus bombas de exterminio, el fuego de su ira va a ser, es, el agua bendita que nos salva a todos de la hecatombe. Poco importa que alrededor, alrededor de todo y todos, huela a carne abrasada, a vidas calcinadas. Ellos escriben la Historia y ellos se asegurarán de que, tras la supervivencia de los elegidos, la mayoría mansa y silenciosa olvide la cizaña arrasada, la fumigación y el exterminio de los infectados, el holocausto de los apestados. Ellos, que dictaminan con magnanimidad si nuestros refugios imaginarios son seguros y apropiados, volverán a presidir los palcos de honor del pan y el circo.
Enrique Contreras Martínez. Español (malagueño).
Licenciado en Filología Inglesa y Doctor en Filología Española. Ha sido profesor de inglés en centros públicos de enseñanza secundaria. 1988 – 2020 residente en EE.UU. (California y Texas) donde participó activamente en la enseñanza, divulgación y promoción del español. Director de la revista De par en par, publicación con materiales didácticos para la enseñanza del español en Estados Unidos. Asesor lingüístico de la Embajada de España en California y Texas. Profesor adjunto en UTPB (University of Texas of the Permian Basin).
Free-lance articulista en periódicos españoles y estadounidenses. Colaborador de la revista de poesía Litoral y Sapos y culebras, entre otras. En 2018 Ediciones Eón publicó en México Poemas a Clara. Pendiente de publicación una antología de su obra poética Todos los días son pájaros.
