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Casi a la medida

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Casi a la medida

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El ritardando de serruchos, garlopas, lijas y martillos culminó en el silencio que nos pedía Clavito, nuestro maestro de carpintería, parado al frente del pizarrón del taller. Cuatro y media decenas de adolescentes prestamos atención. Sin mencionar nombres, Clavito exaltó el trabajo de uno de ellos. Carente de justificación, no sé por qué pensé que se estaba refiriendo a mí. Al terminar su breve y conmovedor discurso, Clavito hizo pasar a Eladio al frente de la clase. Reventamos en un aplauso que, con vehemencia, confirmó de forma unánime el merecido reconocimiento a nuestro compañero. Con humildad, me uní entusiasmado a la ovación, sintiéndome un bestia por siquiera haber considerado que yo pudiese ser el aludido.

    Décadas después, cuando le preguntaba a alguno de mis—ahora sexagenarios— compañeros de la secundaria acerca de Eladio, aquellos que sí lo recordaban coincidían en que era muy bueno para el futbol. No era alto, su perfil era el de los personajes del Códice Boturini; sobre todo, la manera en que le caía el cabello azabache sobre la nuca —tan largo como era posible a pesar del obligado casquete corto de la secundaria— vuelto cauda oscura cuando corría, imparable, con el balón adherido a los pies.

     Fuese en el cemento del patio de la secundaria o en uno de los lotes baldíos cercanos a la escuela, reverdecidos por las lluvias vespertinas que el monte Tláloc nos regalaba a diario, Eladio, con el suéter azul marino del uniforme amarrado a la cintura, tenía como objetivo único, en ese momento, eludir a todos sus oponentes —cual vil Maradona contra toda Inglaterra en 1986— para disparar el balón hacia la portería, con el consecuente gol que celebraban sus compañeros de equipo.

     Pateaba como una mula. Dada mi congénita falta de habilidad para el futbol, cierta vez me encontré dando la espalda a Eladio cuando chutaba a la portería. El balón me pegó en la parte trasera del muslo izquierdo, sentí que un mortero me había desprendido la extremidad, por lo que, trastabillando, me fui a sentar a la orilla de la cancha para sobarme un rato.

     Fidel, uno de mis amigos de toda la vida, me dijo que Eladio sabía “picar” el costado del contrario sin usar el codo, que dolía mucho cuando uno era su víctima, cosa que yo ignoraba, pero que tenía lógica. Se aprovechaba de un recurso único que evitaba que cualquier árbitro lo pescara in fraganti.

    Una bicicleta —que no tiene nada que ver con el vehículo de dos ruedas del que me he caído aparatosamente varias veces en mi vida— es un truco futbolístico para esquivar al adversario: el jugador, mediante un movimiento casi mágico de los tobillos, levanta el balón a sus espaldas para que haga un arco por encima de su cabeza —a veces también por encima de la del oponente— de forma que el esférico aterrice delante de él, sin perder la posesión, para continuar con su carrera destinada a la portería.

     Eladio hacía bicicletas como si le pagaran por ello.

     Años después, vi una de tantas películas malas protagonizadas por Sylvester Stallone (Escape a la victoria, 1981). En ella, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, se lleva a cabo un partido de futbol entre un equipo de prisioneros de los países aliados contra un equipo de nazis durante la ocupación alemana de Francia. Los prisioneros ganan el partido y su libertad, por supuesto, cosa que no mejora la película ni un ápice. En la cinta también actuaron —¿la perpetraron? — Michael Kane y hasta Pelé. Lo único rescatable fue que, al final, durante los créditos, es posible apreciar la belleza de una bicicleta capturada en cámara lenta, ejecutada magistralmente por el campeón mundialista argentino Osvaldo Ardiles, que también había formado parte del elenco. Tuvieron que pasar seis años para que en ese fragmento del filme me diera cuenta del talento de Eladio y el privilegio que había sido verlo jugar.

     A pesar de que era un gran jugador, todos en la escuela —quizás también en su vida— sabíamos que iba a ser muy difícil que Eladio sobresaliera más allá de jugar informalmente en una “cascarita” o en la cancha de alguna liga llanera. A pesar de su excepcional habilidad, ningún equipo profesional, ni siquiera de segunda división, le habría echado una segunda mirada a nuestro compañero. La conclusión obvia es que le faltaba algo.

    Hasta donde sé, nadie se había animado a preguntarle a Eladio por el muñón en forma de cono que nacía de su hombro izquierdo, cuyo vértice apenas sobresalía de la manga corta de su camisa.

    Con el muñón, presionando contra la axila, se las arreglaba para sostener la madera con la que iba a trabajar en el taller de carpintería, dándose maña para colocarla en la prensa empotrada en el banco de trabajo, mientras con la mano derecha ajustaba la manivela de la prensa. Serruchaba, cepillaba, martillaba y lijaba con una sola mano, como si fuera algo natural. El muñón era el arma ideal para —de forma desapercibida e inesperada— picar las costillas de sus contrincantes durante un partido. En términos de probabilidad, su capacidad de realizar la falta de tocar el balón con la mano cuando jugaba futbol era del cincuenta por ciento en comparación al resto de nosotros.

    Jamás crucé palabra alguna con Eladio, solo me le atravesé de forma negligente aquella vez que me pegó con el balón en el muslo. Él estaba en el grupo “F”, el de los que ya empezaban a echar bigotes y pelos por todos lados, que hablaban con voz ronca. Yo estaba en el grupo “A”, el de los tiernos que todavía andaban montados en lo más complicado de la montaña rusa hormonal. Por lo tanto, a excepción de las horas que coincidimos en el taller de carpintería o de verlo jugar futbol, no convivimos. Además de que, ya conociéndome un poco, no quería que se me fuera a salir de mi bocota la pregunta obvia: ¿por qué tienes mocho el brazo? 

 A sus espaldas, bajo la inclemente crueldad que brota durante las transformaciones bidireccionales Doctor Jekyll y Mister Hide de la adolescencia, se referían a Eladio con el clásico mote de el Sinaloa (sin aloa > sin ala), cosa irremediable en aquél entonces. Ignoro si él sabía que así lo apodaban.

 Pits, un compañero de mi grupo de la secundaria, que también estaba en carpintería, me comentó recientemente que Eladio tenía poco de haber fallecido. Lo supo a través de Clavito, cuando coincidieron en un festejo de aniversario de la escuela. Al preguntarle a Pits si sabía qué hizo Eladio de su vida, respondió que lo ignoraba.

 Aún puedo ver en una improvisada cancha —uno de tantos terrenos baldíos de mi oxidada memoria— al maquiavélico futbolista de tercero de secundaria con el balón a los pies, hecho viento: Eladio ataca, inevitable, sonriente.   

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José de Jesús Márquez Ortiz. Creció en Texcoco, Estado de México. Estudió y trabajó en el área de investigación de cultivo y mejoramiento de alfalfa hasta 1998 en México y Estados Unidos. Amo de casa y cuidador de niño con capacidades diferentes hasta 2001. Analista de datos de investigación gerontológica y de mercadotecnia en Kansas City hasta 2007. Empezó a traducir del inglés al español desde los 13 años, ayudando a su madre. Actualmente lleva 14 años ganándose el sustento como traductor de software y documentación para sistemas de salud en una empresa de Kansas City. Escribe cuando puede, para compartir sus “rollos” con familia y amigos. La mayoría de sus publicaciones son científicas. Escritor en ciernes. Su objetivo es compartir sus escritos a un nivel literario. Totalmente empírico en lo que se refiere a ser padre de familia, tocar el piano y la guitarra, y hornear pan con harina de trigo cultivado en Kansas, aunque también en ocasiones ha llegado a hacer tortillas de maíz con sus hijas.

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